El rescate del futuro climático, algo más que una ley

El espacio social no es un territorio fijo sino una construcción sometida a continuas evoluciones y procesos. La transformación industrial europea de hace poco más de 200 años o la acaecida en el mundo de las ideas tras la revolución francesa servirían como ejemplo. Los últimos 100 años, más o menos, nos han traído otros cambios trascendentales, entre ellos el uso masivo de los combustibles fósiles y la tecnología para todo, trabajo y vida. Paralelamente, los avances en salud, más o menos universal, han favorecido un aumento poblacional casi exponencial. Aquí estamos, cuando redacto estas líneas, unos 7.858.499.510 habitantes en el planeta finito, todos herederos del pasado y constructores del futuro.  En este convulso año 2021, el deseo particular de mejorar ciertas cuestiones vitales se ve condicionado por el entramado comercial y geopolítico llamado globalización: la licencia para subordinar la vida de las personas al consumo de bienes y servicios, tanto que tergiversó buena parte del entramado social, y condicionó la interacción entre sociedad, demandante de recursos, y naturaleza, proveedora de los mismos.

(GTRES)

Ahora hay muchas voces que claman por la necesaria transformación social. El cambio climático podría ser el espacio olvidado. Tiene riesgos, algunos muy graves y de difícil gestión. Ya son apreciables a escala global, en países concretos y afectan a actividades cotidianas. Seguir como si nada pasara no solo es cosa de demasiados ciudadanos “mal educados” que no se plantean otras formas de vida. La organización social y comercial es renuente a los cambios, aunque de un tiempo a esta parte intentan vendernos lo contrario. Todo tiene bastante relación, aparte de evidentes mejoras en la vida global, con la esencia consumista: el elixir de la felicidad según nos vendieron. Tal ha sido el impacto que nos han sumido en una distopía creciente.

Pero han aparecido novedosos mensajes, sumamente atractivos aunque siempre aventurados en el teatro de la vida. Unos lo titulan economía circular, otros Green New Deal y por aquí Pacto Verde Europeo; en el extremo de lo poco amable se llama colapso planetario, y no hay que desdeñar este significado. Con diferentes matices, en las acepciones prima algo tan sencillo y grandioso como liberar el entramado climático de una buena parte de las ataduras antropogénicas. Se trata de poner en marcha transformaciones; algunas inciertas debido más que nada a las inercias pasadas que hemos expuesto. Pongamos como ejemplo la movilidad, la generación energética y su consumo o la industria turística. De lo que se habla aquí es algo así como una operación de rescate. Si triunfase esta intención que ha sido calificada como utópica, muchas personas (las citadas en la cifra antes señalada y los miles y miles que habrán nacido desde que se escribió esta entrada) se verían beneficiadas. Es más, se repondrían estilos de vida menos agresivos con el incierto armazón climático. ¿Una quimera?, más bien algo imprescindible. La dialéctica entre los distópicos -los pesimistas de la realidad- y los utópicos -los optimistas de la intervención comprometida- probablemente tendrá un efecto revitalizador para lo que se titula como bien común.

La utopía fundamentada en estudios proactivos empieza a generar un cierto movimiento en ese necesario (a la vez que posible) rescate, o reducción de varias magnitudes, si se acomete como estrategia colectiva. Gente de ciencia, ONGs y cada vez más entidades públicas y privadas son conscientes de que su aspiración nunca debe parecer inalcanzable, por más que ahora mismo sean visibles múltiples transgresiones que la dificultan demasiado. Por más que muchos sucesos de la vida se presenten escalonados o superpuestos sin orden aparente; por más que para encontrarlo hagan falta abstracciones, y ese ejercicio es en sí mismo perezoso. Es por eso que se movilizan en la búsqueda de un universo social, ecológico y económico, que a otros parece quimérico; son plenamente conscientes desde el principio de que costará lograrlo. Aún así, se quiere ralentizar el inexorable avance del cambio climático, ampliar el espacio vital que justifica un sueño: vivir de otra forma, sufrir menos efectos más gente, poner las bases de un futuro menos incierto. Quieren imaginar y representar una sociedad futura con características favorecedoras del bien humano. Los renovadores de las estrategias de vida más generosa climáticamente se encuentran también entre los organismos de gobernanza y en unas cuantas agrupaciones de signos varios. Es más, hay mucha ciudadanía que va por libre en la misma intención, convencida de su acción positiva y comprometida.

La globalización generó monstruos modernos que hubieran inspirado a Goya para mezclar algo de ignorancia con bastante estupidez de los grandes, en un mundo nada estable en donde prevalece demasiado la noche y cunden las pesadillas; aquel paraíso soñado en el que mucha gente vio agrandada su vulnerabilidad. Los males climáticos venían de antes pero crecieron sin tasa, pese a las muchas cumbres del clima celebradas. El combate contra el cambio climático, la utopía si se quiere ver así, exige una amplia negociación social que ponga al descubierto las múltiples esferas de responsabilidad, en diferentes lugares, ahora mismo o para el rescate del futuro; empeño que perderá visibilidad si lo inmediatamente gratificante es el único interés. Vaya en una momentánea descarga de culpa que los individuos no percibimos de inmediato la acción-efecto sobre el conjunto; ahí está una de las razones de nuestro descuido o pasotismo.

A veces, quienes se ocupan de la gobernanza generan normas y ordenan sus utopías para acudir al rescate climático vía descarbonización, que se ha convertido en la palabra mágica. Acaba de aprobarse en España en la Ley de Cambio Climático y Transición Energética impulsada desde el primer ministerio de España que se ha creído de verdad que se puede hacer algo por el medioambiente y las personas que interaccionan con él; alguna iniciativa en esta dirección empezó hace más de una década. Pero toda ley tiene tramitaciones zigzagueantes que la despojan de parte de su ser, por eso de las cavilaciones y presiones varias. Lo que nos llega a los ciudadanos no son las mejoras buscadas, si el compromiso es suficiente o se queda corto como denuncian las organizaciones ecologistas. Si así fuese según lo primero se entenderían los protocolos del camino a recorrer, para acelerar el paso si se intuye que la resolución de la crisis climática se ve cada vez más lejos. Los medios de comunicación no se han ocupado del tema, con escasas excepciones. En general han estado más pendientes de los argumentos de laboratorio mesiánico de algunos negacionistas exhibidos en los diferentes ámbitos legislativos, de partido y mediáticos. Cuando lo conveniente hubiera sido adentrarse en la utopía de forma pedagógica, animando a reflexionar sobre lo que dice la ciencia para organizar la gobernanza de cualquier país o actividad vivencial y productiva; cuando lo deseable para el rescate sería esforzarse en compaginar la política con la ética, la macroeconomía con la vida cotidiana de la gente. Si no sucede así se corre el riesgo de que la sociedad, cada vez más confundida, sea renuente a sumarse al rescate.

La ministra Teresa Ribera en el Congreso en una imagen de archivo. (GTRES)

Es evidente que la Ley aborda muchas cuestiones pendientes, quiere poner orden en el desbarajuste climático y avanzar en la imprescindible transición energética y ecológica. Se cuenta que al final las leyes se convierten en el máximo posible o en el mínimo común. El sí quiero pero no puedo, o no me lo permiten otros ministerios o fuerzas sociales y económicas, se deja ver. Por eso no extrañe que desde diversas instancias se haya criticado la escasa ambición de la ley citada. La ciencia ya dice que es insuficiente pues le falta velocidad en sus fases y deseos más contundentes. Algo parecido opinan Equo y Más País, también las organizaciones ecologistas Greenpeace y Ecologistas en Acción, que la ven desdibujada y poco atrevida, una oportunidad perdida para abordar con contundencia la emergencia climática. También se le achaca que no lleve pareja una educación ambiental que sostenga a los gestores y anime a la ciudadanía. Al final corremos el riesgo de que nos quede la historia interminable de la esperanza climatizadora; así no haremos Historia relevante en forma de una revolución de la trascendencia de las citadas al comienzo de este artículo. Pero ahí estará la Ley, para quienes las quieran enriquecer.

Es lo que tenemos ya para empezar a caminar, para exigir su cumplimiento, para enriquecer los intentos y detectar las ausencias, para que nadie quede al margen. Seguro que habrá un antes y un después a partir de esta Ley, por más que su andadura no sea fácil. Por lo tanto, gracias a quienes han luchado por sacarla adelante. Pero para salir de esta situación de crisis climática se necesita algo más que una ley, hay que convertir el rescate climático en una suerte de utopía en la modificación del estilo de vida, imprescindible en ese distinto escenario social que, querámoslo o no, será realidad en poco tiempo, más bien ya estamos inmersos en él. Ojalá el lastre del pasado espacio social, demasiado escorado hacia el consumo desmesurado, no dificulte la configuración de comportamientos más acordes con la estrategia climática emergente.

Comer y vivir de la basura: un panorama crítico, diferente, en pleno siglo XXI

En alguna otra ocasión ya hemos aludido a que basura es una palabra polisémica, cuyos significados prevalentes se han enriquecido a lo largo del tiempo. Su origen latino, verrere la asimila con algo que hay que barrer o limpiar. Llevado al mundo actual, se entiende mejor como desperdicios, desechos, inmundicias, y cosas por el estilo. Cuando se utiliza como adjetivo empeora el valor del sustantivo que va delante. Aplíquese a basura televisiva, política basura, comida basura y más cosas. También se dice que tiene que ver con vertere, verter. Algo asimilable a residuo, lo que seguramente sobró del cometido principal de uso del objeto o producto, o quedó tras su utilización. Además equivale a dar vuelta; y aquí viene lo que antes decíamos del cambio de sentido a lo largo del paso de años y culturas, y la posibilidad de otorgarle un segundo o más usos. Nos gusta más este significado.

