El tizón australiano, un símbolo para la urgente acción ‘ecolectiva’

Decir que han ardido en Australia 11 millones de hectáreas ilustra un desastre sin precedentes. ¡Desde octubre y tantos millones! Algo así como la extensión de toda Bulgaria, que en los mapas de Europa se ve de buen tamaño; o si lo prefieren lo equivalente a una quinta parte de España. Semejante magnitud asusta, nos coloca ante la intemperie, pues algo similar así podría suceder una y otra vez en cualquier lugar. El premio Nobel de Economía Paul Krugman argumentaba en un reciente artículo publicado en The New York Times que lo de Australia se convierte en la nueva normalidad, para ilustrar lo que supone la emergencia climática que algunos contradicen y muchos ignoran. En el artículo llamaba la atención sobre una distracción lingüística, al decir de muchos científicos, que se esconde en el “relacionado con” el cambio climático para ocultar el “causado por”. Esta cuestión debería ser la ventana de realidad que nos ayudara a ver las cosas tal cual son: hay mucha más probabilidad que suceda. Afirmarlo con seguridad no se puede, dada la aleatoriedad del dónde, cuándo y con qué dimensión va a irrumpir ese episodio meteorológico/climático.

EFE/EPA/JAMES GOURLEY

Las impactantes imágenes que las redes han esparcido sobre los efectos de los incendios australianos forman parte de la distracción, luz y color, que nos emociona; pero sin más. Pocas veces somos conscientes del reto ambiental que tenemos por delante, algo enorme que cuestiona el futuro ambiental, económico y social. Los incendios se producían casi todos los años en el verano en el este de Australia (Queensland y Nueva Gales del Sur) pero estos años duran bastante más que antaño. Las reacciones políticas a lo largo del tiempo de las autoridades australianas –da lo mismo que gobiernen conservadores que laboristas- aterran casi más que los incendios. Otro tanto cabe decir de su desprecio por la descarbonización, la salud de los ríos Darling y Murray por vertidos agrícolas y ganaderos y la protección de las aguas marinas limítrofes al continente. Además, en esta zona se concentra casi la mitad de la población australiana, viven al límite de lo que les marcarán el previsible ascenso del nivel de las aguas marinas y los revueltos ciclones extratropicales. Estas incorrectas prácticas gubernativas se dan en otras muchas partes del mundo.

Los grandes incendios, en especial su frecuencia y su gran virulencia, son a la vez símbolo de una naturaleza entrópica, de un calentamiento global, de unas dinámicas climáticas extremas con episodios rápidos y graves. Ante todo, sus nuevas causas y consecuencias evidencian una desidia colectiva y un desprecio grave de gobiernos y ciudadanos ante lo que supone vivir al límite de lo desconocido. Las autoridades australianas, que ignoran eso del cambio climático a pesar de tener informes del año 2008 en los que les avisaban de las catástrofes que provocarían los incendios, han reaccionado esta vez tarde y mal; en Australia del Sur se han cargado a los dromedarios salvajes para que no se bebiesen el agua superficial; la gente clama por los animales muertos, que son incontables y allí vivían especies únicas en el mundo que se perderán para siempre.

EFE/EPA/JAMES GOURLEY


La capacidad de regeneración de los bosques australianos –el fuego es un elemento regenerador- es bien conocida pero la intensidad de los actuales incendios, su recurrencia, hace negar la posibilidad de que recuperen su biodiversidad, de que el eucalipto sí rebrote y adquiera el total protagonismo. Si siente curiosidad por la información actualizada de la evolución de los incendios en el mundo visite el Sistema de Información sobre Incendios para la Gestión de Recursos (FIRMS) de la NASA.

Pasados unos días, cuando el tizón australiano se apague, cuidado con los efectos de las lluvias torrenciales, las cenizas del olvido laminarán la catástrofe. Incluso a pesar de haber tenido que suspender los entrenamientos del Open de Australia –un escaparate mundial del país- por la mala calidad del aire; eso sí, el mundo deportivo ha organizado allí partidos de exhibición para recaudar fondos para que ayuden a reponer una parte de los perdido.

EFE/EPA/DAVE HUNT


Pasarán unos meses, qué digo, unos días, y el olvido y la dejadez reinarán hasta que llegue otra catástrofe de mismo signo o no, allí o en cualquier parte del mundo. Poco importarán los daños ambientales y en la salud de las personas, casi nada habremos aprendido lejos de Australia, ni siquiera nos quedará el aviso de uno de los símbolos de la incertidumbre: se nos quema la casa. ¡Ojo!, expertos forestales alertan de que los megaincendios superan la capacidad de extinción.

Podríamos pensar que Australia, símbolo y borrón social a la vez, es un caso especial y además nos queda muy lejos. Pero detrás de la proliferación de episodios de la naturaleza, desmesurados por sus efectos, están nuestros modelos de vida. A pesar de las alertas de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), mucho nos tememos que la negación del cambio climático, u otros fenómenos asociados a la mala gestión de la enrevesada existencia colectiva -como puede ser la contaminación del aire de las zonas urbanas- seguirá, pase lo que pase. De conservar a los negacionistas y hacer que rebroten nuevos bosques de estos –que en España son hasta responsables políticos que niegan que la contaminación mate– ya se ocuparán quienes por ahí incentivan mentiras ciertas. Más de una vez nos preguntamos en este blog qué hace falta para que se aprecie que algo parecido al imaginado caos antrópico, el colapso más o menos parcial de territorios o gentes, no es ahora quimérico. Sea evitable o no, lo cierto es que el asunto tiene mala pinta, pero lo que es seguro que ni la inacción ni la resignación apagan los fuegos apocalípticos.

Se dice por ahí que quizás haya que convencer a la gente ofreciendo empleos verdes, que consoliden sociedades más sostenibles; algo se hace pero es necesario mucho más. El año 2020 ha nacido pensando en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), como promocionan gobiernos y empresas para que todos nos encontremos en La Cima 2030 que aquí imaginamos; hasta hemos visto los ODS en los calendarios que los grandes bancos regalan a sus clientes. En las televisiones y radios salen cortes publicitarios y se emiten programas que hablan de ellos. ¿Será esa la naciente esperanza? El nuevo Gobierno de España tendrá una Secretaría de Estado para la Agenda 2030; varias CC AA cuentan con Direcciones Generales o algo similar. Habremos de estar atentos a lo que se esconde detrás de palabras y eslóganes para acompañar cada uno de nosotros las buenas intenciones con participación ‘ecolectiva’; esa sí que podría reducir los efectos de los incendios, de otros episodios de la naturaleza con efectos críticos que nunca nos abandonarán del todo.

Lean Australia, crónica de una tragedia por venir en el blog que mantiene la Fundación Renovables en 20minutos.es y compondrán una visión completa de lo que tenemos por delante.

