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Ecorrelatos divagantes y algo de (con)ciencia | El tragahumos respiraba mal

Una visión relajada, con el humor como vehículo, de las problemáticas ambientales. Publicaremos un relato cada semana. En verano apetece leer algo más fresco, más sencillo, y así rebajar algunas ecoansiedades.

La obra de teatro acababa de estrenarse. Por aquellos días “El Tragahumos” se representaba en el Teatro Principal de la localidad. Me atrajo ese título, que relacioné con extractores y, como me gustan las cosas del medioambiente, allí fui. Entré. La sala estaba llena, excepto el palco reservado a las autoridades municipales. En el cartel mural de propaganda se decía que se trataba de una adaptación de un manuscrito anónimo crítico del siglo pasado. Contaba de forma escueta que se trataba de una ciudad, que se podría llamar London. De todos es conocido que en diciembre de 1952 la capital británica sufrió episodios contaminantes muy graves. Claro, los británicos tenían la manía de utilizar su abundante carbón para calentarse, cocinar y para producir electricidad. En esa ciudad convivían intereses por la salud ciudadana con especuladores gravemente contaminantes; más o menos como ahora. Al poner mis sensaciones en orden escrito, recuerdo que Italo Calvino la describió fielmente en 1958 en La nube de smog.

La columna de Nelson, en Londres, durante la Gran Niebla de 1952 (Creative Commons)

En la escena, pocas claridades. De fondo, en el decorado en grisalla, aparecía un artilugio en la parte derecha. Se podría asegurar con fundamento que se trataba de una máquina, en su más bella expresión, no exenta de técnica en forma de ruedas y tubos. Me vinieron al pensamiento nada más verla aquellos armatostes que salían en la película Waterworld, protagonizada entre otros por Kevin Costner; esto era antes del año 2000. Quizás valga la pena aclarar que a pesar de ser una pintura en un muro, creo, echaba humo, físico, o lo succionaba, o me lo parecía, porque en esa atmósfera real/figurada poco quedaba claro. Si cabe el gris dominante, que era de color cemento. En la parte izquierda del mural el esbozo de una cocina normal.

En el escenario solo dos actores mal ataviados, hombre y mujer, o viceversa, porque ninguno de los dos dijo qué era, pero sí cómo se sentía; no muy bien, ambos dos. Difícil clasificarlos porque sus cabezas estaban dentro de una especie de escafandra. Hablaban y hablaban, pero con palabras entrecortadas, acaso en unos dialectos tecnológicos, poco comprensibles para la gente normal. Por un momento pensé que eran robots fabricados por IA. Entendí que su conversación se refería a los hechos, no quedaba claro si vividos o soñados; incluso avanzaban su dimensión proyectada: querían comprobar el funcionamiento de su/la máquina no real, ¡estaba pintada en la pared! Olvidaba decir que no aparecían tragahumos (bomberos) mexicanos. ¿O sí?, porque había también árboles abrasados por el fuego. Por cierto, la gente estornudaba; ¿sería para mimetizarse con la obra?

En algo estaban de acuerdo ambos personajes, pero me dio la impresión de que no tenían bien amarrado el deseo. La palabra humo bailaba entre uno y otro, sin saber de dónde había salido ni con quién quedarse. ¿Puede el humo aparecer de la nada? Porque a algunos nos cuesta reconocer de dónde sale en la cocina de casa pues nada se quema. ¿Será porque el aceite freidor o los alimentos se turran? Porque claro, si cocinas con gas algo se quema, ¿pero si lo haces con una cocina eléctrica o de inducción? En las palabras de los actores, el humo tomaba diversas formas y composturas: contaminación, contagio, vicio, polución, degradación, suciedad, deterioro, y otras más no reproducibles. Y dos muy contundentes: muerte y desaparición. ¿De qué, de quién?

En realidad, me costaba engranar el decorado mural con los personajes, que no cesaban de soltar ideas inconexas. Me evadí mentalmente de la obra. Intenté trasladarme a un estadio pensador de vida cotidiana, para centrar el tema que se representaba. Me imaginaba paseando por algunas calles de mi ciudad. Sin querer me veía en las más contaminadas, según mostraban los carteles luminosos colocados por el ayuntamiento. Iba y venía sin resultados, aunque me llamó la atención que en los paneles luminosos apareciesen en negro las muertes atribuibles a la contaminación en nuestra ciudad y en el mundo. Mi imaginación vagaba sin rumbo, cada vez con más inseguridades; si cabe. Hasta me vi caminando por la ciudad de Londres en tiempos del smog de Charles Dickens. También entré en infraviviendas de Asia, África y Latinoamérica en donde el tragahumos son las personas; bueno, una parte del humo surgido al calentarse o cocinar se va por un agujero del techo. En mi deambular se me presentó de pronto una pregunta que al final quedó sin respuesta: ¿influirá en todo esto el viento de la ciudad, un tragahumos natural sin gasto de energía?

Seguía como absorto y algo perdido. Volví a mirar el escenario. Centré mi observación sobre aquella chimenea retorcida, colocada en el mural en un escorzo forzado. Intenté soñar cómo el humo circulaba por allí; más bien pensar si iba o venía. Algo parecido me ocurría con el coche rojo, tipo escarabajo alemán, pintado en la pared. Tenía un tubo de escape que daba la vuelta por encima de él y entraba de nuevo en el vehículo, pero por delante. No llegué a entender la explicación del personaje más charlatán, un estilo de aquel Chapulín Colorado mexicano que hacía cosas inverosímiles en el programa Supergenios de la mesa redonda, allá por los años 70 del siglo pasado. Menos mal que la señora que tenía a mi lado, que debió fijarse en mi cara de tonto y dijo ser la vicepresidenta de APAU (Asociación para la Protección de los Animales Urbanos), me susurró que así no lanzaba gases fuera y los aprovechaba para nuevas combustiones. Semejante invento solo podía salir de la mente de un supergenio como Chapulín. Al final me quedé sin saber realmente si funcionaba el artilugio grande del que hablaban –el real- y los otros –pintados en la pared-, ni si los hechos que se contaban eran ciertos. En ese momento tan trascendente me preguntaba si acaso la tecnología se había convertido en teología.

Abandoné la función, notaba que mi ansiedad aumentaba y respiraba demasiado rápido. En el corto trayecto hasta llegar a casa me serené. Entré y me dirigí en primer lugar a la cocina pues debía preparar mi fiesta de cumpleaños con los globos que había comprado. De paso rendía culto al extractor o campana. No lo veía. Encima de la mesa encontré un folleto de instrucciones en los idiomas de los países ricos. Contaba las excelencias del invento que había sustituido a las campanas extractoras. Me llevó tiempo leerlo entero pues no era fácil su comprensión, traía datos y baremos, relacionados con el gasto energético y las maldades de la contaminación en el interior de las casas, a las que clasificaba como A, B, C, D, E. ¿Y si el Chapulín Colorado hubiese dado con la solución a la contaminación urbana generada por los coches? Se me echó el tiempo encima y no pude inflar los globos entes de que llamaran a la puerta.

La celebración bien; no recuerdo qué pasó ni cuánta gente acudió a estirarle la oreja al abuelo.

En aquella incógnita tecnológica sigo, sin aclararme si los tragahumos son buenos, o según y para qué, o si valdría con simples extractores. Si el invento del supergenio Chapulín se ha generalizado. A la vez, no puedo quitarme del pensamiento la duda de la autoría, y la verdad escondida, de la frase “lo peor del presente es el futuro”, rotulada en letras rojas, con churretones, en el mural.

 

NOTA FINAL. Todo esto es un relato inventado, pero que esconde un poco de la realidad; no es pura coincidencia.

Ecorrelatos divagantes y algo de (con)ciencia | Fugaz amapola ambivalente

Una visión relajada, con el humor como vehículo, de las problemáticas ambientales. Publicaremos un relato cada semana. En verano apetece leer algo más fresco, más sencillo, y así rebajar algunas ecoansiedades.

 

La miré absorto, largo rato. Tanto que me sentí amapola y me conté este relato.

Estiró la piel todo lo que pudo. Allá en el centro de la cubeta, unos puntos negros como ojos, desmesuradamente abiertos. No solo me pasa a mí, deslumbrado porque de pronto surge el hechizo a quien osa mirarla. Todos los vegetales vecinos la admiran; más bien el resto de las plantas monegrinas suspiran por tener sus banderas; ellas carecen de colores tan llamativos como ese rojo sangre.

