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La conversación fotográfica de un padre y su hijo autista

© Timothy Archibald

© Timothy Archibald

Eli nació en 2001. Su padre, Timothy Archibald, comenzó a hacerle fotos a los cinco años. Siempre trabajaban con ideas que nacían de uno, asomaban en el otro, regresaban al punto de partida y volvían a trazar la ruta de vuelta, convirtiéndose por el camino en una imagen donde la autoría era compartida pese a que el disparador lo apretase el padre, fotógrafo comercial profesional.

Eli no era un niño como los demás. Era, para emplear la terminología de la corrección, neurodivergente. Los médicos diagnosticaron un espectro autista más o menos por la misma época en que el niño y su padre empezaron a hacer fotos a cuatro ojos y dos mentes.

Trece años después, Timothy Archibald sabe mucho sobre autismo, pero cuando recibió los primeros informes médicos necesitaba hacer algo para que la comunicación con Eli fuese bidireccional. Decidió llevar el proyecto de colaboración fotográfica al extremo. “Pese a que el diagnóstico me proporcionó la terminología y la historia médica para entender mejor a mi hijo, tenía la sensación de que era necesario encontrar un puente emocional que me llevase hacía él“, dice en una entrevista.

El resultado es una indagación emotiva, dulce pero nada complaciente, en la mente de Eli y su particular modo de funcionamiento. Está publicada en el fotoensayo Echolilia, una forma alternativa de escribir ecolalia, el hábito de la repetición verbal —una suerte de eco— que aparace relacionada con casos de autismo. En este vídeo [sólo en inglés], padre e hijo explican por qué decidieron indagarse mutuamente a través de las fotografías.

Las fotos son tan certeras que se transforman en una conversación entre padre e hijo. “A veces es Eli quien dirige la acción. A veces soy yo. A veces vemos los resultados en la cámara digital y decidimos darle otro giro a la fotografía. Me gusta la idea de cederle a un niño el control creativo mientras yo solamente me ocupo de manejar la cámara”, dice Timothy.

La idea del tubo que lleva la voz del crío a su propio oído, por ejemplo, fue de Eli, que no puede dejar de repetir los mensajes de alerta de las puertas corredizas (“las puertas se están cerrando, por favor manténgase alejado”) cuando viaja en autobús, va al supermercado o a la biblioteca, pero la del crío dentro de la caja de plástico fue del padre, que preguntó al crío si le gustaría descansar dentro y Eli, desnudo, se quedó dormido como dentro de una cápsula a la que podemos otorgar la condición de un transparente cuento de hadas.

Eli con la cabeza hundida en un gran embudo rojo, con el tronco al que decidió apadrinar y salvar de la chimenea en Navidad, acostado con una languidez de ángel en el patio, acurrucado sobre la alfombra, expresando en dos papeluchos los extremos del sentimiento (“te quiero”, “te odio”), aprersado por una goma elástica….

“La fotografía es una forma de copia y los críos son una forma de repetición. Mirar a mi hijo a través de las fotos me ayudó a mirarme de nuevo a mí mismo”, señala el fotógrafo (uno de los dos fotógrafos) de esta colección de imágenes donde los autores, simbiotizados, se han convertido en uno solo y la conversación a dos implícita en todo acto fotográfico se ha condensado en una voz, un eco, que Timothy y Eli repiten como en una cantata, modificando sus voces levemente, presos de la canción y del amor incondicional.

Ánxel Grove