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Todas las empresas deberían potenciar la motivación laboral

Por María José Viz

Cuando tenemos que elegir qué camino profesional seguir, en plena adolescencia, vemos muy difícil acertar con el adecuado; en muchos casos, lo resolvemos casi echándolo a suertes. Estudiamos una Formación Profesional o una carrera, sin tener ni idea de si terminaremos los estudios y, de hacerlo, si trabajaremos en las salidas profesionales que estos ofrecen. No menos importante es no tener ni idea de si nos gustará el trabajo elegido.
Estudiantes universitarios en una biblioteca (EFE).

Estudiantes universitarios en una biblioteca (EFE).

Por todo ello, me resulta encantador ver cómo muchos –permítanme que me incluya-, por azares de la vida, estamos desempeñando profesiones para las que no nos habíamos preparado, en un primer momento, y que, ahora, sentimos como la verdadera vocación de nuestras vidas.

Por supuesto, no quiero obviar una realidad imperante hoy en día, opuesta a lo dicho anteriormente: muchos trabajadores no se sienten realizados. Influye el hecho de que abunden los contratos temporales; en esas condiciones es muy difícil “enamorarse” de un oficio.
Un escollo enorme para sentirse a gusto en un trabajo colectivo es que haya empleados vagos, cizañeros y malos compañeros, preocupados tan solo de disfrutar de las ventajas del puesto, olvidándose de que también existen obligaciones. Se podría decir que son las ovejas negras que, desgraciadamente, empañan el prestigio de cualquier empresa, pública o privada.
Quizás sea ese desencanto generalizado el que me haga fijarme más en las vocaciones, innatas o adquiridas, de otra parte de la población. Todas las empresas deberían potenciar la motivación laboral pues es básica, tanto para que el proyecto funcione, como para que el trabajador o trabajadora se levante, cada día, con ilusión renovada.

¡Qué tiempos aquellos… en los que había gasolineros!

"Un gasolinero atiende un servicio en una estación de Madrid. Foto tomada hace ahora 13 años, en agosto de 2001". (PEPE CABALLERO)

Un gasolinero atiende un servicio en una estación de Madrid. Foto tomada hace ahora 13 años, en agosto de 2001. (P. C.)

Por Ángel Villegas

Hubo un tiempo en el que si ibas a echar gasolina a tu coche había un empleado en el surtidor que te la echaba. Si decidías ir al cine, una taquillera te vendía la entrada, un portero la cortaba al entrar a la sala y un acomodador te llevaba a tu butaca.

En el metro, una taquillera te despachaba el billete y cada tren llevaba un conductor y otro empleado se encargaba de abrir y cerrar las puertas. Y en el autobús, un cobrador te entregaba el billete y un conductor se encargaba, exclusivamente, de conducir el vehículo.

En las tiendas y grandes almacenes había empleados que te atendían y asesoraban, tanto para comprar un traje, como un televisor; te despachaban el pan, o las galletas, o los artículos de limpieza, te lo empaquetaban y te cobraban en caja.

Nada de eso existe ya en muchos establecimientos, ya sean grandes o pequeños. Es más, en las grandes superficies se han instalado cintas con cajas donde tú mismo pasas los artículos y tu tarjeta del banco y haces el trabajo que antes hacía un empleado.

Más, todavía: en algunos bancos te invitan (eso sí, amablemente) a que, para sacar dinero, si no llega a 600 euros, acudas al cajero automático.

Y no quiero acordarme de cuando venía a casa el cobrador de la sociedad del club de fútbol o el señor que leía el contador del gas.

Todo eso ha pasado a la historia y se ha llevado miles y miles de puestos de trabajo; es el progreso, la tecnología, los adelantos, lógicos y normales, porque nadie querría volver a la edad de piedra. Eso sí, ninguna de esas tareas que ahora nos hacemos nosotros mismos nos ha ahorrado un céntimo.

Claro que también tenemos los teléfonos 902, de tarificación adicional, instalados masivamente, aunque sea, un suponer, en una ferretería, y que contribuyen a sacarnos los cuartos del bolsillo.

Son otros tiempos.