No me extraña la envidia. Si fueras un animal te diría que tienes pedigrí. La mitología griega dice que la amapola nació de las lágrimas de Deméter, la gran diosa de la agricultura y la fertilidad. Ocurrió que su hija Perséfone fue raptada por Hades, el dios del inframundo. Deméter lloró desconsolada durante el tiempo en que Perséfone estuvo ausente. Allá donde caían sus lágrimas, brotaban amapolas rojas. Seguro que también llegó a los Monegros, total un mar por medio desde Grecia. ¡Qué es eso para un dios! La sigo mirando como una deidad especial. Por ahora se ha detenido en su pavoneo intencionado. Después el viento la cimbrea; se deja llevar.

Campo de Robres (Luis Manuel Casaus)

Pero esta vez, ella se estremeció cuando floreció en primavera como presagiando algo; a pesar de desplegar su copa de cristal coloreada en forma de corola. Preocupada por su porvenir aunque no estaba sola, además los insectos se acercaban a visitarla.

La miraba y me imaginaba que se decía que había crecido rápido, de una semilla abandonada; que lamentaba que nadie la había guardado como un tesoro. Envidiaba lo que le acontece a la mies cerealista, que se convierte en granos. Algunos la admiran, son menos los que la quieren. Excepto el poeta Juan Ramón Jiménez, que la tuvo como novia de campo e incluso la pidió en matrimonio, comprometiéndose a darle cuidados eternos. ¿Qué diría el poeta si supiera que en los países de la  Mancomunidad Británica de Naciones (Commonwealth) existe un Día de la Amapola asociado al día de Recuerdo? Es el 11 de noviembre, día concreto de la firma del Armisticio tras la primera Guerra Mundial. Me gustaría contarle que hay un poema inglés que hace referencia a las amapolas que crecen sobre las tumbas de los soldados caídos. Por eso se ha hecho de esta flor uno de los símbolos para el recuerdo de los muertos en aquella absurda guerra.

Me imagino que hubiera querido preguntar a sus padres tantas cosas, como nos pasa a todos. Pero los vegetales son anónimos, aunque tengan nombres científicos. A la vez supongo que dudará si una flor tiene derecho a conocer a sus padres. Tampoco sabrá de sus hijos, aunque se siente ya fecundada; lo notará en su plenitud. Al menos, unos y otros, le provocarían un momento de fugaz felicidad que atemperase su efímera vida.

Amapolas en Zamora (Civitatis/Archivo)

Por la noche sueña con que lo que se ve como trivial en la naturaleza deje de serlo. Escucha voces y silencios, pero nadie habla de ella. Ni siquiera el viento que la mueve potencia levemente sus olores.

Amanece. El calor aprieta en la estepa monegrina. Bien sabe ella que durará poco. ¿Acaso un día más? Ni siquiera eso, se acerca un rebaño de ovejas y cabras.

Primavera, ¿dónde está la primavera? Se dice que las cabras se comen todo lo que tienen delante de su boca, será que no aprecian como debieran los colores.

Amapola universal y al tiempo amapola de sangre, ya te avisó Rubén Darío de que naces con la fatalidad escrita. En los Monegros hay bastantes ejemplares de una especie sencilla, Papaver rhoeas. Allí algunos la llaman adormidera, le gustan los suelos nitrogenados. Crece muy bien en cunetas y barrancos.

Si fueses la de la corola violeta, tu prima somniferum de la subespecie somniferum, te convertirías en “daños de los humanos contra los humanos” bajo la forma de opio. Amapolas en guerra, se llama a las de Afganistán. De aquí tu ambivalencia (amor y odio, belleza efímera que para algunos es permanente en forma de recuerdos, sanatoria y a la vez tóxica, protegida por dioses contradictorios, etc.). No te fíes de los humanos. Por todo esto, no te extrañe que no te admiren aquí como un ejemplar de los más bellos en este escenario que es parte de la aldea global, tan castigada. Será que en ese momento te ven como hija del Morfeo griego, el dios del sueño. Todo lo más se te llevarán en forma de foto de la corola. Saben que no admites la cautividad de un jarrón.

Lo más lamentable de las papaveráceas es su exactitud temporal de efímera; la vida la tienen escrita de antemano. Otras veces, o siempre, había sucedido lo mismo. Ella no lo sabía, o no lo quería reconocer. Se adquiere consciencia del existir gracias a las impresiones de los otros, pero a menudo esos ecos esplendorosos van tornándose mediocres poco a poco, incluso acusatorios cuando los opiáceos te manipulan. A las que pintó Monet todo el mundo las admira; hasta tienen el apellido de Argenteuil, que eso siempre da prestigio. A esta monegrina Papaver ni siquiera le valió agarrarse a la nostalgia; cada vez entiende menos de honores y de colores que embargan sentimientos. Aquí la llamamos ababol (del mozárabe hababáura). A veces su equivocada intrascendencia se asimila a persona poco inteligente, distraída, simple. Las amapolas no reciben ecos fulgurantes allá donde la ecología manda. Son una más de la muchas especies nada reconocidas, y eso que viven la odisea de sobrevivir a un clima cada vez más cálido, y siempre seco.

No tuvo fuerzas para estirar la piel de la corola de nuevo; se le arrugó por momentos. Pero quedó vigilante su cápsula, dispuesta a abrirse cuando los calores lo manden. Entonces soltará miles de semillas, algunas de las cuales llegarán a ser vida. Antes de morir del todo dudará de su fugacidad. La nueva trayectoria vital de la especie le devolverá protagonismo si sus semillas germinan y los herbívoros la dejan en paz. Ya te he dicho que de los humanos nunca te puedes fiar. Sabido es que una activista climática pegó un cartel a «Les Coquelicots» de Claude Monet en el Museo de Orsay de París. A pesar del revuelo informativo que esa acción provocó, nuestra joya sigue siendo efímera. Ni siquiera la salva Miguel Fleta, que la loaba ya en 1925, en una canción memorable de José María Lacalle en la que se lamenta de que la amapola pueda estar tan sola y por eso le demanda amor. ¿Estamos preparados para conmemorar en 2025 los cien años de aquella canción?

Se me ocurre, fuera ya de mi disfraz de amapola, si no podríamos convertirla en el símbolo del final de todas las guerras.

Campo de Robres (Luis Manuel Casaus)

NOTA FINAL. Todo esto es un relato inventado, pero que esconde un poco de la realidad; no es pura coincidencia.

Ecorrelatos divagantes y algo de (con)ciencia | Solitaria cardelina: así te encuentro, allí te dejo

Una visión relajada, con el humor como vehículo, de las problemáticas ambientales. Publicaremos un relato cada semana. En verano apetece leer algo más fresco, más sencillo, y así rebajar algunas ecoansiedades.

 

Debía estar cansada. Hay que reconocer que la faena diaria de alimentarse es dura, más todavía si la sequía permanente se endurece. Allá, en la rama medio quebrada de un enorme cardo, trinaba. No sonaba como de costumbre, a pesar de ser un domingo de primavera.

En realidad, el ambiente se mostraba pegajoso, sería cosa de la prematura calima. Su porte se parecía al normal de siempre, pero su canto no; le faltaba el tono alegre, la cadencia acogedora. Se diría que expresaba tristeza porque era monocorde, y eso suena a cosas íntimas, generalmente un lamento, o algo peor.

Quizás por eso los cantos no encontraban respuesta en otros habitantes cercanos –si los había-, o porque sonaban demasiado temprano, aunque los alados suelen madrugar para contarse la aventura que tienen programada para cada día. Algo se entendía, o me lo imaginé. Más o menos dijo que confió en sus enemigos los humanos. Mira que estaba avisada, pensé, lo dicen hasta los libros modernos y los pesados informativos de la tele. Lo manda nuestra madre naturaleza: ten cuidado a quién te arrimas. Es más, en mis tiempos esteparios vi acercarse a las cardelinas para beber a la balsa El Corbatuelo -qué bello nombre para esta oquedad endorreica- cuando iba a llenar mis botijos en tiempo de vendimia; una permanecía vigilante. Tiempo después visité la balsa en mis recorridos. Sufría al verlas aletear presas en la redes de los pajareros desaprensivos, que les ponían la muralla de red con liga en su itinerario hacia el agua para que se quedarán pegadas a ella, y después, metidas en jaulas, las vendían en las cercanías del mercado central de la ciudad. Más de una red rompí, y alguna carrera tuve que emprender perseguido por los pajareros, pero mi bici era más rápida que sus piernas.

