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La grandeza de los sencillo, sin ir más lejos

Esta entrada comienza con una elegía al pino carrasco; uno más entre los seres vivos olvidados. No busquen en Google cosas diferentes a aquellas en las que los naturalistas o forestales hablen de sus cualidades. Piensen, o pregunten a su alrededor, sobre esta especie. En clase la lancé a mis alumnos y la escasa respuesta fue nada; a lo más que sería un pino y tendría hojas. Como mucho que pertenecería a la insigne estirpe de las coníferas.

De acuerdo, es una rareza de quien esto escribe, que podría haber elegido cualquier otro árbol para demostrar su enorme aportación a la salud planetaria, en forma de absorción del dióxido de carbono presente en el aire que respiramos los humanos. Pero nos gusta este pino, muy presente en la estepa en donde nacimos y sentimos el color y el dolor de la naturaleza viva. Su figura no es esbelta, su porte escapa a la grandiosidad de otros pinos más insignes; desgarbado la mayoría de las veces. Pero su grandeza la marca su adaptación a unas condiciones climáticas extremas: allá donde el agua escasea, hace mucho calor en verano y las temperaturas son frías en invierno; en suelos poco agradecidos. Pinos que agrupados, o repoblados, rara vez forman bosques, se quedan en bosquetes en combinación con matorrales diversos, pero adornan desde siempre el entorno mediterráneo, allá por donde florecieron nuestras culturas occidentales. ¡Quién sabe si Atenas estuvo alguna vez rodeada de Pinus halepensis! Acertado nombre que le pusieron quienes se inventaron aquello de las claves para clasificar seres vivos, seguidores sin duda de Linneo, para recordarnos a Alepo, allá donde floreció esta especie al lado del arte de los romanos y ahora casi nada existe pues la destrucción de la guerra en Siria acabó con todo.

¿Cómo lo habrán sobrellevado los pinos supervivientes? Se dirán cosas o se transmitirán estímulos, como hacían los árboles de El Bosque animado de W. Fernández Flores. Sus voces serán a veces lamentos, como los que emite el alma de Alepo que siente el dolor en sus gentes y en sus resistentes pinares, relictos e indómitos; acaso de unos pocos ejemplares. “Allí cuando anochece se estremecerían los pinos, y no sería de frío”, escribiría M. Benedetti. Son tan pocos, están tan doloridos, que apenas intercambian ya desdichas y temores, no sabemos si querrán decirnos algo cual poema de Gabriela Mistral:

El viento reposa
y el pinar se calla,
cual se calla un hombre
asomado a su alma.

Pinares diversos, como aquel que dibujaba Anton Chejov en su relato Un drama de caza donde describe un pinar, no sabemos de qué especie dominante: “Los pinos crecen todos de la misma manera, cada uno es igual a los otros, y en cada estación del año conservan el mismo aspecto, sin conocer el sentimiento de la muerte ni la renovación de la primavera. Sin embargo, su parsimonia tiene cierto atractivo, su inmovilidad, su silencio parecen expresar pensamientos tristes”. Sin querer llevar la contraria a Chejov, es la diversidad lo que transmite unidad al pinar, cada porte tiene su estampa en un ejemplar diferente; acaso hasta su resina quiere decirnos algo. Cual paisaje social, donde el aspecto uniforme silencia el atractivo de cada individuo.

El pino carrasco no es como otros árboles, sin duda más admirados. No está entre los nominados para el árbol europeo del año 2021. Pero es ecoeficiente como pocos, por eso ha colonizado tantos territorios. Su metabolismo es un modelo para todos en estos tiempos de escaseces de agua y bruscos cambios meteorológicos. Su preparación xerófila y heliófila le ha permitido colonizar los suelos de bosques degradados en otro tiempo dominados por encinas u otras especies. En la España vaciada lo saben bien: se fueron las personas y muchas veces los pinos vinieron a relevarlas en sus campos abandonados. Las sequías prolongadas no le asustaban hasta ahora pero teme por su futuro, por eso del cambio climático.

En esta vida, pesa demasiado lo pretendidamente útil, lo exageradamente atractivo, también en la naturaleza. A muchas personas, educadas en la potencia de la naturaleza exhibida en documentales y películas famosas, los destellos selváticos anulan la fisonomía paisajística de lo sencillo. Algo parecido sucede en la vida corriente, plagada de estímulos irrelevantes. Lo pequeño, lo insignificante culturalmente, puede ser bello y sentirlo afectivamente próximo. Exhiben sabiduría quienes son capaces de ver que las cosas simples tienen cualidades extraordinarias, porque en realidad todo es complejo y no existen valores absolutos en la naturaleza, vino a decir Einstein. Necesitamos interpretar lo que cada día nos sucede para encaminar el modelo de vida, aquel que nos irá mejor como colectivo para llegar en condiciones más favorables a la siguiente década, y a las que van detrás. Las grandes epopeyas como la Agenda 2030 se escriben con pequeñas acciones, sencillas, sin recovecos. Lo pequeño es hermoso porque contiene leves trazos de vida, como si la gente importara en la economía global y en la naturaleza; algo así pregonaba E.F. Schumacher. Sin ir más lejos, ahora mismo y en cada lugar.

Cada persona tiene experiencias que haría bien en compartir; momentos de felicidad en relación consigo misma y con los seres vivos corrientes. Con todas vivencias se compondría el “Libro de las cosas sencillas que hacen que la vida sea grandiosa”. Tendría muchas páginas, y llevaría por caminos que mostrarían la complejidad de la vida, la multiperspectiva a la hora de emocionarse con lo bello, lo necesario, lo pequeño, lo desconocido, acaso lo útil o inútil. También habría páginas dedicadas a la dependencia de los otros, o de esa biodiversidad aparentemente insignificante, a la variabilidad como propiedad positiva, a la convivencia como estrategia imprescindible, a la extraordinaria relevancia de las cosas sinceras. En el epílogo seguro que aparecía la invitación a la humanidad a ver los episodios cotidianos de otra forma, de pararse a pensar un momento si está dispuesta a imaginar otro mundo, para que no camine impasible hacia el crecimiento desmedido de los grandes parámetros económicos, que tanto cuestionó E.F. Schumacher.

El pino carrasco – un modelo de sobriedad sin aspavientos- era solamente una bonita excusa para ensalzar la búsqueda de una sociedad reflexiva y comprometida, que sea capaz de apreciar la grandeza de lo sencillo. Aun así, cuando lo veamos por el monte saludémosle, cual si fuera un ciudadano de Alepo; alguno incluso lo encontraremos por las calles de nuestras ciudades y pueblos.

(Carmelo Marcén)

El Índice de Desarrollo Humano se lamenta de algunos exclusivismos

El PIB se utilizaba con exclusividad para indicar si un país era rico o pobre. Ya está desfasado, aunque en términos económicos siga teniendo su tirón. Se adornaba con aquello de la renta per cápita, pero ese dato también escondía trucos contables, pues no decía lo que realmente correspondía a las personas según sus condiciones sociales o laborales. Se vio que la cosa era complicada. Después, para hacer una foto más nítida de los países y poder comparar los niveles de bienestar, se empezó a emplear más el IDH (Índice de Desarrollo Humano) porque habla de personas más que de dineros, productos elaborados y vendidos y esas cosas. Simplificando, se podría decir que mide la situación general de un determinado país con respecto a una serie de parámetros (esperanza de vida al nacer, años de escolaridad, renta per cápita) que en conjunto podríamos calificar como “bienestar colectivo”.

Si realizásemos una lectura lineal del IDH mundial habría que felicitar a aquellos países que están en los mejores lugares de la tabla; sin duda merecen un reconocimiento general. Así nos sale un club de países buenos cumplidores con su gente (desigualdad, género, pobreza multidimensional, etc.) y otros que no lo son tanto. Se ordenan en desarrollo humano muy alto, medio y bajo. Pero en la tabla también figuran diferenciados por regiones, pertenecientes a la OCDE y más ámbitos. Interesante darle una vuelta a estas tablas para conocer diferencias. A casi nadie le extrañará que Noruega, Irlanda, Suiza, Islandia, Alemania, Suecia, Australia, Países Bajos, Dinamarca y Finlandia ocupen las diez primeras posiciones en el último IDH, no hemos considerado Hong Kong como país por diversas circunstancias. Por cierto, España se encuentra en el lugar vigésimo cuarto.

Pero hoy casi nada es tan sencillo de interpretar. Estar entre los primeros 25 o 50 países que pertenecen a ese club exclusivo de los mejores supone un peaje para el resto, los menos afortunados, como más adelante detallaremos. Siempre se ha dicho que cuando se reparte un conjunto, llamémosle riqueza o bienestar colectivo, si hay quien gana mucho seguro que otros muchos pierden algo, o bastante. Si esto lo miramos con ojos de ética global, habrá que consensuar límites para que las previsibles condiciones de vida entre las personas que habitan unos y otros no sean tan diferentes. Los gobiernos e instituciones internacionales deben implicarse en trabajarlo ya, la ciudadanía de los privilegiados debe ser consciente del asunto. En la vida corriente, también dentro de cada país, casi todo –nosotros lo aplicamos a desigualdades varias especialmente- dura más de lo que debería, contaba Cortázar; adagio que va bien tanto para los países que ganan siempre como para los perdedores. Quizás sea por eso que el Informe sobre Desarrollo Humano 2020 (IDH 2020) del PNUD (Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo) lleva por título La última frontera: el desarrollo humano y el Antropoceno. Por cierto, no estamos hablando del maravilloso mundo por muchos deseado sino de algo que se llama justicia social global; asunto que está siempre sometido a controversias ideológicas y pragmáticas sobre las que no vamos a entrar aquí pero que merecerían la atención.

