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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

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Corredor, ¿cumples?

¿Eres fiel y cumples con tus compromisos? ¿Eres cada año un poco más viejo y cumples años?

El término “cumplir” tiene cientos de matices. Desde dar la talla en el sexo hasta ir marcando el ritmo de carrera según el esquema programado. Cumplir es ser tan honesto como para presentarse siempre ante una obligación. Cumplimos cuando aceptamos los reglamentos de las carreras – algunos irremediablemente extensos y llenos de detalles.

Pero, sobre todo, cumplimos con ese momento en el que atravesamos el útero materno (o nos sacaron a bisturí) y nos parieron a este mundo. Otro día más en que repasas qué haces, cómo van tus propósitos, miras si eres fiel a tus ideas y, sobre todo, si está aún todo en orden.

La edad y el corredor daría para un serial. Para una enciclopedia. Los caprichos que listamos los runners para “celebrar” que cumplimos años, cómo afrontar el natural envejecimiento de las piernas que crujen y las articulaciones que chirrían, los repasos a las viejas fotografías en las que salimos inevitablemente más jóvenes y en que la moda es siempre espantosa.

Mañana me cae otra rayita, otra muesca en el revólver de la edad. Cuarenta y cuatro mayos.

En un Abril de 1988 buscaba adelantar mi mayoría de edad por unas semanas. Pero el cónclave familiar pensó que no pasaba nada cumplir el reglamento y esperar a tener dieciocho para estrenarme en un maratón. La cuenta que llevo con los maratones repartidos en años vividos ya comenzó con un punto de sensatez.

Algunos me habéis conocido hace tiempo. Otros asumís que este es otro blog dentro de la moda del running en la prensa y que me acabo de apuntar a todo esto. El listado de barbaridades/año hoy presenta noventa carreras de maratón o más kilómetros. Puesto en perspectiva es una idiotez como un piano. Puesto en otro tipo de perspectiva voy cumpliendo sin mirar mucho, ni al paso del tiempo en el calendario ni a las cosas que corro.

Cumplo, veo cómo las caras se renuevan, y cómo contamos nuestros entrenamientos diarios. Cómo corren tanto el anónimo como el famoso. Me imagino sentado en los escalones de un portal en la gran avenida de nuestra vida, y veo pasar gente al trote, con las pulsaciones altas y modelos de calzado deportivo y ropa diferentes.

Un corredor cumple con su ritual de hacer pasar el tiempo entre carreras. Pero un auténtico corredor es el que vive al máximo el tiempo entre carreras. Por que, al final, esto se reduce a poner un pie y luego otro.

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Foto: Darío Rodriguez/DesnivelPress.com

Microtweetstoria: Maratón

Os regalo una MICROTWEETSTORIA que surgió hablando ayer con mi padre. Salió en forma de tweets encadenados. Espero que ponga en valor los muchos mundos que se enfrentan a un maratón.

Ayer mi padre era público en el ‎R’nR Madrid Maraton‬. Donde ha terminado en más de 15 ediciones.

En el k15 vió al #4 parado. “Daba pena, miraba a la nada. En jarras. Le pregunto ¿Estás bien? no entendía. Era el dorsal 4”. Era Samson Bungei (2h08).

“¿Estás bien?”, le insistió.
El galgo de Kenia y el jubilado de aquí, intercambiando señas. Ambos ‪#‎runners‬. “Here“, le dice. Roto el gemelo. Mi padre mira cómo puede ser tan fino un gemelo. Con una bola tremenda. Mi padre esperó un rato. Una moto de la Organización le hizo señas. Le recogerían ahora. Se miraron. Probablemente mi padre no sepa que tardará en curar rotura. Tampoco sabe que “el #4” ganó el maratón de Bruselas. Bungei tampoco sabe nada del abuelo que sigue yendo a animar y correr un rato con los maratonianos. ‪Correr no es sólo correr‬, dicen.

Llega la Transgrancanaria, arranca el espectáculo mundial del trailrunning

En 2012 pude disfrutar de un viaje a la isla de GranCanaria, para participar en la TransGrancanaria 96k. Os inserto el post que escribí con la previa de este evento del correr por la montaña y que este fin de semana congregará al plantel más rumboso de la temporada. Así continúa el Ultra Trail World Tour, una auténtica copa del mundo combinada de pruebas de montaña.

¿Sangre?

No hay sangre. En la isla del polvillo negro la sangre queda absolutamente teñida de costra. Ni Sebastian Chaigneau aparece límpido en las fotos. Ni sé como definir la sensación -¿pena?- que me dieron dos superliebres de Salomon, con sus prendas blancas ‘a la Jornet’, sentados sobre un pedregal mortífero en el que soplaban los alisios levantando más polvillo. De ser blanco, nos lo esnifaríamos. Pero es negro y uno tiene en el subconsciente la memoria de los mineros y de la silicosis. No es racismo, es que en la crónica de esta Transgrancanaria no aparecerá nada sanguinolento ni casi rojo.

Porque de los participantes de la k42 no hablaremos. Su peto era rojo. El pe-to. Esta, para luego. Rojo. Color que además engorda. Pobres ellos, que tuvieron que mutar en anaranjado para no ser absorbidos por la reverberación caníbal de un sol de esos que dicen que hay dando envidiables temperaturas a las islas todo el año. Pobres, ellos y ellas. Que los pusieron de rojo y los colocaron para salir a trotar a las diez de la mañana.

Al menos nosotros, los pataliebre, bueno, ellos, los de los 123km y doce mil metros de desnivel por los barrancos arriba y abajo -nosotros nos achantamos con apenas 96km- salimos de noche desde el mismo orillón de la playa del Inglés. Rodeados de becerros con cubatas. De colgados -en la noche canariona hay mucho colgado- y hasta de una ilustrísima señora alcohólica en mallas largas y camiseta del… ¿Telde? que se entremezclaba con nosotros -vale, ellos- y nuestro ritual preparatorio, las mochilas, los frontales, los nervios y las piernas afeitada con mejor o peor mano. Decía la afectuosísima mujer que ‘venga cogledole, a pol ello muyayo’ o algo similar. Sergio Mayayo se dió dos o tres veces por aludido pero es que estaba perdiéndolo todo. Posteriormente perdería la voz por algún barranco y ahora está en llamadas a MRW para que se la traigan lo más rápido posible.

Groarrrrrr

Salimos por fin playa adelante, que a eso nos habíamos inscrito. Mis condiciones semisecretas incluían un plan para escribir sobre la inconveniencia de presentarse a estas pruebas homicidas con catarro, tendinitis en el peroneo largo, una semana entera tosiendo y sin correr, alusiones al jet-lag, lo que hiciera falta. Paré a hacer un pis en las dunas de Maspalomas, sueño que perseguía desde mi niñez, y me quedé el vigésimo por la cola. Allí no había corredores. Había chacales. Me prometí no mear más hasta yo que sé cuando.

