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El espejo climático nos previene de aconteceres difíciles

No podíamos dejar pasar ni siquiera unos días. La AEMET nos lo ha puesto delante de los ojos en un espejo con superficie plana. Allí ha proyectado la imagen nítida de lo que acontece hoy en las variables que condicionan el clima. Pero además, nos ha proporcionado claves para pensar en que al lado de esa pantalla podría haber situado otros espejos, más o menos convexos o cóncavos, para que cada cual aventurase lo que puede suceder. El 2 de julio pasado se presentaba el Primer Informe anual sobre el estado del Clima en España 2019. Lo dicho ahí viene a corroborar el pronóstico del Panel Intergubernamental del Cambio Climático de la ONU (IPCC) que nos avisa de que debemos estar preparados para esos cambios que suponen el incremento de las lluvias torrenciales al lado de sequías más o menos pronunciadas, las sucesivas e incrementadas olas de calor y el progresivo aumento de la salinidad del mar, entre otras malas noticias meteorológicas vs climáticas.

El informe de la AEMET tuvo unos antecedentes. Ya nos habló de las evidencias del cambio climático: el otoño pasado fue el más cálido en el conjunto de la Tierra desde 1880. En España, fue más húmedo de lo normal, cerró con una temperatura media de 16,5 ºC, 0,7 ºC por encima de la media 1981-2010, lo que lo convierte en el sexto más cálido desde 1965. Es más, desde aquel año, ocho de los diez otoños más cálidos tienen fecha del siglo XXI. Mal asunto cuando lo que podría ser episódico se convierte en duradero. Otro aviso de la AEMET para sufridores: “En 2019 se registraron tres olas de calor de las que destaca, por su gran intensidad, la que tuvo lugar entre el 26 de junio y 1 de julio; en ella se superaron los 43 ºC en puntos del nordeste peninsular y se batieron numerosos récords absolutos de temperatura máxima anual”. Si miramos bien estas cifras nos queman, demasiados reflejos sin protección.

(JORGE PARÍS)

Pero el cambio climático irradia en otras estampas. La multiplicación de los episodios de lluvias intensas y persistentes tiene evidentes riesgos y padecimientos para las poblaciones expuestas, en la economía y en el suelo. Sin citar todos del año pasado, hay que hablar del que tuvo lugar entre los días 10 y 15 de septiembre en el sureste peninsular con precipitaciones acumuladas que superaron los 200 mm. Esto no lo sufrió solo un lugar concreto, pequeño. Tras ellas vinieron múltiples inundaciones, algunas tan severas como las que padecieron zonas de las provincias de Alicante y Murcia. La paradoja, la cara oculta del espejo, es que se puede decir que actualmente tenemos menor disponibilidad de agua. ¿Por qué? La precipitación media se ha reducido ligeramente en los últimos 50 años, a la vez que la demanda evaporativa es cada vez mayor.

¡Qué lejos parece que queda la COP 25 Chile Madrid! Allí se acordó que en junio de 2020 se llevarían a cabo en Bonn sendos diálogos sobre océanos, criosfera y clima y sobre tierra y clima. La no acción, seguramente por la pandemia, ha ralentizado todo, hasta las exigencias climáticas a las que algunos gobiernos se habían comprometido; incluso la ONU ha levantado las obligaciones reductivas impuestas a las líneas aéreas. Pero ahí estamos: observando un aumento de la concentración de los GEI, el ascenso térmico medio en España, la proliferación de noches tórridas, progresivo incremento de número de días al año que se superan los umbrales de temperatura de ola de calor; además de que la cantidad de energía usada en refrigerar las viviendas sea mayor que la empleada en calentar. ¿Todavía alguien niega que le va a afectar el cambio climático? Pásese por la Agencia Europea del Medio Ambiente y lea Señales 2015. Vivir en un clima cambiante.

¿Qué hacer ante esta situación? Sobre todo actuar, pero para eso es necesario legislar, informar, atender a lo que la ciencia nos dice. Hace poco más de un mes que el Gobierno empezó la tramitación en Cortes del primer proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética (PLCCTE) que tiene el horizonte 2050 como punto final que España alcance la neutralidad de emisiones “en coherencia con el criterio científico y las demandas de la ciudadanía”, dice el Gobierno en su Web. Sin duda, la Ley deberá recorrer muchos vericuetos hasta lograr su aprobación, durante los cuales se desprenderá de algunos compromisos e ilusiones. Habrá que estar atentos para aplaudir decisiones valientes y denunciar, si los hay, incumplimientos de necesidades urgentes.

La información veraz y contrastada ayuda a que las imágenes climáticas aparezcan más nítidas para la ciudadanía. Hay muchas Web a las que se puede acudir, si bien es mejor mirar en las que son serias, las que pertenezcan a administraciones (internacionales o no) o las mantenidas por otras entidades o grupos de acción (Climate Alliance, Comunidad Por el Clima, etc.). No sirve Twiter para informarse, aunque el escaparate mediático sea de un presidente de un país muy poderoso. La actualización de la carta de servicios de AEMET Opendata proporciona un conjunto de datos y productos de fácil utilización relativos a la variabilidad del clima y al cambio climático. Entre sus servicios se encuentran análisis y diagnósticos sobre la evolución del clima pasado y presente así como perspectivas del clima futuro. Allí encontramos lo mismo índices climatológicos y clasificaciones que resúmenes y proyecciones mensuales, estacionales y anuales. No faltan figuras de la climatología y fenómenos extremos de un lugar. Así pues, quienes no están informados es porque no buscan; tienen magníficos espejos donde mirar lo que de ningún modo son espejismos.

Todo esto ilustra el valor de la ciencia para reflejarnos el presente y anticipar el futuro, porque debemos prever cómo podría ser el clima allá por 2030 o en 2050. Esas imaginarias cimas que todos los países deben coronar en las mejores condiciones; también en España, en donde las previsiones anuncian aconteceres difíciles.

Recíclame, recíclate, para evitar montañas de basura

Dicen por ahí que hemos progresado mucho en la cuestión del reciclado de cosas, para que las materias primas con las que están elaboradas tengan varios usos, además se ahorre mucha energía. Sí y no. Sí, si atendemos a las cifras que presenta Ecoembes referidas al año 2019: cada ciudadano depositó 17,1 kg de envases de plástico, latas y briks en el contenedor amarillo (un 9,1% más que en 2018) y 19,4 kg en el contenedor azul (7,2% más que en 2018). Todavía más interesante es ver progresiones: en 2015 eran 12,7 kg que de media per cápita los residuos que se depositaban en el contenedor amarillo en 2015, 15,1 kg al de papel. Más cosas: más de millón y medio de toneladas de envases se recuperaron en 2019; 8 de cada 10 españoles, no se dice si hogares, tienen el cubo de residuos de tetrabrik y envases plásticos. Así pues, suficientes motivos para hablar con orgullo de la conciencia de la ciudadanía y su participación en una tarea colectiva tan interesante y necesaria. En la misma página del hipervínculo anterior se puede acceder, si se desea, al desglosado por autonomías.

Sí pero no. Las toneladas de productos “recuperadas” en los contenedores de las calles, en España hay más de 650.000 puntos, no se corresponderán seguramente con las “rescatadas” que se llevan a los puntos de recuperación de los materiales, a las plantas en donde de verdad se hace la maravillosa tarea de aprovechar lo máximo posible. Tampoco se dice nada de la morralla de cosas que van al contenedor amarillo y no deberían ir; aquí hay mucho despiste colectivo o las cosas no están muy claras en muchos ayuntamientos. Por eso, no suene raro que Greenpeace llegue a contradecir a Ecoembes en su informe Maldito plástico. Allí se afirma que en España apenas se recupera el 25% de los embases plásticos, muy lejos de lo que afirma la entidad gestora (75%). Así pues, los consumidores/productores de residuos plásticos andamos despistados: ¿Lo hacemos bien o mal? ¿Sirve nuestro empeño, o no tanto como nos creíamos?