Detengámonos en primer lugar en la portada del informe, todo un ejercicio de sincronía de interacciones. Cada símbolo dice mucho, por sí mismo y por los que tiene al lado. La silueta del planeta aparece varias veces, como se merece cualquier conjunto unitario, máxime si está sometido a tantas presiones antrópicas. Pero hay cadenas y mallas que nos hablan de relaciones entre seres vivos, ruedas y otros mecanismos que giran junto a otros. Alianzas conviven con personas que se juntan, con recursos de los que se enfatiza su reciclaje, su economía circular. Es algo así como un árbol de ramaje circular, con raíces diversas y bien fundadas. Por cierto, se muestra animado en https://report.hdr.undp.org/. No nos quedemos con una interpretación subjetiva, realizada bajo la emoción del que escribe o lee. El objetivo sería llegar con esperanzas abiertas hacia el año 2030 y en ese momento ponernos a pensar sobre el devenir del Antropoceno del que habla el informe.

Enseguida llaman la atención los epígrafes de las partes en las que está dividido. Se podría decir que escriben una enciclopedia de vida: definir la senda de desarrollo en el Antropoceno; ser conscientes del alcance, la escala y la velocidad sin precedentes de las presiones humanas sobre el planeta; empoderar a las personas en pro de la equidad, la justicia social, la innovación y el cuidado de la naturaleza; actuar para cambiar basándose en un modelo de desarrollo humano responsable con la naturaleza; crear incentivos para desenvolverse en el futuro, etc. Merece la pena reflexionar sobre ellos tanto a escala personal como en los círculos de convivencia. ¡Qué decir de lo que deberían de hacer, construir, administraciones y empresas!

Pero retomemos el primer párrafo: si hay países que lo tienen mejor, en conjunto y sus habitantes, es a costa del planeta en su conjunto y del resto de las personas de otros países y de los seres vivos. En el informe hay tal cantidad de ideas, figuras y cuadros que excede lo que podemos traer aquí. Volveremos con más entradas. Por ahora nos vamos a detener en una comparativa entre el modelo IDH de antes y el nuevo, centrándolo en algunos de los países que citábamos al principio. Noruega por ejemplo cae 15 posiciones en la lista si se incluye la presión que ocasiona al planeta por sus emisiones de dióxido de carbono y la huella ecológica de su elevado consumo. ¿Dónde van todos estos desperfectos?, buena parte no lo hacen a su territorio, por supuesto. Otro tanto se podría decir de Islandia, la cuarta en la lista, que retrocede 25 lugares o Australia, que interconectada con el mundo occidental y formando parte de él pero situada en la antípodas, retrocedería más de 70 puestos.

El informe identifica esas cuestiones con transgresiones, lo que se traduce en exceso de presión sobre el planeta. Se refiere a las emisiones de dióxido de carbono, al uso de nitrógeno como fertilizante, al uso de agua dulce en todos sus procesos de vida, a los cambios en las áreas forestales y a la huella ecológica. Si contásemos esto, el IDH renovado colocaría a los diez primeros países por debajo de Dinamarca, ahora colocada en el puesto 73. Como podemos apreciar, el “club de los exquisitos” en el IDH no lo es tanto. Solo un ejemplo más para corroborar lo que hablamos. Níger, que ocupa el lugar 189 de la lista según el método clásico con un IDH 0,394 (el de Noruega era 0,957), tendría un IDH ajustado de 0,989 si contásemos sus escasas presiones planetarias. Pero claro, no debemos concluir por eso que este país sea el paraíso terrenal; nunca debemos olvidar el resto de los indicadores (desigualdad, género, pobreza multidimensional, etc.) de los que hablábamos al principio. Por cierto, los últimos 12 puestos del listado son naciones africanas. ¿Qué pensarán sus habitantes de esto del IDH? ¿Cómo nos mirarán a nosotros al conocer las noticias que ahora vuelan? Acaso sea esta una de las lanzaderas de los trágicos movimientos migratorios de tantos jóvenes africanos.

Como vemos, los datos dan para mucho. Tanto mirarnos en el espejo de los nórdicos y resulta que son, como el resto de los países ricos, consumidores de un planeta que en justicia no es propiedad de nadie. Por todo esto, más justicia universal ya, para que el IDH refleje menos diferencias y no avoque su lectura a tantos lamentos. Aún le damos vueltas a aquello que se decía de que “el desarrollo desarrolla la desigualdad”, por si el argumento está explícito en el IDH 2019.

En la contraportada del informe se insiste en el grave efecto de la pandemia en todo esto; tanto que el mecanismo interactivo y progresivo representado en la portada se vería alterado. Volveremos sobre el tema; hasta el año 2030 hay mucho que hacer.

 

 

Miradas al planeta a flor de piel, con arte y emociones

En la entrada anterior nos preguntábamos por el estado de nuestro planeta, sobre si el mantenimiento de su entropía sin excesivos sobresaltos suponía beneficios para él o más para nosotros. Sobre esa cuestión acaba de publicarse una entrevista a la doctora María Neira, directora de Salud Pública y Medio Ambiente de la OMS. En ella, al hilo de la deforestación y su incidencia en la propagación de virus recientes, afirmaba que el planeta sobrevivirá a nuestros desmanes, pero que la especie humana se verá muy perjudicada por lo que provoca o incentiva. Quienes lo deseen pueden conocer con más detalle las claves que da la Doctora Neira para acometer la necesaria recuperación verde del planeta, en realidad la modificación de las prácticas humanas para mejorar la vida colectiva. No son quimeras, tienen bastante que ver con las necesidades de proteger nuestras vulnerabilidades.

Cada vez son más las personas, centros de investigación e instituciones que manifiestan lo mismo: lo que hagamos con el medioambiente global repercutirá en nuestra salud. Traemos aquí una manera de interpretarlo en donde se mezclan arte y emociones. Se trata del corto Cambio a flor de piel elaborado por el Instituto Pirenaico de Ecología del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), de la mano de Graja Producciones, para preguntarnos dónde estamos y hacia dónde vamos. Con sus mensajes hemos compuesto los nuestros, algunos pueden ser de todos, ahora mismo o dentro de poco. Se trata de transformar comportamientos para que todos ganemos en salud, y de paso mejorar la del planeta para que con ella se sientan más sanos quienes vendrán detrás.

El documental recoge miradas y mensajes sobre nuestra casa: el planeta. Vamos a seguir su relato para darnos cuenta de los detalles y emociones que transmite. Es la única casa que tenemos; en la anterior entrada ya comentábamos que no existe el planeta B. Nos ha cuidado pero está cambiando. Con nuestro calor y humo estamos elevando su temperatura, tanto que el planeta está en alerta pues ya calza otras huellas nuestras. Además el agua grita, nos dice que la tierra se seca a la vez que los mares no ven el reflejo de tiempos pasados. Siempre queda una memoria que recoge su pasado, está escrita en las páginas de su libro, prestas a ser leídas e interpretadas; un resumen escrito del confuso camino de la vida. El planeta tiene muchas bibliotecas por los lagos, la tierra o en las montañas. En el fondo de todo hay mensajes secretos escritos tanto en forma de minerales como de seres vivos. También luces visibles u ocultas en los bosques que fueron y no son; en estos nuestros ojos se sorprenden con las heridas de la tierra.

Pero hasta en el lago malherido, que recoge el eco de la montaña en su espejo, la vida rebrota en forma de diatomeas, piedras preciosas del agua las llama el documental. Por muchos sitios, el grito de las raíces hará renacer hierbas que buscan en el polen su vivencia nueva, extensible a muchos mundos. ¿Podrá el sonido remoto aullarnos hasta el respiro de la Tierra?, se pregunta, más bien deberíamos respondernos nosotros para levantarnos en su ayuda; es posible. Siempre queda abierto en cada mano el cuidado del paisaje global del planeta, esa piel que ahora lo cubre, matizada, más o menos embellecida con los colores de la vida. Conviene mirar el planeta desde las emociones que nos aportan visiones creativas como esta que nos proporciona la lírica construida por Graciela Gil-Romera, Alejandra Vicente de Vera y Penélope González Sampériz, entre otras personas.

(Prof. Gordon T. Taylor, Stony Brook University – corp2365, NOAA Corps Collection. Dominio Público)

O hacerlo de la mano de Wlath Whitman (1819-1892), del que se habló mucho en el bicentenario de su nacimiento, pues se resaltaba su reconocimiento de la naturaleza. Su exaltación no como algo independiente de nuestro destino, “sino como realidad en la que se proyectaba el yo, habitada por el yo, en última instancia, al servicio del yo; un yo tanto individual —el del poeta, el de cualquier persona individualmente considerada— como social”, se dice en el blog del poeta Eduardo Moga. En Yo soy el Poema de la Tierra, reeditado no hace mucho podemos acercarnos, a pesar del paso de los años, a una visión de la naturaleza en cierta manera inédita, o escasamente atendida, o quizás complementaria de la que tenemos ahora quienes flirteamos con esa idea que se llama ecologismo positivo.

Acaso valga mirar la tierra desde el espacio. Lo que National Geographic llama “un viaje épico en el que descubrir los procesos y fuerzas invisibles que sostienen la vida en nuestro planeta”, lo que algunos identificamos con la entropía hecha imágenes. Si se quiere plenas de estética o contradictorias, por las que viajan placeres y desastres, naturaleza y personas; parece saludable o peligroso, previsible o incierto, etc. En “La sal de la Tierra” se recoge una visión emocionada de la piel del planeta de Sebastiao Salgado, dibujada con trazos diversos. Está accesible en HBO y varias plataformas.