Y nos metieron por un barranco. Ya leeréis las milimétricas descripciones de los barrancos en la crónica de Runner’s World, revista que os conmino a comprar el mes que viene. Aquello era ir por el fondo del mar después de que Bob Esponja hubiera absorbido los trillones de quintales de agua (sé que es capaz de hacerlo) y sólo quedasen pedrolos. Muy cementados, sí, como que ‘aquí no llueve nunca y la gente pasea por aquí’, pero un fondo de un río. Seco. Ahí estuvo el paso por la primera hora pero, como no había siquiera mirado cómo quedaban los parciales kilométricos, y casi ni los avituallamientos, iré adelante con mi foco luminoso preguntándose si-no-si e iluminando el terrario canario de aquella manera.

Subir, subir y subir no nos conducía a nada más que hacia arriba. Es pura geografía física. Acalorados, porque dista un abismo entre pasar un invierno en pantalón corto y salir en pantalón corto en invierno. Y venga a recomendar más ropa. Luego estaba la del peto. El petito. El día que lo vi por primera vez pensé que no era una buena idea. Marketing lo era. Pero era una capa más, caladita, sí, pero daba calor. En plena noche calculé que pudieron pasarme a lo sumo seis ráfagas de aire fresco. Contribuyó a que mantuve un tono de quema de sebo muy uniforme, y había menos zonas de ascenso de cabras de las que pensé. Bastante trotable, llanos, descensos en mitad de las fuertes subidas… era mi terreno si hubiera deseado salir a reventar.

Merodear el barranco.

La consigna había sido: “vosotros vais por donde os mandemos y, aquí paz, y después gloria”, instrucción más que precisa para el bóvido runner. Total te arreaban ladera arriba y abajo. De noche se intuía un abismo a nuestra izquierda, por la cabecera del arranco de los Ayagaures, advertido por Ser13gio en su día. “Te lo colocan de noche para que no te de miedo”. Esas horas fueron más las de controlar la hinchazón de los dedos, ajustar la correa del reloj… desde las 5am del día anterior llevaba viajando, en presentaciones de prensa, yendo y viniendo al hotel y, ahora, trotando y gateando monte arriba bajo el influjo de una luna insuficiente. Suficiente para morirse de placer mirándola. Pero no veníamos a morir de placer. Al menos, de placer.

Pero todo termina. A las ocho de la mañana peninsulares me llegan los primeros sms. Ha amanecido también en la Gran isla y a mis pies está uno de los fragmentos del fin del mundo, al que tengo que descender por un camino descarnado pero posible. En toda la prueba hemos discurrido por sendas aceptables y pistas. Los Chelis Valle y compañía han echado de menos más roca, menos pista. Yo no. Apago la luz del Led Lenser (ohsanna) y estiro los últimos chupetones a la boquilla antes del primer avituallamiento sólido. Puñetera autosuficiencia, nos hacen acarrear con todo hasta el km 42. A esa altura me he estomagado de un gel y dos barras turroneras, y me he espabilado medio paquete de jamón. Y tengo una úlcera en la lengua porque el sistema de beber en ultras es guarro y antihigiénico. Pero es el que hay y nos alegra los morros.

Ahí, en Tunte, bajo los farallones, se habían quedado algunos de los favoritos. Lizzy Hawker con un problema en la espalda. Zigor Iturrieta, vencedor de 2011, pedía cuenta de protección. Miré arriba y pedí auxilio a las rocas, las mismas que me triturarían las piernas al paso por el Camino de la Plata, el monumento civil más bello construido por la necesidad canaria. De ahí a la meta sería una repetición de correr, de trastabillarse. A eso íbamos, sin distinción de ritmo o capacidades.

La necesidad de ser normal.

En la rueda de prensa previa a la prueba, mientras el teatrillo de los medios grababa la presentación a dos idiomas y los ‘caranortes’ como Chaigneau (FRA), Maciel (BRA) e Iturrieta (ESP) mostraban su disposición como imagen de la marca, éste, Zigor, estaba a otra cosa. Un chavalín de apenas seis años y discapacidad motora se había acercado, avergonzado, quizá azuzado por el padre, a posar al lado de Zigor. Éste no se había dado cuenta hasta que le sonrió y el crío se tambaleó evidentemente, con una columna que pugnaba por ser una colección normal de vértebras, como las espaldas de otros niños. Zigor abandonó mentalmente la rueda de prensa y sentó al crío en sus piernas. El niño que trepa montañas y saca la lengua entendió a la primera qué busca la experiencia llamada TransCapacidad. Conseguir que discapacitados puedan participar de estas actividades normales. Los mayores, ciegos, con dificultades motoras, rodaban por barrancos que ni los deportistas con plenas capacidades podíamos torear con soltura. El peque que se asomó a la presentación de los corredores pudo participar como un crío más que se sube en las piernas de un deportista de élite. Zigor le regaló la gorra y la sobremesa entera. Ese crío ahora tiene un nuevo ídolo.

Quizá no seamos los más duros ni los más rápidos. Ni puros de mente, ni limpios, visto cómo dejaron el recorrido la tonelada de corredores guarros o sin educar en el respeto al medio ambiente. Quizá, como Zigor, apenas somos gente amable a la que le gusta correr.

Y todo porque me ofrecieron escribir la crónica desde la redacción de la archifamosa revista. Podían haberme encomendado escribir sobre Steinbeck. Ya digo.

Ser un influencer

-No muerdas la mano que te da de comer.
-Pues quita la mano.

Correr (en general, el running) es una más de las actividades mercantiles que nos rodean. Ya no es correr. En estos momentos se trata de vender. Cuanto más rápidamente asumamos estos principios, más pronto podremos separar dos esferas, la del estado físico de placer y la del movimiento de masa. Pero claro, para ello tenemos que desear separarlas.

Hace unos días me contaba un amigo con el que comparto trotes variados una anécdota priápica, eréctil. Desde un departamento de mercadotecnia relacionado con el running, le pedían que asistiese a un lanzamiento comercial más. De los que mueven los corazones, ya sabéis, queridos corredores que leéis este blog.

Pues no podía ir. Excusado por sus horarios laborales, vino a desear suerte al community manager de la acción y sugerirle que, quizá, podría asistir algún otro conocido. O colaborador. A lo que su interlocutor(a) le confesó que, realmente, lo que le interesaba era su presencia como influencer.

¿Más que como corredor? ¿Ha dejado de funcionar el boca a boca y el filtro reposado de esas experiencias que antes duraban kilómetros, que permitían tener inmediatamente calado ese modelo de zapatilla o ese chubasquero?

