Ciudades con plasma de hormigón

Este es uno de los primeros caudales que ha movido durante demasiado tiempo el corazón de las ciudades y les ha dado pulso y forma. En el idioma griego, que ha proporcionado la palabra hormigón, esta significa “forma moldeada”.

Ya lo barruntaba Mahatma Gandhi, quien decía algo parecido al contundente título de esta entrada. Añadía el líder pacifista que ese hecho haría infeliz a la gente. A pesar de estos augurios, de otros similares que le han seguido, el magnetismo urbano no hace sino aumentar; desconocemos si la felicidad va implícita.

Fijémonos en el año 1900; apenas un 13 por ciento de la población mundial era urbanita. Sin embargo, el porcentaje puede llegar al 65% en 2050. Un dato elocuente: entre 2010 y 2015 las ciudades albergan 80 millones de personas más.

Las ciudades actuales, si quieren ser vivas en su dimensión, siempre necesitan un flujo constante de hormigón y acero para renovar infraestructuras. Estas envejecen en unas décadas, pues se deterioran con el uso o se les demandan nuevas prestaciones: más casas, más oficinas, más calles, más servicios, más de todo.

La ciudad sin fin es el resultado claro de que levantar edificios, muchas veces con intereses especulativos, ha primado ante la necesidad de construir ciudades habitables, con las delicadas acepciones que debe tener esta última acción. Apenas se ha tenido en cuenta la confortabilidad de los habitantes, pocas veces se les solicita su opinión. Sin duda, la mayor parte optarían por vivir en ciudades más amables.

El entramado urbano dominante lo componen edificios hacinados, sin rincones intermedios ni dotaciones lúdicas o creativas accesibles a sus moradores. El espacio se comprime; las barreras se imponen a la habitabilidad. Este defecto vital es particularmente grave en los distritos pobres, y más si las ciudades están en determinados países. Nairobi en el corazón.

El futuro de cualquier ciudad en el año 2030, siempre algo imperfecto para una parte de su población, depende bastante de lo que hagamos hoy, nos recordaría Gandhi. No podemos dejar que el hormigón o cualquier otro medio físico siga siendo su sangre. Por eso, las ciudades quieren cambiar su estilo de vida. El 31 de octubre se celebra el Día Mundial de las Ciudades, esta vez también de los ciudadanos, pues el lema elegido “Cambiando el mundo: Innovaciones y una vida mejor para las generaciones futuras”, lo dice todo.

Anoten una sola meta del Objetivo de Desarrollo Sostenible núm. 11: “De aquí a 2030, se debe aumentar la urbanización inclusiva y sostenible y la capacidad para la planificación y la gestión participativas, integradas y sostenibles de los asentamientos humanos en todos los países”. Reflexionen sobre el asunto para darle al hormigón el tipo de protagonismo que debería tener en una ciudad saludable, que sean otros plasmas los que muevan la ciudad y a sus ciudadanos.

Por cierto: ¿Qué cambiaría (pondría o quitaría) en su ciudad? Si quieren disfrutar/cuestionar los diversos pulsos urbanos, lean Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino (1974); nunca deja de estar de actualidad.

 

(JORGE PARÍS)

Reciclaje de la (in)con(s)ciencia colectiva

La ecuación que es vivir debería hacernos conscientes de sus términos: un poco de aquí y algo de allá, multiplicado por el cada día, elevado a la potencia de lo colectivo y, quizás, con alguna o muchas restas y divisiones. Eso, más o menos, valdría para poner cara a la conciencia colectiva, enfocada a la coexistencia ambiental y social, empeño harto difícil por lo visto hasta ahora.

Recononozcámoslo: nuestra educación está multiorientada, al menos tremendamente condicionada, por el consumo; este la nubla y le impide imaginar, conscientemente, horizontes diversos con respecto a sociedad y su interactivo medioambiente. Necesita un reciclaje urgentemente.

(JORGE PARÍS)

El vocinglero consumismo ha sepultado el deseo personal; a poco que se piense de forma consciente, a muchos resultará incomprensible, al menos insípido. Bastantes dirán que no lo entienden, todavía menos lo justificarán, habida cuenta de los nubarrones que se nos anuncian; por ahí están peleándose EE.UU. y China a costa nuestra, detrás vienen aranceles que nos preocupan. Parece evidente que el inconsciente colectivo –si es que existe- desdeña el tiempo, rara ver acierta a conjugar el futuro; seguramente ni se molesta. Acaso la vida es tan compleja que son bastantes las personas que creen que se vive mejor no siendo consciente de los avatares que las amenazan.

