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¡Que paren las máquinas! ¡Que paren las máquinas!

¡Que paren las máquinas! El director de 20 minutos y de 20minutos.es cuenta, entre otras cosas, algunas interioridades del diario

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En el undécimo Harry Hole, Jo Nesbø se toma un descanso

A unos 6.000 kilómetros de la fría Oslo, y entre calores africanos, acabo de terminar la lectura de la larguísima -casi 600 páginas- La sed (Roja & Negra, Penguin Random House), undécima y por ahora última entrega de la serie del policía Harry Hole, del noruego Jo Nesbø.

Tipo curioso Nesbø, pues antes que escritor de novela negra de éxito mundial fue cantante pop, compositor, agente de Bolsa y alguien me contó en Noruega -creo recordar que un colega del diario VG, del grupo al que perteneció 20minutos– que incluso reportero ocasional en Dagbladet, el diario popular competidor de VG. Ah, y autor de interesantes cuentos para niños que también están editados en castellano.

Como las diez entregas anteriores -solo me he perdido una, lo enmendaré rápido-, La sed engancha desde el comienzo y es altamente adictiva. Nada que objetar por ahí. Pero no sé si por mi saturación como lector fiel de la serie o por la fatiga de Nesbø como su creador, lo cierto es que la sed de novedad, de innovación y de maduración del personaje se sacia esta vez poco. El autor se ha tomado un descanso, se ha relajado un poco. Demasiadas pistas de culpables que se nota que no lo son, demasiados trucos literarios ya vistos, demasiadas relaciones cruzadas entre personajes algo forzadas, de nuevo al amago de que antes o después se cogería el exalcohólico Hole una tremenda borrachera… Creo, además, que es el primer libro de la serie en el que sospecho quién es el asesino antes de transcurrido el primer tercio del texto.

Para los fervorosos de Nesbø -como yo-, La sed es de obligada lectura por mantener la afición. Para los que aún no conozcáis a Hole, os sugiero mejor que o bien lo hagáis por su orden natural de publicación -El murciélago, Cucarachas, Petirrojo...-, y así os evitáis el autospoiler, o bien por alguna de las grandes: por ejemplo, El muñeco de nieve, en mi opinión la mejor.

PD. Si eres aficionado a la novela negra, quizás te interese esta vieja entrada en mi blog: Cada ciudad, su detective. Ya mencionaba en ella a Hole, pero no lo incluía en el ramillete de mis detectives favoritos: Adamsberg, Mandrake, Belascoarán, Gordiano, Montalbano… Hoy sí lo haría, pese a La sed.

Cervantes, dos días antes: “Mi vida se va acabando. ¡Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos!”

Los días de la semana y los del mes cayeron hace 400 años exactamente igual que este.

El lunes 18 de abril de 1616, un hombre muy avejentado, enfermo de diabetes, agoniza en su casa de la madrileña calle León, esquina a la calle Francos. Lo cuenta él mismo el martes 19:

“Ayer me dieron la Extremaunción, y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan”

Un día después, el miércoles 20, aún saca fuerzas para rematar el texto que estaba escribiendo, el prólogo a una obra que se publicará un año después, ya póstuma:

“Mi vida se va acabando, y, al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. (…) ¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!

No llegó al domingo. Miguel de Cervantes fallecía apenas dos días después: el 22 de abril, viernes, como ayer, como este año.

Al día siguiente, sábado 23, se inscribió su muerte en los registros de la cercana parroquia de San Sebastián, y fue inhumado su cadáver en el convento de las Trinitarias, amortajado con el sayal franciscano, con el rostro descubierto y una parte de la pierna derecha al descubierto, conforme a las normas de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, de la que que Cervantes era hermano profeso desde pocas semanas antes.

“Deseando veros presto contentos en la otra vida”. Estas, las últimas líneas del prólogo del Persiles, muy probablemente fueron las últimas que escribió el más grande escritor en español de todos los tiempos.

PD. 20minutos homenajeó ayer a Cervantes con la edición y distribución gratuita de ‘Todo sobre Cervantes’, una revista de 60 páginas de altísima calidad en sus contenidos y con la que podrás saber muchísimo más sobre nuestro insigne escritor. Si te la perdiste, en nuestro Especial Cervantes online puedes encontrar todos los contenidos de la revista y muchos más que hemos publicado estos días en el diario. Para completar el retrato del autor del Quijote, este texto, ‘Con certeza, era manco’, que publiqué en 1997 en otro diario.

España, ante la revolución tecnológica

Estoy con Cataluña en España. Historia y mito, de Gabriel Tortella, con José Luis García Ruiz, Clara Eugenia Núñez y Gloria Quiroga de coautores (Gadir / Fundación Alfonso Martín Escudero). Antes de entrar en materia -el libro es, según el editor, “un análisis desde una perspectiva crítica con las tesis nacionalistas” (…) “del recorrido común desde la Edad Media hasta los hechos más recientes” entre Cataluña y el resto de España-, encuentro un párrafo en la Introducción, referido al conjunto de España, que no me resisto a reproducir.