Hay basuras de diversos tipos, como el derroche alimentario del que ya hemos hablado en este blog. Es necesario reiterar esa mala praxis porque las tendencias no van a mejor, con el consiguiente despilfarro ecológico, de recursos y tintes de desigualdad que ello supone. Pero hay más, una parte del desperdicio alimentario de unos se convierte en comida de otros. Dicho sin más explicación, comer lo que se podría llamar basura o desperdicios escuece hasta a la persona más insensible. Pero esta sociedad no deja de asombrarnos. Recuerdo haber leído hace unos 5 años un artículo sobre la experiencia personal de alguien que por unos días, más que nada para documentarse antes de escribir algo sobre el tema, decidió convertirse al friganismo. Tal estrategia vital consiste en aprovechar los alimentos que por circunstancias diversas van a los contenedores de residuos de la calle; incluso los más seguidores de esta tendencia no toman otras viandas. La cosa no deja de parecer un poco rara para los no friganos, es verdad, pero hay gente que la practicaba en aquel tiempo, desconozco si ahora tiene muchos seguidores. ¿Por qué lo hacían? Puede que fuese por convicción, para ahorrar recursos globales, o dinero propio. Quizás para elevar una crítica del sistema y para boicotear a la sociedad del consumo; o por todas cosas a la vez. El caso es que por creencia, o por necesidad, no disminuyen las personas que se alimentan de lo que otros desechan. Quiero recordar que un restaurante de París, Freegan Pony, servía comida vegetariana elaborada con alimentos recuperados a la gente sin recursos; incluso había llegado a un acuerdo con el ayuntamiento de la capital francesa que apoyaba semejante actuación.

Hace unos años se comentaba que casi la mitad de los alimentos producidos en EE UU iban a la basura, se  quedaban sin recoger o se dedicaban a la alimentación del ganado, por no dar la talla o por tener una presencia que no gustaba a los consumidores americanos; la estética primaba sobre todo. ¡Cómo comer algo feo, aunque sea igual de nutritivo! Que se lo pregunten a aquel veterano militar de San Francisco que vivía de la basura que se tiraba en la casa de Zuckerberg y otros multimillonarios vecinos, por más que hurgar en los basureros fuese ilegal en California. Así lo contaba hace un par de años The New York Times, que recogía las palabras del protagonista en el sentido de que la basura de unos es un tesoro para otros. Ahí queríamos llegar para enriquecer el término basura y de paso invitar a la RAE a que lo incluya en su diccionario. Ecologistas en Acción viene desplegando una perseverante iniciativa para demostrar los tesoros que guardan los residuos de todo tipo, así como la incorrecta gestión que de ellos se realiza después de tantos tiempos y leyes. Merece la pena rebuscar un poco en su página y contrastar lo que se dice que está bien o mal sobre las campañas gubernamentales y, cómo no, relacionado con la implicación ciudadana. Aquí cabría retomar el título del presente artículo en forma de pregunta: ¿Qué parte de lo que va a la basura es un despilfarro que nos impide a todos comer y vivir con más coherencia?

Un niño recoge botellas de plástico en un vertedero gigante a las afueras de Naypyidaw, capital de Birmania. (Lynn Bo Bo / EFE)

Lo que en otros tiempos pudo significar un castigo, rebuscar en la basura, ahora se ha tornado en una situación cada vez más extendida entre la gente atrapada por la espiral de vulnerabilidad. Si lo miras bien hiere, parece una maldición de la sociedad de consumo. No se entiende que sobrando alimentos haya gente que necesite rebuscarlos en la basura para sobrevivir. Pero cualquiera que escudriñe un poco más verá la cara oculta de la basura. A finales del año pasado, sí el de la crisis pandémica, conocimos que de media los españoles desperdiciamos unos 179 kg de alimentos al año, lo que supondría unos 3.000 millones de euros en conjunto. Al mismo tiempo, en esas fechas próximas a las navidades, se desarrollaba la Gran Recogida de Alimentos , cuyas necesidades sociales han aumentado con la pandemia. Pero la generosidad de quienes la impulsaron y de los que la apoyaron ha evitado que muchas personas comiesen alimentos caducados o deteriorados de los contenedores de los hipermercados, estrategia de supervivencia para demasiada gente tras la anterior crisis económica de comienzos de la década anterior. Paradojas de la vida, la ética en formatos diferenciados.

La Sexta dedicaba hace un par de años un espacio crítico La basura en España: un problema al cubo que merece la pena visionar y comentar en el ámbito familiar o con las amistades. Una enseñanza mínima debería salir de ahí: generamos más basura de la necesaria, mucha más de la que podemos reciclar. Al final el consumo nos sepultará con episodios más o menos luctuosos como los acontecidos en Bens (A Coruña) o en el más reciente de Zaldíbar. Los vertederos legales son gestionados con más o menos eficacia, pero los ilegales superan el millar en España, en 2018 eran más de 1.500, lo cual ha motivado continuas multas de la UE. ¡Qué lejos queda la iniciativa de cero residuos! Al menos podríamos empezar por restar hasta ver de lo que somos capaces.

Lo cierto es que cientos y miles de personas en todo el mundo viven sobre de la basura, removiendo toneladas de residuos de los vertederos para recuperar los tesoros que esconden. Una periodista chilena, María José Terré, decidió vivir 21 días con los recogedores hace cuatro años para poder sentir el ritmo de la basura en La Chimba, el vertedero de Antofagasta, en el que cada cual busca su exclusivo territorio, como una rica propiedad. Su relato en TVN (Televisión Nacional de Chile) es estremecedor. No se lo pierdan, es algo así como el espejo del mundo, o la trastienda donde se esconde la vulnerabilidad consentida. Un panorama crítico que se repite en muchos lugares del ancho mundo.

Pásense si lo desean por este fotorreportaje de La Concepción en Colombia. O lean el artículo que se publicó en El Blog Solidario de 20.minutos.es Vivir al borde del vertedero, sobre la vida cerca de Deonar, donde se acumula la basura de Bombay. Aun hay más. Algunos llaman ‘La ciudad basura’ a El Cairo, sin duda debido a la dedicación de los cristianos coptos de Manshiyat Naser, un barrio de un millón de habitantes de los cuales una buena parte viven de su oficio de basureros recicladores. Y como estos ejemplos concretos, muchas más realidades diversas en el ancho mundo. También en la rica Europa hay episodios de escándalo, especialmente en el sur pues en Suecia, Dinamarca, Alemania o Países Bajos los vertederos llaman la atención por su ausencia.

¿Qué significa vivir en pleno siglo XXI? Nos prometíamos algo diferente, pero la incerteza se adueñó del mundo y redujo considerablemente hasta las buenas intenciones de la ética que movieron la formulación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, las múltiples acciones de la gente de las ONG que se preocupan por la vida de los demás, entre otras muchas iniciativas. La estampa social nos confunde. Atentos: buscamos un nuevo significado para la palabra basura, sea sustantivo o adjetivo.

Dos niñas juegan en una pila de botellas de plástico en el vertedero de Kampung Jawa, en Banda Aceh, Indonesia. (Hotli Simanjuntak / EFE)

Bienvenida primavera, aunque para cada cual seas diferente

Este año, la igual duración del día y la noche, el equinoccio, tuvo lugar a las 10:37 hora peninsular del día 20 de marzo. ¡Bienvenida primavera!, que es una y a la vez son muchas. Primero porque la astronómica no coincide con lo meteorológica, que en este caso empieza el 1 de marzo y acaba el 31 de mayo. En lo del episódico tiempo meteorológico tampoco es segura, porque viene antes o después, se intercala unas veces en el invierno y otras ocasiones la sepulta el verano; dura más o menos. Este año su llegada astronómica ha coincidido con un invierno meteorológico. No es la primera vez que esto sucede, pero la gente de la ciencia alerta que de ahora en adelante habrá que repensar los periodos estacionales, que están muy alterados debido sin duda al cambio climático. Así pues la primavera, revoltosa e inquieta desde siempre, sigue siendo un conjunto de realidades cambiantes, no siempre alegres y floridas, que se miran y se ven desde muchos sentidos.

Otro tanto le pasa al invierno. Hechos comprobados como que la temporada de nieve en los Alpes es hoy 35 días más corta que en 1971 así lo atestiguan, según publica la revista The Cryosphere. Lo anterior lo dice el análisis de los datos proporcionados por más de 2.000 estaciones alpinas de varios países europeos. Puede que lo que pierde el invierno lo gane la primavera, o acaso las estaciones se van a perseguir y habremos de reformar hasta los calendarios. Vaya desconcierto. Otro desconcierto monumental se nos plantea ante la contemplación de los dos Paisaje de invierno del pintor romántico Caspar D. Friedrich que nos presentan, como otras muchas obras en las que plasmó su visión de la naturaleza, algo entrelazado por descifrar, como el invierno lo es en sí mismo. Quizás es ese escenario natural enciclopédico que la mayoría de las personas ya no se molestan en interpretar y solo son capaces de hacerlo los artistas. En uno de los cuadros todo parece frío, acaso angustioso o melancólico, con una desolación infinita donde ya no quedan más que varios tocones de árboles muertos. Es como si el autor sacase fuerzas de la naturaleza, si bien parece que Dios está siempre presente por ahí, incluso en la cruz inmersa en un abeto, que parece decir que la resistencia de la naturaleza hará que vuelva a brotar la vida. Acaso un incierto invierno pero abierto a una posible primavera.