No, claramente no. Un ejemplo como muestra pero habría muchos. La OCU ha realizado un seguimiento mediante GPS de 43 tetrabriks (de los de leche o zumos) depositados en los contenedores de 21 ciudades. Solo 1 terminó en una empresa preparada para reciclarlos correctamente (parece que solamente hay una planta en toda España, cerca de Zaragoza, pero apenas logra aprovechar un 30% del residuo). Mientras, 8 de ellos acabaron en vertederos; alguno hizo más de mil kilómetros de punta a punta de la Península. Por cierto, lo del brik casi totalmente reciclable que hemos leído en algunas marcas es difícil de creer. Hace unos 10 años había una planta en Barcelona que lo conseguía pero cerró por su alto coste. Imaginemos dónde van a parar los millones de cajas que se tiran cada día desde nuestros domicilios, bastantes ni siquiera llegan al generalizado contenedor amarillo.

El asunto está parece que está bien perfilado en la normativa pero fallan algunas cosas. En España, recogen los residuos los ayuntamientos y otras entidades y los ciudadanos pagamos una tasa. Las organizaciones que gestionan el reciclaje (Ecoembes, Ecovidrio, Sigfito, Signus, Sigaus, Sigre, Ambilamp, etc.) carecen de ánimo de lucro por lo que sus ingresos se destinan a pagar los costes del sistema —recogida, transporte y clasificación de residuos, acondicionamiento de las plantas— o en campañas de sensibilización ciudadana; todos hemos escuchado en la radio o visto en televisión sus spots. Algo o mucho hemos avanzado.

Aseguran quienes entienden del tema que si se pudieran acumular los residuos domésticos e industriales que se convierten durante un año en basura, solo los del mundo rico, la cima de la montaña podría hacer competencia al Everest. Exageración o no, la cosa está muy complicada si queremos llegar bien posicionados al 2030. España debería reciclar este año ya el 35% de los materiales de la basura doméstica, según el compromiso ante la UE. Pero más de la mitad de la basura municipal acaba en vertederos. Los datos del Ministerio de Transición Ecológica descubren que el recíclate debería ir previo al recíclame. Tienen que cambiar mucho los hábitos de una parte de la ciudadanía y el compromiso de las administraciones. Quienes lo duden que se pasen por el INE, datos hasta 2017. Es posible que haya habido un cambio positivo desde aquel año hasta ahora; dejémoslo en suspense. Así pues, no sabemos si sí o no, si aquí se recicla como en el resto de Europa. Del asunto, diciendo que no, ya se hizo eco 20minutos.es hace año y medio.

Habrá más noes y síes, búsquenlos en su casa, en el trabajo, en su pueblo o ciudad. La mayor parte de las personas podríamos aplicarnos lo del título. Quizás se podría empezar a reciclarnos usando menos para no tener que tirar; reducción por buen uso es la clave. Además, el despilfarro de materiales ya no se lleva, si lo pensamos bien es un sinsentido. Habrá que ponerse manos a la obra, pero de verdad, porque esta encomienda colectiva todavía debe mejorar bastante y si no lo hacemos mejor corremos el riesgo de que la basura se convierta en un grave problema, y de tener que pagar elevadas multas a la Unión Europea por mala gestión de los residuos.

(AYUNTAMIENTO DE HUELVA./EP)

Del estado de alarma al escaparate de la vulnerabilidad

Llegó el verano astronómico y trajo muchos cambios. Con él abandonamos en España el estado de alarma, en Europa se abren fronteras, pero no por eso abandonamos nuestros temores, nos sentimos vulnerables. El verano invita al jolgorio, pero en este hay menos cosas que celebrar. No sabemos cómo será cada día, ni si habremos de cortar una parte de nuestros deseos de expansión, después de tanto tiempo confinados. Acaso nos llegará algún otro susto. Parece que el verano ha venido para acabar con la larga monotonía del pasado reciente; ya podemos viajar y recuperar afectos perdidos, disfrutar de expansiones varias.

Cada día que pase nos acercará al futuro, cada día pasado nos enseñó cosas si quisimos aprender. En estos días de primavera hurtada nos hemos mirado a nosotros mismos, a nuestra familia y amigos de forma telemática. Hemos notado fortalezas y debilidades que el tiempo de confinamiento y de noticias varias ha ido afianzando o desmintiendo. Algún día, muchas veces, sin quererlo hemos acudido a mirarnos en el espejo de los demás, para conjugar la suerte. Las comparaciones nos han reconfortado en ocasiones pero otras veces nos han traído desasosiegos, más que nada por similares contingencias. Nos habremos dicho que lo de hoy no daría lo mismo mañana pues teníamos la voluntad de aprender. En este verano atípico, temeroso del otoño e invierno futuros, cada día nuevo nos recordará en su escaparate social que cerca o lejos, ayer o antes, pasó algo relacionado con la fragilidad de la especie reinante del mundo, o con la vulnerabilidad de una parte de sus miembros. Ambas propiedades de uno o muchos se usan indistintamente, será porque cada día marcan la existencia colectiva, pero ahí están expuestas para quien las quiera ver.

En ocasiones, ambas cualidades humanas se ocultan tras palabras bonitas o placenteras, que no son más que medias verdades porque la incertidumbre se encarga enseguida de desmentir, acaso un disfraz de las mentiras o directamente falsedades. Desde que empezó la pandemia buscábamos evidencias, pero después de tantas esperas y agobios por informaciones varias todavía no las hemos encontrado. Pero, a la vez, fragilidad y vulnerabilidad pueden tornarse en sesuda resistencia si se emplean con inteligencia y anticipación. Como llegó el verano y hemos recuperado una parte de nuestra libertad de movimientos, nos inclinamos a pensar en positivo.

Como ya es verano, desde aquí, La Cima 2030, queremos recordar nuestros deseos de hace unos meses, apenas unos años, allá por 2015 cuando la ONU impulsó los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Entonces se formularían desde la reflexión crítica de las múltiples vulnerabilidades y fragilidades que condicionan el presente y el futuro, en este mundo global que la pandemia ha revolucionado. Quedan 10 años de suspense sobre si lograremos acercarnos a las metas que comportan. Los pesimistas dicen que no, que la pandemia ha resquebrajado los deseos, que se llevará los recursos imprescindibles para lograr el rescate de muchas gentes pobres, que pasan hambre, que sufren guerras, que soportan exclusiones, o el necesario cuidado del medioambiente. En general, la no consecución de los ODS a todos afecta, cómo no pensar en el cambio climático por ejemplo. Pero en particular se ceba más en unos que en otros, en países de más o menos ingresos, en lugares con el Índice de Desarrollo Humano más elevado o menos. A esos, personas y países, que los hemos llamado vulnerables -calificativo que al decir de Álex Grijelmo esconde expresiones más duras como los más desfavorecidos, los más pobres o los excluidos- debe llegarles algo más para que se sientan menos vulnerados. La pandemia ha aumentado el número de unos y otros y ha puesto en duda su supervivencia.
Van pasando los años y aquellas magníficas intenciones de los ODS, escritas con bellas palabras y adornadas de bonitos deseos no se corresponden con la mejora del bienestar colectivo; lo sabemos incluso ahora que nos hemos olvidado de mirar fuera del mundo rico, enfermo de coronavirus. Mucha gente todavía no ha avanzado en su logro, o directamente se están quedando demasiado lejos, más ahora tras la maldita coronavirus que se está cebando de forma creciente en América y en África.

