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Muere Junior Murvin, el cantante reggae de “Policías y ladrones”

Aunque no sean ustedes capaces de alcanzar ese falseto que suena a voz de arcángel, hagan el favor de intentar acompañar la plegaria del cantante:

Police and thieves in the streets
Fighting the nation with their guns and ammunition
Police and thieves in the streets
Scaring the nation with their guns and ammunition

From Genesis to Revelations,
What the next generation will be, hear me

All the crimes committed, day by day
No-one tries to stop it in any way
All the peace makers turned war officers
Hear when I say

La canción es de 1976, pero sigue latiendo y bombeando justa rabia como una crónica en presente de indicativo de la creciente y bárbara realidad de la todos somos testigos:

Policías y ladrones en las calles
Luchando contra el pueblo con sus armas y munición
Policías y ladrones en las calles
Asustando al pueblo con sus armas y munición

Desde el Génesis a las Revelaciones,
Así sucederá en la próxima generación, escucha

Cada uno de los crimenes que se cometen día tras día
Nadie hace nada por detenerlos
Todos los pacifistas se han convertido en guerreros
Escucha lo que te digo

Junior Murvin (1946-2013)

Junior Murvin (1946-2013)

Junior Murvin, el cantante y cocompositor de Police and Thieves, acaba de morir a los 67 años en un hospital de Port Antonio, la villa de la costa noroeste de Jamaica donde había crecido. Cuando de adolescente escuchaba por la radio la voz de Curtis Mayfield —otro falseto caído del cielo— soñaba con escenarios y micrófonos, pero el pragmatismo le empujó a estudiar mecánica para intentar ganarse la vida.

El momento milagroso llegó en 1976, cuando Murvin fue admitido bajo la tutela del más sideral de los músicos de la isla caribeña, Lee Scratch Perry. En una tarde de marihuana y juegos de dub en el estudio, la pieza quedó lista para ser prensada. Fue editada como maxisingle y arrasó en todos los garitos de baile interminable de Jamaica, sensibles a la atroz guerra de pandillas y policías corruptos y de gatillo fácil que asolaba el país en aquel momento.

En 1977, un grupo blancos, The Clash, tuvo el atrevimiento de versionar Police and Thieves en su álbum de debut. No les quedó mal del todo y demostró que en el ambiente racista del punk británico —supremacistas sajones hasta el tuétano— también había modestia y ganas de abrirse hacia sensibilidades lejanas.

Murvin siguió grabando canciones llenas de elocuencia y belleza. Nunca llegó a ser un primera fila del terreno preñado de genios del reggae, pero tampoco merecía tanto olvido. Su muerte, derivada de complicaciones de la diabetes que padecía, apenas ha merecido media docena de obituari0s en los medios.

Dejo abajo algunos temas más del cantante del falseto celeste que describió, con tanta precisión como Karl Marx, la binaria división del mundo en que nos han colocado los policías y los ladrones.

Ánxel Grove


 

 

 

Muere Terry Callier, el músico que se ganaba la vida como informático


Terry Callier murió el 28 de octubre en un silencio de algodones no muy diferente al que envuelve algunas de las canciones que compuso y cantó. Tenía 67 años, se lo llevó un cáncer y encontraron el cadáver en su casa de Chicago, la ciudad en la que había nacido, acaso la única posible para uno de esos músicos que entendía el escalofrío como parte de un acto sexual con el mundo entero y todas las formas de vida.

Compañero de juegos de infancia de tipos encendidos con llamas suaves —Curtis Mayfield y Jerry Butler, es decir, The Impressions—, Callier fue un hijo del gueto de Cabrini Green, un barrio de pandillas, drogas e injusticia, pero también peleón y reivindicativo [este documental repasa la historia antes de que empezasen a demolerlo].

A los 17 años grabó un himno de defensa racial, Look at Me Now, y le invitaron a irse de gira con los pesos pesados de la gloriosa discográfica Chess Records, Muddy Waters, Howlin’ Wolf y Etta James. La madre del muchacho, asustada por la mala fama de aquella pandilla de bluseros depravados, dijo que de ninguna manera y obligó al chico a quedarse en casa y seguir estudiando.

"The New Folk Sound of Terry Callier" (1968), "Ocassional Rain" (1973) y "What Color Is Love?" (1974)

“The New Folk Sound of Terry Callier” (1968), “Ocassional Rain” (1973) y “What Color Is Love?” (1974)

Tampoco tuvieron demasiada repercusión sus tres primeros discos, difíciles de categorizar, oscuros, inclinados hacia el jazz —dos guitarras acústicas y dos bajos que transitan por los caminos instrumentales que abrió John Coltrane en A Love Supreme—, pero con la carnosa tonalidad del soul.

El primero, The New Folk Sound of Terry Callier, grabado en 1964, contenía una muy novedosa relectura de piezas tradicionales del cancionero popular estadounidense, convertidas en espirales que parecían no querer terminar. La publicación del disco se retrasó cuatro años porque al productor, el folklorista Samuel Charters, le dió una venada asocial, se llevó las cintas con él a un retiro en el desierto mexicano y no regresó al mundo hasta 1968.

Las dos siguientes obras de Callier, Ocassional Rain (1973) y What Color Is Love? (1974), fueron apadrinadas por el habilidoso Charles Stepney, uno de los productores estrella de Chicago —es el padre de la orquestación psicodélica de Earth, Wind & Fire—. Los álbumes son joyas únicas, cercenantes expresiones de sensualidad contenida y texturas circulares.

Terry Callier

Terry Callier

Aunque le contrataban con asiduidad en los clubes del área metropolitana de Chicago, Callier no se ganaba la vida con la música. En 1982, después de pagar de su bolsillo el single I Don’t Want to See Myself (Without You) y comprobar cómo sus canciones eran de nuevo ninguneadas, decidió dejar de intentarlo y aceptó un contrato como programador informático en el National Opinion Resource Center, una organización dedicada a los estudios de opinión vinculada a la Universidad de Chicago.

Sus compañeros de departamento ni siquiera sabían que el nuevo empleado era músico. En realidad ni siquiera lo era: entre 1983 y 1988 no puso las manos sobre una guitarra. Si estaba decepcionado, ocultó la decepción con optimismo y paz de espíritu.

El milagro ocurrió a principios de la década siguiente y vino del otro lado del Atlántico. Algunos pinchadiscos ingleses habían descubierto que la música sinuosa de Callier y sus derivas largas y palpitantes encajaban con naturalidad en las mezclas para las sesiones de acid jazz. Pronto le llamaron para que actuase en el Reino Unido y volviese a grabar.

Los discos que siguieron, sobre todo Timepeace (1998) —al que la ONU galardonó por su mensaje antibélico y de entendimiento global— y LifeTime (1999), le devolvieron a la luz pública y llegaron las colaboraciones con artistas cuarenta años más jóvenes, entre ellos Beth Orton, Massive Attack y Paul Weller.

Conocedor de los caprichosos gustos colectivos y de los cambios de humor del negocio musical, Callier no dejó su trabajo como informático y aprovechaba vacaciones o días libres para actuar durante su tardío renacimiento.

En una entrevista en 1998, declaró que no sentía amargura por haber permanecido en la sombra: “Me siento bendecido por el éxito tardío. Todo sucede cuando debe suceder y cuando lo puedes manejar. Nunca me faltaron recursos y gracias a mi trabajo como programador pude mandar a mi hija a la universidad. No pedía nada más”.

Ánxel Grove