(Marek Szczepanek/Wikipedia)

Nuestra cardelina era belleza, de esa hermosura que permanece, porque la mezcla de colores es la justa y para nada tiene una proporción ostentosa de uno solo. Su foto aparece en cualquier manual de aves, más aún en Internet, miles de imágenes para copiar, cortar y pegar. Pero, si alguien me escucha, no la busquen por el nombre del título sino por el más conocido, sencillo diría, de jilguero. O como aquel pollo de “filgueru” que rescató de niña una buena amiga, actualmente periodista. Una vez criado y volandero le dio la libertad a la que en derecho le correspondía. Pero el “filgueru” asturiano no se olvidó de su benefactora. Acudía a las horas de comer a visitar la despensa que le tenían preparada y le devolvía gratitud a su salvadora.

A mí, personalmente me gusta más la sonoridad identificativa con la que la descubrí de de niño; cosas de viejos, empeñados en retener los recuerdos. Repasando mi vida me la encuentro de estudiante cuando me enteré de que, a pesar de nuestra inculta ruralidad, la conocíamos casi por su nombre científico (Carduelis carduelis); en realidad cardelina.

¡Quién iba a decirlo! Un orgullo no programado me invadió en ese momento: la cultura popular es sabia en dosis justas; todos conocíamos que a nuestra ave le encantaba remolonear sobre los cardos, por eso le pegaba el nombre. Después, más mayor aún, descubrí que jilguero venía de “silybarius”, algo así como cardo en latín; pero quién le cambiaba ya el nombre.

Supe que se empeñó en vivir cerca de los humanos, quería conquistarlos con sus cantos, acaso sentirse reina entre ellos. Episodios históricoartísticos lo demuestran. El Bosco, el gran Hieronymus Bosch, la llevó a “El jardín de las delicias” y le puso una mora en el pico para alimentar a los lujuriosos humanos, para acompañarlos en sus gozos carnales, junto con otros pájaros. No piensen que se trataba de algo similar a la manzana de Eva tentada en el paraíso terrenal. Lo pongo en minúscula porque se trata de un no lugar, no se sabe si existe en la Tierra o son tantos paraísos que no se pueden singularizar. En este momento me acuerdo de mi admirado Henry David Thoreau, el que escribió Walden, la vida en los bosques.  La primera vez que leí su sabia frase “El paraíso está debajo de tu cabeza y sobre tus pies” me quedé impresionado. Me gusta mucho más que aquella del protestón Marcel Proust que decía que los únicos paraísos son aquellos que hemos perdido. No casaba con mi lucha por la emoción ecosocial que domina mis escritos.

Ni aún por esas; la gente no va a El Prado a ver a El Bosco. Le atraen más los cuadros con menos incógnitas, como pueden ser los que representan bodegones o familias reales. Volviendo a la cardelina resaltaré que seguía expandiendo sus trinos gratis. Ni con esa presentación tan acogedora la dejaron en paz aquellos malvados chiquillos asilvestrados de la España de los 60 del siglo pasado; antes bien la persiguieron por ello. Ingratos desde siempre, hasta ahora. También los hombres modernos poseen esa inquina ancestral animalaria; son como son, difíciles de entender, porque desprecian lo que dicen amar: la vida en la naturaleza libre, más o menos virgen. Ahora más bien menos porque para encontrar un lugar no machacado hace falta pasarse horas y horas mirando en los mapas de internet.

Detalle de ‘El jardín de las delicias’ (Dominio público)

Me encontraba tiempo después en la balsa, que había dejado de serlo, colmatada y sin cuidados porque había perdido su beneficio humano. Hace unos años los lugareños construyeron cerca de ella una Nueva Balsa del Corbatuelo para guardar el agua para sus apenas 2.000 habitantes y las decenas de miles de cerdos que ayudan a sustentar la economía; a vez que emponzoñan las tierras que cultivan. En la región que habito la proporción entre habitantes y cerdos es de 1 a 8. Diríamos que es el elevado precio a pagar por quienes son rurales del siglo XXI. Pero la carga tóxica acumulativa que van dejando en la naturaleza, agua y suelos, parece inasumible.

No lo sé a ciencia cierta, pero me temo que muchos animales que se acercaban a ella para beber añorarán la antigua balsa, era su seguro de vida en la seca y árida estepa. Algo muy difícil en la nueva. Allí la volví a ver, agarrada a un cardo; cardelina hembra, descansando tras la construcción de tu nido, que el vago macho nada ayuda. Solitaria, aunque siempre he estudiado que era una especie gregaria. ¡Claro que no sería la misma! Dijo la poeta cubanoespañola del Romanticismo Gertrudis Gómez de Avellaneda en Mi jilguero que en la vida estruendosa de hoy se enmudecen los cantos de los seres pequeños: yo tu suerte deploro, por triste simpatía. ¡Cuándo tu pena lloro, también lloro la mía! (fragmento).

Tengo presente la imagen. Parecía una de esas cardelinas enjauladas que coleccionan los pajareros, pero con las plumas sin dehilachar. ¿Puede ser amante de este pájaro quién lo mantiene enjaulado de por vida? Los animalistas del siglo XXI están que trinan por la venta de animales cautivos en las pajarerías, práctica prohibida por la ley, se mantiene tal como denuncia la SEO/BirdLife. El jilguero es una de las aves con más anuncios de venta en internet. Recuerdo haber leído la sentada multitudinaria que organizaron los ecologistas italianos, la mayoría chicas jóvenes, delante del cuadro Virgen del jilguero de Rafael Sanzio que se guarda en la Galería Uffici de Florencia para protestar por el comercio de jilgueros entre la Europa mediterránea y la nórdica.

(Dominio público)

Fui a ver la pintura ex profeso, pero estaba en reparación. Todavía no se había recuperado del todo de aquel terremoto de 1548 que la había reducido a añicos. Pero no murió del todo, pues las gentes del Renacimiento también tenían una sensibilidad especial y le procuraron los primeros cuidados. Me sentí entre ellos. La veía herida.

¿Era yo o estaba soñando?

NOTA FINAL. Todo esto es un relato inventado, pero que esconde un poco de la realidad; no es pura coincidencia.

Las campanas tañen por el clima

En aquel instituto al que fui a estudiar el bachillerato superior me encontré sumergido en una estancia llena de libros. Nunca había visto tantos y me preguntaba el tiempo que habría costado escribirlos. En mi casa no había libros, si acaso alguno que había regalado la Caja de Ahorros coincidiendo con el día del impositor. Pero dado que mi familia no era impositora muy fuerte, la cantidad de regalos era pequeña. En la estantería de aquel instituto recuerdo que había un ejemplar de un libro medio escondido: Por quién doblan las campanas. Me llamó sin hablar, porque yo había sido monaguillo en mi pueblo y me encantaba el sonar de las 4 campanas, que bandeé en muchas ocasiones; incluso alguna después de acabar la carrera.

La realidad es que hablaba de campañas más que de campanas, de cosas que no entendía y lo dejé en la página 50. Este poste que quienes lo pasan en un libro se puede decir que están interesados. La musicalidad de las campanas era extraordinaria, me contó el cura con todo lujo de detalles. Los que tenían que ver con ciertas espiritualidades que no entendía se me han olvidado. Pero no que cada toque que interpretábamos daba cuenta del latir y sentir del pueblo. El cimbalico (címbalo para la gente de fuera del pueblo) era pequeño y servía más que nada de acompañamiento; excepto cuando su toque era único y durante largo tiempo, pues indicaba la muerte de algún recién nacido hacía pocos días. En aquellos tiempos era muy alta la mortalidad infantil.

Las campanas grandes eran señoriales. A la una a duras penas la bandeábamos, pesaba mucho y nos catapultábamos a ella cuando su yugo de madera estaba cerca de nosotros. Pero la más gorda, con un sonido majestuoso, solo admitía tocarla moviendo el badajo porque se suponía que si daba la vuelta era posible que la torre se viniera abajo. Las campanas hacían las veces de altavoz social, también sus distintos toques transmitían afectos o peligros. Los primeros cuando anunciaban las fiestas; de los segundos me acuerdo especialmente del toque de incendios. Un repique generalizado y bien fuerte, durante en largo rato, repetido unos minutos más tarde. Como se sabía que no había una fiesta solamente podía significar alarma. Todos hombres disponibles acudíamos a la plaza a las espera de las instrucciones que nos diesen para conformar cuadrillas y dirigirnos, con escasos utensilios bien es verdad, para intentar sofocar el incendio. Las brigadas actuales y los medios aéreos tardaron en llegar.

