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Si la arquitectura te rodea, deberías empezar a fijarte en ella

Archivo de enero, 2014

Nos lloverá trencadís

No se preocupe si no sabe de qué hablo, yo como usted no he pronunciado la palabra trencadís en mi vida. La conocí hojeando un libro sobre Gaudí, y tonteé con una pseudonovia sobre un banco hecho con azulejos rotos allá por el pleistoceno superior, pero no he vuelto a tener más contacto con él.

Sin embargo, hoy en día todo el mundo sabe como se pone el trencadís. Los técnicos y los neófitos, los que han construido y los que no, los que tienen un cuñado albañil y los que ni siquiera. Raro es el caso del que afirma no tener ni idea de cómo se pone, de si requieren juntas de dilatación, de qué tipo de adhesivo utilizar en función del soporte… el que más y el que menos afirma que las respuestas a estas preguntas son obvias.

Dos operarios trabajan en la cubierta del Palau de les Arts. Foto Manuel Bruque /EFE

Y es que el trencadís es la gota que colma el vaso de Calatrava, que en su caso se convierte en amargo cáliz. La cagada ha sido grande, tanto como el boato que se le ha concedido siempre e inversamente proporcional al favor que nos ha hecho a los que trabajamos en el sector, la imagen idolatrada de este hombre al que se ascendió a deidad.

No voy a hablar de Calatrava ni de ninguna otra star system de la arquitectura. Este oficio que se deshilacha por momentos entre filigranas formales, el olvido de nuestra función social y la degradación de estos últimos años, necesita hablar de esos otros arquitectos que realizan su trabajo día a día y que boquean entre dictámenes, pequeños proyectos, reformas a los amigos y un cuidado y polvoriento portafolio con sus deseos y anhelos.

Deberán pasar muchos años antes de que nos recuperemos de la imagen que se está dando de la profesión, antes de recuperar la autoridad sobre cual es la solución que ha de realizarse sobre un problema en un edificio emblemático que todo el mundo parece saber y en el que no he oído a ningún profesional decir lo que un médico, un maestro o un psicólogo diría con prudencia al ser preguntado por los medios: habrá que conocer el caso en profundidad. Sin embargo sí he leído mucho a profesionales y desconocedores sobre lo desacertado de la solución y sobre cuál es el camino a seguir. Y se han quedado tan anchos.

Personalmente puedo tener una idea preconcebida, puesto que no he visitado el edificio después de sufrir el problema, ni conozco cual fue el adhesivo ni el proceso de montaje de primera mano, pero les confieso que no me atrevería a decir nada sin visitar la obra, subir al tajo y recopilar la información necesaria sobre el material utilizado, su porcentaje de absorción, su coeficiente de dilatación y las características técnicas del material adhesivo utilizado. Me parece que como profesional es lo mínimo que se puede hacer antes de lanzar una opinión. Los profesionales no podemos arriesgar hipótesis.

Es cierto que a priori no es la solución que hubiese elegido, sin embargo no me fiaría de un médico que me da un diagnóstico a distancia.

Pero toca hablar de Calatrava. Toca defenestrar al que antes se aduló y los mismos que otrora le otorgaban crédito ahora le lanzan al averno. Si algo tengo en contra de Calatrava es lo que su imagen nos está haciendo a los que intentamos vivir de este trabajo. Pero eso no es culpa solo de Calatrava sino de todos aquellos que le colocaron donde estaba, de todos los que le subieron a los altares desde fuera de la profesión y de todos los que desde dentro aprovechan ahora para vomitar sobre él lo que sin duda va a caer sobre todos.

Nos espera una lluvia de trencadís.

 Nota del arquitectador 1: Hace muchos años me vi obligado a realizar el alicatado de un centro de natación sobre un soporte con absorción cero. Dimos muchas vueltas hasta que encontramos la solución, que además estaba agravada por la agresividad del agua clorada sobre los productos adhesivos que utilizamos y por la dilatación diferencial dada la temperatura de la piscina durante el invierno que luego bajaba en verano al no calefactarse el agua. Un marrón. Pero se hizo y allí sigue.

Nota del arquitectador 2: No todo el mundo habla sin saber y sin haber ido a visitar el edificio, aquí tenéis una opinión cercana y versada.

¿Pagarías por dormir en una chabola?

Que nuestros edificios son la ropa de nuestras vidas es hoy por hoy una realidad. Y como prueba de que las modas, el travestismo y la transgresión han traspasado los tejidos y llegado a las fachadas el siguiente ejemplo.
Existe -hay que empezar así, porque de verdad que parece un fake- un hotel en Sudáfrica en el que puedes alojarte en una chabola por el precio de un alojamiento de lujo, porque si bien por fuera el conjunto de 12 cabañas-chabolas simula un paupérrimo poblado chabolista por dentro el alojamiento goza de wifi, calefacción y todo lo que pediríamos en un hotel de postín.

