La ganadería escrupulosa delimita las macrogranjas

Ciertas voces interesadas han utilizado abundantes hipérboles para posicionarse en contra/a favor de las macrogranjas. Incluso los argumentos expuestos llenarían una de ellas. Ahora ha surgido la polémica en España tras las palabras del ministro de Consumo expresando sus dudas, ¡en un periódico extranjero!, de que la carne que producían fuese de calidad suprema. Bien sabe el señor Ministro que este asunto puede remover muchas cosas que ligan producción con consumo, dos ingredientes básicos de la alimentación humana que no siempre están bien gestionados ni siguen intenciones convergentes. Como entremedio hay puestos de trabajo y grandes sumas de dinero en los canales de distribución ya tenemos el lío montado. Aquí no vamos a hablar de la calidad del chuletón al punto que se comería el Presidente Sánchez, opinión expuesta tras otra diatriba hacia la carne del ministro Garzón, ni de quienes han optado por seguir una alimentación vegetariana o vegana. Cada cual con lo suyo. Además lo que sobre el asunto se ha dicho ha sido recogido en muchas entradas de 20minutos.es, incluida una en el blog La crónica verde que anima César-Javier Palacios a propósito de la incidencia de las macrogranjas en la economía de los pequeños ganaderos.

Toda esta controversia acumulativa durará poco, como tras muchas cosas de interés social. Morirá cuando las proclamas políticas encuentren otros temas de enfrentamiento. Aquí vamos a centrarnos en la necesidad de abrir un debate sosegado, constructivo sobre la alimentación en general y sobre el consumo de carne en particular tomando como punto de partida las granjas de porcino, vacuno, aviar y todas las otras. Hace unos meses Greenpeace les dedicó su informe Macrogranjas, veneno para la España rural. Efectos ambientales de la ganadería industrial. En él se habla de la evolución del censo ganadero en España, lo que ha colocado a nuestro país en los primeros lugares productores del mundo, de los efectos ambientales (por tierra, agua y aire) de la ganadería intensiva. Pero también de la acelerada proliferación, de la relación entre ganadería industrial y despoblación. Merece la pena echar un vistazo a las conclusiones finales y a las propuestas que hace la ONG (no desdeñar lo que propone sobre la emisión de nitratos), pues nos ayudaría a delimitar un estilo de vida futuro, del que la calidad y heterogeneidad de la alimentación es uno de los principales ejes. También propone hablar de la imprescindible transición ecológica del sector agroalimentario, a su juicio una de las grandes olvidadas en el plan “España Puede”, a partir de los fondos Next Generation.

La ganadería cuidadosa piensa tanto en las personas como en los animales, en los riesgos ambientales que puede comportar como en los beneficios nutricionales y sanitarios que aporta una correcta alimentación, en la economía circular y en estrategias de mercado con responsabilidad ecosocial, en la comparativa ecológica entre las pequeñas explotaciones y las macrogranjas, en la existencia contrapuesta entre la crianza ecológica y las pseudofábricas de carne. No se olvida la trazabilidad de los productos de forma que el certificado de calidad vaya desde la alimentación hasta la mesa de los consumidores, y que estos sepan leer la información o demandarla caso de que falte; en concreto se pide que la etiqueta hable del impacto ambiental. Por lo que se dice, parece ser que bastantes de las grandes explotaciones/cadenas de distribución tienen que mejorar parte de este proceso. Se calcula que solamente las porcinas emitieron en 2020 el 8 % de metano y el 20 % de amoníaco del total de España.

Las macrogranjas están presentes en las banderas de los partidos políticos. Por eso nos hemos empeñado en saber si son muchas o pocas las que hay en España. Aragón, Lleida y la Región de Murcia acumulan una mayoría de las explotaciones. Se dice que los cerdos de España, buena parte de cuyos productos van a China, son alimentados en buena parte con la soja que se produce en la deforestada zona amazónica. De todos modos, no es seguro que se conozcan la cantidad de macrogranjas que hay en España ni cómo se registran su actividad (existe un Registro Estatal de Emisiones y Fuentes Contaminantes) ni sus posibles emisiones. Y claro, muchos contaminantes van a las aguas. Imaginemos cómo estarán los freáticos de esas zonas, debido también al uso agrícola de los nitratos. Tampoco deberíamos excluir del debate el asunto de las superbacterias resistentes a los antibióticos, que parece que en parte son consecuencia del tratamiento sanitario de los animales que se lleva a cabo en las granjas. Sea como fuere, Bruselas ya ha llamado la atención, ha llevado a las autoridades españolas ante el Tribunal de Justicia,  sobre la contaminación de provocan aquí las actividades agroganaderas.

Por lo que sea, ninguna localidad quiere grandes explotaciones ganaderas cerca. Se ha puesto como ejemplo Caparroso (Navarra) o Loporzano (Huesca), más que nada por la persistente lucha de quienes quieren poner STOP a este tipo de granjas. Hay precedentes como Balsa de Ves (Albacete) en donde sus 131 vecinos conviven con más de 100.000 cerdos, en una proporción de 763 animales por habitante. Claro que en esto de la convivencia entre cerdos y humanos también hay controversias. La patronal del sector porcino Interporc sostiene que las más de 86.000 granjas de cerdos de España dan empleo a 400.000 familias de forma directa e indirecta, la mayor parte en zonas rurales. Por tanto, afirma que son “esenciales para luchar contra la despoblación”. Sin embargo, cuenta Ecologistas en Acción que ha analizado unas 5.000 granjas ubicadas en la zona rural alejada de las grandes ciudades y que en tres cuartas partes de las localidades se ha perdido población. Luego lo de que las granjas son esenciales para mantener la población no es tan evidente. En todo esto influyen varios factores. El caso es que ahora mismo, Daimiel (Toledo), con alcalde cuyo partido se ha ofendido por las declaraciones del señor Garzón, se opone, como la mayoría de sus vecinos, a la instalación de una macrogranja, exponiendo motivos similares a los de otros lugares.

Varios vecinos cuelgan una pancarta contra las macrogranjas en Espinosa de Villagonzalo (Palencia).PISORACA / EP

Si como parece la ganadería extensiva no es suficiente para cubrir las necesidades básicas de productos animales habrá que delimitar muy bien la ganadería intensiva de cerdos, vacas, gallinas, pollos, conejos, y las demás. No se pueden cerrar todas las granjas ni hacerlo de golpe, pero es obligado darles un tratamiento más amable , escrupuloso, a los millones de animales que mantienen la nutrición de una buena parte de los habitantes del planeta. Habría que ampliar sus espacios de libertad, de forma que vivan en la naturaleza a la que pertenecen, que no sufran torturas innecesarias, porque son intrínsecamente crueles. Así lo leímos en varias entrevistas que se le hacían a la antropóloga y primatóloga Jane Goodall en distintos medios de comunicación españoles, también lo recogió en 20minutos.es. A la vez manifestaba que había que discutir si se igualaban totalmente los derechos animales a los de las personas.

En suma, urge delimitar el número de explotaciones y el tamaño de las granjas, en España no se ha articulado y legislado su delimitación.  Así pues, habrá que congeniar la ganadería extensiva con la imprescindible transición ecológica. Habrá que exigir que su funcionamiento y producción no suponga una sobreexplotación de recursos ambientales. También que sea compatible con la pervivencia social en el territorio donde se asiente. Condiciones que no parece que cumplan las macrogranjas.  De hecho, no sabemos si existe una política ganadera ajustada a los nuevos tiempos sino que la situación actual se compone de retazos de lo antiguo con la irrupción descontrolada de lo nuevo. De todo esto hay que hablar. Hasta Coetze y otros escritores han entrado en la polémica.

En suma, la nueva política ganadera de España debe exigir un serio debate, hasta ahora postergado, en el cual todos los sectores sociales afectados lleguen a consensos que faciliten la imprescindible transición ecológica. Cuestión esta que dentro de la Unión Europea se lleva largo tiempo hablando. Nos tememos que cuando pase la controversia por las afirmaciones del ministro Garzón, otras problemáticas quitarán de en medio la armonización entre cría de animales y transición ecológica. Quizás España no llegue al 2030 con los deberes hechos, sin cerrar el debate.

El silencioso vuelo del paisaje sonoro

Los pájaros cantan cada vez menos, como si sus alegrías hubieran volado a la trastienda del mundo. Probablemente sufren de melancolía, o están tristes como nosotros. O son menos y no encuentran con quien conversar. Sucede en mi casa del pueblo, ni siquiera las migrantes golondrinas vuelven a ocupar sus nidos. Por el contrario, abundan las palomas o tordos que también merodean en el tejado de la casa de la ciudad donde ahora vivo. Allí, en plena estepa un par de gaviotas hicieron de una salida de humos su parada preferida. Aves marinas que dejaron la masa de agua. Será que allí hay mucha competencia. Aquí sobrará comida en los vertederos; lo saben bien esas cigüeñas y otras aves que ya no migran. Por el contrario, algo singular sucede cerca del río urbano, según me cuenta mi amigo Severino, un observador que filma una y otra vez sus orillas buscando encaje de vida para ponerle música y regalarnos a sus amigos imágenes de poesía viva, que a la vez que nos traen disfrute nos acercan añoranza. Además, el insistente investigador barrunta que cada vez hay más ejemplares en las orillas del río, algo parecido sucede en el tramo naturalizado del Manzanares, al decir de Santiago M. Barajas. Qué pena que queden tan cada vez menos espacios casi vírgenes en los entornos de los ríos, cual imagen de lo que fueron y que quieren volver a ser. Aún así este año también vinieron los cormoranes, aves acuáticas, marinas por excelencia.

Pájaros urbanos sin haber sido domesticados. Y en el campo faltan. ¿Quién entiende semejante paradoja? En demasiadas ocasiones, cuando sales de la ciudad te espera un silencio de aire, luz y cielo como en el poema de Octavio Paz. El complejo espacio se insonoriza. ¡Qué tiempos aquellos cuando levantabas la vista y te sorprendía la diversidad de los viajes alados!, aunque no identificases el pájaro ni por si vuelo ni color y forma. Transmitían alegría a la vez que daban cuenta de un espacio multiforme. Hoy, el vuelo de las aves sin dirección conocida casi es una experiencia para contar a las amistades. Incluso si están por ahí se invisibilizan, o somos nosotros quienes los ignoramos. No ocurre así con el sonoro desplazamiento de las grullas en V. El resto de los apreciados son algunos pájaros resistentes en parques o llegados de lugares lejanos.

