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Dos décadas con el country-morfina de Gillian Welch y Dave Rawlings

Gillian Welch y Dave Rawlings - Photo: photo by John Patrick Salisbury www.gillianwelch.com

Gillian Welch y Dave Rawlings – Photo: photo by John Patrick Salisbury www.gillianwelch.com

Pocos humanos pueden vestir tal como visten estos dos sin lucir como asistentes a un funeral, enterradores o incluso optar a ser los cadáveres de la ceremonia. Pero no se dejen llevar por las apariencias: no hay fingimiento en la pose de sonrisas a media asta, la madera que sirve de cortinaje, el dos piezas con camisa negra abotonada hasta parecer una horca de él y el vestido de chica campestre enlutada de ella.

Gillian Welch y Dave Rawlings podrían proceder de hace cien, doscientos o trescientos años. Cantan canciones de montaña, lástima y verdades dolorosas como fogatas a las que te acercas demasiado —Si la vieja religión era buena para mamá / ¿por qué no va a ser buena para mí? y no dejas de creer lo que dicen aunque tengas más cinismo que glóbulos rojos. Merecen esa inmaterialidad temporal.

Lo explicaré de una vez: la marca artística es el nombre de ella, Gillian Welch (1967), pero contiene a los dos. No, al parecer no son amantes y se definen como “compañeros musicales”, aunque los rumores en las cavernas de Internet son de todo tipo y circulan fotos tomadas por papanatas que los han pillado dándose besos con labios.

¿Nos importa que estén o no liados? Lo cierto es que no, pero cantan como tórtolos y la sospecha, al escucharlos, es carnal. Nadie puede atribuir al buen oído y la superior mecánica melódica la forma en que las voces se mojan una en la otra; las miradas en escena, lubricadas con rubor y promesa; el olor a sábana tibia, a marca de orilleros, a territorios nocturnos en los que no hay luna y da igual porque tengo tus ojos y tanta piel para alumbrarme.

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La inmerecida zona de sombra en torno a Stephen Stills

"Carry On"

“Carry On”

Condenado durante buena parte de su vida a cargar con la hipoteca de tener al lado al obligatorio Neil Young, a Stephen Stills, con una carrera tan larga y, en ocasiones, coincidente, se le juzga con demasiado rigor y sin la necesaria claridad. Aunque toca la guitarra mejor que Young —aunque con menos turbulencia—, tiene menos discos pésimos que el canadiense —especializado en combinar el oro con la basura— y lleva en la brecha desde comienzos de los años sesenta, todavía permanece en una inmerecida zona de sombra.

La discográfica Rhino Records, una de esas empresas por cuyos lanzamientos vale la pena seguir en el mundo, acaba de editar Carry On, una colección retrospectiva de 250 canciones de Stills en cuatro discos.

Entre los 82 temas del cofre hay mucho material todavía dorado pese a la condición de éxito del pasado —For What It’s Worth, con Buffalo Springfield, la fiera banda en la que coincidió por primera vez con Young; Suite: Judy Blue Eyes, con Crosby, Stills & Nash; Woodstock, con el gran supergrupo hippie Crosby, Stills, Nash & Young; Love the One You’re with, en solitario; Rock ’n’ Roll Crazies/Cuban Bluegrass, con Manassas…— y 25 piezas inéditas, entre ellas una jam-session con Jimi Hendrix, quien admiraba la técnica de Stills y le consideraba el mejor guitarrista de su generación.

Stills en un ensayo. Detrás, Crosby y Nash

Stills en un ensayo. Detrás, Crosby y Nash

¿Motivos que explican la permanencia de Stills en la segunda división? Van media docena.

Primero: no es fancy. Al contrario, se trata de un tipo clásico, hijo de militar, que nunca hizo demasiado caso al estilo de la formal informalidad de su colegas generacionales: por ejemplo, vestía bien (“me gusta ir limpio y bien arreglado, no soy de esos que van por la vida como un roadie, que, al parecer, es el estilo que se lleva”).

Segundo: no es propagandista. Aunque siempre ha estado del lado correcto en las polémicas —es un activo militante en luchas sociales—, no se dedica a propagar sus causas.

Tercero: es sordo de un oído y, al no entender lo que le están diciendo, suele abusar de las imprudencias verbales.

"Stephen Stills" (1970)

“Stephen Stills” (1970)

Cuarto: es independiente y confía en el instinto. En 1970, tras concluir en Londres una gira con Crosby, Stills, Nash & Young —que estaban en el apogeo comercial de su carrera—, decidió quedarse a vivir en la capital inglesa (“no me apetecía regresar para hacer el camino hacia música de mierda que concluyó con Hotel California“), compró una casa que tenía a la venta el beatle Ringo Starr y grabó su memorable primer disco en solitario, Stephen Stills, un intenso álbum de blues en el que invitó a tocar a, entre otros, Eric Clapton y Jimi Hendrix, que hizo en Good Old Times la última aparición musical de su carrera y moririría antes de que el disco fuese editado.

Quinto: la cocaína arruinó su vida, creatividad y finanzas a finales de los años setenta. Salió del lodazal gracias al apoyo de Young, con el que grabó Long May You Run (1976), del que se descolgaron David Crosby y Graham Nash.

Sexto: ha tenido muy mala suerte personal pero no se ha mostrado llorón en público. Uno de sus hijos, Justin, sufrió un grave accidente que le dejó tetrapléjico cuando hacía snowboard, y otro, Henry, padece síndrome de Asperger.

"Manassas" (1972)

“Manassas” (1972)

Si tuviese que indicar un sólo camino hacia el amor por Stills, sería otro producto de su intuición: el doble álbum Manassas (1972), uno de los discos más infravalorados de la historia y, para mí, el mejor de la década de los setenta junto con Layla and Other Assorted Love Songs, de Derek and The Dominos (Eric Clapton y unos amigos).

Obra de caminos cruzados —country-rock sideral, palpitación afrocaribeña (Stills empezó a tocar en clubes de mala muerte de Costa Rica, donde vivió durante la adolescencia), melancolía bluegrass…—, este es el disco que deben escuchar los muchos seguidores de los Black Keys si están interesados por saber de dónde proceden la intensa suciedad y el lamento penetrante del blues.

Ánxel Grove