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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Un acróbata del brutalismo se lleva la medalla de oro como mejor arquitecto

Ginasio Paulistano Athletic Club © PMDR archive

Ginasio Paulistano Athletic Club, © PMDR archive

El ufo de la foto está en São Paulo y fue construido entre 1958 y 1961. Es un polideportivo con capacidad para dos mil espectadores y parece desafiar todas las reglas sobre el equilibrio y la resistencia: el tejado circular de hormigón flota gracias a la sujección de seis hojas del mismo material, ancladas por una docena de cables de acero. El arquitecto Paulo Mendes da Rocha (1928) tenía 30 años cuando firmó el proyecto.

Era un recién llegado, pero el siempre espectacular y bienquerido gigantismo del jormigonaco —el material que más erotiza a las administraciones públicas y otros entes con afán de dejar manchas sobre la Tierra—, convirtió al autor en una estrella.

Da Rocha, imparable desde entonces, acaba de ganar la medalla de oro que otorga cada año al mejor arquitecto el Royal Institute of British Architects (RIBA), el organismo colegial del Reino Unido que goza de enorme influencia y prestigio en el gremio. El premio, que se concede desde 1948, ha sido recibido por, entre otros, Zaha Hadid (2016), Frank Gehry (2000), Norman Foster (1983), Frank Lloyd Wright (1941) —no debe ser casual su soledad humanista entre tanto monstruo de la demasía— y Oscar Niemeyer (1998), el único brasileño que había sido galardonado hasta ahora.

Paulo Mendes da Rocha © Paulo Mendes da Rocha

Paulo Mendes da Rocha © Paulo Mendes da Rocha

En la declaración que justifica el premio, los promotores afirman que el trabajo de Da Rocha es “altamente inusual en comparación con la mayoría de los arquitectos más célebres del mundo”, dado que casi todas sus obras maestras están construidas en Brasil y responden al mismo estilo, que califican en un exceso de entusiamo como “revolucionario y transformador”, gracias al hormigón en bruto, “desnudo, bello y brutal.

Quizá por la ferrea educación presbiteriana que recibió, el arquitecto, que tiene 87 años y ya ha cumplido seis décadas de ejercicio, prefiere despojar sus proyectos de todo ornamento y optar por una monumentalidad arcaica donde la consistencia es siempre la idea central. Entre sus obras más celebradas destacan, no por azar, algunas iglesias y, sobre todo, muchos edificios encargados por el Estado y pagados con dinero público. El brutalismo, insisto, goza de muchos devotos entre quienes gobiernan y acaso permiten que los escenarios imperiales ocupen sus sueños.

No veo gracia alguna en la “nueva monumentalidad” brutalista, cada día más hípster y reclamada como bella por los fanáticos de la solidez fría. Las obras de Da Rocha, monolíticas, cortantes, son los altares sacramentales de la miseria gris y apocalíptica de cierta idea del mundo entendido como prisión de alta seguridad.

Menos mal que el colegio de los arquitectos británicos se encarga, acaso para compensar el desaire a la arquitectura con sabor humano del premio concedido al brasileño, de regarlarnos ejemplos de bellos, equilibrados, sostenibles y manejables edificios en los premios anuales a los mejores proyectos de 2016 en el Reino Unido.

En 2003, Da Rocha escribió una reflexión que parece autoflagelante dado el contrasentido entre las palabras y la obra de quien ha sido llamado “acróbata del brutalismo” en una expresión circense que no pretende despertar la burla sino la admiración:

A diferencia de muchas personas que tienen miedo de la pobreza, siempre me he sentido atraído por ella, por las cosas simples, sin saber por qué. No hay dificultades sino humildad en las cosas simples. Creo que todo lo superfluo es irritante. Todo lo que no es necesario se convierte en grotesco, especialmente en nuestro tiempo.

Más de medio siglo antes, Frank Lloyd Wright había puesto en su lugar a los cínicos contemporáneos:

Los edificios, también, son hijos de la tierra y el sol.

Jose Ángel González

1 comentario

  1. Dice ser estamos rodeados

    La arquitectura contemporánea es una obscenidad auspiciada por el dinero de la ciudadanía, nada ha cambiado, siempre ha sido así. La misma decadencia de siempre.

    03 Octubre 2016 | 23:45

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