Duele o preocupa, según la manera de ser de cada uno, mirar el verano porque en su escaparate aparecen la fragilidad y la vulnerabilidad. Aunque se retomen ciertas actividades lúdicas y expansivas, este verano no será como los demás. El tiempo pasado ha dejado muchas heridas, físicas y afectivas, a los vulnerables, por riesgo, y a los vulnerados, que las han sufrido en mayor o menor intensidad. Llegó el verano, y la libertad de movimientos, para recordarnos que muchas veces damos excesiva importancia a cosas que no la tienen, que como no sabemos hacia dónde vamos cualquier camino nos puede extraviar, que a menudo las ideas o el apego a ciertas cosas no nos dejan ver la realidad, que el sufrimiento del mundo no propio se nos esconde.

Así pues, cuando el verano nos deje un rato libre recordemos aquello de los ODS de que nadie se quede atrás, ni las personas ni el Planeta. Aunque sea verano, no está de más retomar aquello que más o menos dijo Rafael Chirbes de que dado el poco tiempo que nos toca vagabundear por la tierra nuestra misión es evitar el desorden, corregir un poco el desorden,  iluminar durante un rato lo que es oscuro. Qué bien le van estas sugerencias a la emergencia pandémica, con sus crisis anejas, y a los pendientes y cada vez más alejados ODS. Sin estado de alarma pero estamos alarmados; nos sentimos vulnerables.

Nunca será como antes. A pesar de todo, ¡Feliz verano y disfrutemos de manera comedida de la libertad recuperada, aunque sea parcial y socialmente inestable!

(ÁLEX ZEA/EP)

La caída del Índice de Desarrollo Humano nos coloca en suspensión de pagos éticos

Hay gente que prefiere, dentro del mundo económico también, pensar cómo va la situación mundial, y por países, en términos del IDH (Índice de Desarrollo Humano) antes que del PIB (Producto Interior Bruto). En verdad, este último medidor es utilizado constantemente tanto por gente de la política como de la economía; casi no hay día en el que no se diga que el PIB mundial va a descender tanto y cuanto, que el de España va a ser un desastre después de la pandemia y cosas por el estilo. También se cita en tertulias e informativos, como si fuera una letanía. Sin embargo, apenas ha calado en la gente corriente, que pasa de él o directamente no lo entiende. Al final, tanto lo nombran para anunciarnos casi el fin del mundo que tendremos que aprendernos las variables que lo determinan. Aquí va un enlace de un banco, pero se podrían utilizar otras fuentes como el Instituto Nacional de Estadística (INE).

Pero sigamos con lo nuestro. Pronostica la ONU que la actual pandemia causará un grave retroceso en el IDH –el mayor desde 1990-, una debacle en la vida de muchas personas, en particular las que habitan en esos países de IDH bajo. Algunas cifras del informe elaborado por el PNUD (Programa de las Naciones Unidad para el Desarrollo) asustan: la esperanza de vida descenderá, es posible que centenares de miles de niños menores de cinco años mueran por la falta de asistencia. Por si esto no fuera suficiente, la educación (factor del IDH que no del PIB) que transitaba mal que bien por países de ingresos bajos y medios no llega durante estos meses de pandemia pues las escuelas siguen cerradas para más del 60 % de los niños. Solamente teniendo en cuenta los millones de personas afectadas y los centenares de muertos ligados a la COVID-19 se atisba un panorama más que sombrío para el IDH global y el particular de los países de ingresos bajos o medios. No olvidamos esas Agendas 2030 que querían poner en valor el desarrollo sostenible. ¿Se rellenarán con hechos?

El IDH se fija especialmente en la esperanza de vida al nacer, los años esperados de escolaridad, los años promedio de escolaridad y el PIB per cápita. Pero también se ajusta en su relación con la desigualdad en general, con el desarrollo y la desigualdad de género, con la pobreza multidimensional, con la salud, con el empleo y bastantes indicadores que permiten dibujar una imagen de los países, agrupados para su estudio en aquellos que tienen un desarrollo humano muy alto, alto, medio, y bajo. Tras la COVID-19 es mejor esta lectura.

(EFE)

Los datos completos referidos al año 2019 se pueden consultar aquí. Se comprobará que de los 36 países con IDH bajo, 33 están en África. Mal momento este de la pandemia, ahora que parecía que habían mejorado algo (el presente informe muestra las tendencias por países entre 1990 y 2017). Si, como nos tememos, el mundo rico les da la espalda, dicen que para atender problemas propios, y construye vallas para no dejar entrar a nadie en su territorio, el asunto es todavía más grave. EL IDH caerá todavía más si se limita la Ayuda al Desarrollo; algo así dicen tanto el Instituto Elcano como el Banco Mundial. Ya pronostica la OCDE que el coronavirus va a frenar de forma significativa la economía y eso significa problemas para los ricos, y hambre para los pobres. No se trata de ser agoreros, solamente invitar a pensar.

Copiamos textualmente una consideración final del informe del PNUD de este año que deberían llevarnos a una profunda reflexión:

Estas desigualdades del desarrollo humano constituyen un obstáculo crucial para hacer realidad la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. No son únicamente disparidades en términos de ingreso y riqueza. Tampoco pueden explicarse utilizando únicamente medidas sintéticas de desigualdad centradas en una sola dimensión, y condicionarán las expectativas de aquellas personas que consigan vivir hasta el siglo XXII. El Informe explora las desigualdades del desarrollo humano más allá del ingreso, más allá de los promedios y más allá del presente. Se pregunta qué tipos de desigualdad son importantes y qué factores las provocan, reconociendo la necesidad de considerar las desigualdades perniciosas como un síntoma de la existencia de problemas más amplios en una sociedad y en una economía. También se plantea qué políticas pueden contribuir a hacer frente a esos factores y ayudar a las naciones a impulsar su crecimiento económico, mejorar su desarrollo humano y reducir las desigualdades.

Al IDH de algunos países, más bien a sus habitantes, solamente les faltaba la irrupción de la pandemia para dejarlos todavía más a la intemperie. Cada persona es una parte del todo, nosotros también. Habríamos de pensar y preguntarnos si nos implicaríamos en hacer realidad el Manifiesto de la OMS para una recuperación saludable de COVID-19, al cual se han adherido ya muchas entidades de todo el mundo. En él se incluyen una serie de “recetas” para una recuperación saludable y verde, consolidada dentro de la incógnita de fragilidad que siempre nos acompañará:

  1. Proteger y preservar la fuente de la salud humana: la naturaleza,
  2. Invertir en servicios esenciales, desde agua y saneamiento hasta energía limpia en instalaciones sanitarias.
  3. Asegurar una transición energética rápida y saludable.
  4. Promover sistemas alimentarios saludables y sostenibles.
  5. Construir ciudades saludables y habitables.
  6. Dejar de usar el dinero de los contribuyentes para financiar la contaminación.

Ya hay personas por todo el mundo que quieren ser parte activa del necesario movimiento global por la salud y el medioambiente, actuando personalmente y demandando a sus Gobiernos que concierten esfuerzos con los sectores económicos y sociales, para dar valor a la ciudadanía en su conjunto. De otra forma se confirmará o no que la actual pandemia nos ha sumido no solo en una debacle económica, sino en una clara suspensión de (c)réditos éticos.

A qué sonará el medioambiente pasados unos años

Como cada 5 de junio, también en este tan pandémico, el medioambiente volará desconfiado. Durante unos días será tan nombrado que acaparará protagonismo en televisiones, periódicos y cadenas de radio. Sin quererlo nos impregnará los pensamientos. Las emociones convivirán con sentimientos placenteros. No faltarán recuerdos de desastres puntuales. Quizás ese día traiga a la memoria compromisos propios o ajenos que quedaron atrás: la emergencia climática entre ellos. El tiempo los borró cuando el mundo convivencial se vino abajo.

En el pasado, el medioambiente se hizo canción y lamento. Dejó ideas críticas en la cultura social. Cada cual las mezcla sin criterios predeterminados. Será por eso que al recordarlas ahora revierten pasión y nostalgia. No les falta un poco de pesimismo. Unas de estas las declamaba el cantor multicultural Georges Moustaki. Hacia 1970 ya poemaba que existió en tiempos un jardín llamado Tierra. Se trataba de un lugar mágico. No lo habían conocido los niños de aquellos años, que siempre caminaban sobre el asfalto o el hormigón. Un jardín lo suficientemente grande como para acoger incluso a todos los niños de entonces. Los nietos de unos abuelos muy antepasados. Gentes que lo cuidaron porque lo habían heredado a su vez de los suyos.