Cigüeñas en un vertedero de Madrid. (Javier de la Puente. SEO/BirdLife)

Dice el poeta que cuando un pájaro canta se mueven las hojas y las hierbas despiertan, ¿será que unas y otras se sienten atraídas por lo extraordinario de lo antiguo? Las gentes rurales marcharon y dejaron el campo abierto hace unas décadas, pero eso algunos pensábamos que eso supondría una masiva recolonización alada, pero no, al menos no siempre. ¿Quién sabe si también los pájaros se han hecho urbanitas, como añorando nuestra presencia? En cualquier caso a las más visibles en parques ciudadanos como urracas y otras especies no les molesta nuestra cercanía. Juan Ramón Jiménez poemaba que cuando él se fuese en su viaje definitivo se quedarían los pájaros cantando por su huerto. Preguntaba a su pájaro  de agua qué cantaba, o espantaba. Hasta el sol se desnudaba con su cantata y le rogaba a ese corazón con alas que no se fuese nunca. Los cantos de los pájaros suenan a vida, sus silencios a ausencias. Vicente Huidobro nos dejó todo un muestrario de sentimiento en sus poemas lamentando el pájaro perdido en el olvido del pájaro. Neruda se llamaba a sí mismo “pájaro pablo, ave de una sola pluma, volador de sombra clara y de claridad confusa”. Será por eso que Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura 2015, los recuerda a menudo desde Chernóbil en su Crónica del futuro.

Pájaros en retirada, como denuncia SEO BirdLife en su Libro Rojo de las aves de España 2021. Nos señala cuales están en peligro crítico, en peligro o aumenta su vulnerabilidad. Anotemos solamente dos detalles pero leamos su informe: un total de 90 especies de aves se encuentran amenazadas por la extinción, lo cual supone el 25,1% de la avifauna. Las más amenazadas ocupan ambientes agrarios, acuáticos, marinos y alpinos. Todo esto en un conjunto (359 especies) en el que desconocemos datos fiables de un 44 %. Para quienes quieran interesarse un poco más aquí van las que se encuentran en peligro crítico: aguja colinegra, alcaudón chico, arao común, avetoro común, cercetas carretona y pardilla, escríbano palustre, focha moruna, fumarel común, gaviota tridáctila, pardela balear, pardela chica macaronésica, pardela pichoneta, pardiño pechialbo, porrón pardo, urogallo común y zarapito real. Puede que los nombres digan poco a la gente que no se fija mucho. ¿Cuántos conocen en su casa? ¿Saben donde viven? Sirva esta entrada para renovar la curiosidad que provoca ver un pájaro volar o escuchar sus cantos, escritos en un lenguaje y con una partitura de desconocemos. La vida es eso, imaginar los mensajes que nos están enviando una roca, un monte, una raquítica masa vegetal, ese liquen desconocido o un árbol sublime; cualquier animal con el que nos topemos.

Macho de alcaudón chico. (GENCAT)

Seguramente se desconoce que solamente 7 de estas “gozan” de algún estatuto de protección en España. Es más, la ciencia tiene constancia de que una parte de este declive es consecuencia del cambio climático. Se ha alterado el desplazamiento de las especies, las migraciones ya no son lo que eran, episodios meteorológicos o cambios climáticos extremos provocan extinciones en determinados territorios. Qué decir de la contaminación, las degradaciones de ciertos ecosistemas, ciertas prácticas agropecuarias intensivas o los impactos de la caza. El Gobierno central y los autonómicos tampoco ven en los pájaros, en su desaparición, un problema. Si bien hay que reconocer la intervención puntual que algunos realizan.

El silencio del paisaje, su insonoridad, no es una ocurrencia de los ecologistas. Lo ha denunciado también, en este caso sobre las aves marinas, el programa El Escarabajo Verde, una ventana abierta a la naturaleza que ha cumplido ya 25 años. Por cierto, varias investigaciones científicas han tomado registros de avistamientos de aves en unas 200.000 localizaciones de Europa y Norteamérica. Después de analizar los datos han llegado a la conclusión de que han desaparecido casi la mitad de las aves comunes en estos lugares. Lo cuentan en un estudio publicado en Nature Communications. Por cierto, si alguien tiene curiosidad por los cantos de las aves, unas 1.000 especies disponibles, lo tiene en Xeno Canto.

Para terminar de celebrar el encuentro con los pájaros, más exactamente sus múltiples visiones de la relación entre ánimo y vida personal, proximidad y lejanía, sirva este poema de Blanca Andreu:

Duermo, pájaro vivo, pájaro de babilonia y pájaro vienés,
pájaro acunado en siena,
pájaro de las californias, duermo,
y la poesía huye de mí como de una frase acabada.
Duermo,
pájaro,
sábana,
palabra esdrújula,
para acabar con los venenos raros,
y así mira el espíritu de la avispa,
llora la plaga de mi cerebro y sus costumbres de ameba,
siente por mí el sabor de la impaciencia y di los tactos tristes que eran míos,
araña y roza, desde la niña antigua,
todo lo que soñé hasta la dicha de la muerte.

En fin, un paisaje dentro de un universo insonoro para la mayoría, pendiente del cumplimiento de los deseos expuestos hacia la biodiversidad en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS 13, 14 y 15).

Cuando lo anómalo climático de hoy sea una cotidianeidad mañana

GTRES

Anomalía es una palabra de esas que acomplejan, porque significa que las cosas no van como debieran. Es tanto una desviación de la regla como un defecto de forma o funcionamiento. También se constata en la astronomía y en la biología pero eso permanece oculto para los legos como el que esto escribe. No tiene un uso frecuente y sin embargo existe por todos los lados y ejerce una singular influencia en casi todo. Sabemos que hay anomalías beneficiosas o perjudiciales. Generalmente se atiende más a las segundas pero alguien me dijo que en la experimentación científica pueden mucho las anomalías no esperadas, los llamados sucesos fortuitos. En fin, que esto que nos pasa ahora ya lo vieron los griegos y los calificaron: de a(n) y “-omalos” que en su idioma se asigna a semejantes o iguales.

Las anomalías en el discurrir de Urano, en forma de desviación de órbita según las predicciones newtonianas, indujeron a Le Verrier en París y Adams en Cambridge a pronosticar que allí había una interferencia. Johann Galle observó el cielo e identificó un planeta azul al que puso de nombre Neptuno, imaginamos que en honor al dios del mar, azul. El descubrimiento de Neptuno provocó envidietas por la cuestión de autoría entre británicos y franceses. Al final todo concluyó dando el honor merecido tanto a Le Verrier, como a Adams y Galle. Y la anomalía dejo de serlo y añadió un planeta gaseoso al sistema solar.

Los científicos también se han empeñado desde hace siglos en elaborar teorías y leyes, en encontrar certeza en el funcionamiento de algo físico y cambiante. Lo hacen seguramente para que los que no sabemos casi nada lo entendamos y podamos predecir lo que va a suceder y organizar nuestra vida en función de ello. La gente que vivía cercana al Nilo sabía más o menos cuándo debía sembrar y el qué, porque las aguas bajarían por cauce estrecho o ancho. Sin embargo, también se encontraron con irregularidades no esperadas. Las siete plagas de Egipto que recoge la Biblia fueron anomalías del discurrir de la vida. Ahora mismo, la ciencia moderna encuentra fundamento a algunos de estos episodios tan antiguos. También es de todos conocida la llamada “pequeña Edad del Hielo” que produjo convulsiones sociales y ambientales en los siglos XVII y XVIII (o XIV a XIX), de los cuales nos dan fe los cuadros de los Brueghel. En fin, que la vida no es una regularidad perfecta, sino que está siempre expuesta a extrañezas. Quienes quieran disfrutar de cómo se veían en otros tiempos las dimensiones climáticas deben conocer las pinturas seleccionadas en el blog de la Aemet (Agencia Estatal de Meteorología de España). Suponen un excepcional repaso a nuestro pasado artístico y climático.

De esas queremos hablar y enlazarlas con el cambio climático. No es normal, anómalo sí, que en esta haya sido la Navidad más cálida en Alaska, con temperaturas superiores a los 15 ºC. En el Reino Unido, Bélgica y otros países del norte europeo sucedió algo parecido. En Bilbao, sin ir más lejos, se registraron 23 ºC el 31 de diciembre, 24,6 en San Sebastián. En muchas ciudades de la costa cantábrica se superaron el 1 de enero los 25 ºC de máxima, ambiente más propio de una buena primavera o un otoño plácido. Además esto tan raro sucede cuando las horas de insolación son las mínimas del año. Resulta que una masa de aire subtropical se encontraba instalada sobre Europa occidental y las altas presiones impedían cualquier movimiento masivo del aire. Este fenómeno no es puntual, aunque este año sea límite. Ya se apunta en un gráfico de la Aemet titulado varías anomalías de la T (temperatura media) desde el año 1961, pero no positivas ni tan continuadas como ahora. Una cosa es la variabilidad climática, siempre presente, como sucedió una semana más tarde de lo sucedido en este diciembre con máximas que no superaban los 10 grados en las mismas zonas. Sin embargo, si constatamos la concatenación de cambios tan bruscos nos puede obligar a cambiar el concepto y valor de un determinado clima.

¿Qué sucederá si estas anomalías se certifican en todo el mundo por continuadas y configuran una nueva zonificación del clima terrestre? Si así se pudiera decir porque el clima (múltiple y heterogéneo aunque se pronuncie en singular) es una abstracción/calificación no cerrada construida como consecuencia de múltiples causas y efectos concatenados, muy diversos en cada lugar, más observados e investigados en nuestros días. En cualquier caso, las altas temperaturas de este comienzo de invierno cálido no son presagio de algo bueno; por más que mucha gente esté contenta de unas navidades un poco menos duras que laminan por momentos los estragos de la COVID. Por más que hayamos visto bañistas en playas mediterráneas, cantábricas y algunas del norte de Europa. La biodiversidad anda algo despistada. Visto lo que viene, convenzámonos ya de que por mucho que nos empeñemos nunca encontraremos la normalidad climática, en el sentido de las variables meteorológicas que no nos molesten y de que no volveremos a la supuesta normalidad con clara división estacional en la que vivíamos antes, que quizás no lo era.