Mi, tu, su planeta tierra

Este planeta, el lugar que nos procura vida y felicidades varias, es algo único, que se sepa. Nadie tiene la propiedad, que se conozca. No vale la pena perder el tiempo en saber si es mío, tuyo; acaso nuestro, vuestro o más bien suyo (de él mismo queremos decir). ¿O sí? Si ocurriese esto último, siempre deberíamos darle las gracias por prestarnos, que no darnos, una parte de sí mismo cada día. La pena es que quienes saben de estas cosas, los científicos, aseguran que está maltrecho. Para confirmar los malos augurios basta leer la prensa o escuchar las noticias: durante el año 2019 sufrió, si se puede hablar así refiriéndose al planeta, varios varapalos que nos demuestran que el planeta evoluciona, no sabemos si hacia delante o hacia atrás, si crece o se desarrolla.

En esta tesitura, para complicar un poco más nuestros pensamientos, nos surge una duda: ¿No se aplicarán el “suyo” quienes mueven los hilos, o las ondas, los comercios, de la vida de todos, de la gente?

Cada vez quienes estudian el entramado global lo tienen más claro: Ahora todo está gobernado por un conjunto de operaciones, ecuaciones o desigualdades varias, que van ordenando los pasos a dar ante una situación. Tales postulados se nos escapan a quienes nos cuesta imaginar que una serie de algoritmos nos digan qué tenemos que comprar o pensar. Mal asunto, porque a lo que se deja ver, todo se reduce a operaciones diversas que se entrecruzan, colisionan e interactúan, a una velocidad de vértigo; así conducen a la gente, y al planeta por añadidura, hacia vericuetos no cuestionados por la fuerza de la gravedad. No solo nos referimos a la fuerza planetaria sino en términos de la cualidad de grave, de la enormidad de lo que se nos anuncia o del exceso vario al que lo sometemos, a las repercusiones que puede tener en los seres vivos.

Como poca gente le da voz al planeta, nos atrevemos a hacerlo desde aquí, si bien conocemos nuestras limitaciones. Será una plática interesada, cual si hubiéramos escrito una carta navideña a los poderes ocultos que incentivan las múltiples cosas que le pasan al planeta; o mejor, a la gente, y a los múltiples seres vivos de los que aquí no vamos a hablar pero también sufren lo suyo. Comenzaremos mostrando nuestra duda sobre lo que crecimiento y desarrollo significan en general; si es lo mismo una cosa que otra, si se parecen o son términos alejados, si acaso afectan más la gente o al planeta. La inseguridad conceptual nos viene de que cada cual, ya sea gobernante o simple ciudadano, utiliza esos términos a su conveniencia, ahora y siempre, aquí y lejos.

Pongamos por ejemplo un dirigente que se precie. Siempre promete más crecimiento de las cifras económicas, el requetecitado PIB, para hacer ver lo que quiere, en ocasiones sin intención aviesa, a sus gobernados. Si se diese el caso, que se da, que todos los países del mundo quisiesen crecer y crecer a la vez, como ha incentivado el capitalismo ultraliberal por más que lo llamen desarrollo de sus ciudadanos, se nos plantea un serio problema con dos grandes incógnitas: ¿Podrá el planeta suministrar crecimiento a todos? ¿Acaso las relaciones económicas condicionadas pueden ser tan listas que sabrían hacer más con menos?.

Dado que las potencialidades del planeta son limitadas, que es complicado que crezca, queda meridianamente claro que solo se puede mejorar la vida de la gente de los países pobres restando algo, un poco para empezar, de lo que acaparan los más ricos. Pero la mayor parte de estos no se quieren desprender ni siquiera de lo superfluo; o les cuesta un montón. Se podría probar a mejorar el reparto si los ricos quisiesen ralentizar el ritmo de crecimiento y redistribuir la riqueza en los pobres. Pero nos tememos que todavía no están por la labor, a pesar de lo que manifiestan en esas conferencias internacionales tan importantes. La fiebre del crecimiento, la nueva religión universal, provoca a la vez pandemias y se hace endémica. Convendría invertir en descubrir un tratamiento universal cuanto antes; quizás sirva de algo debatir sosegadamente sobre las reflexiones de algunos economistas que van contracorriente, como Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI.

(GTRES)

Cada vez más gente, países incluidos, va diciendo por ahí que se deben mejorar los niveles de vida de los más pobres, y que estaría dispuesta a participar en el empeño. Algunas organizaciones internacionales supieron ver el problema y se inventaron lo de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD); no dicen crecimiento pero sospechamos que hablan de ello. España está a la cola de Europa, apenas un 0,20 % de su PIB, muy lejos de Suecia (1,04%) Luxemburgo (0,98%), Noruega (0,94%), Dinamarca (0,72%) y Reino Unido (0,7%), en la lista de los que ayudan. Queda reconocido el hecho de que el adecuado nivel de vida de los pobres, algo tiene de derecho humano, deja mucho que desear; por eso se quiere ayudar.

En el caso de la gente normal, suponemos que esa ilusión particular es un estado natural, que comúnmente no está forzado por razones objetivas. La ilusión individual por acercarse a una ciudadanía global puede parecerse a la de otras muchas personas. Esa gente que va a la búsqueda de una estrategia que aminore las desigualdades, no lee los datos del PIB sino que se fija más en el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Pero la situación de muchos países la sobrecoge: dos tercios de la población mundial que padece múltiples dimensiones de la pobreza -886 millones de personas- vive en países de ingreso mediano y  la distribución desigual de la educación, la salud y los niveles de vida obstaculiza el progreso de los países. De estos parece que no es propiedad el planeta.

El asunto está peliagudo; por más que ahora se hayan formulado unos Objetivos de Desarrollo Sostenible y las incógnitas Agendas 2030, de todos para todos. A pesar de eso, se impone cada vez más la impresión de que el planeta es de unos cuantos. Hemos conocido a final de año que las 500 personas más ricas del mundo, con el presidente y dueño de Amazon a la cabeza, acaban 2019 más ricas que nunca. De hecho, entre todas sumaron a su capital 1,2 billones de dólares, elevando su patrimonio un 25%, hasta los 5,9 billones de dólares; unas 10 veces el montante de los Presupuestos Generales del Estado español para 2019. Frente a esos, el Banco Mundial pronostica que unos 100 millones de personas podrían añadirse a la situación de pobreza severa en 2030 solo por los impactos del clima. ¡Ahí es nada!

Al mismo tiempo, el planeta siempre irá a lo suyo y le importará poco lo nuestro. La entropía planetaria le permitirá reorientar sus evoluciones o desarrollos, se crean lo que quieran quienes dominan el mundo. Al final va a suceder que hay dos planetas: el que gira sobre sí mismo y alrededor del Sol, además del que nos imaginamos y sentimos la gente que vivimos en él; el planeta anímico. Por eso, lo de salvar el planeta es dudoso; más bien queremos salvarnos nosotros. ¿También los ricos?.