Ligadas a esas letras vienen detrás otras. Aquellas del chileno Pablo Neruda. Alertaba por los mismos años acerca de unos hombres “voraces manufacturantes”. Se trataba de los que tomaron un planeta desnudo y lo llenaron de lingotes de aluminio. Seguramente impulsados maquinalmente por unos intestinos eléctricos. Dónde jugarán los niños, se preguntaban los mexicanos Maná. Hay otros muchos cantos sin rima pero con hondo sentimiento. La ONU se empeña una y otra vez en avisar a las instituciones de gobernanza mundial de que deben promover un mundo más justo e igualitario en un medioambiente compartido. Vivir en común exige más transparencia y una continuada rendición de cuentas. Conocer el peligro anima a la sociedad civil a la defensa de sus espacios naturales o sociales. Los cantores hablan de paraísos perdidos. Cualquiera de esos expresa una parte de vida y esperanza. Trae una voluntad de transformación. Se hace leve porque las desigualdades no paran de crecer.

Cada cual tendrá sus deseos de vida. Para bastante gente el 5 de junio busca retomar en cierta manera los muchos futuros arrancados. Conseguir aquel reto filosófico de María Zambrano que aspiraba a convertir lo imposible en verdadero. La pandemia nos ha situado en una región fingida, en un mundo inverosímil por cierto. En estas condiciones, la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente se convierte en un realismo mordiente. La necesaria rebelión nos lleva a la variación de modelos y tradiciones. Hay que amar la tierra para no perderla, cantaba el colombiano Juanes. La tierra donde nacimos ya no tiene fronteras. ¿Estará en lo salvaje, en la montaña salvadora plena de voces de tiempos remotos en donde cada día se puede caminar en libertad? Cantan los aragoneses de Amaral.

El coronavirus mira con desdén al medioambiente. El medioambiente espera algo de la pandemia. De vez en cuando toca soñar que es posible vivir todos juntos. El devenir diario se empeña en despertarnos. El medioambiente lleva tiempo en pandemias diversas. Por doquier asoman procesos sociales y ecológicos que no logran nuestro entendimiento. Se complica la búsqueda de soluciones pues cada cual mira por lo suyo. Este 5 de junio de 2020 no debería ser un día más. De sopetón, nos encontramos ante un ciclo de vida nuevo, largo o corto. Complejo de entender, pues nos llegó con las emociones hechas un collage. Pero hay que explorarlo porque la vida ya desbordó las capacidades de la Tierra.

El medioambiente canta su desdicha en palabras seleccionados a ambos lados del Atlántico, clama nuestra ayuda. Nos pide estrategias de vida diferentes a las que nos han llevado a él, apoyadas únicamente al vulnerable desarrollo sin límites alentado por el consumo acumulado. El coronavirus también es medioambiente y ha paralizado desarrollo y consumismo, ambos vulnerables. El medioambiente poco esperará de quienes han engañado a la gente. Confía más en que la ciudadanía les obligue a rectificar. Este 5 de junio está plagado de hechos e incertidumbres. La situación global es de emergencia en los ámbitos de salud, social, ecológico y económico. Todo el medioambiente es interacción. Hasta el viscoso miedo actual. “La Tierra tiene fiebre, necesita amor que le cure la penita que sufre” cantaba Bebe.

Para reducir los efectos del ciclo amenazante toca soñar. Lo pequeño puede ser hermoso para quien intente verlo así. Se dice desde hace tiempo. Podemos limitar los destrozos si acopiamos deseos y gestos. Lograrlo o no es otra cosa. Siempre queda algo de satisfacción por haberlo intentado. Luchemos por hacer realizar lemas colectivos. El argentino Mario Bunge nos declamaba aquello de “Evolución sí, destrucción desaforada no”. La biosfera se empobrece como consecuencia de la absurda y acelerada depredación de los recursos naturales con la excusa del desarrollo.

En todo el mundo somos ya 7.800 millones de habitantes. Imposible vivir sin estropear un poco el planeta. Si queremos mantenernos, habremos de pasar de ser sus torpes explotadores -dentro del género humano hay demasiados- a convertirnos en sabios administradores. Una parte importante del medioambiente somos nosotros. ¿Qué especie aniquila de golpe su sustento o su nicho ecológico? La humana cree que puede dominarlo todo. Llegó un diminuto virus y en unos meses le recordó su fragilidad.

No falta quien pronostica que este 5 de junio será renovador. La pandemia hará sonar el mensaje de que el principio básico de la vida es la asunción de un nuevo código ético. Este supone la aceptación de la finitud de los recursos del planeta. Resalta la interconexión entre todos los seres vivos que lo habitan, sean personas o no, vivan cerca o lejos. La fragilidad y el cúmulo de incertezas que nos ha dejado la pandemia deberían acabar con las pompas fantásticas de la vida. Aunque suene a fábula, solo cabe implicarse en la participación social y armarse de educación para la sostenibilidad. Este proceso será lento y siempre dejará algo pendiente. Convirtamos este complejo momento en el comienzo de la esperanza ambiental, al menos ante la emergencia climática. Descarbonizar nuestra vida es una necesidad urgente, qué no suene a soflama ecologista.

¡El yo está acabado, viva el medioambiente! Esperamos que vibre bien para las generaciones futuras. Ojalá que estas sepan poemarle cuidados de amistad.

(GTRES)

Mascarillas mentales frente al cambio climático

El cambio climático, que no se ha ido de nuestra vida, ha quedado sepultado por las trágicas consecuencias de la pandemia vírica. A esta, el confinamiento y las medidas de higiene de manos, han conseguido pararla por ahora. Así se han evitado muchos contagios y salvadas muchas vidas. Además del buen hacer de los servicios sanitarios y públicos, también han ayudado las mascarillas; casi las consideramos algo propio. ¡Quién iba a decírnoslo hace tres meses! A lo largo del proceso vivido, la reacción ha sido más tardana de lo conveniente y con una organización mejorable. Aún así se ha producido una lucha colectiva ante la hecatombe generada en la salud colectiva; ha sido posible porque la especie humana, como buena parte de los animales, tiene un cerebro preparado para responder a puntuales sucesos catastróficos, visibles y contundentes. Ese mecanismo lo emplean los gobernantes y lo enseñan a sus ciudadanos. Cuando en estos falta la respuesta personal, la imposición doblega voluntades que de otra forma hubiera sido muy difícil controlar. Después vendrá preocuparse por el desastre económico generado, cuyas secuelas arrastraremos a lo largo de bastantes años. Pero lo urgente era atender el problema de la salud colectiva.

Aun con todo, a pesar de los recientes episodios de masas tras los pases de fases de desescalada que ponen en peligro los esfuerzos colectivos en España y en otros países de la UE, podríamos calificar como adecuado el desempeño ciudadano y social. Es muy probable que la pandemia vírica actual sea derrotada más o menos tarde; la vacuna anti SARS llegará o se adoptarán medidas preventivas serias, al menos durante un tiempo. Sin embargo, en el asunto de cambio climático, seguramente es el mayor reto de salud que hay planteado actualmente, casi nadie piensa, a pesar de preocupación de hace unos meses, cuando era noticia permanente en los medios de comunicación. No se han usado ningún tipo de mascarillas mentales y vivenciales –estas serían construcciones emocionales o razonadas que evitan pasar hacia muy adentro los peligros y como reacción expanden hacia afuera la participación- para evitar sus estragos. Si se ha hecho algo, casi siempre se ha actuado tarde, mal y a desgana, con leves correcciones. Craso error. Ahí sigue, en tierra de nadie porque no hay vacuna mental inmediata y los laboratorios del pensamiento no están en ello o no se les hace caso. Bueno, algunos equipos investigan y razonan, como es el caso del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) o las organizaciones ecologistas como Greenpeace o Ecologistas en Acción. También otras implicaciones como la Fundación Bill y Melinda Gates, por poner solo unos pocos ejemplos; acaso citar también las continuas llamadas de la ONU.

