La historia de un embarazo o cómo la espera de un bebé pone a prueba una relación de pareja

Archivo de abril, 2008

Chacón y yo

Chacón es la mujer embarazada más famosa del panorama español. Tanto que cada vez que me preguntan “de cuánto estás” y respondo “de siete meses” me dicen “¡mira, como la Chacón!”. Y así es. La ministra de defensa y yo llevamos las mismas cuentas (de gestación, se entiende; las cuentas corrientes, cada una lleva las suyas).

Ayer, mientras fantaseaba imaginándome la cara de mi bebé, empecé a pensar en las semejanzas y diferencias entre esa mujer y yo.

Mientras ella pasa revista a las tropas, viaja al Líbano con un equipo médico por si las moscas y ostenta poder, mi coche me deja tirada en el estacionamiento de la ITV, escribo esta reflexión con una esterilla eléctrica para calmar el dolor de ciática y rezo para que cuando sea madre, en el trabajo me miren con los mismos ojos que ahora, para que pueda encontrar una plaza de guardería decente y para que mi vida laboral y personal avance sin renunciar a mis sueños, mis ilusiones, mis ambiciones.

Una cosa sí tengo en común con Chacón:las dos recibiremos una ayuda de 2.500 euros para pagar los pañales. Y otra, que juega a mi favor: mientras todas las miradas criticonas se posen en su cuerpo para ver cómo se recupera de su embarazo, desde el más absoluto anonimato, yo me podré matar a abdominales para fortalecer mi tripita.

A pesar de no ser amiga de batallas, quizás adapto su famosa frase y, cuando suene el despertador, cada mañana diré a pleno pulmón: “Q., manden firmes”.

Cursi sin remedio

Sabía que afrontar la paternidad te cambia, pero no sabía que la transformación pudiera ser tan radical como la que está somatizando Q. Mi pareja, sin ser moderno, le gusta seguir las últimas tendencias. Siempre que puede acude al Sónar, viste con camisetas poco discretas y detesta los objetos de decoración finolis (léase figuras de porcelana del Lladró, por ejemplo).

Esta semana hemos pintado la habitación de nuestro futuro bebé. Las paredes son de color marfil y para decorarlas hemos puesto una cenefa que repite, a un metro y medio del suelo, una combinación de patitos y mariquitas. Sí, como lo estáis leyendo y podéis ver en la foto.

Pues bien, ayer, al llegar a casa, me encuentré a Q. sentado en el suelo, en medio de la habitación vacía, mirando las paredes, absorto, y sonriendo inocentemente. Le pregunté:

-¿Qué haces aquí?

-¡Me gusta tanto esta habitación! ¡Ha quedado tan bonita! No sé… He llegado a casa, la he visto y me he puesto tonto.

Me senté en el suelo a su lado y le di un beso en la sien. Por un momento no supe quién era más pequeño, si el bebé que se meneaba en mi barriga o ese hombre hecho y derecho, conmovido contemplando los patitos de la pared. Y, ¿sabéis una cosa?, me encanta su cursilería.

Un ratico más

Es una noche cualquiera. Estoy sentada delante del ordenador, la pantalla en blanco. Una patada en mi barriga me sacude. Interpreto que me dice “ponte las pilas. Estoy cansado de estar aquí sentados. Tú sabes que tendríamos que estar en el suelo, encima de la manta, haciendo ejercicios de respiración para cuando decida salir”.

Levanto la persiana. Y no veo nada. Noche cerrada. Estoy embarazada por primera vez en mi vida. Otras mujeres lo han estado antes y otras lo estarán después. Pero éste es mi presente. Lo demás no importa. Dicen que es normal tener ganas de ver a tu hijo. Yo aún no; quiero alargar este momento. Siempre me han gustado los viajes.

Si fumase -que no es el caso y tampoco quedaría bien- encendería ahora un cigarrillo, continuaría mirando por la ventana entreabierta y dejaría volar mi mente. Pensaría en mi vida, en lo que dejo atrás, en lo que me espera por delante. Pensaría en las personas muy queridas que no tendrán la oportunidad de conocer a mi hijo. Me entristecería comprobar que una parte de mi mundo no formará parte del suyo.

Pero no me dejo llevar por este ataque de melancolía. Miro mi álbum de fotos familiar y lo abrazo. Cierro la ventana y deseo con todas mis fuerzas que todo continúe igual, por favor, un ratico más.

El apellido de la madre, primero

Nuestro nombre y apellido es lo primero que nos define. Lo segundo, a efectos estrictamente legales, es nuestro número de DNI. En la combinación numérica no podemos elegir, pero la ley sí que nos permite decidir qué apellido pondremos primero a nuestro hijo: el del padre o el de la madre.

Conozco pocas parejas que se planteen esta posibilidad. Lo más habitual es optar por el del padre, porque es lo normal, lo que se ha hecho siempre, lo que esperan los abuelos. Alterar lo previsible es un marrón: has de dar explicaciones que no siempre te apetecen.

En algunos países, las mujeres pierden su apellido al casarse y, en otros, como Argentina, se han planteado modificar el marco legal para que el primer apellido sea obligatoriamente el de la madre.

Muchos (y muchas) creerán que es una pataleta feminista alterar este orden y yo creo que todas, absolutamente todas las decisiones que tomamos arrastrados por el peso de la costumbre, son susceptibles de ser cambiadas.

¿El padre se sentirá menos padre porque su apellido vaya en segunda posición? Por contra, ¿las madres se han sentido infravaloradas durante décadas porque su linaje pesase tan poco en la identidad de su hijo? ¿Realmente, es un gesto de feminismo o quizás responde al hecho de valorar qué apellido es el más bonito, el menos común, el que rima mejor con el nombre, el que está a punto de extinguirse?

