Mascarillas mentales frente al cambio climático

El cambio climático, que no se ha ido de nuestra vida, ha quedado sepultado por las trágicas consecuencias de la pandemia vírica. A esta, el confinamiento y las medidas de higiene de manos, han conseguido pararla por ahora. Así se han evitado muchos contagios y salvadas muchas vidas. Además del buen hacer de los servicios sanitarios y públicos, también han ayudado las mascarillas; casi las consideramos algo propio. ¡Quién iba a decírnoslo hace tres meses! A lo largo del proceso vivido, la reacción ha sido más tardana de lo conveniente y con una organización mejorable. Aún así se ha producido una lucha colectiva ante la hecatombe generada en la salud colectiva; ha sido posible porque la especie humana, como buena parte de los animales, tiene un cerebro preparado para responder a puntuales sucesos catastróficos, visibles y contundentes. Ese mecanismo lo emplean los gobernantes y lo enseñan a sus ciudadanos. Cuando en estos falta la respuesta personal, la imposición doblega voluntades que de otra forma hubiera sido muy difícil controlar. Después vendrá preocuparse por el desastre económico generado, cuyas secuelas arrastraremos a lo largo de bastantes años. Pero lo urgente era atender el problema de la salud colectiva.

Aun con todo, a pesar de los recientes episodios de masas tras los pases de fases de desescalada que ponen en peligro los esfuerzos colectivos en España y en otros países de la UE, podríamos calificar como adecuado el desempeño ciudadano y social. Es muy probable que la pandemia vírica actual sea derrotada más o menos tarde; la vacuna anti SARS llegará o se adoptarán medidas preventivas serias, al menos durante un tiempo. Sin embargo, en el asunto de cambio climático, seguramente es el mayor reto de salud que hay planteado actualmente, casi nadie piensa, a pesar de preocupación de hace unos meses, cuando era noticia permanente en los medios de comunicación. No se han usado ningún tipo de mascarillas mentales y vivenciales –estas serían construcciones emocionales o razonadas que evitan pasar hacia muy adentro los peligros y como reacción expanden hacia afuera la participación- para evitar sus estragos. Si se ha hecho algo, casi siempre se ha actuado tarde, mal y a desgana, con leves correcciones. Craso error. Ahí sigue, en tierra de nadie porque no hay vacuna mental inmediata y los laboratorios del pensamiento no están en ello o no se les hace caso. Bueno, algunos equipos investigan y razonan, como es el caso del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) o las organizaciones ecologistas como Greenpeace o Ecologistas en Acción. También otras implicaciones como la Fundación Bill y Melinda Gates, por poner solo unos pocos ejemplos; acaso citar también las continuas llamadas de la ONU.

(JORGE PARÍS)

Afrontar el cambio climático requiere escalas de cooperación global, todavía más exigentes que con la Covid 19; necesita cambios muy profundos en nuestro comportamiento actual en relación con el planeta y sus habitantes, entre el presente y el futuro. El cambio climático, como en el caso de la covid-19, traerá graves problemas de salud junto con transformaciones sorprendentes en la economía y en los estilos de vida. Algunos pueden parecer sorprendentes pero es probable que sean imprescindibles, y no servirá solo con protegernos con mascarillas construidas con sabiduría social y compromiso, o someternos a confinamientos y a portar permanentemente las mascarillas físicas. Como ha sucedido con la pandemia, el cambio climático lastimará mucho más a los más vulnerables tanto de los países ricos –mayores, con patologías previas, inmigrantes, personas invisibles, etc.- como a un porcentaje mucho mayor en los países de ingresos bajos o medios. Tendrá consecuencias graves en el sistema social, en la economía y en la salud, como ahora.

En el caso de la pandemia vírica hubo avisos no atendidos, fallaron los sistemas de alerta y la actuación de quienes dicen que nos protegen. Con respecto al cambio climático como emergencia global, ha sido largamente anunciado con alta probabilidad de que trastorne todo. A pesar de la reiteración de los científicos, las alertas son desatendidas por los Gobiernos y las empresas, incapaces de ver más allá de los números del PIB o de la ganancia mercantil; hay que decir que últimamente unos y otras se están vistiendo de verde, con trajes de fiesta en ocasiones pero con monos de trabajo en otras. Sin embargo, pasará el tiempo y llegará el olvido, que siempre es traicionero. Cabe sospechar que detrás de la dejadez esté la prepotencia y la soberbia de los seres humanos, que arrincona el acopio de argumentos con los que tendrán para enfrentarse a los desastres climáticos que llegarán. Como con la pandemia vírica, la fragilidad, esa propiedad consustancial con nuestra vida, debería ser la que nos impulsase a construirnos una mascarilla protectora a todos: Gobiernos, empresas y agentes sociales, también a la ciudadanía en forma de actuaciones para mitigar los efectos ya visibles y adaptar nuestros estilos de vida a nuevas realidades, siempre inestables.

No se nos debe olvidar que la crisis/emergencia climática es el resultado esperado de la sobreexplotación de los recursos naturales y el consumo irracional de todo, no solo de combustibles fósiles. La elevadísima concentración de gases de efecto invernadero no surge de casualidad, como defienden los negacionistas, gente del tipo de los esperpentos que mandan en los Estados Unidos de América del Norte o del Sur. Pero no son los únicos que se apoyan en falsas verdades y se desentienden de sus errores. ¡Como los Gobiernos de todo el mundo no tomen medidas drásticas del estilo de las que están derrotando la extensión de la pandemia, la convivencia universal se pondrá muy inestable! Una cosa parece clara: para que se tomen medidas radicales, pensando en la eficacia colectiva y no solo en los dividendos del capital circulante o escondido, hay que estar convencidos. No basta con decir en una encuesta que estado del medio ambiente preocupa mucho.

En este asunto de la acción colectiva frente a la emergencia climática tenemos un problema: no se ven los desastres acumulados en un par de semanas, por ejemplo, ni se conoce si se ha acertado tomando tal o cual medida. El cerebro humano no está entrenado para entender el efecto acumulado de los pesares; ¡Qué decir de la responsabilidad ciudadana! Frente a esta cualidad, el cambio climático es una sucesión de momentos y acciones más o menos críticas. Como pronto, si nos proponemos de verdad luchar contra los usos que generan el cambio climático, se tardará al menos 25 años en ver efectos claros. Lo del presente no es de ahora, viene de 50 o 25 años antes. Sin ir más lejos, las magnitudes en deterioro de la salud dentro de 25 años, si no se hace lo que se debe –combinación de medidas ecológicas, sociales y económicas- multiplicarán por mucho las de la actual pandemia. En estos días, buena parte de la gente admite como imprescindible el uso de la mascarilla. Es posible que se vean estampas similares en momentos concretos, en ciudades determinadas ante la contaminación del aire, una de las aristas del cambio climático. Hemos leído recientemente que las muertes evitadas por la evidente mejora en la contaminación a causa de la reclusión y la drástica reducción de la actividad han salvado hasta ahora el doble de vidas que se ha llevado por delante la pandemia vírica. La diatriba entre proteger la salud o la economía va a ser algo que habrá que gestionar con sabiduría acordada, no dándole la razón a quién más chille o más votos o dineros tengan.

Pero como siempre, habrá quien pasará del cambio climático, evitará el uso de mascarillas colectivas para pensar; esa gente se mantiene convencida de la supuesta individualización del destino. Así lo ha hecho durante estos días con la pandemia vírica.

Ocurrencias pandémicas sin vacunar

Un relato es una secuencia ordenada de hechos o ideas; otras veces una mezcla de apuntes varios, sin orden ni concierto. En fin, una reiteración sobre un asunto, más o menos banal. Quizás sea esto lo que sigue. Cada cual que interprete.

A menudo sentimos más necesidad de que los acontecimientos se articulen en relatos, para encontrarles un sentido.

El despiste actual nos impide ver que cada cosa que sucede es una parte de un sistema complejo, para bien y para mal.

En ocasiones, necesitamos algo o alguien que nos sirva de fuente de alivio. Ahora mismo sucede.

Debemos preguntarnos a menudo si somos o estamos siendo, si el ineludible cambio nos hace o nosotros construimos el cambio. La mirada condiciona el destino.

El límite de la saturación pandémica está superando sus niveles comprensibles; en este momento ya no sabemos a quién pedir cuentas ni dónde buscar socorro.

Las malas noticias de la pandemia, vestidas de salud y economía, giran en el vacío en el que se ha convertido el bien común, en unos periodos de confinamiento en los que casi han desaparecido la ambición y la codicia, ocultas por la felicidad íntima de pequeñas cosas, incluso agarrados a algo trivial que nos traiga un mundo suspendido.

Nos apremian tanto las incertidumbres que llegamos a pensar en el infierno, del cual Thomas Hobbes dijo que es la verdad vista demasiado tarde.

Levantamos cada día un muro de hormigón o de acero nacional frente al virus extraterritorial, sin querer reconocer que lo tenemos dentro.

Las fortuitas circunstancias de propagación no nos aclaran nada, ahora parece que la OMS sospecha que las neumonías del otoño-invierno pasado eran otra cosa más grave.

La OMS podría declarar a España como país con más expertos en virología y epidemiología, casi la mitad de la población creerá serlo. De otra forma no se entiende ese interés por contagiarse en la estampida liberadora de la fase 0 ni en el asalto a las terrazas de los bares en la siguiente fase, por no hablar de esas manifestaciones viarias para reclamar libertad.