(JORGE PARÍS)

Afrontar el cambio climático requiere escalas de cooperación global, todavía más exigentes que con la Covid 19; necesita cambios muy profundos en nuestro comportamiento actual en relación con el planeta y sus habitantes, entre el presente y el futuro. El cambio climático, como en el caso de la covid-19, traerá graves problemas de salud junto con transformaciones sorprendentes en la economía y en los estilos de vida. Algunos pueden parecer sorprendentes pero es probable que sean imprescindibles, y no servirá solo con protegernos con mascarillas construidas con sabiduría social y compromiso, o someternos a confinamientos y a portar permanentemente las mascarillas físicas. Como ha sucedido con la pandemia, el cambio climático lastimará mucho más a los más vulnerables tanto de los países ricos –mayores, con patologías previas, inmigrantes, personas invisibles, etc.- como a un porcentaje mucho mayor en los países de ingresos bajos o medios. Tendrá consecuencias graves en el sistema social, en la economía y en la salud, como ahora.

En el caso de la pandemia vírica hubo avisos no atendidos, fallaron los sistemas de alerta y la actuación de quienes dicen que nos protegen. Con respecto al cambio climático como emergencia global, ha sido largamente anunciado con alta probabilidad de que trastorne todo. A pesar de la reiteración de los científicos, las alertas son desatendidas por los Gobiernos y las empresas, incapaces de ver más allá de los números del PIB o de la ganancia mercantil; hay que decir que últimamente unos y otras se están vistiendo de verde, con trajes de fiesta en ocasiones pero con monos de trabajo en otras. Sin embargo, pasará el tiempo y llegará el olvido, que siempre es traicionero. Cabe sospechar que detrás de la dejadez esté la prepotencia y la soberbia de los seres humanos, que arrincona el acopio de argumentos con los que tendrán para enfrentarse a los desastres climáticos que llegarán. Como con la pandemia vírica, la fragilidad, esa propiedad consustancial con nuestra vida, debería ser la que nos impulsase a construirnos una mascarilla protectora a todos: Gobiernos, empresas y agentes sociales, también a la ciudadanía en forma de actuaciones para mitigar los efectos ya visibles y adaptar nuestros estilos de vida a nuevas realidades, siempre inestables.

No se nos debe olvidar que la crisis/emergencia climática es el resultado esperado de la sobreexplotación de los recursos naturales y el consumo irracional de todo, no solo de combustibles fósiles. La elevadísima concentración de gases de efecto invernadero no surge de casualidad, como defienden los negacionistas, gente del tipo de los esperpentos que mandan en los Estados Unidos de América del Norte o del Sur. Pero no son los únicos que se apoyan en falsas verdades y se desentienden de sus errores. ¡Como los Gobiernos de todo el mundo no tomen medidas drásticas del estilo de las que están derrotando la extensión de la pandemia, la convivencia universal se pondrá muy inestable! Una cosa parece clara: para que se tomen medidas radicales, pensando en la eficacia colectiva y no solo en los dividendos del capital circulante o escondido, hay que estar convencidos. No basta con decir en una encuesta que estado del medio ambiente preocupa mucho.

En este asunto de la acción colectiva frente a la emergencia climática tenemos un problema: no se ven los desastres acumulados en un par de semanas, por ejemplo, ni se conoce si se ha acertado tomando tal o cual medida. El cerebro humano no está entrenado para entender el efecto acumulado de los pesares; ¡Qué decir de la responsabilidad ciudadana! Frente a esta cualidad, el cambio climático es una sucesión de momentos y acciones más o menos críticas. Como pronto, si nos proponemos de verdad luchar contra los usos que generan el cambio climático, se tardará al menos 25 años en ver efectos claros. Lo del presente no es de ahora, viene de 50 o 25 años antes. Sin ir más lejos, las magnitudes en deterioro de la salud dentro de 25 años, si no se hace lo que se debe –combinación de medidas ecológicas, sociales y económicas- multiplicarán por mucho las de la actual pandemia. En estos días, buena parte de la gente admite como imprescindible el uso de la mascarilla. Es posible que se vean estampas similares en momentos concretos, en ciudades determinadas ante la contaminación del aire, una de las aristas del cambio climático. Hemos leído recientemente que las muertes evitadas por la evidente mejora en la contaminación a causa de la reclusión y la drástica reducción de la actividad han salvado hasta ahora el doble de vidas que se ha llevado por delante la pandemia vírica. La diatriba entre proteger la salud o la economía va a ser algo que habrá que gestionar con sabiduría acordada, no dándole la razón a quién más chille o más votos o dineros tengan.

Pero como siempre, habrá quien pasará del cambio climático, evitará el uso de mascarillas colectivas para pensar; esa gente se mantiene convencida de la supuesta individualización del destino. Así lo ha hecho durante estos días con la pandemia vírica.

Ocurrencias pandémicas sin vacunar

Un relato es una secuencia ordenada de hechos o ideas; otras veces una mezcla de apuntes varios, sin orden ni concierto. En fin, una reiteración sobre un asunto, más o menos banal. Quizás sea esto lo que sigue. Cada cual que interprete.

A menudo sentimos más necesidad de que los acontecimientos se articulen en relatos, para encontrarles un sentido.

El despiste actual nos impide ver que cada cosa que sucede es una parte de un sistema complejo, para bien y para mal.

En ocasiones, necesitamos algo o alguien que nos sirva de fuente de alivio. Ahora mismo sucede.

Debemos preguntarnos a menudo si somos o estamos siendo, si el ineludible cambio nos hace o nosotros construimos el cambio. La mirada condiciona el destino.

El límite de la saturación pandémica está superando sus niveles comprensibles; en este momento ya no sabemos a quién pedir cuentas ni dónde buscar socorro.

Las malas noticias de la pandemia, vestidas de salud y economía, giran en el vacío en el que se ha convertido el bien común, en unos periodos de confinamiento en los que casi han desaparecido la ambición y la codicia, ocultas por la felicidad íntima de pequeñas cosas, incluso agarrados a algo trivial que nos traiga un mundo suspendido.

Nos apremian tanto las incertidumbres que llegamos a pensar en el infierno, del cual Thomas Hobbes dijo que es la verdad vista demasiado tarde.

Levantamos cada día un muro de hormigón o de acero nacional frente al virus extraterritorial, sin querer reconocer que lo tenemos dentro.

Las fortuitas circunstancias de propagación no nos aclaran nada, ahora parece que la OMS sospecha que las neumonías del otoño-invierno pasado eran otra cosa más grave.

La OMS podría declarar a España como país con más expertos en virología y epidemiología, casi la mitad de la población creerá serlo. De otra forma no se entiende ese interés por contagiarse en la estampida liberadora de la fase 0 ni en el asalto a las terrazas de los bares en la siguiente fase, por no hablar de esas manifestaciones viarias para reclamar libertad.

Salimos de paseo, bastantes con una sensación de furtivismo de la que tardaremos en desprendernos, a pesar de la euforia que deberíamos sentir por no haber pillado el bicho. Miramos a los otros para huirlos al cruzarnos.

Necesitamos un ensayo sobre la lucidez. ¡Ilumínanos Saramago!, allá donde te encuentres.

Quienes gozan de escucha pública deben difundir menos insatisfacciones y dedicarse a resolver problemas.

La gente del campo reclama el protagonismo que les niegan los porcentajes de ocupación. Estaban ahí dándolo todo, a pesar de los olvidos sistémicos.
La inmunidad y la pandemia se persiguen. ¡A ver quién sale victoriosa!