Todo este preámbulo me lo ha escrito la nostalgia. Ha surgido porque ha llegado hasta mí una iniciativa ciudadana ligada al toque de las campanas. Es la Fundación CLIMA/KLIMA Fundazoia. “Campanas por el Clima”. Ha nacido en Navarra y tuvo su explosión de sonidos desde Villava Atarribia el 21 de junio. Difícil es mostrarse en desacuerdo con los objetivos que pretende y en qué los fundamenta. Dice más o menos así: todo lo que amamos, todo lo que nos permite vivir, todas nuestras esperanzas están -añado por mi parte el podrían estar porque en la entropía planetaria todo son incertezas- a unas décadas de tambalearse. Desde allí lo llaman perecer. Se me antoja que tienen su primer objetivo de transición social en el año 2030, en las décadas siguientes; su cima es alargada. Merecen figurar como protagonistas en nuestra Cima 2030.

Pero como lo de perecer nos puede asustar, nos gusta más el segundo planteamiento global que formulan. “La Fundación CLIMA / KLIMA Fundazioa nace de la sociedad civil para concienciar sobre la urgente necesidad de adaptarnos al Cambio Climático y prepararnos ante su impacto, muy especialmente frente a los episodios de altas temperaturas, cada vez más frecuentes e intensos”. En esta fundación, constituida en 2023, participan personas con intereses profesionales diversos (la ciencia, la ingeniería, el derecho, la docencia, la empresa o la comunicación) pero con una inquietud común: la sociedad en su conjunto se encuentra aún muy lejos, a pesar de experiencias globales vividas por disrupciones climáticas, de percibir la gravedad que supone la crisis climática. Tanto en lo que se refiere a episodios concretos -inundaciones, sequía, calor extremo- , que ya están ocurriendo, como de cara a su desarrollo futuro en el corto y medio plazo. Por eso, su proyecto “Campanas por el Clima” alertará a la población ante acontecimientos tan crecientes como olas de calor, inundaciones, u otras emergencias fruto del Calentamiento Global.

Esta fundación ciudadana quiere movilizar a los actores políticos, empresariales, o ciudadanos, en los ámbitos local y autonómico; también global. Quiere  convertir este repique en una referencia universal de aviso a la población ante estos sucesos climáticos relevantes. Con esta iniciativa, Fundación Clima hace un llamamiento a las instituciones, entidades locales y templos, desde Navarra a todo el planeta, para que aúnen fuerzas y colaboren en su implantación. Habrá que expandir esta idea a las atalayas religiosas o cívicas en aquellos lugares de religiones diversas en donde no tienen campanarios ni campanas. Damos por supuesto que todos los dioses de las diferentes religiones desearán socorrer al menos a sus creyentes.

Entre todos, en alianza creciente,  hay que de encontrar un camino común en el desarrollo de propuestas y estrategias de adaptación climáticas que resulten accesibles a la ciudadanía y que sean visibles, próximas a la vida cotidiana. Basan su acción en la mitigación y adaptación climática en el hecho de compartir el conocimiento actualizado y responsable de la evolución de la crisis climática. Hablan de promover una conciencia social activa, solidaria y fundada en la ciencia, que se dirija a la protección de la vida, el futuro, y la salud de todas las personas (mujeres y hombres, jóvenes y mayores); ahora mismo y con la vista puesta en los beneficios que legarán a las generaciones que vendrán después. Por eso su tarea no acaba en el año 2030. La melodía campanera que han creado pretende ser una llamada social a la participación.

En mis tiempos jóvenes en el pueblo, subir al campanario –cien escalones- para hacer cantar a las campanas era un privilegio, a pesar de la fatiga que suponía mantener los repiques que anunciaban algo de interés social, no solamente actos religiosos. El campanario era un altavoz comunitario, un faro colectivo elevado a la categoría de lugar principal. Anunciaba sobre todo lo urgente, la alerta ante algún peligro, pero sus melodías incentivaban el sentido colectivo de unirse para alcanzar un fin. En una ocasión, una tormenta despiadada de las que ahora llamaríamos DANA me llevó con una amigo a socorrer, con la burra y el carro de mi abuelo, un par de cerdos atrapados en un corral de las afueras del pueblo. Las campanas que escuchan y divulgan las pretensiones de la Fundación CLIMA quieren ser parte importante en la generación de una cultura colectiva que nace de la ciudadanía, que considera la crisis climática como merecedora de atención especial.

Las campanas se alían por hacer entender que los bruscos espasmos meteorológicos evidencian un cambio climático que solo se puede aminorar en alianza. Por eso hay que releer a menudo aquello del poeta metafísico John Donne (1624) que dicen inspiró a Ernest Hemingway a escribir su Por quién doblan las campanas -cuyo sentido no entendimos la primera vez que lo leímos-. Se nos antoja ahora que es un canto al ser colectivo que somos cada una de las personas. Máxime cuando nos unimos para avisar de los riesgos del cambio climático, nos unimos para aminorarlo. Pasado mañana no seremos nosotros los sufridores, pero sí mis hijos y nietos.

Permítaseme la idealización de una esperanza. Nos imaginamos a muchas campanas de los pueblos de España (también el mío en los Monegros zaragozanos, y los del mundo, tañendo al unísono, recordando con motivo del cambio climático aquello que escribía, más o menos, John Donne: la muerte de cualquier hombre nos disminuye porque estamos ligados a la humanidad. Por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.

Vestir al vertedero, mal avío

La ropa desnuda muchas conciencias. No a toda gente, por supuesto. Mal avío es estrenar ropa cada diez días. ¿Qué personas pueden hacer eso?, casi todas. Hace unos días la EEA (Agencia Europea de Medio Ambiente) publicaba Gestión de textiles usados y de desecho en la economía circular europea. En el documento recordaba a los países miembros que la Directiva Marco de Residuos (DMA) exige que a partir de 2025, los Estados miembros de la UE deben establecer sistemas de recogida selectiva de textiles usados. ¡Ahí es nada! Pero el informe iba más lejos. Habida cuenta del despiste o de la dejadez mayoritaria de los países miembros justificaba el porqué de este recuerdo que a la vez era un aviso de sanciones. Proporcionaba una visión general del estado actual de la generación de residuos textiles en el conjunto de la UE y país por país. Volvía a recordar lo ya acordado: que existen sistemas de recogida que permiten más de un uso de la ropa, que se debía mejorar la capacidad de tratamiento en plantas preparadas para ello y que no todas las ropas que se venden en la UE pueden tener un segundo o posteriores usos. Pero no solo eso. Aconsejaba a los países que había que tener en cuenta una serie de factores al implementar sistemas de recolección separada. Tales maniobras servían tanto para asegurar la circularidad de los textiles como para evitar el aumento de las exportaciones de ropa usada. Y lo que es sumamente importante: eliminar la peligrosa práctica de la incineración de residuos textiles, algo cotidiano en bastantes países y que entraña evidentes riesgos para la salud.

Vayamos con datos globales de la UE. Parece una barbaridad el hecho de que la UE-27 generase en 2020 un total estimado de 6,95 millones de toneladas de desechos textiles, lo que supone alrededor de 16 kg por persona. Más grave todavía, si cabe, es constatar que solamente unos 4,4 kg por persona se recogieron por separado para su reutilización y reciclaje; el resto, 11,6 kg por persona, terminaron en la basura doméstica sin separar.

La UE avisa de que los sistemas de recogida en los estados miembros son tan diferentes que hay que profundizar más para ajustar los datos. Aun así, incluye gráficos elocuentes del mal obrar de los países miembros: generación de residuos textiles en 2020, en kg per cápita, con Chipre e Irlanda a la cabeza. También la proporción de residuos textiles y calzado que alcanzan en el contenedor genérico; en este caso Irlanda es el país que peor lo hace (casi un 10 %)  y en el lado contrario Dinamarca que apenas llega al 2 %. En España serían un 5 % de los residuos que acaban en el contenedor genérico, de modo que acaban en el vertedero aumentando los miles de toneladas acumuladas.

Pero si alguien se detiene a mirar qué porcentaje de residuos textiles se recogen de forma separada todavía hay más datos para la preocupación. Va desde países como Luxemburgo y Bélgica que recogen la mitad hasta otros de los que nada se sabe, como Finlandia o Portugal, por citar solamente dos ejemplos. España se queda en un 4 % más o menos. ¿Y el resto? Apena conocer estas cifras.