Salimos de paseo, bastantes con una sensación de furtivismo de la que tardaremos en desprendernos, a pesar de la euforia que deberíamos sentir por no haber pillado el bicho. Miramos a los otros para huirlos al cruzarnos.

Necesitamos un ensayo sobre la lucidez. ¡Ilumínanos Saramago!, allá donde te encuentres.

Quienes gozan de escucha pública deben difundir menos insatisfacciones y dedicarse a resolver problemas.

La gente del campo reclama el protagonismo que les niegan los porcentajes de ocupación. Estaban ahí dándolo todo, a pesar de los olvidos sistémicos.
La inmunidad y la pandemia se persiguen. ¡A ver quién sale victoriosa!

La renovación cívica y moral es una de las puertas para que la sociedad salga con menos deterioro en su conjunto entró en esta crisis. Eso dice, más o menos, Michael Sandel.

Ante el freno de los que solo piensan en acelerar el tren económico ahora varado, costará lo suyo, cabe preguntarse si no sería mejor identificar las obligaciones que todos, tanto grandes agentes económicos como la simple ciudadanía, tenemos ante los demás.

La pandemia ha roto el vínculo entre la existencia placentera y el consumismo reconfortante.

Alguien apostó en que un buen engranaje social es el sentimiento de deuda con otros. En realidad, no es necesario conocer su situación, ni preguntarse si vive ahora o lo hará dentro de 50 años, si pertenece al mundo pobre o rico, tampoco hay que saber la religión que profesa.

Valdría preguntarse, para empezar, si mejorar un poco la vida de todos debe ser el primer objetivo de la (a)sociedad ilimitada que formamos.

Manifiestan algunos que tamaña injusticia social previa a la pandemia se va a acabar, con lo acostumbrados que estábamos a ella (sic).

Los trabajadores y trabajadoras sociales nos están haciendo más llevadera la crisis con sus cuidados, mercancías y otros servicios.

Buena parte de los más activos en la lucha tienen sueldos míseros, da la impresión que acordes con la consideración social que suscitan, irreconciliables con los imprescindibles servicios que prestan.

Cabe pensar si la contribución al bien común debería colocarse en el primer lugar para valorar una profesión.

Quién se atreve a decir que la gente sin nómina (mayoritariamente extranjera) no es esencial. ¿Dónde estaríamos sin ella? Regulación ya.

La economía de las grandes cifras, amoral casi siempre e inmoral también en ocasiones por las enormes desigualdades que ha generado, no puede ser la protagonista de la renovación moral y cívica que se necesita en estos momentos. Lo decimos quienes no entendemos de esto.

Las grandes corporaciones multinacionales carecen del sentimiento de deuda con los otros. Así no hay manera de establecer alianzas hacia el bien común.

Dicen que va a dominar una sociedad renovada que reconocerá el valor de todas las personas y profesiones, que partirá de situaciones críticas y vivificará nuevos ideales de dignidad para personas, y muy especialmente con quienes levantaron este país hace 50 o 60 años y los que ahora ponen su trabajo al servicio de los demás.

Urge concertar una Declaración General de Dependencia Universal que actualice la de los derechos humanos e incluya la dimensión de comunidad.

Todo es nada; nada es como antes. El relato se pausa, pero continuará.

 

(JORGE PARÍS)

Derivas de contaminación, la pandemia permanente en el aire cotidiano

Las imágenes de ciudades difuminadas en edificios ocultos y gente silueteada por la contaminación del aire, como las chinas en determinadas épocas, o Madrid y Barcelona, nos alertan una y otra vez de que la vida es aglomerada; en realidad un complejo invento que sirve mientras dura, permanece si no explota. La contaminación del aire es un signo distintivo de la urbanización; podría representar el símbolo de varios aconteceres que el tiempo ha ido combinando de forma más o menos organizada. Entre todos forman un escenario muy complejo que si hiciera falta concretar en una sola idea me inclinaría por decir que es mucha gente que aspira a vivir, sin más, o a vivir sin menos. Pero nada más formularla se complica ya que cada vez más gente se concentra en los mismos sitios y quiere hacer lo mismo.

Como la hipermovilidad era un signo del motor económico dominante hasta hace un par de meses, casi nadie se preguntaba si los rumores de los apocalípticos ambientalistas se confirmarían. Sorprendía la falta de escucha pues las muertes directamente relacionadas con la calidad del aire suponían en el año 2016 la cifra de 800.000 en Europa, 133 por cada 100.000 habitantes (European Herat Journal). La disminución/restricción de los movimientos motorizados – en España un 50 % de media según detalla en un informe Ecologistas en Acción-con la covid-19 ha devuelto la transparencia a los cielos de las ciudades chinas, europeas y suponemos que de todo el mundo, pues el transporte es el causante de más de la mitad de la contaminación. Pero el asunto es puntual y territorial, no nos felicitemos tan pronto. Según mide la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) en fecha 2 de mayo los niveles de CO2 en la atmósfera eran superiores a los de hace un año, pues cuando el dióxido sube es para quedarse un largo tiempo. Las organizaciones ecologistas y varias instituciones científicas que investigan la salud atribuyen esta contaminante pandemia sanitaria -ya permanente y con extensiones por todo el mundo- al descuido general, a la incompetencia de gobiernos y empresas y al egoísmo de todos, que impregna la vida en común. Por eso, desde su investigación acumulada reclaman que los coches pierdan protagonismo en las ciudades tras el paso de coronavirus. A la vez advierten de que los mensajes de las autoridades para la prevención al virus están desaconsejando el uso del transporte público, sin avisar de que la medida debe ser temporal, a la espera de concretar medidas acordes con los nuevos tiempos.

Cuesta entender que ante las cifras de afectados en la salud por la contaminación del aire no se produzca una acción gubernativa más contundente y que no haya una eclosión de la furia colectiva; una rebelión ciudadana que lleve a un cambio de estilo de vida. Será porque la gente piensa que respirar aire envenenado en nuestras ciudades es algo intrínseco a la existencia actual. Además, nadie muere de golpe en la calle o se lo llevan los servicios de emergencia, tampoco nos enteramos de que haya habido un ingreso generalizado de pacientes cardiovasculares o respiratorios. Por lo que fuere, las tímidas protestas que en algún momento saltan a los medios informativos, en forma casi siempre de rabias ecologistas o de jóvenes más o menos concienciados, no consiguen cambiar el cuestionable destino de los urbanitas. A pesar de que todo lo razonado sobre contaminación y salud por las comunidades científica y sanitaria fuesen simplemente rumores o falsas y tendenciosas informaciones; por más que procedan de la ciencia agrupada en institutos de investigación tan prestigiosos como el ISGlobal de Barcelona, que alertaba en febrero pasado de que casi la mitad de los casos de asma infantil de esa ciudad estaban relacionados con la contaminación del aire.

Si la tendencia de movilidad mostrada antes de la covid-19 se recuperase dentro de unos meses o años, va a resultar muy difícil que la ciudadanía puede escapar del peligro, de su gravedad y del grado de tormento que puede suponer vivir sin más; en este caso sí que vale el con menos, pero aplicado a la contaminación y a otros aspectos. Sucede esto en muchas calles de casi todas ciudades, pero lógicamente lo tienen peor las personas que viven en grandes urbes. Por eso se entiende que los urbanitas huyan fuera de ellas a la menor ocasión que tienen, un día festivo sin ir más lejos. Así, sus caravanas contaminantes añaden partículas al aire infecto, pues las echan el día que se van y el que vuelven.

Lo que sorprende es la distinta percepción de la creciente mala salud progresiva provocada por la contaminación y la emergencia sanitaria que ahora nos afecta. Tiene su explicación. En cada pandemia se ha buscado a los responsables de introducirla; casi siempre gente de fuera, agentes de otros mundos como sucedió en la peste antonina. Por el contrario, pensemos en la multiplicación de enfermedades ligadas a la calidad del aire respirado. Esta aparece como esa cosa, no siempre tangible, de la que muchos hablan y poco conocemos la gente corriente. A pesar de que cada vez haya más voces que dicen que se trata de una consecuencia de las derivas de la vida actual. No hay culpables identificados ni vector cero señalado, ¡Cómo llamarla pandemia!

Habrá que decirlo más veces o más fuerte: la plaga contaminante no viene de fuera, está dentro. Golpea ya a muchas personas, en sitios muy diversos y alejados. Sería el momento de reparar en ella, ahora que la preocupación por la salud universal parece que se ha despertado. Vendría bien pensar colectivamente si, al hilo de la covid-19, no merecería llevar a cabo un replanteamiento universal de hacia dónde nos dirigimos, qué queremos ser pasados unos meses o años. Algunos estudios, pendientes de mayor profundidad y acompañamiento, asocian contaminación del aire y mayor incidencia del coronavirus, en particular por la previa exposición a las PM 2,5 que perjudica a los sistemas respiratorio y cardiovascular y aumenta el riesgo de mortalidad. También se dice que el virus viaja más lejos cuando se une a estas partículas contaminantes. Por eso, urge redefinir la vida en relación con el efecto contaminante del masivo uso del transporte privado.