Para terminar esta entrada sobre el planeta, un pequeño fragmento que supone otro reto interpretativo, como los muchos que nos plantea el poeta Vicente Huidobro:

Y os digo que el planeta que atravesó la noche
No se reconoce al salir por el otro lado
Y mucho menos al entrar en el día
Pues ni siquiera recuerda cómo se llamaba
Ni quiénes eran sus padres
Dime ¿eres hijo de martín pescador
O eres nieto de una cigüeña tartamuda
O de aquella jirafa que vi en medio del desierto
Pastando ensimismada las yerbas de la luna
Algún día lo sabremos
Y morirás sin tu secreto
Y de tu tumba saldrá un arco-iris como un tranvía…

Al final de todo se trata de mirar al planeta para verlo. No solemos hacerlo a menudo, o no percibimos siempre el mismo. Porque, digan lo que digan, la Tierra se mueve (Galileo Galilei).

El planeta es como es; no le pidamos imposibles. Más bien ayudémosle

El planeta Tierra es algo multiforme. Cada cual lo percibe a su manera, según intereses concretos y saberes más o menos cultivados. Mafalda lo veía achacoso, le hacía muchas preguntas para resolver cuestiones para ella incomprensibles. El personaje de Quino no había caído en la cuenta, lo barruntaba pero nadie se lo había explicado, que la Tierra se encuentra en una entropía permanente, lo cual quiere decir si seguimos su etimología griega que cambia (evoluciona, se transforma) a cada instante; mídase con el reloj que se quiera. Quino, Mafalda, se ocupó de ella en muchas viñetas: le adhirió un cartel donde ponía irresponsables trabajando; le dio la vuelta colgada del polo Sur para imaginarla diferente; le colocó macetas con plantas al lado para hacerle la vida más placentera y restituirle un poco la masa vegetal perdida; también quiso embellecerla con cremas para darle otro aspecto a su ajada piel. En una ocasión le pidió que parase de girar porque ella quería bajarse del mundo. Incluso la imaginó tan enferma, después de escuchar las noticias en la televisión, que le puso el termómetro para ver si tenía calentura. En Pinterest hemos encontrado más de 400 viñetas de Quino.

La Tierra se expresa en momentos planetarios: nos proporcionan bienestar o no, a según quién más y a otros menos. Por ahí se dice que es un conjunto unitario –formado por una infinidad de seres vivos, relaciones, intereses y muchas más cosas geológicas y astronómicas-. Con tanta complejidad no puede ser perfecta cada día, al menos no tiene la prestancia que nosotros querríamos; escuchemos que la ciencia dice que su propiedad física es la entropía, de la que comentaremos algo más adelante. Si la miramos con un poco de reposo, cosa que ella no tiene, observamos que sus ritmos son diversos. Se diría que siempre va a su marcha. Por más que varias religiones, y culturas de diverso tipo, se empeñen en señalar al “Gran Hacedor” como regulador de todo lo que sucede, incluido el comportamiento planetario, la cosa no parece tan sencilla.

La entropía, que no es exactamente desorden, gusta en general menos que el orden. Este, no nos engañemos, no es una propiedad de las cosas de la naturaleza, y por extensión del planeta, sino una manera de percibirlo y clasificarlo por nuestras mentes. Sin embargo, la entropía planetaria y la vida interaccionan continuamente. Varias películas nos acercan a este multiforme escenario: Earth (Tierra- La película de nuestro planeta) o La Belle Verte, de la francesa Coline Serreau, que en España se tituló como Planeta Libre y que algunos calificaron como utopía. Sin olvidar otras muchas, como la archifamosa El planeta de los simios o aquella de animación La planète sauvage, premiada en Cannes ’73.

Dejémonos de ficciones, más o menos controladas, y fijémonos en uno de los desórdenes que ahora nos golpean: el cambio climático. Nos cuesta reconocer que no podemos conducirlo a nuestra conveniencia, que los científicos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) nos dicen que la cosa va a ir a peor, sobre todo por nuestra persistente emisión de gases de efecto invernadero. A pesar de eso, algo deberemos hacer. Se dice que a mayor entropía mayor tendencia al caos, y eso ya hemos visto que nos afecta en la vida y en el mantenimiento de nuestras costas, ciudades y la sociedad en su conjunto. En el lado contrario, si somos gente eficiente con baja entropía podremos reducir un poco las incertidumbres. En la vida aparecen siempre caos y equilibrio, realidades y deseos, crecimiento económico y límites necesarios, naturaleza cambiante y sociedad expectante. Así más o menos lo vio Mafalda, aunque no identificaría con entropía.

Las entradas de este blog son un ejemplo de esa manía o estrategia de supervivencia, de querer arreglar todo. El modelo de entender el mundo que lanzó Ludwig von Bertalanffy con su Teoría General de Sistemas, y otra gente le dio muchas vueltas, puede ayudarnos a explorar la realidad y a dibujar el futuro, siempre imperfecto. Dado que los diferentes subsistemas del planeta están cada vez más interconectados, debemos ser conscientes de que lo que suceda en una de sus partes afecta a otras e incluso al sistema. No faltan regiones de ese conjunto que comparten características y finalidades comunes, que se retroalimentan; en ocasiones tienden a mantenerse estables y en otras puede más su tendencia al cambio. Puesto que no tenemos un planeta B, como nos recordó aquel que fue secretario General de la ONU y mucha gente lo asimiló enseguida, solamente nos queda tratar de desordenar lo menos posible el sitito donde vivimos; otros más prosaicos lo llaman dejar de ensuciar el nido. Hay que insistir en esta cuestión. Llamémosle egoísmo o simple supervivencia, pero por mucho que nos empeñemos en lo contrario, el quehacer colectivo debe adaptarse a sus cambiantes, y en ocasiones incomprensibles, ritmos climáticos.

Para colmo de nuestras incertidumbres, al planeta parece que le importa poco lo que nos suceda. Aquel lema de “Salvemos el planeta”, del que incluso se hizo eco Pocoyó y sus amigos en Rtve, tuvo tirón mediático pero poco más. Aquí nos movemos en un asunto crucial: cualquier episodio propio de las diversas entropías nos afectará antes o después. Si es una modificación brusca de los ámbitos que nos procuran recursos y bienestar: aire, agua y suelo, además de las biodiversidades, los efectos serán inmediatos, y seguramente graves. “No se trata de salvar el planeta, se trata de resguardar el bienestar humano”, hemos leído recientemente en una entrevista hecha a Christiana Figueres, hasta hace poco máxima responsable de la lucha contra el cambio climático en la ONU.

Quizás por eso, la sociedad global, la ONU la representa en cierta manera ha formulado los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para el año 2030, como una manera de decirnos que nuestras tropelías se puedan reconducir. En la misma entrevista, Figueres recomienda que cada persona haga su plan para reducir sus emisiones a la mitad en ese año tan citado..

Necesitamos la consolidación de una moral planetaria, siendo conscientes de que mucha gente todavía no está dispuesta a renunciar a la entropía elevada en la que vivimos actualmente, impulsada por la rápida satisfacción de las necesidades materiales. Habría que empezar por limitar la economía destructiva, reducir buena parte de los residuos de todo tipo, pensar que progreso significa reducir las desigualdades sociales, entre otras metas urgentes. Sí, ya sabemos que, como diría Mafalda, hay más “problemólogos que solucionólogos” deambulando por la vida colectiva, pero qué le vamos a hacer. Aquí lo dejamos, totalmente abierto, desordenado y entrópico pero buscando una estrategia de ayuda al planeta que nos proteja de sus imposibles.

(PIXABAY)

 

Amenazas biodiversas, oportunidades pendientes

A estas alturas casi nadie deja de percibir la relación existente entre cambio climático y pérdida de biodiversidad. Bueno, a quien le da todo igual sí, pero para esa gente no escribimos estas líneas, ni creemos que le interesen. Biodiversidad es una palabra que suena bien, además guarda una bella idea. Una manera de acercarse a ella es combinar las amenazas a las que se enfrenta con las oportunidades que configura, o que lleva implícitas; sería más acertado decir yuxtaponer dada su aparente su oposición. Sin embargo, lo que podríamos calificar como antagonismos –dejar de ser o renacer- conviven en este caso en la cultura social. Quizás su nexo está en el cuidado de la vida, esperanza que hemos escuchado defender a Adela Cortina.

Decir biodiversidad es hablar de mucha vida diferente en lugares diversos. Más concretamente: espacios -ecosistemas que actúan como una misma unidad funcional- y especies. Si revisamos el pasado podemos comprobar que espacios y especies bandean lo mejor que pueden los empujones que les llegan. Si consiguen sobrevivir recuperan un ayer más o menos esplendoroso, o simplemente se escapan de la desaparición. Esto se llama supervivencia o, visto de otra forma, adaptaciones varias. Todos conocemos que el paso del tiempo ha cambiado innumerables veces la imagen global de biodiversidad que mostraba el planeta; seguro que enseguida nos vienen a la memoria los dinosaurios y otras extinciones espectaculares. En cualquier momento y lugar la biodiversidad exhibe una belleza que complace los ojos, a la vez asoma una vulnerabilidad creciente. Lo bello, que es el acuerdo entre el contenido y la forma en palabras del dramaturgo noruego del XIX Henrik Ibsen, es frágil. Al hilo de esto último, y pensando en la biodiversidad: ¿Qué querría decir Leonardo da Vinci con aquello de que cosa bella mortal pasa y no dura?

