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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

[#relatorunner] Olafsvik – Londres

Hoy toca regalo, una lectura para el fin de semana. Olafsvik-Londres es un relato corto que me tuvo entretenido durante unos complicados días. La explosión del volcán Eyjafjallajokull fue la protagonista. A continuación lo tenéis volcado en ficción donde un runner es protagonista.

Olafsvik. Viernes 16.

03.02am; Un zumbido inequívoco me despierta de un sueño ligero pero perturbado por mil cosas que me rondan la cabeza. Las tonterías pasan a primer plano y no puedo dejar de pensar en una noticia obsesiva que vi anoche. Es un mensaje de texto de uno de los contactos de twitter que sigo desde Islandia. El código del perfil semidesconocido (ya no recuerdo a quién agregué en las primeras semanas de mi registro) no esconde la magnitud hiperbólica de lo que me teclean: Gebreselassie corre en Madrid.

Es un notición. Vale, para ti no. Tú estás tomando reposadamente un café en tu turno de tarde pero yo estoy escribiendo con los ojos escociéndome, como platos. Son las tres de la mañana.

No me pidas cohesión desde tu perspectiva de lector. Esto es una plataforma digital, una torreta de disparo.

04.11am; Sintomatología de una madrugada: sueño irregular, digestiones nerviosas y sobresaltos continuos en mi estómago.

Le echo la culpa a la ingesta de vídeos en la red y el cruce de correos que mantuvimos entre los amigos del grupo de entrenamientos. Fruto de un calentón previo a las carreras importantes me embutí una película clásica como Loneliness of the Long Distance Runner, basada en el relato de Sillitoe, y me dieron las 2 de la madrugada leyendo recortes de mi prolongada historia como corredor aficionado. Dios salve las aficiones populares.

Tengo un post it en la recepción: ‘Mrs Ana called’.

12.09pm; Un paseo terapéutico durante la mitad de este día nórdico me ha hecho pensar en ella, en mis prioridades actuales. Me las guardo en la agenda electrónica.

He parado a tomar un refresco en el local del pueblo. Se llega bajando dos escalones protegidos de las fuertes nevadas por un portalón doble de madera. Fuera quedan algunos restos de nieve de las últimas semanas del invierno del norte.

En el bar tenían The Bech Crew en la televisión. Un niño siente necesidad de sonreír y cualquier animación le entusiasma; una pandilla mal dibujada y compuesta por una tabla de surf aplatanada y una especie de plancha azul de iniciación, y ya. Ese corte sano, ya, así y sin más vueltas. Cuando comencé a correr intenté explicárselo a Ana pero no me salió esta comparación. Habría sido de utilidad. Hace tiempo apenas se me ocurrió zambullirme velozmente, recuerdo, contra el oleaje de ese mar rizado de la vida ajetreada de sillón en sillón, de la inactividad y … ella me apoyó de inmediato. ¿Qué pasa ahora?, precisamente ahora.

Debería entender que esto, estos días, son del todo para mí, son todo para mí. ¿He comenzado demasiado tarde a sentir el frescor del deporte en mi cuerpo? La humanidad pidió a gritos un remedio contra la miseria urbana y, cuando descubre la vida sana, se revolvió recordando las obligaciones.

Os doy mis entrañas de dentro afuera, os muestro mis canales y caños renovados, mi cuerpo cincelado por los kilómetros. ¿Me pedís que me rinda?

 Sabado 17.

03.49am;  Otra noche en vela.

Mi cuerpo sigue sin serenarse. Es más, creo que tengo los nervios agarrados al estómago desde que formalicé mi inscripción definitiva al maratón. Dicen mis compañeras de trabajo que soy una parodia de macho alfa y que, de lo que estoy angustiado, es de estar lejos de mi pareja. No tengo ni puñetera idea de qué significa ser un macho alfa.

Desde hace ocho semanas en que hice esto, decidirme a entrarle a la mantequilla de la mítica distancia de los 42km, he perdido dos kilos, la acidez estomacal y de esófago se ha adueñado de mí, y sueño constantemente con cien problemas asociados con el correr o, mejor, el no correr. Así pasan las horas mientras giro como un trompo en la cama.

¿Te parezco un monigote divertido, supongo? Saborea tu taza y juguetea con el ratón mientras intento salir de esa isla. Ya hablaremos cuando llegue a Madrid.

04.15am; Amanece, o parece que está abriendo la luz del día, en un pálido reflejo que entra por las ventanas de doble aislamiento de mi aparthotel. Otra noche que no acumularé demasiadas horas.