“El siglo XVI sería para España el momento de cenit, como lo ha definido acertadamente Jordi Nadal. Fernando el Católico fue considerado el modelo de Príncipe y creador de un Estado moderno por Maquiavelo, y fue igualmente considerado por sus sucesores y descendientes, Carlos V y Felipe II. A la larga, sin embargo, pese a encontrarse entre los primeros reinos europeos en completar su unificación política y ser fundadora de un imperio gigantesco, España perdió su hegemonía durante el siglo XVII. Los condicionantes geográficos fueron determinantes, por supuesto, pero también lo fueron decisiones políticas que marginaron a España de las nuevas corrientes de pensamiento en las que se habría de basar la modernización económica y política futura. La expulsión de las minorías (judíos y moriscos) y la implantación de un férreo control sobre las ideas, a través de la Inquisición, convirtieron a la que había sido centro intelectual y artístico, económico y político de primer orden, en una sociedad aislada y cerrada en sí misma. El centro intelectual europeo también se desplazó hacia los países del norte, que se mostraron más abiertos y permisivos, y en los que fructificó la Revolución Científica del siglo XVII, gran impulsora del crecimiento económico moderno basado en el empirismo filosófico y en la tolerancia”.

Las negritas son mías. Hoy no somos esa sociedad “aislada y cerrada en sí misma” del siglo XVII. Pero ¿estamos corrigiendo nuestro errores seculares históricos y aprovechando como debiéramos la Revolución de nuestro tiempo, la tecnológica de internet y de la sociedad de la información? ¿Tú qué crees?

Galdós, también cronista de viajes

Estoy descubriendo, gracias a la innovadora Gadir Editorial, una faceta de Benito Pérez Galdós que desconocía: no sólo era un gran viajero, también fue un notable cronista de viajes. En 1888, acompañado de su amigo José Alcalá Galiano, hizo Galdós un viaje por Italia y lo contó en unas crónicas en el diario argentino La Prensa que Gadir ha recogido en libro con el título de De vuelta de Italia.

Roma, Turín, Milán, Verona, Venecia…

“La ausencia absoluta de coches reduce los ruidos de la ciudad al de los roces humanos y al chasquido del remo de las góndolas en los canales. (…) Los edificios, al envejecer, no toman el aspecto de ruina que en otras partes tienen. El mármol blanco se oscurece, pero conserva un brillo particular, cual si lo frotarán todos los días. La roña, en algunos sitios, resplandece como si fuera el esmalte de una mayólica”

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Padua, Bolonia, Florencia, Nápoles…

“Por la configuración de las casas y lo irregular de las construcciones, Nápoles se parece a Málaga y Sevilla; por la luz vivísima que lo inunda y el colorido del mar parécese a Cádiz, y por la alegría de sus habitantes, el bullicio de sus calles y el constante aspecto de fiesta que en ellas se advierte, tiene gran semejanza con Madrid”.

La mirada y la prosa de Galdós se detienen en detalles entonces poco frecuentes en este tipo de crónicas, y se fijan también en dos fenómenos por aquellos años finales del siglo XIX muy novedosos en el incipiente turismo: las guías de viajes y los viajes organizados.

“Los que no dejamos pasar ningún año sin hacer una correría por esa vieja Europa tan interesante y tan bella, hemos contraído una amistad cariñosa, a la cual debemos consejos discretísimos, y fiel y amena compañía. Me refiero a las guías de Baedeker, esos libros inapreciables que vemos en las manos de todo viajero ya sea inglés o alemán, español o italiano, y que son modelo de imparcialidad, de método y de rectitud. (…) El criterio artístico de estos libros es aceptable en general (…), es muy sobrio en sus juicios y no quita al viajero el placer de juzgar por sí mismo lo que ve. En lo que principalmente descuella, en lo que no tiene igual, es en todo lo concerniente a informaciones de carácter práctico. El viajero necesita vivir y vivir lo mejor posible con arreglo a sus recursos. Desea encontrar comodidades y no ser estafado. Baedeker previene todo lo que a esto se refiere, atendiendo con igual solicitud a los ricos que no escatiman gastos y a los modestos que disponen de limitados recursos. (…) Sus informaciones se consideran infalibles. Cuéntase que los fondistas de diferentes ciudades han intentado ganar el favor de Baedeker para hacerse recomendar, pero todo ha sido inútil. La rectitud y la escrupulosidad más exquisita resplandecen en esta parte utilitaria y práctica de las guías”.

