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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

¿Es literario esto de escribir sobre el correr?

Esta semana estamos así de ilustrados. Resulta el enorme Dani, que no corre pero que receta unas famosísimas carreras en su taxi, propuso a la fructífera blogosfera @20m que dedicásemos un texto a explicar por qué escribimos.

Y es que todo cristo escribe. El mundo del correr, además, contiene un peligroso aditivo que es contar lo que uno corretea en variable épica. Que es un género que gustará o no, pero que tiene loables defensores. Ayer lanzábamos a los lectores un concurso de escribir sobre el running y las navidades, sin ir más lejos. Y los emails del organizador están a rebosar de propuestas, ¡menos de veinticuatro horas después!.

Mi pregunta no es tanto si yo escribo por una necesidad personal o por que se me ocurren ideas mientras oxigeno mis piernas. El traumático asunto que me viene una y otra vez a la cabeza es: “en serio, de verdad, ¿creéis que esto de correr da para tanta literatura?”

Hay días en que leo cosas fantásticas, emotivas. Esas descripciones que mezclan los viajes románticos con el paisajismo velazqueño, o sencillas experiencias entre amigos. Bien escritas, sin estridencias.

Hay ocasiones donde se tambalea el equilibrio. Algunas veces nos ponemos técnicos, o dramáticos. Y pienso que, hombre, épico es recorrer treinta kilómetros mientras arrojan bombas sobre tu población o para buscar un pozo de agua potable.

¿Escribimos para emocionar o para desgranar?

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Yo creo que las palabras tienen que pedir una respuesta de quien las lee. Han de sacar una emoción. Desgranar metros y minutos es feo. Quizá ayuda a que identifiquemos que ‘este es de mi gremio’. Bien, necesitamos el grupo. Lo describen los sociólogos. Pero si jugamos a escritores se nos pedirá que metamos algo más que contar los minutos por kilómetro o los kilómetros como si fueran los litros de gasolina que quedan en un bidón.

Como en este espantoso párrafo.

En la línea de salida me situé detrás de la liebre que llevaba el cartel de tres horas y cuarenta y cinco minutos. Pensaba que podía aspirar sin dificultad a ese tiempo. Tal vez cometí un error. Viéndolo en retrospectiva, tal vez debí seguir a la liebre de las tres horas y cincuenta y cinco minutos hasta aproximadamente el kilómetro treinta y, a partir de ahí, si me encontraba bien y con fuerzas para apretar, haber ido aumentando el ritmo de un modo natural.

¿Dónde está la literatura en esto? Pues corresponde a un afamado escritor.

Vosotros mismos. Quizá es que no es este el blog adecuado para hablar de correr.

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