Si queremos verlo desde otro ángulo utilicemos aquello que dijo Robert Pirsig: el mundo viene hacia nosotros como una interminable secuencia de piezas que nos gustaría encajasen de alguna manera. Pocas veces se consigue. También añadió: por cada hecho hay una infinidad de hipótesis. Anotémoslo para entender las anomalías y reflexionar sobre si estas no deberían formar parte de la cotidianeidad del pensamiento, que nunca será monótono para muchas personas. Así podremos actuar en consecuencia. Descubrir que lo monótono es poco más que un vacío interpretativo. Si no que se lo digan a toda esa gente que ha perdido todo por la repetición de esos fenómenos extremos que entrarían en la categoría de anomalías climáticas.

Dicen quienes pronostican la buenaventura para 2022, que estos dos últimos años pandémicos habremos aprendido a reconocer las crisis sociales, a manejar algunas incertidumbres o momentos traumáticos y, en consecuencia, a revisar prioridades. Pensemos en positivo pero toca ahora poner en práctica lo aprendido de lo vivido y analizado, para descubrir si no nos encontramos ante permanentes anomalías. ¡Mira que si se estuviese experimentando un fenómeno de metamorfosis natural y social!

Cambiaría el futuro si a la vista de las dificultades una mayoría de las personas fuese capaz de tener unas expectativas vitales más ajustadas. Habríamos descubierto el tipo de persona que queremos ser y cuál es el sentido o el propósito de nuestra vida. En el caso que nos ocupa están relacionados con el devenir climático. Quién sabe si esas reflexiones individuales no se podrían trasladar a la esfera de lo colectivo: si queremos convivir con otra gente necesitamos imponernos ciertas obligaciones personales. Bastantes actuaciones necesitan una deliberación previa, y es mejor que estos propósitos vengan de un impulso personal y no sean impuestos. El futuro es hoy, oculto detrás de lo que hacemos entre todos. Porque el cambio climático está entremezclado en la mayoría de las crisis socioambientales venideras.

A este paso, voy a volverme un “ecoanómalo”, debido a que por mucho que me esfuerce nada entiendo. Empezaré leyendo ese libro de Hervé Le Tellier de la mano de mis compañeras del grupo de lectura el IES “Miguel Catalán” de Zaragoza para situarme dentro de la anomalía. A ver si me centro con los personajes desdoblados o soy siempre el mismo. Será por eso que no entiendo del todo las magnitudes y me resisto a que ese estado sea el de “la diferente y peligrosa normalidad climática” que se ha hecho cotidiana. ¿O ya lo era antes? Además, a decir verdad la gente no ha cambiado mucho sus comportamientos ante los episodios críticos precedentes. Y nos duele la indiferencia de la gente buena, como decía Martin L. King

Balances de sostenibilidad para seguir adelante

Sostenibilidad es una palabra rara, pero también moderna. Es una de esas que en forma de comportamientos e ideas se ha manejado siempre pero se ha tardado en asignarla a sus múltiples significados. Pensarían en su aplicabilidad la gente del Paleolítico, algo de ella habrá en la interpretación de las pinturas de aquellos tiempos. Es de esas que han existido sus maneras y contenidos antes de encontrar un vocablo universal que las definiera. De hecho, tardó mucho en entrar como significado en el diccionario de la RAE. Parece que salió a la luz tras la presentación del Informe socio-económico Brundtland elaborado para la ONU hacia 1987.

Según dicen quienes de esto saben, sus raíces latinas vendrían a decir, simplificando, que es algo que puede perdurar en el tiempo “parado por sí mismo”. Profundizando un poco más, la palabreja tan pronunciada actualmente se podría trocear en sos (sub) para decir que está debajo de pero se traslada a un estadio más alto donde se ve, tenere (dominar o retener), bilis- ahí hay algo de posibilidad- y -dad, que alude a una cualidad. Por Latinoamérica y otros lugares se usa más sustentabilidad, y así le han dado un matiz ambiental al adjetivo de la misma familia, sostenible/sustentable, que enlaza con esa malla relacional que se puede o se debe sostener y equilibrar para que las cosas vayan mejor. Eso que se ha de amparar y defender. Más o menos, sustentable sería algo a mantener, conservar e incluso mejorar durante largo tiempo sin causar daño al medioambiente. Por eso ha encontrado acomodo tanto en la ecología como en la ecología y la economía. Es más, la comisión encabezada por la doctora Gro Harlem Brundtland utilizó por primera vez el término desarrollo sostenible (o desarrollo sustentable) en su informe Medio ambiente y desarrollo sostenible. Nuestro futuro común, y lo definió como “Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”.

Han transcurrido suficiente tiempo para reconocer cómo estamos en relación con estas intenciones. Es lo que se recoge cada año en los informes de la SDSN (Sustainable Development Solutions Netword, por sus siglas en inglés), en este caso referidos a Europa; los hace también del mundo. El año pasado todo se ha visto alterado por la COVID: la esperanza de vida ha descendido (ODS3), han aumentado las personas en riesgo de pobreza severa (ODS1), la empleabilidad ha caído (ODS 8). Las diferencias son notables entre países, de ahí que se elabore un índice anual que utiliza datos de años diferentes según países. Elabora un ranquin donde los mejor situados son los nórdicos, después algunos de Europa central. El resto van campeando el temporal pero algunos muy mal, como los nuevos miembros de los antiguos países de la órbita de la URSS. Interesa echar un vistazo al Informe para hacernos una idea del estado actual, ponernos al día de quienes van adelante, de aquellos ODS en lo que se mejora o empeora colectivamente. Su infografía está bien pensada porque mediante colores marcan las diferencias. Así vemos una panorámica del conjunto de la Unión Europea y por regiones. Se puede hacer una lectura múltiple. Primero los ODS logrados totalmente según los objetivos previstos por la ONU: la UE en su conjunto ninguno. También los retos pendientes (algo, bastante o significadamente) y los mayores retos, en rojo. Así mismo se marcan trayectorias mediante flechas que marcan tendencias ascendentes o descendentes con respecto a años anteriores. España se encuentra en la mitad de la clasificación hacia abajo (lugar 20 de los 27).

Pero el mundo, compuesto por muy diferentes países y regiones, es un todo interrelacionado. Lo que ocurre en un lugar puede quedarse por ahí o extenderse. Todo se entiende según la magnitud que sea y la lectura que de ella se haga. En el Anexo 2 del informe citado se da, a partir de la página 97, un informe por países miembros de la UE y otros de Europa. España aparece en las páginas 164 a 166. Ninguno de los ODS se pintan de verde esperanza; los hay amarillos, naranjas y rojos. Solamente en la reducción de las desigualdades se está cerca de conseguir el logro. Pero nuestro país suspende estrepitosamente en el 2 (Reducción del hambre), 8 (Trabajo decente y crecimiento económico), 13 (Acción para reducir el cambio climático), 14 (Vida en las masas de agua) y 15 (Vida en los ecosistemas terrestres). Bien es cierto que en trece de los diecisiete objetivos/temas vitales se observan mejoras pero también hay que hacer notar que se suspende clamorosamente en el 15, que afecta a la vida de los ecosistemas terrestres. Tal anomalía sucede en el país europeo que más biodiversidad acoge. Por no cansar más, en eso de no dejar a nadie atrás estamos por debajo de la media europea como también en el índice de desbordamiento, que tiene que ver con la despensa del ecosistema planeta Tierra, con sus tierras, lagos y aire.

En fin, volviendo a aquello de la idea de sostenibilidad, la posibilidad y la cualidad de mantener un entorno mundial sustentable para “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades” nos quedan demasiadas tareas pendientes y el tiempo se nos acorta. Alguien opinará que con la pandemia que nos ha tocado padecer ya hemos hecho bastante. Sí y no, porque sus afecciones negativas han tenido mucho que ver en algunos indicadores pero en otros que empeoramos no; de unos y otros no partíamos en buena posición. Vamos a desear que todo esto sea solamente un paréntesis. Mientras tanto no estaría de más leer lo que cuenta la gente de EOM, sobre cómo ve el mundo en 2022.

Todo esto sucede cuando el término/concepto sostenibilidad impregna la mayor parte de los mensajes de comerciales y de la administración. Sabemos que cuesta llegar a la creencia ambiental y socializarla. Resulta más sencillo acopiarse de estética que abrazar una ética socioambiental, pero ya van bastantes años hablando de lo mismo. Por cierto, tanto sostenibilidad como sustentabilidad son indivisibles, por mucho que nos empeñemos en hacer mal, o menos bien, las cosas que en conjunto dan forma a la vida. Una anécdota sobre ambas: una búsqueda en Google el día que se redactaron estas líneas arrojó 1.150.000.000 resultados sobre sostenibilidad mientras que fueron 80.600.000 los de sustentabilidad. Si dicho buscador fuese en algún momento un barómetro social, diríamos que a la gente le interesa, que no todo está perdido.

En cualquiera de los casos, llegados a un 2022 que deseamos próspero en sostenibilidad, la ciudadanía debe despertar y retomar el debate sobre sus estilos de vida. No sea cosa que cuando las generaciones venideras lleguen a lo que debería ser su futuro más o menos amigable se encuentren con muros insalvables para mucha gente. Máxime cuando aquí hemos hablado solamente de Europa. Démosle una vuelta a aquellas reflexiones que nos dejo E.F. Schumacher en Lo pequeño es hermoso o Guía para perplejos. En sus libros hay bastante sobre aquello que decíamos al principio de la –bilis. Personalmente me quedo con los enigmas que me plantea esta frase: Cualquier cosa que podemos destruir pero no podemos construir es en cierto sentido sagrada.

Dejemos al menos abierta la puerta para que entre la posibilidad en nuestra vida. O cerrada la actual para que no se salga la que poco a poco hemos ido construyendo en esos 34 años desde que la ONU aprobó el informe coordinado por la ex primera ministra sueca G. H. Brundtland: siempre seguir adelante en la aventura hacia la sostenibilidad. Por cierto, hagamos un homenaje a Rachel Carlson cuando se va a cumplir el 60 aniversario de La primavera silenciosa. Leamos de nuevo lo que en su libro aportaba. Dedicar momentos de reflexión durante del año que va a comenzar será el mejor epitafio a todo quien tanto luchó por preservar la biodiversidad, eje básico en la sostenibilidad del planeta y sus criaturas de todo tipo.