(Dominio Público)

Esas volubles realidades primaverales vienen de antiguo. Deméter, hija de los dioses griegos Cronos (tiempo) y Rea (trabajo humano) asumía una gran responsabilidad vivificadora con la naturaleza y la agricultura. Tuvo una hija con Zeus a la que llamaron Perséfone, Proserpina para los romanos. En una ocasión estaba recogiendo flores en un praderío o en un bosque, allí fue raptada por el enamoradizo Hades, dios del mundo subterráneo. La madre enfadada maldijo la tierra y todo se torno oscuro, se cayeron las hojas y se marchitaron las flores, además de otros desastres. Se desvaneció de golpe lo que podría significar la exultante primavera. Zeus acordó con su hermano Hades que Perséfone viviese al menos seis meses con su madre para disfrutar de la cálida luz del sol y de toda la eclosión natural que este hecho ocasionaba y ejerce hoy mismo. Así, tal fotoperiodo se convirtió en un bien apreciado por toda la gente, como esa primavera deseada que canta la Ronda de Boltaña, que recuerda que el país la espera cada año impaciente. La gente la recibe con un ramo de flor de aliagas, que aunque son bien pinchudas y no huelen a jazmín son las que mejor representan a su tierra de nombre Sobrarbe, anclada a los Pirineos. Esas plantas, lo mismo que otras muchas tan humildes como ellas, nacieron para darle esplendor a la primavera, a la que tanto aprecian los montañeses que la invitan a quedarse de huésped en su casa permanentemente, para no tener que lamentar su marcha, esa que se suele producir en junio. No quieren que les suceda como a Perséfone.

En una mirada diferente, el pintor renacentista Sandro Boticelli plasma en La primavera (1477-1482) una celebración alegórica con personajes de la mitología. La primavera la protagoniza Venus (Afrodita), a la vez la ninfa Flora Primavera, en su boca el mirto de la felicidad. Personifica a las flores primaverales que en número de más de 200 adornan en jardín casi realista (presentes sin duda por aquellos tiempos en la Toscana). De fondo los naranjos que todavía ofrecen sus frutos como prestados, a destiempo, quizás como símbolo de los nobles italianos a quienes pertenecía el cuadro. Por allí danzan sensualidad y deseo primaveral, con un barniz de neoplatonismo; tenemos la impresión de que algo de eso todavía queda hoy en la percepción de esta estación. Quienes lo deseen pueden trasladarse de forma virtual a la Gallería de los Uffizi. Muchos dicen que este cuadro es algo así como poesía florecida.

(Dominio Público)

Podríamos traer aquí muchas estampas primaverales ligadas a las obras de arte. Otro que reflexionó sobre el tema fue Pieter Brueghel, si bien no se contentó con pintarla solamente a ella sino que plasmó el círculo vivencial anual en las cuatro estaciones. Hay controversia sobre cuántos cuadros las componen; algunos historiadores de arte dicen que su versión era una asociación bimensual, no de tres meses más o menos como ahora. Se sabe que el tiempo nos ha legado cinco, si bien hay quien opina que fueron seis. Uno de los cuadros identificados con la primavera es La cosecha de heno  que podría representar mayo y junio; dicen que faltaría marzo y abril.

(Dominio Público)

Primavera renovadora de la que disfrutaría Vivaldi al ponerle melodía, armonía y ritmo al ciclo vital anual en sus Cuatro estaciones. Poco tienen que ver la primavera y el invierno. Pero seguro que en cualquier lugar, la naturaleza abandonará el invierno y despertará al escuchar la melodía vital de una alegoría como La primavera porteña de Ara Malikian, y que dejó atrás el invierno, otra secuencia musical del talento del libanés de origen y ciudadano del mundo, apta para todo el público y escuela de aprendizaje musical para niños y niñas.

Primavera también es ruptura. No queríamos dejar de dar la bienvenida a la primavera sin asombrarnos de la fantasía de La consagración de la primavera de Igor Stabrinscky, bajo la dirección de Barenboim. La obra estuvo rodeada de escándalo desde su estreno en París a finales de mayo de 1913, pues se decía que rompía con el concepto de lo bello, lo sublime o lo sentimental, cualidades que siempre se han asociado a la primavera. Anticipo de primaveras tumultuosas o rupturistas, un desencadenamiento rítmico sin estructura conocida y con argumentos poco claros. ¿Quién sabe? Aquí explican mucho más.

Es como si presagiase la abrupta primavera del año 2020. Por eso, si le habláramos a esta primavera de 2021 le diríamos que llega tras un crudo invierno social, que quebró ilusiones y esperanzas, demasiado dilatado en el tiempo porque dura ya un año, no como los dos meses de Brueghel. Esperamos una primavera de las múltiples emociones, convertida en sí misma en un misterio inefable, a la vez que deseamos algo grandioso en sus expresiones, para mucha gente y en especial allí donde la vulnerabilidad se asentó hace tiempo. Eso querrá decir que habrá sido más amable que la anterior –quién se acuerda ya de cómo la recibimos- que nos dejó maltrechos, y ansiamos que se vea superada en lo bueno por la siguiente. Así mejor y mejor por decenas de años, para que esta estación siga animando la vida y coloreándola de porvenires netos y compartidos; acaso haya que alargarla si todo no sale como se espera. Aún así, no sabemos lo que tendrá de aquella que, adornada con la lírica, pintaba Octavio Paz en su Primavera a la vista:

Pulida claridad de piedra diáfana,
lisa frente de estatua sin memoria:
cielo de invierno, espacio reflejado
en otro más profundo y más vacío.

El mar respira apenas, brilla apenas.
Se ha parado la luz entre los árboles,
ejército dormido. Los despierta
el viento con banderas de follajes.

Nace del mar, asalta la colina,
oleaje sin cuerpo que revienta
contra los eucaliptos amarillos
y se derrama en ecos por el llano.

El día abre los ojos y penetra
en una primavera anticipada.
Todo lo que mis manos tocan, vuela.
Está lleno de pájaros el mundo.

Estamos dispuestos a esperar algún mes más, pero que sea una primavera social resplandeciente, en particular para todas las personas que sintieron marchitarse afectos e ilusiones.

Entre el desperdicio alimentario y los fecalistas de Paul Auster

Acabamos de conocer que el 17% de los alimentos acaban en la basura. Algo ya sabíamos del tema. Pensábamos que las pérdidas de eficiencia consumidora se daban especialmente en los ámbitos de producción empresarial y distribución comercial a gran escala. Pero no, el dato viene referido a los hogares (61%), los servicios de servicios de alimentación como restaurantes (en torno al 26%) y el pequeño comercio (13%). Ese porcentaje se traduce en unos 74 kg de derroche anual en cada hogar. Supone unos 931 millones de comida desperdiciada en todo el mundo. Todo esto viene en el informe del Índice de desperdicio alimentario elaborado por analistas del Pnuma (Programa de las Naciones Unidad para el Medio ambiente) y de la ONG británica WRAP. Quienes han llevado a cabo la investigación avisan de que los datos son parciales, solamente unos 50 países servirían para una panorámica seria; si bien presentan también una clasificación de los países más y menos derrochadores. Muchos nos resultan conocidos por razones varias, entre las cuales no falta la malnutrición de sus habitantes; nos invitan a pensar en ellos y en nosotros de manera crítica. Imaginemos que ese desgobierno se pueda extrapolar al resto de las interacciones sociales. La situación ética es preocupante: mucho vale casi nada con lo que cuesta todo. A la vez, o por eso mismo, millones de personas pasan hambre y padecen inseguridad alimentaria, según la FAO. Sin tapujos: la sociedad tiene una seria necesidad de aprendizaje vital, de reescribir sus idearios.

Vertedero de Colmenar Viejo. (AYUNTAMIENTO DE ALPEDRETE/ARCHIVO)

Cada vez que retomamos estos temas en los que se mezclan desigualdades y colapsos reales o posibles, nos viene a la memoria El país de las últimas cosas (1987) de Paul Auster. La obra nos confunde con sus bandazos entre ficción de entonces y realidad emergente en algunas megalópolis actuales, especialmente en los países de ingresos bajos, pero no solo en estos. Querríamos saber qué revoloteaba en el pensamiento de Auster cuando la escribió, o si hubo algún detonante próximo. Quizás quiso inventar esa ciudad que se va consumiendo a partir de alguna conocida. Acaso lo impulsó un desmedido mecanismo del consumo como ley de vida que observaba alrededor. En la ciudad escenario de Auster, las cosas desaparecen con la misma rapidez que se plasman. Grandes tragedias se mezclan con cuestiones simples, desde el desastroso funcionamiento general hasta cosas tan sencillas como la procedencia de unas verduras y de qué forma se transportan hasta la urbe. En verdad es un libro enigmático, hay mucha gente que opina que entristecedor. Incluso se ha calificado como apocalíptico y distópico que habla de sobre un universo social sórdido, degradado y con niveles de violencia y miseria extremos. No recomendable para momentos de horas bajas, pero seguro que de él se pueden extraer lecturas críticas, de esas que en algún momento mejoran la vida propia o la de los coetáneos.