Por cierto, cuando terminábamos nuestro artículo nos enteramos de que el Ibex español tenía su mejor año desde 2013, a la vez que crecen las desigualdades en España. Sabemos que la comparación está cogida con alfileres pero puede encaminar el pensamiento sobre de quién es el planeta, o España si lo desean. ¿Qué querría decir Mafalda al afirmar que “más que planeta este es un inmenso conventillo espacial”?.

Aquí lo dejamos, aunque habrá que seguir limando las aristas del tema.

Por un 2020 para salir del laberinto

Permítaseme la licencia de inventar una palabra: ‘odsano’. Quizás pasado un tiempo la RAE la estudie para incluirla en nuestro diccionario. Aunque parezca rara, que lo es, se entiende si se separa ODS -esos objetivos de mejora colectiva aprobados hace unos años por la ONU- y la terminación -ano, que quiere simular perteneciente o relativo a. Pero además, la palabra podría ser un gentilicio, odsiano’, que identificase tanto a los nacidos o pertenecientes al mundo de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) como a quienes se esfuerzan por hacerlos realidad; igualmente a las personas que habitan actualmente el planeta y a las que vendrán después.

Una simple búsqueda de ODS en Internet a la hora de redactar estas líneas me proporciona 96 millones de resultados en 0,44 segundos. Tal presencia no debe ser una cuestión de casualidad o un caso de trending topic. En este 2020, el asunto va a ocupar titulares múltiples y pláticas políticas y empresariales con variada intención. Para quien no los conozca todavía, se podría decir, simplificando bastante en una interpretación libre, que son algo así como un cuaderno de viaje acordado entre muchos gobiernos de países dentro de la ONU para que en todos mejore cada día más la vida de la mayor parte de la gente en asuntos tan importantes como el hambre, la pobreza, la salud, el trabajo, la educación, la igualdad de género, el agua disponible, el acceso a la energía, la justicia social y más cosas importantes.

Los ODS, como otros asuntos de la maraña mundial, hacen visible una parte de la contienda entre ricos y pobres, sean individuos o países; hablan de personas, de mejorar su futuro. Puestos en esta tesitura merecen una atención global y una mesurada apuesta por hacerlos realidad. Decirlo es fácil, pero en realidad los ODS descansan en un terreno resbaladizo; el planeta se ha convertido en una especie de laberinto. Está formado por circuitos económicos complejos que se entrecruzan con ilusiones sociales, con personas que van y vienen tras ellos, con mayor o menor ahínco y suerte. Por sus intrincados recorridos, que no hacen sino confundirnos, también deambula gente indiferente –esta se echa en manos de la suerte para encontrar la salida del laberinto- que se cruza con otra más precavida pues registra bien las decisiones de tránsito.

En sus enunciados, los ODS manifiestan el deseo de hacer realidad una sociedad global con futuro personal, lo que por ahora puede parecer una fantasía de visionarios, de osados que quieren disfrutar de quimeras. Sin embargo, esa sociedad, si existiera, nunca debería perder sus sueños éticos y abandonarse a la suerte del “algo pasará que resolverá todo”, pensando incluso que esa oportunidad llegará a los pobres. Estos tienen muchos sueños, pero la suerte los esquiva, mientras que los ricos no los necesitan. Se aliaron de por vida con la fortuna, de la que no dejaron ni una pequeña parte para los pobres, ya sean individuos o países. Lo más doloroso es que esa hipotética sociedad transita desde hace tiempo por un terreno desértico de emociones, pues enterró sus ilusiones de hace alguna décadas, aquel tiempo esclarecedor impulsado por unos pocos líderes mundiales.

Queremos decir desde aquí a gobernantes, empresarios y ciudadanía, que necesitamos creer y crecer en los ODS, no por moda sino para que no se nos agrande la distancia entre la percepción de la vida y la realidad, tanto en lo propio como en lo ajeno, en este mundo de ricos y pobres. Los primeros son firmes en su estado, sin preocuparles en exceso la vida de los segundos, el aumento de las desigualdades. Los pobres -alguien los ha llamado injustamente los eternos descontentos- han progresado algo en su laberinto pero porcentualmente mucho menos de lo que lo han hecho los ricos, que aún quieren incrementar sus fortunas más rápido. De hecho, se mueven con soltura por el laberinto planetario pues tienen drones permanentes que les marcan el camino; incluso si les parece destrozan las paredes para divisar el horizonte. Las buenas cifras de reducción del hambre, del abastecimiento y saneamiento del agua y otras similares que hace una década llevaron la ilusión a los más pobres, incluso la ONU se felicitó por ello, se han estancado. Por eso, en muchos países cundió el miedo a la erosión de los derechos adquiridos, al retroceso social; por eso es más necesario que nunca implicarse en los ODS, tanta a escala personal como de país.

Dicen que todavía hay una ideología bien pensante, dentro y fuera de organismos internacionales, capaz de sobreponerse al alto nivel de exclusivismo mundial, ya sea ostentado por países o personas. Tras ella está gente –’odsiana’ la podríamos llamar- que impulsa, que cree incluso, en fijar unos sueños de vida compartidos que aminoren los determinantes impactos de la suerte. Como siempre, imaginar un moderno humanismo, muy colaborativo y universal, parece quimérico. Pero las utopías también sirven para reducir la disonancia emocional, como país o individualmente. Algunas han logrado laminar desigualdades sociales; las más suertudas han llegado a mucha gente. La misma ONU con todas sus imperfecciones, o las constituciones nacionales, podrían servirnos de ejemplo. Sin duda, nos hubiera ido peor sin ellas, al menos a los pobres y a quienes fueron abonados a la mala suerte.

Por más que el laberinto ‘odsano’ sea un lugar de difícil acceso y tránsito, a pesar de que muy pocos escaladores se hayan atrevido todavía a enfrentarse con esa montaña imaginada y a la vez real, merece la pena intentarlo. Por mucho que el asunto sea inestable, sujeto a las inclemencias del clima ético y la inestabilidad de los pilares que todavía lo sustentan. Porque erradicar la pobreza no es un acto de caridad religiosa sino de justicia, dijo Mandela, como también lo es luchar por extender los ODS al mayor número de gentes del mundo.

El pacto moderno que suponen los ODS da sentido a la vida global. Hasta hace unos años la humanidad campaba por ahí despreocupada, sin reparar en gastos ni daños en el planeta que era su casa. Ahora empieza a darse cuenta de que si no hay un plan de supervivencia las cosas pueden torcerse: las materias primas escasearán y tras el desigual reparto pueden venir convulsiones sociales graves. Las revueltas no las parará ni el dios respectivo, ni las creencias consumistas; más bien al contrario. Por cierto, sepan los ricos que si el empeño se descalabra no quedarán indemnes. Por eso, validar la cooperación entre diferentes, sean países o personas, debe ser el permanente aviso en este año 2020, tan rotundo de forma, de si las cosas van bien o podrían mejorar.