(GTRES)

La España saturada frente a la vaciada

El medioambiente se resiente por los cuatro costados. No es necesario buscar mucho; simplemente mirarlo desde la ventana de la gestión territorial hacia ese fenómeno que se llama urbanización. Sitios donde se aglomera la gente a lo largo de los siglos dejan espacios vacíos. Ese desequilibrio poblacional se da por todo el mundo. Desiertos humanos en tierras abandonadas donde crecen plantas de diversas formas y colores frente a zonas masivamente habitadas, donde el suelo es un pavimento continuo. Ciudades que son ahora megalópolis, imposibles de gobernar con unos criterios saludables para el medioambiente propio y las personas. De hecho, las ciudades del mundo ocupan solo el 3% de la tierra, pero representan entre el 60% y el 80% del consumo de energía y el 75% de las emisiones de dióxido de carbono. Ahora mismo, más del 65% de la población vive en ciudades, según el Banco Mundial. El EOM (Orden Mundial) avisa de que los habitantes de las ciudades se enfrentan cada día a más retos y de mayores dimensiones.

En España, las zonas urbanas (no solo las ciudades) concentran el 80% de la población total. Se han primado, al menos en el mundo rico y en España desde hace unos 40 años, modelos de crecimiento diseminado en torno a las ciudades. Por eso han proliferado nuevas urbanizaciones residenciales de baja densidad. Estas conllevan un alto consumo de suelo y una elevada dependencia del vehículo privado, con los consiguientes impactos sociales, medioambientales y energéticos. La gente, que se ha convertido en “periurbanita” se ha lanzado a ellas porque mezclan proximidad urbana con disfrute de un mejor ambiente natural; a veces jardines relajantes. Esto es por ahora, pues nadie es capaz de predecir hacia dónde vamos. Dentro del desierto interior hay oasis donde se acumula la gente, pues allí se concentran los servicios públicos y surgen más posibilidades de vida laboral y social. Todo es muy complejo y no se puede justificar con un solo argumento. La población concentrada en capitales de provincia supone un 32% de la población total según datos del INE. En cierta forma constituyen nodos de actividad que al igual que proporcionan mejoras abducen todo lo que les rodea.

Imagen de la Gran Vía de Madrid. (Jorge París).

Pero hay otras situaciones a tener en cuenta en esto de la España desigual: entre seis provincias concentran el 43,5% de habitantes, las seis CC AA más pobladas acogen al 70% de la población.  Al otro lado del balancín humanizado se encuentra buena parte de la España olvidada, menguante la llamaba Julio Llamazares en un artículo reciente. Entre esta, escondidos porque tienen pocos votos y menos voz, están 3.403 municipios (42% del total) en riesgo de despoblación, como los califica el Informe Anual del Banco de España. Acumulan apenas un 2,36% de la población. Por lo que podemos decir que la España fragmentada no solo se da entre la costa y el interior, sino entre el medio rural y urbano, también dentro de provincias o comunidades que cuentan con una elevada población como Madrid (el norte de su provincia es otro desierto demográfico). Así pues, la distribución poblacional es un conglomerado con acumuladas incógnitas con respecto a sus posibilidades vitales y a la dotación de servicios indispensables, de complejo encaje en esta lanzada carrera hacia la difusa meta del año 2030. Fecha marcada en rojo intenso en muchos calendarios y agendas tanto de la Administración General y Autonómica como de los responsables municipales.

En periodos concretos festivos o vacacionales la gente urbana provoca la España abarrotada. Es una estrategia de liberación, aseguran algunos. Será porque la vida urbana tiene de todo, menos ser amigable. Las ciudades no se han planificado pensando en los ciudadanos. Esa masiva huida a enclaves concretos, que Internet promociona con insistencia, genera patentes desigualdades y dependencias ambientales nada desdeñables en las zonas de acogida y recreo: contaminación del aire, generación de residuos, consumo de agua, gastos energéticos, etc. Hace años que se producía pero lo hemos visto este año cuando la pandemia ha abierto ventanas para la movilidad. Cualquiera que haya visitado estos meses “los pueblos más bonitos de…” o “los enclaves que no debe perderse” se ha encontrado con multitudes que buscaban la solitaria belleza y se han encontrado con la masividad del urbanita. Si hubieran ido en un día no festivo hubieran visto otro paisaje y paisanaje.

Podemos mirar las cosas de otra manera. Seguro que recuerdan aquello que decía que la única perspectiva de resistencia global era ir configurando ciudades y comunidades sostenibles (ODS 11). El Gobierno de España había marcado que se proponía lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. Bien parece. Pero para lograrlo se hacían imprescindibles unas políticas que no dejasen a nadie atrás. Difícil desempeño cuando España presenta un acusado envejecimiento en 22 de las 50 provincias, existiendo una situación crítica en 14 de ellas. Por otra parte, la creciente urbanización está ejerciendo presión sobre los suministros de agua dulce, las aguas residuales, etc. Afectan tanto el entorno de vida como a la salud pública. En especial generan contaminación de aire y ruidos cuando sus habitantes no paran de desplazarse motorizados por unas ciudades que han crecido en extensión. Por eso ha habido familias que ante las limitaciones de la pandemia, o por convicción reflexiva, han aprovechado para huir hacia pueblos pequeños. Si bien suponen poca población en el conjunto global. Pero quién sabe si pasado un tiempo y hay servicios…

Hasta el dinero guardado ha huido de la España marginada. Muchas entidades bancarias, que obtienen beneficios del mundo rural, han cerrado sus oficinas en los pueblos. Han condenado a sus habitantes a hacer malabares –quién sabe si escondiéndolo en los colchones o debajo de las baldosas- para tener el dinero disponible en el momento oportuno o para un imprevisto. Además buena parte de los pobladores de esas pequeñas localidades son gente mayor que tiene cierta dificultad con los manejos informáticos. Parece ser que el concierto entre Administración y Correos va a paliar este nuevo desamparo.

La España marginada comienza a levantar su voz. Surgen agrupaciones de electores como Teruel Existe que quieren llevar sus penurias al Parlamento. Otras iniciativas políticas de signos parecidos están en construcción. Están cansados de muchos olvidos y peajes ambientales que soportan. Una granja enorme en x sin contar con x, se despliegan energías renovables por doquier, sin una planificación compensada, en sitios poco poblados, para satisfacer necesidades de lugares muy alejados. Incluso en lugares en donde la belleza del territorio era un valor supremo. Si hay que construir un cementerio nuclear se busca en… Por cierto, nadie sabe en qué va ese asunto. Se gobierna contra la España vaciada, escuchamos decir a Julio Llamazares, que hizo de Ainielle (Pirineo Aragonés) el epítome de la desigualdad territorial. Apetece volver a ver El disputado voto del señor Cayo, película de Giménez Rico basada en la novela del mismo título de Miguel Delibes en la cual desarrolla una ácida interpretación del devenir del éxodo rural y de la acción política en relación con la España olvidada.

Hace unos días se reunieron los Presidentes de 8 comunidades autónomas. Reclaman una atención especial a sus peculiares territorios, con muchas localidades con pocos habitantes que demandan unos servicios básicos que suponen un alto costo por persona e hipotecan los presupuestos de sus comunidades. Demandan recursos del Estado para atender las necesidades de una escasa y envejecida población y no están de acuerdo con que distribuya por población el fondo extraordinario de 13.486 millones de euros destinado a las Comunidades Autónomas. Más detalles en 20minutos.es. También en sus comunidades se dan los extremos poblacionales, con los consiguientes efectos. Zaragoza concentra más de 680.000 habitantes de los 1.325.371 de Aragón. Imaginemos el reparto espacial en un territorio de 47.719,2 km².

Frente a ellos se encuentran los políticos de la España superpoblada que aducen que se utilice un prorrateo del dinero en función de los habitantes censados. Además, se quejan de que su representatividad en Cortes Generales resulta cara. Que a las provincias menos pobladas les corresponde más escaños por habitante. El sistema se podrá criticar pero dado el funcionamiento partidista de nuestro Parlamento no sabemos si es un argumento válido de queja. Más bien parece que los grandes partidos están mosqueados por el desafío rural.

Sea como fuera, si se piensa en llegar en situaciones similares de bienestar individual al año 2030 habrá que sentar a dialogar a esas dos Españas. Por cierto, muchas localidades pequeñas tienen en las condiciones actuales, como mucho, un horizonte de vida de 50 años, cuando la generación de los resistentes desaparezca. No será necesario llevarles los servicios que ahora demandan.

La larga marcha de la infancia global hacia el año 2030

En los más de ocho años que restan hasta 2030, la infancia y la adolescencia de hoy puede verse lastimada o protegida. ¿Quién es capaz de adivinarlo? Lo que ocurrirá con seguridad es que, en su globalidad mal concretada, se verá expuesta a problemas muy severos si no se adoptan medidas urgentes. Son ocho años para renovar esperanzas. Pero hay una dificultad que está en el origen de muchas controversias interpretativas. A pesar de que en la mayor parte de las sociedades se mima a los más jóvenes, no tienen apenas ni voz y mucho menos voto. Pasarán circunstancias penosas en lugares como Afganistán (como alerta Save the Children) y esos países donde los niños nacen expuestos ya a las penalidades y con la amenaza de la muerte no muy lejana. Ese país, como otros muchos territorios sufrientes, ya no se habla porque el velo mediático lo ha oscurecido como por arte de magia. Y existe, como también Sudán, Somalia, Mali, Congo, Centroamérica y la difusa Asia. Bueno, en realidad no se dice nada porque interesan cosas menos trágicas y que no nos presenten futuros oscurecidos. Pasa también con la infancia y la adolescencia de la Europa rica, apenas aparece en los noticiarios como no sea para dar cuenta de hechos luctuosos o resultados de tal o cual encuesta. Verbi gracia la frontera bielorrusa.