Las guías Baedeker -veo, navegando- están consideradas las primeras guías de viaje modernas. Se las inventó un alemán, Karl Baedeker, en 1828. Tapas rojas, papel biblia, pequeño formato. Incluían horarios de transportes, precios de hostelería, descripción de monumentos, rutas por ciudades, planos, mapas, gastronomía… “Incorporaban un sistema de asteriscos para localizar y valorar los principales puntos de visita. Tan completas y precisas eran que los alemanes en la Segunda Guerra Mundial eligieron para bombardear en Inglaterra todos los puntos señalados con tres estrellas por la guía Baedeker, intentando hacer así el mayor daño posible al patrimonio inglés”, dice esta página, que recoge, por cierto, algunas curiosidades sobre España según la guía Baedeker.

La opinión de Galdós sobre los viajes organizados no es tan favorable. Primero les dedica algún piropo a los inventores…

“También deben los viajeros gratitud al célebre Cook, empresario de excursiones establecido en Londres, con agencias y sucursales en toda Europa. Ha sabido combinar este negocio con las empresas de ferrocarriles, y realiza grandes ganancias proporcionando medios fáciles y económicos para visitar los más remotos países. Los billetes circulares son una gran conquista de estos tiempos, y con ellos se recorren distancias más o menos grandes con la mitad del coste ordinario”.

…. y luego concluye desaconsejando la fórmula:

“Pero tales excursiones me parecen incómodas, y no tienen más ventaja que su increíble baratura. Los expedicionarios que van en ella se ven obligados a comer, a dormir, a divertirse y a admirarse con arreglo a un plan invariable, bajo las órdenes del cicerone mayor, siempre juntos, siempre llevados y traídos deprisa y corriendo, en la más cargante de las fraternidades”.

No le dio tiempo al escritor a conocer otra de las novedades que traería el turismo de masas. “La plaza della Signoria -escribe en la crónica sobre Verona- es una de las más bellas de Italia por la originalidad de su arquitectura y el carácter antiguo que conservan los edificios. No hay allí, por fortuna, esos restaurantes que todo lo profanan”. Hoy ya los hay, y muchos.

PD. Si te ha interesado este post por Galdós, quizás también te interese estos otros dos: El pobre Galdós, sin núcleo estable ni préstamos subvencionados y Las mujeres de Galdós.

Umberto Eco y la invasión de los idiotas

El titular del diario La Repubblica lo dice bien: “Muere Umberto Eco, el hombre que lo sabía todo”. El último humanista murió anoche en Milán, padecía cáncer, tenía 84 años.

Filósofo, semiólogo, pensador, profesor… el gran público descubrió a Eco (¡qué apellido más certero para alguien que deja una obra de tanto impacto y reflejo!) gracias a su magistral El nombre de la rosa, un ensayo de semiótica y de historia medieval disfrazado de novela policiaca y luego convertido en película de éxito con Sean Connery interpretando al protagonista, Guillermo de Baskerville. Vendió millones de ejemplares en todo el mundo, y Eco se convirtió en una estrella comparable a las del pop o las del cine. (Muchos años después, intenté traerlo a España de ponente principal a un congreso sobre comunicación y tuve que desistir porque su caché quintuplicaba nuestro presupuesto total).

De El nombre de la rosa, el personaje que más me interesa no es Guillermo de Baskerville, sino su antagonista, Jorge de Burgos

“un monje encorvado por el peso de los años, blanco como la nieve; no me refiero sólo al pelo sino también al rostro, y a las pupilas. Comprendí que era ciego. Aunque el cuerpo se encogía ya por el peso de la edad, la voz seguía siendo majestuosa, y los brazos y manos poderosos. Clavaba los ojos en nosotros como si nos estuviese viendo, y siempre, también en los días que siguieron, lo vi moverse y hablar como si aún poseyese el don de la vista”

Jorge de Burgos, guardián y a la postre verdugo de la biblioteca de la abadía donde se desarrolla la trama, es un homenaje a Jorge Luis Borges, y el título de la obra a estos memorables versos de El Golem del escritor argentino

“Si, como el griego afirma en el Cratilo,
el nombre es arquetipo de la cosa,
en las letras de rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra Nilo.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales”. (…)

A los que os gustó El nombre de la rosa, os recomiendo El péndulo de Foucault y sobre todo, Baudolino. Y a los que aún no conozcáis al semiólogo, os invito a asomaros a Apocalípticos e integrados, un ensayo premonitorio (se publicó en 1964) sobre la influencia de los medios de comunicación de masas en la sociedad de su tiempo, y su generación de una cultura popular también masiva, y la reacción apocalíptica o integrada de la vieja ‘gran cultura’.