¡Suerte en el empeño!, todos debemos soñar con ser más ‘odsianos’.

 

(GTRES)

A favor de la cumbre del clima

No escasea la gente que duda de que la Cumbre del Clima Chile-Madrid haya servido para algo. Revisen lo que se ha dicho en los medios de comunicación estos días y lo comprobarán. No han faltado quienes han lanzado dardos contra los símbolos que han pasado por la cumbre, ya sean adolescentes –no se entiende la especial inquina- o no.

Los criticadores -ahora, cualquier opinador sabe de todo, cual perro del hortelano- han dicho mucho de la nada y menos del fondo de los discursos, de la pertinencia de lanzarlos en este momento, de la necesidad de abordar un problema que nos hace mucho daño, como demuestran una y otra vez los científicos y demandan las ONG ambientalistas o sociales.

Frente a esa postura emerge otra, la de quienes, incluidos algunos gobernantes y ciertas empresas, van cambiando el lenguaje sobre la percepción ambiental; prefieren apoyarse en la duda razonada y sentir como la gente normal. Porque, habrá que convenir que no todos los que han estado en la cumbre iban disfrazados de falsedades o se adornaban con postureos. ¿Quién sabe con certeza si detrás de todas esas expresiones no hay sentimientos hacia el cambio climático y el medio ambiente en general? No olviden los obstaculizadores que entremedio de los escenarios ambientales vive gente. Sentimos por ella cuando hablamos de crisis o emergencia climática; hay cada vez más personas que la aprecian, o cuando menos su forma de vida va y viene en esa incertidumbre. Se supone que buena parte de los centenares de miles de personas que han participado en protestas o manifestaciones, que critican el fondo y las formas de la Cumbre del Clima, no estarán manipuladas.

La ministra de Medio Ambiente de Chile y presidenta de la COP25, Carolina Schmidt, durante su participación en el plenario celebrado este domingo en Madrid. (EFE/ Zipi)

No le demos más vueltas, la vida, incluso la de los ricos, es un compendio de interacciones entre las personas y el lugar físico y perceptivo dónde viven. ¡Qué decir de las limitaciones que sufren los pobres! Cada espacio es en sí mismo algo más que una pincelada ambiental, en un complejo social. El aire interactúa con el agua, con el suelo, con nosotros y con sus variaciones configura el tiempo meteorológico instantáneo, acumula el clima. Por eso, cualquier cosa que hagamos, para bien o para mal, repercute en otras muchas. Pensemos que en la reciente Cumbre no solo el clima ha sido motivo de la reunión, también la sociedad que se ve envuelta en sus causas y consecuencias, personas que ven alterada su salud, gobiernos que encaminan o no políticas activas, sociedad civil que se moviliza, agua que va y viene con más o menos contaminación, pueblos que sufren sus consecuencias, sociedad que se moviliza en marcha o cumbres alternativas, medios de comunicación que se ven apelados, organismos supranacionales que hacen de alerta global, y así muchas más interacciones que son las que condicionan pensamientos, vida y actitudes personales o colectivas, cada día, ahora y en el futuro.

Seguro que la Cumbre ha tenido aciertos y errores, cosas que se podrían mejorar, emisiones de gases de efecto invernadero innecesarias, manifestaciones de combate activo contra la emergencia climática junto con alguna engañifa para vender productos o recabar protagonismo, incluido el patrocinio de las grandes empresas contaminadoras; también decepciones de tonalidades varias, casi siempre de los países más poderosos. Sin duda, los medios de comunicación nos han apabullado, casi nos han hartado y al final se corre el riesgo de la desatención. Todos hubiéramos deseado acuerdos más atrevidos, vinculantes, compromisos de vida en común.

Seguro que los millones gastados en su organización serán una inversión a poco que se pongan en marcha los compromisos verbales generados por empresas y administraciones españolas –solamente hay que escuchar a regidores de algunas de nuestras grandes ciudades y a presidentes de Autonomías que hablan ufanos de su “Estrategia de Transición Ecológica y Lucha contra el Cambio Climático”; qué decir de llamarada climática que habrá llegado a la sociedad, siempre quedará alguna luz en su cultura. Además, se ha reconocido, por fin, que los científicos tienen razón y que la desinformación puede dañar o matar a mucha gente.

¡Qué decir del Pacto Verde propuesto por la Unión Europea!, que ya fue aprobado en el Consejo Europeo del viernes 13: cero emisiones de dióxido de carbono en 2050, a pesar de Kaczynski, el Presidente polaco. Solo nos queda añadir unas palabras de Frans Timmermans, el vicepresidente de la UE encargado de impulsar este pacto: “El coste de no hacer nada es mucho más alto que el de actuar”. Aunque muchos hubiéramos deseado bastante más, no por eso debemos repudiar sin más la Cumbre de Madrid. Tomen nota todos, gobiernos y ciudadanos de la UE.

El vicepresidente de la Comisión Europea encargado del Pacto Verde, Frans Timmermans, debate con jóvenes cómo materializar el Pacto Verde Europeo. (EFE/ Fernando Villar)

Sin embargo, los grandes contaminadores (EE UU, China, India, Rusia, y otros egoístas como Australia, Japón o Arabia saudí, etc.) obstaculizan una y otra vez los acuerdos. En este caso, no vale el “allá ellos” porque hay que cambiar por el “pobres de nosotros”. Por eso, el poco ambicioso verbo “instar” acordado en el documento final para no llegar a acuerdos debe servir, una vez superada la decepción, para impulsarnos a continuar, fijándonos en los significados que al verbo le asigna la RAE: 1. Repetir la súplica o petición, insistir en ella con ahínco; 2. Apretar o urgir la pronta ejecución de algo; y acaso uno que hay perdido por ahí que invita a impugnar la solución dada al argumento.

A pesar de esto, o por eso mismo, habrá que felicitar y agradecer a la Ministra de Transición Ecológica su compromiso, a sabiendas de que el no acechaba desde todos los rincones, e impedía cualquier resultado vinculante. También a toda esa gente del Ministerio que ha sido capaz de organizar semejante evento en tan poco tiempo, a todas las personas que han acudido a él en busca de verdades o de alientos para renovar sus empeños y vínculos. Los no acuerdos están ahí, nadie puede dudarlo.

La ministraTeresa Ribera, durante la COP25. (EFE/ Zipi)

Unos prefieren llamar a la Cumbre la del fracaso, otros piensan que no ha logrado ser un éxito; cuestión de matices, algo más que lingüísticos. Quién sabe lo que permanecerá en forma de deseos, compromisos y actuaciones pasados unos días, el mes próximo, que es cuando debe lanzarse todo hacia Glasgow 2020. Pero la negatividad también puede servirnos para abrir puertas. Deberemos estar atentos a lo que viene después, para ver si ciertas palabras se convierten en hechos y si no sucede de este modo, demandar a los culpables. Habrá que pensar si como ciudadanos hacemos caso de esa propuesta de alguna ONG de que dejemos de viajar a esos países obstaculizadores de acuerdos o limitamos el consumo de sus productos; la sociedad civil ha demostrado que puede ser poderosa, más todavía si (se) apoya (en)a los colectivos ambientalistas o sociales.

