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La familia que trabaja como si bailaran

Los pequeños descubrimientos aquí llegan en los momentos y lugares más insospechados. El último sucedió hace un par de días, al decidir tomarnos un descanso tras un duro día de hospital. Fuimos con las motos a un pequeño río, y de ahí con nuestros bañadores seguimos río abajo hasta una zona recóndita de selva donde, en un pequeño claro, encontramos un lugar para bañarnos. Quizás fue demasiado aventurarse el creer que estábamos en un lugar salvaje y escondido ya que, al poco de llegar, apareció un grupo de niños para ver el extraño espectáculo de tanta piel blanca junta.

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No tardaron en saltar al agua y unirse, chapoteando aquí y allá, cantando y riendo.
“¿Cómo es que estáis por aquí, tan perdidos?”, les preguntamos.
Estamos cosechando. Ahora tendremos que volver”, nos responde la mayor con una sonrisa. Aquí llaman granja a la selva, donde hasta la última de las palmeras en la cima de la montaña tiene dueño que recoge su fruto.

Tras un corto pero gratificante baño se fueron, y aunque nosotros remoloneamos un poco, al poco rato les estábamos siguiendo.

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La escena que nos encontramos al llegar puede que no llamara mucho la atención, pero nos dejó embobados unos minutos. Toda la familia, los padres y los hijos, desde el pequeño de apenas dos años hasta las mayores adolescentes, todos ellos trabajando haciendo aceite de palma en perfecta armonía. Como el engranaje de un reloj, cada uno en su tarea, absolutamente coordinados, casi parecía que bailaran.

Puede que a veces las condiciones no sean las mejores, puede que trabajar recogiendo y aplastando semillas en lugar des jugar después del colegio no parezca algo apetecible. Pero también puede que nunca haya visto una familia con un vínculo tan palpable, una familia que solo cobra sentido completa

Un puente de lianas comunica las dos orillas del río

El puente de lianas, una malla de estas flexibles ramas trenzadas que, hasta hace bien poco, constituía el único modo de atravesar el río hacia Olorenti. A grandes rasgos, cruzarlo es parecido a estar atravesando una malla de caza, con una base que es poco más ancha que un pie y una red de rudimentarios agarres a ambos lados que se extienden por encima de la cabeza.  Sin embargo, recientemente este invento se enfrenta a una batalla bien conocida: la innovación contra la tradición.

Un hombre atraviesa el río hacia Olorenti

Un hombre atraviesa el río hacia Olorenti

Un material tan caduco necesita reparaciones porque entre las lluvias y el calor, al cabo de seis meses atravesarlo se convierte en una actividad de riesgo. La tarea de reparación comienza con el Chief de Olorenti, que llama a todos los habitantes con un instrumento tradicional tocando una melodía particular. Nadie osa enfrentarse a tal llamada, por mucho que se trate de un anciano que vive  humildemente en una casa llena de cabras, todo el mundo acude. Las reparaciones se llevan a cabo a lo largo de un día y consiste básicamente en tirar abajo el antiguo puente y construir uno nuevo. Así de radical y sencillo, y así cada seis meses.

Pero ya han pasado más de siete meses y la estructura se ha dado de sí, al dar algunos pasos las ramas ceden tanto bajo el peso que podrías llegar a tocar el agua; y sin embargo no hay puente nuevo.
¿Por qué? Porque en realidad sí que lo hay, pero es demasiado nuevo. Ahora existe otro paso por el que hasta un coche puede cruzar y esta maravillosa tradición se tambalea.

Por ahora, el doctor ha hablado con el Chief reivindicando la importancia de la tradición y la belleza del puente como fuente de turismo, y ha recibido una respuesta esperanzadora. Ya sólo queda comprobar el resultado, y si éste perdurará o desaparecerá con las próximas lluvias, sustituido por un triste bloque de cemento.