La renovación cívica y moral es una de las puertas para que la sociedad salga con menos deterioro en su conjunto entró en esta crisis. Eso dice, más o menos, Michael Sandel.

Ante el freno de los que solo piensan en acelerar el tren económico ahora varado, costará lo suyo, cabe preguntarse si no sería mejor identificar las obligaciones que todos, tanto grandes agentes económicos como la simple ciudadanía, tenemos ante los demás.

La pandemia ha roto el vínculo entre la existencia placentera y el consumismo reconfortante.

Alguien apostó en que un buen engranaje social es el sentimiento de deuda con otros. En realidad, no es necesario conocer su situación, ni preguntarse si vive ahora o lo hará dentro de 50 años, si pertenece al mundo pobre o rico, tampoco hay que saber la religión que profesa.

Valdría preguntarse, para empezar, si mejorar un poco la vida de todos debe ser el primer objetivo de la (a)sociedad ilimitada que formamos.

Manifiestan algunos que tamaña injusticia social previa a la pandemia se va a acabar, con lo acostumbrados que estábamos a ella (sic).

Los trabajadores y trabajadoras sociales nos están haciendo más llevadera la crisis con sus cuidados, mercancías y otros servicios.

Buena parte de los más activos en la lucha tienen sueldos míseros, da la impresión que acordes con la consideración social que suscitan, irreconciliables con los imprescindibles servicios que prestan.

Cabe pensar si la contribución al bien común debería colocarse en el primer lugar para valorar una profesión.

Quién se atreve a decir que la gente sin nómina (mayoritariamente extranjera) no es esencial. ¿Dónde estaríamos sin ella? Regulación ya.

La economía de las grandes cifras, amoral casi siempre e inmoral también en ocasiones por las enormes desigualdades que ha generado, no puede ser la protagonista de la renovación moral y cívica que se necesita en estos momentos. Lo decimos quienes no entendemos de esto.

Las grandes corporaciones multinacionales carecen del sentimiento de deuda con los otros. Así no hay manera de establecer alianzas hacia el bien común.

Dicen que va a dominar una sociedad renovada que reconocerá el valor de todas las personas y profesiones, que partirá de situaciones críticas y vivificará nuevos ideales de dignidad para personas, y muy especialmente con quienes levantaron este país hace 50 o 60 años y los que ahora ponen su trabajo al servicio de los demás.

Urge concertar una Declaración General de Dependencia Universal que actualice la de los derechos humanos e incluya la dimensión de comunidad.

Todo es nada; nada es como antes. El relato se pausa, pero continuará.

 

(JORGE PARÍS)

Derivas de contaminación, la pandemia permanente en el aire cotidiano

Las imágenes de ciudades difuminadas en edificios ocultos y gente silueteada por la contaminación del aire, como las chinas en determinadas épocas, o Madrid y Barcelona, nos alertan una y otra vez de que la vida es aglomerada; en realidad un complejo invento que sirve mientras dura, permanece si no explota. La contaminación del aire es un signo distintivo de la urbanización; podría representar el símbolo de varios aconteceres que el tiempo ha ido combinando de forma más o menos organizada. Entre todos forman un escenario muy complejo que si hiciera falta concretar en una sola idea me inclinaría por decir que es mucha gente que aspira a vivir, sin más, o a vivir sin menos. Pero nada más formularla se complica ya que cada vez más gente se concentra en los mismos sitios y quiere hacer lo mismo.

Como la hipermovilidad era un signo del motor económico dominante hasta hace un par de meses, casi nadie se preguntaba si los rumores de los apocalípticos ambientalistas se confirmarían. Sorprendía la falta de escucha pues las muertes directamente relacionadas con la calidad del aire suponían en el año 2016 la cifra de 800.000 en Europa, 133 por cada 100.000 habitantes (European Herat Journal). La disminución/restricción de los movimientos motorizados – en España un 50 % de media según detalla en un informe Ecologistas en Acción-con la covid-19 ha devuelto la transparencia a los cielos de las ciudades chinas, europeas y suponemos que de todo el mundo, pues el transporte es el causante de más de la mitad de la contaminación. Pero el asunto es puntual y territorial, no nos felicitemos tan pronto. Según mide la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) en fecha 2 de mayo los niveles de CO2 en la atmósfera eran superiores a los de hace un año, pues cuando el dióxido sube es para quedarse un largo tiempo. Las organizaciones ecologistas y varias instituciones científicas que investigan la salud atribuyen esta contaminante pandemia sanitaria -ya permanente y con extensiones por todo el mundo- al descuido general, a la incompetencia de gobiernos y empresas y al egoísmo de todos, que impregna la vida en común. Por eso, desde su investigación acumulada reclaman que los coches pierdan protagonismo en las ciudades tras el paso de coronavirus. A la vez advierten de que los mensajes de las autoridades para la prevención al virus están desaconsejando el uso del transporte público, sin avisar de que la medida debe ser temporal, a la espera de concretar medidas acordes con los nuevos tiempos.

Cuesta entender que ante las cifras de afectados en la salud por la contaminación del aire no se produzca una acción gubernativa más contundente y que no haya una eclosión de la furia colectiva; una rebelión ciudadana que lleve a un cambio de estilo de vida. Será porque la gente piensa que respirar aire envenenado en nuestras ciudades es algo intrínseco a la existencia actual. Además, nadie muere de golpe en la calle o se lo llevan los servicios de emergencia, tampoco nos enteramos de que haya habido un ingreso generalizado de pacientes cardiovasculares o respiratorios. Por lo que fuere, las tímidas protestas que en algún momento saltan a los medios informativos, en forma casi siempre de rabias ecologistas o de jóvenes más o menos concienciados, no consiguen cambiar el cuestionable destino de los urbanitas. A pesar de que todo lo razonado sobre contaminación y salud por las comunidades científica y sanitaria fuesen simplemente rumores o falsas y tendenciosas informaciones; por más que procedan de la ciencia agrupada en institutos de investigación tan prestigiosos como el ISGlobal de Barcelona, que alertaba en febrero pasado de que casi la mitad de los casos de asma infantil de esa ciudad estaban relacionados con la contaminación del aire.

Si la tendencia de movilidad mostrada antes de la covid-19 se recuperase dentro de unos meses o años, va a resultar muy difícil que la ciudadanía puede escapar del peligro, de su gravedad y del grado de tormento que puede suponer vivir sin más; en este caso sí que vale el con menos, pero aplicado a la contaminación y a otros aspectos. Sucede esto en muchas calles de casi todas ciudades, pero lógicamente lo tienen peor las personas que viven en grandes urbes. Por eso se entiende que los urbanitas huyan fuera de ellas a la menor ocasión que tienen, un día festivo sin ir más lejos. Así, sus caravanas contaminantes añaden partículas al aire infecto, pues las echan el día que se van y el que vuelven.

Lo que sorprende es la distinta percepción de la creciente mala salud progresiva provocada por la contaminación y la emergencia sanitaria que ahora nos afecta. Tiene su explicación. En cada pandemia se ha buscado a los responsables de introducirla; casi siempre gente de fuera, agentes de otros mundos como sucedió en la peste antonina. Por el contrario, pensemos en la multiplicación de enfermedades ligadas a la calidad del aire respirado. Esta aparece como esa cosa, no siempre tangible, de la que muchos hablan y poco conocemos la gente corriente. A pesar de que cada vez haya más voces que dicen que se trata de una consecuencia de las derivas de la vida actual. No hay culpables identificados ni vector cero señalado, ¡Cómo llamarla pandemia!

