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Cuando la pequeña pantalla se comió a la grande

Mi año del cambio

campo-de-amapolasHoy no voy a hablar de series. Quería escribir algo diferente para estrenar el año y compartir con vosotros lo más significativo que me ha ocurrido en 2015, al que no he dudado en designar como «mi año del cambio». Así que hoy ni estrenos ni Globos de Oro. Hoy os voy a hablar de que, a veces, uno toca fondo y hay que subir a flote, como me ha sucedido durante este año que acaba de terminar.

En mi vida, como supongo os habrá ocurrido a vosotros, he pasado algunas fases negras debido, sobre todo, a problemas de tipo laboral y romántico. Uno de esos momentos tuvo lugar cuando cumplí los treinta. Sentí que no había logrado ningún proyecto vital de importancia (estabilidad laboral, una pareja), y eso me sumió en el desespero. Sin embargo, logré salir del atolladero y seguí viviendo con mis días malos, aunque sin tener la sensación de que me hundía en una sima de la que, por mucho que me esforzara, no podía escapar.

Cuando menos lo esperaba conocí al que sería mi marido y, un par de años después, tuvimos a nuestro hijo. Pensaba que ya tenía todo lo que siempre había deseado y que podría concentrar mis esfuerzos en escribir, mi sueño desde niña. De lo que no era consciente (o sí lo era pero no quería pensar en ello), es que conforme nos hacemos mayores aparecen nuevos problemas que, aunque sean ley de vida, son muy dolorosos y hacen que te enfrentes a la madurez quieras o no.

Entonces llegaron los cuarenta.

Y, en mi caso, todo se juntó. Varias desgracias familiares se encadenaron: la enfermedad de mi madre dos años antes y la muerte de mi padre, que me impactó de una forma insospechada, se sumaron a un cambio de vida drástico producido por la maternidad. La cuestión es que, mientras se producían los hechos dramáticos, yo estuve al pie del cañón, aguantando lo que me echaran. Tenía un niño pequeño y tenía que ser fuerte. También tenía la escritura, que siempre ha sido mi tabla de salvación.

Sin embargo, en el mes de marzo de 2015, cuando se acercaba la fecha del aniversario de la muerte de mi padre (y todo estaba ya más o menos bajo control), sentí que era incapaz de manejar lo que hasta el momento sí había podido. Cualquier pequeña tontería me disparaba la ansiedad, estaba triste e irritable, no dormía bien y, cada vez que sonaba el teléfono, pegaba un bote hasta el techo esperando malas noticias.

Como siempre, durante este periodo me ayudó leer y ver series. También escribí. Aunque mi tendencia a exigirme demasiado, junto con mi estado de ansiedad, me impedían disfrutar como antes. Así que después de una época de confusión, de darle mil vueltas a la cabeza y de no saber por dónde tirar, me decidí a buscar la ayuda de un terapeuta.

Yo también tenía los típicos prejuicios, y me daba pudor exponer mis intimidades ante un extraño. Sin embargo, también pensaba que cuando uno está mal debe buscar a un profesional que pueda orientarle. ¿No lo hacemos cuando enferma nuestro cuerpo? Pues lo mismo con la mente.

Menos mal que di el paso.

Nunca estaré más satisfecha ni más agradecida. De hecho, fue mi terapeuta quien me animó a escribir sobre el tema. ¿Qué sentido tiene la vergüenza si puedes ayudar a una persona que lo está pasando mal?

Lo primero que me gustaría deciros es que ir al psicólogo nada tiene que ver con series como In Treatment o The Sopranos. El psicoanálisis queda muy bien en la ficción, pero es una terapia en desuso. Para mí, el descubrimiento de la psicología cognitiva, que consiste en aprender que lo que causa los trastornos emocionales no son los hechos sino las interpretaciones que hacemos de ellos, ha sido fundamental en un proceso de maduración emocional que me ha llevado a vivir con una nueva calma.

Gracias a las sesiones —tanto de reflexión como prácticas—, y a la lectura de buenos libros como este y este otro (nada de manuales de autoayuda de baratillo), he aprendido a pensar de otra manera, sin dramatizar en exceso, y a modificar una serie de ideas irracionales que me han ayudado a enfrentar la vida y sus vicisitudes con una mayor serenidad.

Esto no quiere decir que no me preocupe por las cosas o que levite sobre la cama en plan zen. No.

Pero me permite vivir sin tanta angustia, dejando fluir las cosas de manera natural y encarando la existencia con mayor racionalidad, sin un exceso de temor.

No os voy a engañar. Cambiar el chip no es fácil. Tengo una imaginación morbosa (no os olvidéis de mi gusto por las historias de misterio y terror) y la tendencia a pensar cosas horribles siempre está ahí, agazapada en la oscuridad. Sin embargo, de momento mantengo a las bestias fuera de la cerca y, aunque de vez en cuando alguna se cuele intentando atrapar a su presa, las bajas son escasas y el saldo positivo.