¿Por qué estoy aquí? He abandonado mis latitudes habituales del centro de Madrid y he decidido pasar unos días de vacaciones tras la Semana Santa en la villa de Ólafsvík, este esquinazo pelado que descubrí en los noventa, para pasar una semanita de relax antes de debutar sobre el maratón en Londres, ciudad que adoro y a la que vuelo al final del día de hoy. Capricho de solterón o rutilante destino minoritario. Hemos podido remontar un estupendo mes de marzo en la empresa y los he dejado en medio de un buen proyecto. Se han quedado desarrollando la última parte del software para vaginas inteligentes, como las llamamos en el negocio del pornware. La situación es suficientemente buena como para venir a hacer unos rodajes por esta villa islandesa que ahora casi se ve desde este hotel de Reykjavik.

Llevo toda la madrugada viendo esa luz blanca y de ribetes amarillos que me ha acompañado durante estos cuatro días en los entrenamientos por la isla, este pequeño lujo de vacaciones que me he permitido. En fin. Esta tarde vuelo hacia Londres. Ah, lo del post it. Que no se me pase.

04.55am; Desayunaré y echaré un vistazo a los sms a los amigos y leeré qué dice la gente del grupo de entrenamientos sobre la semana que nos espera. En principio, a una semana para el maratón, últimos rodajes suaves a los que no llegaré y mucho pitorreo con lo de mis insomnios. Cabrones. Hasta en el blog de Ríchar han abierto una encuesta bajo el título ‘En su estreno, Jesús peta en el…’ y, ¡tiene más de 20 comentarios! Deseo estar en mitad del cachondeo del que me veo alejado el maratón de mi debut. No es justo tener todo esto en la distancia. Mirando por la ventana no termina de arrancar la luz. Está raro el cielo.

05.31am; Doy dos sorbos a un café de máquina hotelera que me termina de asentar la acidez. O, al menos, permutarla por un pliegue adiposo que embalsama mis tripas por dentro. Hago memoria de las últimas mañanas mientras miro por la balconada y me empieza a extrañar el color del cielo. Tan irisado, tan aborregado… incluso es demasiado pronto para que el pálido blanco del cielo islandés restalle de esa manera.

06.09am; Las noticias vuelan. Lo del color del cielo es por el Eyjafjallajokull, un volcán que explotó anteayer tarde en el lado contrario de Islandia.

La madre de Dios, ni me había enterado. Podría haber entrado a mirar un poco más los periódicos y no tanto los foros de corredores. Las primeras impresiones son la posibilidad de que se empiece a complicar el espacio aéreo de la isla. No me jodas, que esta noche debería estar llegando a Heathrow. ¡Que estamos hablando del maratón, que es en una semana!. En fin, supongo que en un par de días se restablecerá todo. Voy a enviar unos correos a la banda del Retiro y a enterarme bien de la cancelación del vuelo. Huevos tiene.

Domingo 18.

18.30pm; Sin noticias del espacio aéreo islandés. Corrijo: las noticias son una especie de manta de tapar cadáveres. Frías, con un color plateado. He perdido un avión y tras veinticuatro horas todo sigue igual. No menos de cinco horas sumando minutos colgado a los teléfonos de reservas del medio manojo de compañías que ofrecen algo de información.

Las centralitas del aeropuerto de Keflavik están ardiendo de los miles de llamadas de pasajeros de fuera y dentro de Islandia. Siguen llegando imágenes por la televisión y yo aúllo con la cabeza hundida en la almohada. Me veo saliendo a nado de esta cárcel. Apago mi cuenta de correo para poder dormir algo y tener la cabeza más fresa de madrugada. La costumbre de perder horas al comienzo del día, que me ha vencido.

Lunes 19.

03.12am; En todo el día de ayer intenté ponerme al día por la capital. De momento, han pasado dos días y seguimos aislados en esta cárcel gris y ventosa. Mascarillas, caos en las calles, y no hay visos de recuperar la comunicación aérea con el continente. El único espacio aéreo con tan mala pinta como el escandinavo es el británico. Y ahora dicen que Bekele podría correr en Madrid porque Londres ve en peligro la celebración de su maratón. Estaría bueno que no corro en Madrid y la que me cancelan es la que escojo. Vamos a ver, seamos fríos por una vez, no es el holocausto nuclear. Queda casi una semana, no puede ser que Europa se quede así, que elija iniciarme en maratón precisamente en el primer evento que se va a cancelar por un caos aéreo.