Montaña de ropa del desierto de Atacama. (AP)

Otro problema añadido, que quizás está en el origen del desbarajuste: muchos países carecen de plantas de tratamiento específicas para realizar la deseada recuperación y reutilización posterior. En este caso, muy mal casi todos.

Todo lo anterior no son datos simplemente; ponen al descubierto tendencias despilfarradoras e incumplimientos de la Directiva Marco. Hablan muy mal de la gestión ambiental de la vida en general. Presentan tal panorama de posibles incumplimientos en 2025 que la ciudadanía no encuentra estímulos para obrar como debería. El panorama es un mal avío social: mucha generación de residuos y poca recogida selectiva. A este paso seremos un basural tolerado, que es uno de los peores síntomas de buena gestión social y ambiental.

La renovación del armario con ropa (barata) de usar y tirar está generando miles de toneladas de residuos. ¿Habría que preguntarse con qué estarán elaborado ese pantalón que no nos cuesta siquiera 15 euros, o esa camiseta a 5 euros?, de la cual compramos muchos modelos cada pocos días. ¿Quién resiste a semejante tentación!, mucho menos la gente joven. A buena parte de la gente le apasiona la fast fashion. De hecho, en los lugares y países que cuentan con plantas específicas para la separación y posterior reciclaje de los textiles usados, se encuentran con que los materiales con los que se han fabricado las prendas son tan malos que no se pueden recuperar, o guardan tóxicos peligrosos.

Otro dato bastante elocuente. Según hemos leído en The Carbon Almanac, si contamos toda la industria de la moda (teniendo en cuenta producción, distribución y residuos genrados, es responsable del 4% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero . Más o menos lo mismo que las cargas que echan al aire las economías juntas de tres grandes países: Francia, Alemania y el Reino Unido.

El problema es de tamaño aumentativo, y puede llegar a ser montañoso. Actualmente compramos el doble de ropa que hace 20 años. Además la utilizamos la mitad de tiempo o menos. No somos conscientes del entramado de residuos que generamos porque al tirar la basura al contenedor damos por supuesto que el tratamiento será el adecuado, para eso tenemos contenedores de varios colores. En realidad no nos preguntamos qué van a hacer después con ella, no somos conscientes de la situación.

No menos preocupante es que la producción global de textiles ha pasado de 58 a 109 millones de toneladas en 20 años. Además, la proyección que se hace en estos momentos es que llegue a 145 millones en 2030. Existe una Federación Española de Recuperación y Reciclaje, la que se podría calificar como la patronal del sector. Esta calcula que para ese año la producción de prendas va a gastar un 50 % más de agua, va a emitir en conjunto un 60 % más de CO2 –sin contar la distribución- y generará en torno a un 63 % más de residuos; la montaña de basura de ropa alcanzará un tamaño alarmante.

¿Cómo puede pasar desapercibido un asunto tan dañino? En general, la gente normal piensa que las donaciones de ropa que hacen en contenedores específicos de los ayuntamiento o entidades benéficas, un gesto que denota responsabilidad y generosidad, tienen como destino personas con necesidad; lo cual no se corresponde totalmente con la realidad.

Un asunto más para terminar. El comercio mundial de ropa usada es la trastienda de nuestra vida despreocupada. Se ha doblado en lo que va de siglo: de unas 550.000 toneladas se ha saltado a 1,7 millones. Es más, España ocupa uno de los primeros lugares entre los exportadores con unas 200.000 toneladas vendidas a países fuera de la Unión Europea, básicamente a Turquía, porque destinos africanos y asiáticos anteriores cerraron sus fronteras. Paradójicamente, España es el principal destino de la exportación de residuos textiles de Portugal aunque a una escala mucho menor. No hay quien entienda casi nada en este mundo de los residuos. A este paso La Cima 2030 se verá superada por las montañas de basura textil.

¡Aviados estamos si seguimos enviando tantas ropas a los vertederos!, o a las incineradoras, que no sé que es peor.

1 de cada 4 niños no es mucho, ¿o sí, si contamos pobrezas vitales?

Máxime si hablamos de situación de pobreza infantil. ¿Serán datos de cualquier país pobre de continentes alejados? No, se trata de la rica, democrática y avanzada Europa. Es decir, de la envidia económica, ambiental y social de casi el mundo entero.

No nos quedemos en el estricto número 1. Equivale a 25 de cada 100 niños o niñas europeas emplazados en el precipicio de la pobreza, si no es que han caído ya. Y eso es mucho, o muchísimo; es una vergüenza para la sociedad en la que viven. Más todavía en España. Se superan los 2 millones (el 28% de la población infantil y adolescente) de esos 20 millones de niños y niñas en riesgo de pobreza en la Unión Europea.

¿Qué pensar del aumento de 1,6 millones de niños desde 2019 en el principal indicador de pobreza de la UE? Lo dice el informe de Unicef de este año publicado hace un par de meses. Pero ese dato, con ser exageradamente malo lo es todavía peor en España. Según el citado informe España es el país de la UE con mayor tasa de pobreza infantil, aunque obtiene buenos resultados en satisfacción vital de los jóvenes. Pero la satisfacción, siempre subjetiva, es una moneda de doble cara: puede indicar que se considera la vida favorable, que no se aspira a más porque antes se han pasado temporadas de pobreza absoluta o porque no hay luces en el horizonte.

Pero aún hay otros datos que nos sumen en la agonía ética: 11 millones de niños de la UE padecen problemas de salud mental. Terriblemente dura la cifra. Los adolescentes son los más propensos a sufrir problemas de salud mental, como ansiedad y depresión. Cuesta reconocer, no por dudar de la cifra sino por mirar a nuestras sociedades avanzadas, que afectan a una quinta parte de los jóvenes de 15 a 19 años.

En cuanto a satisfacción vital a la que antes aludíamos, según Unicef los niveles entre los jóvenes de 15 años cayeron del 74% en 2018 al 69% en 2022 en 22 países de la UE. Por fortuna, parece que el 76% de los chicos y chicas en España dicen estar satisfechos con su vida. No celebremos nada porque el informe nos sitúe como el noveno país de la UE con mayores niveles de bienestar y satisfacción. Por si todo lo anterior no fuera suficiente, 1 de cada 20 niños están expuestos continuamente a altos niveles de contaminación.

EAPN ha expuesto su avance de resultados para la pobreza, en general, en España. No vamos a comentar nada, quienes lo deseen encontrarán todo en el enlace. Solamente nos limitamos a reproducir, para que cada cual decida si lee algo más, un párrafo de sus principales resultados:

La tasa de riesgo de pobreza o exclusión social AROPE (At Risk Of Poverty or Exclusion) se ha incrementado ligeramente en el último año y alcanza al 26,5 % de la población residente en España, es decir, en términos absolutos, unos 12,7 millones de personas están en situación de AROPE. Con respecto al año anterior, en el que alcanzaba al 26 %, la tasa se ha incrementado en 0,5 puntos porcentuales, lo que combinado con el aumento de población supone que unas 400.000 nuevas personas están en riesgo de pobreza y/o exclusión social en el último año. Por otra parte, debe destacarse que el incremento de la tasa AROPE se sustenta exclusivamente en el notable aumento de la privación material y social severa (PMSS). En este sentido, 4 puntos porcentuales de los 9 que registra actualmente el indicador de PMSS, unos 1,9 millones de personas no son pobres ni viven en hogares con baja intensidad de empleo. Sin embargo, sufren carencia material y social severa.

Mientras, los partidos políticos, los parlamentos, buena parte de los medios de comunicación y la “inquebrantable” judicatura se emplean en revolver papeles acusatorios de privilegios particulares de personas públicas, que si bien hay que desmontar, parecen nimiedades comparadas con la tragedia de entrar en riesgo de pobreza en la niñez y adolescencia. Quienes la padecen acumulan desigualdades, en pocas ocasiones se liberan algo de ellas.

¿Qué se está haciendo mal? Desde distintos focos de investigación social se constata que las desigualdades crecen en España. Es conocido por todos que estas situaciones lacran el presente y se acumulan para futuros. Cuando redacto estas líneas me llega la noticia de que la economía española crecerá más de lo previsto. No nos colma de alegría el hecho de que el PIB crezca más de lo previsto.

