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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

Capítulo 35 de Mastín: confesiones

Todos los viernes desde enero publico en este blog un capítulo de Mastín, una novela juvenil apta para adultos con la protección animal como fondo.

CAPÍTULO 35:

– No jodas más y dame las llaves – insistió Irene con una mano en la cintura y la otra extendida.

– Estoy bien, de verdad – aseguró Fran sin hacer el menor amago de entregar nada a nadie.

– ¡Mira que eres coñazo! Irene no ha bebido nada y conduce de puta madre, no le va a hacer nada a tu flamante coche nuevo – dijo Mario arrebatándole las llaves de la mano, accionando el cierre centralizado del Yaris plateado y empujando a su amigo – Anda, siéntate detrás conmigo que sufrirás menos. En días como hoy hay mucho control de alcoholemia, aunque estés bien, conduciendo Irene te ahorras la multa –

Irene recogió las llaves y se dirigió al asiento del conductor, Martín se sentó a su lado, percatándose al hacerlo de que de perfil el escote se abría aún más y mirándose a continuación los dedos. Ninguno de los amigos de Mal habían estado jamás en la perrera y no tenían ni idea de cómo llegar, a él le tocaba guiarles. Ella se había ido con Lobo en la moto hacía ya un buen rato. La Triumph estaba aparcada cerca del garito en el que estaban, y ellos habían tenido que andar un cuarto de hora hasta llegar al coche de Fran. El chico agradecía que se hubieran prestado a llevarle a la protectora. De no haber sido así tendría que haberse buscado la vida para volver a casa en transporte público, pillar la bicicleta e ir a oscuras. Tenía clarísimo que no iba a quedarse en casa a esperar a que le contaran lo que había pasado. No quería que acabara la noche. No quería no estar ahí en lo que fuera que hubiera pasado. No quería que aquel motero silencioso estuviera allí con ella y él no.

Procuró no pensar en lo que encontraría en la protectora o en la imagen de Mal agarrada a Lobo sobre la moto y se fijó en cómo la conductora maniobraba por aquellas calles estrechas. También daba gracias porque Irene no bebiera, “estoy a dieta y beber alcohol es como beber chupitos de aceite” le había dicho. Si Fran, con sus dos cervezas y sus dos copas se hubiera puesto al volante, se habría encontrado ante la encrucijada de entrar en el coche contraviniendo directamente la orden expresa de su madre de no subir en ningún vehículo que condujera alguien que había bebido, u obedecer y tener que buscarse la vida para llegar a la protectora de madrugada jugándose también el culo en una carretera oscura sobre una bicicleta sin luces ni apenas reflectantes.

– Hasta la Nacional sé llegar, luego tendrás que guiarme – dijo Irene al tiempo que detenía el coche ante un semáforo en rojo. Por delante cruzaba un grupo de mujeres celebrando una despedida de soltera, todas con gorros de bruja y con una de ella disfrazada de la cabeza a los pies.

– Gracias por llevarme, de verdad – repitió Martín.

– Ni te preocupes. Nunca había acabado una juerga entre perros. Puede ser memorable – apuntó Mario entre risas. También estaba bastante achispado. “Ojalá no sea memorable”, deseó Martín. Mal no había dado explicaciones, pero parecía muy preocupada. Lo de unos gamberros colándose en el recinto de noche no sonaba nada bien.

– No lo revoluciones tanto, que la gasolina la pago yo. ¿Te crees un piloto de rally? –

Irene suspiró elevando los ojos al cielo. – ¡Mira que eres coñazo! ¡Y me quejaba yo de conducir junto a mi padre! –

– Anda, pon música que me duermo – pidió Mario.

Martín accionó el reproductor del coche y comenzó a sonar Ramnstein a todo volumen. Irene lo apagó al instante. El chico lo agradeció. No le disgustaban, pero no le apetecía nada ese tipo de música en aquellas circunstancias.

– ¡Vaya mierda! ¿No tienes otra cosa? – preguntó Irene sin paños calientes.

– Sí, todo lo que tengo en el móvil. Pero me queda poca batería y prefiero reservarla ya que estamos de aventura –

– Pon la radio – sugirió Mario.

– ¡Bah! A esta hora un fin de semana la radio también es un asco –

El interior del pequeño Toyota volvió a quedar en silencio. Martín miró por la ventanilla. La ciudad se transformaba a toda velocidad ante sus ojos, de las calles estrechas y llenas de historias a la avenidas amplias y nobles, pronto llegarían edificios anodinos levantados medio siglo atrás, semejantes al suyo. Estaba iluminada y llena de vida, con un buen porcentaje de turistas disfrutando por fin de una temperatura agradable y de aquel bullicio nocturno del que carecían en sus lugares de origen.

– Ya deben estar llegando, ventajas de la moto – comentó Irene.

Era inevitable. Martín vio de nuevo a Mal poniéndose el casco ‘de invitados’ que Lobo llevaba guardado y encaramándose a la moto, con las piernas desnudas en torno a aquel tipo que hablaba poco y miraba tanto, una piel que él aún sentía hormiguear en la yema de sus dedos. Se había alejando abrazándole a la cintura forrada de cuero y dejando a Martín confundido, dudando si lo ocurrido en la escalera había sido un sueño, preguntándose porqué no lo había detenido, cómo era posible que él se hubiera atrevido a hacerlo y temiendo lo que hubiera podido pasarles a aquellos animales que tan bien conocía.

– Dame conversación anda, que yo tampoco quiero dormirme – dijo ella.

– Vale, pero no se me ocurre de qué hablar – contestó el chico encogiéndose de hombros.

