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El regreso de David Gilmour: un buen videoclip y nada más

Captura del nuevo vídeo clip de David Gilmour

Captura del nuevo vídeo clip de David Gilmour

David Gilmour (1946) es una buena persona. Eso dicen en los círculos musicales: apañado guitarrista siempre dispuesto a echar una mano, compositor menesteroso y hombre con conciencia social —si eso se puede aplicar a estas alturas a alguien que vota laborista—.

Como músico lleva dando tumbos desde la separación de Pink Floyd, el grupo en el que hizo carrera y de cuyas regalías, supone uno, debería vivir con holgura sin necesidad de arrastrarse.

En septiembre despacha un disco en solitario, Rattle that Lock y después llegará una gira por Europa y los EE UU.

El álbum, en el que Gilmour pone en manos de su esposa, la escritora de soft core Polly Samson (1962), la composición de las letras, es capaz por sí mismo de provocar un naufragio retroactivo: no me imagino a nadie que, tras empalagarse con esta colección de pomposas canciones sin pegada, tenga ganas de explorar la carrera previa de Gilmour por muy gloriosa que haya sido —y ciertamente lo fue— en las cuatro décadas anteriores.

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Muere Storm Thorgerson, diseñador de los discos de Pink Floyd

Storm Elvin Thorgerson (1944 – 18 2013)

Storm Elvin Thorgerson (1944 – 2013)

La muerte, hace unos días, del diseñador gráfico Storm Thorgenson, derrotado por un cáncer a los 69 años, debiera ser entendida como la pérdida de un creador contemporáneo de primera magnitud dado el tamaño de la obra que ha dejado como legado.

Autor o coautor de centenares de cubiertas de discos —entre ellos casi todos los de Pink Floyd—, en el lenguaje gráfico de Thorgenson pueden adivinarse los rescoldos de sus años infantiles en la escuela utópica Summerhill, una institución donde los alumnos tenían derecho a establecer su propio paradigma de éxito académico y podían jugar todo el tiempo que desearan, y también la melancolía derivada de la sospecha de que las utopías no son posibles aunque sí, en cambio, las distopias perversas.

Antes que encargado de idear y desarrollar envoltorios, fue el gran impulsor de la transmisión de latidos conceptuales a través de las carpetas de álbumes de rock. Se dedicó a ello desde 1968 hasta su muerte, primero desde el estudio Hipgnosis —donde compartía responsabilidades y expandía la fantasía con Aubrey Powell— y, a partir de 1983, por su cuenta.

Cuando caía en tus manos por primera vez un disco diseñado por Hipgnosis —cruce de los términos hip (nuevo, cool) y gnosis (conocimiento espiritual-cósmico)— empezabas a sentir la música antes de poner el álbum en el tocadiscos. Muy pocos diseñadores tenían tal capacidad de síntesis y casi milagroso poder de sugestión.

Aunque respondía con sarcasmo cuando le preguntaban si se consideraba artista (“no, por desgracia, no lo soy, soy un simple diseñador gráfico, aunque soy un diseñador bastante sexy“), la colección de varios centenares de cubiertas que preparó —esta página web no oficial las agrupa en su totalidad— podría estar, con mayor justicia que gran parte del complaciente arte contemporáneo, en las paredes de un museo. De hecho, ya lo están: en la galería irrebatible del imaginario social colectivo.

Las cubiertas para Pink Floyd —de cuyos miembros, sobre todo de David Gilmour, Thorgerson era amigo desde la adolescencia— justifican al diseñador por sí solas: son crónicas sobre la soledad contemporánea, las capas sobreimpuestas de la realidad, el absurdo cotidiano, el milagro todavía posible de la iluminación…

Aunque para el grupo psicodélico firmó sus diseños más conocidos, la amplitud de la obra del artista fallecido guarda otros grandes hitos —por ejemplo, las simples pero potentes como un golpe cubiertas de los tres primeros discos en solitario de Peter Gabriel; la fascinante de Houses of the Holy (1973), de Led Zeppelin, o las varias que hizo para 10 cc—.

Amigo de las fotos antes que los dibujos (“me gusta la realidad y las fotografías me permiten manipularla con más credibilidad”), artesano de las viejas técnicas del montaje previas al Photoshop (“no soy bueno con los teclados y las pantallas, necesito tocar lo que hago”), admirador confeso del postsurrealista René Magritte y su teoría de divorciar las ideas del difraz del lenguaje, cultivador de la ambigüedad (“me gusta preguntarme por qué, pero no saber el por qué”) e influido por la fertil literatura sajona sobre las pesadillas distópicas, Thorgerson fue un incansable trabajador y, para nuestra suerte, el mejor condensador en un sola imagen de los mundos plurales de la música.

Ánxel Grove