¿Persiguen de oficio la fiscalía o la judicatura estas oscuridades, desidias, incumplimientos de compromisos de las administraciones, faltas o delitos contra los españoles como conjunto, y más concretamente en los colectivos más desfavorecidos? Parece que no les afectan. ¿Cuántos plenos parlamentarios se dedican en las Cortes o en los parlamentos regionales a acordar de forma inmediata la lucha contra la pobreza? ¿En cuántos gobiernos hay un ministerio/departamento sobre la Exclusión Social o para eliminar las Desigualdades?

¿Se interesan los medios de comunicación en aclararnos las ideas éticas de los partidos ante estos temas o prefieren enfangarnos a los lectores u oyentes con oscuridades de las personas públicas? Si hablan de pobreza es de forma puntual. No se sigue el asunto. ¿Serán relevantes los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo para que de una vez se entienda que la pobreza y el riesgo de exclusión deben ir acabándose en la democrática UE?

¡Basta ya! Queremos unos políticos, jueces, partidos y medios de comunicación que hablen de los problemas de la infancia y la adolescencia, de las desigualdades que pueden acumular muchos españoles. Esos representantes nuestros ni siquiera deben leer los informes de Unicef, Save the Children, Oxfam, Cáritas, etc. Tampoco ha debido llegarles la recomendación del Defensor de Pueblo de este año: hay que abordar la pobreza de tal manera que sea «objetivo prioritario» de los poderes públicos.

Y si no saben o quieren, si la ética ciudadana no les suena o les importa poco, que se vayan a sus casas y dejen paso a otras personas con más sensibilidad humana.

El derecho humano a llevar una vida digna no se mendiga. Todos los estamentos aludidos anteriormente deberían estar al servicio de la ciudadanía –eso manifiestan en más de una ocasión-. También los medios de comunicación aunque sean privados.

No queremos más lodazales sobre la práctica puntual de algunas personas, no queremos que cada vez que los políticos hablan lancen dardos a quienes no piensan como ellos. Sí, ya sabemos que hay excepciones a esta destemplanza política en España. Sin embargo, sus voluntades pueden menos que la de los alborotadores de la convivencia. Por eso no cambian la negra perspectiva que denuncian una y otra vez las ONG, que son quienes liman un poco tantas desgracias. Situación de desigualdad que se viene acumulando desde hace demasiados años. Situación dolorosa, como denuncia Pablo Gutiérrez en El Diario de la Educación: La pobreza infantil es estructural.

Varias personas hacen cola para recibir alimentos de la Fundación Madrina, en Madrid. (Alberto Ortega / Europa Press / Archivo)

P.D.: Un sentido recuerdo y una inquietante alarma sobre la pobreza infantil y las muertes provocadas en los niños palestinos de Gaza y Cisjordania, también del Líbano. ¿Podrá la comunidad internacional mejorar el AROPE allí?, si es que existe. Tampoco debe valer mucho en demasiados países de África, Latinoamérica o Asia. Necesitamos repensar la convivencia mundial, no solo reducirlas a unas cuentas cifras o porcentajes.

Los efectos de El Niño y de La Niña llegan a todos rincones del planeta

Mucha gente opina que lo que ocurre lejos en imposible que nos afecte. Pero aquí y en otros muchos sitios habrán leído y escuchado que la cuestión climática es global. Viaja por tierra, mar y aire, sobre todo por estos dos últimos medios.

Es de sobras conocido que El Niño y La Niña son dos perturbaciones oceánicas. El asunto nos queda lejos pero las consecuencias se nos acercan cada vez más. Simplificando mucho, diríamos que si la superficie del agua supera medio o grado centígrado más que el promedio de muchos años enseguida nos nacerá el primero, mientras que si esa misma superficie mantiene una temperatura que está por debajo del promedio se alumbrará la segunda. Ambos son fenómenos meteorológicos (casi climáticos) intermitentes que se originan en el océano Pacífico ecuatorial. Todos los años no ocurren. Esas perturbaciones y sus consecuencias no son fáciles de explicar, tampoco de entender, pero hemos de aproximarnos a ellas porque conviene tener una idea de cómo fluctúan los condiciones del agua de los océanos. ¿Por qué? Se preguntarán. Porque hasta aquí, en la meridional Europa llegan “los llantos” de uno y otra. Nada más ni nada menos.

Digamos, sin extendernos más sobre sus causas, que interviene también la presión atmosférica ejercida sobre la superficie del agua del Pacífico ecuatorial. Situémonos sobre él de forma imaginaria. En el lado este se encontraría Ecuador, Perú y sus proximidades; en el otro extremo, al oeste, Borneo y el resto de las islas de Indonesia, pero no solo, también en Australia. A la gente de la ciencia no la pilla desprevenida. De hecho, además de medir constantemente la temperatura de la superficie del agua están pendientes de la presión atmosférica que marcan los aparatos medidores que tienen instalados en Darwin (Australia) y en la francesa Tahití (más o menos a mitad de camino ecuatorial entre América y Asia. No vamos a insistir en datos ni conjeturas pues se pueden encontrar en las páginas enlazadas en este artículo.

El asunto debe tener su importancia porque desde el Centro de Predicciones Climáticas (NEP Nws), que están muy atentos a la dinámica, dicen que pueden producirse cambios climáticos inminentes. Quienes quieran saber lo que sucedió el año pasado pueden hacerlo de la mano del New York Times.  Porque la comprensión lleva su tiempo. Debido a que entran en consideración los vientos alisios –esos que llevaron a Colón hasta el Caribe- y una enorme corriente de aire en chorro ecuatorial (Jeat Stream, sentido de oeste a este entre la troposfera y la estratosfera) que no sabe estarse quieta y bambolea unas cosas y otras. No decimos nada aquí de la polar ni de cómo circulan en otros lugares. De hecho, cuando se da El Niño, la corriente en chorro que más sentimos se ha subido un poco hacia el norte. Se me había olvidado decir que el nombre se lo pusieron, según parece, los pescadores sudamericanos allá por el siglo XVIII. Cuando apreciaron que había agua más cálida cerca de la costa de vez en cuando, habitualmente cerca de Navidad. De ahí viene El Niño, referido al Niño Jesús que llega a casa por Navidad. Como la otra corriente era lo contrario tuvieron muy fácil bautizarla. La llamaron La Niña.

Más de una persona que suele entrar en La Cima 2030 se preguntará a qué viene este despilfarro de palabras. Vamos a tratar de justificarlo. Algunas investigaciones indican que episodios excepcionalmente intensos ocurrirán con mayor frecuencia de lo que suceden ahora. Pero son conjeturas; hace falta más investigación. Ahora coinciden estos movimientos con perturbaciones de la corriente oceánica termohalina que mezcla el agua de los océanos. Más lío para entenderlo. Todo viene porque hace unos días leí en Euronews que el fenómeno de El Niño afectará a las temperaturas globales, al clima y a la vida marina. Es más, los científicos aventuraban que este verano puede ser más caluroso que aquel de 2022 que nos dejó medio asados. Ojalá no tengan razón.

En esa creencia/deseo me encontraba cuando leo en WRI (Wolrd Resources Institute) que los impactos de El Niño van mucho más allá del agua. De hecho, ya afecta mucho a la producción hidroeléctrica en Colombia; está vinculado a malas cosechas, incendios forestales y mala calidad del aire en Indonesia; golpea gravemente a Sudáfrica.

Quienes quieran saber algo más pueden consultar la página de la BBC (la infografía que acompaña seguro que les despeja las dudas que hemos escrito antes) en donde aclara, la noticia es de hace pocos días, el efecto que tuvo en Europa. Porque no se sabe lo que sucederá. Lo único de lo que no se tiene ninguna duda es que habrá efectos en nuestra vida corriente, además de que las temperaturas del mar son las más altas desde que existen registros. Atentos, porque el aire y el clima podrán ser muchas cosas menos la imagen estática, como de estampa con la que los vemos o imaginamos.

¿Y para el clima de España? No lo sabemos, solamente conocemos lo que se dice de la próxima La Niña. En eltiempo.es apuntan a que “se sigue gestando y revolucionará la meteorología de todo el mundo. La Niña vuelve este 2024 con la intención de poner medio planeta patas arriba con las anomalías climáticas que irá generando”. La Cima 2030 oculta tras una nube.

Entender lo del cambio climático se nos hace cada vez más complicado. Por eso es bueno agarrarse al principio de precaución para que al menos no nos pille dormidos.