(Seobirdlife)

Pero también se puede mirar hacia el futuro. Simplificando bastante hablaríamos de que lo forman amenazas pendientes de las oportunidades biodiversas; no es un galimatías. Y ese es el asunto sobre el que queremos llamar la atención, porque algo se puede hacer para detener el desequilibrio que se adivina entre los platillos de la balanza que los pesa. No será fácil, pues incluso nos cuesta estar de acuerdo sobre lo que sucedió ayer. Por eso, hay más necesidad que nunca. Empecemos por el ahora mismo. Se admite que la pérdida de biodiversidad es creciente, que esa simplificación no es buena ni conveniente, tanto para la reciente/diferente naturaleza en su globalidad como por lo que nos afecta como usuarios de la biodiversidad, muy dependientes por cierto. No es la primera vez que hablamos en este blog, e intentamos comprender en su justa dimensión aquello que decía Víctor Hugo de que la necesaria civilización de hombre en relación con el hombre –suponemos que civilización equivaldría a convivencia civilizada adornada de bastante ética- debía completarse con la que la especie humana mantiene con la naturaleza y los animales varios. Queremos pensar que en la cabeza del escritor francés del XIX, cuyas obras ocupan un lugar importante en la literatura universal, el ámbito naturaleza incluía al resto de los seres vivos.

Pues bien, la biodiversidad está en serio peligro, a tenor de lo que aseguran diversas organizaciones. Para no dilatar la lectura vamos a acudir solamente a cuatro fuentes representativas de entre las muchas que se ocupan del asunto. Hemos elegido WWF (World Wildlife Fund), la FAO (Organización de las Naciones Unidas de la Alimentación y la Agricultura), Ecologistas en Acción y Greenpeace. De cada una de ellas vamos a rescatar alguna ideas convertida en alerta, para ver si lo que son amenazas lo podemos volver oportunidades con nuestro empeño. Después, quienes esto lean compondrán su pensamiento en relación con lo que ya sabían o mejor les parezca. La primera, en su informe Planeta vivo 2020, proporcionado por la Sociedad Zoológica de Londres (ZSL), alerta de la caída de un 68% en “21.000 poblaciones salvajes (de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios) monitorizadas con la tecnología más avanzada  de todo el mundo, entre 1970 y 2016”. Tan preocupados están en la WWF que demandan a los líderes mundiales un acuerdo global por la naturaleza y las personas que detenga el abuso actual con la naturaleza. Alerta de que el actual sistema alimentario es una de las causas principales de la pérdida de la diversidad. Propone tres acciones contundentes, simultáneas, para revertir la pérdida de biodiversidad: más esfuerzos de conservación, más producción sostenible, más consumo sostenible.

(Terraferida)

Por su parte, la FAO, con una mirada diferente, publicó hacia casi dos años El estado de la biodiversidad para la alimentación y la agricultura en el mundo, haciendo hincapié en que se detectan “pruebas crecientes y preocupantes de que la biodiversidad que sustenta nuestros sistemas alimentarios está desapareciendo, lo que pone en grave peligro el futuro de nuestros alimentos y medios de subsistencia, nuestra salud y medio ambiente”. En este caso, la biodiversidad incluye a todas las plantas y animales -silvestres y domésticas- de las cuales nos aprovechamos nosotros bien sea para nuestra alimentación, para la elaboración de piensos para los animales, incluso para utilizarlos como combustible o aprovechar sus fibras. Pero no se olvida de lo que llama biodiversidad asociada, esos miles de millones de organismos (insectos, murciélagos, aves, manglares, corales, praderas marinas, lombrices, hongos y bacterias que habitan en el suelo) que contribuyen a la producción alimentaria mediante lo que podríamos llamar servicios ecosistémicos. A resaltar unos cuantos datos del informe: menos de 200 especies de las 6.000 que se cultivan para obtener alimentos contribuyen de manera sustancial a la producción alimentaria mundial, y tan sólo nueve representan el 66 por ciento del total de la producción agrícola; aumentan las razas ganaderas en peligro de extinción y la proporción de poblaciones de peces que padecen sobrepesca -más de la mitad ha alcanzado su límite de explotación sostenible-; muchas de las especies silvestres también se encuentran gravemente amenazadas. El panorama que presenta la FAO no es bueno.

Ecologistas en Acción incluye en la cabecera de su web un reloj que marca la cuenta atrás para detener la pérdida de la biodiversidad: ceros por todas partes. Sus trabajos sobre el asunto hablan de que España fracasa en la meta para detener la pérdida, de las relaciones entre biodiversidad y cambio climático, de luces y sombras de la estrategia europea de la biodiversidad 2030, de la enorme y creciente tasa de extinción de los insectos. También de la biodiversidad y la salud humana con una atención especial a la protección que podría representar para detener futuras pandemias, entre otras miradas interesantes.

De Greenpeace vamos a rescatar su denuncia de los escasos resultados sobre la Cumbre de la Biodiversidad 2020 desarrollada a finales de septiembre del año pasado. Normal que la ONG quiera hacernos ver que los diferentes gobiernos de los diversos países no se han aplicado en los objetivos marcados en 2010 para frenar la pérdida de la biodiversidad. Quien quiera puede ampliar la mirada biodiversa en su página.

(GTRES)

No teníamos previsto hablar de ello para no hacer larga la entrada, pero ahí va un breve apunte sobre la publicación de la ONU Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica (5th Global Biodiversity Outlook), los cuatro  informes anteriores elaborados por la CBD (Convention on Biological Diversity) se pueden consultar en la misma página. Un par de detalles elocuentes: solo el 15% de los bosques del mundo permanecen intactos y sólo el 3% de los océanos del mundo están libres de la presión del ser humano. Añadía la ONU: “Los porqués están claros. El modelo industrial está extrayendo y destruyendo más que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Las megacorporaciones no solo han basado su modelo de negocio en la quema de combustibles fósiles que destruyen el planeta, en incendiar bosques para despejar la tierra para la agroindustria y en saquear extensiones cada vez más profundas y remotas de los océanos, sino que también están contaminando nuestra política para debilitar la protección ambiental”. En fin.

Constatadas estas amenazas, dificultades, cabe diseñar otra sociedad de las oportunidades, también la biodiversidad lo merece. Ella o nosotros no, ella con nosotros; nos hacemos compañía y nos necesitamos. A veces miramos tanto la puerta cerrada de la amenaza que no vemos la luz que entra por la de la oportunidad. Mientras nos ponemos en marcha démosle alguna vuelta a aquello que decía Isaac Newton: la unidad es la variedad, y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo. Claro que esto lo dijo a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. Habrá que pensar si sirve ahora, vistas como están las cosas por el mundo globalizado.

Por cierto, hablando de biodiversidad nunca debemos olvidar a Rachel Carson y su Primavera silenciosa, de cuya primera edición se van a cumplir pronto 60 años. Ella iluminó al ecologismo protector de la biodiversidad, entre otras cosas. Su luz todavía continúa encendida.

(CAM)

La arriesgada rutina de respirar en las ciudades

Da un tiempo a esta parte algo de lo que antes considerábamos vivencial se está convirtiendo en riesgo vital. Es nuestra escala de necesidades, respirar es la primera; nuestras células y el organismo en general lo requieren para proporcionarse la energía que los mantiene, simplificando mucho. Respirar se asimila a aire, eje vital de todo. En la antigua ciencia y filosofía griegas, el aire era uno de los elementos básicos, casi como una fuerza universal que acompañaba a las otras: agua, tierra y fuego. Como Aristóteles tuvo mucha influencia en las filosofías siguientes, la cosa duró hasta el Renacimiento. Por aquellos tiempos, más o menos, Galileo y otros notaron que el asunto era más complicado. Así, resumiendo demasiado quizás, llegamos a la segunda mitad del siglo XVIII. Entre Joseph Priestley (el descubridor del oxígeno imprescindible en la respiración y las combustiones, además de otros gases) y Antoine Lavoisier (se fijó en el comportamiento del oxígeno y reconoció el nitrógeno, para todo formó equipo con su mujer Anne-Marie Paulze), y otros coetáneos como C.W. Scheele o Daniel Rutherford, concluyeron que el aire es una mezcla de gases más o menos activos. Esto no es nada más que una incompleta pincelada para decir que las pasadas investigaciones científicas descubrieron nuevas propiedades del aire. Ahora, las nuevas nos alertan de que el aire que respiramos debe tener unas cualidades determinadas para no provocarnos daños. Nos lo han repetido cada día con la pandemia y los aerosoles. En lugares mal ventilados, el riesgo de sufrir impactos por la calidad del aire aumenta considerablemente; el aire inspirado difiere del espirado, si el primero contiene cada vez más proporción del segundo la cosa se complica. Por eso se recomienda la ventilación continuada y que se utilicen medidores del dióxido de carbono como alerta de calidad, o filtros de diversos tipos.

En las ciudades, asimiladas a organismos construidos con múltiples vectores y sujetos a imponderables a veces no deseados, la calidad del aire es uno de los parámetros que las convierten en más o menos saludables. Si admitimos lo de organismo, el aire inspirado por los seres vivos, como en el caso de la habitación de antes, está cargado de elementos peligrosos, o en proporciones inadecuadas. Las boinas de aire contaminado que se pegan en las ciudades valdrían como ejemplo, el color grisáceo/marronáceo algo querrá decir, debe contener dióxido de nitrógeno en proporciones elevadas. El aire troposférico ya no es lo que era, como se encarga de recordarnos la Agencia Europea del Medio Ambiente.