Además de sus obras, Umberto Eco deja infinidad de frases sentenciosas y polémicas que también reflejan su pensamiento. Os gavillo dos recientes, sobre la comunicación de masas actual, tan diferente a la que él estudió en Apocalípticos… hace más de medio siglo. Una:

“El fenómeno de Twitter es por una parte positivo, pensemos en China o en Erdogan. Hay quien llega a sostener que Auschwitz no habría sido posible con Internet, porque la noticia se habría difundido viralmente. Pero por otra parte da derecho de palabra a legiones de imbéciles”.

Y otra:

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”.

Umberto Eco, 1932-2016. ¿Apocalíptico o integrado? ¿O quizá ambas cosas?

PD. Por cierto. Ni a Borges ni a Eco les dieron el Premio Nobel, y eso sí es una gran injusticia.

Ocho frases muy actuales de Larra

Hoy, sobre las ocho y media de la tarde, se cumplen 179 años de la muerte de Mariano José de Larra, santo laico de los periodistas españoles. Se quitó la vida de un tiro en la cabeza a esa hora del 13 de febrero de 1837, en su casa de la calle Santa Clara, de Madrid. Pocos minutos antes, su amante, Dolores Armijo, le había devuelto sus cartas de amor y le había comunicado que le abandonaba para irse con su marido a Manila, donde le habían nombrado para un cargo público. Larra era muy joven, tenía en ese momento sólo 27 años, iba a cumplir 28 pocas semanas después.

Pese a su juventud, acumulaba ya una trayectoria literaria fulgurante. A los 19 años había fundado una revista mensual dedicada a la crítica social, El Duende satírico del día. Duró poco, cinco números, la cerraron las autoridades a instancias de otro editor ofendido por sus críticas.

A los 20 años se casó con Josefa Wetoret. Fue un matrimonio desgraciado, tuvieron tres hijos que acabaron siendo casi tan famosos como el padre: Luis Mariano, libretista de zarzuelas, entre ellas El barberillo de Lavapiés; Adela, amante del rey Amadeo I; y Baldomera, banquera, que acabó en prisión por impulsar una de las primeras grandes estafas piramidales de la historia de España.

Su relación con Dolores Armijo fue muy convulsa. Unas veces huyendo de ella y otras siguiéndola, Larra emprendió un largo viaje por media Europa: Lisboa, Londres, Gante, Bruselas, París. Al regresar, fue elegido diputado por Ávila, pero no llego a sentarse en el escaño al anularse las elecciones tras el Motín de la Granja, uno de los muchos golpes de Estado de la España del siglo XIX.

Por entonces ya era el periodista madrileño más famoso y mejor pagado. Trabajaba para El Español, donde cobraba 20.000 reales al año por dos artículos a la semana. La suma era sideral: en aquella época, al autor de una comedia le pagaban mil reales.

Algunos artículos suyos se leen, casi dos siglos después, como si acabaran de salir de su acerada pluma. Nunca los firmó con su nombre, lo hizo como Duende Satírico, Pobrecito Hablador, Bachiller Munguía, Andrés Niporesas y, finalmente, Fígaro.

Sus artículos eran extensos, muy elaborados, de una prosa muy precisa, muy eficaz en la mezcla de información, narración y reflexión, y escondían frases cortas quintaesenciadas, algunos disparos como estos, tan actuales:

El corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer.

En punto a amores tengo otra superstición: imagino que la mayor desgracia que a un hombre le puede suceder es que una mujer le diga que le quiere.

Ley implacable de la naturaleza: o devorar, o ser devorado. Pueblos e individuos, o víctimas o verdugos.

El talento no ha de servir para saberlo y decirlo todo, sino para saber lo que se ha de decir de lo que se sabe.

Hay algunos hombres que no dicen lo que piensan y otros que piensan demasiado lo que dicen.

Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.

Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta.

Aquí yace media España, murió de la otra media

Quizás esta tarde, como casi todas las del 13 de febrero desde hace más de un siglo, un grupo de veteranos periodistas visiten su tumba y le recen al santo laico el padrenuestro que acaba así: “No nos dejes caer en la corrupción y líbranos de la sumisión al poder. Amén.”

PD. Según algún investigador, pocos meses después del suicidio de Lara, el barco en el que Dolores Armijo viajaba con su marido hacia Filipinas naufragó a la altura del cabo de Buena Esperanza. No hubo supervivientes.