Veamos. La mayoría de las veces no se trata ya de zapatilla o chubasquero. Cuatro de cada cinco cosas que te rodean en el sin par mundo del correr son ‘acciones‘, ‘presentaciones‘ o fulgurantes promociones de alguna carrera o marca.

De ahí que sea más importante encontrar un influencer que un nicho de practicantes. O, desdoblando el proceso, se llegará antes con el contacto a varios opinadores influyentes que con las cosas bien hechas. El vender rápido ha llegado a este puro y bucólico segmento que erais los que salíais a correr y ya.

Creedme, cualquier escritor público del mundo del correr recibe las tentaciones de sus diversos submercados. Y hay montones de ellos. ¿Habéis parado a hacer una lista con la cantidad de campos en los que nuestro correr se ve inmerso? Carreras per se, calzado, ropa, viajes, premios literarios, electrónica y navegación, festivales de cine, y ¡a nadie se le ha ocurrido todavía montar una cadena de cafeterías exclusivas temáticas para corredores!

Pues para todo se nos pide apoyo, prueba o presencia. Y hay que filtrar, por sensatez y principios, pero -sobre todo- porque no todo pasará el tamiz de la primera década. Muchas carreras, acciones comerciales, ideas y gadgets son tan válidos como su predecesor pero caen en el olvido en cuanto aparece un sucesor. Esta obsolescencia teórica ha puesto a miles a correr, a decenas de miles. Sí. Pero la responsabilidad de avisar tiene que ir por delante de la corriente del río.

Esto se trata de disfrutar. No de dejarse arrastrar.

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¿Es literario esto de escribir sobre el correr?

Esta semana estamos así de ilustrados. Resulta el enorme Dani, que no corre pero que receta unas famosísimas carreras en su taxi, propuso a la fructífera blogosfera @20m que dedicásemos un texto a explicar por qué escribimos.

Y es que todo cristo escribe. El mundo del correr, además, contiene un peligroso aditivo que es contar lo que uno corretea en variable épica. Que es un género que gustará o no, pero que tiene loables defensores. Ayer lanzábamos a los lectores un concurso de escribir sobre el running y las navidades, sin ir más lejos. Y los emails del organizador están a rebosar de propuestas, ¡menos de veinticuatro horas después!.

Mi pregunta no es tanto si yo escribo por una necesidad personal o por que se me ocurren ideas mientras oxigeno mis piernas. El traumático asunto que me viene una y otra vez a la cabeza es: “en serio, de verdad, ¿creéis que esto de correr da para tanta literatura?”

Hay días en que leo cosas fantásticas, emotivas. Esas descripciones que mezclan los viajes románticos con el paisajismo velazqueño, o sencillas experiencias entre amigos. Bien escritas, sin estridencias.

Hay ocasiones donde se tambalea el equilibrio. Algunas veces nos ponemos técnicos, o dramáticos. Y pienso que, hombre, épico es recorrer treinta kilómetros mientras arrojan bombas sobre tu población o para buscar un pozo de agua potable.

¿Escribimos para emocionar o para desgranar?

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Yo creo que las palabras tienen que pedir una respuesta de quien las lee. Han de sacar una emoción. Desgranar metros y minutos es feo. Quizá ayuda a que identifiquemos que ‘este es de mi gremio’. Bien, necesitamos el grupo. Lo describen los sociólogos. Pero si jugamos a escritores se nos pedirá que metamos algo más que contar los minutos por kilómetro o los kilómetros como si fueran los litros de gasolina que quedan en un bidón.

Como en este espantoso párrafo.

En la línea de salida me situé detrás de la liebre que llevaba el cartel de tres horas y cuarenta y cinco minutos. Pensaba que podía aspirar sin dificultad a ese tiempo. Tal vez cometí un error. Viéndolo en retrospectiva, tal vez debí seguir a la liebre de las tres horas y cincuenta y cinco minutos hasta aproximadamente el kilómetro treinta y, a partir de ahí, si me encontraba bien y con fuerzas para apretar, haber ido aumentando el ritmo de un modo natural.

¿Dónde está la literatura en esto? Pues corresponde a un afamado escritor.

Vosotros mismos. Quizá es que no es este el blog adecuado para hablar de correr.

Concurso 400 palabras. Corredor… a escribir

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Cualquier historia seguro que es buena si en ella aparece un corredor y alguna mención a la Navidad. Eso es lo que os proponen los de 400metros desde la tienda de running 400metros.es y desde el programa de radio A Tu Ritmo.

En marcha el concurso “400 palabras”. Las bases, sencillas y claras. Uniendo literatura, correr y Navidad (Rin rin rin).

Estaré formando parte del jurado, compartiendo qué escribís con Enrique Nieto, el especialista de las cumbres Raúl García Castán y la editora y también corredora Virginia Lancha.

Los trabajos se enviarán en formato .doc o .pdf al correo electrónico info@400metros.es entre el 13 de noviembre y el 15 de diciembre. ¿Qué más quieres, si puedes dar rienda suelta a tus pasiones?

A participar.

 

Microentrevistas: “Nunca correré…” (IV)

¿Conocer qué piensa la gente de nuestra locura es una ayuda? Sin duda alguna. Hay muchas personas con una sensatez clarividente y una opinión unánime. Contundente. “A mí no me pilláis con eso de correr”.

Hoy es Javier de Ríos el que responde. Hemos enviado nuestra batería de preguntas a este gurú de “La viga en miojo”, el blog la literatura en internet, guía para los que buscan recursos y saber por dónde van los tiros en los concursos literarios y nos ha contestado con rapidez. Escritor de Cuentos para gente impaciente y bilbaíno que cumple a rajatabla lo de “todo internet es Bilbao”.

jderios

[Pregunta]: Javi, ¿corres?

Nooo, por favor, eso es de cobardes, ¿no?

[P]: A tu edad, ¿te consideras ya caso perdido para probar a correr?

Absolutamente, sí. Me gusta en cambio dar largos paseos, e incluso el trekking suave, pero ni de eso tengo tiempo a día de hoy.

[P]: ¿Crees que esto del running es una moda o un sincero ejercicio de la sociedad para ponerse en forma?

No, una moda no, siempre he visto gente corriendo. Quizás determenidas actitudes o formas de equiparse pueden ser una moda, pero el hecho de salir a correr en modo alguno.

[P]: ¿Una infancia dura en Educación Física en el colegio sería la excusa perfecta para no correr?

Pues no lo sé, yo la verdad es que me reconcilié con esa clase los últimos años, cuando descubrí que había otros deportes más allá del fútbol. Sí es cierto que el gimnasio daba cierto yuyu con el potro ¿de tortura? y esas espalderas. Odiaba algunos ejercicios únicamente, como trepar por cuerdas, por ejemplo.