Así pues, que cada cual haga su balance de la Cumbre del Clima, pero para la vida global seguro que es menos malo darle voz a los silencios, aunque parezcan unánimes. Escuchemos lo que nos dice el mañana y los días siguientes. ¿Alguien puede asegurar que nos iría mejor si no se hubiese celebrado ninguna Cumbre del Clima?

¡Siempre quedará Madrid para recordar o demandar!, como antes sucedió con París, Río y Kioto.

Grandes capitales hermanadas por el calor y la incertidumbre climática

Durante estos días se celebra en Madrid la Cumbre del Clima. En ella se hablará de muchas cosas, entre otras de los malos augurios ligados al aumento global de las temperaturas, al decir de los científicos. El futuro climático siempre es una incógnita, se ve en forma de hipótesis, tanto negativas como positivas, pero es seguro que tendrá repercusiones en la vida de las personas. La evolución de las temperaturas ambientales, esas que tanto condicionan la vida de todos los seres vivos, pinta el futuro de color rojo, de alarma.

Miremos hacia 2050, pongamos el foco en las ciudades, donde vivirá la mayor parte de la gente; allí donde se concentra una buena parte de las amenazas del cambiante clima. Centrémonos mejor en las grandes capitales. Si las previsiones se cumplen, algunas de esas ciudades ahora muy distantes y marcadamente diferentes se parecerán, podrían incluso hermanarse. Esto será debido a las temperaturas, que marcarán la vida colectiva. A pesar de estar situadas a miles de kilómetros, la temperatura media y los episodios de calor que padecerán, sí padecerán, las trasladará en el mapa.

Apunten desplazamientos sonoros y calurosos: Madrid parecerá Marrakech, Londres se hermanará con Barcelona, Estocolmo simulará ser Budapest y así muchas más. Tanto que se pronostica que “tres de cada cuatro ciudades del mundo, para 2050, experimentarán un cambio sorprendente en sus condiciones climáticas, mientras una quinta parte soportará situaciones dramáticas y nuevas, nunca vistas antes”. Es más, París, la ciudad que en 2015 quiso ser la puerta para entrar en la coherencia climática, parecerá Canberra, en donde los episodios de calor dejan a la gente maltrecha. El artículo de investigación de un equipo de investigadores liderado por la Escuela Politécnica Federal de Zúrich -ETHZ– sobre este tema publicado en PLOS ONE dice muchas más cosas interesantes. Visiten esta Web y lo comprobarán. Era una noticia de verano, el nuestro, pero la preocupación sigue vigente; nadie nos ha dicho que el incremento global de temperaturas se va a detener. Si dudan, visiten las previsiones de la OMM (Organización Meteorológica Mundial)

National Geographic dibuja con maestría este asunto, con tanta claridad que no podemos evitar reproducirlo: “los investigadores han comprobado, como tendencia general, que casi todas las ciudades es como si se desplazaran climáticamente hacia los subtrópicos. Esto supone que las ciudades del hemisferio norte están cambiando con extraordinaria rapidez, unos 20 kilómetros por año-; es como si se hubieran pegado a ciudades situadas unos 1.000 kilómetros al sur. Por el contrario las ciudades de los trópicos están cambiando hacia condiciones más secas.”

Por si esto fuera poco, está el asunto de las islas de calor –incentivadas por la profusión de asfalto y cemento, techos y casas, acristalamientos, climatizadores y calefacciones, transporte insostenible, etc.-, que se está volviendo más intenso con el cambio climático: en algunas ciudades se dan diferencias de 4 ºC a la misma hora según se midan en el centro, habitacional o de oficinas, o en la periferia.

No los vamos a cansar desde aquí con más preocupaciones, pues estamos pendientes de que la Cumbre del Clima Chile Madrid 2019 vaya bien, que de ella salgan resultados sustanciales, que los gobiernos y empresas se pongan las pilas (renovables), que todas las personas reaccionemos. Además, estamos a las puertas del invierno y hablar de calores agobia, pero no olviden las alertas, esas que dicen que el clima ya no es lo que era y habremos de prepararnos para sus enfados, o para sentirnos habitantes de otra ciudad.

Las malas políticas ambientales, sumadas a una racha de malas lluvias, ha provocado un clima extremo con consecuencias muy visibles: la disminución del agua en la presa artificial más grande de África, el lago Kariba, en la frontera de Zambia y Zimbabue. Este hecho ha provocado que la central hidroeléctrica sea incapaz de generar energía suficiente y que la solución ante esta falta de recursos energéticos sea utilizar carbón para poder cocinar e iluminar las casas. EFE/ Musonda Chibamba

El clima es muy nuestro, demasiado

De un tiempo a esta parte, cuesta más entender lo que pasa cada día, tanto si es aquí cerca como en el lejano mundo. De un lado, están las crecientes desigualdades de todo tipo entre unos y otros países y entre personas (dentro de cada uno); de otro, el aumento y la presión de las migraciones debidas a factores ambientales y sociales. Además, nos descolocan las maniobras económicas –llamémoslas crecimiento y consumo sin límites- que abducen a los individuos, los cuales también se ven enmarañados por las redes que teje Internet; así como otras muchas presiones sociales e ideológicas de alto impacto. Así, cualquiera que quiera ser coherente lo tiene complicado. En medio de todo esto, el acelerado tiempo no hace sino complicar las cosas. Casi nada es lo que parece; por eso, poco se resuelve con viejas estrategias. Por si todo esto no fuera suficiente, tenemos la que señalan estos días como la madre de todas las contiendas: llámenla crisis o emergencia climática.

En este último caso, a bastante gente le parece que no sucede nada, a pesar del embrollo climático visible en hechos recientes casi cada día. Es más, da la impresión de que cunde el simplismo, que se deja pasar el temporal a ver si amaina. Sin embargo, en ocasiones, las situaciones límite generan actuaciones esperanzadoras, cerca de aquí o lejos. Sucede en hechos concretos, pero también cuando los países y agentes sociales quieren consolidar ciertos acuerdos internacionales que mejoren derechos a las personas o al medioambiente. Para ello se reúnen en cumbres globales, como la COP25 sobre el clima que se celebra en Madrid del 2 al 13 de diciembre para hablar del calentamiento global y repasar lo que cada país ha hecho al respecto desde aquel París de 2015, que tantas expectativas levantó. La cosa no va tan bien como desearíamos si nos atenemos a los últimos datos sobre las emisiones de dióxido de carbono; en realidad va muy mal.