La imagen pública del inconsciente colectivo es, cuando menos, insulsa; acaso está desnuda como aquel emperador del cuento de Andersen. Habremos de preguntarles a niños y jóvenes cómo la ven representada; algunos ya se manifiestan en contra, pongamos por caso la crisis climática, o la indefensión ante la manipulación de las redes sociales, dos claros ejemplos de la necesidad del reciclaje del (in)consciente colectivo, si es que ambos existen.

Lo malo, casi perverso, en todo este asunto es que el cometido, tanto individual como colectivo, está cada vez más influido por la mentira global, que se ha convertido en una “gran posibilidad de información dudosa” en los tiempos que corren, mejor, que vuelan. Cuente las señales tecnológicas que han llegado a su terminal mientras ojeaba este artículo. Recuerden la última vez que pensaron algo sobre la pobreza o el hambre en el mundo, las desigualdades entre las personas y asuntos de este estilo, que están cerca de usted o acaso padece. Anoten qué saben de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el camino de la gente para la gente. ¿Cuánto tiempo le dedicaron a mirar estas realidades? Si no fue mucho, no por ello son mejores o peores personas, simplemente indiferentes o muy ocupadas.

Pero claro, por lo que se ve, la vida, o la construimos colectiva -ODS para todos en dosis tendiendo a ser similares- o dejará de serlo. ¡He ahí el dilema! Parece conveniente compartir ideales positivos –los hay por ahí y solamente necesitan un buen reciclaje- hacia el futuro colectivo, para asegurar que la con(s)ciencia colectiva sea posible.

Preguntémonos qué podría significar ser (in)consciente global. Para concretarlo, mejor de forma colectiva, les dejamos una frase del ensayista de las ideas, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2008, Tzvetan Todorov: “La humanidad no puede vivir sin ideales. Hay momentos de ceguera e inconsciencia, pero se puede despertar“.

Las vacas no dijeron ni mu

Tampoco los pollos piaron ni los cerdos gruñeron ante la recomendación lanzada a primeros de agosto por la ONU de cambiar la dieta cárnica y evitar el despilfarro alimentario (cercano al 10% de lo que se produce) para que la vida mundial no se colapse. De resultas, mucha gente pensó que las vacas son las causantes de todos los males. ¡Qué culpa tienen ellas! , más sabiendo que ha aumentado mucho más el consumo de carne de pollo y cerdo, suman más del 35% del total en cada uno de estos dos, que de los filetes vacunos. Es de suponer que las vacas hubieran mugido si se les hubiera preguntado, por más que ellas no entiendan de las ideologías que nos señalan qué y cómo comer, y por qué.

Se dice por ahí, siempre para criticar, que la verdad que más interesa es la que da de comer, por eso se habla una y otra vez de la seguridad alimentaria. A la vez, se apuesta por desregular lo establecido como hábito, o por costumbre, para regularlo como estilo de vida. ¡La gente es tan reacia a los cambios!, incluso cuando ve beneficio en ello.

En fin, que las vacas no se molestan ni en mugir; nadie les va a hacer caso. Seguro que si hablaran se quejarían sobre todo de que la ganadería intensiva y sobreexplotada provoca el sufrimiento animal, no solo el suyo.

(GTRES)

Los mercados alimentarios sufrieron un tembleque con lo que concluyeron los 107 expertos de 52 países del IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) de la ONU. Temen la rebelión de la gente, cuando la canción de la vida lleva el estribillo de la salud; que es más o menos lo que decía el informe. Aunque confían en que las personas se sigan alimentando con el silencio, cuando se hace cómplice de indigestiones o enfermedades futuras. Por más que la gente sepa que el metano de los pedos de las vacas, junto con los gases de pollos y cerdos, nos están intoxicando el aire.

