La historia de un embarazo o cómo la espera de un bebé pone a prueba una relación de pareja

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Leyendas urbanas de embarazos

El mundo del embarazo, también, está lleno de leyendas urbanas. O al menos es lo que a mi me parece teniendo en cuenta la cantidad de historias que me han contando y que, a mi modesto entender, son de dudosa credibilidad. Aquí van las mejores perlas que he escuchado en vivo y en directo:

Mi primer hijo nació el día que yo quise: el día del santo de mi hermana pequeña. Ella nació el día de mi onomástica y fue una jugarreta porque perdí protagonismo en la familia. Le prometí que le devolvería la pelota. Y así lo hice. (¡Qué mala leche!, ¿no?)

Mi niña hizo caca antes de nacer. No tenía dolores ni había roto aguas pero ya vi su primera defecación. (¿Cómo es posible?)

-Una vez sentí a mi bebé cómo lloraba estando dentro de mi barriga. (¡Qué miedo!)

Jamás me he sentido tan acompañada como cuando he estado embarazada. (¿Has estado sola el resto de meses de tu vida?)

-Me levanté de la cama el domingo por la mañana y supe que estaba embarazada de una niña. (Decididamente, no me lo creo)

-Tenemos tres hijos y hemos programado nuestros embarazos para que nacieran antes de marzo. Y todos han nacido el primer mes de la primavera. (¿Cuestión de puntería?)

-En veinte años, dos veces hemos tirado para adelante y dos veces nos hemos quedado embarazados. (La persona que me lo explicó tiene mi total confianza)

¿Qué creéis? ¿Pueden ser verdad estas afirmaciones? A mí, la primera me da auténticos escalofríos. En este link hay otras.

Un ratico más

Es una noche cualquiera. Estoy sentada delante del ordenador, la pantalla en blanco. Una patada en mi barriga me sacude. Interpreto que me dice “ponte las pilas. Estoy cansado de estar aquí sentados. Tú sabes que tendríamos que estar en el suelo, encima de la manta, haciendo ejercicios de respiración para cuando decida salir”.

Levanto la persiana. Y no veo nada. Noche cerrada. Estoy embarazada por primera vez en mi vida. Otras mujeres lo han estado antes y otras lo estarán después. Pero éste es mi presente. Lo demás no importa. Dicen que es normal tener ganas de ver a tu hijo. Yo aún no; quiero alargar este momento. Siempre me han gustado los viajes.

Si fumase -que no es el caso y tampoco quedaría bien- encendería ahora un cigarrillo, continuaría mirando por la ventana entreabierta y dejaría volar mi mente. Pensaría en mi vida, en lo que dejo atrás, en lo que me espera por delante. Pensaría en las personas muy queridas que no tendrán la oportunidad de conocer a mi hijo. Me entristecería comprobar que una parte de mi mundo no formará parte del suyo.

Pero no me dejo llevar por este ataque de melancolía. Miro mi álbum de fotos familiar y lo abrazo. Cierro la ventana y deseo con todas mis fuerzas que todo continúe igual, por favor, un ratico más.

Sexo embarazoso

Todos los libros, comadronas y médicos lo dicen: durante el embarazo se puede practicar sexo con normalidad excepto, claro está, si hay alguna contraindicación.

¿Qué quiere decir “con normalidad”? ¿Tantas veces por semana como antes de embarazarse? ¿Cada vez que te apetezca? La respuesta correcta es cuando tú y tu pareja lo deseéis. Y punto.

Por lo que he podido saber preguntando a mujeres embarazadas que me rodean, la mayoría ha sufrido una pérdida de entusiasmo mezclado con el instinto de protección del bebé (o dicho de otro modo: por aquí no entra nada ni nadie).

Algunas hablan de sus compañeros con expresiones del tipo “pobrecillo, lo tengo a pan y agua”, “tendrá que apañarse solito porque entre el embarazo, la cuarentena, y el sueño que se nos avecina, la cosa va para largo” … y otras frases similares. También las hay -menos- que han continuado con su vida sexual sin problemas.

Jamás me ha gustado tratar el sexo pensando exclusivamente en las necesidades del otro. He de confesar que estoy más cansada y tengo más sueño que hace unos meses, pero también tengo el cabello más bonito que nunca y alguna otra parte del cuerpo ha ganado una consistencia remarcable que no pienso desaprovechar ni que desaprovechen.

(Espero que Q. lea este post).

Con permiso para tocar

Estar embarazada es un estadio intermedio entre ser solamente una mujer y pasar a ser también una madre. Me explico. Mi cuerpo ha dejado de ser mío para pasar a ser un poquito de todos.

Meses atrás nadie se hubiera atrevido a tocarme la barriga, y menos a darme un besazo justo en el ombligo, ni tampoco a comentar si he aumentado una talla de pecho, ni a preocuparse por si duermo bien, si sufro restreñimiento o si llevo una dieta equilibrada.