[P]: Entonces, ¿no piensas entrar al trapo y salir al trote?

No vas a convecerme con frases hechas, te aviso.

[P]: ¿Aceptarías una potencial pareja sabiendo que el/ella sí es apasionado seguidor del running?

A estas alturas de la vida un cambio de pareja no me lo planteo ni en un baile de pueblo. Pero en todo caso no creo que me influyera en la decisión, cada uno tenemos nuestros defectos.

[P]: ¿Qué prefieres leer u oir? ¿’running’ o mejor ‘salir a correr’?

Salir a correr. Running suena más estresante.

[P]: Y, claro, ni por esas.

Ni por esas

[P]: En esta sociedad tan tonta y esteticista, ¿aceptarías correr como remedio rápido para mejorar tu apariencia física?.

¿Rápido? No me tomes el pelo…

[P]: ¿Qué te sugiere oir en el rellano de la escalera: “Natividad, cierra la puerta que me voy a correr”?

Cierra, cierra, y no abras.

[P]: ¿Abominas de su propaganda o simplemente correr y tú vivís esferas paralelas?

Esferas paralelas, sin duda.

[P]: Entonces, si tuvieras que ordenar las palabras “cafelito”, “sudar” y “glamour”…

Sudar la última, sin duda, aunque en dura pugna con glamour. Cafelito, cervecita, un buen libro, ¿cuáles decías?

[P]: Dime cómo podría argumentar en tu propia contra. Quizá así el próximo entrevistado…

Si lo has hecho muy bien, pero yo ya soy un caso perdido. El tema de la salud es importante, mete caña por ahí.

[P]: Sugiéreme con toda la maldad del mundo alguien para la próxima microentrevista

Realmente no lo sé. Algún cocinero famoso, quizás, ¿por qué no?

“La Larga Marcha” de Stephen King y sus versiones reales

Hace unos días os hablé de las pruebas con tiempo predeterminado, de seis, doce o veinticuatro horas. Algunos quizá descubríais el fenómeno de los corredores profesionales de hace más de cien años. Bien. Nos queda una curiosidad más por sacar de este tiesto veraniego del correr.

Stephen King, cuando discurría 1966, escribió una novela que sería posteriormente publicada en 1979. La Larga Marcha. Bajo seudónimo, King escribe un entorno de ficción (una Norteamérica en situación dictatorial) para una prueba deportiva demencial: una carrera que disputan un centenar de ciudadanos a lo largo de todo Estados Unidos, que descalifica a quienes paren y que premiará al último que quede en pie.

La historia, con unas connotaciones ficticias estupendas (política, totalitarismo, relaciones interpersonales) pero también se ha aproximado a la realidad décadas después.

Independientemente de las pruebas ciclistas de eliminación, muy frecuentes en puntuación en velódromo, tenemos unos pocos ejemplos de correr hasta ese límite. Como si fuera la peligrosa mente de un escritor quien las hubiera diseñado.

TransAmerica.

Sí. Salir de una costa y terminar en la opuesta. Ya en cualquiera de las penínsulas europeas que conocemos sería una locura. Pero a la novela de King le salieron vivos y fervientes seguidores. A lo largo de más de cinco mil kilómetros, normalmente desde Los Angeles a Nueva York, un puñado de gentes con energía y motivación suficiente han recorrido el gigantesco país. El año pasado, sin ir más lejos, los de la Trans America Footrace on Trail. Éstos.

Hasta que sólo quede uno.

Organizada por un grupo de corredores españoles sobre un recorrido corto, la diversión y la eliminación a cada vuelta dejan solamente uno en pie. Lolo Díez, corredor de montaña y gente inquieta, montó una edición en la costa de Gijón en la que los participantes debían subir y bajar acantilado y playa hasta… que sólo uno quedó.

En la provincia de Badajoz se ha celebrado un evento durante unos años con las mismas características. Alrededor de un circuito urbano había que resistir en movimiento hasta que solamente quedara uno.

Badwater es una palabra que despierta escalofríos entre los corredores de larga distancia. Se disputa sobre 135 millas (calculad y convertid) desde el punto más bajo del Valle de la Muerte hasta lo alto de Mount Whitney. Las temperaturas que se alcanzan convierten el reto en una pregunta sobre si la ficción podría superar la realidad.

El Death Valley fue parte de la ruta de escape hacia California en los tiempos de la fiebre del Oro, de la posterior migración desde Oklahoma a las granjas californianas (recordar la fabulosa novela de John Steinbeck “Las Uvas de la Ira”). Hoy día es un punto de parada en las vacaciones, pero también donde un puñado de ultracorredores se la juegan cada año.

Foto: MarkusMullerUltrarunning.

¿Estamos locos o no?

[#relatorunner] Olafsvik – Londres

Hoy toca regalo, una lectura para el fin de semana. Olafsvik-Londres es un relato corto que me tuvo entretenido durante unos complicados días. La explosión del volcán Eyjafjallajokull fue la protagonista. A continuación lo tenéis volcado en ficción donde un runner es protagonista.

Olafsvik. Viernes 16.

03.02am; Un zumbido inequívoco me despierta de un sueño ligero pero perturbado por mil cosas que me rondan la cabeza. Las tonterías pasan a primer plano y no puedo dejar de pensar en una noticia obsesiva que vi anoche. Es un mensaje de texto de uno de los contactos de twitter que sigo desde Islandia. El código del perfil semidesconocido (ya no recuerdo a quién agregué en las primeras semanas de mi registro) no esconde la magnitud hiperbólica de lo que me teclean: Gebreselassie corre en Madrid.

Es un notición. Vale, para ti no. Tú estás tomando reposadamente un café en tu turno de tarde pero yo estoy escribiendo con los ojos escociéndome, como platos. Son las tres de la mañana.

No me pidas cohesión desde tu perspectiva de lector. Esto es una plataforma digital, una torreta de disparo.

04.11am; Sintomatología de una madrugada: sueño irregular, digestiones nerviosas y sobresaltos continuos en mi estómago.

Le echo la culpa a la ingesta de vídeos en la red y el cruce de correos que mantuvimos entre los amigos del grupo de entrenamientos. Fruto de un calentón previo a las carreras importantes me embutí una película clásica como Loneliness of the Long Distance Runner, basada en el relato de Sillitoe, y me dieron las 2 de la madrugada leyendo recortes de mi prolongada historia como corredor aficionado. Dios salve las aficiones populares.

Tengo un post it en la recepción: ‘Mrs Ana called’.

12.09pm; Un paseo terapéutico durante la mitad de este día nórdico me ha hecho pensar en ella, en mis prioridades actuales. Me las guardo en la agenda electrónica.