Tengo que anotarme en las agendas una alerta para llamar a Ana, que no se me olvide. Corren las horas y me lío con cien asuntos. Todas las amanecidas son iguales, tempranas, tensión en la televisión internacional y mil chequeos al portátil. En tres días he quemado más horas de navegación que en un mes.

08.45pm; Me siento como un imbécil encerrado en un día lleno de noche, no he dormido casi nada. Me he despertado al lado de una nota que habré escrito en duermevela. “Desearía subirme en un sentimiento ácido como el que se queda después de una borrachera inmensa. Poner los pies encima de una mesa y dormir”… ahí se queda, inconcluso. Algo ha interrumpido mi cerebro y no sé bien qué quiere decir.

No creo que pueda soportar muchas noches más sin descansar bien. Aun así tengo que llegar a Londres a lo largo de esta semana.

Martes 20.

10.04am; No hay previsiones de poder salir de esta isla. Esta madrugada el cielo podía cogerse con una cucharilla, era como una masa aérea de trufa y ceniza. He salido a estirar las piernas a las siete, me he duchado dos veces y estoy buscando qué conexiones son posibles por barco con el continente.

Estoy dispuesto a joder el dinero que sea preciso para empalmar por mar y tierra con Noruega o con yo que sé qué lugar. Al comenzar el día he optado por salir media hora a correr por la capital. Antaño era un bálsamo, aquellos días en que descubría los efectos oxigenantes del ejercicio; hoy era como respirar con lo más hondo del estómago, como perdiendo los últimos hálitos de mi vida. He parado con el corazón saliéndose por mi garganta.

15.00pm; Los ferries están llenos hasta esta noche y la próxima opción me dejaría en el continente para estar tres días enlazando coches alquilados hasta una ciudad con vuelos abiertos.

Es tan remoto que parece irreal, esperar en un esquinazo escandinavo que haya vuelos disponibles a cualquier punto de Gran Bretaña, o buscar barcos hasta el extremo norte británico. Las islas Shetland, Orkney… ¿Está alguien manejando las páginas de un guión y escribiendo el suicidio de miles de europeos por anticipado? Hay que ser muy cabrón.

Me sumo en una estruendosa desesperación y me veo atrapado durante una semana más. He llegado a imaginarme que, quizá, de por vida.

Miercoles 21.

03.59am; Tengo que bajar a la farmacia nocturna a comprar más tranquilizantes. Por la situación extrema del país Islandia los dispensa sin receta médica. El cielo sigue como si fuera a arrancar a nevar. No puedo dormir bien desde hace cuatro días. En internet están absolutamente perdidos y las noticias sobre as conexiones con Inglaterra son vagas.

Vomito cada vez que pienso en todos los meses de entrenamiento tirados a la basura. Se me revuelve el estómago. Hablan de cada vez más vuelos. Si había, de todos modos, un esquinazo donde podía haberse desplazado la nube volcánica, este ha sido el atlántico británico. O sea, puedo salir de aquí pero no entrar en mi destino.

12.34am; En Madrid todo se ha normalizado; salen y llegan vuelos. Ya, pero a mí Madrid no me sirve.

Reunión de objetivos por videoconferencia.

Ana se ha ido con su madre. Lo entiendo y, a la misma vez, no lo entiendo. No estoy en plena disposición de mis facultades para entender cosas de los humanos. Me veo pensando cómo esquivar una nube de cenizas volcánicas que merodea el Atlántico a seis mil metros de altura. ¿Es un absurdo fruto de mi delirio o una señal?

Siguen los mensajes de pitorreo por correo electrónico ¿Llegaré al menos a la feria del corredor? La erupción se podría repetir próximamente. ¿Cómo que se podría repetir? Se está hablando de millones en pérdidas para las compañías aéreas y algunos mercados nacionales están extrañamente nerviosos. El abastecimiento es dudoso en prácticamente todas las tiendas de alimentación de aquí. Yo debería estar hinchándome a fruta y verdura fresca de mi supermercado en Chamberí o merendando en una orilla del Southwark londinense. Y estoy apurando un frasco de antidepresivos. Debería estar bebiendo más líquidos. Debería haber salido con carácter urgente de esta cárcel llena de tipos rubios.

