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El fuego y la epilepsia

Hay muchas cosas que son diferentes aquí, y no siempre son las más obvias. Una de ellas me la enseñó el doctor César: escuchar el retumbar de una motocicleta en la entrada nunca es buena señal. En una moto te llega desde un niño moribundo por una anemia hasta un accidente de tráfico, pero nunca nada bueno. Ese sonido es la sirena de la ambulancia, significa que llega una emergencia.

Adeline vino ayer en una de estas motos, con la cabeza tapada por una tela. Antes de verle la cara oí al doctor “¿qué ha sido? ¿aceite? ¿agua hirviendo?”, “¡Fuego, fuego!”. Al poco comprendí que Adeline tenía la cara y el cuello abrasados. Con 21 años, estaba cocinando en el fuego cuando se desmayó. Así, sin más, unos segundos y su vida cambió por completo.

He aquí otra de las asociaciones que he aprendido en Camerún: fuego y epilepsia. Adeline esta lejos de ser el primer caso que veo desde mi llegada. Emmanuel aún espera pacientemente a que sus dos piernas cicatricen y la carne arrugada cubre todo el cuerpo de Papá Pi y las piernas de Angelina…

Aquí, las cosas son distintas y y no consigo explicar hasta qué punto. Es casi como comparar dos colores, como intentar aclarar a un daltónico la diferencia entre el verde y el rojo.

Y sin embargo, poco importa. Al final del día, Adeline sigue en su cuarto, recuperándose poco a poco; y el día en que verá en qué se ha convertido su rostro se sigue acercando.

Luz en la habitación de Adeline.

Luz en la habitación de Adeline.

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