He parado a tomar un refresco en el local del pueblo. Se llega bajando dos escalones protegidos de las fuertes nevadas por un portalón doble de madera. Fuera quedan algunos restos de nieve de las últimas semanas del invierno del norte.

En el bar tenían The Bech Crew en la televisión. Un niño siente necesidad de sonreír y cualquier animación le entusiasma; una pandilla mal dibujada y compuesta por una tabla de surf aplatanada y una especie de plancha azul de iniciación, y ya. Ese corte sano, ya, así y sin más vueltas. Cuando comencé a correr intenté explicárselo a Ana pero no me salió esta comparación. Habría sido de utilidad. Hace tiempo apenas se me ocurrió zambullirme velozmente, recuerdo, contra el oleaje de ese mar rizado de la vida ajetreada de sillón en sillón, de la inactividad y … ella me apoyó de inmediato. ¿Qué pasa ahora?, precisamente ahora.

Debería entender que esto, estos días, son del todo para mí, son todo para mí. ¿He comenzado demasiado tarde a sentir el frescor del deporte en mi cuerpo? La humanidad pidió a gritos un remedio contra la miseria urbana y, cuando descubre la vida sana, se revolvió recordando las obligaciones.

Os doy mis entrañas de dentro afuera, os muestro mis canales y caños renovados, mi cuerpo cincelado por los kilómetros. ¿Me pedís que me rinda?

 Sabado 17.

03.49am;  Otra noche en vela.

Mi cuerpo sigue sin serenarse. Es más, creo que tengo los nervios agarrados al estómago desde que formalicé mi inscripción definitiva al maratón. Dicen mis compañeras de trabajo que soy una parodia de macho alfa y que, de lo que estoy angustiado, es de estar lejos de mi pareja. No tengo ni puñetera idea de qué significa ser un macho alfa.

Desde hace ocho semanas en que hice esto, decidirme a entrarle a la mantequilla de la mítica distancia de los 42km, he perdido dos kilos, la acidez estomacal y de esófago se ha adueñado de mí, y sueño constantemente con cien problemas asociados con el correr o, mejor, el no correr. Así pasan las horas mientras giro como un trompo en la cama.

¿Te parezco un monigote divertido, supongo? Saborea tu taza y juguetea con el ratón mientras intento salir de esa isla. Ya hablaremos cuando llegue a Madrid.

04.15am; Amanece, o parece que está abriendo la luz del día, en un pálido reflejo que entra por las ventanas de doble aislamiento de mi aparthotel. Otra noche que no acumularé demasiadas horas.

¿Por qué estoy aquí? He abandonado mis latitudes habituales del centro de Madrid y he decidido pasar unos días de vacaciones tras la Semana Santa en la villa de Ólafsvík, este esquinazo pelado que descubrí en los noventa, para pasar una semanita de relax antes de debutar sobre el maratón en Londres, ciudad que adoro y a la que vuelo al final del día de hoy. Capricho de solterón o rutilante destino minoritario. Hemos podido remontar un estupendo mes de marzo en la empresa y los he dejado en medio de un buen proyecto. Se han quedado desarrollando la última parte del software para vaginas inteligentes, como las llamamos en el negocio del pornware. La situación es suficientemente buena como para venir a hacer unos rodajes por esta villa islandesa que ahora casi se ve desde este hotel de Reykjavik.

Llevo toda la madrugada viendo esa luz blanca y de ribetes amarillos que me ha acompañado durante estos cuatro días en los entrenamientos por la isla, este pequeño lujo de vacaciones que me he permitido. En fin. Esta tarde vuelo hacia Londres. Ah, lo del post it. Que no se me pase.

04.55am; Desayunaré y echaré un vistazo a los sms a los amigos y leeré qué dice la gente del grupo de entrenamientos sobre la semana que nos espera. En principio, a una semana para el maratón, últimos rodajes suaves a los que no llegaré y mucho pitorreo con lo de mis insomnios. Cabrones. Hasta en el blog de Ríchar han abierto una encuesta bajo el título ‘En su estreno, Jesús peta en el…’ y, ¡tiene más de 20 comentarios! Deseo estar en mitad del cachondeo del que me veo alejado el maratón de mi debut. No es justo tener todo esto en la distancia. Mirando por la ventana no termina de arrancar la luz. Está raro el cielo.

05.31am; Doy dos sorbos a un café de máquina hotelera que me termina de asentar la acidez. O, al menos, permutarla por un pliegue adiposo que embalsama mis tripas por dentro. Hago memoria de las últimas mañanas mientras miro por la balconada y me empieza a extrañar el color del cielo. Tan irisado, tan aborregado… incluso es demasiado pronto para que el pálido blanco del cielo islandés restalle de esa manera.

06.09am; Las noticias vuelan. Lo del color del cielo es por el Eyjafjallajokull, un volcán que explotó anteayer tarde en el lado contrario de Islandia.

La madre de Dios, ni me había enterado. Podría haber entrado a mirar un poco más los periódicos y no tanto los foros de corredores. Las primeras impresiones son la posibilidad de que se empiece a complicar el espacio aéreo de la isla. No me jodas, que esta noche debería estar llegando a Heathrow. ¡Que estamos hablando del maratón, que es en una semana!. En fin, supongo que en un par de días se restablecerá todo. Voy a enviar unos correos a la banda del Retiro y a enterarme bien de la cancelación del vuelo. Huevos tiene.

Domingo 18.

18.30pm; Sin noticias del espacio aéreo islandés. Corrijo: las noticias son una especie de manta de tapar cadáveres. Frías, con un color plateado. He perdido un avión y tras veinticuatro horas todo sigue igual. No menos de cinco horas sumando minutos colgado a los teléfonos de reservas del medio manojo de compañías que ofrecen algo de información.

Las centralitas del aeropuerto de Keflavik están ardiendo de los miles de llamadas de pasajeros de fuera y dentro de Islandia. Siguen llegando imágenes por la televisión y yo aúllo con la cabeza hundida en la almohada. Me veo saliendo a nado de esta cárcel. Apago mi cuenta de correo para poder dormir algo y tener la cabeza más fresa de madrugada. La costumbre de perder horas al comienzo del día, que me ha vencido.

Lunes 19.

03.12am; En todo el día de ayer intenté ponerme al día por la capital. De momento, han pasado dos días y seguimos aislados en esta cárcel gris y ventosa. Mascarillas, caos en las calles, y no hay visos de recuperar la comunicación aérea con el continente. El único espacio aéreo con tan mala pinta como el escandinavo es el británico. Y ahora dicen que Bekele podría correr en Madrid porque Londres ve en peligro la celebración de su maratón. Estaría bueno que no corro en Madrid y la que me cancelan es la que escojo. Vamos a ver, seamos fríos por una vez, no es el holocausto nuclear. Queda casi una semana, no puede ser que Europa se quede así, que elija iniciarme en maratón precisamente en el primer evento que se va a cancelar por un caos aéreo.