¿El Mario Conde de Leonardo Padura? Anjá

Confieso que no había leído nada de Leonardo Padura hasta conocer, hace unos meses, que había sido galardonado con el Princesa de Asturias de las Letras. El premio lo recoge esta tarde. ¡Más que merecido!
Me he leído con agrado en las últimas semanas cuatro novelas –Pasado perfecto; Vientos de cuaresma; Máscaras; y Adiós, Hemingway– de la serie de Mario Conde, un detective habanero tan bien trazado como personaje como los mejores del género -el Jean-Baptiste Adamsberg de Fred Vargas, el Salvo Montalbano de Camilleri, el Kurt Wallander de Mankell, el Harry Hole de Nesbo, el Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán, el Gordiano el Sabueso de Saylor, el Leo Caldas de Villar, el Kostas Jaritos de Márkaris, el Héctor Belascoarán Shayne de Taibo II, la Kinsey Millhone de Grafton, el Paulo Mandrake de Rubem Fonseca…-, pero en caribeño: filósofo de la vida, mujeriego, sentimental, bebedor, glotón, escéptico, buen amigo de sus amigos… (Y machista, dice Montse, mi mujer).
Las tramas de las tres primeras novelas citadas ocurren en La Habana de finales de los años ochenta, se escucha el palpitar del régimen castrista al fondo, la ciudad está vivísima…
En Adiós, Hemingway, que es del paso del milenio, Conde ya ha dejado la Policía, es librero y aspirante a escritor, y tiene que investigar una muerte a tiros ocurrida varias décadas atrás en Finca Vigía, la casa con enorme jardín alrededor -y piscina con Ava Gadner- en la que Ernest Hemingway pasó largos años, muerte en la que todo indica que estuvo implicado el propio escritor estadounidense…
Los personajes están bien trazados, los diálogos son ingeniosos, la variedad del vocabulario -cubano y no cubano- está muy por encima de la media habitual en el género… Y el final -ya no me fijo mucho sólo en los arranques de las novelas, también en los finales- merece cita completa (no te voy a reventar el desenlace, tranquilo):

“Entonces tomó impulso con el brazo hacia atrás y lanzó la botella al agua. El recipiente epistolar, preñado con las nostalgias de aquellos náufragos en tierra firme, quedó flotando cerca de la costa, brillando como un diamante invaluable hasta que una ola lo envolvió y lo alejó hacia esa zona oscura donde sólo es posible ver algo con los ojos de la memoria y el deseo”.

-¿Y qué tú recomiendas? ¿Leer a Padura?
-Anjá -que diría el Conde.

Santiago: Nunca una mentira creó tanta verdad

25 de julio, día de Santiago.
Probablemente nunca en la historia del mundo una patraña -el imposible descubrimiento en el siglo IX de la tumba de un apóstol decapitado a unos 4.000 kilómetros de distancia casi 800 años antes- alumbró tanta civilización, tanta verdad.
El falso hallazgo de Santiago generó primero la iglesia y catedral, luego la ciudad y después el Camino de Santiago, y por él llegaron a la Península el arte románico, la reforma cluniacense, la poesía provenzal, la urbanización y el fenómeno de las ciudades, el turismo, el dinero, la burguesía, las obras públicas, la hostelería… La civilización, en suma…
Mi hijo Ignacio y yo le dedicamos a este fenómeno un capítulo en nuestro libro La nación inventada. Ahí va, de lectura de sábado… de Santiago

Manu Leguineche, periodista y también literato

Un curso de verano de la UNED reivindica estos días en Guadalajara la figura de Manu Leguineche (Arrazua, Vizcaya, 1941 – Madrid, 2014) no sólo como periodista, en lo que ya está muy reconocido aunque no todo lo que Manu sin duda merece, sino también como literato.
El programa, de tres días y organizado por Pedro Aguilar, es muy ambicioso. Intervenimos una veintena de personas que tratamos al jefe de la tribu en diferentes épocas de su vida y le conocimos bien en algunas de sus muchas facetas.
Ya os conté aquí que, como muchos colegas de mi generación, le debo en buena parte a Manu mi vocación periodística. Sus crónicas y reportajes de los años sesenta y setenta desde zonas de conflicto -Vietnam, Irán, Suráfrica…- o libros como La tribu, sobre la caída de Francisco Macías en Guinea, o El viaje más corto o Los topos -este, con Jesús Torbado- multiplicaron en nosotros la pasión por nuestro oficio.
Poco imaginaba yo que muchos años después de aquellas primeras lecturas de Manu me iba a encontrar con él en un pequeño pueblo de Guadalajara, Cañizar, donde en los noventa me compré una casa de fin de semana y donde Manu llevaba ya diez años escribiendo sus libros en otra casa en el monte, El Tejar de la Mata, rodeado de encinas, robles, olivos, jabalíes y corzos.
Manu no era en Cañizar un intelectual aislado en su refugio. Participaba como el que más en la vida del pueblo, en las alegres rutinas de partidas de mus, jornadas de caza y meriendas o rondas de vinos (que allí los llaman reos) con la cuadrilla.
De esas rutinas cotidianas y de sus reflexiones en la casa del monte y de sus largas conversaciones con los paisanos nació en 1999 La felicidad de la tierra (Alfaguara), en mi opinión la mejor obra literaria de Manu Leguineche, y a la altura de algunas de las más altas cumbres en castellano de finales del siglo XX.
Quizás su carácter ecléctico -es un dietario, y un ensayo, y a veces una novela, y en ocasiones incluso una indagación filológica- haya sido la causa de que muchos lectores potenciales no repararan en ella. Os la recomiendo con entusiasmo. Si estáis seleccionando vuestros libros para las vacaciones, echad al cesto La felicidad de la tierra.