(Mariscal/EFE)

Hace tiempo que se instalaron en lugares diversos de las ciudades, enclaves críticos se podría decir, unas estaciones de medición que vigilan en tiempo real diversos parámetros del aire (dióxido de nitrógeno-NO2; monóxido de nitrógeno-NO; dióxido de azufre-SO2, ozono troposférico-O3, y alguno más en según qué estaciones; además de las partículas en suspensión). Entre todas estaciones, parece que son 600 en España y unas dependen de ayuntamientos y otras de gobiernos, constituyen una Red de vigilancia de calidad del aire. Con los datos que proporcionan y algunos más se elaboran parámetros de calidad. Si las cosas van mal se generan una serie de alertas, si bien estas suelen llegar con retraso y no siempre están incardinadas en un plan de prevención establecido. Por si alguien tiene curiosidad en el asunto, nos atrevemos a decir que conocer la calidad del aire es un ejercicio de ciudadanía, la Web de Ecologistas en Acción es un buen lugar para informarse; por eso de ser independiente de las distintas administraciones. Recordemos que elabora informes anuales que dejan en bastante mal lugar a demasiadas ciudades españolas en el problema de la calidad del aire y su gestión.

Los habitantes de Madrid y quienes atendemos a los informativos ya barruntábamos que esa boina de la capital posterior a las nevadas no era cosa buena; nos decían que la culpable era la inversión térmica, sin más explicación. Ahora nos enteramos de la capital es la ciudad europea con la peor calidad del aire, si nos atenemos a algún parámetro. Que la polución capitalina era peligrosa ya fue objeto de denuncia ante el Tribunal de Justicia Europeo, intención demandante que recogía 20minutos.es en julio de 2019. El Estudio de salud urbana en 1.000 ciudades europeas es un buen motivo para estar informado. Es un aporte de El Ranking ISGlobal de ciudades, un proyecto de investigación liderado por investigadores del ISGlobal de Barcelona que tiene como objetivo estimar los impactos en la salud de la planificación urbana y del transporte en 1.000 ciudades europeas. En su desarrollo evalúa distintas exposiciones ambientales que tienen que ver con la planificación urbana y del transporte (como la contaminación del aire, el ruido del tráfico rodado, la exposición a espacios verdes y los efectos de isla de calor). Si bien en esta primera fase, cuyos resultados se han publicado en The Lancet Planetary Health se centra en la contaminación del aire, uno de los principales factores de riesgo de enfermedad y muerte en todo el mundo. Lo concreta en ciudades de más de 31 países europeos, con varios datos a partir de 2015. Se fijan especialmente en partículas finas (PM2,5) –en este caso afirma que el 84% de los habitantes de estas ciudades están expuestos a niveles superiores a los que marca la OMS-  y en dióxido de nitrógeno (NO2). Se estimó que, en 2016, más de 400.000 muertes (equivalentes al 7% de la mortalidad anual) en Europa se podían atribuir a la exposición acumulada a las partículas citadas mientras que más de 70.000 muertes (equivalentes al 1% de la mortalidad anual) fueron atribuibles a la exposición al dióxido de nitrógeno. Es más, el informe afirma que reduciendo drásticamente los niveles de las primeras se podrían evitar 125.000 fallecimientos al año y otros 80.000 limitando el porcentaje del segundo.

Las investigaciones han elaborado, mediante el algoritmo adecuado, una clasificación de la contaminación del aire y han asignado una puntuación de carga de mortalidad a cada ciudad. Las puntuaciones tienen en cuenta las tasas de mortalidad, el porcentaje de mortalidad evitable y los años de vida perdidos por cada contaminante del aire. Así aparecen relacionadas las de mayor/menor carga de las partículas finas citadas en su aire respirado por sus habitantes y del idéntico modo las que padecen concentraciones mayores o menores de dióxido de nitrógeno; son medias anuales. Si miramos con detenimiento en la Web comprobamos que en ambos casos las ciudades del norte de Europa tienen la mejor calidad del aire, sin duda debido a factores diversos que sería prolijo detallar, algo que sí hace el artículo citado. Pinchando en cada ciudad se despliegan de forma pormenorizada los valores, de cada uno de los cuales se ofrece la pertinente información. Un rápido vistazo por la lista nos muestra que Reikiavik en Islandia y Tromso en Noruega tienen tan pocas partículas el aire que esta carga no causa ninguna muerte sobrevenida ni con los parámetros OMS ni con los niveles más bajos que asigna el estudio. En el lado opuesto, varias ciudades italianas del norte tienen la mayor cantidad de partículas dañinas, siendo Milán la que tendría el mayor número de muertes evitables.

(EFE)

En el asunto del dióxido de nitrógeno, el área metropolitana de Madrid se sitúa en un deshonroso primer lugar, recordemos que los datos no son de ahora, acompañada de Amberes, Turín y las áreas metropolitanas de París, Milán y Barcelona. En el extremo opuesto, ganan, en este caso así se puede calificar, las ciudades del norte de Europa –en este asunto de la contaminación del aire los habitantes de Tromso, esa ciudad noruega de poco más de 70.000, son unos suertudos pues además disfrutan como nadie de las auroras boreales al estar por encima del círculo polar ártico-. En buen lugar aparece alguna irlandesa. Teniendo en cuenta estos dos parámetros, hay que pensar especialmente en el número de muertes evitables; habría que ver cómo influyen los otros óxidos, el ozono o diferentes gases como el metano cada vez más presentes en porcentajes en la composición del aire.

Pero vamos a centrarnos solamente en España. Con las prevenciones que hemos apuntado, el algoritmo tiene en cuenta variables como número de habitantes y otras, en partículas finas el mayor porcentaje se da en la Línea de la Concepción, seguida por el área metropolitana de Barcelona, Santander, Cádiz y Zaragoza. En el final de la tabla, encontramos Ávila, Cuenca, Cáceres y el área metropolitana de Granada. Si nos fijamos en el NO2, el primer y segundo lugar lo ocupan Madrid y Barcelona; un mal ejemplo sin duda. En el extremo contrario aparecen Lorca, Ponferrada, Chiclana de la Frontera…; quienes esto lean que sigan buscando para ver dónde encuentran la suya.

Todo esto no en una foto fija, tampoco se trata de señalar culpables ni echar reprimendas; bueno, esto último sí pero para invitar a la mejora. No podemos permanecer impasibles ante titulares como el que mostraba el pasado 20 de enero 20minutos.es de que Madrid y Barcelona estaban entre las ciudades europeas con más muertos por polución, aunque daba buenas noticias para Barcelona en el año 2020. Recordamos los desmentidos municipales que se pronuncian cada año que Ecologistas en Acción publica sus listas. De entrada hay que decir que si las autoridades españolas tuviesen en cuenta la salud y las muertes evitadas, deberían pensar ya en que es un elevado peaje, en que hay que abordar de forma drástica políticas reductoras de la contaminación del aire urbano; también la ciudadanía tiene algo que aportar. De estos últimos quehaceres también incluye sugerencias la Web de El Ranking ISGlobal de ciudadesAquí lo dejamos expuesto, para quienes quieran mejorar las posiciones, para que respirar en una ciudad no sea un ejercicio de alto riesgo acumulado. ¡Suerte en el empeño!

(ACN / Nazaret Romero)

El caro cambio climático saldrá ruinoso

Caro es tanto lo que mucho cuesta como lo que supone u ocasiona dificultad y sufrimiento. El cambio climático se encontraría ya dentro de la primera acepción, pues requiere enormes gastos, si bien viene impregnado cada vez más de la segunda. Tantos efectos tiene que si no le ponemos valor resultará ruinoso en sí mismo, nos arruinará y destruirá algo muy preciado, bien sea en forma de bienestar o de horizontes generacionales, que es uno de los menesteres sociales más profundos. Asociar caro a querido, como hacen los italianos nada pega aquí, más bien será odiado, o ignorado, que también es una manera de despreciar, aunque suave y poco comprometida.

Hasta hace muy poco los desastres ambientales, vamos a llamarlos desperfectos si se quiere, no eran considerados como capitales gastados en las diferentes maniobras humanas. Pero cada vez más salen a la luz en forma de efectos perversos de tal o cual fenómeno atmosférico; eso sí, siempre limitados a las afecciones a las personas o sus propiedades. Por eso, frente a la situación difícilmente manejable, hay que poner en marcha estrategias new deal verdes, más progresivas y ambiciosas que las que plantea la Unión Europea, que al menos parece que quiere ser avanzada.

“No basta con imponer impuestos verdes”, asegura el economista Paul Krugman, premio nobel de Economía 2008. Añadimos nosotros que son necesarios, pero apenas representan una pequeña parte de un todo, y corremos el riesgo de desincentivar a los creyentes y exonerar a los escépticos, que ya se ven como redimidos de sus culpas y tienen un nuevo motivo para despotricar de los gobiernos ecologistas. Jason Hickel, una voz muy acertada en sus análisis antropológicos, alerta en Less in more de que el hipercreciente capitalismo vigente ya está al acecho de América latina y África, y no precisamente para llevar un pacto verde. Por cierto, quienes desean tener una perspectiva de si han cambiado o no los postulados que justifican lo caro que resulta el cambio climático, y comprobar sus acuerdos o desacuerdos, pueden leer el artículo Building a Green Economy que Krugman publicaba en The New York Times en abril del año 2010.

No resulta sencillo reconvertir una vida global, dentro de la inercia internacional, para disminuir la velocidad del cambio climático, que ya está aquí. Cómo será dentro de un tiempo, difícil de prefijar, depende del valor que demos a nuestras acciones u omisiones. Siempre resultará caro, por el esfuerzo que supondrá después de tantos años de manga ancha en la percepción colectiva de las afecciones ambientales. Casi nadie duda que muchas de estas agresiones han sido inducidas por la dinámica productiva y empresarial dominante desde la revolución industrial; antes ya hubo atropellos varios. La relación coste-beneficio no valoraba las internalidades de los procesos productivos o consumistas; había que crecer como fuera y así “procurar bienestar” a cuanta más gente mejor. La verdad es que el cambio operado desde entonces ha sido brutal; se puede decir que una buena parte de las personas ha mejorado sus niveles de vida, su salud y muchas más cosas. Bien, nadie lo discute. Pero ahora hay que mirar los procesos de otra forma. Ya no se trata de producir sin más, sino de saber qué cantidad de cada cosa se necesita. Por supuesto que eso supone dificultades pero no hay otra opción. Los procesos productivos salen demasiado caros en modificación climática y vulnerabilidades sociales; no digan los incrédulos que es una casualidad.