Tengo que anotarme en las agendas una alerta para llamar a Ana, que no se me olvide. Corren las horas y me lío con cien asuntos. Todas las amanecidas son iguales, tempranas, tensión en la televisión internacional y mil chequeos al portátil. En tres días he quemado más horas de navegación que en un mes.

08.45pm; Me siento como un imbécil encerrado en un día lleno de noche, no he dormido casi nada. Me he despertado al lado de una nota que habré escrito en duermevela. “Desearía subirme en un sentimiento ácido como el que se queda después de una borrachera inmensa. Poner los pies encima de una mesa y dormir”… ahí se queda, inconcluso. Algo ha interrumpido mi cerebro y no sé bien qué quiere decir.

No creo que pueda soportar muchas noches más sin descansar bien. Aun así tengo que llegar a Londres a lo largo de esta semana.

Martes 20.

10.04am; No hay previsiones de poder salir de esta isla. Esta madrugada el cielo podía cogerse con una cucharilla, era como una masa aérea de trufa y ceniza. He salido a estirar las piernas a las siete, me he duchado dos veces y estoy buscando qué conexiones son posibles por barco con el continente.

Estoy dispuesto a joder el dinero que sea preciso para empalmar por mar y tierra con Noruega o con yo que sé qué lugar. Al comenzar el día he optado por salir media hora a correr por la capital. Antaño era un bálsamo, aquellos días en que descubría los efectos oxigenantes del ejercicio; hoy era como respirar con lo más hondo del estómago, como perdiendo los últimos hálitos de mi vida. He parado con el corazón saliéndose por mi garganta.

15.00pm; Los ferries están llenos hasta esta noche y la próxima opción me dejaría en el continente para estar tres días enlazando coches alquilados hasta una ciudad con vuelos abiertos.

Es tan remoto que parece irreal, esperar en un esquinazo escandinavo que haya vuelos disponibles a cualquier punto de Gran Bretaña, o buscar barcos hasta el extremo norte británico. Las islas Shetland, Orkney… ¿Está alguien manejando las páginas de un guión y escribiendo el suicidio de miles de europeos por anticipado? Hay que ser muy cabrón.

Me sumo en una estruendosa desesperación y me veo atrapado durante una semana más. He llegado a imaginarme que, quizá, de por vida.

Miercoles 21.

03.59am; Tengo que bajar a la farmacia nocturna a comprar más tranquilizantes. Por la situación extrema del país Islandia los dispensa sin receta médica. El cielo sigue como si fuera a arrancar a nevar. No puedo dormir bien desde hace cuatro días. En internet están absolutamente perdidos y las noticias sobre as conexiones con Inglaterra son vagas.

Vomito cada vez que pienso en todos los meses de entrenamiento tirados a la basura. Se me revuelve el estómago. Hablan de cada vez más vuelos. Si había, de todos modos, un esquinazo donde podía haberse desplazado la nube volcánica, este ha sido el atlántico británico. O sea, puedo salir de aquí pero no entrar en mi destino.

12.34am; En Madrid todo se ha normalizado; salen y llegan vuelos. Ya, pero a mí Madrid no me sirve.

Reunión de objetivos por videoconferencia.

Ana se ha ido con su madre. Lo entiendo y, a la misma vez, no lo entiendo. No estoy en plena disposición de mis facultades para entender cosas de los humanos. Me veo pensando cómo esquivar una nube de cenizas volcánicas que merodea el Atlántico a seis mil metros de altura. ¿Es un absurdo fruto de mi delirio o una señal?

Siguen los mensajes de pitorreo por correo electrónico ¿Llegaré al menos a la feria del corredor? La erupción se podría repetir próximamente. ¿Cómo que se podría repetir? Se está hablando de millones en pérdidas para las compañías aéreas y algunos mercados nacionales están extrañamente nerviosos. El abastecimiento es dudoso en prácticamente todas las tiendas de alimentación de aquí. Yo debería estar hinchándome a fruta y verdura fresca de mi supermercado en Chamberí o merendando en una orilla del Southwark londinense. Y estoy apurando un frasco de antidepresivos. Debería estar bebiendo más líquidos. Debería haber salido con carácter urgente de esta cárcel llena de tipos rubios.

18.11pm; sms de Héctor dando ánimos. Sí. La UE abre prácticamente el espacio aéreo excepto los países escandinavos. Que si llego al maratón, me pregunta.¡Cómo cojones voy a saberlo!. Me pongo en marcha y entrego la llave del apartamento. Entregaré el coche de alquiler en un momento.

19.09pm; voy a acampar en la terminal de Keflavik en busca de un billete que me saque de aquí. Ayer empecé a tomar omeprazol para proteger el estómago de los tranquilizantes y el vodka. Ni ganas de salir a trotar ni de entrar al foro a seguir las noticias sobre los maratones que se cancelan por la erupción. Mi medio cuñada Elisa me dice que qué le he hecho a Ana, que quiere separarse de mí. ¡Así se aportan soluciones!.

20.21pm; Todos los vuelos están completos y nadie me garantiza las conexiones con el continente. Estoy en manos del vuelo AEU133 a Berlin Schoenefeld y una eventual conexión nocturna para llegar mañana jueves a Londres.

He pasado por la terminal de ferry pero las opciones son demenciales. ‘Jesús, ¿llegarás a tiempo para la feria a coger dorsal?’, me atormenta desde la distancia Ignacio, ‘Nacho perillas’. Él ya tiene los deberes hechos con sus furiosos 2h54 en el maratón de París y aquí estoy yo. Clavar las yemas de los dedos a porrazos a las teclas de la berry no tiene más sentido que dejar pasar la angustia entre tristes neones amarillos y asépticas señalizaciones del see, buy&fly.

21.03pm. Acodado en las barreras de aluminio del Bistro Atlantic donde solo hay un camarero de pelo albino y dos pendientes en el labio inferior, me veo mirando alternativamente a la pantalla de salidas y al techo rojo del bar. Techo ikea, hay que joderse, qué obsesión del mundo por ikea, como el berrinche minimalista de las amigas de Ana, las epicúreas solteras, tan equilibradas ellas, tan serenas y sin nadie por quien llegar deprisa a casa. El plan era siempre un ramillete de buenos propósitos, perfumado con la esperanza de un té pero … esa obsesión compulsiva por comprar todo lo que exhibiera el catálogo de ikea, entre sus hojas, abiertas como piernas.

21.36pm; Ana estará probablemente pensando en el día que decidimos no tener hijos. Fue nuestro primer acuerdo universitario. Salir, el teatro, bueno… ella conservaba su fiel círculo de amigas de Aluche y yo a la panda del Retiro.