 

Además del obvio insulto a la inteligencia, me parece que existe también una ofensa a aquellos que deben usar chabolas por necesidad para poder subsistir. La variedad humana es casi infinita y ya dijo el torero que hay gente pa tó. Pero esto supera con creces el límite de lo razonable.

Puede que a muchos les parezca divertido o incluso digan que es una experiencia, una forma más de decir que se aburren ya con todo y que nada les consuela, en una sociedad de malcriados que olvidan a menudo lo cerca que se puede estar de la pobreza sin verla y lo lejos que estamos de garantizarnos no tener que vivir en una chabola a poco que las cosas se tuerzan. Quizá si lo pensáramos detenidamente no seriamos tan frívolos.

Cuando no puedes contratar a nadie

No he tenido nunca arquitectos ni aparejadores trabajando para mí. Ni mucho menos estudiantes. En ocasiones hemos tenido colaboraciones puntuales de otros compañeros. La verdad es que después de muchos años trabajando con gente a mi cargo una de las cosas que buscaba cuando emprendí el camino de la profesión liberal era precisamente no tener volver a lidiar con eso.

En los últimos años llegan con frecuencia al estudio curriculums y cartas de presentación, books y peticiones de trabajo. Por lo general las archivamos con cierta parafernalia, con cierta devoción porque nosotros tambien hemos pasado por ese lugar incómodo pero necesario. Incluso a sabiendas de que es muy probable que nunca salgan de su oscuro archivo, de su ostracismo digital dentro de nuestros discos duros, nos parece más respetuoso hacer dormir esas esperanzas y enviar un mail de agradecimiento al compañero novel para que no espere una llamada que no puede llegar.

Un desierto por delante. Imagen 20minutos

El mes pasado apareció una jovencísima compañera en la puerta. Traía un pequeño pero muy cuidado book y un saco de esperanza. Le expliqué que nuestro trabajo era por lo general autogestionado, que cada encargo lo resolvíamos nosotros mismos y que creíamos firmemente en esta forma de hacer, un poco demodé, pero que aunque hubiésemos querido contratarla, en el desierto de contratos actual sólo podemos deambular de oasis en oasis buscando un trago de agua que no podemos compartir. Creo que lo entendió.
Me quedé muchos días pensando en ella y en como me recordaba a mi mismo hace bastantes años. Espero que tenga tanta suerte como he tenido yo y que pueda vivir de ésto, sin embargo no puedo dejar de pensar en las horas invertidas, en el trabajo y la ilusión que ella como tantos otros han cultivado cada año hasta llegar a su sueño, que sin duda no era aparecer en mi puerta con toda su energía a disposición del que pueda pagarla en un mundo en el que casi nadie puede hacerlo.
Y a pesar de que no está en mi ánimo crecer para tener quién realice planos, memorias y presupuestos, aunque no quiero otra cosa que poder seguir haciendo yo mismo lo que hago, me hubiese gustado poder ofrecerle algo.

Pero no puedo.

Nota del arquitectador: Ayer por primera vez, destruí algunos de los curriculums que tenía por aquí. Incluyendo el de la chica de la que hablo. Me dolió hacerlo, pero tampoco tenía ningún sentido mantenerlos, y a todos ellos les había aclarado previamente que no podía darles trabajo. Sin embargo no puedo dejar de pensar en el deambular por el desierto que les queda por delante. Que nos queda por delante.

La marca España: así no.

La marca España, ese invento reciente hecho con materiales no conocidos se está materializando desde ayer en la prensa internacional con la amenaza de abandono de las obras de ampliación del canal de Panamá por la firma Sacyr.

Durante las últimas horas he leido todo tipo de teorías conspiranoicas -que ganas tenía de estrenar este palabro- sobre las razones del desastre.
Desde la participación americana en el descalabro para que una empresa yanqui pudiese finalizar las obras y conseguir buenos precios de peaje para sus barcos, hasta la explicación de que hace unos meses el bueno de Bill Gates invirtiese sus dineros en FCC, una de las empresas que perdió la licitación inicial de la obra ante una más que probable baja temeraria por parte de Sacyr, que ésto y no otra cosa parece ser la causa del asunto.

Dicho de otra manera para que los no iniciados lo puedan comprender. Sacyr ofertó la obra muy por debajo de lo que parecía razonable. La autoridad del canal de Panamá aceptó semejante oferta a pesar de las voces en contra de las empresas que perdieron la oferta (1) y que ya acusaron de baja temeraria a la empresa española. Las autoridades de ambos paises se vanagloriaron de lo buenos que eran los unos y los otros y les faltó tiempo y un buen photo call para hacerse la consabida instantánea de casco reluciente y chaleco reflectante.

