Archivo de noviembre, 2020

Elogio del inodoro por el Día Mundial del Retrete

Vamos un poco retrasados en la celebración porque su día fue el pasado 19 de noviembre, pero las entradas en este blog llegan los martes. No es cosa baladí, ni escatológica, hablar de estos temas en un blog serio como este. La posesión de una zona saludable para evacuar, que  para ciertas personas es un lujo con múltiples y sofisticados componentes añadidos, es una necesidad para otras en forma de un simple retrete, así se llamó en mi pueblo monegrino hasta que nos modernizamos con la televisión. Tan complicada está la cosa hoy día que incluso ni siquiera es de uso familiar, sino colectivo, en algunas zonas rurales y grandes urbes del mundo proporciona ‘servicio’ –cabría preguntarse por qué en España llamamos así al retrete o cuarto de baño, aseo o excusado- a todo un edificio o barrio.

Como siempre hacemos aquí, nos apetece introducir el tema con un poco de historia; si lo prefieren con una serie de anécdotas mal hilvanadas. Mientras la especie humana fue nómada, el campo fue su lugar de expansión intestinal. Pero llegó el Neolítico y se hizo sedentario. Suponemos que las deposiciones en calles y sitios públicos estropearon el tránsito cotidiano, y además eran acumulativas. Por eso se empezaron a construir letrinas, retretes, wáteres o inodoros, con diferentes versiones en cada lugar y país. Dicen que las primeras estancias para deposiciones controladas estuvieron en el valle del Indo, o en Chipre, y que fueron los romanos quienes proporcionaron latrinae, estancias compartidas entre los ciudadanos; se dice que en Roma había unas 144 en el siglo IV, si bien las domus de los ricos patricios disponían de algo parecido a unos baños, lavatrina, convenientemente alejados del atrio.

Pero llegaron tiempos malos y en Europa, pongamos que por la Edad Media, se perdieron esos limpios usos y cada uno se las arreglaba como podía. Los arroyuelos de agua sucias procedentes de las viviendas y establecimientos preindustriales eran comunes en las urbes; en ocasiones el “agua va” regaba a los transeúntes. Hubo que esperar a finales del siglo XVI para que se fabricase un aparato especial, “el Áyax” para la reina Isabel I de Inglaterra, aunque las malas lenguas de aquellos tiempos aseguran que no lo utilizaba mucho, sería por las burlas que tuvo que soportar su inventor. Porque lo de evacuar siempre ha preocupado a la especie humana. No sabemos si el invento de Sir John Harrington sería conocido por don Francisco de Quevedo y Villegas, que unos años más tarde escribía Gracias y desgracias del ojo del culo, una composición plena de aforismos más o menos irreverentes, que acaba con una serie de desgracias del escatológico protagonista. Hay que ver en qué se ocupaban algunos de nuestros más ilustres creadores del Siglo de Oro de las letras españolas. ¡Eran otros tiempos!

Letrinas romanas en Ostia (dominio publico)

No fue hasta 1755 cuando un relojero inglés le puso al wáter un sifón que evitase las emanaciones de olores. Nació el inodoro, que tardó bastante en hacerse famoso; nunca universal pues en muchos lugares carecen de este invento con función de retrete, con o sin sifón que lo haga inodoro. Con o sin depósito de agua, porque lo de tirar de la cadena fue otro acontecimiento que con el tiempo se ha convertido en el gran consumidor del agua domiciliaria. Afortunadamente, la capacidad del depósito evacuador va menguando y se permiten descargas diferenciadas. Ahora se construyen muy sofisticados, algunos incorporan diseños de postín y hasta grifitos de donde sale agua limpiadora y toberas que expulsan el aire caliente que seca el lugar. A pesar del tiempo transcurrido, el retrete no es un bien universal, con todos los riesgos sanitarios y de salud ambiental que este déficit ocasiona.

