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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

Un sábado por la noche

imageAquí están por orden todos los capítulos del folletín animalista que estoy publicando en este blog todos los viernes. Un libro por partes con el que quiero aprender y experimentar una nueva forma de escribir.

Quiero hacer una buena novela juvenil, apta para todos los públicos, con el marco de la protección animal para dar a conocer y concienciar sobre esta realidad.

Cualquier sugerencia, duda o puntualización será bienvenida.

CAPÍTULO 12

Hacía una hora que su madre se había ido, dejándolo en casa con la única compañía de Logan. Martín había cambiado de canal un par de veces para acabar poniendo el blue-ray con la película de Serenity; sus padres la habían visto en el cine cuando Martín era muy niño y como a su padre le había encantado, su madre y él se la habían regalado varias navidades atrás. A Martín también le gustaba aquella aventura espacial de ecos fronterizos, pero no estaba prestándola ninguna atención. Se dedicaba a actualizar distraído Facebook y Twitter en el móvil, otorgando retuits, megustas y favoritos sin demasiado criterio. Estaría bien agregar a la chica del galgo, pero estaba viendo que antes tendría que torturarla para saber su nombre. Ese iba a ser uno de sus objetivos el domingo por la mañana. Cuando agotó las posibilidades de las redes sociales entró con poco interés en un par de juegos que tenía instalados, teniendo siempre presente la hora que era.

El tiempo transcurría demasiado despacio. Conocía bien esa sensación, lo que era novedosa era la manera en la que se sentía nervioso, impaciente. Le resultaba imposible relajarse ante la inminente llegada de Manu.

Y no debería haber sido así.

Mil veces había venido a casa desde que eran niños, pero la Manu que había estado con él era su amiga, con la que hacía deberes, jugaba, veía películas, con la que hablaba sin medir las palabras y a la que tomaba el pelo por bajita, por cabezota, por darle demasiadas vueltas a las cosas.

Aquella era la primera vez que venía a casa esa otra Manu que estaba descubriendo desde el sábado anterior. La Manu de los labios suaves y las expectativas desconocidas.

A veces una semana encierra un mundo. A veces una semana acaba durando meses y cambiándote la vida. Pasó con la semana en la que murió su padre y notaba que estaba sucediendo de nuevo. Y no era sólo por aquella nueva Manu que en pocos minutos llamaría a la puerta. Pensó de nuevo en todo lo vivido aquella mañana en la perrera, en el mastín que ahora estaría solo en su chenil anticipando el frío de la noche, en los ojos dorados de aquel perrillo que nunca encontró, en su madre ausente, en la chica del galgo.

Procuró apartar de su pensar errante a perros y vecina. No eran los causantes de que se notase excitado e intranquilo, la culpable era Manu.

Bebió agua del grifo, orinó, puso a cargar el móvil que apenas tenía ya batería y le dio a Logan una de esas golosinas que se supone limpian eliminan el sarro de los dientes de los perros. Todo mirando cada poco el reloj de la cocina.

El viejo pitbull ladró en el mismo instante en que sonó el timbre. En condiciones normales no lo habría hecho, pero su inquietud debía haberse transmitido al perro.

Aguardó con la puerta abierta a que el ascensor subiera, con el estómago convertido en una piedra y repitiéndose a sí mismo que no había ningún motivo lógico para estar así. Solo se tranquilizó un poco cuando Manu salió del ascensor y supo que ella estaba igual de nerviosa. Martín la tomó de la mano, luego de la cintura y la besó bajo el marco de la puerta. Todo el nerviosismo desapareció tras convirtió a dos seres humanos racionales en dos bocas, cuatro manos y piel que se buscaba. Ella cerró la puerta con su cuerpo y él la apretó contra la madera blindada.
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Manu dejó caer su abrigo y las manos de él reptaron bajo la sudadera morada. Allí no había nadie que pudiera pasar y verles, por primera vez no estaban escondidos en el hueco de un portal o un garaje.

“Me gusta que me toques. No hay ninguna parte de mi cuerpo que no puedas tocar. Eres el único en el mundo que puede recorrerme entera con sus manos”, susurró ella en su oído mientras sus manos, pequeñas y muy frías, se adentraban con decisión y torpeza en su pantalón vaquero.

No fueron a su habitación, en la que aún se veía al niño que apenas había dejado de ser. No quiso llevarla a su cuarto, con la ajada lámpara de Toy Story, unos pocos trofeos recuerdo de pequeños logros infantiles y una balda de la estantería llena de cuentos. Probablemente porque no quería una cama. Aún no. La condujo en cambio al salón, al gastado sofá marrón en el que había disfrutado de miles de horas de televisión y consola, que le había acogido cuando estaba enfermo y que tantas veces había compartido con sus padres y con Logan. El sofá en el que la había estado esperando minutos antes.