Vayamos con algunos datos: los diez mayores deterioros relacionados con episodios meteorológicos abruptos, interconectados con el cambio climático, fueron valorados económicamente en más de 120.000 millones de euros durante el año pasado. A la cabeza los daños causados por los huracanes en Estados Unidos, América central y el Caribe.

Imagen aérea de daños causados por el huracán Dorian en la isla Gran Ábaco, en Bahamas. (Paul Halliwell / MINISTERIO BRITÁNICO DE DEFENSA / EFE)

Otro ejemplo más: el ciclón Amphan que descargó con dureza en la Bahía de Bengala en mayo provocó pérdidas valoradas en 13.000 millones de dólares en tan solo unos días; los muertos superaron el centenar y los desplazamientos afectaron a casi cinco millones de personas. Hay desastres prolongados en el tiempo como sucedió con las inundaciones de China e India entre junio y octubre, que tuvieron un costo estimado de 32.000 y 10.000 millones de dólares respectivamente. Qué decir de los dos ciclones extratropicales que sacudieron Europa y tuvieron unos costes provisionales cercanos a los 6.000 millones de dólares. Pero es que esas estimaciones dinerarias se refieren únicamente a destrozos en propiedades, servicios o bienes públicos. Faltan los daños morales a la población y los desplazamientos masivos que provocan; además de unas rupturas sociales que tardan en recuperarse o no lo hacen nunca.

Trabajos para retirar los restos de un árbol derribado por el ciclón Amphan en en la localidad india de Bokkhali. (PIYAL ADHIKARY / EFE)

Hay un escenario muy visible y a pesar de eso menospreciado: los graves perjuicios a la salud humana. De ello se ocupaba un artículo publicado en The Lancet hace poco más de un año en unos escenarios que valoraban tanto la adaptación, planificación y resiliencia para la salud como las actuaciones de mitigación y cobeneficios para la salud, además del análisis de indicadores en otros tres aspectos básicos: impactos, exposiciones y vulnerabilidad del cambio climático; economía y finanzas; y participación pública y política. Solamente en la sección 3, daba todo detalle del alcance de las emisiones en la salud: “el cambio climático ya ha impactado la salud humana y requiere una respuesta urgente, tanto en términos de adaptación sanitaria como, lo que es muy importante, en mitigación, para minimizar los efectos futuros del cambio climático”. ¿Cuál es su precio? ¿En qué moneda real o imaginada?

Volviendo a lo caro que sale el cambio climático inducido por la acción antrópica, decía el mismo artículo que “El costo económico proyectado de la inacción para abordar el cambio climático es enorme. Por ejemplo, en comparación con mantener un límite de 2 ° C, se espera que los costos de calentamiento de 3 ° C alcancen los cuatro  billones de dólares por año para 2100 (alrededor del 5% del PIB mundial total en 2018), y los costos económicos totales de un aumento de 4 ° C se estiman en 17,5 billones de dólares (más del 20% del PIB en 2018)”. Insistía, como se ha hecho desde muchos ángulos de la ciencia y la economía que “la inversión para mitigar el cambio climático reduce sustancialmente estos riesgos y genera más beneficios económicos”. Ahora mismo, cuando estamos en plena ola de frío –episodio ligado sin duda al cambio climático- en la península Ibérica nos preguntamos cuánto costará reponer los daños materiales; los otros no se restañan con facilidad. No se solucionan con la conveniente declaración de zona catastrófica cada vez que hay un impacto brutal en bienes y servicios.

En este limbo de despiste, los ciudadanos no entendemos lo que significa riesgo como regulador de vida personal y colectivo; a la vez las administraciones tienen mucho que aprender en la gestión de emergencias, lo de anticiparse aquí cuenta poco. Prevenir se conjuga peor que socorrer, y esto también es manifiestamente mejorable. Aunque nada más fuera por cuestiones de economía social, también para evitar el despilfarro especulativo, habría que aliarse para mitigar y adaptarse al creciente cambio climático. Lamentamos ser tan insistentes con estas llamadas de atención, pero carecemos del márquetin publicitario que la ocasión exigiría. Al final, o al principio de todo, se trata de vender bien la causa climática paca conseguir el mayor número de adeptos y que disminuya la magnitud de las incertidumbres; nos apuntamos a esta sugerencia de Krugman. Pero la tarea es difícil y lenta, y hay prisa. Además los incrédulos, o interesados en que nadie se entere de nada, permanecen impasibles cual roca dura. Sepamos todos, contando solamente las cuentas dinerarias, sin interiorizar los traumas a las personas y los impactos en la biodiversidad, que el cambio climático nos puede llegar a ruinar –destruir a pedazos o reducir a cenizas- una parte de la esencial vital si no andamos listos y actuamos pronto. Hay que ser así de resumido y contundente, aunque te tilden de alarmista.

Renovación del siglo como odisea ‘odsiana’

Por momentos parece una misión imposible; mejor lo dejamos en parcialmente improbable. Sabemos lo pesado que resulta a la persona que lee que se aluda constantemente a lo que marca la RAE (Real Academia Española) cuando quien escribe no sabe por dónde empezar, recurso que se utiliza para justificar un artículo o parte de él. Es el subterfugio que empleamos quienes carecemos de determinadas destrezas literarias. Disculpas y ahí vamos. El primer significado que la RAE asigna a imposible es no posible. Sin embargo, en el cuarto introduce un matiz de retórica que alude a que “lo será seguramente si antes sucede o no algo que cambie el discurrir de las cosas que en principio no estaban en lo posible”; por ahora, añadimos nosotros. Además, en la expresión coloquial se tiene en cuenta el hecho de que hacer los imposibles es embarcarse en apurar todos los logros para alcanzar un fin. Ahí queríamos llegar e invitar al reto.

Cuando se formularon, se acogieron, los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) allá por 2015, se les puso el horizonte 2030 para alcanzar unos determinadas fines. Se desató una especie de euforia mundial, como si el simple enunciado ya supusiese haber llegado a la meta. Se diseño un pin multicolor en forma de corona circular para identificarlos. Muchas personas se lo colocaron cerca del corazón; nuestro presidente Sánchez entre ellos. La letra de los ODS quedaba bien pero hacía falta enlazarla en una melodía, con sus diversos movimientos más rápidos o lentos. Sin embargo, no faltó gente que conjeturaba que sería imposible. La duda estaba justificada pues el punto de partida era muy dispar en cada territorio, país y continente, y ámbito. Además se pretendía que todos los países, los sectores poblacionales dentro de ellos, llegasen a la meta al mismo tiempo, más o menos.

El pin que llevó Pedro Sánchez en la solapa. EFE

Queda justo una década para esa misión (im)posible se haga realidad. Por si la dificultad no fuera pequeña, llegó la pandemia y destrozó proyectos comenzados, caminos que apenas se empezaban a trazar. Las mismas organizaciones impulsoras del proyecto ODS limitaron el volumen de sus voces, casi enmudecidas por los efectos perversos de la covid-19, sacudidas en su corazón por el sufrimiento de los millones de afectados. Todo esto que nos ocurre nos ha llevado a ser conscientes de que vivimos en la sociedad del riesgo, no en la del bienestar como tantas veces se nos había prometido. Más bien, seamos sinceros: se podría decir que todos los días nos despertamos con una nueva realidad, y cuesta interpretarla. Pero la cima de los ODS está ahí, invitándonos a que la alcancemos, planteándonos un reto pequeño o grande, particular o colectivo. Este blog es un catalejo para ver el año 2030. Alcanzar del todo lo imaginado o quedarse a una distancia mínima significará sin duda que valió la pena caminar hacia la utopía. Pero hay que avisar que nada es sencillo, pues los riesgos son inherentes a la existencia humana y planetaria.

Este 2021, en el que tantos deseos se esperan, se cumplen 35 años de la publicación de Ulrich Beck La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad. Ha sido traducido ya a más de 30 idiomas; parece ser que el asunto interesa pero, ¿qué será la nueva modernidad? ¿Acaso la nueva normalidad de la que tanto se habla? Este concepto se ha empleado para decirnos que significará haber superado la pandemia, pero Beck no pensaba en eso. Ahora la distribución de la riqueza a la que aludía el sociólogo alemán ha mejorado algo, con la ayuda de tecnologías diversas y políticas comprometidas de gobiernos, organizaciones internacionales y diversas ONG. Y, por qué no decirlo en voz alta, con el concurso, sin haberle pedido opinión, de una atropellada naturaleza.

Pero claro, lo bueno no siempre lo es del todo pues muchas veces viene acompañado de desperfectos varios: la fuerte intromisión en los ciclos propios de un sistema complejo como es la naturaleza no ha hecho sino aumentar los riesgos inducidos. En primer lugar en la propia naturaleza. Pero como nosotros somos parte de ella, no tardaremos en sentir sus efectos. La percepción del riesgo vs seguridad lleva de calle a quienes se han dado cuenta de que vivimos en un mundo pleno de incertidumbres. Hay quien asegura que esa percepción del mundo incierto será la más válida enseñanza que nos dejará la actual pandemia. Sin embargo, mucha gente o poderes comerciales y públicos no escuchan, o miran para otro lado. Otros opinan que el mejor aprendizaje será la consideración del poder del trabajo colectivo, coordinado; en este caso impulsado por la colaboración en la búsqueda de la vacuna. Al tiempo. ¿Serán los ODS el camino ideal para amalgamar incertidumbres con el trabajo colectivo? Merece la pena intentarlo pero hace falta componer la sinfonía. Comienza una nueva odisea, esta vez mucho más compleja que la que relataba Homero; esperamos que los personajes sean menos embusteros que Ulises, que lo era mucho al decir de Indro Montanelli en “Historia de los griegos”.