Esto de la alimentación mundial es como una gran ciudad globalizada, tiene bastante de enigma y algunos ramalazos distópicos. Demasiadas veces las personas del libro van a lo suyo; se trata de sobrevivir. De su lectura también se puede extraer y guardar el lado positivo. Hemos querido entender que ante el previsible derrumbe de los mecanismos de funcionamiento urbano, de la creciente desesperación surgen “la entropía y el ingenio más asombroso”. Poco a poco no queda casi nada de lo anterior, pero a la vez casi nada se desecha sin más. De una forma u otra se buscan aplicaciones para dar segundas y terceras vidas a cosas que antes se desterraban en forma de basura. ¿Acaso la cosa no surge de la nada; está cobrando fuerza una nueva manera de pensar? Quizás la escasez agudiza el ingenio y alumbra ideas impensables en momentos de bonanza, pero sí de necesidad. Hace años que la alimentación “freegan” irrumpió en EE UU; también es visible en nuestras ciudades. En una ciudad con su sistemas de saneamiento destrozados, lo que sería el cataclismo urbano si tuviéramos que enfrentarnos a semejante situación en este momento, se organizaron patrullas para recoger por la noche los desperdicios de todo tipo, incluso los excrementos domésticos. Como si quisiera hacer un símil social, la narradora cuenta que los encargados de semejante empleo eran prisioneros a los que se aseguraba una redención de penas. Con el tiempo, esos “fecalistas” fueron considerados funcionarios dada la relevancia de su trabajo. En fin, un mundo por descubrir que queda plasmado en la película que con el mismo título dirigió recientemente el argentino Alejandro Chomski, como si quisiera rememorar lo visto alguna vez en su maltratado país.

Hasta ahora se daba por supuesto que los mayores desperdicios se producían en los países de ingresos altos, medio altos o medios. Sí y no. Hay un detalle curioso que señalan los investigadores, que ya advierten que se han estudiado áreas más o menos extensas. En África destacan Sapele en Nigeria (189 kg/per cápita), Kigali en Ruanda (164), Dar es Salaam en Tanzania (119), Nairobi en Kenia (100), Oromia en Etiopía (92). En América, México (94)y Belice. En Asia, las ciudades chinas (150), Barhein, varias ciudades de Irak, Malasia en su conjunto (112), Israel, Líbano, Arabía Saudí, algunas ciudades de Sri Lanka, y el delta del Mekong en Vietnam. Mientras en Europa solamente Grecia y Malta sobrepasan los cien kg/per cápita de desperdicio alimentario. La lista da para mucho más pero lo dejamos aquí. En fin, no hay quien lo entienda. No solo los ricos desperdician alimentos, sucede en las ciudades de los países de ingresos medio bajos y bajos que servirían para ilustrar esa tan despiadada que imaginó Auster. Recordemos que la investigación del Pnuma y WRAP asigna distintos niveles de fiabilidad a los valores expuestos.

Así pues, sin entrar en detalles pequeños, esto del desperdicio de los alimentos es una cosa muy seria. Está lo producido que no se usa y se tira, pero también los residuos que se generan, cuyo tratamiento crece y crece; además de la energía consumida que se inutiliza en todo el proceso. Se podría decir aquello de que la gran ciudad es la “estercoladora” más poderosa, que despilfarro es la palabra que mejor la define. Y así se arruina ella misma, también Europa, extenuada, (nosotros añadimos que por extensión el mundo). Al hilo de la riqueza, desperdicios que en realidad son oro, que en este caso se van por los ríos hacia el mar en forma de contaminación. Las cuatro últimas líneas están copiadas de Los miserables, de Víctor Hugo, un alegato ecologista en pleno siglo XIX.

Desde esta Cima 2030 lamentamos que de seguir las cosas así, en los 9 años que quedan no lograremos la Meta 3 del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS), que decía Salud y bienestar universal y estaba ligado con el 12, que apostaba por producción y consumo responsables. Habría que aumentar significativamente la inversión para abordar el desperdicio de alimentos en el hogar a escala mundial. Esto debe ser una prioridad para gobiernos, organizaciones internacionales, empresas y fundaciones filantrópicas, advierten desde el Pnuma. Recordemos que la meta 12.3 de los ODS busca reducir a la mitad el desperdicio mundial de alimentos per cápita a nivel de los minoristas y los consumidores, así como reducir las pérdidas a lo largo de las cadenas de producción y suministro. En consecuencia…

Muchos analistas razonan lo mal que están las cosas, que esta pandemia no ha hecho sino poner en el escaparate vivencial nuestros errores pasados, a escala global, con diversos matices ahora acrecentados. Debemos, podemos, aprender. Por eso, se nos ocurre pensar en si el camino para retomar impulso social no estará en aquello que recomendaba Jeffrey Sachs: la salida de la crisis mundial solo puede ser verde y ecológica. Suponemos que no hablaría únicamente de su país, EE UU.

Brueghel nos pintó inciertos deslindes de la vida actual

Habrá quien piense que nada de lo que acontece se repite; no faltará quien afirme que más bien todo lo nuevo tiene un sabor parecido a lo pasado. En ese dilema me encuentro cuando admiro los cuadros de Pieter Brueghel, un contemporáneo de Felipe II que vivió los tiempos convulsos en los Países Bajos de entonces. Su obra siempre me ha atraído. Puede que fuese por su manera de reflejar la animada vida de su tiempo, La boda campesina sería un buen ejemplo. También me interesaron sus paisajes estacionales, sus estampas de la naturaleza, de la que hablaremos en otra entrada en este blog. Hemos leído por ahí que las pinturas de Brueghel, el Viejo, tratan los temas de lo absurdo, las debilidades y las locuras humanas, entre otros episodios de vida. Pero también se dice de él que podía ser un humorista, por su carácter satírico y cómo plantea los enigmas de entonces. Nos trae enseguida el recuerdo de El Bosco y su Jardín de las Delicias. Hay muchos motivos para admirar sus obras e interpretarlas desde una perspectiva actual. Eso vamos a intentar con algunas.

Google Art Project/Dominio Público

La observación de Los proverbios flamencos me transporta a la vida cotidiana de un pueblo de aquellos lares en pleno siglo XVI. En la obra se plasman detalles de aquel tiempo que a la vez invitan a lecturas actualizadas, al entretenido ejercicio del desciframiento. Es posible que ese personaje bien ataviado que hace girar el mundo sobre su pulgar sea una representación del poder de algunos para condicionar hasta las vueltas que da todo en el planeta; ahora dirigiríamos la mirada hacia sectores económicos o grandes potencias. En el cuadro alguien trata de ponerle el cascabel al gato, cual si estuviese preparado para llevar a cabo un plan bastante arriesgado; otro se ocupa de tirar plumas al viento, que es una manera de lanzar algo para que se expanda, quizás calumnias que después no se pueden recoger. El pintor ubicó esta escena en la parte superior, así llegarían bien lejos. Hoy mismo, se difunden por Internet reclamos peligrosamente interesados o directamente falsos, marcadamente individualistas y muchas veces insolidarios, aventados en forma de ondas que golpean a los sensatos o ensalzan a los conspiradores.

En otra escena se da de comer rosas a los cerdos, como queriendo expresar que ciertos esfuerzos apenas tienen resultados porque los receptores no están preparados, o desdeñan la intención aproximativa. Sigo empeñado en el desciframiento. Observo a un personaje que tiende la capa a favor del viento benefactor para él, y como el pez grande se come al chico; no muy lejos alguien besa la aldaba como queriendo hacer la pelota. Reparo en ese derrochador que tira el dinero al agua, en aquel cántaro que tantas veces va a la fuente que al final se rompe; hasta alguien se caga en el mundo, como ahora hacen los “contratodo” y ciertos predicadores de la desconfianza en las redes sociales. Parece que el cuadro se tituló también El mundo al revés y La locura del mundo; una crónica, ¿crítica?, del momento o el anticipo de lo posible. A poco que nos esforcemos encontraremos similitudes con nuestro tiempo. Me digo a mí mismo que también se puede mirar en positivo: la lección que nos transmite el cuadro es preventiva, nos dice que debemos saber interpretar el mundo para resguardarnos de posibles daños. Por cierto, su hijo Pieter, también pintor como el otro hijo Jan, debió hacer unas veinte copias del cuadro. Una se exhibe en el Museo Soumaya (Ciudad de México), en donde se puede disfrutar de una visita virtual.

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También encuentro deslindes de la vida actual en otras pinturas de Brueghel el Viejo. Por no hacer excesiva la entrada me centro en La torre de Babel (realizada en óleo sobre madera en torno a 1563). La pintura simula un ascenso para alcanzar el cielo. Alguien ha visto en la obra, de la que también hay versiones de padre (Viena y Róterdam) e hijo –una en el Museo del Prado-, una concepción mecanicista del mundo, apoyándose en una metáfora de la legendaria torre bíblica que acarreó la confusión de las lenguas, o el nacimiento de ellas. ¡Vaya paradoja! Se estructura mediante una superposición de plantas, un diseño en espiral del que se duda de su funcionalidad. ¿Será una alegoría limitadora del mundo creyente de entonces? Quienes entienden ven en ella, en sus partes que se hunden, un toque de atención hacia el orgullo humano, que muchas veces emprende obras alejadas de la razón. Porque Babel, al decir del relato del Génesis es el símbolo de una ambición, y el castigo divino consistente en confundir a los hombres por ser incapaces de entenderse hablando la misma lengua y debiendo compartir intereses. Acaso todo fue resultado de la curiosidad humana por conocer a Dios; no se descarta el hecho de ambicionar poder divino o querer transportarse a los cielos, allá donde todo es posible. Los misterios cruzados me confunden.

