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El cielo sobre Tatooine

Un travelling por el cine más actual con flashbacks al clásico.

Crónicas de cine: “Si tú luchas, yo lucho” (‘Creed’)

Creed 2015

( ©Columbia Pictures )

Sylvester Stallone vuelve a ser Rocky Balboa, por séptima vez. La diferencia en Creed es que Sly, a punto de cumplir los 70 (lo hará el próximo 6 de julio), ya no se pone los guantes de boxeo para competir, como antaño, en el ring contra rivales de altura. Rocky se ha hecho viejecito y vive humildemente en su barrio de Filadelfia, subsistiendo con un no menos modesto restaurante de sabor italiano, el Adrian’s, en memoria de su esposa fallecida. Rocky ya no pelea, al menos el tipo de peleas de las de antes. Es el momento de dejar paso a los más jóvenes, y ahí está Adonis, el hijo fruto de una aventura extraconyugal del que fue su gran y mejor oponente, Apollo Creed en las dos primeras entregas de la saga (y las mejores), allá por los 70. La otra diferencia remarcable es que el protagonismo recae en el joven Adonis (Michael B. Jordan). Rocky se mantiene en un segundo plano, sin que la historia central gire en torno a él, a la sombra… ¡Un momento! ¿A la sombra? ¿Secundario?

En términos de minutos en pantalla o de darle la continuidad a la saga con sangre nueva quizá sí, pero la historia vuelve a girar en torno a él. Su leyenda es demasiado robusta. Es Stallone quien acapara las miradas, el centro de atención en cada una de las escenas en las que aparece (y eso que Michael B. Jordan está bien en su personaje). A sus casi 70 tacos se ha ganado, al fin, el respeto incluso de la crítica, la que en los años 80 le calificaba de “inexpresivo” o “cara de piedra”, de estrella de cine, icono, pero nunca un actor. Habían acertado en lo de que Sly no había nacido para interpretar a Shakespeare.

En los 90 se mantuvo con altibajos (El especialista incluso lo emparejó con la sex symbol femenina del momento, Sharon Stone). Pero se mantuvo de pie. Sin embargo en los 2000, ¡ah! en los “dosmiles” llegó el ocaso. Sly cayó dentro de un pozo oscuro y profundo, cinematográficamente hablando, con el remake de Get Carter (2009), y siguió resbalando hacia abajo, hacia el averno de Mordor y más allá con nada menos que otros dos sonoros batacazos consecutivos del calibre de D-Tox (2001) y Driven (2002), en los que da grima ver las puntuaciones que los usuarios les otorgan en las páginas web especializadas. Prácticamente retirado en su nicho dorado, solo se asomaría muy de vez en cuando para actuar como secundario de lujo, como vieja gloria olvidada, en cosas del tipo Spy Kids 3D. Sly estaba finiquitado. Bye, Bye Sly!

O… aún no.

La idea no fue especialmente innovadora. De acuerdo, pero volvió a lo que mejor se le daba, al reclamo de la nostalgia y de los fans incondicionales y resucitó (si es que alguna vez estuvieron muertos) a Rambo y a Rocky. De nuevo luchando contra rivales de mayor envergadura (el paso del tiempo o las nuevas generaciones de espectadores entre ellos) como su Rocky Balboa.

Sin embargo, la auténtica guinda la puso con la saga de Los mercenarios. No porque con ellas haya arrastrado a nuevas legiones de fans a su causa, ni porque hayan sido especiales éxito de taquilla, ni siquiera porque fueran buenas. Pero eran todo un detalle, además de un guiño y un homenaje. Reunir a todos aquellos action man que hicieron las delicias de un público fiel en esos años de ensueño de los 80 e inicios de los 90. Sly no quería olvidarse de ellos, compañeros o adversarios, de los Dolph Lundgren, Chuck Norris, Jean-Claude Van Damme, Robert Davi, Bruce Willis, Mel Gibson, Harrison Ford o Schwarzenegger. En el mundo de los Los mercenarios todos habían dejado de ser rivales para legitimar lo que siempre habían sido, colegas de profesión, y quién sabe si tal vez pronto también de geriátrico, intercambiándose pastillitas en lugar de golpes y balazos.

Creed 2015 - Rocky

( ©Columbia Pictures )

Y Creed también va de todo esto. De recuperar esa nostalgia con un argumento no especialmente innovador, volviendo a lo seguro en un reboot modélico, por lo que tiene de similar a la primera (al igual que Jurassic World o El despertar de la fuerza). En el simbolismo de cimentar, en cierto modo, una familia con Adonis como “hijo”.

Tanto uno como el otro tendrán sus propios combates. El uno en el ring, para demostrar que es valedor de su apellido, el otro fuera, en otro terreno. “Si tú luchas, yo lucho”, le dice en una de las escenas Adonis a Rocky. Todo amplificado por ese mensaje de humildad, honestidad, esfuerzo y sacrificio, extendiéndolo a su familia, sean los espectadores, fans y admiradores o colegas. Por ello, a uno se le puede llegar a escapar la lagrimita al igual que le sucede a Rocky (en uno de los momentos más emotivos del filme) o al verle con cara y gesto afligido. Y sabes que, pese a no haber asistido a nada nuevo, es perfecto cuando aparecen otra vez las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia.

Ryan Coogler ha creado una película previsible, casi siempre, pero también una digna y entretenida película. Notablemente fotografiada además. Ver el trabajo de la cámara de Maryse Alberti, el director de fotografía (también en La visita o El luchador), en travelling siguiendo a Adonis y Rocky desde los vestuarios al ring en su esperado combate final es un placer. Y en ese combate, volviendo a los inicios, compruebas que está cerrando un círculo, concluyendo uno para que se inicie otro, quizá igual, parecido o que seguirá por derroteros muy distintos. Pero, al fin y al cabo, transmitiendo esa idea de ciclo vital, que no cesa. A golpes con la vida, siempre para seguir adelante, fiel a uno mismo. Individualista, pero también fiel y solidario. Sly lleva haciéndolo desde sus inicios en los 70. Si tú aún luchas, yo también.

 

 

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