Por eso se entenderá que la ONU se empeñe en dedicar un Día Mundial al Retrete. No va descaminada pues se calcula que más de 4.000 millones de personas carecen de servicios de saneamiento gestionados de forma segura. El empeño de la ONU va en garantizar disponibilidad de agua y saneamiento para todos con el horizonte del año 2030, aquí al hito lo hemos titulado cima. En el año 2017 el portal de iagua incluyó para la fecha una serie de entradas que no debe perderse quien tenga un mínimo interés por entender el derecho universal al saneamiento. Allí se recogen deseos y pretensiones que pueden parecer sorprendentes para los que miramos el mundo desde la terraza de los ricos. Por ejemplo: el Gobierno de la India pretendía en 2019 acabar con la práctica de unos 600 millones de ciudadanos que todavía defecan en campo abierto o donde les viene bien, por carecer de instalaciones sanitarias. Parece que no lo han logrado. De este asunto trataba la película india made in Bollywood estrenada en 2017 Toilet: A Love Story. La recién casada protagonista deja la casa de su marido al descubrir que esta no tiene baño. Ocurren más asuntos, como la reivindicación del protagonista de que cambien las cosas. Aseguran los críticos que la película no destaca por su calidad, pero sí por la naturaleza del mensaje. Dicen que está basada en una historia real. Para la gente curiosa existe una síntesis en Ecos de Asia, donde han traducido su título y dice Sin retrete no hay amor. Va bien para esta entrada, como aquella noticia que hablaba que en este gran país superpoblado se había facilitado una aplicación para móvil que te situaba el inodoro más cercano. The New York Times recogía en un artículo de hace unos tres años que el eslogan de la campaña era ocurrente: “Cuando la naturaleza llama, utiliza tu celular”.

Sobre el tema del saneamiento hay mucho que hablar. UNICEF lleva varios años llamando la atención sobre el hecho de que escuelas con agua suponen infancias con futuro. Hace un tiempo cifraba en que casi dos tercios de las escuelas de 60 países del mundo pobre carecían de letrinas o sistemas de alcantarillado adecuado. Alertaba de que en muchos lugares en donde no hay letrinas las chicas abandonan la escuela por no ver preservada su intimidad, con todo lo que esto supone en la transformación social.

La ONU ha ligado saneamiento al cambio climático en el día mundial de 2020; no es necesario ahondar en la relación porque es más que evidente. Si alguien quiere más información puede mirar aquí. Para quienes no tengan tiempo queremos traer textualmente algo que allí se dice: “a nivel mundial, el 80% de las aguas residuales generadas por la sociedad regresa al ecosistema sin ser tratada ni reutilizada. Las aguas residuales y los lodos de los inodoros contienen agua, nutrientes y energía valiosos. Los sistemas de saneamiento sostenible también hacen un uso productivo de los desechos para impulsar la agricultura de manera segura y reducir y capturar las emisiones para obtener energía más verde”. Algo que parece que se desconoce hasta en muchos países ricos, si bien se va avanzando algo en el proceso.

Pero el inodoro también está sujeto a paradojas. En muchos sitios donde su uso es cotidiano, bastantes veces al día por cada persona, no lo utiliza bien demasiada gente. Se lanzan a los inodoros desechos no orgánicos como toallitas de limpieza, bastoncitos, tiritas, plásticos de tipos diversos, etc. Así se le resta su estilo de sanitaria sencillez universal, a la vez que se contaminan las aguas, se atoran las redes de saneamiento y las depuradoras, disminuye la biodiversidad de los ríos y los ayuntamientos deben dedicar sumas importantes de dinero y muchos recursos para devolver a los cauces las aguas tras una exigente depuración que acerque su calidad a la que tenían en el lugar de abastecimiento. Si Usted desea añadirse a nuestro elogio piense en lo que lanza al inodoro; nos referimos a los añadidos no relacionados con su función básica: evacuar las deposiciones. No caigan en la trampa de creer que la greguería de Ramón Gómez de la Serna “La taza del inodoro, demasiada taza para tan poco chocolate”, quería decir que hay que llenarla con más cosas.

Al final de la historia, disponer de un retrete en casa y en la escuela salva vidas, y de paso le echa una mano a la maltratada salud de los acuíferos y el resto del Planeta.

(GTRES)

El derroche alimentario no para de engordar

No va mal traer hasta aquí a personas que se han distinguido por hacer una defensa de la ética social, por proclamar que la inequidad actual será una rémora para el devenir del mundo, que arrastrará a más gente de la que se piensa. Lo hacemos en este caso con un político que se retira: el expresidente uruguayo José A. Mújica, que en octubre pasado acaba de formalizar su renuncia al Senado uruguayo, empujado por los temores ante la pandemia.