Anomalía de la temperatura en la superficie de los océanos. Hay que entrar en el enlace tras la imagen para ver el vídeo. (NOAA – WOCHIT)

¿Se aleja la UE biodiversa de la Cima 2030?

La vida diaria tiene tantas variables que intentar entenderlas nos sume en el desconsuelo. Leemos en un informe de la World Wildlife Fund  (WWF) que la UE podría estar invirtiendo decenas de miles de millones de euros cada año en actividades que dañan la biodiversidad.

Por qué decimos esto, porque hemos revisado atentamente el informe de Carbon Brife. Siendo que la diversidad está disminuyendo a un ritmo sin precedentes en todo el mundo, la UE se pone a la labor de proteger la naturaleza; muy bien. Ha sido uno de los firmantes, entre 196 países, que se han decidido y comprometido a detener y reducir la pérdida de biodiversidad; muy bien. Es más, ha diseñado un camino hacia la recuperación. Por eso se ha comprometido a dedicar al menos 20.000 millones de euros en financiación para la naturaleza. Es más, se dedicará esta cantidad cada año hasta llegar al celebrado con anticipación 2030. Pero claro, nada se hace gratis.

No todo es bonito ni de color verde esperanza. Parece ser que los países de la UE en su conjunto podrían gastar entre 34.000 y 48.000 millones de euros cada año en proyectos que pueden acabar dañando la biodiversidad en sectores como la agricultura, la silvicultura y la pesca. Seguimos atendiendo a lo que dice WWF, poco sospechosa de andarse por las ramas.

¿Por qué esta disparidad? Parece ser que no quedan bien determinados lo que llamaríamos los subsidios perjudiciales. De forma sencilla se puede decir que son incentivos gubernamentales a ciertas actividades en el territorio que complementan los ingresos o reducen los costos de ciertas actividades, que tendrán otros beneficios pero que terminan dañando gravemente la biodiversidad.

¿Qué actividades? Cualquiera las puede averiguar a poco que mire alrededor. Entre ellas se encuentran variados subsidios a la agricultura, la ganadería o la pesca; también pueden considerarse dañinos los destinados a que los consumidores tengan la energía más barata, lo cual no desincentiva el consumo sino que lo aumenta en bastantes ocasiones. Son todavía más dañinos  los subsidios a otros sectores, incluidos los forestales, la infraestructura, el transporte, la construcción y el agua. ¿Quién se atreve a decir que no provocan daños al escenario ecosocial?

Activistas por el clima en Bruselas coincidiendo con el inicio de la campaña de las elecciones europeas ( EFE/EPA/FREDERIC SIERAKOWSKI).

Las mismas fuentes que hemos utilizado para informar de lo dicho hasta ahora nos avisan de los subsidios que dañan la naturaleza y el medioambiente suponen en el mundo alrededor de 1,8 billones de dólares cada año, según un informe de 2022 de dos grupos industriales de la coalición The B Team, equivalente a todo el PIB de Canadá.

Los subsidios incluyen fondos que apoyan la agricultura “insostenible”, los cambios de uso de la tierra, la fragmentación de los ríos y la deforestación, según el informe antes mencionado. Además estas actividades pueden tener efectos negativos en la compleja cadena sobre la biodiversidad; incluso en la pérdida de hábitat, la degradación de los ecosistemas y la extinción de especies. Todo y más tras las protestas de los agricultores contra la Política Agrícola Común (PAC). Digamos que el programa de subsidios agrícolas de la UE representa casi un tercio del presupuesto total del bloque. La PAC aniquila parte de la biodiversidad ya que se estima que alrededor del 60% de la financiación de la PAC (es decir, más de 30.000 millones de euros cada año) puede considerarse perjudicial para la biodiversidad.

Todo lo anterior, y muchas más variables, explican la superposición entre los subsidios que dañan la biodiversidad y aquellos que exacerban el cambio climático, como los subsidios a los combustibles fósiles. Los autores del informe dejan claro que no han valorado los impactos climáticos. Seguramente, de haberlo hecho estaríamos mucho más preocupados. Subsidios sí, según cómo y para qué. No se puede incentivar una actividad comunitaria causando al mismo tiempo estragos en la cada vez más menguante biodiversidad. Si se sigue así, en el año 2030 solamente tendremos fotografías de la maltratada biodiversidad, que por pudor no podremos enseñar a los demás países firmantes del acuerdo sobre protección de la biodiversidad. Qué es, por si alguien lo dudaba, un patrimonio universal, en sí mismo y para sí misma; un poco también para nosotros.

Menos mal que todavía nos queda el Cinturón Verde Europeo (European Green Belt). Es un corredor de vida silvestre, el más grande de Europa creado por el hombre. Abarca unos 12.500 kilómetros. Conecta el Mar Negro, cerca de la frontera de Turquía y Bulgaria, con el Mar de Barents, al norte de Escandinavia. Sirve como refugio vital para cientos de especies endémicas y amenazadas de Europa. Además desempeña varios servicios ecosistémicos clave, entre otros la purificación del agua, la protección contra inundaciones y la captura de carbono.

¿Se imaginan que el nuevo Parlamento europeo que salga de las urnas el próximo 9 de junio se implique en enlazar varios corredores verdes europeos? Seríamos la envidia del mundo cuando todos nos encontremos en el camino de La Cima 2030. Por eso hay que ir a votar, y sin duda hacerlo a aquellos partidos que defiendan la excelencia de la biodiversidad. De vez en cuando hay que plantearse utopías si queremos ser verdaderos europeos, o líderes en la ética planetaria y biodiversa.

‘Ecorrelatos inacabados’, sin fecha de caducidad

Resulta complicado hablar de lo que uno hace en relación con la problemática socioambiental; máxime si se trata de resumir en un texto corto todo un proyecto para presentarlo a los demás. Este libro del cual se adjunta la portada es en sí mismo una metáfora, o muchas juntas. El mismo dibujo presenta a un detective, estilo de Mortadelo y Filemón del gran Ibañez, que va buscando por la vida algo de seguridad, o el final del relato. Camina sobre un fondo resbaladizo en el que no faltan pinturas para colorear el medioambiente ni plásticos deslizantes porque giran sobre sí mismos. Porta una lupa porque sabe que se necesita mirar bien en todo lo que no se ve.

En el libro se recogen veintiocho ecorrelatos, cuentos sencillos si se quiere, sobre la naturaleza y la visión ecosocial del complejo mundo en que vivimos. Bastantes tienen como protagonistas a seres pequeños, habitualmente olvidados como: las hormigas, las abejas, los pulpos, los gorriones o las amapolas; qué decir de las efémeras o de la pasada relevancia social del botijo. Pero no falta el motivo de la desaparición del último dinosaurio. También se dicen cosas sobre las desorientaciones humanas: la gente prefiere mirarse a sí misma antes que ampliar los horizontes de futuro para apreciar un medioambiente comprometido. Aparece la IA y el ChapGPT de la mano de un Vélez de Guevara renovado en su empeño de “diablo cojuelo”. No nos hemos olvidado de Noé y su nuevo intento de salvar a la humanidad del probable segundo diluvio universal. Tampoco de esa revista que, comandada por el espíritu de Leonardo da Vinci, quiere ser la última llamada a la cordura. Todos son ecorrelatos inacabados porque el autor ha querido dejarlos abiertos, para que los lectores y lectoras los cierren cómo y cuándo quieran; acaso nunca.

En la introducción se advierte que no es tarea sencilla detener el ritmo de las cosas para que nos hagan la vida más placentera. En realidad, también se recalca en el prólogo que ha escrito Cristina Monge apelando a la ironía como humor de los inteligentes, la vida compartida, hoy lo es por activa y por pasiva, es un continuum que cambia constantemente. Empujando y removiendo se encuentran las interacciones entre el planeta y sus criaturas. De ahí que estas pequeñas historias –construidas por personajes refugiados en el anonimato- no tienen fecha de caducidad, al menos para quien las ha escrito. Así es el pensamiento de cada cual, recoge episodios de anteayer y quizás de pasado mañana; unos vividos y otros vistos o sentidos.

Los ecorrelatos se presentan de una forma sarcástica. Hablar seria y fundamentadamente de la problemática socioambiental resulta poco eficaz si se quiere animar a que mucha gente camine hacia la necesaria transición justa. Lo hemos hecho a menudo en artículos en este blog o fuera de él. La experiencia propia nos dice que hemos de acercar a la gente las problemáticas de forma pausada, sin culpabilizarla. Por eso nos atrevemos a presentar en este libro una socioecología particular, totalmente subjetiva, en clave de sorna amable y respetuosa, si se quiere de humor líquido; ese que impregna algo pero a nadie sofoca, y evita ansiedades innecesarias.