Tengo la impresión de que el pintor muestra, a la vez, la capacidad humana como algo casi ilimitado, como se puede ver en los artilugios y máquinas presentes. Es como si estuviera lamentando que tanta sabiduría no se emplease en mejores menesteres, o acaso animase a hacerlo. La construcción de la torre genera una enorme laboriosidad, materiales que van y vienen por vía marítima y fluvial. La ciudad representada, ¿Amberes?, lanza una atmósfera de febril actividad, la propia de una urbe en crecimiento que poco se parecería a las pequeñas aldeas del siglo. La quimera de lo deseado con un fondo de realidad; el espacio como un sistema de magnitudes, quizás con algo de homenaje a la ciencia que había eclosionado con el Renacimiento.

Google Art Project/Dominio Público

Cuando observo estas pinturas para entender sus misterios y enigmas, algo similar me sucede en general cuando transito por las artes y las letras, me pregunto si nos interrogan, si están animando a buscar las claves de la vida actual, sean o no deidades propias o impuestas; no resulta sencillo acertar pues las pistas no siempre son fáciles. Sabemos que conocer la cultura y el arte nos ayudará a aclarar cosas que suceden ahora mismo; esas que no entendemos por qué ocurren y nos dificultan la vida; también se puede aprovechar la aportación de las investigaciones científicas para acercarse con cautela a misterios y enigmas. Me digo que si mucha gente se implicase en las tareas de desciframiento del quid de la vida sería posible componer una obra artística social, plagada de acuerdos de convivencia colectiva de cara a una gobernabilidad pactada. Una representación de esta serían los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la Cima 2030 que tantas veces nos proponemos aquí; también otras muchas iniciativas que luchan contra las desigualdades, partan de Organismos y Convenios Internacionales o de las ONG. Hay que superar esa compleja confusión que parece que domina el mundo, evitar que la profusión de lenguas con la que se dice que Dios castigó la vanidad humana en la inacabada Torre de Babel impida entendernos ahora. Todavía es posible reconstruir los lenguajes y darles vida útil, a pesar de las incertezas que irán llegando.

Hasta aquí unas pequeñas pinceladas de la maravillosa obra de Brueghel el Viejo. Merece un descubrimiento colectivo de sus símbolos. Insistimos, sin querer ser moralizantes, en que esas figuras de la vida cotidiana de hace casi 500 años son útiles para cuestionar el mundo actual; un ejercicio de pensamiento crítico que ayuda. Al final, seguimos en la duda expuesta al principio sobre si todo pasa o todo queda como el poema de Antonio Machado que nos cantaba Joan Manuel Serrat.

La grandeza de los sencillo, sin ir más lejos

Esta entrada comienza con una elegía al pino carrasco; uno más entre los seres vivos olvidados. No busquen en Google cosas diferentes a aquellas en las que los naturalistas o forestales hablen de sus cualidades. Piensen, o pregunten a su alrededor, sobre esta especie. En clase la lancé a mis alumnos y la escasa respuesta fue nada; a lo más que sería un pino y tendría hojas. Como mucho que pertenecería a la insigne estirpe de las coníferas.

De acuerdo, es una rareza de quien esto escribe, que podría haber elegido cualquier otro árbol para demostrar su enorme aportación a la salud planetaria, en forma de absorción del dióxido de carbono presente en el aire que respiramos los humanos. Pero nos gusta este pino, muy presente en la estepa en donde nacimos y sentimos el color y el dolor de la naturaleza viva. Su figura no es esbelta, su porte escapa a la grandiosidad de otros pinos más insignes; desgarbado la mayoría de las veces. Pero su grandeza la marca su adaptación a unas condiciones climáticas extremas: allá donde el agua escasea, hace mucho calor en verano y las temperaturas son frías en invierno; en suelos poco agradecidos. Pinos que agrupados, o repoblados, rara vez forman bosques, se quedan en bosquetes en combinación con matorrales diversos, pero adornan desde siempre el entorno mediterráneo, allá por donde florecieron nuestras culturas occidentales. ¡Quién sabe si Atenas estuvo alguna vez rodeada de Pinus halepensis! Acertado nombre que le pusieron quienes se inventaron aquello de las claves para clasificar seres vivos, seguidores sin duda de Linneo, para recordarnos a Alepo, allá donde floreció esta especie al lado del arte de los romanos y ahora casi nada existe pues la destrucción de la guerra en Siria acabó con todo.

¿Cómo lo habrán sobrellevado los pinos supervivientes? Se dirán cosas o se transmitirán estímulos, como hacían los árboles de El Bosque animado de W. Fernández Flores. Sus voces serán a veces lamentos, como los que emite el alma de Alepo que siente el dolor en sus gentes y en sus resistentes pinares, relictos e indómitos; acaso de unos pocos ejemplares. “Allí cuando anochece se estremecerían los pinos, y no sería de frío”, escribiría M. Benedetti. Son tan pocos, están tan doloridos, que apenas intercambian ya desdichas y temores, no sabemos si querrán decirnos algo cual poema de Gabriela Mistral:

El viento reposa
y el pinar se calla,
cual se calla un hombre
asomado a su alma.

Pinares diversos, como aquel que dibujaba Anton Chejov en su relato Un drama de caza donde describe un pinar, no sabemos de qué especie dominante: “Los pinos crecen todos de la misma manera, cada uno es igual a los otros, y en cada estación del año conservan el mismo aspecto, sin conocer el sentimiento de la muerte ni la renovación de la primavera. Sin embargo, su parsimonia tiene cierto atractivo, su inmovilidad, su silencio parecen expresar pensamientos tristes”. Sin querer llevar la contraria a Chejov, es la diversidad lo que transmite unidad al pinar, cada porte tiene su estampa en un ejemplar diferente; acaso hasta su resina quiere decirnos algo. Cual paisaje social, donde el aspecto uniforme silencia el atractivo de cada individuo.

El pino carrasco no es como otros árboles, sin duda más admirados. No está entre los nominados para el árbol europeo del año 2021. Pero es ecoeficiente como pocos, por eso ha colonizado tantos territorios. Su metabolismo es un modelo para todos en estos tiempos de escaseces de agua y bruscos cambios meteorológicos. Su preparación xerófila y heliófila le ha permitido colonizar los suelos de bosques degradados en otro tiempo dominados por encinas u otras especies. En la España vaciada lo saben bien: se fueron las personas y muchas veces los pinos vinieron a relevarlas en sus campos abandonados. Las sequías prolongadas no le asustaban hasta ahora pero teme por su futuro, por eso del cambio climático.

En esta vida, pesa demasiado lo pretendidamente útil, lo exageradamente atractivo, también en la naturaleza. A muchas personas, educadas en la potencia de la naturaleza exhibida en documentales y películas famosas, los destellos selváticos anulan la fisonomía paisajística de lo sencillo. Algo parecido sucede en la vida corriente, plagada de estímulos irrelevantes. Lo pequeño, lo insignificante culturalmente, puede ser bello y sentirlo afectivamente próximo. Exhiben sabiduría quienes son capaces de ver que las cosas simples tienen cualidades extraordinarias, porque en realidad todo es complejo y no existen valores absolutos en la naturaleza, vino a decir Einstein. Necesitamos interpretar lo que cada día nos sucede para encaminar el modelo de vida, aquel que nos irá mejor como colectivo para llegar en condiciones más favorables a la siguiente década, y a las que van detrás. Las grandes epopeyas como la Agenda 2030 se escriben con pequeñas acciones, sencillas, sin recovecos. Lo pequeño es hermoso porque contiene leves trazos de vida, como si la gente importara en la economía global y en la naturaleza; algo así pregonaba E.F. Schumacher. Sin ir más lejos, ahora mismo y en cada lugar.

Cada persona tiene experiencias que haría bien en compartir; momentos de felicidad en relación consigo misma y con los seres vivos corrientes. Con todas vivencias se compondría el “Libro de las cosas sencillas que hacen que la vida sea grandiosa”. Tendría muchas páginas, y llevaría por caminos que mostrarían la complejidad de la vida, la multiperspectiva a la hora de emocionarse con lo bello, lo necesario, lo pequeño, lo desconocido, acaso lo útil o inútil. También habría páginas dedicadas a la dependencia de los otros, o de esa biodiversidad aparentemente insignificante, a la variabilidad como propiedad positiva, a la convivencia como estrategia imprescindible, a la extraordinaria relevancia de las cosas sinceras. En el epílogo seguro que aparecía la invitación a la humanidad a ver los episodios cotidianos de otra forma, de pararse a pensar un momento si está dispuesta a imaginar otro mundo, para que no camine impasible hacia el crecimiento desmedido de los grandes parámetros económicos, que tanto cuestionó E.F. Schumacher.

El pino carrasco – un modelo de sobriedad sin aspavientos- era solamente una bonita excusa para ensalzar la búsqueda de una sociedad reflexiva y comprometida, que sea capaz de apreciar la grandeza de lo sencillo. Aun así, cuando lo veamos por el monte saludémosle, cual si fuera un ciudadano de Alepo; alguno incluso lo encontraremos por las calles de nuestras ciudades y pueblos.

(Carmelo Marcén)

El Índice de Desarrollo Humano se lamenta de algunos exclusivismos

El PIB se utilizaba con exclusividad para indicar si un país era rico o pobre. Ya está desfasado, aunque en términos económicos siga teniendo su tirón. Se adornaba con aquello de la renta per cápita, pero ese dato también escondía trucos contables, pues no decía lo que realmente correspondía a las personas según sus condiciones sociales o laborales. Se vio que la cosa era complicada. Después, para hacer una foto más nítida de los países y poder comparar los niveles de bienestar, se empezó a emplear más el IDH (Índice de Desarrollo Humano) porque habla de personas más que de dineros, productos elaborados y vendidos y esas cosas. Simplificando, se podría decir que mide la situación general de un determinado país con respecto a una serie de parámetros (esperanza de vida al nacer, años de escolaridad, renta per cápita) que en conjunto podríamos calificar como “bienestar colectivo”.