(QUATRE FILMS/JUAN LÓPEZ)

Durante su paso por la política ha dejado evidentes muestras de sencilla sensatez, reconocida internacionalmente, desempeño muy favorable para la sostenibilidad planetaria que aquí defendemos.  Ni siquiera a Vargas Llosa, cuyas ideas políticas se supone estaban alejadas, le dolieron prendas para hablar bien de él. Apetece recoger al inicio de esta entrada una parte de las declaraciones que hacía en 2014 a la Agencia Efe. Durante la entrevista mostraba sus preocupaciones por la impotencia de mundo contemporáneo. Decía que era posible que los perros de Europa comiesen mejor que los niños africanos, esos que arrastrarán tremendas deficiencias de por vida. Se apoyaba semejante afirmación denunciando que en todo el mundo se tiraba un tercio de la comida que se produce -este dispendio fue recogido en el blog La crónica verde, que dinamiza en este mismo periódico César-Javier Palacios-. También alertaba el expresidente de que no podemos escudarnos en la falta de dinero dados los enormes dispendios que se hacen en armas de guerra.

En síntesis, lo que vino a decir Mújica es que el derroche alimentario manda en nuestras vidas y amenaza la supervivencia de mucha gente y, a la vez, del Planeta entero, muy alejado de la Cima 2030. La FAO ya avisaba hace casi una década en las Pérdidas y desperdicio alimentario en el mundo, que incluía el alcance en aquel momento, analizaba las causas y daba pautas para la prevención. Aquí estamos, sin resolver el problema de fondo. Podemos asegurar que hoy se produce un 60% más de los alimentos necesarios para satisfacer a los 7.600 millones de habitantes que somos. A la vez, duelen las paradojas de la alimentación despilfarradora: países grandes productores y exportadores de unos alimentos concretos que a la vez compran fuera los que se comen –África es el paradigma de la explotación alimentaria, vende barato y compra caro-. Pero además, la FAO recuerda que la desnutrición y el hambre a escala global es una consecuencia de que el sistema económico es implacable y no entiende de humanidad y ética; busca producir más, no alimentar mejor. Volviendo a lo que lamentaba José Mújica, ese tercio de producción mundial supone el desperdicio de unos 1.600 millones de toneladas de alimentos. Su valoración económica se acercaría a 1.200 millones de dólares, por lo que cuesta producirlos, distribuirlos, etc., para después tirarlos. Produce sonrojo el hecho de que en Europa y América del Norte se pueden desaprovechar entre 95 y 115 kilos por persona y año. Pero todavía hay algo que añade una tremenda incógnita según denuncia la ONU: en el caso de que la población mundial sea de 9.000 millones en 2050 –alrededor de un 20% superior a la actual– se necesitarán un 70% más de alimentos.

Pero al asunto es complejo y no resulta fácil arreglarlo enseguida. Si atendemos a lo que manifiesta Hope Jahren en su libro El afán sin límite: Cómo hemos llegado al cambio climático y qué hacer a partir de ahí (Paidós), aparecido en marzo de este año, anotamos que “la población se ha duplicado en los últimos 50 años, pero se ha triplicado la producción de cereales y de carne, de azúcar; además, el consumo de combustibles fósiles se ha triplicado y el consumo eléctrico se ha cuadruplicado”. Así no vamos a ninguna parte, recalcaría Mújica. Ahora mismo, los alimentos, la energía que consumimos, los bienes y servicios, crecen sin tino en un mundo desatinado. Jahren cuantifica los alimentos desperdiciados así: “la cantidad total de cereales que se tira es similar al abastecimiento anual de cereales disponible en la India, y la cantidad de fruta y verdura que se pierde todos los años supera el abastecimiento anual de estos alimentos en todo el continente africano”.