El mensaje de “menos proteínas cárnicas”, que lanza el informe, no se puede simplificar; Norte y Sur no se alimentan igual. Quienes son optimistas aseguran que valdría con que los habitantes del planeta que tienen más necesidades nutricionales –miren hacia África y esos otros lugares con el IDH (Índice de Desarrollo Humano) bajo, que suponen la mitad de la población mundial- pudiesen aprovechar una tercera parte de lo que les sobra, o tira, la gente sobrealimentada y hipernutrida, la del Norte. Esta ha incrementado de forma considerablemente el consumo per cápita de grasas vegetales, carnes y calorías desde mediados del siglo pasado. De ahí que el informe alerte de que pueden ser ya más de 2000 millones las personas con sobrepeso u obesas en el mundo.

Las más de 1500 millones de vacas, los 25.000 millones de aves de corral, junto con 1.000 millones de cerdos que asegura la FAO que transitan cada año por el mundo armarían una algarabía al unísono para plantear una pregunta abierta: ¿Este asunto es una tendencia necesaria para responder a la crisis climática, al despilfarro alimentario, enfrentarse al sufrimiento animal en general, o más bien una moda? Eso que por ahí se llama, con cierta carga peyorativa, la creciente “carnofobia”.

(GTRES)

Si tienen interés por cómo se podría elaborar una dieta sostenible y saludable para las personas y el planeta pueden consultar otro informe de la ONU, publicado en el enero último “Alimentos, planeta y salud” en The Lancet, visto desde la hipótesis de que para 2050 sean 10.000 millones las personas que pueblen el planeta.

Lo que parece claro es que el asunto -más o menos carne en relación con crisis climática y despilfarro alimentario- no lo solucionan los animales sobreexplotados. Es tarea de la política global de mercados y estrategias, de leyes reguladoras y acciones. gubernamentales, de la cultura alimentaria en general. Pero también se necesita una apuesta personal. Cada cual que busque su argumento; aunque no estaría de más experimentar durante un tiempo aquella promoción publicitaria, lanzada por no recuerdo quién de los países ricos, que decía “si menos carne más vida”.

Por cierto, dicen los científicos que, a este paso, no cabremos todos y las vacas, pollos y cerdos en la Cima 2030.

La trabajosa huelga por el clima

Cientos de manifestantes se reúnen en la Plaza de Bolívar con motivo de la huelga mundial por el clima, en Bogotá. (EFE/Mauricio Dueñas Castañeda)

No es sencillo programar una huelga/actuación global por el clima. Aunque cada vez sea más corriente la protesta, en muchos casos no se tiene claro el destinatario de la queja, sea o no razonada. En realidad, eso sucede porque no sabemos del todo quién manda en el mundo; a esos habría que dirigir las quejas. En este asunto de la crisis climática se duda si la principal responsable es la economía, acaso la política. También estarán por ahí las grandes corporaciones internacionales, no lejos los organismos mundiales, estilo ONU y Banco Mundial, que deben regular el concierto internacional mucho mejor; o, al fin y al cabo, bastante responsabilidad es nuestra por inacción. Generalmente los citados en primer lugar deciden contra los últimos, y esos, nosotros, protestamos contra todos los demás.

Lo cierto es que hay malestar mundial por los desafíos de la crisis climática, y eso lleva a inquietudes e inseguridades que tarde o temprano se generalizarán, y adoptarán la forma de amenazas para la vida colectiva. Sin duda, quienes impulsen las acciones de protesta ante la emergencia climática han de identificar a los responsables del desaguisado en este complejo mundo y contárselo a la gente que se va a adherir a ellas. Convendría que los protestantes contra la irresponsabilidad de los otros, ya sean grupos o individuos, lo hicieran con madurez crítica, acompañada de actos de reducción personal de sus impulsores climáticos. Da más fundamento. Además, hay que tener presente siempre que una protesta simple no resuelve un tema tan complejo como la crisis climática.

Muchas personas nos rebelamos porque hemos perdido la seguridad futura, se ha erosionado y todo apunta a que las cosas no van a ir a mejor. Será por eso que nacen iniciativas como Fridays for Future (Viernes para un futuro) que tuvo visibilidad en la huelga de los viernes que hacían chicas y chicos para denunciar el silencio cómplice de los políticos y gobiernos frente a la crisis climática. Los estudiantes si tenían claro quienes eran los destinatarios de sus demandas y protestas; reaccionan porque ven salir humo de su casa, el planeta lo es, y aprecian llamaradas por diversas esquinas de este, que amenazan con dejarlos sin casa en el futuro.