Por aquellos días nos montamos alguna buena en los autocares. Los del club, me refiero. Yo apenas había iniciado mi andadura en las carreras y todo el empeño era intentar ser sub 40 minutos en diez kilómetros, o sub lo que fuera.

22.04pm. Quizá sea el momento de abandonar la pelea. Las parejas son aspiradoras concéntricas. Son el Mäelstrom. Son las nubes del volcán que me tiene en tierra. Si tuviera que escribir una Bitácora de un drama: me gustaría que esa creación nórdica de dos piernas que acaba de pasar con su falda de tubo me masajease al final de un maratón. Doctor, ¿estoy enfermo? ¿Voy camino de ello?

22.49pm; Anuncian nuestro embarque y apago mi berry. Fuera ya es de noche. Una noche boreal. Fea. En Hermosilla seguro que quedan mil luces dadas, mil tiendas abiertas. Ahora intento huir como un perro herido, de aeropuerto en aeropuerto. Conmigo transitarán cien historias similares. En Berlin sabré algo más.

 Berlín. Jueves 22.

03.38am; Enésima pesadilla que circunda mi cabeza. He soñado que en una carrera a pie aparecían miles de participantes en sentido contrario y apenas podía moverme porque me habían mutilado los pies.

Otra noche maldurmiendo. Todo indica a que la prueba de Londres no se suspende pero solamente están llegando los operadores a través del continente y bajo el túnel.

Los ojos me arden y noto un ácido temblor de mandíbula. Estoy en territorio alemán, otrora zona de paso y exclusión. Esto es una mierda. Tenía que haber reservado dorsal para el maratón de Berlín. Los del club dicen que entrenar durante el verano no es tan cabrón.

Tengo un serio embolado con los enchufes del cargador de mi berry. De la extensión negra y con teclas de mi mano izquierda. No tengo mi maleta a mano y solo me asaltan fatídicos pensamientos sobre equipaje perdido. En este momento debería estar pensando en mi vida, también perdida. Pero únicamente me vienen desequilibradas cábalas sobre ritmos de carrera, si me habrán perdido las response de mi alma y el pulsómetro, o sobre si seré capaz de pillar una tienda abierta para reponer mi stock de tranquilizantes. El norte de mi brújula anda perdido entre dos polos magnéticos.

Hace dos días que no sé de ella. Tendré que acostumbrarme a llamarla así. Ana será un punto de mi pasado, un punto de color caoba, ondulado como el pelo.

05.12am; Mientras me estás leyendo, café en mano, se me están adormeciendo la ganas de vivir. Tú, en tu trabajo. Yo, en Berlín, saturando mis conexiones neuronales con química y calambres estomacales.

La información en Reykjavik fue errónea y no hay conexión a primera hora. Un EZY, un Easyjet, es lo primero que saldrá con supuestos asientos libres a Londres, esta tarde.

05.17am; Me siento terriblemente patético. Empiezo a pensar en las horas pasadas leyendo sobre carreras populares.

Cuánta letra sin sentido … o ¿sí lo tenía? Una pareja que se distanciaba, una edad crítica como el ángulo de las mieses que esperan a caer dobladas por el viento tórrido de agosto. En la que un punto más significaría la ruptura. Pulsómetros, zapatillas y cómo afrontar conceptos tan vacuos como el muro de maratón, o la supuesta felicidad grácil del correr sin esfuerzo. Espero encontrar alguna respuesta en las doce horas que me quedan hasta la conexión.

07.55am; El agotamiento y una tristeza sin fondo, igual que un pozo que arranca en el estómago y termina en el fin del puto mundo, me obligan a apagar las reflexiones y acudir vagando por los pasillos de la terminal. Vomito un café de vaso de cartón en unos aseos de caballero con cartelería amarilla y negra. Si me ves, en un rato quizá hayan caído los tentáculos de la rendición sobre mí. Esta noche debería dormir en mi Londres añorado, a la que ya no sé si en realidad quiero ir. Cierro los ojos y el editor de mi berry. Over.

Londres. Viernes 23.

09.46am; Me sobresalto, sin desearlo. Avisan que dentro de este vuelo está prohibido el uso de los aparatos electrónicos. Aborrezco esta dependencia amplia como los límites del mayor ataúd del mundo.

Mientras esperaba en la terminal he soñado de nuevo que no avanzaba, que llegaba tarde a la salida, que unos destellos de colores abrían su boca para engullirme, porque hay algún tipo de droga corporal que me está machacando y malduermo de nuevo, a golpes, sueño entre chirriantes denteras que mi vida ha saltado al público y que el Richar está colgando todos mis twiteos en su página y que miles de aullidos vienen como por autopista, son bramidos de sirena de barco porque -asumidlo- todos estábais esperando que huyese de Islandia en barco y que el tiempo transcurriese más despacio, despacio, me decís, vosotros no estáis intentando dejar la mochila en un compartimento lleno de las ansias de huir, lleno de bolsas de mano y de abrigos y de maletines de portátiles mientras todo el pasaje de este EZY suda terror al pensarse débil, al saberse objetivo de esa nube que podría dañar el fuselaje y mandar a todos quince mil pies para abajo y no llegar a la reunión del viernes o la paranoica celebración del cumpleaños, quincuagésimo, de Hans o al puto maratón del fin del mundo.

Un silencio. Cierro mi berry, no sé qué hostias hago dialogando con mis amistades a través de twitter y mirando a una pantalla de cristal líquido de 2.46″. En estos momentos es cuando más echo de menos a mi ex-mujer. Todo me resulta raro, como traído de un futuro. Ya hablo de Ana como si perteneciese a un pasado brumoso. Cuando salí de Madrid hacia Reykjavik todavía era presente y ahora la asumo perdida como una leyenda apenas comprendida.

13.29pm; El aeropuerto de Heathrow tiene algunas salas aún con enlosado gris con jaspe de años setenta. A pesar de la cartelería iluminada y las señales de última generación, las salas de retirada de equipaje podrían pasar a los anales de la desorganización estética.

Mis manos sienten las uñas que se clavan en cada uno de los bolsillos de mi chaqueta, de pana, marrón. Tengo dos bolsillos. En el izquierdo siento la arenilla calcárea del otro día, la que entró paseando por el ventoso malecón de pescadores. También hay un casi imperceptible hilo suelto. Mide apenas dos centímetros y tiene ya veinte pasadas de mis yemas de los dedos índice y pulgar.

El pulgar me escuece. Estoy nervioso. La yema del dedo pulgar izquierdo me escuece de las pasadas o, quizá de la micrometría de la arenilla. Debería estar con la vista fija en la pantalla pero me veo pensando que tengo 42 años y que noto el bolsillo derecho mucho más frío que su antagonista.