18.11pm; sms de Héctor dando ánimos. Sí. La UE abre prácticamente el espacio aéreo excepto los países escandinavos. Que si llego al maratón, me pregunta.¡Cómo cojones voy a saberlo!. Me pongo en marcha y entrego la llave del apartamento. Entregaré el coche de alquiler en un momento.

19.09pm; voy a acampar en la terminal de Keflavik en busca de un billete que me saque de aquí. Ayer empecé a tomar omeprazol para proteger el estómago de los tranquilizantes y el vodka. Ni ganas de salir a trotar ni de entrar al foro a seguir las noticias sobre los maratones que se cancelan por la erupción. Mi medio cuñada Elisa me dice que qué le he hecho a Ana, que quiere separarse de mí. ¡Así se aportan soluciones!.

20.21pm; Todos los vuelos están completos y nadie me garantiza las conexiones con el continente. Estoy en manos del vuelo AEU133 a Berlin Schoenefeld y una eventual conexión nocturna para llegar mañana jueves a Londres.

He pasado por la terminal de ferry pero las opciones son demenciales. ‘Jesús, ¿llegarás a tiempo para la feria a coger dorsal?’, me atormenta desde la distancia Ignacio, ‘Nacho perillas’. Él ya tiene los deberes hechos con sus furiosos 2h54 en el maratón de París y aquí estoy yo. Clavar las yemas de los dedos a porrazos a las teclas de la berry no tiene más sentido que dejar pasar la angustia entre tristes neones amarillos y asépticas señalizaciones del see, buy&fly.

21.03pm. Acodado en las barreras de aluminio del Bistro Atlantic donde solo hay un camarero de pelo albino y dos pendientes en el labio inferior, me veo mirando alternativamente a la pantalla de salidas y al techo rojo del bar. Techo ikea, hay que joderse, qué obsesión del mundo por ikea, como el berrinche minimalista de las amigas de Ana, las epicúreas solteras, tan equilibradas ellas, tan serenas y sin nadie por quien llegar deprisa a casa. El plan era siempre un ramillete de buenos propósitos, perfumado con la esperanza de un té pero … esa obsesión compulsiva por comprar todo lo que exhibiera el catálogo de ikea, entre sus hojas, abiertas como piernas.

21.36pm; Ana estará probablemente pensando en el día que decidimos no tener hijos. Fue nuestro primer acuerdo universitario. Salir, el teatro, bueno… ella conservaba su fiel círculo de amigas de Aluche y yo a la panda del Retiro.

Por aquellos días nos montamos alguna buena en los autocares. Los del club, me refiero. Yo apenas había iniciado mi andadura en las carreras y todo el empeño era intentar ser sub 40 minutos en diez kilómetros, o sub lo que fuera.

22.04pm. Quizá sea el momento de abandonar la pelea. Las parejas son aspiradoras concéntricas. Son el Mäelstrom. Son las nubes del volcán que me tiene en tierra. Si tuviera que escribir una Bitácora de un drama: me gustaría que esa creación nórdica de dos piernas que acaba de pasar con su falda de tubo me masajease al final de un maratón. Doctor, ¿estoy enfermo? ¿Voy camino de ello?

22.49pm; Anuncian nuestro embarque y apago mi berry. Fuera ya es de noche. Una noche boreal. Fea. En Hermosilla seguro que quedan mil luces dadas, mil tiendas abiertas. Ahora intento huir como un perro herido, de aeropuerto en aeropuerto. Conmigo transitarán cien historias similares. En Berlin sabré algo más.

 Berlín. Jueves 22.

03.38am; Enésima pesadilla que circunda mi cabeza. He soñado que en una carrera a pie aparecían miles de participantes en sentido contrario y apenas podía moverme porque me habían mutilado los pies.

Otra noche maldurmiendo. Todo indica a que la prueba de Londres no se suspende pero solamente están llegando los operadores a través del continente y bajo el túnel.

Los ojos me arden y noto un ácido temblor de mandíbula. Estoy en territorio alemán, otrora zona de paso y exclusión. Esto es una mierda. Tenía que haber reservado dorsal para el maratón de Berlín. Los del club dicen que entrenar durante el verano no es tan cabrón.

Tengo un serio embolado con los enchufes del cargador de mi berry. De la extensión negra y con teclas de mi mano izquierda. No tengo mi maleta a mano y solo me asaltan fatídicos pensamientos sobre equipaje perdido. En este momento debería estar pensando en mi vida, también perdida. Pero únicamente me vienen desequilibradas cábalas sobre ritmos de carrera, si me habrán perdido las response de mi alma y el pulsómetro, o sobre si seré capaz de pillar una tienda abierta para reponer mi stock de tranquilizantes. El norte de mi brújula anda perdido entre dos polos magnéticos.