(EFE)

Si damos por posible que mil millones de personas pasen hambre nos encontramos enfrente con que podrían alimentarse y nutrirse casi bien con lo que desperdiciamos esos otros mil millones que nos dedicamos al despilfarro alimentario, que no deja de engordar. En fin, que buena parte del problema se reduciría si mejorásemos la capacidad de compartir. La FAO, siempre llena de buenas intenciones, dedicó el pasado 29 de septiembre a recordarnos el Día Internacional sobre la Pérdida y Desperdicio de alimentos. Las familias, diversas, emplean los alimentos según usos adquiridos o necesidades reales. Podemos verlo de forma resumida en un sencillo escaparate que nos dejó National Geographic en el año 2014, y que ha actualizado este año, titulado ¿Cuánto cuesta desperdiciar los alimentos?  Ya hemos anotado antes que el asunto es considerable en forma de desperdicio de recursos y de dinero, porque producir lo que se tira no sale gratis. Pero aun hay más perversidad: en los países ricos se pagan subvenciones por producir alimentos que luego se desperdician.

Si se preguntan cómo va España en el asunto pueden mirar aquí, los datos son de fecha reciente. Por cierto, parece que ocho de cada diez hogares españoles manifiestan que desperdician alimentos. Por más que el grueso de los hogares negaron hacerlo, como recoge este artículo que publicó 20minutos en septiembre de 2019. Chequeemos cada uno nuestro hogar y hagamos propuestas para que el derroche alimentario deje de engordar. ¿Derroche sí o no? No sabemos dónde quedarnos. Pero estemos seguros de que “haberlos, ahílos”, como atestiguaría una reposada comparación entre lo producido, lo que llega a las cadenas de distribución y lo que entra y sale de los hogares.

Exploremos los consejos breves de la FAO para reducir el desperdicio de alimentos y ver si debemos mejorar algo en ciertas prácticas cotidianas. Valoremos lo sencillo, urgente, posible, muy difícil y marquémonos unos plazos. Evitemos entre todos, individuos y familias pero también empresas y administraciones, que el despilfarro engorde. También se puede explorar el proyecto Alimenta ODS que dinamizan Enraíza derechos (una ONG de cooperación al desarrollo) y Ecodes (otra ONG que busca maximizar el bienestar de las personas dentro de la capacidad del planeta). Sus propuestas y acciones van destinadas a potenciar unos sistemas alimentarios más sostenibles, que reconecten los derechos de las personas con la naturaleza, que ayuden a superar las crisis ecológicas, que pongan en valor el papel de las mujeres en este proceso. Todo ello mejoraría la salud del derroche alimentario. Solo por recordar algo en relación con esto. El ODS (Objetivo de Desarrollo Sostenible) núm. 2. dice “Hambre cero en el mundo”. Se supone que en el año 2030. Pues eso.

La nutrición universal pasa hambre

La disposición continuada de una cantidad suficiente de alimentos/nutrientes es una aspiración universal de cualquier ser vivo; la sienten todas las especies y dedican a conseguirla una buena parte de su jornada diaria. Puede que lo logren o no; de ello depende la supervivencia individual o colectiva, que alcanza a más o menos individuos. Los seres vivos más sencillos (bacterias, hongos, etc.) utilizan métodos más sencillos, pero a menudo se nos escapa su comprensión. Las plantas lo hacen mediante la fotosíntesis, un proceso que comparten todas y del que hemos oído hablar muchas veces. Pero es difícil entenderlo de verdad, por su complejidad química y energética. No es aquí el mejor lugar para abordarlo; lo dejamos aparcado.

Los animales, que saben moverse, utilizan destrezas muy diversas para alimentarse. Los que viven hoy llenan su despensa con estrategias construidas a base de siglos de evolución y adaptación a las condiciones de su cambiante entorno, como acertaron a ver Darwin y otros científicos allá por el siglo XIX. Pero muchos de los animales de antes han desaparecido: no supieron adaptarse, o les faltaron alimentos, o se los llevó uno de los complejos cataclismos que siempre acontecen. Eso les sucedió a los grandes dinosaurios hace unos 60 millones de años: no tuvieron tiempo de desarrollar alternativas, alimentarias en buena parte, ante la trascendencia de los cambios climáticos ocurridos tras el meteorito que debió caer en la Tierra por aquellos tiempos lejanos; esos que tan difíciles nos resultan emplazar en un calendario. De entre las muchas especies que terminaron mal, siempre me impresionaron los fósiles de ammonites y belemnites –parientes de los calamares, sepias y resto de cefalópodos-. Se merecían haber quedado en la Tierra para dotarla de más belleza y singularidad.