Josep Pla, quintaesenciado

“Gran helada por la noche. Nevada considerable en el Canigó. Cesa la tramontana. Como. Después de comer viene Quintà a calentarse. El frío mejora con las vaharadas del sur. Hace un año llegué a Lisboa a las siete de la mañana. Vienen Pascual y su sobrino de Llagostera, hijo de Domingo, agradabilísimo. En la cama a las once. Poco trabajo.”
Esto lo escribió Josep Pla, en su diario, hace hoy justo 50 años, el 27 de diciembre de 1964. El escritor tomó notas cotidianas de lo que hacía casi todos los días de su vida. Telegráficas, apresuradas, pero literarias. Improvisadas, pero también muy elaboradas. Destino pública ahora La vida lenta. Notas para tres diarios (1956, 1957 y 1964). Os lo recomiendo vivamente. Si no habéis leído nunca a Pla, os servirá de prólogo, de acicate. Si ya conocéis a Pla, os encantará. Es el Pla de El cuaderno gris o de Las horas, pero quintaesenciado, destilado. Sus notas las tomaba sobre agendas con el espacio tasado, muy poco para cada día del año, lo que le obligaba a resumir tanto que sublimaba su propio estilo. Hay frases lapidarias cada poco, y adjetivos deslumbrantes.
Pla, que había nacido en 1897, frisaba en esos años los sesenta de edad, y vivía solo en la masía familiar de Llofriu, cerca de Palafrugell. Habla de todo, o de casi todo…
De sexo y de mujeres. “Estoy bien en esta casa, y aquí trabajo. Tengo a mano algunos libros, tendría que casarme con una mujer joven de cuerpo bonito y no moverme nunca más de esta casa. ¡Pero estoy tan viejo y tan gastado!”. “¡Qué vitalidad tiene Atenas! ¡Qué ganas de vivir! Las mujeres, fenomenales, un poco rellenitas -quizás en exceso”. “Una señora joven de Delémont, en el Jura, que tiene un trasero precioso, admirablemente bien hecho”. “La señorita francesa del vagón que iba a Jutlandia”. “La chica rubia de 18 años”. “Pienso en las mujeres que he visto últimamente. ¡Qué maravilla!”. “La holandesa rubia con su padre”. “He bebido mucho y en el cabaret he tenido -ante esas señoras tan bien vestidas- un momento de impaciencia”. “Correspondencia con A., leída. Esta chica tiene razón. Me lo he perdido todo, he sido un borrico. La tendencia a la ternura me lleva, por huir del ridículo, a la dureza y al exceso”. “Paso la noche como buenamente puedo, con momentos de obsesión sensual. Tenemos que hacer algo”. “Sensualidad exacerbada -debido, sospecho, al alcohol”. “El buen hotel cerca de la estación. La señora morena”. “Hay cierta inquietud canicular entre el pasaje. Aunque no entraremos en el verano hasta mañana, ya circulan tres o cuatro señoritas vestidas con una ligereza admirable. La cantidad de personas que sonríen enseñando los muslos en cuanto la meteorología lo permite es fenomenal”. “Erotismo de A. Persistente”. “Obsesión erótica con A.”. “Carta de A. Esta mujer es importante. Podría ser un paraíso para el final de la vida, que habrá sido tan poco paradisiaca”. “He pensado mucho en A. El erotismo de la edad”. “Gran comida. Siesta hasta las siete y media. La portuguesa”. “Fiesta. Muy buen día -pero fresco. He dormido mal. Onanismo”.
De literatura y de escritores. “Carta de Camilo J. Cela. Me pide colaboración para una revista que quiere hacer: Papeles de Son Armadans“. “La literatura inglesa es la única confortable”. “He perdido la capacidad de lectura que tenía en la juventud. Leer es una de las cosas que más me fatigan”. “Los periódicos hablan de la detención de Dionisio Ridruejo”. “Leo Moros, judíos y cristianos, de Cela. Es un libro colosal que hace vomitar a cada paso. Lo alterno con Idilios, de Teócrito, que he traído de Atenas. ¡Qué contraste!”. “Voy a la cama y caigo de insomnio; intento vencerlo leyendo a Plauto y a Dostoyevski”. “Ridruejo es interesante, simpático y fascinador”. “Ridruejo ha estado muy brillante, pero su capacidad cerebral llega a asustarme. Puede que sea el mayor defecto de Dionisio”. “Foxá está gordo y asmático y me tutea”. “Me cuesta dormir -pero descanso en la cama. Es horrible. Leo el teatro de Chejov”. “Leo La Bruyère y miro por encima diversos números del Journal de Genève“. “Leo en la cama. Jules Renard. Cuando la clava es muy bueno. Pero cuando no la clava, no tiene término medio”. “Voy a ver a Camilo J. Cela a la casa que tiene en la calle Villalonga, en El Terreno. Me recibe saltando de la cama. Parece un facineroso aborrascado”. “Leídas, otra vez, las 150 primeras páginas de los Ensayos de Montaigne, alternando con alguna cabezada”. “Leo a Valle-Inclán a pesar del barroquismo -a veces me gusta”. “Paso del alcohol a la lectura ávida, que me sienta igual de mal”. “Leo que a Cela lo han nombrado para la Academia. ¡Lo que faltaba!”