En realidad, hablar de la infancia y la adolescencia es caminar entre deseos y recuerdos, siempre de hoy hacia el futuro. Algo así como mentar un espacio vital sin límites definidos, ni temporales (de qué años a cuáles) ni espaciales (rurales o urbanos, del mundo rico o del pobre, en familias con empeño de cuidado o en otras que malviven en la miseria; estudiantes, trabajadores o sin calificativo específico; buenos, malos o regulares, etc.) Hay tantas infancias y adolescencias, es un infinito de no se sabe qué, que lo único que podemos hacer de ellas es un retrato robot multidimensional. Miradas con complacencia y a la vez olvidadas. Con ganas de enseñarles a ser no se sabe qué, sumisión o estrategias, para no perderlas para la causa colectiva. Sea cual fuera. Sin embargo, la infancia y la adolescencia (sin demasiadas perturbaciones egoístas todavía ni siquiera por el color de la piel o religión) podrían ser el reservorio a partir del cual se desarrollaría el futuro de la verdad, la lucha por la igualdad, por la justicia y por la inteligencia. Algo así decía Emilio Lledó pero él lo ligaba todo con la educación. Hace unos días se proyectó dentro de “Los imprescindibles” un programa dedicado al filósofo y profesor en el que manifestaba su deseo de haber sido maestro de escuela, para escuchar como veían el mundo sus alumnos, que le interpretasen sus vivencias. Para aprender, porque es lo que los maestros hacen cada día al margen de enseñar más o menos.

Infancia de ahora y de siempre. Infancia y adolescencia de 2021 con incógnitas marcadas ya para 2030, que se convertirán en dificultades varias. Y sin embargo todos queremos un mundo diferente para los chicos y chicas que por las fechas venideras habrán dejado atrás sus tiempos vividos. Hace unos meses se publicó  El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo 2021 (SOFI, por sus siglas en inglés), con datos del año anterior, incentivado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Programa Mundial de Alimentos (PMA), Unicef y la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por primera vez el informe no pone cifras fijas al número de hambrientos del mundo, plantea un intervalo entre 720 y 811 millones, el pico más alto jamás visto. Entre ellos muchos niños y niñas que no tuvieron alimentación suficiente en cantidad o deficiente en proporciones de nutrientes. Y en esto llegó la pandemia. El hambre se alió con la pobreza; juntas maltrataron la salud y muchas más cosas. En Latinoamérica y África habitan 9 de cada 10 niños y niñas con retraso en el crecimiento. En julio Oxfam daba a conocer  El virus del hambre se multiplica, donde denunciaba que la pandemia ha mostrado el tamaño de las desigualdades en el mundo. Lo que se saca en claro de ambos informes es que hay suficientes alimentos pero muy mal repartidos. Las carencias que se acumulan en la infancia y en la adolescencia ponen en riesgo el futuro de cualquier país. ¿A qué suenan los ODS en el 2030 si la infancia de ahora está mal alimentada? Mientras escribo estas líneas escucho a Ara Malikian para extraer luz de la oscuridad, como se dice en el documental Ara Malikian. Una vida entre las cuerdas, un reciente Premio Goya. Un reposo de lucidez y esperanza que siempre se hace corto.

Porque Unicef denuncia que han retrocedido todos los indicadores importantes para la infancia un año después de la pandemia: infecciones, hambre, pobreza familiar, escuelas cerradas, inequidad en el acceso a las tecnologías educativas, falta de cuidados sanitarios, ausencia de instalaciones sanitarias en sus casas, y más problemas. De hecho, “como promedio, 700 niños menores de cinco años mueren cada día de enfermedades causadas por la falta de agua, saneamiento e higiene”. Sin embargo, los niños y niñas deberían ocupar el espacio central en los esfuerzos de recuperación porque serán los protagonistas del mañana. El barómetro de opinión de la infancia y adolescencia en España de esta agencia de la ONU permite conocer que la COVID-19 y la crisis sanitaria y económica originada por la pandemia es el problema que los niños, niñas y adolescentes identifican mayoritaria y claramente como el más importante para el conjunto de la sociedad en España y para ellos mismos. Además, hay que anotar la alta valoración que los encuestados hacen de instituciones como los científicos y científicas, el profesorado, las ONG, etc., frente a la casi nula esperanza que parecen tener en los gobiernos del estado y propios, y en general de los partidos políticos.

Junto a estos aspectos, merece la pena atender sus actuales percepciones porque no sabemos a qué y cómo evolucionarán en el año 2030. El barómetro se detiene en explorar su compromiso cívico e implicación ciudadana, sus sentimientos identitarios, los medios de comunicación donde obtienen su información sobre el estado social, su bienestar emocional (satisfacción vital y felicidad), además de otras cuestiones básicas de la vida. Unicef hace una serie de recomendaciones a los poderes públicos para que todos comencemos la siguiente década en mejores condiciones porque la infancia de hoy habrá crecido socialmente. Habría que comparar estos datos con los que proporcionaba la primera edición del barómetro. Suponemos que el Alto Comisionado para la Pobreza Infantil del Gobierno de España habrá tomado nota de todo y lo hará llegar a las administraciones competentes, empresas y sociedad en su conjunto. Su oficina señala los avances pero se preocupa de lo mucho que queda por hacer. Medidas como el Ingreso Mínimo Vital y la extensión de la educación de 0-3 años ayudarán, pero “no podemos olvidar que España es el tercer país de la Unión Europea en tasa de pobreza infantil” explica Carles López, Presidente de la Plataforma de Infancia.

Si por aquí las perspectivas no se ven adecuadas qué no sucederá en los países en conflictos vitales graves o bélicos. Para entender la situación se puede consultar 2021. Global Hunger Index. El hambre y los sistemas alimentarios en situaciones de conflicto de Ayuda en Acción.

Así pues queda mucho por hacer y los años pasan rápido. Hay que informarse año tras año por si las tendencias se confirman o cambian, en unos lugares sí y en otros no. Todas las personas tenemos el mundo de la infancia y la adolescencia global para escribir deseos y esperanzas, para llamar la atención sobre sus dificultades, para soñar despiertos, para vivir la aventura de una larga marcha que no admite despistes pues tiene su meta en el año 2030.

(GTRES)

Defecar con salud en 2030

Alguien dice, otros se escandalizan al leerlo, que buena parte de la salud comienza en el inodoro. Así lo debió imaginar el poeta Sir John Harrington que ideó a finales del siglo XVI un artefacto peculiar. Con él la reina de todos los imperios británicos, Isabel I con la que tuvo sus más y sus menos, se podía explayar de sus urgencias. El aparatito fue bautizado con el nombre de Áyax. Desconocemos la razón. No sabemos si lo hizo en honor al legendario héroe de la tragedia griega con el que compartía nombre. Tan famoso era que hasta Sófocles dedicó una obra al personaje. O quizás lo fabricó porque a la reina, alguien de semejante alcurnia y múltiples ocupaciones, le causaba problemas defecar en un momento preciso, imaginamos que sin llegar a tragedia. Me ha dado por mirar el significado en la Web y Áyax se relaciona con lo eterno o lo interminable. Se me asemeja como algo de lo cual no podemos prescindir, que vuelve a la tierra tras un camino que en realidad es un ciclo continuo. En fin, dejemos la comparativa que no da para más que para elucubraciones escatológicas. Por cierto, el invento de Harrington fue ignorado hasta que el 1775 Alexander Cummings le colocó el sifón antiolores en forma de S, lo patentó y extendió su uso. Ahora nuestro aire del wáter es inodoro, casi. Pero así mutó el nombre del aparato, de vulgar retrete a inodoro. Queda más fino.

En La Cima 2030 ya hemos hablado de este asunto de la falta de retretes y su relación con la salud pero no está de más recordarlo. ¿Qué no darían muchas personas por tener a su alcance un wáter tan sencillo como aquellos que pintaba Antonio López hace 50 años o más, que ahora parecen cuchitriles a los jóvenes y a la mayor parte de la gente exigente. Afirma la sabiduría popular que las cosas que parecen sencillas se estancan sine díe en algunos lugares. La España de los años 1960-70 sufría la falta de retretes, especialmente en la España que se estaba vaciando a borbotones. Pero también en casas antiguas de las ciudades. Algunos propietarios de los evacuatorios escribían en sus puertas la palabra WC para asimilarlos a los destinados a la gente fina. Tan poco sanitarias eran las costumbres en la España anquilosada que se desencadenaron varias epidemias de cólera. Por no hablar de las más graves del siglo XIX citaremos solo las del XX, en particular la de 1971, que circuló por el río Jalón en la provincia de Zaragoza. Las diarreas de entonces obligaron a hervir el agua de boca y cocina, clorar el agua, pelar las frutas, lavar las verduras convenientemente. Unas 600.000 personas fueron vacunadas en Zaragoza y ciudades próximas. Menos mal que por ahí estaba el farmaceútico García Gil. Se dijo que su intervención fue clave para preservar el buen nombre de España y que la campaña turística no se fuera al traste. Qué lejano queda aquello y solamente han pasado 50 años. Ahora mismo se repite algo similar en otros lugares. La diarrea provocada por la falta de agua segura y malos hábitos higiénicos, junto con la defecación al aire libre, supone la segunda causa de mortalidad infantil en el mundo.

La salud empieza en el inodoro, algo así de atrevido decíamos en otra entrada de este blog. Si esto fuese cierto no podrán tener buena salud unos 2.000 millones de personas que carecen de un retrete digno. Se calcula que serán unos 673 millones las que defecan al aire libre, en otros lugares hemos leído 1.000 millones. El 91% de estas personas viven en zonas rurales. El título de esta infografía de Statista es muy ilustrativo: Cuando el baño es la calle. Disponer de letrina, la pariente pobre de lo que aquí llamamos cuarto de baño, es una cuestión de salud básica pero también de supervivencia en muchos países del mundo, especialmente para las mujeres. El acceso de la mujer a la escuela en donde ciertas religiones coartan la vida social marca la diferencia entre las chicas que van o no a estudiar. Con ello se las condena a la sumisión analfabeta de por vida. Por fortuna, los Gobiernos y Ministerios de Sanidad de los países afectados han empezado a hacer algo y la cifra va en descenso según nos explica el Banco Mundial; incluso podía haberse reducido a la mitad. Pero en Haití por ejemplo más del 20 % de la población defeca al aire libre. Además, esta práctica está muy extendida en Bolivia, Brasil, Colombia, México, Perú y Venezuela, que suman cientos de millones de habitantes. Por eso no debemos darnos por satisfechos si nos creemos lo que dice el sexto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: la cifra debe quedar a 0 en el año 2030. A este paso no vamos a llegar a tiempo al inodoro, un lujo todavía mayor. Echemos un vistazo a lo que dice la Organización Panamericana de la Salud, de la OMS. Porque tras la falta de retretes, otra cosa es la depuración de residuos, vienen las enfermedades que generan deposiciones que llegan al agua que beben personas y animales. Unicef calculaba hace un par de años que una de cada tres personas en el mundo no tenía acceso a agua potable.