Media hora más tarde estaban viendo el arranque de Serenity y comiendo un sándwich y palomitas de microondas, Manu acurrucada contra el costado de Martín, que nunca había sentido a su amiga tan pequeña y tan grande a la vez. Dos horas más y se abrigaron para bajar a Logan. Se encontraron a su madre en el portal, intercambiaron un par de frases de cortesía, y el chico acompañó a Manu hasta su casa y volvió al ritmo de los olfateos y marcajes que dictó el viejo perro.

***

El olor a café recién hecho y a pan tostado con aceite de oliva llegó hasta Martín. Era uno de los aromas que asociaba con su madre, con los desayunos que cada vez compartían con menos frecuencia los fines de semana. Le resultaba francamente agradable.

– ¿Qué pasa con Manu? –

Martín interrumpió el proceso de saturar el café con galletas para mirar con atención a su madre – ¿Cómo que qué pasa con Manu? Nada – Y volvió a su tarea tal vez con un interés excesivo.

– No nos hagamos los tontos anda, que no nos pega a ninguno de los dos – insistió su madre sonriendo y sentándose a su lado con su tostada y su taza.

– ¿Cómo puedes saberlo?- se rindió Martín – Es imposible, apenas nos vimos contigo dos minutos en un portal en penumbras –

– Pues por lo mismo que sabía cuando tenías ganas de hacer pis a los dos años y te llevaba al baño antes de que te mearas encima. Superpoderes que tenemos las madres. ¡Eh! No te rías como Bruce Willis que ya sabes que con eso me desarmas. También me pasaba cuando tenías dos años. Esa sonrisa es mi kriptonita- bromeó su madre lanzándole la servilleta, probablemente para quitar hierro al interrogatorio.

– Vale, pasa algo. Empezamos a salir hace muy pocos días. Y no te pienso decir nada más. Dudo que otros tíos de mi edad tengan que ir dando explicaciones a sus madres de este tipo de cosas – respondió empezando a sentirse bastante molesto.

– Me importa poco lo que hagan otros “tíos de tu edad” – adujo ella imitándole – ¿Vamos a tener que recordar la charla del sexo seguro, la responsabilidad que tenemos hacia los demás y todo aquello de que me parece muy bien lo que hagas siempre y cuando no dañes al otro? –

– No hace falta mamá, no me he olvidado. Vamos despacio y con cuidado. Aún soy virgen sí eso es lo que te preocupa – respondió Martín cortante -Y Manu no es la primera chica con la que salgo tras aquella conversación. ¿Por qué con Manu lo sacas a colación y con las otras no parecía preocuparte? –

– Vames por partes. Que seas virgen no es lo que me preocupa. Con diecisiete años, si aún lo eres, no creo que lo sigas siendo mucho tiempo. Y tal vez me preocupo porque a Manu la conozco desde que tenía cuatro años y la enseñé a sonarse los mocos –

Se observaron un momento por encima de cafés, cereales y tostada. Él tenso y con un punto de desafío. Ella tan tranquila, masticando. Su madre era exasperante a veces. Marisabidilla, así la llamaba en algunas ocasiones su padre. En alguna ocasión le dijo: “nunca discutas con tu madre, tienes todas las de perder”. Recordar a su padre y a la relación que tenían ambos le calmó.

– La última pregunta: ¿Por qué ahora sí os gustáis y todos los años previos erais sólo amigos? –

Martín suspiró. Le estaba poniendo a prueba. Y, siendo del todo sincero, él tampoco lo sabía.

– Por favor, mamá, para ya. Esto acaba de empezar, no tengo respuestas. No sé cómo acabará la cosa, pero no me voy a portar mal con ella. Tendrás que fiarte de mí, de nosotros –

Su madre se limitó a sonreír y morder de nuevo su tostada.

– Trato hecho. ¿Quieres que te acerque a la perrera en coche? Hoy puedo, y no me importa –

Martín negó con la cabeza. No tuvo que pensarlo ni un segundo; si había que elegir entre su madre en actitud de inspector de la Gestapo y la chica del galgo, lo tenía clarísimo. A ver si averiguaba cómo demonios se llamaba.

Poco después, mientras se enfundaba en unos viejos vaqueros y una sudadera desteñida para ir de nuevo a echar una mano en la perrera, recordó un regalo envuelto en un susurro: “Eres el único en el mundo que puede recorrerme entera con sus manos”.

Su dulce amiga Manu estaba resultando ser toda una sorpresa.

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Eva tiene unos nueve meses y está en la protectora El buen amigo (Sevilla). Entró la semana pasada, atropellada con una pequeña fractura en la pata y algunas heridas en la cara. Es talla pequeña y no crecerá, es muy buena y necesita salir del refugio.

Contacto: adopcioneseba@gmail.com

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Raquel

    No dejes de escribir,por favor.Es un auténtico placer leerte.Besos desde Zaragoza.

    11 abril 2015 | 14:32

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