Gracias a esta nueva forma de encarar la realidad mi escritura ha vuelto a fluir.

Ya no me preocupo si tardo más o menos o produzco tantas palabras al día (como machaconamente nos insisten en algunos blogs “motivacionales”). Por cierto, que producir no solo es un término contrario al arte, sino que va en consonancia con todos los aspectos que nos crean ansiedad: rápido, ya, ahora, éxito.

No.

Prefiero hacer las cosas a mi ritmo y bien. Crear (y no producir) tomándome mi tiempo, disfrutando del camino. Quizás a otros le funciones fórmulas distintas, pero para mí no tiene sentido.

Así que, por todo lo que os he explicado, no voy a hacer propósitos de año nuevo. Solo voy a intentar perseverar en mi nueva actitud mental que me ha hecho vivir con mayor tranquilidad y encarar los proyectos futuros sin convertir mis deseos en necesidades (la madre de todas las neurosis).

Estoy en paz y disfruto del día a día.

Todo lo positivo que suceda en el futuro será bienvenido. Y, si no llega, no me hará sentir frustrada o vencida porque en realidad no lo necesito para ser feliz. En realidad nadie lo necesita.

Que alguien se lo diga a Noah Solloway.

11 comentarios · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Diego Camino

    Sabes que me alegro muchísimo de ese cambio del que nos hablas, y que me tocan de manera personal tus palabras y reflexiones. Te mereces todo lo bueno que te pase. Se ve que eres una madre estupenda y doy fe de que eres una escritora genial. Espero que este 2016 sea mi año del cambio. Un besazo.

    10 enero 2016 | 18:22

  2. Muchas gracias, bombón. Estoy segura de que encontrarás tu camino. No podría ser de otra forma tratándose de una persona inteligente y sensible como tú. Ya verás como 2016 va a ser tu año del cambio. Y si quieres alguna lectura o cambiar impresiones, ya sabes que puedes contar conmigo. Un beso y ánimo, que se puede conseguir 🙂

    10 enero 2016 | 19:20

  3. Dice ser Raimundo Rubio

    Animo, tod@s hemos pasado por ahí antes o despues.Suerte y disfruta, nunca seras más joven.

    12 enero 2016 | 17:18

  4. Muchas gracias, Raimundo. Anima saber que para todo el mundo es igual. Un beso y feliz año 🙂

    13 enero 2016 | 16:20

  5. Dice ser Helena

    Cecilia, te sigo a menudo pero no he escrito nunca en tu blog.
    Me ha gustado mucho esta entrada, tal vez por lo inesperada de la misma y por lo mucho que me identifico con lo que cuentas.
    Helena

    14 enero 2016 | 16:13

  6. Hola Helena, muchas gracias por haberte animado a escribirme. La verdad es que me hace muy feliz, sobre todo por saber que te identificas con lo que cuento y que te ha llegado. Un abrazo y espero que no sea la última vez que me dejes tus pensamientos. Los comentarios siempre enriquecen un blog y son más que bienvenidos 🙂

    15 enero 2016 | 09:21

  7. Dice ser Criticon

    Hermosas palabras Cecilia.
    Me he sentido muy identificado.

    15 enero 2016 | 18:41

  8. Muchas gracias, creo que es el mal de nuestro tiempo. Un abrazo muy fuerte y ánimo, que se puede mejorar 🙂

    16 enero 2016 | 13:59

  9. Dice ser Javier Romero

    Ceci,
    Gracias por tanta sinceridad y por ser tan guapa en todo.
    Prometo email mas extenso pronto.
    Un te quiero grande,
    Javier

    16 febrero 2016 | 21:59

  10. Dice ser Javier Romero

    Un olvido: eso de “entonces llegaron los cuarenta”. Bueno, si, pero pronto te topas con los cincuenta y los…vale vale, paro. Ji. En definitiva, que mejor nos olvidamos de la edad porque si la ponemos en la ecuacion la situacion pinta siempre a peor. Mientras cumplamos decadas y con salud…Viva el cine, las series, los libros y sobre todo el arte de ser felices, Muchos besoooos.

    Javier

    17 febrero 2016 | 20:55

  11. Es verdad lo que dices. Es mejor quitar la edad de la ecuación y centrarse en ir cumpliendo años y estar lo más feliz que uno pueda. Sin embargo, me es imposible sentir una especie de vértigo cada vez que empiezo década… ¡Luego se me pasa y ya no sé ni los años que tengo! jajaja. Pero sí, a disfrutar de todas esas cosas maravillosas que tenemos y que tanto nos gusta compartir con los amigos especiales como tú. Un abrazo enorme. Sabes que te quiero con locura!

    18 febrero 2016 | 09:47

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