Si realizásemos una lectura lineal del IDH mundial habría que felicitar a aquellos países que están en los mejores lugares de la tabla; sin duda merecen un reconocimiento general. Así nos sale un club de países buenos cumplidores con su gente (desigualdad, género, pobreza multidimensional, etc.) y otros que no lo son tanto. Se ordenan en desarrollo humano muy alto, medio y bajo. Pero en la tabla también figuran diferenciados por regiones, pertenecientes a la OCDE y más ámbitos. Interesante darle una vuelta a estas tablas para conocer diferencias. A casi nadie le extrañará que Noruega, Irlanda, Suiza, Islandia, Alemania, Suecia, Australia, Países Bajos, Dinamarca y Finlandia ocupen las diez primeras posiciones en el último IDH, no hemos considerado Hong Kong como país por diversas circunstancias. Por cierto, España se encuentra en el lugar vigésimo cuarto.

Pero hoy casi nada es tan sencillo de interpretar. Estar entre los primeros 25 o 50 países que pertenecen a ese club exclusivo de los mejores supone un peaje para el resto, los menos afortunados, como más adelante detallaremos. Siempre se ha dicho que cuando se reparte un conjunto, llamémosle riqueza o bienestar colectivo, si hay quien gana mucho seguro que otros muchos pierden algo, o bastante. Si esto lo miramos con ojos de ética global, habrá que consensuar límites para que las previsibles condiciones de vida entre las personas que habitan unos y otros no sean tan diferentes. Los gobiernos e instituciones internacionales deben implicarse en trabajarlo ya, la ciudadanía de los privilegiados debe ser consciente del asunto. En la vida corriente, también dentro de cada país, casi todo –nosotros lo aplicamos a desigualdades varias especialmente- dura más de lo que debería, contaba Cortázar; adagio que va bien tanto para los países que ganan siempre como para los perdedores. Quizás sea por eso que el Informe sobre Desarrollo Humano 2020 (IDH 2020) del PNUD (Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo) lleva por título La última frontera: el desarrollo humano y el Antropoceno. Por cierto, no estamos hablando del maravilloso mundo por muchos deseado sino de algo que se llama justicia social global; asunto que está siempre sometido a controversias ideológicas y pragmáticas sobre las que no vamos a entrar aquí pero que merecerían la atención.

Detengámonos en primer lugar en la portada del informe, todo un ejercicio de sincronía de interacciones. Cada símbolo dice mucho, por sí mismo y por los que tiene al lado. La silueta del planeta aparece varias veces, como se merece cualquier conjunto unitario, máxime si está sometido a tantas presiones antrópicas. Pero hay cadenas y mallas que nos hablan de relaciones entre seres vivos, ruedas y otros mecanismos que giran junto a otros. Alianzas conviven con personas que se juntan, con recursos de los que se enfatiza su reciclaje, su economía circular. Es algo así como un árbol de ramaje circular, con raíces diversas y bien fundadas. Por cierto, se muestra animado en https://report.hdr.undp.org/. No nos quedemos con una interpretación subjetiva, realizada bajo la emoción del que escribe o lee. El objetivo sería llegar con esperanzas abiertas hacia el año 2030 y en ese momento ponernos a pensar sobre el devenir del Antropoceno del que habla el informe.

Enseguida llaman la atención los epígrafes de las partes en las que está dividido. Se podría decir que escriben una enciclopedia de vida: definir la senda de desarrollo en el Antropoceno; ser conscientes del alcance, la escala y la velocidad sin precedentes de las presiones humanas sobre el planeta; empoderar a las personas en pro de la equidad, la justicia social, la innovación y el cuidado de la naturaleza; actuar para cambiar basándose en un modelo de desarrollo humano responsable con la naturaleza; crear incentivos para desenvolverse en el futuro, etc. Merece la pena reflexionar sobre ellos tanto a escala personal como en los círculos de convivencia. ¡Qué decir de lo que deberían de hacer, construir, administraciones y empresas!

Pero retomemos el primer párrafo: si hay países que lo tienen mejor, en conjunto y sus habitantes, es a costa del planeta en su conjunto y del resto de las personas de otros países y de los seres vivos. En el informe hay tal cantidad de ideas, figuras y cuadros que excede lo que podemos traer aquí. Volveremos con más entradas. Por ahora nos vamos a detener en una comparativa entre el modelo IDH de antes y el nuevo, centrándolo en algunos de los países que citábamos al principio. Noruega por ejemplo cae 15 posiciones en la lista si se incluye la presión que ocasiona al planeta por sus emisiones de dióxido de carbono y la huella ecológica de su elevado consumo. ¿Dónde van todos estos desperfectos?, buena parte no lo hacen a su territorio, por supuesto. Otro tanto se podría decir de Islandia, la cuarta en la lista, que retrocede 25 lugares o Australia, que interconectada con el mundo occidental y formando parte de él pero situada en la antípodas, retrocedería más de 70 puestos.

El informe identifica esas cuestiones con transgresiones, lo que se traduce en exceso de presión sobre el planeta. Se refiere a las emisiones de dióxido de carbono, al uso de nitrógeno como fertilizante, al uso de agua dulce en todos sus procesos de vida, a los cambios en las áreas forestales y a la huella ecológica. Si contásemos esto, el IDH renovado colocaría a los diez primeros países por debajo de Dinamarca, ahora colocada en el puesto 73. Como podemos apreciar, el “club de los exquisitos” en el IDH no lo es tanto. Solo un ejemplo más para corroborar lo que hablamos. Níger, que ocupa el lugar 189 de la lista según el método clásico con un IDH 0,394 (el de Noruega era 0,957), tendría un IDH ajustado de 0,989 si contásemos sus escasas presiones planetarias. Pero claro, no debemos concluir por eso que este país sea el paraíso terrenal; nunca debemos olvidar el resto de los indicadores (desigualdad, género, pobreza multidimensional, etc.) de los que hablábamos al principio. Por cierto, los últimos 12 puestos del listado son naciones africanas. ¿Qué pensarán sus habitantes de esto del IDH? ¿Cómo nos mirarán a nosotros al conocer las noticias que ahora vuelan? Acaso sea esta una de las lanzaderas de los trágicos movimientos migratorios de tantos jóvenes africanos.

Como vemos, los datos dan para mucho. Tanto mirarnos en el espejo de los nórdicos y resulta que son, como el resto de los países ricos, consumidores de un planeta que en justicia no es propiedad de nadie. Por todo esto, más justicia universal ya, para que el IDH refleje menos diferencias y no avoque su lectura a tantos lamentos. Aún le damos vueltas a aquello que se decía de que “el desarrollo desarrolla la desigualdad”, por si el argumento está explícito en el IDH 2019.

En la contraportada del informe se insiste en el grave efecto de la pandemia en todo esto; tanto que el mecanismo interactivo y progresivo representado en la portada se vería alterado. Volveremos sobre el tema; hasta el año 2030 hay mucho que hacer.

 

 

Miradas al planeta a flor de piel, con arte y emociones

En la entrada anterior nos preguntábamos por el estado de nuestro planeta, sobre si el mantenimiento de su entropía sin excesivos sobresaltos suponía beneficios para él o más para nosotros. Sobre esa cuestión acaba de publicarse una entrevista a la doctora María Neira, directora de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS. En ella, al hilo de la deforestación y su incidencia en la propagación de virus recientes, afirmaba que el planeta sobrevivirá a nuestros desmanes, pero que la especie humana se verá muy perjudicada por lo que provoca o incentiva. Quienes lo deseen pueden conocer con más detalle las claves que da la Doctora Neira para acometer la necesaria recuperación verde del planeta, en realidad la modificación de las prácticas humanas para mejorar la vida colectiva. No son quimeras, tienen bastante que ver con las necesidades de proteger nuestras vulnerabilidades.

Cada vez son más las personas, centros de investigación e instituciones que manifiestan lo mismo: lo que hagamos con el medioambiente global repercutirá en nuestra salud. Traemos aquí una manera de interpretarlo en donde se mezclan arte y emociones. Se trata del corto Cambio a flor de piel elaborado por el Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), de la mano de Graja Producciones, para preguntarnos dónde estamos y hacia dónde vamos. Con sus mensajes hemos compuesto los nuestros, algunos pueden ser de todos, ahora mismo o dentro de poco. Se trata de transformar comportamientos para que todos ganemos en salud, y de paso mejorar la del planeta para que con ella se sientan más sanos quienes vendrán detrás.

El documental recoge miradas y mensajes sobre nuestra casa: el planeta. Vamos a seguir su relato para darnos cuenta de los detalles y emociones que transmite. Es la única casa que tenemos; en la anterior entrada ya comentábamos que no existe el planeta B. Nos ha cuidado pero está cambiando. Con nuestro calor y humo estamos elevando su temperatura, tanto que el planeta está en alerta pues ya calza otras huellas nuestras. Además el agua grita, nos dice que la tierra se seca a la vez que los mares no ven el reflejo de tiempos pasados. Siempre queda una memoria que recoge su pasado, está escrita en las páginas de su libro, prestas a ser leídas e interpretadas; un resumen escrito del confuso camino de la vida. El planeta tiene muchas bibliotecas por los lagos, la tierra o en las montañas. En el fondo de todo hay mensajes secretos escritos tanto en forma de minerales como de seres vivos. También luces visibles u ocultas en los bosques que fueron y no son; en estos nuestros ojos se sorprenden con las heridas de la tierra.