Manifestantes en Nueva York. (EFE/EPA/PETER FOLEY)

La presente rebelión para ilustrar la emergencia climática tiene que vencer muchos imponderables. ¡Cuánto cuesta poner de acuerdo y mover a la gente si no se dispone de un gran poder mediático, económico o político! La fecha elegida, 27 de septiembre de 2019, coincide con la Cumbre de Acción Climática impulsada por la que ahora mismo tiene lugar en Nueva York. Allí están muchos de los que mandan en este complejo mundo (políticos, empresas, organismos internacionales, etc.) y son responsables de una buena parte de los desafíos que tiene delante la gente.

La acción colectiva, que ha sido respaldada por muchas organizaciones (más de 300 en España), está impulsada por los jóvenes; son quienes más tienen que perder. Youth for Climate y el nombre de Greta Thunberg quedarán unidos a la historia social y, ojalá, a un cambio de rumbo en la crisis climática. Quedémonos, como acicate para el compromiso de los mayores, las palabras del Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, que, entre otras cosas, decía “mi generación no ha sabido reaccionar ante el enorme desafío del cambio climático y la gente joven lo siente profundamente; no les faltan motivos para enojarse”.

Participantes este viernes en Manila, Filipinas. (EFE/ Rolex Dela Pena)

El reloj de los ODS agota las horas. A pesar de las continuas llamadas a actuar de estos últimos años, nuestros gobiernos no han hecho prácticamente nada. El Objetivo número 13, que urge a adoptar medidas para frenar el cambio climático está rodeado de la maldición del aluvión de declaraciones, poco más; a pesar de fundamentar sus urgencias en evidencias y en investigaciones científicas.

La huelga por el clima se extiende a la semana del 20 al 27, las actuaciones se justifican trabajando por el clima. ¡El clima es nuestro!; somos causa y consecuencia. Este solo supuesto, trascendental, debería animar a toda la población a sumarse permanentemente a la iniciativa reclimatizadora. Hagamos de lo que queda de 2019 un año clave para llegar lo mejor posible al 2030, la cima marcada en todas las agendas que pronostican los ángulos de la vida global.

Acciones vinculadas a la Huelga del Clima, este viernes en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. (EFE/ Nic Bothma)

La educación quiere seguir soñando

Andaría Víctor Hugo ocupado en sus cosas, cuando dijo aquello de que “el que abre una puerta a la escuela, cierra una prisión”. Su visión del futuro, sus sueños no realizados, nos adelantaban paisajes educativos yermos en demasiados países para muchas personas; antesala e impulsores de fenómenos migratorios. Nos avisaba, cual adivino social en un viaje al futuro, de que los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que serían enunciados 150 años más tarde, se convertirían en epílogos de fracaso si no figuraban en el prólogo de la vida colectiva.

Parece que le hubiera llegado, mientras escribía Los miserables (1862), el informe ¿Van los países por el buen camino para alcanzar el ODS 4?, publicado por la UNESCO en julio de 2019, bajo el formato de Migración, desplazamiento y educación, dentro del proyecto Seguimiento de la Educación en el Mundo, que como el resto de los informes de este organismo merece ser al menos hojeado por quienes se consideran parte de la ciudadanía del mundo.

Solo por hacer un poco de memoria recordamos que La agenda para la reducción de la pobreza, conocida como los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) (2000), centraba su ODM número 2 en el logro de la educación primaria universal, mientras que el ODM 3 tenía por objeto lograr la igualdad entre chicas y chicos en la educación primaria, secundaria y superior. No cuesta mucho comprobar sus limitados éxitos. Quizás algunos de los que se lanzan hoy a la aventura de la migración lo hacen porque no encontraron en su tiempo el medio educativo favorable; así, acaban en prisiones de distinto signo imaginadas por el francés. Es comúnmente aceptado hoy que si la educación deja de soñar aleja a mucha gente de la Cima 2030.

Menos mal que el informe de 2019 citado sobre educación es una primera proyección, hubiera pensado el escritor francés, como nos sucede a nosotros. Siempre queda la duda de cómo llegarán los menos favorecidos -aquellos en los que se ceba la miseria global- al año 2030.