Da miedo tal calamidad de salud, pero este temor provoca respuestas diferentes en contextos similares. Es hora de afrontar situaciones derivadas de la vida actual, basada en el logro inmediato de los deseos; es lo que venden ciertos dirigentes y casi todos los entramados comerciales y empresariales. Una última sospecha a modo de corolario: habrá que pensar si cuando se teme a algo que hemos construido nosotros no será porque le hemos concedido demasiado poder.

(EP/ARCHIVO)

La verdad en tiempos de la Covid-19

Es posible que el momento actual hubiera inspirado a García Márquez una nueva novela sobre la condición humana, trayendo a cuento alguno de sus grandes amores y desafectos. En este convulso periodo pandémico, la gestión de la verdad ha sido una de las dolencias más extendidas, lo cual nos da argumento para hilvanar este y muchos artículos. No es aventurado empezar opinando que cada cual construye con los hechos y sentimientos una idea/verdad, que se está viendo bastante condicionada por aquellos que chillan más o dicen las cosas con palabras más gruesas. Esta estrategia belicosa la emplean bastantes los actuales grandes opinadores que invaden las cadenas de los medios de comunicación, incluso algunos ejercen de soliviantadores de oficio. Qué decir de los políticos que hacen interpretaciones banales de lo que la ciencia ni siquiera se atreve a considerar imaginariamente cierto. En el castigado escenario español de la Covid abundan de los unos y de los otros. Así no es de extrañar que cada vez sean más los ciudadanos que ya no soportan sus peleas para defender su parcial interpretación de la pandemia y sus consecuencias. ¡Con lo bien que nos iría una verdad acordada! Al despiste contribuyen las autoridades sanitarias de algunas CC.AA. y el Gobierno. Ni siquiera se ponen de acuerdo para contar afectados; cada cual utiliza sus varas de medir para atizar al otro. Suponemos que habrían de considerar los detalles de aquello que Antonio Machado apuntaba en el sentido de que “la verdad es lo que es, y sigue siéndolo aunque se piense al revés” o cuando se pregunta en un proverbio de Nuevas canciones. “¿Dijiste media verdad? Dirán dos veces que mientes si dices la otra mitad”.

La mayoría de la gente va buscando razones para explicar lo que no entiende. Había visto en muchas películas aquello de “Jura decir toda la verdad y nada más que la verdad”, y se había creído el lema existencial. Toda la sinceridad es simplemente un deseo porque quienes saben más se guardarán una parte, bien porque dudan o quizás porque no quieren que el resto de la gente los incomode con preguntas inconvenientes, pues ya se sabe que hay una tendencia cada vez más extendida a dar al pensamiento o a las palabras munición crítica para molestar a quien tiene responsabilidades. Si bien, todavía bastante gente quiere sentir veracidad en el ejercicio de transparencia informativa a la que están obligados quienes tienen algo de poder. Habría que volver a reparar que no es lo mismo una verdad que la verdad, se tratan de ámbitos metafísicos y epistemológicos que a veces se entienden y otras no. Tampoco olvidar que no es sencillo compatibilizar las diversas perspectivas que cualquier escena de la realidad admite. Habría que considerar la claridad de aquello que alguna vez escribió Daniel Innerarity de que la sociedad es un conjunto mal avenido de perspectivas.

Buena parte de la evidencia de hoy cambiará mañana pues los científicos nos avisan de su sabia y prudente ignorancia acerca de la evolución de la respuesta biológica a lo desconocido. Por eso se reservan algo. Porque a veces, el conocimiento de los detalles lastima las esperanzas, la sinceridad no siempre es generosa. No todas las personas digieren igual lo que conocen, por más explicaciones que se den, pues cada cual gestiona lo presuntamente cierto a su manera. En consecuencia no parece descabellado oficiar las verdades para que impregnen bien la voluntad común. Pero aun con la dificultad del momento, de esta covid se pueden extraer enseñanzas. Puede ser que algunas se conviertan en inseguras certezas. Valga como ejemplo el asunto de la movilidad personal y social, que a lo largo de las últimas décadas habíamos asociado a libertad.

(JORGE PARÍS)

En estos días de confinamiento algunos miramos por la ventana para que la verdad se aparezca. ¡Qué ilusión más hipotética! Es mejor eso que escuchar noticias y datos que no hacen sino configurar un mundo marcadamente ruidoso, demasiado grande, excesivamente rápido. Casi la reclusión resulta un alivio momentáneo para quienes no somos extrovertidos hiperactivos. Nos llama el tiempo para decirnos que necesita algo más que un reloj para medir las certezas, para calcularnos cuándo las encontraremos. Nos recuerda que quien marca su ritmo es la inmensa red social -ahora parcialmente confinada- en busca de sus verdades, esas que están condicionadas por millones de invisibles hilos de influjos y dependencias.

Lo cierto, mal que nos pese, es que somos débiles e indefensos ante amenazas víricas o de otro tipo. Necesitaríamos muchos y mejores cuidados, desinfecciones varias. También el jabón andaba como protagonista, en este caso de desencuentros de pareja, para el médico Juvenal Urbino, ese que se dedicó a acabar con el cólera según cuenta García Márquez. Aún es más débil toda esa gente cuya vida ya era complicada, que necesitaba y no tenía el socorro de quienes gozaban de seguridades varias; ahora lo único que desea es su supervivencia. La verdad no reconocida se podría llamar también miedo a la enfermedad, que los hipocondríacos, somos legión aunque no lo parezca, adornamos con argumentos para ponernos a salvo. No dudamos en criticar lo de los otros si no nos acomoda, tratándoles incluso de mentirosos compulsivos. Mal que nos pese, aunque dañe nuestras conciencias, una afirmación candidata a verdad es que somos diferentes, o menos iguales de lo que dábamos por supuesto y pocas veces nos molestábamos en desentrañar. Pero, ¿quién sabe si la Covid nos ha hecho más iguales? No ha distinguido entre razas, países, edades, ricos o pobres, célebres o anónimos, etc., por más que sí se haya cebado con los vulnerables.

Lo más probable es que la crisis actual socave principios que creíamos inamovibles, casi religiosamente ciertos. Podríamos empezar a reconocer que estábamos engañados por las verdades ocultas cuando creíamos que lo podíamos todo y el mundo nos pertenecía para siempre. Se avecinan escenarios nuevos; necesitamos papeles y verdades más consolidadas para afrontarlos. Incluso han quien dice por ahí que tras esto emergerá un nuevo orden mundial. Acaso nos preparará para otra batalla –que llegará aunque no se sabe ni cuándo ni cómo- dentro de una nueva realidad que no alcanzamos ni siquiera a imaginar. Lo que sí lleva camino de ser probable es que muchas cosas no serán como antes. “En este mundo traidor, no hay verdad ni mentira: todo es según el cristal con que se mira”, dijo Ramón de Campoamor.

Solo un deseo para terminar. Que no nos suceda aquello que cuenta García Márquez del matrimonio protagonista de El amor en los tiempos del cólera que “si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría llega cuando ya no sirve para nada”. Posiblemente la única verdad absoluta es su relatividad; algo así dijo André Maurois y puede que estuviese en lo cierto. Casa con el francés aquello que expresaba Machado en lección de Juan de Mairena a sus alumnos en el año 1936: “La inseguridad, la incertidumbre, la desconfianza, son acaso nuestras únicas verdades. Hay que aferrarse a ellas”. Parece que estaba hablando de la Covid-19. El tiempo nos traerá detalles ciertos o dudosos pues las ideadas verdades, compartidas o no, acertadas o no, son una parte de su discurrir si sabemos medirlas bien para seguir adelante con menos desigualdades.

Pasado mañana de anteayer

Lo que sigue es más que nada una conversación con uno mismo, por tanto cargada de subjetividad. ¿Quién sabe si puede servir a alguien más? En este escenario que nos ha tocado vivir sucede todo tan despacio que uno no acaba de entender qué día es hoy. Si el que sumó uno a ayer o el que restó algo al mañana. A la vez, los ciclos pasan sin darnos cuenta; cada cual tiene su calendario, a veces una misma hoja contiene muchos renglones de escritura. El número del mes apenas importa, 18 es más o menos lo mismo que 24; si es lunes o viernes casi es lo de menos, a no ser que se trabaje de forma presencial o telemática. Las jornadas se cuentan y sin quererlo te pasas al descuento que no sabes de qué restarlo; que se lo pregunten a quienes fueron atrapados por la espiral pandémica o a la gente que cuida.

El hoy se ha dilatado tanto, por las similitudes entre las jornadas, que parece que las 24 horas que antes lo delimitaban tienen una duración indeterminada, acaso interrumpida por las noches, más o menos durmientes. El reloj, tan reconocido hasta hace poco, ha perdido su función primordial para muchos de nosotros. Si miramos bien, de verdad, queda reducido a un amasijo de cuestiones puramente biológicas, propias y ajenas. Acaso logremos algo de paz emocional si se recuerda lo que sucedió anteayer, aquel lejano estadio de hace un par de meses. Sirve para no lamentar el pasado mañana, o creer que estos días que llevamos de confinamiento sean simplemente un paréntesis. En esta condición colectivo de shock hasta ha perdido casi todo su valor el “más pronto que tarde”, porque a nada que te descuides compite con su contrario.