Mi cuerpo ha tomado una nueva dimensión a ojos de la gente que me rodea. No es el cuerpo de una mujer corriente sino un cuerpo que alberga una personita nueva y este hecho justifica el acercamiento físico.

Q. me dice que es normal que la gente –próxima y no tan próxima- me toque la panza porque, de hecho, no me tocan a mí: es una manera de aproximarse al bebé. Vaya por delante que a mí no me molesta, pero sí que me sorprendre. Jamás me habían tocado tanto como ahora, y eso que soy una persona de mimos a la que me gusta dar abrazos y recibirlos.

No sé qué dirían sobre este hecho los gurús del pensamiento moderno que nos repiten una y otra vez que vivimos en una sociedad en la que marcamos demasiadas distancias y nos tocamos poco. ¡Ah! Y que nadie se confunda: hablamos de tocar, no de sobar.

Listas, listas, listas

Mientras esperas la llegada de tu hijo pasa lo mismo que mientras esperas el día de tu boda (si es el caso): parece que lo menos importante es el amor y lo más decisivo es la distribución de los familiares en las mesas para la comilona.

Pues bien, mientras que mis preocupaciones y las de Q. se centran en el bienestar del bebé, en imaginarnos cómo nacerá y qué aspecto tendrá esta personita desconocida que pasará a ser de golpe, sin opción de marcha atrás, “nuestro hijo”, el mundo se empeña en llenarnos de listas.

La lista para la canastilla, la lista de la ropa de la madre para el hospital, la lista para que todo el mundo no te regale lo mismo, la lista de ejercicios físicos para evitar la episiotomía (el temido corte), la lista de todo lo que tienes que hacer antes del gran día…

Es curioso que la única lista auténticamente útil no exista. Me refiero a la lista de las excepciones, la que responda a todos los depende que vas encontrándote durante el embarazo: ¿Tendré un parto normal? Depende; ¿El niño comerá bien? Depende; ¿Cuántas horas dormirá?, Depende; ¿Tendré depresión posparto?, Depende. ¿Cómo será mi vida de pareja después?

Como una reina

Una de las mejores experiencias de estar embarazada es que me tratan como a una reina. Empezando por mi pareja y acabando por el señor del bar que cada tarde me recuerda que vaya con cuidado al sentarme en el taburete de la barra, no sea que me caiga.

De hecho, me habían contado muchas veces que aprovechara esta situación porque, como es bien sabido, el embarazo se acaba y, en el momento en que el bebé lanza su primero grito en este mundo, ya quedas relegada a un segundo plano.

No quiero incitar a nadie a que abuse de su situación. Os prometo que yo no lo hago. Es más, son las atenciones de mi entorno las que me invitan a relajarme y a reducir un poco el ritmo. Es como si el mundo se endulzara para decirte: este es un momento especial; vívelo sin complejos.

Ahora, si duermo más horas no soy una gandula, sino una embarazada que necesita descansar; si no recojo la mesa, Q. se levanta y prepara el lavavajillas sin más dilación. Y otra cosa muy importante: la última aceituna siempre es para mí.

¿Dónde pondremos el moisés?

Imaginaos Q. y yo en el sofá de casa mirándonos a los ojos como dos bobos asumiendo, entre risitas tontas, que seremos padres. Un embarazo deseado siempre es una buena noticia y me imagino que esta escena es la misma que habrán protagonizado centenares de parejas. La mía es especial para nosotros, y para nadie más.

¿Por qué cuándo vives un momento así el tiempo (y los teléfonos) no se paran aunque solo sea por respeto, para conseguir alargar un pelín más ese instante lleno de ilusión e inconsciencia?

Ya intuyes (porque te lo han dicho, porque lo has visto, porque ya tenemos una edad y no somos ilusos del todo) que tener un hijo es un gran responsabilidad. Pero hay un momento clave, al principio de la carrera, que te quieres recrear pensando solo en la parte buena de la experiencia.

Pues bien, estábamos en este estado de irrealidad cuando sonó el teléfono. Era mi madre. Ahora ya no llama para saber cómo estamos. Su principal motivación es saber cómo está su futuro nieto y la madre de éste (con qué facilidad pasamos a un segundo plano, ¿no?). Y así, como si nada, va y me suelta:

-Por cierto ¿habéis pensado dónde pondréis el moisés? Piensa que los primeres meses el niño tiene que dormir con vosotros y, claro, la habitación es tan estrecha… bla, bla, bla.

Miro a Q. Sigue con la misma risita tonta. No le fastidiaré el momento. Ya nos preocuparemos del moisés cuándo se separen los mares; ya tendré tiempo de escribirle una carta al arquitecto para agradecerle que diseñara una habitación únicamente para dos.