(JORGE PARÍS)

Por eso, esta semana pero también mañana y todo el año siguiente, hay que hablar del clima. Es urgente que los gobiernos y ciudadanos hagamos mucho más para acercarnos a su comprensión, porque el clima cada vez es más nuestro, más por responsabilidad en algunos de sus renovados vaivenes que por propiedad. Desearíamos que las decisiones/acciones colectivas para hacer frente a los trastornos climáticos -que han venido para quedarse y puede que se amplifiquen- fuesen más rápidas y coordinadas. Sin ir más lejos, el cesante Congreso de los Diputados declaró la emergencia climática en España casi por unanimidad. Desde entonces, aquí estamos de brazos cruzados mirando al cielo protector.

Nos da la impresión de que es así porque cunde un cierto conformismo fatalista de los afirman que nada se puede hacer. Por si esto fuera poco, quienes dominan el entramado global, que no son solo gobiernos, se afanan en dirigir y manipular las emociones y tareas sobre cómo nos afecta el clima. Nos hablan de mucho y se ocupan en poco. Triunfan en el empeño. Pero además nos despistan sobre el lugar que la gente corriente ocupa en la generación y en la mitigación de este entramado, de los efectos del cambio climático, y no nos indican con claridad cómo adaptarnos a ellos. Por si esto no fuera suficiente, gente ilustrada -o no- lanza ideas negacionistas, noticias quebradizas sobre la verdad del cambio climático, argumentadas con intereses partidistas varios, que dibujan una sociedad en la que casi nadie piensa en el de al lado, incluso a veces ni en sí mismo.

Ante este muestrario de indiferencia frente a las causas y consecuencias del demostrado acelerado calentamiento global, no cabe sino apreciar un claro desaire hacia el propio futuro de quienes lo sostienen y, lo que es mucho peor, el de aquellos que les siguen en la vida. A todos, los escépticos o negacionistas, habría que convencerlos de que el clima es nuestro, dado que nos afectan sus pulsiones en mayor o menor grado; por eso, la posible mejora de sus efectos en las personas también, como alerta el informe La cuenta atrás sobre cambio climático y salud recientemente publicado en The Lancet. Por eso, hay que sentir/pensar y dialogar mucho sobre el cambio climático.

El clima es nuestro porque a la dinámica entrópica que lo maneja le hemos puesto aceleradores de algunas de sus pulsiones; da la impresión de que nos hemos hecho adictos al CO2. El clima nos incumbe porque condiciona nuestras vidas. Por eso, despertemos del letargo, y rescatemos el efecto positivo de responsabilidad que puede tener la cumbre climática de Madrid, aunque critiquemos los peajes ambientales que ocasiona el desplazamiento de las 25.000 personas que pueden asistir, a las cuales habrá que invitar a que compensen sus emisiones. A pesar de los momentos difíciles en los que vivimos, o quizás por eso mismo, debemos dirigirnos hacia un cambio de modelo de vida. No será fácil, pero no permitamos que se nos nuble el pensamiento, crítico y comprometido.

Pero queremos lanzar también una alerta ante la complacencia y las palabras reclimatizadoras de esta semana: las respuestas simples no nos llevan a ningún sitio; no nos acercan a la Cima 2030. Ya sabemos con certeza que ni siquiera nos traerán cumplidos en 2020 los compromisos que los gobiernos rubricaron en París en 2015. Desconfíen de las grandes pláticas, por mucho que las recojan los idearios políticos. Ciertas acciones que publicitan gobiernos, empresas y otras entidades adolecen de compromiso, por eso pierden consistencia y no ganan adeptos. Exijámosles mucho más, empezando en España.

Es necesario hablar largo y tendido de la crisis climática, de sus derivaciones y conexiones con los despistes de los que hablábamos al inicio de este artículo; hay que hacerlo durante esta semana y siempre. ¡Para un problema sin precedentes hacen falta maniobras resolutorias sin precedentes! Todos recordamos París COP21. Tenemos tantas ganas de escuchar pasados unos años que el mundo no ha olvidado Madrid COP25.

¡Suerte y duradero compromiso a quienes se empeñen en ello durante estos días!

Fitoplancton no es todavía ‘trending topic’

No es todavía una tendencia consolidada, un icono social en la redes pero démosle tiempo. Aquí va la justificación. De vez en cuando hay que lanzar a la Red, también hablar en casa, cuestiones de la vida que pasan desapercibidas y, sin embargo, tienen una alta trascendencia, en este caso en el cambio climático, del que tanto se habla este mes. Es lo que le sucede al fitoplancton. Es posible que no sea una estrella porque sus componentes son diminutos, porque parece que hay muchos o porque no se asoman a menudo a nuestra comida ni se exhiben en las grandes superficies. En realidad, este olvido lo arrastran otros muchos seres vivos tremendamente útiles para la biodiversidad, y para nosotros, como las mariposas, los gusanos, los hongos o líquenes, y un largo etcétera que tampoco tienen mucha prevalencia en Internet social. Pero sepamos que ya Julio Verne habló de mares fosforescentes en sus 20.000 leguas de viaje submarino. Las causantes de todo eso que imaginaba el escritor francés son unas bacterias (Vibrio harveyi) que forman parte del fitoplancton y que ahora iluminan ese mar de ardora, del que National Geographic nos ilustra mucho y bien.

Dejen por un momento sus preocupaciones cotidianas y busquen en Youtube o donde sea la atractiva imagen de la luminiscencia, que tan presente está en la naturaleza aunque nos pase desapercibida. Acrecienten su interés por el fitoplancton. Si descomponen la palabra en sus dos partes hallarán claves de vida. Algo así le sucedió a otra gente, como a la bióloga Penny Clishom que vino a recordarnos que el fitoplancton, que ya estuvo en el origen de la vida, es algo así como “el microorganismo que hace funcionar el planeta en secreto”. Utilicen esta excusa para hablar con sus amistades de la importancia de la biodiversidad, porque forma parte de la cultura básica universal que se exhibe en la vida cotidiana. Coméntenlo en sus circuitos.

Asómbrense al descubrir, o confirmar quienes ya sean sabedores, que los bosques, los grandes y frondosos árboles de selvas y taigas,  no están solos en su lucha contra la contaminación del aire y el consiguiente cambio climático. Los diminutos que forman el fitoplancton –que vive no lejos de la superficie del mar- les ayudan, y mucho, en el complejo proceso de la fotosíntesis, que sin entrar en detalles complejos de entender y simplificando quizás exageradamente, es la fábrica donde desaparece el dióxido de carbono y se elabora el tan anhelado oxígeno que facilita la vida. Tanto que se puede afirmar, lo recoge bien National Geographic, que el verdadero pulmón del planeta está en los océanos, pues producen entre el 50 % y 85 % del oxígeno liberado al aire. Aunque habrá que resaltar que el fitoplancton es un fabricante de oxígeno muy lento; además tiene muchos depredadores, no solamente las ballenas que tragan cada día millones de cianobacterias y demás componentes del plancton.