Empiezas a sumar desde el 15 de marzo, más que nada para ser consciente de tu templanza y ahora te enteras de que la cosa empezó mucho antes, en febrero y llegó por distintas vías. El calendario se desdibuja, casi se ha borrado el mes en el que nos encontramos; de él han desaparecido efemérides y fiestas. Algunas se retrasan, otras se suspenden para pasado mañana, pero ya no será lo mismo. Poco hay que celebrar colectivamente, aunque quienes sufren directamente el impacto de los días sufrientes soporten las cosas de otra forma, sobre todo si no aciertan a ver el mañana, mucho más si el anteayer ya los tenía malheridos. Perdimos la cuenta de los que faltan, esos que dejaron de mirar el calendario. Para los no infectados por ahora, el desconcierto con pena. El tiempo desapareció tras las rutinas, aunque estas ayuden a sobrellevarlo mejor. En momentos concretos, da casi lo mismo que los números de damnificados crezcan o se estabilicen, pues ni siquiera de eso hay seguridad.

Hablan los que saben de cifras y datos, comparan con ayer o anteayer, periodos que no se sabe si es cuando empezaron a contar. Tras los números vienen los porcentajes, sostenidos o crecientes, mezclados con criterios cambiantes. Se diluye el tiempo, qué más da. Las gráficas tratan de esclarecer el futuro que tampoco tiene marca en el calendario. Seguro que será pasado mañana, en un mes, un año o quién sabe. Hay números para pensar en positivo o no tanto; depende de quien los lea. Ya lo versó el poeta Ángel González: “Ayer fue miércoles toda la mañana./ Por la tarde cambió:/ se puso casi lunes,/ la tristeza invadió los corazones/ y hubo un claro/ movimiento de pánico/…/Por eso mismo,/ porque es como os digo,/ dejadme que os hable/ de ayer, una vez más/ de ayer: el día/ incomparable que ya nadie nunca/ volverá a ver jamás sobre la tierra”.

Tiemblan incluso quienes disfrutaban de todas la bienaventuranzas, no digamos aquellos que ya tenían un pasado extremadamente vulnerable, que son en parte una sombra derribada que no sabe como pronunciar el mañana. El virus se ha enseñoreado por todos los lados, ha puesto en quiebra el neoliberalismo de anteayer, que dicen estaba sustentado en un proyecto ideológico de libertades: ganancias sin límites que han debilitado hasta las instituciones supranacionales que antes miraban hacia el futuro para librarnos de las incertidumbres de anteayer. Ha sido un golpe brutal en su línea de flotación, supuestamente asentada en el beneficio para todos cuando hay mucho a repartir. Tanto ha cundido el desánimo que mucha gente se pregunta dónde ha quedado del espíritu combativo colectivo de hace unos 40 años.

Dicen que estos episodios nos devolverán un poco la humildad de tiempos pasados, más o menos remotos, que para nada eran la Arcadia feliz. Lo que sí es seguro es que nos han recordado la fragilidad de pasado mañana. Pocos se atreven a pronosticar cuándo y cómo llegará ese momento. No hay garantías sobre lo que surgirá después, este año y los siguientes. Si atendemos a los augures económicos es para ponerse a temblar. En particular quienes ayer ya vivían en precario, cuando el dinero no alcanza. Como se vuelva a los sistemas mercantiles de anteayer cualquiera sabe la revuelta social que puede generar. No la queremos. Por eso, huimos de las previsiones económicas, para no hundirnos en el desánimo. Nos preguntamos quién pagará todo lo que necesitamos para volver a la diferente normalidad que pronostican los que mandan. ¿Quién socorrerá a los vulnerables que ya lo eran y ahora han visto crecer la distancia social en sus vidas?.

El pasado mañana era cosa de otros, ahora es temido por todos, inexorable. No estará exento de espantos; el cambio climático arreará fuerte. Por eso, es urgente prever una renta mínima básica, como un derecho humano. Cada euro o dólar que se invierta ahora mismo traerá algo de legitimación del concierto colectivo, el único que asegura el futuro, si es que existe tal cual lo imaginamos. Cada euro entrará en la cadena mercantil viajando tras dar muchas vueltas a no se sabe dónde -puede que una buena parte hacia los acaparadores- pero al menos habrá librado en algún momento de la penuria particular. Parece indudable que una sociedad que tiene mal repartida la riqueza no solucionará mañana las sucesivas crisis que le van a llegar. Hemos oído comentar que los países septentrionales europeos -que ya no son lo que eran por cierto- pasarán menos males que los demás porque las desigualdades no son tan grandes. Algo similar se dice de Nueva Zelanda, algunas de cuyas últimas prevenciones están en las antípodas de las de aquí. Lo que sería bueno, conveniente incluso para los privilegiados pues de otra manera se les estropea el negocio, es que se articulase un pacto social, intergeneracional, marcadamente ambiental.

Pasado mañana no será como anteayer. Acaso tenga una liturgia propia. ¿Quién sabe? En ocasiones, cuando la mente se adorna de ilusiones se aclara un poco, aunque mantiene veladuras. En esos momentos, imagina proyectos y esperanzas. Los compartimos con quienes tenemos cerca para acrecentarlos; los enviamos vía Internet, a cuanta más gente mejor. Aunque el ejercicio sea efímero nos reconforta, volvemos a mirar bien el calendario, con cautela, eso sí. En el tiempo prolongado de los días monótonos nos llegan imágenes de cierta esperanza. En España, las lanzan batallas personales superadas o gente con ropaje sanitario, y de otros colores. Las emociones que transmiten nos evocan una pasado mañana un poco menos agresivo. Es de esperar que toda esa gente tenga pocas dudas de que hace falta un nuevo contrato social, más centrado en las personas, más acogedor con los más vulnerables, menos obstruido por los múltiples egoísmos de los partidos políticos. Portugal en el horizonte, por si no queremos mirar muy lejos.

Una niña mirando desde su balcón. (EUROPA PRESS)

Escuelas en suspense pandémico, con penas diferenciadas

Cuando todo empezó el mundo occidental –qué difícil es catalogar este concepto o colectivo- era feliz, al menos así se vestía. Ese conjunto indeterminado que se traduce en muchas siglas (UE, OCDE, OEA, ONU, etc.) se sentía bastante seguro de su poder infinito para sortear toda clase de enemigos que le llegasen; más bien se diría que el parapeto de PIB escondía sus debilidades. Entonces, pocos organismos educativos (UNESCO, Ministerios y Departamentos de Educación de todo el mundo), políticos, familias o profesores podrían suponer que llegaríamos a lo nunca visto: suspender las clases en todas enseñanzas, por todo el mundo. Algunos países en donde el maldito virus empezó antes a tambalear todo lacraron las escuelas para proteger a los más pequeños, pero también las universidades. En España, muchos tildaban de exagerada la postura de las CC AA que empezaron a cerrar sus aulas, dado que se decía que los niños no cogían el bicho inmundo.

Las cosas empezaban a ir de mal en peor. Ante esa tesitura, el Gobierno de España se asustó y decretó el cierre físico escolar; hasta los universitarios volvieron a sus lugares de origen. Nadie podía prever entonces la duración, se pensaba que la espera acabaría cuando remitieran los primeros acosos de la pandemia; ni siquiera había sido catalogada así. Las autoridades suspendían las clases para que los estudiantes –más auto protegidos según decían las cifras de afectados- no hiciesen de vectores transmisores a los más débiles, los ya mayores o ancianos y quienes padecían patologías serias. El confinamiento general y los datos del Covid-19 distorsionaron tanto la vida que las escasas controversias por la suspensión de las actividades escolares desaparecieron. En esos momentos de marzo, la preocupación por lo educativo era menor; se trataba de sobrevivir, de que la enfermedad colectiva no se destrozase. Abril camina hacia su final y seguimos sin clases.

Cuando todo esto amaine, y si volvemos siquiera unos días a las aulas para retomar las clases hay una lección sobre la que hablar detenidamente, un buen tema de diálogo para tratar con el alumnado de los cursos más mayores, una experiencia o muchas a compartir entre los más pequeños. Unos y otros deberán comunicar(se) cómo han sido capaces de superarlo, qué estrategias les han resultado más valiosas. Un trance social tan doloroso (apreciable en múltiples emergencias) del que debemos aprender y saber explicar a quienes ahora estudian, para que figure siempre en su libro personal con letras más o menos grandes: viviremos siempre en alguna incertidumbre; otras vendrán, más mortíferas o menos. Los ahora estudiantes habrán de estar preparados, educados en desarrollar hábitos personales dentro de estrategias colectivas. Si se retoman antes del verano algunos días de clase, es necesario concretar si es más importante evaluar contenidos (poner una nota más o menos justa) que reflexionar sobre lo vivido, que siempre enseña si se aprende de forma colectiva. La escuela no debería retomar, en septiembre o cuando sea, el pulso normal como si nada hubiese sucedido. Sin embargo, la educación reglada es esclava de las calificaciones; mal asunto siempre, un tremendo desatino en momentos de múltiples incógnitas.