Hace dos días que no sé de ella. Tendré que acostumbrarme a llamarla así. Ana será un punto de mi pasado, un punto de color caoba, ondulado como el pelo.

05.12am; Mientras me estás leyendo, café en mano, se me están adormeciendo la ganas de vivir. Tú, en tu trabajo. Yo, en Berlín, saturando mis conexiones neuronales con química y calambres estomacales.

La información en Reykjavik fue errónea y no hay conexión a primera hora. Un EZY, un Easyjet, es lo primero que saldrá con supuestos asientos libres a Londres, esta tarde.

05.17am; Me siento terriblemente patético. Empiezo a pensar en las horas pasadas leyendo sobre carreras populares.

Cuánta letra sin sentido … o ¿sí lo tenía? Una pareja que se distanciaba, una edad crítica como el ángulo de las mieses que esperan a caer dobladas por el viento tórrido de agosto. En la que un punto más significaría la ruptura. Pulsómetros, zapatillas y cómo afrontar conceptos tan vacuos como el muro de maratón, o la supuesta felicidad grácil del correr sin esfuerzo. Espero encontrar alguna respuesta en las doce horas que me quedan hasta la conexión.

07.55am; El agotamiento y una tristeza sin fondo, igual que un pozo que arranca en el estómago y termina en el fin del puto mundo, me obligan a apagar las reflexiones y acudir vagando por los pasillos de la terminal. Vomito un café de vaso de cartón en unos aseos de caballero con cartelería amarilla y negra. Si me ves, en un rato quizá hayan caído los tentáculos de la rendición sobre mí. Esta noche debería dormir en mi Londres añorado, a la que ya no sé si en realidad quiero ir. Cierro los ojos y el editor de mi berry. Over.

Londres. Viernes 23.

09.46am; Me sobresalto, sin desearlo. Avisan que dentro de este vuelo está prohibido el uso de los aparatos electrónicos. Aborrezco esta dependencia amplia como los límites del mayor ataúd del mundo.

Mientras esperaba en la terminal he soñado de nuevo que no avanzaba, que llegaba tarde a la salida, que unos destellos de colores abrían su boca para engullirme, porque hay algún tipo de droga corporal que me está machacando y malduermo de nuevo, a golpes, sueño entre chirriantes denteras que mi vida ha saltado al público y que el Richar está colgando todos mis twiteos en su página y que miles de aullidos vienen como por autopista, son bramidos de sirena de barco porque -asumidlo- todos estábais esperando que huyese de Islandia en barco y que el tiempo transcurriese más despacio, despacio, me decís, vosotros no estáis intentando dejar la mochila en un compartimento lleno de las ansias de huir, lleno de bolsas de mano y de abrigos y de maletines de portátiles mientras todo el pasaje de este EZY suda terror al pensarse débil, al saberse objetivo de esa nube que podría dañar el fuselaje y mandar a todos quince mil pies para abajo y no llegar a la reunión del viernes o la paranoica celebración del cumpleaños, quincuagésimo, de Hans o al puto maratón del fin del mundo.

Un silencio. Cierro mi berry, no sé qué hostias hago dialogando con mis amistades a través de twitter y mirando a una pantalla de cristal líquido de 2.46″. En estos momentos es cuando más echo de menos a mi ex-mujer. Todo me resulta raro, como traído de un futuro. Ya hablo de Ana como si perteneciese a un pasado brumoso. Cuando salí de Madrid hacia Reykjavik todavía era presente y ahora la asumo perdida como una leyenda apenas comprendida.

13.29pm; El aeropuerto de Heathrow tiene algunas salas aún con enlosado gris con jaspe de años setenta. A pesar de la cartelería iluminada y las señales de última generación, las salas de retirada de equipaje podrían pasar a los anales de la desorganización estética.

Mis manos sienten las uñas que se clavan en cada uno de los bolsillos de mi chaqueta, de pana, marrón. Tengo dos bolsillos. En el izquierdo siento la arenilla calcárea del otro día, la que entró paseando por el ventoso malecón de pescadores. También hay un casi imperceptible hilo suelto. Mide apenas dos centímetros y tiene ya veinte pasadas de mis yemas de los dedos índice y pulgar.