Habrá que decirlo más veces o más fuerte: la plaga contaminante no viene de fuera, está dentro. Golpea ya a muchas personas, en sitios muy diversos y alejados. Sería el momento de reparar en ella, ahora que la preocupación por la salud universal parece que se ha despertado. Vendría bien pensar colectivamente si, al hilo de la covid-19, no merecería llevar a cabo un replanteamiento universal de hacia dónde nos dirigimos, qué queremos ser pasados unos meses o años. Algunos estudios, pendientes de mayor profundidad y acompañamiento, asocian contaminación del aire y mayor incidencia del coronavirus, en particular por la previa exposición a las PM 2,5 que perjudica a los sistemas respiratorio y cardiovascular y aumenta el riesgo de mortalidad. También se dice que el virus viaja más lejos cuando se une a estas partículas contaminantes. Por eso, urge redefinir la vida en relación con el efecto contaminante del masivo uso del transporte privado.

Da miedo tal calamidad de salud, pero este temor provoca respuestas diferentes en contextos similares. Es hora de afrontar situaciones derivadas de la vida actual, basada en el logro inmediato de los deseos; es lo que venden ciertos dirigentes y casi todos los entramados comerciales y empresariales. Una última sospecha a modo de corolario: habrá que pensar si cuando se teme a algo que hemos construido nosotros no será porque le hemos concedido demasiado poder.

(EP/ARCHIVO)

La verdad en tiempos de la Covid-19

Es posible que el momento actual hubiera inspirado a García Márquez una nueva novela sobre la condición humana, trayendo a cuento alguno de sus grandes amores y desafectos. En este convulso periodo pandémico, la gestión de la verdad ha sido una de las dolencias más extendidas, lo cual nos da argumento para hilvanar este y muchos artículos. No es aventurado empezar opinando que cada cual construye con los hechos y sentimientos una idea/verdad, que se está viendo bastante condicionada por aquellos que chillan más o dicen las cosas con palabras más gruesas. Esta estrategia belicosa la emplean bastantes los actuales grandes opinadores que invaden las cadenas de los medios de comunicación, incluso algunos ejercen de soliviantadores de oficio. Qué decir de los políticos que hacen interpretaciones banales de lo que la ciencia ni siquiera se atreve a considerar imaginariamente cierto. En el castigado escenario español de la Covid abundan de los unos y de los otros. Así no es de extrañar que cada vez sean más los ciudadanos que ya no soportan sus peleas para defender su parcial interpretación de la pandemia y sus consecuencias. ¡Con lo bien que nos iría una verdad acordada! Al despiste contribuyen las autoridades sanitarias de algunas CC.AA. y el Gobierno. Ni siquiera se ponen de acuerdo para contar afectados; cada cual utiliza sus varas de medir para atizar al otro. Suponemos que habrían de considerar los detalles de aquello que Antonio Machado apuntaba en el sentido de que “la verdad es lo que es, y sigue siéndolo aunque se piense al revés” o cuando se pregunta en un proverbio de Nuevas canciones. “¿Dijiste media verdad? Dirán dos veces que mientes si dices la otra mitad”.

La mayoría de la gente va buscando razones para explicar lo que no entiende. Había visto en muchas películas aquello de “Jura decir toda la verdad y nada más que la verdad”, y se había creído el lema existencial. Toda la sinceridad es simplemente un deseo porque quienes saben más se guardarán una parte, bien porque dudan o quizás porque no quieren que el resto de la gente los incomode con preguntas inconvenientes, pues ya se sabe que hay una tendencia cada vez más extendida a dar al pensamiento o a las palabras munición crítica para molestar a quien tiene responsabilidades. Si bien, todavía bastante gente quiere sentir veracidad en el ejercicio de transparencia informativa a la que están obligados quienes tienen algo de poder. Habría que volver a reparar que no es lo mismo una verdad que la verdad, se tratan de ámbitos metafísicos y epistemológicos que a veces se entienden y otras no. Tampoco olvidar que no es sencillo compatibilizar las diversas perspectivas que cualquier escena de la realidad admite. Habría que considerar la claridad de aquello que alguna vez escribió Daniel Innerarity de que la sociedad es un conjunto mal avenido de perspectivas.

Buena parte de la evidencia de hoy cambiará mañana pues los científicos nos avisan de su sabia y prudente ignorancia acerca de la evolución de la respuesta biológica a lo desconocido. Por eso se reservan algo. Porque a veces, el conocimiento de los detalles lastima las esperanzas, la sinceridad no siempre es generosa. No todas las personas digieren igual lo que conocen, por más explicaciones que se den, pues cada cual gestiona lo presuntamente cierto a su manera. En consecuencia no parece descabellado oficiar las verdades para que impregnen bien la voluntad común. Pero aun con la dificultad del momento, de esta covid se pueden extraer enseñanzas. Puede ser que algunas se conviertan en inseguras certezas. Valga como ejemplo el asunto de la movilidad personal y social, que a lo largo de las últimas décadas habíamos asociado a libertad.

(JORGE PARÍS)

En estos días de confinamiento algunos miramos por la ventana para que la verdad se aparezca. ¡Qué ilusión más hipotética! Es mejor eso que escuchar noticias y datos que no hacen sino configurar un mundo marcadamente ruidoso, demasiado grande, excesivamente rápido. Casi la reclusión resulta un alivio momentáneo para quienes no somos extrovertidos hiperactivos. Nos llama el tiempo para decirnos que necesita algo más que un reloj para medir las certezas, para calcularnos cuándo las encontraremos. Nos recuerda que quien marca su ritmo es la inmensa red social -ahora parcialmente confinada- en busca de sus verdades, esas que están condicionadas por millones de invisibles hilos de influjos y dependencias.

Lo cierto, mal que nos pese, es que somos débiles e indefensos ante amenazas víricas o de otro tipo. Necesitaríamos muchos y mejores cuidados, desinfecciones varias. También el jabón andaba como protagonista, en este caso de desencuentros de pareja, para el médico Juvenal Urbino, ese que se dedicó a acabar con el cólera según cuenta García Márquez. Aún es más débil toda esa gente cuya vida ya era complicada, que necesitaba y no tenía el socorro de quienes gozaban de seguridades varias; ahora lo único que desea es su supervivencia. La verdad no reconocida se podría llamar también miedo a la enfermedad, que los hipocondríacos, somos legión aunque no lo parezca, adornamos con argumentos para ponernos a salvo. No dudamos en criticar lo de los otros si no nos acomoda, tratándoles incluso de mentirosos compulsivos. Mal que nos pese, aunque dañe nuestras conciencias, una afirmación candidata a verdad es que somos diferentes, o menos iguales de lo que dábamos por supuesto y pocas veces nos molestábamos en desentrañar. Pero, ¿quién sabe si la Covid nos ha hecho más iguales? No ha distinguido entre razas, países, edades, ricos o pobres, célebres o anónimos, etc., por más que sí se haya cebado con los vulnerables.

Lo más probable es que la crisis actual socave principios que creíamos inamovibles, casi religiosamente ciertos. Podríamos empezar a reconocer que estábamos engañados por las verdades ocultas cuando creíamos que lo podíamos todo y el mundo nos pertenecía para siempre. Se avecinan escenarios nuevos; necesitamos papeles y verdades más consolidadas para afrontarlos. Incluso han quien dice por ahí que tras esto emergerá un nuevo orden mundial. Acaso nos preparará para otra batalla –que llegará aunque no se sabe ni cuándo ni cómo- dentro de una nueva realidad que no alcanzamos ni siquiera a imaginar. Lo que sí lleva camino de ser probable es que muchas cosas no serán como antes. “En este mundo traidor, no hay verdad ni mentira: todo es según el cristal con que se mira”, dijo Ramón de Campoamor.

Solo un deseo para terminar. Que no nos suceda aquello que cuenta García Márquez del matrimonio protagonista de El amor en los tiempos del cólera que “si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría llega cuando ya no sirve para nada”. Posiblemente la única verdad absoluta es su relatividad; algo así dijo André Maurois y puede que estuviese en lo cierto. Casa con el francés aquello que expresaba Machado en lección de Juan de Mairena a sus alumnos en el año 1936: “La inseguridad, la incertidumbre, la desconfianza, son acaso nuestras únicas verdades. Hay que aferrarse a ellas”. Parece que estaba hablando de la Covid-19. El tiempo nos traerá detalles ciertos o dudosos pues las ideadas verdades, compartidas o no, acertadas o no, son una parte de su discurrir si sabemos medirlas bien para seguir adelante con menos desigualdades.