La renovación tiene por delante la búsqueda de remedios consistentes a la necesaria nueva realidad: la amortiguación de las desigualdades; la reforma del capitalismo para que congenie más con una democracia participada; la transformación de las estructuras de poder para que la élite de quienes deciden y gobiernan se aproxime a la comunidad de afectados; la amenaza de la polarizaciones, esas que la pandemia no ha hecho más que evidenciar e intensificar; el ejercicio de la discrepancia para encontrar coincidencias; el creciente desafío del cambio climático; la revolución sanitaria permanentemente pendiente; la consolidación de una sociedad que valore y potencie el papel de los cuidados sanitarios y sociales porque han alcanzado el estatus de responsabilidad colectiva; el aseguramiento de una educación de calidad en todo el mundo; la coherencia entre la presión para producir y el derecho a un consumo más justo y sostenible; las ciudades del futuro y sus estrategias de movilidad sostenible; la recuperación de papel sanador de una naturaleza olvidada; y muchos más, siempre distinguiendo entre los soportables por el momento y los que no lo son. Algo así, al menos en el espíritu, de lo que decía la campaña sobre sostenibilidad de una gran cadena comercial: Instrucciones para dar vida a un mundo más justo. O si lo preferimos “Estímulos para la compleja respuesta al estado del malestar”, que se extiende como una plaga a diferentes niveles, con variadas intenciones. Se trata, en suma, de asegurar unos mínimos vitales irrenunciables, conscientes de que estamos sometidos a limitaciones y dependemos cada día más los unos de los otros. Alguien lo simplifica que hay que repartir mejor los riesgos y la riqueza. Habría que explorarlo. En cualquier caso, se necesita más que nunca un pensamiento social.

Hará falta una aportación continuada de la sociología para situarnos en esta sociedad del riesgo de la que hablaba Beck. Alguien dijo: o salimos juntos de esto o no salimos. Para ello deberemos iluminarnos con la luz del compromiso social y poner en cuestión el crecimiento del PIB como regulador de vida, tal cual hace una y otra vez Jason Hickel, a menudo discutido por la ortodoxia económica. Cuando menos nos dejó una idea para no olvidar y darle alguna vuelta de pensamiento en este tránsito hacia los ODS: La pobreza global no es una característica natural del mundo, sino un producto político.

En consecuencia, no podemos abordar el futuro con estrategias del pasado, esas que nos ha llevado hasta aquí. No importa empezar a dibujar el diferente siglo XXI en el año 2021. ¿En qué estaría pensando Yuval N. Harari cuando escribía 21 lecciones para el siglo XXI? Seguro que le empujaban la adaptación al cambio climático y otras incertidumbres sociales. ¿Qué querrá decirnos Jeffrey Sachs en La era del desarrollo sostenible? Sin duda anotará algo acerca de que la economía mundial no está creando justicia social. Aquí la entrada a un vídeo de una conferencia que pronunció en la Universidad Complutense de Madrid hace unos cuatro años en la que aprovechó para animar a la acción de la universidad en este cometido.

En fin, ¡Qué al año que ahora empieza permita un fuerte impulso global a la odisea odsiana?, que a todos nos alcance.

Tonifica hablar de las olas de calor en invierno

Calor es lo que hace o lo que siento; ¡He ahí la cuestión! Por mi parte, noto el calor que hace y añoro que la gente no lo perciba como yo, o lo disimule. Sentir es apreciar y en muchas ocasiones esta circunstancia, a la vez física y mental, transitoria si se quiere, va ligada a lamentar. Así pues, no siempre coincidimos con la gente conocida en el asunto del estado del aire en un día determinado, que nos afecta según y cómo. Es una cuestión que cada cual la ve de una manera; a no ser que la cultura meteorológica se haya viralizado, que parece que no lo es por el momento. Para comprobar si sí o no, solamente deben estar atentos a las multiconexiones que las cadenas televisivas hacen con sus corresponsales en los distintos territorios para hablar del tiempo, limitado a una anécdota de un día concreto en un momento preciso con un fin determinado: casi nada de nada. Así no hay manera.

Digamos sin ambages que el tiempo meteorológico real, definido por una serie de variables que son comunes en todo el mundo científico, como se encarga de recordarnos a menudo la OMM (Organización Meteorológica Mundial), no logra escaparse de la subjetividad. Incluso en el apartado del calor del aire, ese del que entendemos mejor algunos datos incuestionables  traducidos a temperaturas. ¿Tendrán la culpa los termómetros de ambiente instalados en las ciudades?, pues casi nunca marcan lo mismo que el vecino, debido sin duda a problemas de sensibilidad en el aparataje o por el lugar donde están ubicados.

Se preguntarán por qué hablar del calor en este enero invernal, máxime cuando en celebraciones familiares se han debido ventilar tanto las estancias, pasar frío, para evitar la transmisión del coronavirus. Habrá gente que lo considerará un entretenimiento absurdo. Pero no. Todo viene a cuento porque hay que enterarse de cómo está cambiando el clima global; y el aumento de la temperatura es uno de los más certeros indicadores.

(GTRES)

Para centrar el tema no sirve con que el móvil se lo diga y les adelante previsiones. Es mejor entrar en la web de la Aemet (Agencia Estatal de Meteorología). De tal forma se ha renovado, ofrece tantas entradas de interés, que no está de más dedicarle un tiempo, no decimos cada día pero casi. Así centraríamos nuestra subjetividad y podríamos hablar con propiedad y no confundir tiempo y clima, desviación que es más común de lo que debería. Para comprobar esto último solamente hay que prestar atención a lo que se dice en los medios de comunicación, en parte en las conexiones con esas corresponsalías de las que hemos hablado antes. Volvamos a la Aemet pues nos facilita el conocimiento de varios parámetros del tiempo real, con datos muy recientes, en muchas estaciones distribuidas por toda España, quizás una donde usted tiene su residencia. Distingue entre observación y predicciones por localidades. Temperaturas, precipitaciones, viento o presión atmosférica son los más visibles compañeros (condicionantes) de la vida cotidiana; cambian a menudo y conforman lo que cualquiera debe entender como tiempo, al margen de la subjetividad de cada uno; eso sí, referido a un periodo corto en un lugar determinado. En ese territorio, tanto la naturaleza como las personas se ven influenciadas a menudo por el ritmo de las variables meteorológicas, del tiempo que duran los distintos tiempos.

Recientemente, la Aemet recogía que las olas de calor en España se habían duplicado en la última década, que durante el decenio 2001-2020 casi se han duplicado las olas de calor, la misma progresión se ha medido en los días al año con episodios extremos en relación a décadas anteriores. En 2020, los cinco primeros meses han sido los más cálidos desde que hay registros para llegar a un verano que había supuesto el de mayor estrés térmico en el sur peninsular, que a la vez fue el sexto año consecutivo en el que se dieron temperaturas extremas más altas de lo normal; en él se produjeron dos olas de calor. Otra: nueve de los diez veranos más cálidos desde 1965 han tenido lugar en el siglo XXI. La agencia destaca que el fenómeno del aumento de las temperaturas, como el cambio climático, afecta también a Europa. Claro, nos vivimos en un escenario global, del que pocos países todavía se salvan. Ya no consuela aquella greguería de Gómez de la Serna que decía que “El ventilador afeita la barba al calor”

(EUROPA PRESS)

Quienes sigan los medios de comunicación de España o internacionales se habrán sorprendido de titulares que hablan en términos inquietantes sobre las olas de calor: mientras que en la última década se han medido en España 79 récords de temperaturas bajas, en alguna estación se han recogido 1.430 de temperaturas altas nunca vistas en determinada estación; noviembre de 2020 ha sido el más cálido de la última década en el mundo, según The Copernicus Climate Change Service de la UE; el hemisferio norte ha registrado el verano más cálido de la historia; el Valle de la Muerte (California) batió este verano el récord de temperatura máxima (55 ºC) en el planeta desde que hay registros fiables los 38 ºC, en realidad desde 1931; en Siberia, se ha dado el récord en las espacios del Círculo Polar Ártico. Seguro que los estamos apabullando, pero es que hay gente que no cree lo de las olas de calor. A estos les diremos además que la OMM (Organización Meteorológica Mundial) asegura que el Ártico se está calentando a aproximadamente el doble del promedio mundial. Y así podríamos llenar líneas y líneas con datos, registros e informaciones que justificar que el cambio climático, en sus múltiples manifestaciones, fuese un eje central en las políticas activas de los gobiernos, que por lo que se ve también están impregnados de subjetividad atmosférica; y eso que ya no vocifera el señor Trump sobre el asunto.

Pero hay que insistir en el aumento de las temperaturas. Nada mejor que acudir a Global Climate Change . Localice su localidad o cualquiera que interese en el mapa interactivo que proporciona, para enterarse de cuánto se ha incrementado allí la temperatura en los últimos años. Una vez hecha la búsqueda, además de la cantidad, se detalla un “saber más”. Allí se ve por años cómo ha ido evolucionando desde 1960 a 2018; se pueden adivinar tendencias consolidadas e imaginar las razones para que sucediera tal cosa.