En algunos países el problema es muy grave; pongamos que hablamos de la India. Allí su Gobierno pretendía acabar en el año 2019 con la práctica muy extendida de defecar en la calle o en campo abierto. Sucede tanto en el medio rural como en determinados barrios de ciudades como Calcuta o Bombai. Parece que lo han logrado si hacemos caso a las palabras del primer ministro, si bien algunas organizaciones ponen en duda dicho logro. De este asunto trataba la película india “made in Bollywood” estrenada en 2017 Toilet: A Love Story. La recién casada protagonista deja la casa de su marido al descubrir que esta no tiene baño. Aseguran los críticos que la película no destaca por su calidad, pero sí por la naturaleza del mensaje. Dicen que está basada en una historia real. Para la gente curiosa existe una síntesis en Ecos de Asia, donde han traducido su título y dice  Sin retrete no hay amor; interesante asociación. Por cierto démonos una vuelta por el Museo del Inodoro en Delhi y veremos diseños espectaculares. Sin duda un enorme país lleno de contrastes.
No todo iban a ser noticias malas en este mundo tan inestable que nos acoge. Un vídeo del CIMA (Cantabria) sobre el uso adecuado del inodoro ganó el concurso de la Agencia Europea de Medio Ambiente en 2018. Además, el retrete o inodoro es la entrada a un laboratorio de investigación. Ahora sabemos a ciencia cierta que defecar y orinar, con o sin salud, proporciona material a ciertos laboratorios Covid. El análisis de las aguas fecales de las ciudades, las que en muchos países van a las depuradoras y en otros no, proporcionan datos fiables sobre la evolución de la epidemia y también se sabe el consumo de drogas o antibióticos. Además es barato y eficaz para detectar epidemias; se adelanta a los sistemas sanitarios.

Por cierto, no duden en celebrar el Día Mundial del retrete, en torno al 19 de noviembre. ¿Cómo? No sabríamos decirlo, pero esta sencilla efemérides impulsó planes sanitarios en países y ciudades del mundo menos favorecido por la economía. Aquí podemos empezar utilizando el inodoro para la función que está creado, en ningún caso servir de papelera. Evitemos convertir el retrete en el sumidero que todo se lleva, hasta la salud global de nuestros ríos mares y más cosas biodiversas. Tampoco va mal conocer un poco de la historia del retrete.

Haciendo una proyección exagerada de lo que recordaba Antonio Guterres, Secretario General de la ONU en la inauguración de la COP26 de Glasgow sobre el planeta/retrete.   Basta ya de que las inmundicias humanas contaminen aire, agua y suelo. Si lo conseguimos estaremos menos expuestos a empeorar la salud global, de la que una parte es la nuestra. Porque más de una vez nos habremos preguntado dónde van nuestras heces y todo lo demás. Si no ha sido así, ya va siendo hora. Para finalizar un deseo: que todas las personas del mundo puedan defecar con salud en el año 2030.

Inodoro encontrado por Arqueólogos del Ministerio de Antigüedades de Israel en la excavación de Armon Hanatziv de Jerusalén con más de 2.700 años de antigüedad. 

Más inteligencia ecosocial en el universo cerdoso

Un tal Joseph Jacobs, un australiano que vivió en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, recopiló cuentos populares en varios libros. Entre estos estaba Los tres cerditos, que siempre ha sido calificado con un cuento infantil con moraleja, una fábula. Por la razón que sea los cerdos acapararon historietas contadas. En una búsqueda rápida hemos encontrado cuentos infantiles que tienen al cerdo como coprotagonista de la acción. Así se explica en El cerdo que quería ser cantante, El reto matemático de los tres cerditos, Un día con los cerditos, El cerdito verde, Las colas del cerdo, La niña y el cerdito, la oveja y el cerdo, y no seguimos por no hacer demasiado prolija la relación. Ha sido protagonista de grandes aventuras ya en 1933 de la mano de Walt Disney y como el Porky  en los dibujos animados de la Warner Bros. En Rebelión en la granja de Orwell, Napoleón y Snowball adquieren un papel principal sujeto a interpretaciones varias. Ahora mismo triunfan en la tele las aventuras de Peppa Pig y su familia cerduna. Es más, podríamos citar muchas películas en las que el cerdo o la cerda eran protagonistas: Miss Peggy en The Muppet Show en los Teleñecos, Babe el cerdito valiente (1995), Sppider Pigg en los Simpson, Piglet en Winney de Pooh.  Así pues, el cerdo se ha contado entre los animales simpáticos para los niños. Si bien serán pocos los que hayan visto al natural uno de ellos; y es posible que no se los encuentren en su vida. Por otra parte, las tradiciones han sido un favorable territorio cerdícola. Aún recuerdo los ritos de la matacía que vi de niño, representada en los calendarios medievales de no me acuerdo donde.

¿Qué tendrá para que su vida esté tan ligada a nuestra existencia?, excepción hecha de aquellas religiones que lo tienen proscrito. Puede que la curiosidad, o su forma redondeada, o de su presencia en los cuentos, acaso su color o el pelo que parece que no tiene. También participan en cosas más serias. Recientemente Matt Whiman publicó El ingenio de los cerdos en donde les restituía la inteligencia y comprensión que en algunas composiciones literarias se les negó. ¿Quién no recuerda a Echanove representando a un cerdo en su adaptación teatral de Estrategia para dos jamones, de Raymond Cousse, en donde cerdo y hombre comparten sus papeles. Porque la vida de cerdo es una paradoja. Así se entiende el hecho de que en el lenguaje español el simpático animal aparezca como un tipo poco recomendable: sucio, cochino, mugriento, maloliente, puerco, marrano, gorrino, etc. “A cada cerdo le llega su san Martín”, es una frase utilizada por Cervantes para referirse al autor de El Quijote de Avellaneda. No es la única forma de decirlo como recoge el Instituto Cervantes que nos cuenta hasta 10. Así pues, se podría decir que la percepción humana de los valores del cerdo camina en una paradoja zigzagueante.

Cuesta creerlo pero es verdad: todo en el cerdo es útil. El cerdo sirve para… De él se aprovecha… Así ha sido desde hace siglos pues en la antigüedad tener un cerdo era asegurar la manutención de la familia durante todo el año. Por eso se dice que lo de que muchas huchas arcillosas tengan forma de cerdito viene de que “pygg”, recipiente arcilloso que usaban los ingleses para guardar monedas y “pig”, cerdo. Con el tiempo se unificó el contenido y se extendieron los cerditos guardianes  de monedas, las “Piggy Bank”. Quien desee saber más del asunto ahorrativo porcino solamente tiene que mirar en el blog de este mismo diario “Ya está el listo que todo lo sabe”.

Pero no todo lo del cerdo actual es útil y bonito. Se puede hacer visitando la web del Ministerio de Agricultura, Pesca y alimentación. Acaso pasándose por el Museo del cerdo de El Burgo de Osma (Soria) o el Centro de Interpretación del porcino en Peñarroya de Tastavins (Teruel). El universo cerdoso, tal categoría tiene por su dimensión e interacciones, es complejo si se mira desde distintos puntos de vista. Por un lado están los productores (ganaderos, comercializadores, etc.); por otro los vecinos de las granjas de cerdos; además los naturalistas y animalistas. No puede negarse que la cría intensiva –mayoritaria hoy día- del cerdo sostiene una parte de la economía rural en algunas regiones, comarcas o pueblos. Se afirma que durante los últimos años se ha consolidado como un sector estratégico dentro del sistema alimentario español con un empleo sectorial importante y con réditos grandes en exportaciones. Además, la tecnología ha llegado a las granjas de cerdos, lo cual ha reducido costes. Se ha mejorado el trato a los animales. El procesamiento de residuos, purines, se ha ido regulando, lo cual ha reducido el vertido ilegal pero la problemática no se soluciona solamente con eso. La UE sacó hace un par de años una norma según la cual se prohibía el vertido de purines por riego aéreo y solo se podía inyectar en el suelo. La pujanza económica del sector porcino es directamente proporcional a la contaminación, como destaca “Empapados en purines”, un reportaje bien hilvanado del programa “El escarabajo verde” de Radiotelevisión española que deberían conocer quienes se preocupen por lo que comen y sus efectos en el medioambiente; también los criadores. Pero hay muchos peros, que también afectan al cambio climático. No sabemos si habrán hablado de eso en la COP26 de Glasgow. Hasta ahora no he leído nada de eso.

Interior de una granja de cerdos. (GTRES)

Del otro lado del escenario estamos los consumidores. Y más cerca todavía quienes padecen los olores, el ruido y la contaminación que generan las granjas, que alguien ha rebautizado con fábricas de carne y sus derivados. En España, como en Francia, Italia, Dinamarca (exporta más de la mitad del cerdo de la UE) y muchos más países se ha realizado en los últimos 50 años una transición desde la cría de animales tradicional y extensiva hacia una industrialización y concentración de las explotaciones. En Aragón, donde se “producen” más de la cuarta parte los cerdos de España, uno de cada cinco municipios puede estar emponzoñado por el exceso de purines. Tal situación los convierte en zonas vulnerables especialmente por los nitratos que contienen sus aguas, que en algún caso se infiltran en las redes de abastecimiento. No solo lo ven los ecologistas y naturalistas de Greenpeace o Ecologistas en Acción, por poner solo dos ejemplos de acción en España. Hasta la administración está preocupada por estas zonas vulnerables. Nos podemos imaginar cómo estarán los cercanos freáticos del agua en los Países Bajos y todo lo que la contaminación lleva consigo allí. Tanto es así que el gobierno holandés daba incentivos económicos a los criadores para dejar de producir cerdos. En España, el Ministerio de Transición Ecológica afirmaba en el verano de 2019 que el 40 % de los acuíferos españoles estaban ya contaminados o en riesgo de contaminación por los residuos de la industria agrícola o ganadera.