Nos hemos apoyado en sucesos que han ocurrido antigua o recientemente y, sobre todo, en palabras e ideas de muchas entidades, de personajes célebres de tiempos remotos, de literatura e historia que hace medioambiente, de enseñanzas que nos puedan servir para echar miradas emocionales al escenario vital. Al final del libro aparecen en una relación de personajes en la que se exaltan sus cualidades para estar en él.

Si alguien quiere comprobar lo que aquí se dice es verdad puede acompañarnos en la aventura. Basta con comprar el libro en la librería habitual. Para mayor seguridad se puede pedir en la web de la editorial IV Centenario, lo pone en casa sin gastos de envío y con un 5 % de descuento. Solamente es necesario acceder a este enlace. También ahí se puede descargar un pdf de las primeras hojas para tener una idea más completa sobre la aventura ecosocial que el autor se ha inventado; ¿quién sabe si se acercará a la realidad colectiva o individual?

Vamos a hacer una presentación en Madrid el 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, en el Ateneo La Maliciosa a las 19 horas, de la mano de Conchi Piñeiro (FUHEM) y Javier Benayas (UAM). Adjuntamos la invitación para quienes estén ese día en la capital. Posteriormente se presentará en otros lugares.

La Educación Ambiental querría entrar en la legislación, pero…

Por Carmelo Marcén, maestro y doctor en Geografía, y Javier Benayas del Álamo, Catedrático de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid.

Al fin ha iniciado el camino de ser figura legislada. Hagamos un poco de historia. En las I Jornadas de Educación Ambiental de octubre de 1983 nos vimos mucha gente naturalista y ambientalista de toda España que sentía que era necesaria una acción a favor del medioambiente. Las 300 personas asistentes compartimos expectativas de signos diversos con incipientes realidades; quizás primaba más la acción ambiental, también un cierto activismo, que la reflexión sobre lo hecho y por hacer. La jornadas supusieron un hito importante en la búsqueda de una relación entre las personas y el medioambiente, el entorno era la palabra estrella. Normal que así ocurriese porque se trataba de respetar, ayudar a reponer, algún enclave o escenario natural que pasaba momentos amenazantes. No existían ni los ODS ni las Agendas 2030 pero de aquellas preocupaciones surgirían estos anhelos, pasado un tiempo.

En aquel octubre amenazante de tormentas en Sitges se compartieron ideas que en sí mismas eran una revolución social: el respeto del medioambiente a través de una educación que en realidad eran muchas. Se conocieron prácticas y esperanzas de la escuela primaria, de secundaria y de la universidad. Pero no solo se habló de educación formal. Se expusieron actuaciones de administraciones, ONG u otros ámbitos donde la educación ambiental no formal llevaba ya varios años creciendo.

Repasando las I Jornadas, leemos en De Rerum Natura que se organizaron en seis grupos: medio natural, medio urbano, gestión del medio, sensibilización del público, medios audiovisuales, y bases científicas y planteamientos metodológicos. El fin era examinar la situación y problemática de la educación ambiental no académica en España tras la Conferencia de Tbilisi, propiciar el contacto y el intercambio mutuo entre las personas, grupos y entidades activas en el campo de la educación ambiental, y realizar un balance de la situación de la educación ambiental en el Estado. Hubo 4 ponencias, 85 comunicaciones y 30 paneles y otros materiales de exposición como bien recogieron Susana Calvo y Pepe Gutiérrez Pérez (2007) en El espejismo de la educación ambiental.

Y, cómo no, se habló de adaptar la normativa local, autonómica y general para que la EA ocupase el lugar que le corresponde, como parte activa de la vida diaria en la búsqueda de compromisos, en la configuración de un socioética ambiental. Pequeños balbuceos que ahora quieren ser realidad. Por más que no hubiese declaración final, sin manifiestos ni brindis supusieron un hito, significaron un antes y un después que se materializó en Valsaín (1987), Pamplona (1998) y Valsaín (2022). Las actas de estas últimas contienen avances sustanciales de lo que debe ser una EA adaptada a los nuevos tiempos y preocupadas por la derivas del medioambiente.

Como ya se ha subrayado, no por el hecho de carecer de regulación legal al servicio del interés colectivo la EA ha dejado de existir, tanto en grandes corporaciones como en pequeñas escuelas. Hemos de insistir en que la idea transformadora, el deseo de avanzar en metodologías, el apoyo de distintas administraciones, la multitud de campañas, el papel imprescindible de educadoras y educadores ambientales, los cientos de materiales, la organización administrativa en varias CC.AA. de unidades o servicios de EA, y otras muchas acciones han demostrado que el empeño seguía vivo. Desde pequeñas iniciativas hasta grandes propuestas han llenado de acción, participación y compromiso desde cada rincón de España.

Pero en este momento aparece otro hito que desearíamos fuese realidad creativa y participativa. Lo dice el título. La Educación Ambiental quiere ser importante en forma de ley, ya es anteproyecto. Qué duda cabe que para eso muchas personas y entidades han puesto su buen y bien hacer a lo largo de 40 años; han resistido malas interpretaciones y dejaciones de distintas administraciones. Sin embargo, no han decaído en su propósito, abordado lentamente podríamos decir.  El equipo del Ministerio de Transición Ecológica apostó porque la EA debía tener un rango legislativo, había de ser un espejo importante donde mirarse. Antes pusieron en marcha el PAEAS (Plan de Acción de Educación Ambiental para la Sostenibilidad, 2021-2025) en el cual han participado centenares de personas e instituciones, debatiendo y proponiendo en marcha transiciones educativas, de la educación formal o no, pensando en el presente con miras a un futuro incierto. El PAEAS sigue vivo, pero sus ánimos de convertirse en algo de mayor rango, quizás con un refrendo legislativo, van decayendo.

(GETTY)

Recordamos que el 29 de abril de este año se aprobaba en el Congreso de los Diputados la Proposición No de Ley (PNL) para impulsar medidas en torno a la educación ambiental en el sistema educativo. Lamentamos tres carencias importantes: que contase con el único apoyo del partido gobernante, que fuese tramitada como PNL y que no considerase la relación y alianza entre EA formal y no formal. Ambas singularidades nos hacen pensar que va a tener que sortear bastantes obstáculos hasta conseguir ser una ley consensuada de forma mayoritaria por grupos políticos y administraciones del Estado y autonómicas. Quizás no lo llegue a ser nunca, vistas las algarabías políticas actuales que nos tienen sumidos en la desesperanza.

Si hubiese buena fe y un compromiso claro para definir un futuro mejor para las generaciones futuras, podría haberse convertido en una guía al servicio de la comunidad educativa. En este propósito destacaríamos dos intenciones fundamentales sin concretar en el PNL: abordar la formación inicial del profesorado mediante la inclusión de los temas socioambientales de una forma rigurosa (en colaboración con las universidades y las administraciones competentes) e impulsar la formación continua del profesorado. Todo lo anterior debería ir acompañado por una adecuación de los centros a las nuevas incertezas climáticas. En realidad, lo escrito hasta aquí es una transición necesaria y colectiva hacia la nueva realidad que el tiempo nos impone. Esa que sueña un respeto hacia el vulnerable medioambiente, un reconocimiento de nuestra ecodependencia. En suma, una garantía de la salud y el bienestar del alumnado y profesorado, de la ciudadanía en general, así como de la biodiversidad con la que interaccionan en el planeta.

La Educación Ambiental podría haber sido el empuje permanente que necesitamos para escalar La Cima 2030, y en esta tesitura estamos comprometidos tanto las administraciones como la ciudadanía entera; hasta los partidos que odian el medioambiente. Debe tener el rango de Ley, porque los PNL suelen ser declaraciones de intenciones evanescentes que pocas veces pasan de las buenas intenciones. Somos conscientes de que costará mucho esfuerzo, pero sería un buen regalo para las generaciones futuras. Muchos educadores de la escuela y también de la educación no formal están dispuestos a dedicar altruistamente su motivación y competencia en allanar este sendero colectivo que cada vez es más necesario y urgente. Sin duda, de no salir adelante sería una nueva oportunidad perdida, y ahora el tiempo de su necesidad nos apremia.