Aula de Infantil del Colegio de Educación Infantil y Primaria ‘Joaquín Costa’ de Madrid. (EP)

La educación formal intentó combatir la pandemia mediante la formación en Red, en distintas plataformas. Pero no es lo mismo, cuesta entender una escuela sin muros; no estábamos preparados todavía. Las escuelas y universidades han programado actividades para mantener ocupados a los estudiantes, para que “no pierdan curso”. Loable intención si el cierre es corto, envite complicado cuando se alarga como está sucediendo. Las rutinas han funcionado en unos casos, en otros no porque la pereza puede con los deseos, a veces las tareas –empeñadas en lo curricular y tradicional- han sobredimensionado el objetivo de no romper el hábito de querer aprender, siempre difuso cuando la recompensa no se divisa cerca. Transcurridas un par de semanas el alumnado ya habría perdido algo de su motivación; el profesorado dudaría si sus mensajes llegaban bien, si al otro lado se entendería que la situación tan excepcional requería disciplina en el trabajo propio y compromiso. A la vez, buena parte de las familias, que han necesitado estar bastante más implicadas en la educación escolar –seguramente por ello habrán entendido de otra manera el valor de la escuela- se empezarían a despistar porque no sabían cómo desarrollar bien la tarea. Seguro que todos los confinamientos serán difíciles, más todavía en esos domicilios reducidos en donde no es sencillo canalizar las energías de los más pequeños. La tarea escolar es una cosa, se hará mejor o peor; la (con)vivencia diaria otra, pues disfruta y sufre momentos más o menos relajados. Llevamos así más un mes; ya se anuló la socialización, que es el primer argumento de cohesión para el desarrollo, y los niños y jóvenes la necesitan pues la interacción entre semejantes también es profesora. Las redes no las pueden suplantar porque carecen de afectividad. Cabe preguntarse si después de esto la vida será como antes o aumentarán actos de rechazo ante tareas o comportamientos. Habrá que escuchar con detalle lo que dice el ilustre pedagogo Francesco Tonucci sobre el asunto.

Qué decir de esos casos en los que la familia no puede ayudar porque no sabe o no puede, o de aquellas viviendas que carecen de pantallas que animen a trabajar. La segregación actual reduce mucho la eficacia de la educación a distancia; carencia que algunas CC AA aseguran que han solucionado. También habrá que preguntarse cómo se ha apoyado a quienes necesitaban cuidados especiales para aprender cosas que les exigen la ayuda de personal cualificado, máxime si hay por medio alguna discapacidad. No cabe la menor duda, el cierre agravará las desigualdades educativas; mal que nos pese, la brecha social no hará sino crecer. Cabe volverse a preguntar si esto no habrá sido más que un paréntesis para los estudiantes. Las penas siempre son diferenciadas; cuando todo pase hay que hacer mucho para revertir la situación de los más vulnerables.

Nunca hubiéramos aventurado un cierre escolar que expulsase de las aulas a más de 1.300 millones de estudiantes en 185 países, lo cual alcanza al 80 % del total. Si se prolonga demasiado, supondrá un grave quebranto para los estudiantes, sus familias y cada país en su conjunto; el tiempo nos dirá. La UNESCO alerta en su último trabajo GEM de que las respuestas al cierre escolar son muy diferentes en unos países y en otros. En unos casos se ha fortalecido la educación a distancia, en otros se ha hecho mediante MOOC o por televisión. ¿Para cuánto tiempo servirán estos sistemas? En todo el mundo, pero en particular en los países de ingresos bajos o en las comunidades pobres, hay muchos niños y niñas, incluso estudiantes universitarios que no tienen pantallas, ni siquiera disponen de electricidad en sus casas. Siempre los pobres se llevan la peor parte de todo. Padecen la fatiga anticipada de la negación educativa, que destruye la humana ambición de huir de la miseria, castigo que siempre resulta más fuerte si es iletrado.

También el cierre de las escuelas impide el acceso a comidas nutritivas que la institución escolar proporcionaba en entornos pobres o desfavorecidos. ¿Cuál será la situación de estos chicos y chicas si como parece el curso escolar ha acabado ya en algunos sitios? Seguro que los países ricos saben encontrar cuidados paliativos, en un plazo más o menos corto, acaso opten por acortar las pretensiones curriculares o por refuerzos en verano o a comienzo del siguiente curso escolar. Por cierto, vaya desde aquí el homenaje a tantos profesores y profesoras empeñados – sin instrucciones precisas- en no romper los lazos educativos a través de la red; no son pocos los que se quejan de que las administraciones de su comunidad los han dejado prácticamente solos. Si bien hay que decir también que ha habido quienes han enviado a su alumnado aluviones de trabajos, tal cual si lo hubiera tenido delante cuando es más fácil incentivarlo, transmitirle afectividad y solucionar dudas.

En estos momentos en los que pocos chicos y chicas se sienten a gusto con la situación, en estos episodios de cierre escolar, hemos de acordarnos de todos esos niños y niñas refugiados y desplazados de Grecia, Turquía, Jordania, Irak, Líbano, Siria, Afganistán, Yemen; Eritrea, Guyana o el África subsahariana, etc., para los cuales la escuela es un simulacro continuado, como denunciaba UNESCO hace unos meses; cifraba en más de 250 millones los niños y jóvenes privados de escuela. Lo más probable es que el Covid-19 no tenga en cuenta desgracias previas y también se cebe con sus familias y con ellos. ¿Quién los protegerá de la posible hecatombe vital y escolar? Para paliarlo un poco UNICEF ha puesto en marcha la iniciativa “La escuela en una maleta”.

En España se debate ahora si es mejor la promoción automática para todos o no; se ha escrito ya tanto –mezclando evaluar con calificar, aprobar y promocionar, premiar esfuerzos o castigar ausencias- que de poco sirve analizar pros y contras. Por lo que leemos importa más la nota que la mitigación de los trastornos educativos y personales que han dañado la vida de los estudiantes; mucho menos cuestionar si sirve para mañana la educación de ayer. La evaluación sí hay que hacerla al sistema de trabajo implantado, a los medios dispuestos, a la agilidad de las administraciones para reparar desigualdades, al funcionamiento de las redes, a la pertinencia de los trabajos propuestos. El trabajo en remoto ha venido para quedarse, por lo que habrá que preparar al profesorado y dotar de los recursos necesarios a estos y al alumnado menos favorecido. Habrá que inventar y potenciar una pedagogía de la emergencia, basada en el fomento del aprendizaje autónomo, para tenerla dispuesta en casos de crisis. Sin embargo, ante todo esto, todavía hay quienes apuestan por la continuidad organizativa y estructural: retomar la enseñanza como si nada hubiese sucedido.

Una situación sin precedentes no se soluciona con parches clásicos. El estamento educativo en general debería leer despacio propuestas como las que recoge el Manifiesto por otra educación en tiempos de crisis. Por otra política educativa difundido por el Foro de Sevilla, y debatir sobre ellas. Hace falta un concierto entre todas las administraciones que ayude a entender que nos encontramos en un cambio de era; que frente a tamaña incógnita, si se vuelve a las aulas un día o siete antes del verano es tarea menor. Les iría bien repensar si la educación es el argumento básico de la vida, pleno de reflexiones y compromiso crítico de cara a acrecentar la autonomía en el aprendizaje, bastante antes que la acumulación de contenidos curriculares. Por eso algunos nos animamos repitiendo una y otra vez aquello que nos decía Mario Benedetti en un poema: No te rindas que la vida es eso,/ continuar el viaje, /perseguir tus sueños,/ destrabar el tiempo,/ correr los escombros y destapar el cielo. En consecuencia, reclamamos a los gobiernos que piensen y sientan la educación comprometida, tantos años apartada del concierto social como estamos comprobando que le sucedió a la sanidad. La necesitamos para continuar el viaje que circulará por otros itinerarios, para soñar despiertos con realidades, para destrabar los nuevos tiempos, para destapar un cielo al que siempre mirar que refleje penas menos diferenciadas, para sentirnos orgullosos de haber aprovechado las enseñanzas de la pandemia en rescatar a la educación de su estancamiento, demasiado tiempo en suspense permitido u olvidado.

¡Ojalá la escuela se abra en septiembre, del todo o no, con nuevos horizontes que lleven a los estudiantes a prepararse para entender la sempiterna incertidumbre! Necesitan llegar mejor capacitados al año 2030, ese en el que tantas esperanzas se habían depositado.

Antecrónica de una pesadilla anunciada

Decir que nada es como parece se asemeja a una simpleza, si bien en estos tiempos es una frase adecuada para hablar de algo que se desconoce, como le sucede a la mayoría de la gente que se ve asediada de una u otra forma con la pesadilla de la pandemia. Por si el padecimiento no fuera poco, tienen que soportar la matraca de quienes sí aparentan que saben en redes de todo tipo, y no digamos en las cadenas televisivas. Menos mal que, de vez en cuando, personas con cordura científica nos previenen de lo que esta incertidumbre esconde detrás, de las dudas que esconde. Lo que sí aseguran es que las pandemias serán definitivamente una parte de nuestra vida. Ante ellas no vale el exceso de confianza que nos nubló ahora, ni el creer que el impacto se quedaría limitado a los países pobres, como en recientes dramas mundiales de salud colectiva.

