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El cielo sobre Tatooine

Un travelling por el cine más actual con flashbacks al clásico.

El bebé de Rosemary cumple 50 años, ‘La semilla del diablo’

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Un joven matrimonio, un actor sin suerte (John Cassavetes ) y una ama de casa (Mia Farrow), se instalan en su nuevo apartamento de Nueva York haciendo caso omiso de los chismes que se cuentan sobre satanismo y sacrificio de recién nacidos que ocurrieron en ese mismo edificio.

Solo era el punto de partida del best-seller de Ira Levin publicado en 1967 y que el productor y director William Castle se había empeñado en trasladar a imágenes. Pero uno de los mandamases de Paramount Pictures, Robert Evans, prefirió confiar en un joven, brillante, raro y egocéntrico director polaco, un enfant terrible que había sorprendido con absorbentes historias dotadas de una fuerte y original carga psicológica como Repulsión (1965) o Cul-de-sac (1966), o con una delirante parodia del género de terror, El baile de los vampiros (1967).

La semilla del diablo

( ©Paramount Pictures )

Era Roman Polanski, a sus 34 años y en la plenitud de su talento. Alguien sobrado de ideas nuevas como para arrancar de la novela de Ira Levin (cuyas obras Las esposas de Stepford (1975) o Los niños del Brasil (1978), entre otras, también fueron adaptadas al cine) una película que no fuera convencional o mecánica, capaz de realizar lo impensable y, al mismo tiempo, lo que todos esperaban, una obra maestra que atrajera además a millones de espectadores a los cines.

¿Era un relato ginecológico oscuro y gótico, la pesadilla de la mente paranoica de una embarazada o una auténtica historia sobre adoradores de Satán, el ángel caído? De todo un poco se ha dicho, y hay, en La Semilla del diablo (Rosemary’s Baby).

Lo cierto es que se hace inimaginable pensar en otra actriz que no sea Mia Farrow encarnando a esa mujer delgaducha y de aspecto frágil, soportando un doloroso y anormal embarazo o, cuchillo en mano y con su corte de pelo estilo “Vidal Sassoon”, dispuesta a todo para defender a su bebé de quien sea, si llega el momento. También se hace imposible deshacerse de esa imagen del cochecito de aspecto fúnebre, con cortinillas negras y una cruz invertida, o la inquietud que produce imaginarse lo que alberga en su interior.

Fue nominada a dos Óscar, al mejor guion adaptado, escrito por el propio Polanski, y a la mejor actriz de reparto, y el que acabaría ganando, para Ruth Gordon de 72 años (y que en 1971 protagonizaría una comedia negra y una historia de amor tan genial e inusual como incomprendida en su momento, Harold y Maude). Y naturalmente originó largas colas en los cines. Su presupuesto fue de 3,2 millones de dólares y solo en los Estados Unidos recaudó 33,4.

La semilla del diablo

( ©Paramount Pictures )

Pero el aura mítica de La semilla del diablo se fue engrandeciendo por motivos extracinematográficos. A su leyenda negra contribuyó el que Polanski rodara parte de sus escenas en el maldito edificio Dakota de Manhattan, o el que consultara a avezados satanistas, y que desvelara demasiado sobre sus prácticas ocultistas, lo que le valdría más de una amenaza de muerte.

Sea como fuera, Polanski acabó pagando con sangre. Su esposa Sharon Tate, una de las modelos y actrices más bellas de los 60, fue brutalmente acuchillada y asesinada por los acólitos de la secta de Charles Manson, y con ella el hijo que llevaba dentro, a solo dos semanas previstas para el parto, y el resto de invitados que estaban en la mansión en aquella fatídica noche. Fue al año siguiente del estreno de La semilla del diablo, en agosto de 1969.

¿Una coincidencia? Quizás, como la de la prematura muerte del compositor polaco Krzysztof Komeda, amigo de Polanski y autor de la banda sonora en el que sobresalía su tema principal, una perturbadora nana (a la que la misma Mia Farrow le puso voz). Komeda fallecería, en abril también de aquel 1969, por las heridas causadas al caerse por un barranco, volviendo a casa después de una noche de borrachera.

La semilla del diablo

( ©Paramount Pictures )

Con La semilla del diablo, Polanski entró por la puerta grande en Hollywood (en 1974 realizaría Chinatown, otra obra maestra, esta vez del cine negro y protagonizada por su amigo Jack Nicholson), pero tuvo que abandonarlo por la trasera, y a toda prisa, cuando en 1977 fue arrestado y condenado (acabó declarándose culpable para evitar una pena mayor) de la violación de una menor, Samantha Geimer, una actriz de 13 años.

El cineasta no pasaría el corte en la era del #MeToo, de hecho es uno de los cineastas más detestados en la era del #MeToo, y más en alguien que parecía sentir una especial inclinación por las adolescentes, sobre todo de dieciséis años. Lo que nos conduce al dilema de qué pesa más, si el artista o genio que nos deja obras sublimes y perdurables (El quimérico inquilino de 1976, o Lunas de hiel, de 1992, son otros de los títulos a añadir a la colección) o lo deplorable, censurable e incluso delictivo de su conducta en la vida privada.

De momento lo dejamos en que La Semilla del diablo cumple 50 años de su estreno, el 12 de junio de 1968 en Estados Unidos, y con ella medio siglo de algunas de las mejores interpretaciones femeninas, algunas de las escenas más tensas y sórdidas y algunos de los grandes iconos inmortales que ha dado el cine de terror.

1 comentario

  1. Dice ser Moises Martinez Vera

    la mítica frase de:

    “El fruto del amor…”

    12 junio 2018 | 09:30

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