Pero hasta en el lago malherido, que recoge el eco de la montaña en su espejo, la vida rebrota en forma de diatomeas, piedras preciosas del agua las llama el documental. Por muchos sitios, el grito de las raíces hará renacer hierbas que buscan en el polen su vivencia nueva, extensible a muchos mundos. ¿Podrá el sonido remoto aullarnos hasta el respiro de la Tierra?, se pregunta, más bien deberíamos respondernos nosotros para levantarnos en su ayuda; es posible. Siempre queda abierto en cada mano el cuidado del paisaje global del planeta, esa piel que ahora lo cubre, matizada, más o menos embellecida con los colores de la vida. Conviene mirar el planeta desde las emociones que nos aportan visiones creativas como esta que nos proporciona la lírica construida por Graciela Gil-Romera, Alejandra Vicente de Vera y Penélope González Sampériz, entre otras personas.

(Prof. Gordon T. Taylor, Stony Brook University – corp2365, NOAA Corps Collection. Dominio Público)

O hacerlo de la mano de Wlath Whitman (1819-1892), del que se habló mucho en el bicentenario de su nacimiento, pues se resaltaba su reconocimiento de la naturaleza. Su exaltación no como algo independiente de nuestro destino, “sino como realidad en la que se proyectaba el yo, habitada por el yo, en última instancia, al servicio del yo; un yo tanto individual —el del poeta, el de cualquier persona individualmente considerada— como social”, se dice en el blog del poeta Eduardo Moga. En Yo soy el Poema de la Tierra, reeditado no hace mucho podemos acercarnos, a pesar del paso de los años, a una visión de la naturaleza en cierta manera inédita, o escasamente atendida, o quizás complementaria de la que tenemos ahora quienes flirteamos con esa idea que se llama ecologismo positivo.

Acaso valga mirar la tierra desde el espacio. Lo que National Geographic llama “un viaje épico en el que descubrir los procesos y fuerzas invisibles que sostienen la vida en nuestro planeta”, lo que algunos identificamos con la entropía hecha imágenes. Si se quiere plenas de estética o contradictorias, por las que viajan placeres y desastres, naturaleza y personas; parece saludable o peligroso, previsible o incierto, etc. En “La sal de la Tierra” se recoge una visión emocionada de la piel del planeta de Sebastiao Salgado, dibujada con trazos diversos. Está accesible en HBO y varias plataformas.

Para terminar esta entrada sobre el planeta, un pequeño fragmento que supone otro reto interpretativo, como los muchos que nos plantea el poeta Vicente Huidobro:

Y os digo que el planeta que atravesó la noche
No se reconoce al salir por el otro lado
Y mucho menos al entrar en el día
Pues ni siquiera recuerda cómo se llamaba
Ni quiénes eran sus padres
Dime ¿eres hijo de martín pescador
O eres nieto de una cigüeña tartamuda
O de aquella jirafa que vi en medio del desierto
Pastando ensimismada las yerbas de la luna
Algún día lo sabremos
Y morirás sin tu secreto
Y de tu tumba saldrá un arco-iris como un tranvía…

Al final de todo se trata de mirar al planeta para verlo. No solemos hacerlo a menudo, o no percibimos siempre el mismo. Porque, digan lo que digan, la Tierra se mueve (Galileo Galilei).

El planeta es como es; no le pidamos imposibles. Más bien ayudémosle

El planeta Tierra es algo multiforme. Cada cual lo percibe a su manera, según intereses concretos y saberes más o menos cultivados. Mafalda lo veía achacoso, le hacía muchas preguntas para resolver cuestiones para ella incomprensibles. El personaje de Quino no había caído en la cuenta, lo barruntaba pero nadie se lo había explicado, que la Tierra se encuentra en una entropía permanente, lo cual quiere decir si seguimos su etimología griega que cambia (evoluciona, se transforma) a cada instante; mídase con el reloj que se quiera. Quino, Mafalda, se ocupó de ella en muchas viñetas: le adhirió un cartel donde ponía irresponsables trabajando; le dio la vuelta colgada del polo Sur para imaginarla diferente; le colocó macetas con plantas al lado para hacerle la vida más placentera y restituirle un poco la masa vegetal perdida; también quiso embellecerla con cremas para darle otro aspecto a su ajada piel. En una ocasión le pidió que parase de girar porque ella quería bajarse del mundo. Incluso la imaginó tan enferma, después de escuchar las noticias en la televisión, que le puso el termómetro para ver si tenía calentura. En Pinterest hemos encontrado más de 400 viñetas de Quino.

La Tierra se expresa en momentos planetarios: nos proporcionan bienestar o no, a según quién más y a otros menos. Por ahí se dice que es un conjunto unitario –formado por una infinidad de seres vivos, relaciones, intereses y muchas más cosas geológicas y astronómicas-. Con tanta complejidad no puede ser perfecta cada día, al menos no tiene la prestancia que nosotros querríamos; escuchemos que la ciencia dice que su propiedad física es la entropía, de la que comentaremos algo más adelante. Si la miramos con un poco de reposo, cosa que ella no tiene, observamos que sus ritmos son diversos. Se diría que siempre va a su marcha. Por más que varias religiones, y culturas de diverso tipo, se empeñen en señalar al “Gran Hacedor” como regulador de todo lo que sucede, incluido el comportamiento planetario, la cosa no parece tan sencilla.

La entropía, que no es exactamente desorden, gusta en general menos que el orden. Este, no nos engañemos, no es una propiedad de las cosas de la naturaleza, y por extensión del planeta, sino una manera de percibirlo y clasificarlo por nuestras mentes. Sin embargo, la entropía planetaria y la vida interaccionan continuamente. Varias películas nos acercan a este multiforme escenario: Earth (Tierra- La película de nuestro planeta) o La Belle Verte, de la francesa Coline Serreau, que en España se tituló como Planeta Libre y que algunos calificaron como utopía. Sin olvidar otras muchas, como la archifamosa El planeta de los simios o aquella de animación La planète sauvage, premiada en Cannes ’73.

Dejémonos de ficciones, más o menos controladas, y fijémonos en uno de los desórdenes que ahora nos golpean: el cambio climático. Nos cuesta reconocer que no podemos conducirlo a nuestra conveniencia, que los científicos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) nos dicen que la cosa va a ir a peor, sobre todo por nuestra persistente emisión de gases de efecto invernadero. A pesar de eso, algo deberemos hacer. Se dice que a mayor entropía mayor tendencia al caos, y eso ya hemos visto que nos afecta en la vida y en el mantenimiento de nuestras costas, ciudades y la sociedad en su conjunto. En el lado contrario, si somos gente eficiente con baja entropía podremos reducir un poco las incertidumbres. En la vida aparecen siempre caos y equilibrio, realidades y deseos, crecimiento económico y límites necesarios, naturaleza cambiante y sociedad expectante. Así más o menos lo vio Mafalda, aunque no identificaría con entropía.

Las entradas de este blog son un ejemplo de esa manía o estrategia de supervivencia, de querer arreglar todo. El modelo de entender el mundo que lanzó Ludwig von Bertalanffy con su Teoría General de Sistemas, y otra gente le dio muchas vueltas, puede ayudarnos a explorar la realidad y a dibujar el futuro, siempre imperfecto. Dado que los diferentes subsistemas del planeta están cada vez más interconectados, debemos ser conscientes de que lo que suceda en una de sus partes afecta a otras e incluso al sistema. No faltan regiones de ese conjunto que comparten características y finalidades comunes, que se retroalimentan; en ocasiones tienden a mantenerse estables y en otras puede más su tendencia al cambio. Puesto que no tenemos un planeta B, como nos recordó aquel que fue secretario General de la ONU y mucha gente lo asimiló enseguida, solamente nos queda tratar de desordenar lo menos posible el sitito donde vivimos; otros más prosaicos lo llaman dejar de ensuciar el nido. Hay que insistir en esta cuestión. Llamémosle egoísmo o simple supervivencia, pero por mucho que nos empeñemos en lo contrario, el quehacer colectivo debe adaptarse a sus cambiantes, y en ocasiones incomprensibles, ritmos climáticos.

Para colmo de nuestras incertidumbres, al planeta parece que le importa poco lo que nos suceda. Aquel lema de “Salvemos el planeta”, del que incluso se hizo eco Pocoyó y sus amigos en Rtve, tuvo tirón mediático pero poco más. Aquí nos movemos en un asunto crucial: cualquier episodio propio de las diversas entropías nos afectará antes o después. Si es una modificación brusca de los ámbitos que nos procuran recursos y bienestar: aire, agua y suelo, además de las biodiversidades, los efectos serán inmediatos, y seguramente graves. “No se trata de salvar el planeta, se trata de resguardar el bienestar humano”, hemos leído recientemente en una entrevista hecha a Christiana Figueres, hasta hace poco máxima responsable de la lucha contra el cambio climático en la ONU.

Quizás por eso, la sociedad global, la ONU la representa en cierta manera ha formulado los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para el año 2030, como una manera de decirnos que nuestras tropelías se puedan reconducir. En la misma entrevista, Figueres recomienda que cada persona haga su plan para reducir sus emisiones a la mitad en ese año tan citado..