La burbuja porcina puede estallar en cualquier momento, tanto por sus altas producciones como por los bandazos de la economía mundial, exportaciones incluidas a China o América. España incumple reiteradamente los límites de emisión de amoníaco (NH3). Algo muy grave en un escenario en el que cada vez se consume más agua, y se descargan los freáticos. Hace falta mucha inteligencia comunitaria y un alto grado de conciencia ambiental para gestionar bien algo tan complejo que afecta también a la salud. No se trata del sí o no, sino de los cómo, para qué, dónde, con qué beneficios, etc. A esto se le llama socioeconomía ambiental o si lo quieren mantenimiento del medio rural para hacerlo atractivo en su conjunto por su respeto ecosocial. Falta todavía un largo trecho para que cale en la práctica empresarial y en la conciencia ciudadana. Pero hay que insistir: el vivir cada día no debe suponer comernos poco a poco el complejo medioambiente; si lo seguimos maltratando se nos comerá a nosotros. A este paso, la España vaciada será rellenada con macrogranjas de cerdos. La trama daría para otra obra teatral.

Todo lo anterior nos lleva a preguntarnos por la sostenibilidad de la cría del porcino en las actuales y crecientes dimensiones. Quizás fuese necesaria una moratoria hasta hacer la cumbre del cerdo. Mientras tanto podríamos mejorar la dimensión actual de las explotaciones, las macrogranjas, que generan pocos puestos de trabajo por cada millar de cerdos. Además está el consumo de agua diario para limpieza y abastecimiento que según dicen alcanza valores elevados diarios por ejemplar, más de 14 litros. Una buena parte de ella sale en forma de purines cargados de nitrógeno, además de otros productos como antibióticos. Se retiene en balsas pero…Qué decir de los gases de efecto invernadero, metano principalmente. Los piensos con los que los alimentan recorren muchos kilómetros, con lo que aumenta la emisión de gases. Por lo que parece, unas pocas empresas porcinas intensivas propiedad de ciertos inversores concentran la mayor parte de la producción española en el noreste peninsular (Aragón y Cataluña), Castilla y León y Castilla-La Mancha. Allí realizan toda la cadena de vida y sacrificio de los animales, y elaboran muchos subproductos. Algunas parece que son algo descuidadas en sus prácticas pues han secado acuíferos o los han dañado mucho. Cada vez hay menos explotaciones pero se crían más cerdos en España: unos 25 millones hace diez años, 28 hace cinco y más de 32 millones en 2020. Nuestro país es líder en Europa y en el mundo solo lo superan EEUU y China. Tanto que hemos leído llamar a España “Pigland”. Podemos imaginar los gravámenes ambientales que generan aquí perjudicando al medioambiente, y no se cargan en la venta de productos en los países de destino de las exportaciones. Si se hiciese se podría emplear el dinero en mejorar las afecciones al medioambiente y ganaríamos todos. En fin, que la trama porcina tiene algunos borrones.

Hay que reconocer que este es un asunto complejo del que hay que hablar mucho antes del 2030. Las administraciones deben ejercer el tutelaje y arbitrio, en consonancia con Europa. Los productores y las cadenas de distribución han de ser cuidadosos y exigentes. Los consumidores han de estar vigilantes. En fin, toda una alianza mundial por el cerdo y sus favores.

A mediados de octubre pasado España establecía un nuevo récord Guiness al confeccionar en estilo origami 3.000 cerditos de papel. Acción que parece que no era una muestra de amor, sino que perseguía la promoción del cerdo español en el mundo. Decía Juanjo Millás en una de sus tiras de hace unos 20 años que se había visto sorprendido por un anuncio de prensa: le criamos un cerdo. La empresa anunciante lo criaba, alimentaba, sacrificaba y te enviaba sus mejores partes, previo pago de una mensualidad. El escritor y periodista calificaba de acertada la metáfora del mundo: amamos y matamos a distancia en un mercado global.

Uno se interroga qué ha sucedido para que el cerdo haya pasado del afectivo cuento infantil a ser considerado como una pieza clave del entramado alimentario. Un amigo me dice que al amor a los cerdos caduca con la edad; después es sustituido por el placer culinario. Le pregunto quién es el lobo en esta historia. Ahí nos quedamos, sin saber si tendremos que rectificar los cuentos infantiles.

Por todo lo anterior es urgente que la inteligencia ecosocial alumbre un amplio debate sobre el universo cerdoso, sobre las fábricas de cerdos, el bienestar animal, acerca de la economía del cerdo en relación con el medioambiente y la salud de las personas, con el condicionado reto demográfico rural. Parece que no se ha conseguido evitar los riesgos del entramado después de tantas leyes y normas al respecto, que sin duda habrán mejorado lo que había antes. Si nos descuidamos vendrán los renacidos “Napoleón y Snowball”  de Orvell y quién sabe lo que nos dirán o a qué nos someterán. ¡Cómo nos prohibiesen producir/comer carne de cerdo?

Cambio climático en código rojo oscuro casi negro

Durante estos días se hablará mucho del cambio climático. Estos días se celebra la Conferencia sobre Cambio Climático COP26 en Glasgow. Organizada por el Reino Unido en colaboración con Italia. Hacia la ciudad escocesa se dirigirán muchas miradas. Unas serán ilusionadas. Pero las habrá también resignadas, impuestas, autocomplacientes y mentirosas. Incluso habrá gente que volverá la cara ante el evento, bien sea por incredulidades acerca del cambio climático o por cansancio en la permanente escucha de esas acciones urgentes que nunca llegan. Al menos algo parecido vimos cuando participamos en la COP25 Madrid-Chile de hace dos años. En nuestra intervención nos preguntábamos cómo iba la relación entre educación y medioambiente.

Lo hecho hasta ahora se ve de formas diversas. Cada entidad o persona utiliza escalas de medir en las cuales no coinciden las magnitudes utilizadas. Normal, el cambio climático es una conjunción de factores tan compleja que cuesta asimilarlo en su conjunto. Por eso, cuando hablan los dirigentes políticos se explayan en decir lo mucho que hacen, tanto que a veces se barrunta que manejan con criterios poco sólidos la idea de globalidad que la crisis actual comporta. Todo lo ven en color verde esperanza. Si lo hacen entidades próximas a la ciencia, a los movimientos ecologistas u otros agentes sociales insisten más en lo que falta por hacer, en la urgencia de tomar medidas comprometidas, generalizadas y creíbles. Tanto es así que muestran con rojo oscuro casi negro determinadas cuestiones o problemas socioambientales.  En concreto se preocupan de la incidencia de la acción antrópica en la generación del cambio climático (más del 99,9 % de los 88.125 artículos científicos revisados por pares coinciden en que es causado principalmente por los seres humanos). En el complejo actuar humano hasta ahora se mezclan aciertos y compromisos puntuales con malos hábitos tradicionales, presos del olvido y la pasividad. Sobre todos planea una o muchas incertezas, porque todo depende de cuándo y cómo.

En medio está la ciudadanía. Generalmente, la complejidad de situaciones vividas por cada cual lleva a la difícil comprensión de las actuaciones globales. Bastantes personas sienten inseguridad a la hora de descifrar las propias o cercanas. Hay estadísticas de la Unión Europea que señalan una alta preocupación personal. Tanto que casi 8 de cada diez europeos-as ven el cambio climático como un problema grave al que nos enfrentamos en este momento; además de la salud y la pobreza. De hecho, casi dos tercios (68 %) opinan que son los gobiernos quienes deben sacarnos del atolladero; cerca de seis de cada diez piensan que las empresas y la industria. A la vez, la responsabilidad individual es citada por el 41 %, lo cual es un dato positivo; más teniendo en cuenta que en junio de 2011 solamente lo suscribían el 21 % de los encuestados. Pero claro, habría que ver país por país. Los escandinavos y alemanes están más por la labor individual. Además, 6 de cada diez manifiestan haber hecho algo para mejorar el cambio climático en los últimos meses. Los aspectos en los que más se implican los europeos son la reducción de sus desperdicios y la separación de estos para su reciclaje, la reducción del consumo de desechables o productos súper embalados. Además, uno de cada cinco ha mejorado el aislamiento domiciliario; pero solamente 1 entre 10 valora desplazarse de manera que aminore su huella de carbono. Pero también se pregunta en el eurobarómetro si piensan que los gobiernos de su país hacen lo necesario para reducir el cambio climático. Tres cuartas partes de los encuestados dicen que no. Además, nueve de cada diez europeos-as están de acuerdo en que las emisiones de gases de efecto invernadero deben reducirse al mínimo hasta llegar a que la economía de la UE sea climáticamente neutra para 2050. Y algo sumamente interesante: tres cuartas partes de quienes respondieron también piensan que el dinero del plan de recuperación europeo debe invertirse principalmente en economía verde en lugar de hacerlo en la economía tradicional basada en combustibles fósiles.

Si ese código rojo todavía marca el cambio climático será porque no se ha avanzado más desde la COP25. Como siempre, se trata de elegir entre implicarse en la consecución de un planeta vivo, amigable con sus criaturas o mantener nuestro insostenible sistema de vida, con la marcada diferencia entre estándares según países. O lo que es lo mismo: decrecimiento saludable o crecimiento abrasador.

Tras las grandes proclamas está el daño diario. Debemos preguntarnos si acaso estamos poco activos porque no nos hemos dado cuenta de que nada es como uno se imagina, ni se entiende por igual en cualquier lugar del planeta humanizado. O que nos hemos confundido al calibrar lo que significa estado de bienestar y su relación con el cambio climático. Habría que suponer que la gente se debería encaminar en avalancha a solucionar una parte de las variables que fortalecen el cambio climático tras la contundente lectura que realiza el IPCC de lo que está pasando. Pues no. “Estamos a años luz de alcanzar nuestros objetivos del cambio climático” proclama una y otra vez Antonio Guterres desde la Secretaría General de la ONU.