Pasado mañana de anteayer

Lo que sigue es más que nada una conversación con uno mismo, por tanto cargada de subjetividad. ¿Quién sabe si puede servir a alguien más? En este escenario que nos ha tocado vivir sucede todo tan despacio que uno no acaba de entender qué día es hoy. Si el que sumó uno a ayer o el que restó algo al mañana. A la vez, los ciclos pasan sin darnos cuenta; cada cual tiene su calendario, a veces una misma hoja contiene muchos renglones de escritura. El número del mes apenas importa, 18 es más o menos lo mismo que 24; si es lunes o viernes casi es lo de menos, a no ser que se trabaje de forma presencial o telemática. Las jornadas se cuentan y sin quererlo te pasas al descuento que no sabes de qué restarlo; que se lo pregunten a quienes fueron atrapados por la espiral pandémica o a la gente que cuida.

El hoy se ha dilatado tanto, por las similitudes entre las jornadas, que parece que las 24 horas que antes lo delimitaban tienen una duración indeterminada, acaso interrumpida por las noches, más o menos durmientes. El reloj, tan reconocido hasta hace poco, ha perdido su función primordial para muchos de nosotros. Si miramos bien, de verdad, queda reducido a un amasijo de cuestiones puramente biológicas, propias y ajenas. Acaso logremos algo de paz emocional si se recuerda lo que sucedió anteayer, aquel lejano estadio de hace un par de meses. Sirve para no lamentar el pasado mañana, o creer que estos días que llevamos de confinamiento sean simplemente un paréntesis. En esta condición colectivo de shock hasta ha perdido casi todo su valor el “más pronto que tarde”, porque a nada que te descuides compite con su contrario.

Empiezas a sumar desde el 15 de marzo, más que nada para ser consciente de tu templanza y ahora te enteras de que la cosa empezó mucho antes, en febrero y llegó por distintas vías. El calendario se desdibuja, casi se ha borrado el mes en el que nos encontramos; de él han desaparecido efemérides y fiestas. Algunas se retrasan, otras se suspenden para pasado mañana, pero ya no será lo mismo. Poco hay que celebrar colectivamente, aunque quienes sufren directamente el impacto de los días sufrientes soporten las cosas de otra forma, sobre todo si no aciertan a ver el mañana, mucho más si el anteayer ya los tenía malheridos. Perdimos la cuenta de los que faltan, esos que dejaron de mirar el calendario. Para los no infectados por ahora, el desconcierto con pena. El tiempo desapareció tras las rutinas, aunque estas ayuden a sobrellevarlo mejor. En momentos concretos, da casi lo mismo que los números de damnificados crezcan o se estabilicen, pues ni siquiera de eso hay seguridad.

Hablan los que saben de cifras y datos, comparan con ayer o anteayer, periodos que no se sabe si es cuando empezaron a contar. Tras los números vienen los porcentajes, sostenidos o crecientes, mezclados con criterios cambiantes. Se diluye el tiempo, qué más da. Las gráficas tratan de esclarecer el futuro que tampoco tiene marca en el calendario. Seguro que será pasado mañana, en un mes, un año o quién sabe. Hay números para pensar en positivo o no tanto; depende de quien los lea. Ya lo versó el poeta Ángel González: “Ayer fue miércoles toda la mañana./ Por la tarde cambió:/ se puso casi lunes,/ la tristeza invadió los corazones/ y hubo un claro/ movimiento de pánico/…/Por eso mismo,/ porque es como os digo,/ dejadme que os hable/ de ayer, una vez más/ de ayer: el día/ incomparable que ya nadie nunca/ volverá a ver jamás sobre la tierra”.

Tiemblan incluso quienes disfrutaban de todas la bienaventuranzas, no digamos aquellos que ya tenían un pasado extremadamente vulnerable, que son en parte una sombra derribada que no sabe como pronunciar el mañana. El virus se ha enseñoreado por todos los lados, ha puesto en quiebra el neoliberalismo de anteayer, que dicen estaba sustentado en un proyecto ideológico de libertades: ganancias sin límites que han debilitado hasta las instituciones supranacionales que antes miraban hacia el futuro para librarnos de las incertidumbres de anteayer. Ha sido un golpe brutal en su línea de flotación, supuestamente asentada en el beneficio para todos cuando hay mucho a repartir. Tanto ha cundido el desánimo que mucha gente se pregunta dónde ha quedado del espíritu combativo colectivo de hace unos 40 años.

Dicen que estos episodios nos devolverán un poco la humildad de tiempos pasados, más o menos remotos, que para nada eran la Arcadia feliz. Lo que sí es seguro es que nos han recordado la fragilidad de pasado mañana. Pocos se atreven a pronosticar cuándo y cómo llegará ese momento. No hay garantías sobre lo que surgirá después, este año y los siguientes. Si atendemos a los augures económicos es para ponerse a temblar. En particular quienes ayer ya vivían en precario, cuando el dinero no alcanza. Como se vuelva a los sistemas mercantiles de anteayer cualquiera sabe la revuelta social que puede generar. No la queremos. Por eso, huimos de las previsiones económicas, para no hundirnos en el desánimo. Nos preguntamos quién pagará todo lo que necesitamos para volver a la diferente normalidad que pronostican los que mandan. ¿Quién socorrerá a los vulnerables que ya lo eran y ahora han visto crecer la distancia social en sus vidas?.

El pasado mañana era cosa de otros, ahora es temido por todos, inexorable. No estará exento de espantos; el cambio climático arreará fuerte. Por eso, es urgente prever una renta mínima básica, como un derecho humano. Cada euro o dólar que se invierta ahora mismo traerá algo de legitimación del concierto colectivo, el único que asegura el futuro, si es que existe tal cual lo imaginamos. Cada euro entrará en la cadena mercantil viajando tras dar muchas vueltas a no se sabe dónde -puede que una buena parte hacia los acaparadores- pero al menos habrá librado en algún momento de la penuria particular. Parece indudable que una sociedad que tiene mal repartida la riqueza no solucionará mañana las sucesivas crisis que le van a llegar. Hemos oído comentar que los países septentrionales europeos -que ya no son lo que eran por cierto- pasarán menos males que los demás porque las desigualdades no son tan grandes. Algo similar se dice de Nueva Zelanda, algunas de cuyas últimas prevenciones están en las antípodas de las de aquí. Lo que sería bueno, conveniente incluso para los privilegiados pues de otra manera se les estropea el negocio, es que se articulase un pacto social, intergeneracional, marcadamente ambiental.

Pasado mañana no será como anteayer. Acaso tenga una liturgia propia. ¿Quién sabe? En ocasiones, cuando la mente se adorna de ilusiones se aclara un poco, aunque mantiene veladuras. En esos momentos, imagina proyectos y esperanzas. Los compartimos con quienes tenemos cerca para acrecentarlos; los enviamos vía Internet, a cuanta más gente mejor. Aunque el ejercicio sea efímero nos reconforta, volvemos a mirar bien el calendario, con cautela, eso sí. En el tiempo prolongado de los días monótonos nos llegan imágenes de cierta esperanza. En España, las lanzan batallas personales superadas o gente con ropaje sanitario, y de otros colores. Las emociones que transmiten nos evocan una pasado mañana un poco menos agresivo. Es de esperar que toda esa gente tenga pocas dudas de que hace falta un nuevo contrato social, más centrado en las personas, más acogedor con los más vulnerables, menos obstruido por los múltiples egoísmos de los partidos políticos. Portugal en el horizonte, por si no queremos mirar muy lejos.

Una niña mirando desde su balcón. (EUROPA PRESS)