En esto de cumplir compromisos, firmados varias veces, los países son escandalosamente olvidadizos. Conozcamos unos cuantos datos sobre el camino educativo global, recogidos en el informe, y sometámoslos a la reflexión compartida:

Sólo seis de cada diez jóvenes acabarán la escuela secundaria en 2030; el acceso a la educación infantil está en aumento pero falla en los países de ingreso medios y bajos; en estos, los más ricos tienen nueve veces más probabilidades que los más pobres de terminar la secundaria alta; cuatro de cada diez escuelas de la educación secundaria superior en los países de ingresos bajos carecen de instalaciones sanitarias. Por acabar, anoten lo que afirma el informe: los limitados datos existentes indican que existen grandes brechas en la integración de la educación para el desarrollo sostenible. ¡Vaya! Esta cuestión es vital para llegar en mejores condiciones al año 2030.

Víctor Hugo afirmaba que el futuro tiene variados perfiles: para los débiles lo inalcanzable, para los temerosos lo desconocido, para los valientes es la oportunidad. Comienza un nuevo curso escolar en muchos países. En la falta de horizontes educativos para los más pobres, personas y países, conviven lo inalcanzable con lo desconocido; ambas situaciones laminan sus oportunidades. Mal asunto cuando se trata de armonizar migración, desplazamiento y educación.

¿Qué hacer? Al menos insistir en que la educación es la cordada más fiable para conseguir que todos, incluidos niños y niñas pobres de hoy que en el año 2030 tendrán más de 20 años; soñemos de nuevo y nos encontremos en la Cima 2030.

(GTRES)

Cuando un monte se quema, algo se muere en el alma

Asegura el saber popular que los incendios de los bosques, del monte, son algo normal. Acierta, pues forman parte del ritmo vital entrópico que la biodiversa naturaleza mantiene y que justifica su existencia. Aunque el argumento se quede ahí, reconozcamos que un incendio tiene efectos beneficiosos para el conjunto del ecosistema. Pero lo que antes sucedía a los bosques porque sí, ahora les hace malvivir en un sobresalto continuado. Sin enterarse, les han surgido aceleradores de sus ritmos. Estos los impulsa la intervención humana, además del cambio climático, que es otra pifia de la especie más depredadora que maniobra por el planeta y se ha empeñado en no dejarlo en paz.

En tiempos se cantaba, o poemaba como hizo Antonio Machado en Por tierras de España, que cualquier incendio de un bosque deja una cicatriz en el alma de quienes lo aman, o viven en él; ahora sabemos que también rasga la existencia del planeta en su conjunto. La marcas incendiarias serán más o menos incisivas, más o menos recuperables, acaso se repondrán antes o más tarde.

(EFE)

A menudo la gente se despreocupa de lo que no tiene delante; solo así se explica que no vea cómo afecta al alma global el hecho de que se queme la taiga siberiana, las selvas amazónicas, los parques nacionales canarios, o las más de 70 000 hectáreas calcinadas en España en lo que va de año. Pues sí, lastiman lo colectivo, porque los bosques expanden afectos y efectos, cerca y lejos; en el aire no hay fronteras, en los sentimientos tampoco. Detrás de los episodios llameantes, queda una ruina con apenas cuatro resistentes hierbajos, esperando que el tiempo rescate las ausencias. Por el aire circulan nubarrones que no solo difuminan la Cima 2030; este año están ahumando la estratosfera, y eso no puede ser bueno para nadie.

En ocasiones me imagino hablando críticamente con aquellos que se creen dueños de los bosques; como el negacionista Trump o el presidente de Brasil, Bolsonaro, que piensa que la Amazonia es solo suya. Produce temblores y preocupaciones oír sus intuiciones interesadas; aseguran saber más que los científicos que miden la destrucción del planeta. Incluso el presidente brasileño se atreve a decir que los grandes incendios de la selva amazónica del presente verano, nunca se habían visto de tal dimensión, los provocan los ecologistas. Antes ya se había quejado de que los extranjeros quieran mandar sobre la(su) selva. ¿Acaso el ecosistema amazónico no tiene el alma global?; sus beneficios sí lo son. Después parece que recula ante las presiones internacionales. Ahora siente la amenaza de la revocación de tratados comerciales, o de que los países europeos iban a revisar sus donaciones al Fondo Amazonas; por cierto, un 60% de estas van a parar a instituciones gubernamentales.

