La Regenta tróspida

30 marzo 2012

Pasará tiempo hasta que oigamos el nombre de una red social en el cine, una serie o una obra de teatro y nos parezca normal o nos pase desapercibido. Añadiría un telediario o un programa de televisión e incluso cualquier frase de un político o un personaje conocido. ¿Y la música?

Pasará tiempo hasta que dejemos de oír “internautas” en vez de personas o ciudadanos.

Estas herramientas -y la misma Red- deben pasar aún por un proceso de normalización social, aunque suene paradójico. Y eso que, en algunos aspectos, ya son cosa del pasado.

Desde luego, el cine siempre nos ha llevado a todos ventaja en estas cosas, ya que se ha podido permitir imaginar el futuro y especular con el modo en el que la tecnología nos acabaría facilitando la existencia. Por eso nos hace tanta gracia ver películas en las que no aparecen teléfonos móviles o donde un correo electrónico es crucial en el desenlace.

Por supuesto, estos referentes culturales no afectan de igual manera a todo el mundo. Reconozco que muchos -y me incluyo- vivimos en una burbuja que se retroalimenta. Pero tratar como tontos a los neófitos nunca fue una buena idea. Es mi opinión personal.

Hago esta reflexión porque he ido al teatro y he visto La Regenta. La obra, estreno en Madrid, está dirigida por Marina Bollaín y es una versión libre de la obra de Leopoldo Alas Clarín. Y tanto. Traslada a los personajes de la novela del siglo XIX al día de hoy y hace una analogía entre aquella Vetusta hipócrita y superficial y la sociedad actual.

Wikipedia, Twitter, Facebook y Skype están presentes en el texto desde el primer minuto. Son unos términos lo suficientemente reconocibles por el público, así como su supuesto (presunto) uso general y artificioso, que es el que se refleja en esta ocasión en las tablas.

Estoy de acuerdo con que se nombren como piezas de un puzzle que critica la ligereza de nuestros días y que se circunscriba al cotilleo televisivo y al “fariseísmo” colectivo. Yo también frunzo el ceño cuando ciertos espacios catódicos nombran algunas redes como si fueran moda o pasatiempo.

Pero he acabado comprendiendo que las redes sociales son, en definitiva, el uso que cada uno hagamos de ellas. A cada uno nos sirven de una forma. No existe una manera de usarlas buena ni mala. Es la voluntad, la actitud y la intención de las personas las que merecen, en cualquier caso, esos adjetivos.

Lo que me chirría es que, en vez de intentar normalizar o hacer humor fino con el tema, se caiga en el error de fabricar chanzas fáciles. Para que (presuntamente) todo el mundo lo entienda. [Puede que no ayude el hecho de que la obra en cuestión no sea de lo mejor que han programado los Teatros del Canal].

Y es ahí donde me acuerdo de algún otro ejemplo de integración, de traslación, limpio y sin señalar lo obvio, en el que los medios no son los protagonistas: Sherlock.

“La tecnología nos da información útil, pero no resuelve el crimen”. Ese es el quid. Aunque eso no quita que María Teresa Campos diga en su programa que ha olvidado su contraseña de Facebook o que en Twitter se comente con avidez el modelo de sus zapatos. Es la grandeza del medio. Y si no, que se lo pregunten a los tróspidos y compañía.

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