Durante estos días de la COP26, primera semana de noviembre, nos apabullará la insincera algarabía que venden algunas empresas y sociedades mercantiles que han sido incentivadoras de la crisis climática; también el beneplácito de muchos gobiernos con sus políticas. Si hiciesen lo que dicen acabábamos con los problemas actuales a medio plazo. Llegaríamos a 2030 con un código al menos ámbar, pues aun quedarían muchas mejoras. Según dice la Agencia Internacional de la Energía (IEA por sus siglas en inglés), apenas llega al 2% el gasto público invertido en energías limpias. O si lo queremos ver de otra forma, la producción y combustión de carbón, petróleo y gas recibieron 5,9 billones de dólares en subvenciones solo durante 2020. De hecho, se prevé que la producción mundial de combustibles fósiles represente en 2030, más del doble de lo que se soportaría esa meta de calentamiento de los 1,5 ºC. Incluso la IEA propone el cero neto para 2050. ¿Será realidad? Por el momento hemos de preguntarnos ¿en qué se ocupan quienes manejan los hilos de la vida económica y social? En no hacer suficiente caso, negar incluso, las evidencias que les muestra la ciencia.

A pesar de todo, lo bueno y lo malo que quede de la reunión de Glasgow, cabe imaginarse cómo se vería el futuro si ni siquiera se hablase globalmente sobre el asunto. Ayudaría mucho que en la actual tesitura apareciesen líderes mundiales a los que siga la gente y los gobiernos en el camino del recambio climático. La ONU intenta serlo pero no se consolida, las ONG ambientalistas ayudadas por los más jóvenes tampoco, la UE se esfuerza pero la realidad va desacompasada con los hechos de cada país, unos más que otros. Los grupos de cabildeo internacionales retuercen los compromisos. Por consiguiente, son necesarias alianzas (ODS 17). ¿Saldrán de la COP26?

El tiempo nos dirá si se ha entendido que el cambio climático nos coloca ya en código rojo oscuro casi negro. Mientras, sugeriríamos que se hiciese una minicumbre climática en cada casa o en el trabajo. El tema da para una larga conversación, en la que nunca debe faltar la autocrítica, mejor si esta es siempre constructiva y propositiva. Tras informarse bien, no estaría mal seleccionar diez o veinte comportamientos propios que sean fundamentales en relación con el cambio climático y asignarles códigos verde, ámbar o rojo, según pensamiento y acción. Y a partir de ahí…

Fotografía que muestra el derretimiento de un bloque de hielo utilizado en la demostración científica Ice Box Challenge,en Santiago. Chile se convirtió este martes en el primer país de América Latina que se suma a este reto mundial que destaca visualmente los beneficios en materia ambiental del aislamiento térmico de los edificios y cuyos resultados se compartirán en la cumbre COP26. (EFE/ Alberto Valdés)

Dependencia electrónica hacia 2030

Se ha dicho tanto del asunto que uno ya no sabe qué añadir; por lo que no encontrarán aquí nada original. Pero hay que conectarse al entramado tecnológico porque se trata de entender lo que pasa en el mundo, que debería ser un menester practicado por todas las personas. Entre las muchas ignorancias que son comunes está razonar la pasión electrónica que nos ha inundado las mentes. Uno se ha hecho viejo en las destrezas aunque empezó pronto a utilizarlas como herramienta didáctica, como medio ágil de comunicación para lo útil y afectivo, para tener más cerca la información, para sentirse parte del mundo y sus vivencias. Pero el tiempo electrónico discurre tan rápido que a poco que te descuides te deja anclado en el pasado. Reconozco que me he asomado a alguna red, sin quedar especialmente atrapado. Todavía sigo perplejo del caos mundial que se originó hace unos días con el apagón del imperio Facebook. Ver y leer los comentarios sobre este hecho nos transporta al mundo de lo inimaginable. Qué no se pudiesen enviar los wasap ultrarrápidos rompió la cadena vivencial de medio mundo. Algo se entendería si eso supusiese la debacle económica de relaciones comerciales potentes. Sin embargo, escapa de toda lógica que la falta de los emoticonos o los ok haya producido tantos rasguños mentales; según manifiestan gente que dice entender del asunto.

Un famoso escritor decía aquello de que miraba el mundo social y se le aparecía Orwell resucitado y aumentado. Añadía que nadie es nada sino una parte del engranaje del gran hermano. A decir verdad, en determinados momentos da la impresión de que la maraña electrónica se pasea por nuestras mentes, cuyas puertas y ventanas hemos dejado permanentemente abiertas. Hace unos días se publicó que Facebook se había aliado con algo más de una decena de universidades y centros de investigación para desarrollar el proyecto “Ego4D”. La pretensión es enseñar a las máquinas a entender lo que ve y escucha, como si fuera uno mismo. Lo que debe querer decir que sean nuestros ojos, oídos y nuestra memoria. Esto supera la frase de Juanjo Millás de “llevar la  cabeza en el bolsillo”, o tenerla encima de la mesa o en el bolso; a veces pegada permanentemente a las manos. Se dice que por ahí va la realidad aumentada y la virtual. Tal “metaverso” tiene bastante de ciencia ficción. Otra vez se me aparecen las profecías de Orwell. Lo dicho, que cada segundo uno está más lejos de los activos digitales y se convierte en uno más de los huidos tecnológicos. A este paso me perderé el futuro en mi presente anodino. ¿Qué decir de la atracción que ejercen los yutuberos-as?

A la vez me pregunto si esto de la trascendencia electrónica continuada será bueno para el devenir ecosocial del año 2030. Y en el caso de que así sea, si servirá para que el medioambiente y sus habitantes reduzcan una parte de sus problemas. Por eso, nos atrevemos a pedir al gigante de la electrónica citado que en ese proyecto que considere también la posibilidad de que los aparatos, los chips y los algoritmos apuesten por la sostenibilidad social y natural: antes, durante y después de su utilización. Si son tan listos algo podrán hacer, ¿no? Toda una incógnita. Vivir para ver. Por cierto, qué pasaría si los influentes –mejor así que “influencers” dice la Fundéu- de las redes se convirtiesen en antenas de la comunicación hacia la sostenibilidad? Todo un reto.

Hasta aquí lo inmaterial pero también importa mucho también lo material. A menudo la dependencia “movilera” es tan grande que la gente olvida/ignora el despilfarro que supone cambiar una y otra vez de terminal. Los estragos de este despiste se evidencian en forma de recursos empleados (cada vez más limitados y más caros), de residuos (aumentan en cantidad), de gastos energético y en los problemas de salud que ocasionan a las personas que los manipulan (anotemos la ciudad de Agbogbloshie aunque se podrían citar cien entre África, Asia y Latinoamérica) y al planeta. Según cuenta la ONU en The Global E-waste Monitor 2020 en 2019 se generaron 53,6 millones de toneladas métricas (Mt) de desechos electrónicos en todo el mundo; ahí están incluidos todos. Supone un récord anual y a la vez representa un 21% más en solo cinco años. Y lo que es todavía peor, según lo vemos aquí que nos preocupamos tanto del 2030: los desechos electrónicos globales –móviles y todo lo demás- alcanzarán 74 Mt ese año. Esta cifra supone casi el doble de los desechos electrónicos de hace 16 años. Tal mal va la cosa que estos desechos son los que tienen un crecimiento más rápido en el mundo. ¿Dónde está el origen? Todos sabemos que principalmente en la mayores tasas de consumo de equipos eléctricos y electrónicos, bastantes están diseñados en forma de obsolescencia programada para que tengan ciclos de vida cortos. También por las ganas de cambiar de móvil de la gente. Las tasas de reparación son casi nulas. Se estima que no llegó al 20% los residuos electrónicos de 2019 que fueron recogidos y reciclados.  Solamente pensando en variables económicas, se puede afirmar que esta sociedad imperfecta tira el oro, la plata, el cobre, el platino y otros materiales de alto valor que llevan los dispositivos; además, claro está, de la energía consumida en su elaboración y comercialización.

La verdad es que cuesta conseguir información sobre cómo va el reciclado de móviles y la recuperación de los recursos que portan. Nos hemos limitado a una publicación de la UE del año 2019 “Identificación del impacto de la economía circular en la industria de bienes de consumo de rápido movimiento (FMCG): oportunidades y desafíos para empresas, trabajadores y consumidores: los teléfonos móviles como ejemplo”. Le damos más validez a lo que allí se dice algo diferente a lo que manifiestan otras de empresas de servicios que compran y venden móviles para varios usos. El estudio se centra en la cadena de valor. Trae datos que revelan que apenas un tercio de los móviles averiados han visitado el taller de reparación. Se detiene en ilustrar el potencial de recuperación de seis minerales (oro, plata, cobre, paladio, cobalto y litio). A pesar de representar una parte pequeña de la masa total, son muy importantes desde un punto de vista económico, social y ambiental. Las reservas de estos materiales son escasas en la UE, lo que ocasiona una dependencia de importaciones; no se pueden sustituir por otros. No son los únicos que porta un móvil pero no nos vamos a extender pues quienes quieran saber más pueden acceder al informe, por ahora en inglés y francés. Aborda también el empleo en el sector de la reparación y subraya el ahorro de emisiones que supone extender la vida útil promedio de los dispositivos.

Nos preguntamos sobre el papel que la educación puede desempeñar en la configuración de un futuro dominado por la electrónica y en especial los móviles. Para centrarnos un poco hemos acudido a una revista Telos, patrocinada por la multinacional española de la comunicación, porque nos interesaba una entrevista a Gerd Leonhard, autor de Tecnología de la Humanidad. Allí se plantea que es imprescindible una reflexión universal, en ámbitos muy diversos, sobre cuestiones éticas de la tecnología que requerirán consensos globales. Incluso aboga por la creación y buen funcionamiento de un “consejo ético digital mundial”. Recomienda que los grandes líderes mundiales deberían hablar sobre cómo moderar y equilibrar el uso de la tecnología y poner en marcha progresivas medidas reductoras del derroche de materiales.

En fin, que hace falta una acción colectiva para no sucumbir ante la multidependencia de las redes en la que se ven atrapadas muchas personas. En resumen: no es decir no a los móviles, sino distanciarse de la sumisión y lograr que el buen uso permita alargar su ciclo de vida. Hay que convertirlos en protagonistas importantes de la economía circular que recupera buena parte de los materiales que contienen. Siempre mirando al horizonte de 2030 y años sucesivos al que deseamos lleguen convertidos en nuestros amigos y del medioambiente, que nunca sean los amos que nos dominan.

(GTRES)