A veces me imagino que no conozco los mapas del fuego como los que nos muestra el FIRMS de la NASA, en donde se aprecian los nubarrones incendiarios que tenemos por delante. ¿Qué hacer para detener esta tendencia? No sé, pero pronto será tarde. ¡A ver qué trascendencia tiene sobre el peligro lo que hablaron en la Cumbre del G20 a finales de agosto en Biarritz!

A veces, resulta pavoroso imaginar

La ‘fren-ética’ sima mediterránea

Cunde entre la gente, los gobiernos son sus representantes y educadores, una práctica desconcertante: Los esfuerzos y compromisos que en otros tiempos estaban encaminados a cambiar el mundo son ahora empleados en proteger lo que tenemos, llámese bienestares o idiosincrasia. Incluso así, no estamos seguros de encontrarnos a salvo de ciertas contingencias, por más que muchas sean difíciles de identificar.

La vida es un compendio de situaciones personales dentro de la convivencia social. Se visibiliza lo mismo en postulados que en formas de vida; en ocasiones apenas se manifiesta claramente, lo cual nos conduce a dudas. A menudo, de forma consciente o no, se elige entre una cosa y otra que en cierta manera la contradice. Cuando se reflexiona de verdad entre varias alternativas aparecen los dilemas, insustanciales bastantes veces, en otras llegan a tocar la moralidad o la ética. Bastante gente siente incomodidad a la hora de pensar, sobre todo si lo cuestionado trasciende la esfera del beneficio personal inmediato. Un ejemplo de dilema moral podría ser la cuestión de la acogida de los inmigrantes que viajan días y días en barcos que los han rescatado de una muerte segura en el Mediterráneo.

Los flotadores provisionales que los barcos de Open Arms y Médicos sin Fronteras han procurado este mes de agosto a los náufragos mediterráneos en peligro de ahogarse nos obligan a posicionarnos. Más allá del sentimiento emocional, ya de por sí relevante, está el asunto de la acogida o no por parte de los países ribereños del Mediterráneo, que tuvo su momento álgido en 2015 cuando se tendieron endebles pasarelas entre Turquía y Grecia. Ante este drama, hay gente despreocupada, otra que piensa una cosa y dice otra, gente que conscientemente se manifiesta a favor de que España los acoja; no faltan difuminaciones de los representantes gubernativos y recriminaciones a las ONG cuyos barcos han rescatado a los náufragos. Cada una de estas posiciones tiene una parte opinable, otra más grave censurable desde el punto de vista ético, pues se ponen en juego los conceptos del bien y del mal que, en buena manera, dicen que sostienen la civilización democrática que lleva tantos años bañando el norte mediterráneo.

Duele que personajes como Salvini, o Trump, pretendan a(re)sumir la moralidad global, con la excusa de que quienes sufren en una barcaza o en un desierto están allí porque la redes mafiosas los han transportado. De vez en cuando, hay que sentarse a pensar cuál es la escala personal y social de valores, implicarse en diálogos razonados sobre estos temas respetando las opiniones y conductas ajenas, y formar un juicio moral. Incluso no estaría de más colocarse en alguna ocasión en el lugar de los otros.

Si no lo hacemos más veces y muchas personas, demasiada gente no podrá superar la sima mediterránea, sitio sin fondo en donde cayó la implicación ética de los Gobiernos de Europa. Mucho menos lograrán alcanzar la cima 2030, allí donde aparece escrito el objetivo/deseo núm. 16 de los ODS: Promover sociedades justas, pacíficas e inclusivas, que rubricaron todos los países implicados en este drama veraniego. El freno a la ética universal, visible en el Mediterráneo, lo dificulta mucho.

No se trata de resolver para siempre un problema complejo con muchos intereses en interacción
; de esta tarea deben hacerse cargo los Gobiernos y organismos internacionales, en lugar de dejar que la sima se agrande, por más que digan que las conversaciones para resolver este caso son frenéticas. Es necesario remediar puntualmente estos episodios de agosto –barcos llenos de gente rescatada de la muerte probable, hacinada en penosas condiciones, deambulando por el Mediterráneo o detenidos a escasos metros de un puerto en el que no dejan desembarcar, etc.- representan un esperpento de la condición humanitaria, un frenético estorbo para la convivencia.