En el mar casi todo asombra. Ese bosque marino de fitoplancton que parece invisible tiene que ver también con el color del mar. De hecho muchos científicos opinan que eso va a cambiar de tonalidad. La contaminación marina va en aumento y acabará con una parte del fitoplancton –que lleva disminuyendo ya hace un siglo-, lo cual provocará un cambio en la coloración de las aguas de océanos y mares. El plancton que alimenta al mundo está en riesgo, a pesar de constituir el universo más rico de consumidores primarios que sostiene la cadena alimenticia. Sin embargo, ¿sabían que está de moda en la alta cocina? Ya ha obtenido el certificado alimentario de la Unión Europea. De hecho, figura en platos exquisitos de restaurantes afamados porque sus minerales esenciales (hierro, fósforo, calcio, magnesio, yodo) y por su alto contenido en ácidos grasos ricos en Omega 3 y 6, antioxidantes y vitaminas B12, C y E. ¿Quién iba a decirlo? Aunque ya lo habían apreciado hace tiempo todas las criaturas marinas que ingieren sus diminutos seres.

Los científicos hablan de que cada año desaparece en torno al 1%, que ha podido disminuir en torno al 40 % en el Hemisferio norte desde 1950; mal asunto para la biodiversidad. Seguro que ahora también se ve amenazado por los microplásticos que inundan todas las aguas marinas. Pero también hemos leído recientemente noticias positivas: parece que el fitoplancton ártico puede resistir al cambio climático tras una rápida evolución que le permite aguantar temperaturas más elevadas.

¿A que merecía la pena hablar del fitoplancton y lanzarlo a las redes para que llegue a ser pronto trending topic? La trascendencia para la vida –sea en forma real o imaginada- no se debe medir por el tamaño de los seres, sino por el servicio que prestan, en este caso su influencia en los mares y en la purificación del aire global. Anotemos esta idea y démosle curso cibernético si de verdad queremos llegar en aceptables condiciones al año 2030 y siguientes, si aspiramos a conquistar esa cima imaginaria de la que aquí hablamos constantemente.

Diatomeas vistas a través de un microscopio electrónico. ( Prof. Gordon T. Taylor, Stony Brook University – corp2365, NOAA Corps Collection).

(Re)vuelos descontaminadores, casi

En general, podemos decir que los vuelos de los aviones son destructivos, por más que no porten un armamento específico; quién iba a decirlo cuando todos nos hemos visto impresionados por el primer viaje en avión. Se sabe que incluso uno de corta distancia, entre Londres y Roma por ejemplo, produce más CO2 por pasajero que el provocado al año por un habitante de cantidad de países de todo el mundo: Mali, Congo, Etiopía, Madagascar, etc.. Quienes viajen desde aquí a Nueva York, sepan que generan semejantes emisiones a las que le sirven para calentar una casa normal europea “durante todo un año”.

Los expertos climáticos dicen que hay que reducir la interacción entre el aumento de temperaturas medias con las emisiones aerotransportadas de dióxido de carbono. Se pronostica que en 2019 se volará un 5% más que el año pasado, en el cual ya se habían incrementado respecto al año anterior, según la Organización Mundial de Turismo. Además de que las emisiones suponen ahora un 300% más que en 1990, la inquietante previsión dice que esas podrían triplicarse en las próximas tres décadas; normal pues se esperan 40 millones de vuelos, más de 100.000 diarios. Solo un detalle: por los aeropuertos españoles se movieron en julio unos 30 millones de viajeros.

(GTRES)

Se entenderá el gran revuelo que ha organizado la gente de Flygfritt 2020, por ejemplo, comprometiéndose a no coger aviones en todo el año; o los suecos esos que se han inventado el flygskam (vergüenza de volar en avión) y el tagskryt (orgullo de viajar en tren).

Será por eso que incluso la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA, por sus siglas en inglés) ha puesto el grito en el cielo, nunca mejor dicho, y se ha revuelto también ante el tema. Pero claro, mucha culpa del asunto la tiene el turismo exótico exprés, tan de moda últimamente. Da la impresión de que si no se viaja al fin del mundo, y se envían los correspondientes wasap, no parece que se haya disfrutado de un merecido descanso. Es para revolverse de forma colectiva ante el hecho de que el turismo ronda un 8% de las emisiones totales –una quinta parte procede solo de los vuelos- de algunos gases; más o menos como la industria ganadera o el transporte en coche; así lo aseguraba un estudio publicado en Nature Climate Change. Turismo sí, pero según y cómo, adónde y por qué medios nos desplazamos.

El revuelo ha llegado también a los gobernantes, por eso de la responsabilidad ambiental de cara a la Agenda 2030. Son los Gobiernos los primeros que deben combatir el calentamiento global, con regulaciones comprometidas y suficientemente razonadas. En algunos países, Francia y Holanda por ejemplo, los parlamentos discuten la limitación o prohibición de vuelos que recorran una distancia que se puede hacer fácilmente en menos de dos o tres horas en tren, mucho menos contaminador. También la industria de la navegación aérea debe trabajar lo suyo. Por ejemplo, usando combustibles más eficientes y sostenibles.

Por cierto, nos hemos enterado, por un estudio de la Universidad de Reading publicado en la revista Nature, de que el cambio climático en general, con la aportación de los vuelos transoceánicos, está incentivando una agitación de la corriente en chorro del Atlántico Norte, lo cual provoca un aumento de turbulencias en los viajes actuales. ¡Vaya revuelo si la cosa sigue así!

¿Volar menos o no volar, he ahí la cuestión? Apetece quedarse en tierra, aunque nada más sea por ayudar a que el aire propio no se sobrecaliente, a que lleguemos todos de ahora y las generaciones siguientes menos maltrechos al año 2030, a que gocemos de una mejor salud y divisemos horizontes menos tóxicos; se lo debemos también al planeta que nos permite vivir en él. Por cierto, si quiere compensar su vuelo con acciones positivas de reducción de contaminantes en el aire puede entrar en la Web de Atmosfair; no cuesta nada explorar lo que ofrece.

Pero seamos sinceros: no es sencillo que los individuos operemos en contra de nuestros deseos, intereses o impulsos viajeros. Sin embargo, lo que individualmente es difícil, debe ser una encomienda social: Debemos conseguir un drástico cambio cultural para disfrutar de un turismo sostenible y a la vez confortable para el espíritu y el cuerpo; que explique un poco mejor las soluciones complejas a los problemas ambientales tan concretos.

Merece la pena dejar de volar para acercarnos a la Tierra. Aunque cause un gran revuelo, siempre tendrá un efecto descontaminador.

 

El silencio atronador de las conciencias

Viene esto a cuento del empeño de mucha gente en aislarse del mundo, de no mirar hacia el futuro; pongamos por ejemplo la idea de que el año 2030 nos vaya mejor a todos, como parece ser el objetivo de ciertos acuerdos internacionales.