El pulgar me escuece. Estoy nervioso. La yema del dedo pulgar izquierdo me escuece de las pasadas o, quizá de la micrometría de la arenilla. Debería estar con la vista fija en la pantalla pero me veo pensando que tengo 42 años y que noto el bolsillo derecho mucho más frío que su antagonista.

El roce del dorso de mi mano con el tejido me enerva. Tengo ganas de gritar pero sé que no debo hacerlo porque está a punto de salir mi maleta y no debo perder la concentración. Seguridad, además.Vivimos en la década de la seguridad en los aeropuertos. Calma. Imagina, por un maldito momento, que estás frente a un pelotón de fusilamiento dispuesto a finiquitar por la vía rápida tus pensamientos. El primero que se mueva provocará el disparo. Vigila la maleta. La maleta. Vigila tu maleta… ¿Sale mi maleta? La maleta. Calma, respira un poco.

13.31pm; Recibo un sms. Dos. No es un sms, es un zumbido parecido a un escalofrío electrónico. Es un sms, no es un escalofrío, de la bienvenida de mi compañía de telefonía móvil en las islas británicas. Ahora sí siento un escalofrío. A ver, la maleta. No puede caerse de mi mano ni perderse. Respira hondo. Agarro la maleta.

Tengo que salir urgentemente de este aeropuerto, da igual si la maleta pesa o no pesa o si me escuece la yema de un dedo al roce con la arenilla. Coge aire.

He dejado de sentir los dedos de la mano izquierda. Respiro.

Hay una cola tremenda de ojos que miran como las merluzas lo hacen allá a lo largo del banco, de la corriente marina. Las merluzas se ahogan apiñadas en una red.

Los pasajeros de este maloliente pasillo que es la fila para tomar un taxi son como obediente pingüinos que miran a lo alto, por encima de los primeros coches ocupados, ladeados por el peso de sus bolsos. Un billete de 20 libras y unas notas rápidas a un taxista, lleve este equipaje a este hotel de Pimlico, se la recogerán en recepción. Está a mi nombre. Dejo la maleta.

Ya no puedo someterme más a esta espera espiral, a la cola de las merluzas, a mis bolsillos y a su eruptivo roce, a mis dedos que palpan arenilla calcárea y al pelotón de fusilamiento de la sala de baggage claim y a mi asiento en el EZY rodeado de tipos huyendo de un volcán, a mis endorfinas ni caer sojuzgado ante días perdidos ante revistas del correr, pulsos, novias y amigas de Aluche que quieren a toda costa comprar el nuevo sillón giratorio de ikea en la tienda de San Sebastián de los Reyes, machacado por el regreso a la terminal de Keflavik y al hotel donde vi aquel cielo tan raro.

Y salgo corriendo por los puentes bajo las señales de London Heathrow Terminal 4 y de la M25. Hay un trozo sin arcén pero llego fácilmente a la rotonda de la zona industrial. A mi izquierda hay un camión de Menzies que tiene que detenerse y oigo pitidos de fondo, veo señales de Heathtrow y unas vallas en rojo y blanco me cortan el paso. Corro con las sienes embotadas y, mil pulsaciones por encima de mi esquema genético, trepo con las manos por un talud embarrado que me deja en una alambrada maltratada por el óxido.

Huyo de algo. Mejor dicho, corro huyendo. Es posible que lo único que he deseado hacer desde las últimas 96 horas haya sido galopar escupiendo el corazón. No importa bajo qué formato. Una sirena a mis espaldas y una alambrada en mi boca. Dos pies me inmovilizan contra el rubín del mallado que protege -creo- a la población de unos depósitos de Halls Fuel; reconozco la presión de la suela de unas botas militares sobre mi cuello y creo oír los crujidos de un walkie.

14.29pm; El cielo visto desde el suelo, con la mejilla pegada al asfalto, es como de azul dulce y unos algodones deshilados. No hay rastro de cenizas ni de nubes dramáticas.

Cierro por fin los ojos. Para dormir profundamente.

 

2 comentarios

  1. Dice ser hemorroide

    ¿Tú qué quieres? ¿Qué leamos tu tochopost? ¿Tú te crees que a nosotros nos importa tu vida y lo que hiciste o dejaste de hacer este día o aquel? Si ya ahora eres así, si llegas a viejo tus nietos no te van a aguantar, plomazo.

    08 Junio 2013 | 22:23

  2. Dice ser vity

    Sublime, paisano: y fiel al estilo GM._

    09 Junio 2013 | 12:31

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