Esta pandemia no se encontraba sellada en ningún cofre, como dicen los historiadores romanos que pasó con la peste antonina. Como aquella gente se empeñaba en ir a guerrear por todo el orbe mediterráneo, la pillaron por Asia Menor, más o menos, y se la llevaron tan pegada que asoló una parte del Imperio Romano en la segunda mitad del siglo II; menos mal que por aquel entonces vivía el griego Galeno. Este marchó rápidamente a Roma y logró describirla, además de pronosticarle una gran persistencia y su contagio por todo el mundo conocido. La historia está llena de ejemplos, que van desde la plaga de la época de Justiniano a mediados del siglo VI a todas las irrupciones de la peste y otras invasiones malignas que han castigado al mundo conocido; seguramente también a lo ignoto, pero eso no lo recoge la historia.

La OMS (Organización Mundial de la Salud), que acierta en unas cosas y yerra en otras, publicaba en septiembre del año pasado Un mundo en peligro: Informe anual sobre preparación mundial para las emergencias sanitarias. En verdad que sus previsiones eran tremebundas: “Nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5% de la economía mundial. Una pandemia mundial de esa escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad e inseguridad generalizadas. El mundo no está preparado”. Ante semejante afirmación cabría haberse puesto en prevención pero los gobiernos no le hicieron ni caso. La OMS no goza de mucha atención pues casi siempre riñe o da malas noticias sobre salud. También el mortífero brote pilló despistada a la gente del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC, por sus siglas en inglés), o no tenían ni idea de cómo interpretar lo que se les venía encima o sus alertas no tuvieron audiencia.

(EFE)

Prologaba el documento antes citado, la Sra. Gro Harlem Brundtland, Vicepresidenta del GPMB (The Global Preparedness Monitoring Board), junto con el Sr. Elhadj As Sy -Secretario General de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja-. Sí, aquella exprimera ministra noruega que hacia 1987 redactó el Informe Brundtland, Nuestro Futuro Común (Our Common Future, en inglés), algo así como una alerta sobre el deterioro que el desarrollo económico de entonces, y el que se avecinaba, iba a causar en la sostenibilidad ambiental. En él se analizaba y criticaba que las tácticas de desarrollo económico globalizador podían suponer un avance social pero tendrían un costo medioambiental demasiado alto, quizás irrecuperable. En ese texto se habló por primera vez de algo que ahora nos suena mucho: el desarrollo sostenible. Ahí estamos ahora mismo preguntándonos el ir y venir de la globalización, cuando han transcurrido más de 30 años y se han firmado miles de acuerdos para cambiar el mundo a mejor (sic).

En Un mundo en peligro se proponen medidas imprescindibles, urgentes, para afrontar las siguientes pandemias, además de otras incertidumbres. Se recomienda/exige a los gobiernos de todos los países un compromiso por mejorar la preparación aplicando las obligaciones vinculantes que les corresponden en virtud de los Reglamentos Sanitarios Internacionales mediante la construcción de sistemas sólidos, “designando a una persona coordinadora de alto nivel con autoridad y responsabilidad política para liderar los enfoques y llevar a cabo sistemáticamente ejercicios de simulación multisectoriales para poner en marcha una preparación eficaz y mantenerla”. Se exige a los estados miembros del G7, G20 y G77, y las organizaciones intergubernamentales regionales el cumplimiento de los compromisos políticos y financieros ya adquiridos, y la concreción de otros que aseguren la preparación ante la siguiente pandemia. Porque, subraya una y otra vez, “la propagación rápida de una pandemia debida a un patógeno respiratorio letal (de origen natural o liberado accidental o intencionadamente) conlleva requisitos adicionales de preparación. Por eso, se deben garantizar inversiones suficientes para el desarrollo de vacunas y tratamientos innovadores, la capacidad de fabricación en caso de aumento súbito de la demanda, los antivíricos de amplio espectro e intervenciones no farmacéuticas adecuadas”. Además de otras muchas sugerencias para limitar los estragos sanitarios, sociales y económicos que traerá la siguiente oleada.

Cabría preguntar si nos suena todo esto, si caso de haberse concretado las anteriores propuestas nos encontraríamos en el lamentable estado que ahora tanto nos asusta. Alertar sobre las seguras incertidumbres no es ser alarmistas. Lo dice el informe y lo saben quienes nos gobiernan, y los científicos que los asesoran. Son conocedores de que los miles o millones de vidas perdidas irán acompañadas de una tremenda desestabilización económica y conllevarán un caos social de tal magnitud que no se puede ni imaginar. El Informe da cuenta de que entre 2011 y 2018, la OMS realizó un seguimiento de 1.483 brotes epidémicos (la gripe, el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), el ébola, el zika, la peste o la fiebre amarilla, entre otras) en 172 países. Son muchas las enfermedades que vendrán acompañadas de diversos brotes de consecuencias nefastas y serán de propagación potencialmente rápida. Por consiguiente, cada vez más difíciles de gestionar, a no ser que haya un entrenamiento previo de los sistemas de salud globales, de la UE y de cada Estado.

Qué lejos queda el Imperio Romano, qué repetidas han sido las pandemias. No olvidamos aquella “gripe española” de la influenza (virus A, H1N1) de hace ya más de cien años, que queda guardada en datos horrorosos, pero también en imágenes similares a las actuales. La diferencia es que hoy sabemos que lavarnos las manos con jabón consigue romper la envoltura lipídica del agresivo coronavirus; algo impensable o casi imposible entonces con una higiene personal de tragedia. Además, frente a la antigüedad, disponemos de mejores sistemas de tratamiento, pero nos falta la prevención, a pesar de los grandes avances de modelos matemáticos y virológicos que podemos utilizar. Como entonces, los pobres y los más vulnerables serán quienes más sufrirán esta pandemia y las siguientes, pero toda la sociedad resultará dañada.

En la actual crisis, la solidaridad –escrita muchas veces con el sacrificio personal muy dañino- está siendo un recurso eficaz ante algunos impactos –Camus ya escribió en La peste que esa fue la única arma para derrotar al maldito virus-, pero no podrá con todos si la virulencia se agranda o si la siguiente pesadilla nos llega demasiado pronto o nos pilla despreocupados. Por eso, si no se pertrecha a los actuales galenos –sanitarios de todo tipo y científicos- del tiempo, de la organización y de los recursos necesarios, estaremos intentando regatear a las escurridizas incertidumbres. ¡Qué ilusos! Cuando superemos la actual emergencia, debemos retomar el axioma olvidado: ni la vida ni la salud colectiva pueden continuar como si nada hubiese sucedido; mucho menos dejar la sanidad colectiva tan depauperada como estaba y tan desentrenada en protocolos críticos. No alcanzamos a imaginar cómo será el mundo en el año 2030. Mientras tanto, intentemos descifrar un par de pensamientos que se atribuyen a Galeno de Pérgamo: “El médico es el ayudante de la naturaleza” y “Cuida mejor quien tiene la confianza de la gente”.

¡Qué todo esto no sea el prólogo de la siguiente!

Anónimos no cifrados pero con gran dolor

“El dolor silencioso es el más funesto” vino a decir Jean-Baptiste Racine. Bien se podría aplicar la afirmación al momento actual en el cual sufrimos todos, desde los sanitarios y demás servidores que ponen barreras o prestan servicios esenciales contra el coronavirus hasta los afectados por las secuelas que deja, también sus familias y acompañantes. Pena que comparten, con distintas cualidades e intensidades, quienes están confinados en su casa para preservar su salud y la de otros; más todavía los invisibles sin techo, quienes habitan infraviviendas y los usuarios de centros de internamiento.

El dolor silencioso lo llevan de otra forma los niños y jóvenes –algunos con patologías que aconsejan la dosis diaria de libertad y aire libre- privados de la compañía de sus amistades, de la libertad de sus juegos. Los recluidos anónimos son decenas de millones en España, centenares de millones en todo el mundo. En ese dolor reservado quieren escuchar que las cosas van mejor; están saciados de espantos. Empiezan a cansarse de noticias duras que son presentadas con cierta blandura como si no se deseara hacerlos partícipes de lo que quienes saben de esto quieren ocultarles, quizás porque dudan bastante sobre el ritmo que va a llevar la pandemia.

En este complejo conglomerado de españoles recluidos en escucha activa se podrían anotar muchos grupos sociales: mayores y más jóvenes, niños y adolescentes, gente universitaria o que trabajaba en la precariedad, teletrabajadores, gente en paro o sometida a ERTES y tantos otros que siguen las pautas de aislamiento y sanitarias a la espera de retomar la vida activa. Su dolor está confinado pero no por eso es menos importante. Sufren en silencio preocupaciones de salud o económicas y otros deterioros. Poco se dice de ellos, ni siquiera los remiendos televisivos les confortan del todo. Se les agradece lo que se les exige, y ese premio es casi una expiación según como se mire. Viven con la puerta de casa como frontera que los separa del mundo. Las redes sociales les envían mensajes de ánimo, les acercan estrategias de supervivencia que seguramente harán más llevadero el día tras día. Se emocionan cada vez que escuchan acciones solidarias y desprendidas de otros grupos; así pasan mejor los días, especialmente los mayores que ni siquiera pueden salir a comprar y dependen de la adhesión de otros. Esos anónimos confinados se empeñan en capturar el polvo tenue de lo trivial, ese que mañana será irrelevante; por eso se inventan ficciones salvadoras. Si reparamos en el momento, todas las personas estamos aprendiendo a vivir. Nos queda la satisfacción de haber hecho lo que nos mandan, también la esperanza de que algún día se abrirá el telón y detrás de él aparecerá algo grato. “No hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que te supera”, escribió el Nobel de Literatura Albert Camus.