. “He pasado la noche leyendo el Misanthrope de Molière -y me levanto un poco cansado. Molière es un escritor fabuloso, quizás el primero de la vida moderna. El Misanthrope es el mayor documento contra el Barroco”. “El diario de Kafka no es precisamente una lectura navideña. Romanticismo frenético de este escritor. Sólo habla de sí mismo”. “En la cama a las nueve. Poco apetito. Sartre”.
De diarios y revistas. “En cuanto a Brunet, la prensa viene superficial -nada. La decadencia es tan enorme que es ya imposible leer una nota necrológica decente”. “Leo Razón y fe, la revista de los jesuitas. Quizás no haya en el mundo una publicación que incite al sueño de una forma más compacta, con menos quebraderos de cabeza. Es un soporífero profundo, mejorado por la pedantería castellana”. “El New Yorker. Sensacionales los cuatro últimos artículos sobre la fundación Ford”. “Lo malo del periodismo es que adocena el espíritu y lo vulgariza todo”. “A la cama. Leo Le Monde y L’Exprés“. “Aparece primero Vergés. Me dice que ha comprado a Godó la mayoría de Destino”.
De su salud y su obsesión por la edad. “La decadencia es visible”. “Hace un mes que volví de Grecia. Estaba fuerte y magnífico. El retroceso ha sido enorme. Ahora estoy deprimido y enfermo. He pasado un mes sin hacer casi nada, bebiendo y hablando”. “Es horrible. Estoy viejo… cada día soy más viejo”. “Estoy envejeciendo. Estas sensaciones tan agradables, esta tendencia a la soledad, son síntomas de vejez”. “Los accesos de tos de la bronquitis. Sensación de envejecimiento, de asco general y de depresión extrema”. “Me temo un ataque de corazón, no sé si por los nervios de la noche o de tanto fumar”.
Del alcohol. “Por el horror que me dan los borrachos me hago a la idea del horror que debo de dar a la gente cuando me emborracho”. “La intoxicación de whisky es más soportable que la del mejor vino del país”. “Tomo una cantidad desorbitada de alcohol”. “Desde que he vuelto de viaje, el desconcierto y el alcohol me traen a mal traer”. “No me sale nada. Demasiado alcohol”. “Vino tinto -con Vador, Palmada, etc. Demasiado vino tinto. Llego deshecho a casa. Horrible”. “Alcohol en abundancia. Anís, coñac y vino”. “Vuelvo a casa con una cantidad excesiva de alcohol -quemado. Parece mentira que tenga tanto aguante”. “Bebo coñac Martel en exceso”. “Bebemos dos botellas de champán -lástima que sean del país- para celebrarlo”. “Hace dos días que no bebo ni una gota de alcohol. Ya era hora, sospecho”. “Vuelvo a casa de madrugada, saturado de alcohol y de café frío”.
De sus insomnios y raros horarios. “El insomnio me produce el mismo efecto que el alcohol: taquicardia, molestia en el corazón, como si se me espesara la sangre”. “Llego hecho una pena. El sueño me vence a las cinco. Mala vida, siempre la misma vida”. “La masía. Me he quedado en la cama la mayor parte del día”. “Me levanto a las cinco y como hacia las cinco y media”. “Sólo estoy a gusto solo y en la cama”. “Noche larguísima. Pesimismo. Desánimo”. “Insomnio. La una, las dos, las tres, etc.”. “Navidad. Decido no levantarme. Como en la cama. Canelones. Paso la tarde durmiendo”.
De la censura. “Trabajar pensando en la posibilidad de que la censura lo desmonte todo es una tortura típica del país. En todos los regímenes, desde hace casi cuarenta años, he trabajado con esta limitación. ¡Qué cabronada!”.