Tenemos por delante la crisis del clima, desigualdades entre personas y por países, la tribulación migratoria multidimensional que irá en aumento, los nacionalismos exacerbados que surgen como setas allá por donde uno va. En fin, que al menos a quien esto escribe, la vida global le simula un maremoto de complejidades.

Se asombra a la vez del simplismo de bastante gente, que ve solamente lo que le afecta; poco le importan los matices que cada hecho o pensamiento lleva consigo.

Además, a lo que parece, en este complejo mundo, el individuo lo es todo. Sin embargo, cabría pensar en el grupo como tal y, así, las ideas que lo sustentan tendrían trascendencia.

Por si esto fuera poco, quienes gobiernan el entramado global, que no son solo gobiernos, se afanan en dirigir y manipular las emociones de lo que pasa a nuestro alrededor. No solo eso, consiguen despistarnos sobre el lugar que la gente corriente ocupa en ese entramado, cada vez más alejado de una búsqueda de la ética global.

Hay momentos, permítanme la confesión sincera, en que ante este muestrario de indiferencia, me pregunto si ese proceder es una consecuencia del libre albedrío, o un claro desaire hacia su propio futuro y el de quienes les siguen en la vida. Tanto lo uno como lo otro, erosionan en demasía el sentido de una existencia libre.

No están lejos de aquello que me parece que anotaba Nietzsche acerca de la gente que olvida lo que intentaba hacer, y de esta forma cultiva una suerte de estupidez humana; con el debido respeto. O acaso pega, en este momento mundial, la diatriba de que habría que valorar la opinión de los pasivos y desconcienciados, porque son mayoría. A estos no hubiera dudado Tolstói en llamarlos algo estúpidos, con perdón. Pero ojo, no se lastiman solo ellos. Proyectan culpas y consecuencias en las generaciones siguientes; lo cual habla poco y mal a su favor.

Pero despertemos del letargo, al menos tiremos de la manta de la complacencia. No permitamos que se nos nuble el pensamiento. Exploremos el conocimiento de lo que es o deja de ser; en particular todo eso que el hambre y las desigualdades proyectan en los más débiles y desfavorecidos; esos que nos demandan una heroica rebeldía de nuestras conciencias. Movámoslas, seguro que así gritan y trabajan por un mundo mejor.

Un aviso ante estas amenazas globales: las respuestas simples no nos llevan a ningún sitio; ni siquiera nos acercan a la base de la Cima 2030. Desconfíen de ellas. Ciertas acciones que publicitan gobiernos, empresas y otras entidades adolecen de compromiso, por eso pierden consistencia y no ganan adeptos.

Formemos un abrazo atronador con las conciencias para mejorar el horizonte 2030 y los siguientes. Seguro que nuestros hijos y nietos nos lo agradecerán, pero también mucha gente que no conocemos. ¿Acaso hay mejor recompensa?

(GTRES)

Amenazantes pronósticos sobre la inundada España costera

No es una amenaza, sino una previsión de los científicos: el nivel de las aguas del mar va a subir en todas las zonas costeras. Ya se sabe por qué pasan estas cosas, pero nada, la gente y los gobiernos haciendo oídos sordos. Hay mediciones rigurosas que demuestran que el hielo antártico se pierde con una intensidad tres veces mayor que hace una década, que en Groenlandia y en las zonas limítrofes con el Ártico sucede algo parecido. No se entiende que la gente olvide que el hielo se derrite en estas zonas, también en las montañas como sucede en los glaciares del Pirineo o los Alpes, y suele incrementar el volumen y la altura de mares y océanos, aunque alguien aluda al principio de Arquímedes para desmentirlo. A partir de ahí, como el agua no sabe estarse quieta se implica en corrientes cálidas o frías, más o menos saladas; se empeña en igualar poco a poco el nivel del mar, con lo cual lo sucedido en una esquina del mundo marino llega al extremo más recóndito.

Habríamos de preocuparnos por esos augurios que alertan de que mucha gente se verá afectada por episodios severos: unos 860 millones de personas según la ONU vive en zonas costeras, lo cual representa un 10% de la población mundial. El escenario más optimista de los científicos de la ONU alerta de que el nivel del mar se puede elevar 43 centímetros allá por el año 2100; al más pesimista apunta a unos 83. Mal asunto para la gente que vive en la costa, pasa sus vacaciones cerca de ella o pesca en mares y océanos, que estarán muy revueltos.

Esta circunstancia provocará seguramente graves afecciones en construcciones cercanas al mar, en la reconfiguración de las costas, en los territorios y sus economías. Suele hablarse de esos países/islas lejanos de la Polinesia en donde tienen ya el agua al cuello, o de Bangla Desh, pero poco se dice del problema que ya nos afecta en la península Ibérica, en España tenemos casi 8.000 kilómetros de costa. Del embrollo marino no se salva ni el recóndito Mediterráneo, aunque su apertura al océano sea pequeña. Del asunto ya alertaba un informe de 2014 Cambio climático en la costa española elaborado por el Instituto de Hidráulica de la Universidad de Cantabria para la Oficina Española del Cambio Climático. Pero ahí se quedó, que sepamos al menos.

Ese revoltijo marino del que aquí hablamos llega al aire. Lo carga de agua rápidamente, que descarga, sin ton ni son, allá donde le viene bien, originando destrozos como los que han sufrido estos últimos meses las costas mediterráneas desde Portbou a Tarifa, sin olvidar a las Baleares o el Cantábrico; incluso su repercusión ha llegado a zonas del interior. A qué se debe si no el incremento de tormentas y ciclones, su recurrencia y virulencia a la hora de destrozar todo lo que encuentra.

Una valla informativa avisa de posible zona inundable en una calle del municipio de Salou. (ACN)

El mapa de los territorios de España más amenazados en un futuro no muy lejano, según el Informe especial sobre el océano y la criosfera en un clima cambiante del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) hace especial hincapié en el riesgo que desafía al Delta del Ebro, Mar Menor, Doñana, Albufera de Valencia, entre otras zonas potencialmente expuestas, que se pueden conocer en un mapa interactivo. El previsible ascenso del nivel del mar provocaría la retirada de la costa española. No sería de extrañar que hubiese retrocesos en torno a tres metros en el litoral cantábrico, Galicia y norte de Canarias y de dos metros en el golfo de Cádiz y el Mediterráneo. Además, habrá que tener en cuenta los efectos que provocarán la artificialización desmesurada de la costa en las últimas décadas que han llenado de urbanizaciones, espigones, diques y paseos hasta la misma orilla del mar. Recordemos los millones de euros que se gastan en España en reponer las antropizadas líneas de costa cada vez que hay un episodio crítico, para volver a lo de antes que será eliminado de nuevo.

Hemos leído por ahí que la meta 13.1. de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), habla de “fortalecer la resiliencia y la capacidad de adaptación a los riesgos relacionados con el clima y los desastres naturales en todos los países”.

Pues eso. ¿Dónde están nuestros gobiernos?