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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

La cárcel donde nació la música

Parchman

Parchman

Algunas cárceles hacen que la noción del infierno sea deseable.

En el mundo invertido del blues, donde la ruina y el dolor son garantía de veracidad, las cárceles son uno de los regazos primarios.

Junto con plantaciones y juke joints, las prisiones acunaron al niño trágico, le alimentaron con leche amarga.

Parchman, por ejemplo. Una antigua granja -es decir, otra forma de presidio- comprada por el Estado de Misisipi en 1900 para encerrar a negros.

Los legisladores no estaban dispuestos a perder los 80.000 dólares que costaron las 7.300 hectáreas iniciales (se ampliaron pronto a 15.000) de terreno seco, agrietado, húmedo y poblado de febriles mosquitos del delta.

Pusieron a los convictos a trabajar (seis días a la semana, diez horas al día). Cultivos de algodón y granjas de cerdos y gallinas atendidas por presos encadenados.

La apariencia era compasiva. “Mirad, no hay puerta, no hay rejas, no hay torres de vigilancia. El terreno está abierto”, decían los alcaides. Tras ellos, los guardias a caballo, armados con Winchester de repetición, mascaban tabaco y escupían. Los gargajos eran lentejuelas sobre la arcilla.

En 1905 la cárcel-empresa cerró el año con unas ganacias de 185.000 dólares (equivalentes a unos 5 millones de dólares de ahora). Era la segunda fuente de ingresos de Misisipi, sólo superada por la recaudación de impuestos.

Algunas cárceles han merecido el interés de los blancos. En las de San Quintín y Folsom cantó Johnny Cash; Burt Lancaster crió gorriones en Alcatraz. A Parchman nunca se acercó ningún famoso. Excepto los guardias armandos, todos en Parchman eran negros.

Por mucho que digan algunos esnobistas de ciudad, el blues no nació de noche. La lámpara de aquel parto fue el sol que, en las plantaciones, castigaba con una severidad racista.

Los días en Parchman era muy largos y el blues siempre estuvo ahí, a plena luz, latiendo en los surcos como una víscera. Bukka White, que sabía lo que era una cárcel, lo dijo mejor que nadie:

Estoy en la vieja granja Parchman
Pero quiero volver a casa

Parchman, 1910

Parchman, 1910

El blues de Parchman era una polifonía de jirones: la piel desgarrada de las manos que arrancan el algodón de las cápsulas; el chirrido de los carros de mulas arrastrando la carga hasta las desmontaderas; los gritos de reclamo de los capataces; el himno milenarista de las chain-gang de hombres atados por los tobillos; los golpes de azada contra las malas hierbas; en la lejanía, los gritos de los sondistas de las barcazas y el gemido de los silbatos de los trenes, afinados personalmente por cada maquinista para distinguir un convoy de otro y, a falta de relojes, decir la hora, contar los minutos restantes de vida.

Los braceros de la cárcel nada poseían, ni una herramienta, ni una tabla, ni un animal. Morían con el mismo pantalón de sarga con el que había muerto antes otro interno. Tenían tiempo para cantar porque vivían para trabajar.

Columna de castigo. Parchman

Columna de castigo. Parchman

El blues no sabe de sutilezas. En Parchman castigaban a los díscolos, poco productivos o protestones con latigazos de Annie la Negra, una correa de cuero de diez centímetros de ancho que había mellado espaldas de esclavos desde hacía medio siglo y que la prisión guardaba como un tesoro. Los encargados de administrar la sanción eran los presos de confianza: chivatos, veteranos sometidos, amantes de los guardias…

Los azotes, como los golpes de azada, los cascos de los caballos, las inundaciones del río y el vuelo de los mosquitos, también seguían el ritmo.

Algunas canciones nacieron en ferias de ganado (Elvis Presley y su country acelerado); otras, en burdeles (los Beatles y sus nacientes armonías en la zona rosa de Hamburgo); otras más, en el garaje de papá (las canciones de capilla y pies descalzos de los Beach Boys tras lavar y sacar brillo al automóvil de la familia); otras, sobre las sábanas desordenadas tras el sexo (Sam Cooke)…

Al blues lo parió la cópula entre un látigo y el vientre de una prisión.

Son House, el músico sin el cual no hubieran existido los White Stripes (por citar un ejemplo menor y de escasa importancia), estuvo internado en Parchman durante dos años. No está claro si por contrabando o, como a él le gustaba alardear, por matar a una mujer. En una fecha tan tardía como 2005 descubrieron una de sus grabaciones, Mississippy County Farm Blues. Sólo hace falta escucharla para visitar Parchman, la cárcel donde nació la música.

Ánxel Grove

2 comentarios

  1. Dice ser Porlajeta

    Sin duda en los USA se utilizó a las carceles de manera represiva contra sectores de la sociedad que “desagradaban” Esperemos que con el tiempo deje de pasar, aunque solamente hay que ver alguna de las prisiones de los estados limitrofes con Mexico…

    salu2

    http://www.porlajeta.es/te-acuerdas/9-historicos-porlajeta/1494-el-dia-que-murio-el-rock-.html

    19 julio 2011 | 05:49

  2. Dice ser Eran delincuentes

    Estaban presos, algo habrían hecho, ¿no?. También había cárceles muy duras donde se encerraba a los blancos (Alcatraz, San Quintín). Negros o blancos eran lo mismo: delincuentes.

    Son CÁRCELES y los que están dentro de ella han cometido delitos: robos, violaciones, atracos, asesinatos…

    Que canten (o cantaran) lo que quisieran. Eran delincuentes y estaban (y están) donde les corresponde.

    Menos mito ya con las cárceles.

    19 julio 2011 | 08:03

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