Cualquiera que tenga interés queda maravillado cuando conoce las maniobras alimentarias de los seres vivos; más ahora que nos las sirven en preciosos documentales en los que se analiza cómo está influyendo en ella el cambio climático u otros factores como puede ser la supeditación de muchas especies (criadas o cultivadas) a la alimentación humana, de tanta gente y la que va a venir después. Por señalar solamente un ejemplo de esos documentales divulgativos podemos citar a la BBC y a David Attenborough que desde Life on Earth (La vida en la Tierra) de 1979 hasta la última A Life on Our Planet –ya accesible en algunas cadenas de distribución- nos anima a maravillarnos con la naturaleza y a pensar hacia dónde va, si llegará sin excesivos cambios y deterioros a 2030 y a 2050.

Por todo esto, no debería extrañarnos que averiguar qué comían algunos de los animales, desaparecidos o no, apasione a los grupos científicos. Indagar, y después descubrir tras mucho elucubrar o razonar con método científico, supone una aventura. Si se quiere se puede encontrar un buen ejemplo en la entrada ¿Qué comían los fósiles? de National Geographic. En ella se da cuenta de la investigación de Institutos de Alemania que son capaces de concluir, por métodos que no viene al caso en esta entrada pero que tienen que ver con su dentición, si esos animales eran herbívoros o carnívoros; y lo han encontrado fijándose en el zinc, y no en la estricta composición dentaria como se hacía hasta ahora. Preparémonos pues la alimentación y la nutrición no dejarán de darnos sorpresas.

Resultar sorprendente sin embargo que la especie humana, también sujeta a la búsqueda de alimentos, no haya logrado resolver sus necesidades nutricionales tras sus renovados avances en siglos y siglos de historia. Y hay que decir con claridad que una buena parte de las personas pasa hambre pues no come lo suficiente o lo que come no sirve para estar bien nutrida; o lo que es peor, a pesar de la cultura acumulada es incapaz de repartir mejor los alimentos y los nutrientes imprescindibles. Así la equidad, figura presente en religiones y culturas, muy vapuleada por cierto en este siglo XXI, es la que más sufre los impactos del hambre. Qué pena que después de tantos años se haga verosímil aquello que decía Hipócrates (s. V y IV a. C.) de que nuestra comida debería ser nuestra medicina y viceversa; seguro que estaba pensando en el poder saludable de los nutrientes, no solo de comer más o menos cantidad. Dado que mejor nutrición y su papel como medicina para la salud todavía no van de la mano, ni en países pobres ni en sectores vulnerables de los países ricos, podemos afirmar con rotundidad que bien entrado el siglo XXI la nutrición está desnutrida. Desmenucemos el asunto un poco más.

(GTRES)

Hemos leído con atención el Informe de la Nutrición Mundial de GNReport –detrás de esta iniciativa están gobiernos, donantes de ayuda, sociedad civil y agencias de la ONU-. En él se avisa ya en su preámbulo que está elaborado en el contexto de la Covid-19; como para centrar el tema. Cualquiera se hace idea del largo proceso que nos falta por recorrer para llegar hasta la equidad en la nutrición mundial solamente con leer los títulos de los apartados del informe, pero ahondemos en ellos. En lo que podríamos llamar resumen ejecutivo ya se señala el quid de la cuestión: todas personas merecen tener acceso a alimentos saludables y asequibles y a una atención nutricional de calidad. Asunto sobre el cual no tardaríamos mucho en ponernos de acuerdo. Pero no es tan sencillo, pues cualquiera intuye que dicho disfrute se ve obstaculizado por desigualdades más profundas que surgen de sistemas y procesos injustos que estructuran las condiciones de vida cotidianas. Hablando de desigualdades en la carga mundial de la desnutrición, no es humano, muchos menos humanitario, que a pesar de algunas mejoras en determinados indicadores, la desnutrición persista en niveles inaceptablemente altos a escala mundial.