Por el camino, y ya que había que construir un concepto inexistente hasta la fecha, nuestras autoridades que bien saben que una imagen vale más que muchos votos, diseñaron la marca España en torno a la participación de las empresas españolas de construcción en el extranjero, pasando ligeramente por alto que en el erial en el que se ha convertido la piel de toro, nadie en su sano juicio puede sobrevivir y que lo único sensato en estos tiempos es marcharse fuera. Como sea. Ofertando al precio que fuere.

Y bien sabemos en España lo que eso supone. Ofertar trabajos, obras y servicios a precios que de ninguna manera cubriran los costes para solventarlo en el futuro con llantos, lloros y modificados, con ayes, quejas y reformados, con lamentos, reclamos y complementarios. El hipermercado del contrato abierto a disposición del que más se equivocó en la oferta inicial. El saco sin fondo de los dineros públicos cerrado para aquellos que ofertaron decentemente y perdieron el contrato y abierto de par en par al adjudicatario insensato.

La culpa, créame usted querido lector, es del que acepta el contrato. Del licitador. Del organismo público o privado que cree a pies juntillas que aquel que oferta por debajo de lo razonable tiene en sus oficinas un santón milagrero que le permitirá hacer las obras por dos reales y una perra gorda.

Si algo aprendimos antes de que llegase la crisis fue que las cosas cuestan lo que cuestan y que el papel lo aguanta todo, pero solo hasta el final de la obra, donde toda la crudeza de los números sale a la luz. Y ahora que los números no salen y que con toda probabilidad existirán razones en el contrato firmado para respaldar las reclamaciones de Sacyr, aparecen 1600 millones de dolares que alguien acabará poniendo sobre la mesa.(2)

Y si algo hemos aprendido durante la crisis es que la marca España no existe. Porque de existir sería esta inmensa falacia que llamamos mecanismos de contratación, serían esas bajas de precio absurdas que hunden a los que conocen su trabajo y ahogan igualmente a contratado y contratador, que destrozan la credibilidad del empresario, del país y del sector. Sirve por igual para grandes contratos que para la pequeña reforma, igual a las grandes empresas que a los técnicos de andar por casa, igual para el canal de Panamá que para un certificado energético de una vivienda.

Porque si existe la marca España no la queremos así. (3)

Notas del arquitectador:

(1) Parece que incluso el presidente de Panamá mostró su disgusto ante la adjudicación al consorcio encabezado por Sacyr, aunque permitió que la misma siguiese su curso.

(2) No les quepa la menor duda de que los 1600 millones de dolares que reclama Sacyr están perfectamente acreditados y documentados y tienen una base sobre el contrato vigente. Éste que ha pasado muchas noches confeccionando modificados está absolutamente convencido de ello.

(3) Leo esta mañana que el presidente de Panamá quiere darse un paseo por la Moncloa para exigir la finalización de las obras. En definitiva buscará que paguemos los españoles, una afición que se está extendiendo allende nuestras fronteras dado lo bien que ha funcionado dentro de ellas. Menos mal que la obra no es en Alemania, sino ya estábamos usted y yo rascando telarañas en nuestros bolsillos.

Algo más que un impacto visual

Dicen los que saben de ésto que la arquitectura ha de transmitir sensaciones, crear un cierto impacto en el observador y afectar a la vida del usuario.

Desde luego ésto estaría bien, muy bien, aunque no es suficiente y hace falta algo más, como muestra el siguiente e invernal ejemplo.

En estos días en los que todo el mundo está hablando del esquí por el triste y desafortunado accidente de Michael Schumacher, he recordado uno de los paisajes más impresionantes que he tenido ocasión de ver por esas montañas blancas en las que los aficionados al esquí acuden ansiosos por descender sus laderas, L´Aiguille du Midi en los Alpes franceses, al pie del maravilloso pueblo de Chamonix.
En un espectacular ascenso en funicular (el más vertical que he visto en mi vida) se puede acceder desde el mismo pueblo hasta una construcción de montaña colgada literalmente de la roca desde la que cientos de esquiadores se deslizan en un fuera de pista increíble (la Vallee Blanche) que dura varias horas hasta volver a Chamonix a través de glaciares y grietas de hielo azul.

En este entorno, se ha construido un prisma de vidrio desde el que el visitante puede dar un paso en el vacío, (así han llamado a esta atracción) y situarse “flotando” en el aire mientras observa el Mont-Blanc.

No puedo decir que arquitectónicamente sea digno de mención siquiera, ni creo que los que han pergeñado este asunto lo pretendiesen, pero desde luego cumple esas premisas de las que hablábamos al principio, lo cual me reafirma en que el impacto visual e incluso la provocación de una reacción en el espectador y el usuario no son suficientes para hablar de buena arquitectura. Hace falta algo más.

¿Te atreves tu a decir que es ese “algo” más?

 

Nota del arquitectador: Empecemos el año buscando esa respuesta.Los comentarios están abiertos, a ver si al final del año somos capaces de encontrar la respuesta.