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Ocho de las mejores películas anime de la última década

Listas de cine

Este viernes 15 de marzo se ha estrenado en nuestras pantallas Mirai, mi hermana pequeña, uno de los cinco largometrajes de animación nominados al Oscar en la pasada edición y la más reciente obra de uno de los grandes autores del anime actual, Mamoru Hosoda.

El creador de El niño y la bestia (2015), Summer Wars (2009) o La chica que saltaba a través del tiempo (2006), y algún que otro título que aparece en la lista, nos ofrece una maravillosa visión sobre la infancia, la familia y las relaciones entre hermanos.

1 – El cuento de la princesa Kaguya (2013)

El cuento de la princesa Kaguya

( ®Studio Ghibli )

Una obra maestra. Isao Takahata, el autor de la extraordinaria La tumba de las luciérnagas, adaptó un cuento popular japonés del siglo X, El cortador de Bambú, en la que una pareja de ancianos campesinos adopta a una niña diminuta que han hallado en el interior del tallo de un bambú y que crecerá a un ritmo más rápido de lo normal. No solo hay delicadeza y maestría sino que cada una de sus imágenes, concebidas como acuarelas o dibujos en carboncillo, es puro arte.

En streaming: en Movistar+

En blu-ray: desde julio de 2016.

Estrenada en cines: el 23 de noviembre de 2013 en Japón y 18 de marzo de 2016 en España.

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La vida es una obra maestra (‘En este rincón del mundo’, 2016)

En pantalla

En este rincón del mundo

( ©20th Fox Home )

Algunos animes están empeñados, para deleite nuestro, en convertirse en delicadas obras de arte. En este rincón del mundo (Kono sekai no katasumi ni), financiada mediante crowdfunding, se desarrolla en el Japón de la II Guerra Mundial y con Hiroshima en el punto de mira presagiando la caída de una de las devastadoras bombas atómicas.

Son tiempos de guerra y los ciudadanos contemplan con orgullo patriótico los poderosos buques y destructores de la Armada Imperial que reposan en sus aguas, prestos para acudir al combate.

Sin embargo, la película de Sunao Katabuchi prefiere detener su mirada en la apacible vida de sus gentes. Coser un kimono, contemplar las nubes, ir de compras al mercado (aunque sea el “negro”) o sentarse la familia a la mesa para regocijarse con un sencillo plato de arroz cocinado como los ángeles. Nos acerca a lo que tenía de sublime el humanismo del cine de Ozu.

No hay villanos ni héroes, ni se trata de mostrar la épica o los grandes hechos históricos del momento sino lo íntimo y personal de personas normales y corrientes, anónimas. Maravillarse en la misma existencia y en unos seres imperturbables e inasequibles al desaliento por mucho que deben enfrentarse a la escasez y racionamiento, cada vez mayor, de alimentos o el tener que convivir con los bombardeos de los aliados. Una supervivencia asumida como un agradecimiento por seguir vivos.

Mientras, en el aire sobrevuelan insectos, flotan semillas de dientes de león o caen cenizas. Refuerza el que las imágenes tengan tridimensionalidad, que casi se puedan palpar. Y en todo esto ocurre también que la realidad inspira el arte, y el arte tiñe la realidad.

Su joven protagonista, Suzu, tiene un don natural y excepcional para el dibujo. Su cabeza siempre está ida, en otro lugar, habitando en un mundo propio hecho con sueños e inocentes fantasías. Con sus creaciones intenta captar tanto las ensoñaciones más bellas o terroríficas como todo aquello que le rodea. Así, las olas pueden adquirir formas de conejos blancos o las explosiones de la artillería antiaérea se tornan colores sobre un lienzo azul que es el cielo.

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