(Comentario de foto: me ha encantado esta imagen por la rotundidad masculina del nombre)

Y aún no ha llegado

Esto de ser casi padres es como estar agilipollado todo el día. De golpe y porrazo, te encuentras hablándole a una barriga, luego le pones nombre y más adelante necesitas que se mueva constantemente para cerciorarte de que hay alguien ahí dentro. Es curioso: ahora quieres que se mueva pero cuando nazca seguro que nos quejamos si no para quieto.

La ternura de Q. – dile sensiblería, ilusión, esperanza- se ha agudizado hasta límites insospechados. Ya dicen que es cierto que uno nunca sabe cómo va a reaccionar hasta que se encuentra delante de una nueva experiencia.

Hace semanas que no veo ningún programa de televisión sin una mano encima de mi barriga; no puedo dormir sin que me sobresalte una voz que curiosamente no habla conmigo sino con el bebé; y tambien hace tiempo que cuando salgo de la ducha me encuentro con unos ojos que se posan en mí y me sonrien, cómo os diría, de una manera distinta a la habitual.

Esta mañana, Q. se ha acercado a mi barriga y le ha susurrado:

-Buenos días, soy papá.

Y de golpe y porrazo, un pie o un puño se ha disparado contra su boca. ¡Vaya susto!

-¿Eso qué quiere decir, que le ha gustado o no?, me pregunta Q.

No tengo ni idea. Espérate a descubrirlo cuando lo tengas cara a cara y le hables por primera vez.

Ha reinado el silencio y he comprendido que el reto de la comunicación entre padres e hijos ya ha empezado. No sé porqué, en aquel justo instante, he pensado en mis padres.

Sexo embarazoso

Todos los libros, comadronas y médicos lo dicen: durante el embarazo se puede practicar sexo con normalidad excepto, claro está, si hay alguna contraindicación.

¿Qué quiere decir “con normalidad”? ¿Tantas veces por semana como antes de embarazarse? ¿Cada vez que te apetezca? La respuesta correcta es cuando tú y tu pareja lo deseéis. Y punto.

Por lo que he podido saber preguntando a mujeres embarazadas que me rodean, la mayoría ha sufrido una pérdida de entusiasmo mezclado con el instinto de protección del bebé (o dicho de otro modo: por aquí no entra nada ni nadie).

Algunas hablan de sus compañeros con expresiones del tipo “pobrecillo, lo tengo a pan y agua”, “tendrá que apañarse solito porque entre el embarazo, la cuarentena, y el sueño que se nos avecina, la cosa va para largo” … y otras frases similares. También las hay -menos- que han continuado con su vida sexual sin problemas.

Jamás me ha gustado tratar el sexo pensando exclusivamente en las necesidades del otro. He de confesar que estoy más cansada y tengo más sueño que hace unos meses, pero también tengo el cabello más bonito que nunca y alguna otra parte del cuerpo ha ganado una consistencia remarcable que no pienso desaprovechar ni que desaprovechen.

(Espero que Q. lea este post).

Con permiso para tocar

Estar embarazada es un estadio intermedio entre ser solamente una mujer y pasar a ser también una madre. Me explico. Mi cuerpo ha dejado de ser mío para pasar a ser un poquito de todos.

Meses atrás nadie se hubiera atrevido a tocarme la barriga, y menos a darme un besazo justo en el ombligo, ni tampoco a comentar si he aumentado una talla de pecho, ni a preocuparse por si duermo bien, si sufro restreñimiento o si llevo una dieta equilibrada.

Mi cuerpo ha tomado una nueva dimensión a ojos de la gente que me rodea. No es el cuerpo de una mujer corriente sino un cuerpo que alberga una personita nueva y este hecho justifica el acercamiento físico.

Q. me dice que es normal que la gente –próxima y no tan próxima- me toque la panza porque, de hecho, no me tocan a mí: es una manera de aproximarse al bebé. Vaya por delante que a mí no me molesta, pero sí que me sorprendre. Jamás me habían tocado tanto como ahora, y eso que soy una persona de mimos a la que me gusta dar abrazos y recibirlos.

No sé qué dirían sobre este hecho los gurús del pensamiento moderno que nos repiten una y otra vez que vivimos en una sociedad en la que marcamos demasiadas distancias y nos tocamos poco. ¡Ah! Y que nadie se confunda: hablamos de tocar, no de sobar.

Teta o huevo

Conversación divertida inspirada en hechos reales.

Hombre 1: El otro día me sorprendió ver a un niño con dientes y grandecito que aún mamaba. Mi mujer dió el pecho hasta los seis meses. Cuando el niño ya come de todo, ¿para qué vas a querer darle más teta?

Hombre 2: A mí, lo que más me sorprendre son las reuniones de madres; todas se encuentran para dar de mamar a sus bebés. Yo creo que es algo muy íntimo. ¿Es necesario hacerlo en grupo? ¿No es más natural hacerlo tranquilamente?

Los dos hombres miran a la única mujer de la mesa. Le reclaman una respuesta por su condición femenina y ella sólo atina a abrir la boca y decir: No tengo experiencia en el tema. Sólo sé que es verdad que las mujeres son bastante gremiales y que parece que les gusta compartir ese momento. Yo no me imagino formando parte de un grupo de mujeres con el pecho fuera… Me van las situaciones más íntimas.

H 2: Creo que, con este sector de mujeres integristas, pasa un poco como con los homosexuales: los hay que lo son con discreción, con normalidad, y los hay que tienen que hacerse notar por algun motivo que no acabo de entender.

El H 2 mira al H 1 y en tono jocoso le dice: ¿Qué te parece si quedamos un día para enseñarnos… un huevo?

La mujer salta enfadada y replica: ¡Eh! ¿Y yo qué?