Pero ojo, detrás de lo cuantitativo, por ejemplo los 1,9 ºC que se ha incrementado tanto en una localidad tradicionalmente cálida (Leciñena, zona semidesértica de Los Monegros, en la España desalojada de gente pero rica en biodiversidad) como en otra que siempre había sido muy fría (Helsinki, en Finlandia, con unos 660.000 habitantes, con otra biodiversidad), está lo cualitativo. Si se animan a viajar por el mapa, es un disfrute, puede averiguar si los mayores aumentos se dan más al norte o al sur de la UE, al este que al oeste, o no hay una secuencia uniforme; si los gráficos de varias localizaciones muestran las mismas tendencias, etc.

Si alguien todavía duda del aumento global de las temperaturas no tiene más que visitar Temperature anomalies by country, en donde se muestran mediante círculos, tamaños y colores (el frío azul al cálido rojo) la evolución (anomalías) de las temperaturas medias en muchos países entre 1880 y 2017. Claro que tras un año de aumento puede venir otro de disminución, pero lo que es importante es fijarse en tendencias consolidadas. Especial atención a lo que sucede, se generaliza, a partir de los años 80 del siglo pasado. Se pueden establecer relaciones con lo que se había visto en Global Climate Change o comparar con este otro sitio de la NASA.

En fin, que las olas de calor han venido para quedarse, a no ser que el tiempo lo remedie. A este paso formarán mares; nos tonificarán algo los días más crudos de invierno pero luego… ¿Dónde y cómo nos pillarán? Alerta máxima en el año 2030, si no quieren sufrir desperfectos varios.

¡Adiós Ártico!; voló la cigüeña

Hemos tomado el título, puede ser que a contrapelo, de Adiós, cigüeña, adiós, aquella película dirigida por Manuel Summers que fue estrenada en 1971, tras sortear varios problemas con la censura. El caso es que contribuyó a decir a las generaciones de adolescentes que eso de que la cigüeña traía a los bebés desde París era un mentira, más bien un invento de los mayores para evitar explicar a los niños y jóvenes cualquier cosa que tuviera que ver con la procreación. Permaneció más de un año en cartel. Hemos querido recordarlo porque bien merece una mención agradecida cuando va a cumplir 50. En bastantes situaciones, hilvanar y ordenar secuencias ciertas para explicar la realidad ocultada -en aras de no se sabe qué- es una práctica que deberíamos acostumbrarnos a ejercitar. Máxime si hablamos de asuntos necesarios para la educación personal o social.

Por cierto, Alfred López, que dinamiza el blog Ya está el listo que todo lo sabe aquí mismo, explica en una entrada que este pájaro tan grande ya gozaba de popularidad en las mitologías griega, romana, germana o escandinava, donde se asociaba con buenaventura y prosperidad. No es de extrañar que autores varios relacionasen a las cigüeñas con la dicha de la llegada de los bebés, pero fue Hans Christian Andersen quien lo popularizó en un relato escrito en 1838. Lo de París debió venir asociado a la ciudad del amor. Como las clases pudientes de la segunda mitad del XIX viajaban a la capital gala para celebrar el reciente casamiento, se supone que de allí traían el ovulito fecundado. Por lo que fuera, las cigüeñas se llevaron la fama de traer los niños, y nos dejaron con el cuento mal contado que sumió a demasiada gente en la desinformación durante largo tiempo.

Las primeras cigüeñas de la primavera frente a una ‘superluna’ en Macedonia del Norte. (Georgi Licovski/EFE/Archivo)

Hablando de asuntos poco conocidos, o si se quiere de escaso interés general, traemos al Océano Ártico al escenario ecosocial que anima este blog. No por naciente, sino por haber sido durante mucho tiempo algo así como una parte de la epistemología de la vida, por su papel regulador dentro del clima global. Si se me permite, el remedo del título de esta entrada puede servir como metáfora de la percepción ártica que posee la gente del Hemisferio norte. Se preguntarán qué tiene que ver lo uno con lo otro; más tarde se verá. Suponemos que quienes habitan en el sur del planeta están poco interesados en lo que sucede por el Círculo Polar Ártico, tanto por lejano como por desconocido. Pero además, por una u otra razón, lo que hace unas décadas parecía incuestionable: el Ártico es un océano helado que cubre varios meses del año la parte más septentrional de la esfera terrestre, ha dejado de ser verdad, o está en el camino.

Las tierras árticas casi pertenecían al mundo de la fábula. Gente extraña como los vikingos -la historia que  nos contaron decía que estaban siempre ocupados en molestar a los demás- moraban y navegaban por sus cercanías, como cuenta National Geographic. Los dioses Thor –no confundir con la diosa del trueno que tanto éxito le dio a la editorial Marvel- y Odín los acompañaban. El primero tenía, por lo que se dice, influencia en el clima y las cosechas, amén de otras cosas entre las que destacaba lógicamente el trueno. El segundo atesoraba más clase pues estaba cerca de la sabiduría, la poesía y más cuestiones del espíritu.

Varios siglos más tarde, los pioneros aventureros se lanzaron a la carrera para ser los primeros en atravesar los hielos –barrera infranqueable también mítica- y llegar al Polo Norte. Antaño, como hoy mismo, los pobladores lapones o inuit hacían de la lucha contra las adversidades climáticas una virtud. Con el tiempo descubrimos que desde allí, vive en Rovaniemi (Laponia finlandesa), Papá Noel visita a la gente del Hemisferio Norte cada Navidad para llevarle regalos, no niños, montado en su trineo tirado por renos. Por cierto, de entre las muchas películas, de animación o no, que hablan del Ártico no pueden perderse la española Klaus, que trata sobre la apertura de una oficina de correos –regalos que van y vienen- en tierras árticas y se hizo acreedora al prestigioso galardón Bafta a mejor película de animación en la 73 edición de los premios de la Academia Británica de las Artes Cinematográficas y de la Televisión; y tuvo serios competidores. Por si todos estos detalles árticos no fueran suficientes, las auroras boreales pintan los cielos del norte de sugestivos colores. El recóndito océano helado sostiene además otros muchos atractivos, entre ellos el magnetismo, pero también una rica biodiversidad, como se empeñan en demostrarnos la gente de CAFF (Conservation of Artic Flora and Fauna), que curiosamente celebraron su Congreso sobre Biodiversidad en el Ártico en Rovaniemi del 9 al 12 de octubre de 2018.

Pero ahora sabemos que el Ártico lleva camino de no serlo en su esencia, de perder una parte de su asombroso misterio. Nos hemos quedado, como en el caso de la mentira de la cigüeña, con cara de tontos, de no saber de qué va la vida, lo cual nos coloca en una situación muy embarazosa. Es más, da la impresión de que es tal la cantidad de catástrofes anunciadas relacionadas con la zona septentrional en su relación con el cambio climático que la gente ha optado por hacer oídos sordos; no se achaque esta postura a la negligencia de las personas sino que es posible que se sientan desbordadas. ¿Le ocurrirá lo mismo a los gobiernos que no reaccionan ante lo que ya está aquí? Pero estos tienen sin duda más responsabilidades. Bien es cierto que ha habido intentos de convenios internacionales como el OSPAR, entró en vigor en 1998, pero sus antecedentes vienen de la Convención de Oslo hace casi 50 años, en 1972. Está signado por varios países entre ellos España, para proteger el medio marino del Atlántico Nordeste de algunas prácticas contaminantes, pero devenires posteriores y lo del cambio climático desborda aquellas buenas intenciones. ¿Dónde dirían que se renovó la Convención? En París claro, un par de años más tarde, cual si lo hubiera traído la cigüeña, esta vez el acuerdo estaba más referido a la contaminación marina de origen terrestre.

(EUROPA PRESS/’LA CAIXA’/ANDONI CANELA)

Ya disculparán quienes se asomen a este blog que seamos tan insistentes con los cambios árticos, pero es que tienen una enorme repercusión en la dinámica climática, y a la vez son una consecuencia de la misma. La zona ártica actúa como sensor global, emite alarmas en forma de deshielo, de disminución de su superficie, de alteración de las condiciones de biodiversidad. Hemos leído en una web de la UE que Groenlandia se deshace en agua que amenaza con subir el nivel del mar unos 15 cm en unos pocos años; un estudio recogido en PNAS (Proceedigns of the National Academy of Sciences of United States of America) lo atestigua. Sepamos todos que por allí el clima está mudando hacia otro definido por más lluvia y aire más cálido; con menos hielo.

¿Y si el Ártico, tal como era, se nos va? Echen un vistazo a esta simulación de la pérdida de su masa helada. Reparen en algunos años en concreto y el ritmo que ha tomado desde hace un tiempo.

Si esto se mantiene o acrecienta, no servirá con decirle simplemente adiós, como en la película de Summers y agradecerle los servicios prestados y que ahora nos haya abierto los ojos ante la emergencia climática. Es más, ni siquiera las cigüeñas podrían/deberían llevar a cabo sus desplazamientos anuales de ida y vuelta hacia tierras más cálidas; incluso algunas veranearían por allí. A este paso, se quedarán en Rovaniemi y desde allí traerán los bebés. En serio, malos presagios si las vemos durante todo el año en los tejados de las iglesias de la zona septentrional de Eurasia y América. Además, el Ártico – “El punto más caliente del cambio climático, como lo titula un artículo de la Universidad Complutense de Madrid, se desvanece porque en torno a él surgen muchas apetencias comerciales y extractivas. No podemos cruzarnos de brazos y decirle un adiós anodino a este santuario.

Una última cuestión: ¿Le traerá algo la cigüeña al Ártico en este 2021 tan incógnito? A saber si partirá desde París o Rovaniemi.