El roce del dorso de mi mano con el tejido me enerva. Tengo ganas de gritar pero sé que no debo hacerlo porque está a punto de salir mi maleta y no debo perder la concentración. Seguridad, además.Vivimos en la década de la seguridad en los aeropuertos. Calma. Imagina, por un maldito momento, que estás frente a un pelotón de fusilamiento dispuesto a finiquitar por la vía rápida tus pensamientos. El primero que se mueva provocará el disparo. Vigila la maleta. La maleta. Vigila tu maleta… ¿Sale mi maleta? La maleta. Calma, respira un poco.

13.31pm; Recibo un sms. Dos. No es un sms, es un zumbido parecido a un escalofrío electrónico. Es un sms, no es un escalofrío, de la bienvenida de mi compañía de telefonía móvil en las islas británicas. Ahora sí siento un escalofrío. A ver, la maleta. No puede caerse de mi mano ni perderse. Respira hondo. Agarro la maleta.

Tengo que salir urgentemente de este aeropuerto, da igual si la maleta pesa o no pesa o si me escuece la yema de un dedo al roce con la arenilla. Coge aire.

He dejado de sentir los dedos de la mano izquierda. Respiro.

Hay una cola tremenda de ojos que miran como las merluzas lo hacen allá a lo largo del banco, de la corriente marina. Las merluzas se ahogan apiñadas en una red.

Los pasajeros de este maloliente pasillo que es la fila para tomar un taxi son como obediente pingüinos que miran a lo alto, por encima de los primeros coches ocupados, ladeados por el peso de sus bolsos. Un billete de 20 libras y unas notas rápidas a un taxista, lleve este equipaje a este hotel de Pimlico, se la recogerán en recepción. Está a mi nombre. Dejo la maleta.

Ya no puedo someterme más a esta espera espiral, a la cola de las merluzas, a mis bolsillos y a su eruptivo roce, a mis dedos que palpan arenilla calcárea y al pelotón de fusilamiento de la sala de baggage claim y a mi asiento en el EZY rodeado de tipos huyendo de un volcán, a mis endorfinas ni caer sojuzgado ante días perdidos ante revistas del correr, pulsos, novias y amigas de Aluche que quieren a toda costa comprar el nuevo sillón giratorio de ikea en la tienda de San Sebastián de los Reyes, machacado por el regreso a la terminal de Keflavik y al hotel donde vi aquel cielo tan raro.

Y salgo corriendo por los puentes bajo las señales de London Heathrow Terminal 4 y de la M25. Hay un trozo sin arcén pero llego fácilmente a la rotonda de la zona industrial. A mi izquierda hay un camión de Menzies que tiene que detenerse y oigo pitidos de fondo, veo señales de Heathtrow y unas vallas en rojo y blanco me cortan el paso. Corro con las sienes embotadas y, mil pulsaciones por encima de mi esquema genético, trepo con las manos por un talud embarrado que me deja en una alambrada maltratada por el óxido.

Huyo de algo. Mejor dicho, corro huyendo. Es posible que lo único que he deseado hacer desde las últimas 96 horas haya sido galopar escupiendo el corazón. No importa bajo qué formato. Una sirena a mis espaldas y una alambrada en mi boca. Dos pies me inmovilizan contra el rubín del mallado que protege -creo- a la población de unos depósitos de Halls Fuel; reconozco la presión de la suela de unas botas militares sobre mi cuello y creo oír los crujidos de un walkie.

14.29pm; El cielo visto desde el suelo, con la mejilla pegada al asfalto, es como de azul dulce y unos algodones deshilados. No hay rastro de cenizas ni de nubes dramáticas.

Cierro por fin los ojos. Para dormir profundamente.

 

Este famoso comparte contigo una pasión: correr

Heidi Klum mantiene sus cuarenta primaveras a tono gracias al deporte (eso, y que no tiene que comer en un bar de un polígono industrial, probablemente). Correr, correr y correr.

Y es de todos conocido que la moda del correr se estableció en la sociedad como uno de los más apasionantes métodos de relajarse, adelgazar, gastar dinero y hasta volcar nuestros complejos y frustraciones. Pasaron los difíciles años ochenta pero esto del correr ha regresado. Hay un segundo subidón del trote.

Chicos, chicas, correr lo es todo. Y las celebridades están muy metidas en esto de calzarse unas zapatillas y tonificar los músculos y escurrir los sobrantes. Bueno y, ¿a mí, qué? Quizá a tí nada. O quizá sí. Participas de un movimiento deportivo o recreativo global. Puede que te fastidie, por si habías encontrado alguna trascendencia cósmica en correr, pero imaginemos por un momento el alcance de la actividad social de un famoso runner. Los 1,500.000 seguidores de la cuenta de Heidi Klum podrían tener por unos segundos la tentación de salir a correr. ¿No es un estímulo suficiente para una sociedad?

Llévalo al plano de la revancha social.

¿Sabías que mientras boqueas por esa cuesta arriba, en algún punto del planeta, alguien hipermillonario se está sintiendo todavía más miserable que tú? Sí. Gwyneth Paltrow puede que esté trotando con flato por Central Park o que la misma modelo alemana esté desgranando sus agujetas en su blog (Klum mantuvo durante todo un verano el blog Summer Run)

Correr, trotar o practicar el jogging es también una pasión para mucha otras caras conocidas. Madonna corre como si la persiguiera un calendario. Katie Holmes pretendió haber corrido el maratón de Nueva York, en el que la cantante Alanis Morrisette es asidua. La Kournikova luce palmito con un dorsal prendido en su divina camiseta. Oprah Winfrey usó el corretear como método para perder peso y es una activista del hobby que te ha traído hasta estas líneas.

El bendito tote cochinero. ¡Qué tendrá!

llossa

Pero no solo ellas. Entre los varones, grandes y chicos, superfamosos y mitos (los que no tiran por la vertiente canalla) se plantan la gorra eterna, las gafotas de sol y el chándal. Durante años Vargas Llosa fue un propagandista del jogging, “un placer intelectual”, decía.

Corre Santi Millán (y pedalea y suda como un demonio) y corre Jesús Calleja, en plena efervescencia etíope, según cuenta, tras un periodo con tendinitis varias y semanas de recuperación. Corre el cantante Dani Martín (El Canto del Loco) y tuitea sus sensaciones.

Corrieron Zapatero, Aznar, Bush o Cameron (nadie dijo que habías escogido una afición pura y excluyente) y miles de caras conocidas de cientos de países, a buen seguro, corren.

Es lo que hay.

Siempre puedes sentirte reconfortado por un hecho. Que alguien constantemente acosado por su vida pública piense que un trote de media hora es una válvula de escape significa una cosa: no todo está perdido con la especie humana.

Al menos, no totalmente perdido.