Del tiempo y la meteorología. “La tramontana me vuelve loco”. “Impresión tétrica de Palafrugell, sin nadie en las calles, sin luz, con la tramontana. Hemos llegado a -8. Ha hecho mucho daño”. “Las radios anuncian tramontana para mañana. Con esta noticia tomo la decisión de no levantarme”. “Este año no ha hecho ni un día de primavera; hemos pasado del frío al calor bruscamente”. “Viento de garbino. El silencio y la soledad de la masía. Al anochecer, cambia el viento y se entabla la tramontana”. “Paso la tarde escribiendo y viendo llover”. “De madrugada caen rayos y truenos”. “Ayer tuvimos el día más caliente del verano: 48 al sol”. “A medio camino se produce una tormenta eléctrica prodigiosa, grandiosa, llena de color y de livideces. Me gusta la lluvia. Llego empapado”. “Todos los Santos. Día siniestro, sin visibilidad, ventoso y frío”. “La tramontana se levanta y es fría. Al levantarme la oigo aullar en la chimenea”. “El día está encapotado y triste, pero no tan cerrado como ayer. Es posible que haga más frío. Día para quedarse en la cama”. “Día cuaresmal -viento de garbino fuerte, se empiezan a oír los grillos, las ranas y los pájaros. La primavera a la puerta”. “Viento de garbino toda la noche. Creo que ayer oí cantar al ruiseñor desde el cuarto de escribir”.
De comida. “Lubina magnífica y liebre estofada. Queso. Buen vino de Rioja”. “Comida en Malva-rosa -entremeses de marisco y paella. Agradable”. “Salvo ha traído un cordero de seis kilos; nos lo comemos primero con guisantes, admirablemente bien cocinado, y después, las paletillas asadas. Excelentes. Es la comilona de cordero habitual”. “Arroz negro y el primer congrio con guisantes de la temporada”. “Canelones, carne (de Palafrugell) con zanahorias y champán brut”. “Entremeses y un entrecot inolvidable”. “Cenamos costillas asadas con sarmientos”. “A mediodía he comido la primera oronja del año”. “Como un plato de estofado a las seis de la tarde. (…) Volvemos a cenar, una agradable sopita de apio y costillas con pimiento rojo, excelentes de pimiento”. “Como caracoles con una vinagreta, excelentes”.
De política. “Los periódicos dan la noticia de que cesan dos ministros. La política se anima un poco”. “Me invade una gran depresión. El asco físico que me da Franco me deprime”. “Tal vez sea el momento de tomar una decisión e irse de aquí. Este país es asfixiante. ¿De qué se puede hablar? No hay nada que hacer”. “Las izquierdas son fáciles de manejar a base de concesiones sociales. Las derechas son insaciables y peligrosísimas”. “Impresionante país de locos corrompidos por el franquismo”. “Sé perfectamente que vamos de cabeza al desastre, pero no tengo ni fuerza ni juventud para decirlo en voz alta e ir a la cárcel”. “Hoy hace 25 años que terminó la guerra: 25 años de paz -es decir, de miseria, de policía, de indignidad”.
De religión. “Es terrible, impresionante, la destrucción que ha provocado el cristianismo en la civilización clásica. El cristianismo ha sido quizás, junto con el mahometismo, la religión que más destrucción ha causado”.
De su vida casi de payés. “La lluvia de ayer ha sido muy beneficiosa y los campos están de un verde maravilloso”. “Los alcornoques parecen quemados, están escuálidos de forma y color”. “La masía. La siega. Es el primer año que siegan con tractor, sin animales. A lo largo de mi vida -en muy pocos años- habré visto segar con la guadaña, con animales y con tractor”. “No creo que haya llovido suficiente para los nabos. Esto no tiene buena pinta”. “Caen, por la mañana, unos chaparrones. Aun así se pueden vendimiar las dos viñas y, por la tarde, el trabajo está hecho. Hemos recogido 30 cuévanos de uva, 8 más que el año pasado”. “Llovizna -niebla muy baja. Son las gotas que les faltaban a las habas, a las patatas y a los guisantes”. “La tercera vaca que pare”. “Los masoveros han traído cuatro cestos de setas. Cobro el cerdo y la cerda”.
Y de las muchas ciudades que visita durante esos tres años, la mayoría como periodista. Atenas, muchas italianas y alemanas, Oslo, Estocolmo, Lisboa… y Barcelona, adonde viaja a menudo desde la masía: “Lo que menos me gusta de Barcelona es el aire, que parece que esté masticado y respirado por otros”.
PD. La tan mencionada A. es, según Xavier Pla, el prologuista del libro, Aurora Perea Mené, uno de los grandes amores del escritor ampurdanés. Vivieron juntos desde 1943 a 1948, año en que separaron. Ella emigró después a Buenos Aires. Allí la visitó varias veces Pla durante los años de los diarios que ahora se publican. El desamparo que refleja Pla en sus notas cuando espera carta de ella y la carta no llega nos dan ahora una versión mucho más sensible del tantas veces huraño y áspero ampurdanés.