Necesitamos la consolidación de una moral planetaria, siendo conscientes de que mucha gente todavía no está dispuesta a renunciar a la entropía elevada en la que vivimos actualmente, impulsada por la rápida satisfacción de las necesidades materiales. Habría que empezar por limitar la economía destructiva, reducir buena parte de los residuos de todo tipo, pensar que progreso significa reducir las desigualdades sociales, entre otras metas urgentes. Sí, ya sabemos que, como diría Mafalda, hay más “problemólogos que solucionólogos” deambulando por la vida colectiva, pero qué le vamos a hacer. Aquí lo dejamos, totalmente abierto, desordenado y entrópico pero buscando una estrategia de ayuda al planeta que nos proteja de sus imposibles.

(PIXABAY)

 

Amenazas biodiversas, oportunidades pendientes

A estas alturas casi nadie deja de percibir la relación existente entre cambio climático y pérdida de biodiversidad. Bueno, a quien le da todo igual sí, pero para esa gente no escribimos estas líneas, ni creemos que le interesen. Biodiversidad es una palabra que suena bien, además guarda una bella idea. Una manera de acercarse a ella es combinar las amenazas a las que se enfrenta con las oportunidades que configura, o que lleva implícitas; sería más acertado decir yuxtaponer dada su aparente su oposición. Sin embargo, lo que podríamos calificar como antagonismos –dejar de ser o renacer- conviven en este caso en la cultura social. Quizás su nexo está en el cuidado de la vida, esperanza que hemos escuchado defender a Adela Cortina.

Decir biodiversidad es hablar de mucha vida diferente en lugares diversos. Más concretamente: espacios -ecosistemas que actúan como una misma unidad funcional- y especies. Si revisamos el pasado podemos comprobar que espacios y especies bandean lo mejor que pueden los empujones que les llegan. Si consiguen sobrevivir recuperan un ayer más o menos esplendoroso, o simplemente se escapan de la desaparición. Esto se llama supervivencia o, visto de otra forma, adaptaciones varias. Todos conocemos que el paso del tiempo ha cambiado innumerables veces la imagen global de biodiversidad que mostraba el planeta; seguro que enseguida nos vienen a la memoria los dinosaurios y otras extinciones espectaculares. En cualquier momento y lugar la biodiversidad exhibe una belleza que complace los ojos, a la vez asoma una vulnerabilidad creciente. Lo bello, que es el acuerdo entre el contenido y la forma en palabras del dramaturgo noruego del XIX Henrik Ibsen, es frágil. Al hilo de esto último, y pensando en la biodiversidad: ¿Qué querría decir Leonardo da Vinci con aquello de que cosa bella mortal pasa y no dura?

(Seobirdlife)

Pero también se puede mirar hacia el futuro. Simplificando bastante hablaríamos de que lo forman amenazas pendientes de las oportunidades biodiversas; no es un galimatías. Y ese es el asunto sobre el que queremos llamar la atención, porque algo se puede hacer para detener el desequilibrio que se adivina entre los platillos de la balanza que los pesa. No será fácil, pues incluso nos cuesta estar de acuerdo sobre lo que sucedió ayer. Por eso, hay más necesidad que nunca. Empecemos por el ahora mismo. Se admite que la pérdida de biodiversidad es creciente, que esa simplificación no es buena ni conveniente, tanto para la reciente/diferente naturaleza en su globalidad como por lo que nos afecta como usuarios de la biodiversidad, muy dependientes por cierto. No es la primera vez que hablamos en este blog, e intentamos comprender en su justa dimensión aquello que decía Víctor Hugo de que la necesaria civilización de hombre en relación con el hombre –suponemos que civilización equivaldría a convivencia civilizada adornada de bastante ética- debía completarse con la que la especie humana mantiene con la naturaleza y los animales varios. Queremos pensar que en la cabeza del escritor francés del XIX, cuyas obras ocupan un lugar importante en la literatura universal, el ámbito naturaleza incluía al resto de los seres vivos.

Pues bien, la biodiversidad está en serio peligro, a tenor de lo que aseguran diversas organizaciones. Para no dilatar la lectura vamos a acudir solamente a cuatro fuentes representativas de entre las muchas que se ocupan del asunto. Hemos elegido WWF (World Wildlife Fund), la FAO (Organización de las Naciones Unidas de la Alimentación y la Agricultura), Ecologistas en Acción y Greenpeace. De cada una de ellas vamos a rescatar alguna ideas convertida en alerta, para ver si lo que son amenazas lo podemos volver oportunidades con nuestro empeño. Después, quienes esto lean compondrán su pensamiento en relación con lo que ya sabían o mejor les parezca. La primera, en su informe Planeta vivo 2020, proporcionado por la Sociedad Zoológica de Londres (ZSL), alerta de la caída de un 68% en “21.000 poblaciones salvajes (de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios) monitorizadas con la tecnología más avanzada  de todo el mundo, entre 1970 y 2016”. Tan preocupados están en la WWF que demandan a los líderes mundiales un acuerdo global por la naturaleza y las personas que detenga el abuso actual con la naturaleza. Alerta de que el actual sistema alimentario es una de las causas principales de la pérdida de la diversidad. Propone tres acciones contundentes, simultáneas, para revertir la pérdida de biodiversidad: más esfuerzos de conservación, más producción sostenible, más consumo sostenible.

(Terraferida)

Por su parte, la FAO, con una mirada diferente, publicó hacia casi dos años El estado de la biodiversidad para la alimentación y la agricultura en el mundo, haciendo hincapié en que se detectan “pruebas crecientes y preocupantes de que la biodiversidad que sustenta nuestros sistemas alimentarios está desapareciendo, lo que pone en grave peligro el futuro de nuestros alimentos y medios de subsistencia, nuestra salud y medio ambiente”. En este caso, la biodiversidad incluye a todas las plantas y animales -silvestres y domésticas- de las cuales nos aprovechamos nosotros bien sea para nuestra alimentación, para la elaboración de piensos para los animales, incluso para utilizarlos como combustible o aprovechar sus fibras. Pero no se olvida de lo que llama biodiversidad asociada, esos miles de millones de organismos (insectos, murciélagos, aves, manglares, corales, praderas marinas, lombrices, hongos y bacterias que habitan en el suelo) que contribuyen a la producción alimentaria mediante lo que podríamos llamar servicios ecosistémicos. A resaltar unos cuantos datos del informe: menos de 200 especies de las 6.000 que se cultivan para obtener alimentos contribuyen de manera sustancial a la producción alimentaria mundial, y tan sólo nueve representan el 66 por ciento del total de la producción agrícola; aumentan las razas ganaderas en peligro de extinción y la proporción de poblaciones de peces que padecen sobrepesca -más de la mitad ha alcanzado su límite de explotación sostenible-; muchas de las especies silvestres también se encuentran gravemente amenazadas. El panorama que presenta la FAO no es bueno.

Ecologistas en Acción incluye en la cabecera de su web un reloj que marca la cuenta atrás para detener la pérdida de la biodiversidad: ceros por todas partes. Sus trabajos sobre el asunto hablan de que España fracasa en la meta para detener la pérdida, de las relaciones entre biodiversidad y cambio climático, de luces y sombras de la estrategia europea de la biodiversidad 2030, de la enorme y creciente tasa de extinción de los insectos. También de la biodiversidad y la salud humana con una atención especial a la protección que podría representar para detener futuras pandemias, entre otras miradas interesantes.

De Greenpeace vamos a rescatar su denuncia de los escasos resultados sobre la Cumbre de la Biodiversidad 2020 desarrollada a finales de septiembre del año pasado. Normal que la ONG quiera hacernos ver que los diferentes gobiernos de los diversos países no se han aplicado en los objetivos marcados en 2010 para frenar la pérdida de la biodiversidad. Quien quiera puede ampliar la mirada biodiversa en su página.

(GTRES)

No teníamos previsto hablar de ello para no hacer larga la entrada, pero ahí va un breve apunte sobre la publicación de la ONU Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica (5th Global Biodiversity Outlook), los cuatro  informes anteriores elaborados por la CBD (Convention on Biological Diversity) se pueden consultar en la misma página. Un par de detalles elocuentes: solo el 15% de los bosques del mundo permanecen intactos y sólo el 3% de los océanos del mundo están libres de la presión del ser humano. Añadía la ONU: “Los porqués están claros. El modelo industrial está extrayendo y destruyendo más que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Las megacorporaciones no solo han basado su modelo de negocio en la quema de combustibles fósiles que destruyen el planeta, en incendiar bosques para despejar la tierra para la agroindustria y en saquear extensiones cada vez más profundas y remotas de los océanos, sino que también están contaminando nuestra política para debilitar la protección ambiental”. En fin.

Constatadas estas amenazas, dificultades, cabe diseñar otra sociedad de las oportunidades, también la biodiversidad lo merece. Ella o nosotros no, ella con nosotros; nos hacemos compañía y nos necesitamos. A veces miramos tanto la puerta cerrada de la amenaza que no vemos la luz que entra por la de la oportunidad. Mientras nos ponemos en marcha démosle alguna vuelta a aquello que decía Isaac Newton: la unidad es la variedad, y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo. Claro que esto lo dijo a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. Habrá que pensar si sirve ahora, vistas como están las cosas por el mundo globalizado.

Por cierto, hablando de biodiversidad nunca debemos olvidar a Rachel Carson y su Primavera silenciosa, de cuya primera edición se van a cumplir pronto 60 años. Ella iluminó al ecologismo protector de la biodiversidad, entre otras cosas. Su luz todavía continúa encendida.

(CAM)