Mucha gente no duda de la estrategia, no le supone ningún dilema el asunto: primero salvarlos y acogerlos, después dialogar para encaminar las cosas.

(EUROPA PRESS)

Tome una buena dosis de ecología cada día

Todas las personas vivimos interconectadas con lo que nos rodea, seamos o no conscientes de ello, queramos o no; incluso los (in)crédulos negacionistas. Lo que cada cual, todos, hacemos y vivimos tiene mucho que ver con la ecología.

Esta palabra tiene muchas variantes léxicas: concepto y sentimiento, acción e interacción, compromisos y olvidos, urgencia y permanencia, etc.; también algún exabrupto. Bastantes, mucha gente y las marcas comerciales cada vez más, la utilizan como etiqueta: lo ecológico vende y mola; otros como una especie de mantra, para emocionarse ellos mismos o para enfrentarse a los demás.

Un sustantivo tan importante que, a poco que nos aproximemos a él, llega a ser un adjetivo, acabándolo simplemente en -ica o –ico. También alcanza su expresión coloquial en forma de ecologismo o ecologista, variables nuevas de una vida antigua. Estas dos últimas acepciones identifican a las personas que toman una buena dosis de ecología cada día y así reconfortan la vida propia; y un poco la de las demás, también la del planeta y los seres vivos que con los que conviven. Si bien no faltan quienes utilizan los vocablos como insulto hacia los defensores o propagadores de la vida en armonía en/con la casa común.

La palabreja es también idea, destino o camino, lugar y tiempo, individualidad y colectivo, presente con bastante de pasado y revisión del futuro. En verdad, nunca ha dejado de estar de moda desde que Aristóteles se ocupó de algo parecido o las religiones primitivas adoraban a la Madre Tierra; muchos científicos, anoten Darwin y Humboldt, le dieron un buen empujón. Quiere significar, más o menos y para gente normal como nosotros, la casa que tenemos/queremos, más bien su estudio, análisis y actuación pertinente.

Ecología es reconocer lo que hay en casa de cada persona; en realidad, la marca de todos, en conjunto componen los ecosistemas, para hacerla un poco más acogedora, o mucho. Sepan los despreocupados, o incrédulos, que aún es posible una pequeña reforma, pero para ello la ecología debe conseguir un papel protagonista.

La palabreja moderna y sus derivaciones comprometidas la consolidó el científico ruso Vladimir Verdanski, del que casi nadie ha dicho nada; ya se sabe que muchas veces la fama se la llevan otros. Después vinieron aportaciones varias para explicarnos lo del ecosistema, eso que estudiábamos en el instituto. Aun así, todavía hay por ahí mucha gente que teme, desdeña, a la ecología, aunque esta nunca sea feroz.

Ahora mismo se la ha adornado de Sostenibilidad, que queda mucho mejor. Sin embargo, nunca, ni la una ni la otra, deben ser contemplativas. Por eso, más ecología y menos postureo verde. La primera, en sus variantes léxicas debe incluir comprometida y futurible; el segundo es simplemente un color de adorno.
Ponga algo, o mucho, de ecología práctica y comprometida en su día a día; incluso, o más, en el verano vacacional. No se arrepentirá; compruébelo.

Hay bastantes personas que ya afirman, están convencidas, que una buena dosis de ecología les reconforta. Se nos ocurre que la ecología cotidiana podría ser el camino para ascender, el mundo entero, en buenas condiciones a la Cima 2030.

Aquí lo dejamos, para que lo gestione; no sin antes recordarle que la ecología es una conversación ininterrumpida con la vida. Ensaye este verano. Ya (se)nos contará.


(EFE/ Andy Rain)

Para siempre es demasiado tiempo

Dicha expresión adorna el momento presente, superado ya una vez acabe de leer la frase. Llevémosla al terreno de la crisis climática. Todo es importante y, a la vez, casi nada de lo que hagamos tiene la marca de durabilidad. Ante esta hipótesis, el deseo colectivo se plantea renunciar a qué: a nada de lo que cada cual pueda para alargar el tiempo útil, el de todos.