(JORGE PARÍS)

Frente a esos “afortunados” que no padecen males físicos, los contagiados pueden más en las conversaciones públicas diarias. No podría ser de otra forma. A los enfermos y fallecidos nos los encontramos encerrados en cifras que miden la salud del sistema sanitario público español, bastante maltratado tras la debacle de 2008, como le ocurrió a la investigación biomédica. Una vez que los más dañados superen el trance, o si pierden la batalla personal –en este momento ni siquiera habrán tenido el aliento del último adiós-, pasarán al anonimato total, excepto para sus allegados. También perderá protagonismo el personal sanitario y de múltiples servicios, de los cuales no sabemos los números sanos o enfermos, pese a ser un valor que debería figurar como riqueza principal en los haberes de cualquier país. Se trata de salir hacia adelante, pero habrá que entender perfectamente nuestras circunstancias para que ahora y siempre la felicidad buque el triunfo sobre el absurdo, pues ambos son omnipresentes en la vida, dijo Camus. Las cosas nunca suceden en abstracto, alguien hubo a habrá detrás poniéndoles una imagen.

Racine escribió en el siglo XVII Los litigantes, una crítica rebuscada de la querulancia, en donde se procesa hasta a un perro por haberse comido un capón. Por allí aparecen abogados improvisados que lanzan a diestro y siniestro discursos incoherentes. Esa inclinación a discutir sobre lo necesario o lo superfluo aparece a menudo en la vida corriente. Casi nos atreveríamos a calificarla como inclinación humana. La hemos desarrollado bien los españoles que sabemos hacer discordia de casi todo; un remedo del “saputismo” del pleito al sol de Braulio Foz sigue muy vivo. En esta crisis encontramos verdaderos maestros en esto de querellar en ciertos políticos y bastantes opinadores televisivos, esos que todo lo saben. Lo más que consiguen es desestabilizar al colectivo sanitario y de servicios, desanimar a la anónima mayoría silenciosa; cuando ambos colectivos necesitan agarrarse a algo más razonado para mantener la lucha.

Las voces discrepantes siempre hacen falta si consiguen mejorar acciones puntuales, pero en estos momentos de colapso social se necesitan antes otras cosas que los órdagos que lanzan los creadores de nada. En tiempos de Racine, su paisano autor de teatro Molière representaba la comedia Le malade imaginaire en la que desde la atmósfera de un hipocondríaco ridiculizaba a los médicos de entonces, según él demasiado formalistas y charlatanescos.

En la respuesta española a la pandemia no se sabe si los síntomas se han menospreciado, si falló el diagnóstico anticipador, si las prescripciones han sido las posibles o las mejores, si las rectificaciones han sido las adecuadas, si algunas autonomías han gestionado mejor o peor la información sanitaria y los recursos. Pero sí se ha apreciado una batalla descalificadora hacia los equipos técnicos que aconsejaban la toma de decisiones para frenar la trayectoria desbocada del ciclón de la enfermedad; quienes han gestionado esto con enorme dedicación no son anónimos pero sí soportan un dolor silencioso, por ellos mismos y por los demás. Si bien parece que buena parte del mal, tiempo habrá de analizarlo y cuestionar lo que se ha hecho bien o no, estaba dentro. En España y en Europa, la industria dejó de fabricar las máscaras y otros dispositivos básicos que protegen nuestra salud; el sistema sanitario no era tan perfecto como parecía y se habían abandonado líneas de investigación vírica muy fiables. Además, como sociedad, nos habíamos alejado demasiado de lo inesperado. ¡Qué penoso es depender del dolor silencioso por no haber previsto antes las cosas! El principio de precaución desapareció hace décadas de la vida individual, colectiva y política. Por eso, una petición que apoyarían masivamente los anónimos es que la continuada investigación, con todos los recursos necesarios, sea el mejor escudo para proteger de la siguiente pandemia. Los invisibles sin techo o en precario demandarían además un salario social (renta básica) sin que se note el estigma de la caridad.

Todo es incierto por ahora, a la espera de que triunfen en la escena los comprometidos sanadores de todo tipo pertrechos con sus dispositivos anímicos. Pero eso será en el acto tercero de la obra, cuando la acción contaminadora sea más plana o baja de bajada. Aun así, si esto acaba algún día deberemos estar preparados tanto para la reflexión crítica y el diseño de otras estrategias de presente/futuro como para la irrupción masiva de los litigantes, todavía más fieros que los que pintaba Racine, pues ya están poniendo demandas judiciales a quienes deben tomar decisiones difíciles, sin saber lo que vendrá mañana. Estos disruptores sociales enseguida olvidarán el respeto debido a los más afectados por el virus y a quienes –con gran dolor y miedo- fueron luchadores en primera línea de contagio y a esos anónimos pacientes colaboradores durante tantos días en la derrota vírica.

A este paso, en todo el mundo, llegarán menos personas y bastante maltrechas a La Cima 2030. Es posible que debamos ralentizar la ascensión, para que nadie se quede atrás.

Diario, más o menos apócrifo, de un jubilado recluido

La defensa cerrada contra el coronavirus nos está permitiendo comprobar si la solitud tiene ventajas, si se ha podido encontrar el espacio justo de las rutinas, si hemos sido capaces de disciplinarnos en los horarios. Cuesta empezar el día pensando en rellenarlo de cosas (escribir sensaciones sin expresar amargor, leer sin convicción, echar mano de unas dosis de pantallas sin fijación concreta, relajarse limpiando una y otra vez la casa, caminatas por el pasillo y otras extensiones gimnásticas, etc.) para alimentar la esperanza de que todo esto acabe cuanto antes. En cierto modo, cada cual trata de sustituir los pensamientos cruzados por tareas relajantes.

A menudo estos días, todos -poco importa en este caso la edad- acudimos a la conexión telemática para reconectar afectos, bien sea por la convencional llamada de teléfono o por otros medios. Al menos el confinamiento ha tenido de positivo que nos ha ayudado a reducir distancias no percibidas antes, ocupados como estábamos en resolver lo nuestro. Esos momentos afectuosos casi llegan a reemplazar a las distancias cortas, recomponer las miradas. Pero no, nos juramentamos para recuperarlas cuando esto acabe.

En estos periodos de solitudes surgen emociones y tristezas cuando escuchas que los más viejos, cerca de los cuales empiezas a verte, sufren como nadie los confinamientos. En ellos, casi siempre solos por más que estuvieran arropados en residencias, se cebó el maldito coronavirus; seguro que no llegarían a comprender el delito que habían cometido, más de uno pensaría en una plaga bíblica. Alguien dijo por la tele que la realidad de anteayer está rota, que ante ella se rebela el inconsciente; sobre todo se hace patente el revoltijo mental a la hora de dormir, porque interrumpe el proceso acostumbrado.

En su diario, el jubilado quiere escribir renglones de confianza y optimismo, alentado por las variadas muestras de solidaridad que muchos profesionales derrochan estos días. Por más que lo intenta, no logra encontrar una situación  anterior que se le parezca a esta, que le ayude a entender lo que pasa. En ocasiones, se consuela pensando que vivir es capear incertidumbres, que la sociedad es casi tan entrópica como el sistema energético que nos mantiene. Mira varias veces al día por la ventana, más que nada para que los rayos del sol lo iluminen y le ayuden a demostrarse a sí mismo que sigue vivo. Este ejercicio real es algo mental, muy parecido a lo que hace toda esa gente que cada día a las ocho de la tarde aplaude al infinito, identificado o no, para escucharse también, para sentir latir sus emociones. Desde su atalaya observa el ir y venir de la urraca -aparentemente despreocupada- al platanero que tiene debajo de su ventana. Pero algo intuye el córvido pues no trajina en su nido antiguo, simplemente se posa cerca de él, como ausente y solitaria; será que barrunta algo porque parece que hasta las palomas han huido. La única gente -enmascarillada- que transita por la calle da la sensación que huye de sí misma. El parque verdea como si fuera una primavera normal; al menos cambia el horizonte del mirón que alarga su vista hacia el parque, lugar de encuentro antes, ahora cercado por unas cintas que lo delimitan. Ni un niño por la calle, y esta vez no se los ha llevado el Flautista de Hamelin. La ciudad sin niños es un espectro de sí misma. Al jubilado le gustaría conocer qué siente ante esta situación Francesco Tonucci; otro jubilado, en este caso ilustre, que siempre pensó y vivió para los niños.

El jubilado se comunica con otros que transitan por el mismo estadio cronológico y comprueba que algunos son capaces de sacar lecciones diferentes a similares confinamientos; al menos así lo expresan. Uno, que está muy solo pues es el único de su casa, le confiesa que le cuesta desprenderse de las ausencias; le comenta que escucha a menudo Ma solitude de Georges Moustaqui, porque humaniza la soledad hasta casi creerla un amigo, después de tanto compartir la cama con ella y mirarse cara a cara en un intento de hacerse cómplices. Se ríe, confiesa que es algo así como su mindfulness, lo cual no le impide derramar alguna lágrima. Otra persona amiga le cuenta en un email que la distancia social, buscada en ocasiones, ahora le provoca una zigzagueante sensación de fragilidad. Argumenta que será porque hemos moldeado la sociedad a base de distanciamientos, añade lo que asigna al origen de muchos males: “Yo cuidaré de mí, tu cuidas de ti”.

