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¡Que paren las máquinas! ¡Que paren las máquinas!

¡Que paren las máquinas! El director de 20 minutos y de 20minutos.es cuenta, entre otras cosas, algunas interioridades del diario

Manu Leguineche, periodista y también literato

Un curso de verano de la UNED reivindica estos días en Guadalajara la figura de Manu Leguineche (Arrazua, Vizcaya, 1941 – Madrid, 2014) no sólo como periodista, en lo que ya está muy reconocido aunque no todo lo que Manu sin duda merece, sino también como literato.
El programa, de tres días y organizado por Pedro Aguilar, es muy ambicioso. Intervenimos una veintena de personas que tratamos al jefe de la tribu en diferentes épocas de su vida y le conocimos bien en algunas de sus muchas facetas.
Ya os conté aquí que, como muchos colegas de mi generación, le debo en buena parte a Manu mi vocación periodística. Sus crónicas y reportajes de los años sesenta y setenta desde zonas de conflicto -Vietnam, Irán, Suráfrica…- o libros como La tribu, sobre la caída de Francisco Macías en Guinea, o El viaje más corto o Los topos -este, con Jesús Torbado- multiplicaron en nosotros la pasión por nuestro oficio.
Poco imaginaba yo que muchos años después de aquellas primeras lecturas de Manu me iba a encontrar con él en un pequeño pueblo de Guadalajara, Cañizar, donde en los noventa me compré una casa de fin de semana y donde Manu llevaba ya diez años escribiendo sus libros en otra casa en el monte, El Tejar de la Mata, rodeado de encinas, robles, olivos, jabalíes y corzos.
Manu no era en Cañizar un intelectual aislado en su refugio. Participaba como el que más en la vida del pueblo, en las alegres rutinas de partidas de mus, jornadas de caza y meriendas o rondas de vinos (que allí los llaman reos) con la cuadrilla.
De esas rutinas cotidianas y de sus reflexiones en la casa del monte y de sus largas conversaciones con los paisanos nació en 1999 La felicidad de la tierra (Alfaguara), en mi opinión la mejor obra literaria de Manu Leguineche, y a la altura de algunas de las más altas cumbres en castellano de finales del siglo XX.
Quizás su carácter ecléctico -es un dietario, y un ensayo, y a veces una novela, y en ocasiones incluso una indagación filológica- haya sido la causa de que muchos lectores potenciales no repararan en ella. Os la recomiendo con entusiasmo. Si estáis seleccionando vuestros libros para las vacaciones, echad al cesto La felicidad de la tierra.

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