Porque, el silencio y la inacción suenan todavía peor. La crisis climática tiene prisa, parece que le gustase el “para siempre”. Al otro lado nos encontramos nosotros. Sabemos, hemos de ser muy conscientes de ello, que lo que uno hace se sostiene en aquello que busca. En nuestro caso, dedicar tiempo a que la crisis no se eternice.

La desidia climática va contra toda lógica y nos aleja la Cima 2030. Es bien sabido que todo lo que sucede es producto de alguna conexión, o de muchas situaciones concatenadas; también interviene el azar.

Pongamos por caso la energía externa que consumió ayer mismo para realizar sus actividades. Fue, hizo, trabajó en, compró, elaboró, se vio con, se entretuvo en, disfrutó con una actividad relajante o cultural, etc.; además de reponer la energía interna con los alimentos y nutrientes convenientes. En todos estos procesos se degradó energía en forma de productos que afectan más o menos a la crisis climática. Siempre, pensando en negativo, queda algún resto indeseado.

Pero, lo inalcanzable también se puede imaginar en positivo. Está tanto en las cosas que se ven como en las que no se ven. Aunque últimamente, usted incluso, se haya relajado en la pelea reclimatizadora, todo tiene su parte eficiente. Le queda el recuerdo de lo que hizo bien, quizás eso sí le sirva siempre para que lo que busca en mitigación y adaptación climática global no acabe en un sueño. Eso debe impulsar iniciativas como Som Energía.

Lo que caracteriza mejor a una persona que lucha de verdad contra la crisis climática es que es consciente de que casi todo requiere sacrificios, y algún que otro tormento. Por eso, seguro que está pensando ahora mismo en cómo reducir mañana la energía que consumió ayer y la consiguiente emisión de calor y gases. Porque sabe que en el asunto energía para siempre es demasiado tiempo.

Sin embargo, constantemente, en esto no hay duda, ahora o años después, alguien se lo agradecerá; al menos, le encontrará sentido a lo que usted hizo por retener la por ahora imparable crisis climática.


Imagen de archivo de un ‘flashmob’ de Alianza por el Clima. (EFE)

Caca plástica en nuestra basura

Ahora van muchos países asiáticos, empezaron los chinos, y no quieren echar en sus wáteres nuestra occidentalizada basura. En teoría, los millones de toneladas plásticas que hacían el largo crucero marítimo desde Europa hasta China, Filipinas, Malasia o Vietnam, se reciclaban.

Mentira podrida; la mayor parte acababan contaminando las aguas continentales y marinas o eran quemados, emitiendo al aire su tóxica carga.

Ahora, estos países asiáticos ya no quieren nuestra caca plástica; aunque les paguemos mucho. Hacen bien; ya tienen bastante con la suya, que es voluminosa y tampoco está bien gestionada, ni mucho menos.

La ONU dice que en 2017 España fue el séptimo país exportador mundial de desechos, desperdicios y recortes de plástico. El Ministerio de Industria nuestro cuenta que, entre 2010 y 2018, España “envió” a China/Hong Kong casi un millón de toneladas plásticas, más de la mitad de las generadas en ese periodo. ¡Qué barbaridad!

Los espabilados gestores de la basura española decían que enviaban nuestra caca plástica porque aquí no compensaba reciclarla. ¡Vaya caradura! Imaginamos que lo de compensar se refería solo a lo económico, que se desdeñaban las mejoras ambientales y a la salud de las personas.

Hay quien se pregunta qué haremos ahora con nuestra basura plástica. Algunos apuestan (Federación Española de Recuperación y Reciclaje) por reciclarla; otros como Greenpeace por no generarla, lo explica bien esta ONG en Maldito plástico.

¿En qué grupo se encuadra usted para “eliminar” esa caca plástica que cada día produce? Seguro que no consigue adquirir los productos que come libres de envoltorios plásticos; por más que haga pesquisas detectivescas. Así, la bolsa amarilla es siempre la más voluminosa de casa; hay que descargarla casi cada día.

Si se le ocurre alguna idea interesante para ser menos “plasticantes” díganosla. Si quiere ampliar la información sobre el mundo plástico, y sus submundos, no deje de visitar y leer despacio las noticias de la minuteca plástica en 20minutos.es. Hable del asunto en casa y con las amistades. La cosa plástica está muy descuidada.

¿Cómo iremos de cargados cuando lleguemos a la Cima 2030?


(Diego Azubel / EFE)