A pesar de confinamiento, el jubilado silencia las redes sociales, aunque traigan buenas intenciones o esas esperanzas que tanto echa de menos. Tampoco mira ni escucha las noticias, porque las cifras asustan y le repugnan los enfrentamientos políticos o la casquería tertuliana; con lo bien que nos iría esta situación de tránsito para acercarnos los unos a los otros. Pero no, se diría que la clase política y algunos de nosotros preferimos las fricciones, que no hacen otra cosa que aumentar el número de miedosos y cargar con más sufrimiento a los débiles. En esos momentos le viene a la mente lo que estarán pasando, o pasarán, quienes habitan en los países pobres, silenciados en los informativos. Se va hacia el escaparate social en el que se ha convertido su ventana preferida.

El jubilado comparte con bastante gente la prevención del futuro que ya es hoy, porque se le van erosionando los sueños. No alcanza a prever el quebranto en salud que supone, pero se estremece si atiende a las cifras, con crecimiento exponencial; por eso, no deja de intercambiar con quienes habla la palabra confianza, fundada en los porcentajes no en los números. A pesar de esto, le golpea la letanía continua del “lo peor está por venir”, el retraso de la fecha del pico sanitario que anuncian los científicos. Frente a esas desnudas incógnitas, prefiere refugiarse en las solidaridades acumuladas y el esfuerzo de tantos profesionales que con su esfuerzo proclaman que es posible levantar lo imposible; si ellos lo creen no hay que dudar de que sea verdad. Se adhiere a la frase del filósofo Emilio Lledó: “Ojalá el virus nos haga salir de la caverna, la oscuridad y las sombras”, y la predica siempre que tiene ocasión de comunicarse con alguien.

Memorias y olvidos, soledad y silencios y, entre medio, torrentes de acciones desprendidas.

Para animarse, así lo comenta con quienes mantiene relación oral, se dice que ya superamos el ecuador imaginado del posible confinamiento, por ahora una vez alargado. Piensa en positivo, la desgracia unirá a la humanidad, que se preparará mejor ante epidemias como esta, que nadie vio venir. Se promete a sí mismo que lo primero que visitará cuando haya permiso para dejar el confinamiento será la cenicienta estepa donde nació para recuperar esas imágenes de la infancia que unen con la vejez. Lo hará para releer en soledad La estepa de Chejov, y así sumergirse en la vida del pequeño protagonista y aprender de otras biografías tronchadas por el destino. En realidad lo que quiere es recuperar las fragancias de romeros y tomillos, porque en este trance vírico se nos perdieron hasta los olores. Además, desea que sea pronto para recibir como se merecen a las golondrinas, que estarán a punto de llegar si no lo han hecho ya.

Llegó la noche. Toca regalarse una frase amable, para levantar el ánimo. Leonard Cohen debió decir alguna vez que “hay una grieta en todo. Así es como entra la luz”. Así sea.

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No sé qué decir frente al contagio del patógeno humano

Ante el naufragio vírico que nos está castigando no cabe sino protegerse de sus impactos. La descontrolada irrupción del COVID-19 ha puesto en cuarentena la multiforme economía mundial, derrotando incluso al dinero. ¡Quién lo iba a decir! Pero además ha limitado las libertades personales, ¿Dónde ha dejado tantas luchas sociales?; y está haciendo estragos en la sanidad colectiva, el gran logro universal del siglo XX. ¿Qué se puede argumentar ante semejante cataclismo? De tal calibre ha sido el envite, que algunos se sintieron dentro de un nuevo “apocalipsis bíblico”. Parecía una cosa remota cuando empezó, lo veíamos como imposible de llegar hasta nuestras súper protegidas sociedades. Quienes sufrieron al comienzo vivían tan lejos, eran tan diferentes a nosotros. Sin embargo, la distancia se hizo nada y el tiempo se constriñó. En estos momentos Italia y España se han colocado en el epicentro del coronavirus, donde más golpea. Los servicios sanitarios no dan abasto para limitar sus efectos; a pesar de ello, centenares de personas enfermarán y demasiadas morirán.

No sé si lo que otros dicen me sirve; hay tantos mensajes que se superponen unos a otros que lo más que logran es acrecentar agonías; los avisos se convierten en necrológicas si alguien se engancha a los continuos informativos televisivos. Cuando sea derrotada esta emergencia, que lo será al menos momentáneamente, todos (administración, agentes sociales y ciudadanía) hemos de entender que se nos ha desmontado una de las creencias universales: la especie carece de esa supuesta superioridad e invulnerabilidad que al parecer nos protegía; pocos dudaban de esa posesión, pero era una creencia engañosa. Ahora hemos de darnos cuenta que vivimos, viviremos y vivirán, en una sociedad de riesgo, casi tan vulnerable a aquella que se enfrentaba en los siglos XIV y siguientes a las sucesivas oleadas de la peste. Quienes lo duden pueden repasar los recientes Ébola, Sarr o gripe aviar.

No sé qué decir ante el hecho de millones de personas nos hayamos visto sometidos en unos meses por la espectacular hazaña de un “no ser” diminuto de ARN, que no sabe hacer otra cosa que reproducirse a costa de otros, aliado en no sé qué proteína. Tanto que nos ha destrozado la maquinaria existencial que suponíamos dominaba el planeta. El imperio antrópico, del que ya previno Jean-Jacques Rousseau cuando criticó el egoísmo acaparador, se resquebrajó de pronto, en unos meses desde la primera aparición del dichoso coronavirus; y lo que queda por descubrir de algo que no vemos. En unos días cayó la fe en el estado de bienestar; nos ha descubierto que lo extraordinario puede ser frecuente, lo casual puede llegar a ser estructural en el sistema. Vaya chasco: en poco tiempo algo invisible nos ha quitado la hegemonía planetaria.

Varios militares desinfectan la estación de Renfe Abando Indalecio Prieto de Bilbao. (H.Bilbao / Europa Press)

El asunto está siendo de tal envergadura que tambalea el que se decía era uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo. Ante todo esto, debemos cuestionar todos (administración, agentes sociales y ciudadanía) si ese relato de perfección del sistema antropocéntrico que nos protegía era verdad. Sin duda deberemos reconocer que la incertidumbre del futuro es nuestro sino. El brutal ataque provoca demasiados sufrimientos a pesar del empeño de muchas personas, que no hacen sino ayudar al que lo necesita aun a riesgo de perder mucho en la misión. Supongo que tampoco sabrán qué decir con seguridad ante todo esto. Por eso, cuando nos recuperemos de la embestida vírica -vendrán otras similares a no mucho tardar según anuncian los científicos- habremos de concertar unos escudos ideológicos y de pensamientos críticos que nos limiten el nuevo cariz de aventura que ha tomado la vida colectiva. Que nadie dude que nos hemos sumergido en una escena tan desconocida que las defensas que creíamos tener se han quedado caducas; en este caso han fallado en demasía. Ni siquiera se supo proteger rápido a las personas vulnerables por azares de vida o por la profesión que les tocó desempeñar. Tal ha sido el descoloque social que hasta mirábamos con recelo a quien pasaba cerca de nosotros en la calle, en un crecimiento del individualismo que llevó a algunos a un acaparamiento inútil de víveres, como si eso los salvase. En consecuencia, habrá que testear las claves y renovar protocolos a menudo. Nada es permanente, excepto el cambio permanente, vino a decir Heráclito hace más de 2.500 años.

No olvidemos otras graves pandemias que ahora nos acechan aunque por cotidianas no les hagamos caso: hambre, guerras, pobreza estructural, cambio climático, explotación consumista y otras de génesis humana. También emitirán señales contradictorias y causarán desastres sociales. Me atrevo a decir que buena parte de esas emergencias son alentadas siempre por el patógeno humano; no se puede vivir más de siete mil millones de personas en condiciones idóneas, sin que las interacciones provoquen conflictos; máxime si la colonización comercial domina el mundo, si el beneficio a cualquier precio que ha dominado la economía global tendrá más graves consecuencias. Este extravío global nos enseña que la mundialización feliz –ese mundo ideal que estábamos asegurando a nuestros hijos y nietos- era una ilusión inventada que muta enseguida en forma de contaminación global de indefensión y pánico. Por eso, la solidaridad comprometida, se podría llamar colaboración planetaria para asegurar buena parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, podría limitar un poco, o bastante, nuestra permanente vida en el riesgo. ¿De qué sirve si no llamarnos sociedades humanas?

¡Qué ilusos, creíamos vivir en el paraíso terrenal de nuestro globalizado mundo! La dominación antrópica del planeta y el dominio de sus incertidumbres ha quedado bastante mutilada. Por desgracia, es probable que cuando la intensidad del peligro amaine, las sensaciones, que siempre son subjetivas y demasiado individualistas, escapen otra vez de la cordura existencial, se olviden de la previsibilidad de nuevos ataques, de que únicamente la solidaridad –internacional, intergeneracional, desprendida en lo económico- nos ayudará a sobrellevarlos. Como si el “sálvese quien pueda” fuera un lema creíble. Habrá que cambiarlo por el de “combatir entre todos a los crecientes episodios de riesgo colectivo”.

¡No sé qué decir!, frente al contagio del patógeno humano.