– Es fácil. Por ejemplo: Mal es guay, ¿verdad? – comentó más que preguntó Irene en voz queda y traviesa. Martín se limitó a asentir. Mario parecía estar dormido, apoyado en el cristal; Fran miraba concentrado su móvil y tecleaba, pese a la escasez de batería.

– La conozco desde hace muchos años, desde Secundaria – añadió ella.

– Yo desde hace unos meses, desde que este invierno se mudó a mi bloque –

– Ya, cuando rompió con Guille –

Irene tenía de repente toda la atención del muchacho.

– ¿Quién era Guille? –

– ¿No te ha hablado de él? – dijo extrañada – Bueno, también lo entiendo. Aunque a mí me cueste aún no pensar en ambos como pareja, es lógico que con la gente nueva pase de recordar todo aquello –

– ¿Qué les pasó? – planteó preguntándose si ese tal Guille sería aquel tipo al que ella confesó una vez que había roto.

Irene rió suavemente – Mira tú, ahí donde te ves, tan alto, tan majete y tan jovencito… y resulta que eres una portera. Pues pasaron cosas desagradables, como sucede con frecuencia cuando dos personas que se querían mucho acaban separándose –

La chica le dedicó una ojeada rápida cargada de intención.

– Sí, ya veo que Mal te parece guay –

– Mal es solo una amiga – puntualizó con poco éxito el chico. Podría haber callado ahí, pero fue incapaz. Era extraño, tal vez fueran los gin-tonics, tal vez el hecho de que estar rodando en silencio y rodeados de oscuridad animaba a convertir el coche en un confesionario, puede que sencillamente Martín necesitara ordenar lo que sentía hablando, contárselo por primera vez a alguien, y nadie mejor que una desconocida que poco le importaría cómo le juzgase y que conocía a Mal. – Ojalá pudiera plantearme que fuera algo más que eso, pero tiene veintiséis años y yo aún no he cumplido los dieciocho. Si no fuera así sí que estaría intentando que saliésemos juntos, pero es ridículo sólo pensarlo. A veces creo que no, que no lo es, que yo también le gusto y ella también está tentada de mandarlo todo al carajo, que sí que debería intentarlo. Pero no… es una estupidez, me ha dejado bien claro en varias ocasiones que no hay nada que hacer. Estoy hecho un puto lío. Me alegra la vida solo el hecho de verla, pero desde que aclaramos un cabreo que tuvimos y pasamos a entendernos bastante bien, no soy capaz de que me interesen otras tías de mi edad –

Irene meditó un poco antes de contestar, sin apartar la vista de la carretera por la que circulaban pocos vehículos y algunos de ellos demasiado deprisa.

– Puede que si pasara algo fuera una estupidez, no te digo que no. A la mayoría de las tías que conozco no nos gusta imaginarnos de asaltacunas, al menos a nuestra edad. Lo que mola en todo caso es que te gusten los de treintaymuchos o cuarenta. Pero estupidez o no yo también creo que le gustas. Lo que pasa es que ahí donde la ves, tan segura de sí misma, de abogada de causas pobres e independiente, en realidad se come demasiado la cabeza y se piensa cien veces cada paso que da. Por cierto, que es una estupidez que han cometido muchos antes que tú, no hace mucho leí que un tipo había puesto un detective a una mujer de treinta y bastantes, resulta que le ponía los cuernos al marido con el hijo de diecisiete años del detective. El mundo es un pañuelo – terminó sonriendo, tal vez para quitar hierro a todo aquello.

– ¿Cómo acabó la historia? –

– Pues a ella la condenaron a un mes de cárcel y a nosequé más –

– ¡Menudo ejemplo me pones! – dijo Martín conteniendo una carcajada.

– ¡Bah! Eso en España no debe ser ilegal. No somos tan puritanos como los yanquis. Y de todas formas, ¿cuándo cumples años? –

– Soy de agosto. El mes que viene, a finales –

– Pues ya está, esperas a los dieciocho y listo –

– ¿Me estás animando a intentarlo con ella? Porque es lo que parece – repuso Martín divertido.

– Tú verás. No soy yo de dar consejos, pero sí que te digo que a mí lo que me acojonaría de liarme con uno de dieciocho es que no fuera solo un lío –

– Explícate –

– Creo que está claro. Lo que me acojonaría es que el chavalín se enamorase de mí, que se quedase colgado. O yo de él. Si solo fuera algo divertido para ambos, sería otro cantar –

Martín se quedó pensando en lo que Irene acababa de decir. A él no era algo que le acojonase, ni siquiera lo había pensado, pero entendía que para Mal pudiera serlo. Sí que sería más fácil si fuera intrascendente, pero no estaba seguro de ser capaz de hacer que no trascendiera. Por estar rumiando todo aquello, casi se pasa avisar de la salida.

– ¡Por allí! Y luego la segunda salida de la rotonda –

Según se acercaban a la perrera, menos peso tenía Mal y más lo que pudiera haber pasado. Nada más pasar la glorieta pudo ver un coche de la policía municipal aparcado junto a la Triumph. La puerta de acceso estaba abierta de par en par. Se quitó el cinturón de seguridad y saltó del coche en el mismo instante que Irene frenaba, recordando a aquel cabrón que había tirado los gatos por encima de la valla y temiendo lo que podría encontrarse.

Respiró hondo y entró a paso vivo por la puerta.

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Nami es un cruce de podenco súper cariñosa, muy inteligente y obediente, han ido a colegios con ella a dar charlas así que es ideal para una familia pero nadie se fija en ella, en la protectora en la que la atienden, en Valdemoro, no entienden el motivo. Yo tampoco.

Contacto: aiba.adopciones@gmail.com

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Águeda

    Me encanta!! ahora una semana entera para saber si los perretes están bien!!!Buen finde!!

    18 septiembre 2015 | 9:31

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