El informe subraya que el tímido progreso en el reparto de beneficios no es suficiente para cumplir con las metas mundiales de nutrición para 2025. También cuantifica que entre los niños menores de 5 años, 149,0 millones tienen retraso en el crecimiento, 49,5 millones padecen adelgazamiento grave, frente a 40,1 millones con sobrepeso. Es más, cuantifica que hay 677,6 millones de adultos obesos. Si se nos permite la simplificación, también en este caso la correcta nutrición está adelgazada por prácticas alimentarias desmesuradas.

Personal de ACH atiende a niños con desnutrición en Nigeria (GUY CALAF/ACH/ARCHIVO)

Un asunto importante que plantea el informe del año 2020 es la integración de la nutrición en la cobertura sanitaria universal. Generaría importantes beneficios para la salud y sería muy rentable económicamente y en las cargas al límite que ocasiona en algunos sistemas de salud; aquí deberían verse reflejados especialmente los países ricos. Más adelante hace un repaso sobre los sistemas alimentarios y la equidad nutricional; sostiene que falla porque el entorno que debería permitir a los consumidores tomar decisiones sobre qué comer, no es equitativo para muchos en “términos de acceso físico, asequibilidad, orientación de la publicidad y marketing y calidad de los alimentos”. No se olvida de señalar las necesidades de un financiamiento equitativo de la nutrición. Acaba subrayando que garantizar una nutrición equitativa es una responsabilidad compartida. Por cierto, en la página de GNReport se pueden consultar los perfiles nutricionales de los países. Merecen la pena viajar por el mundo para comprobar si la nutrición universal tiene hambre o no y dar el sentido necesario al concepto de equidad universal, que por lo que se ve tenemos arrinconado no se sabe dónde.

Para finalizar expresamos una perenne duda no resuelta. Desconocemos si en realidad se trataba de un acertijo. Qué querría decir don Francisco de Quevedo y Villegas con aquello de que “El rico come, el pobre se alimenta”. ¿Serviría para definir nuestros tiempos?

El clima ha sido siempre impulsor de migraciones, pero no con estas dimensiones

Las migraciones humanas debidas a graves vicisitudes climáticas no son cosa de ahora. Remontándonos muy lejos en el tiempo, no es descabellado pensar que una tremenda transgresión climática ocurrida hace unos 70.000 o 60.000 años empujó desde el Cuerno de África, algo así como un ‘Sahara verde’, a nuestros ancestros. Parece ser que una brusca y prolongada sequía los trajo a Eurasia, con todo lo que eso ha significado en el devenir posterior de los distintos pueblos y civilizaciones que han ido construyendo nuestra historia.

Pero la cosa migratoria climática no acabó ahí. Algunos historiadores afirman que la concentración de la población en el valle del Nilo y en Mesopotamia se debía en realidad a la huida climática de ciertas poblaciones de los áridos territorios más o menos cercanos, ante la merma de sus pastizales. Y el clima y las migraciones nos dicen más cosas. Los temidos hunos y otros pueblos germanos se desplazarían en masa allá por el siglo IV desde sus territorios, crecientemente áridos y sometidos a muy bajas temperaturas, hacia el oeste para ocupar los territorios bañados por el Volga y el Rin, con lo cual cambiaron la existencia del Imperio Romano. Jules E. Delaunay (siglo XIX) los pintó fieros cuando Atila se dirigía en el año 450 a la conquista de París; el cuadro se conserva en el Panteón de la capital francesa. Si bien parece que los hunos modificarían algo su estrategia cuando el papa León I, llamado el Grande, convenció a Atila de que debía acabar con la tropelía de querer arrasar Roma. Nos ha quedado una recreación de la escena del encuentro de ambos en el año 452 cerca del río Mincio, en un reconocido cuadro que Rafael Sanzio pintaría hacia 1513 y que se conserva en la actualidad en el Vaticano.

Aun hay más. No falta quien sostiene que los árabes se expandieron por la cuenca mediterránea en el siglo VIII para encontrar alivio a sus penurias climáticas, principalmente la sequía de entonces. Qué decir de las recurrentes migraciones de las últimas décadas en el Sahel, el territorio árido que expulsa periódicamente a mucha gente, debido sin duda a las buenas o malas cosechas. Algo de que el clima en el actual Sahara –sería hace 10.000 una sabana arbolada pero parece que su clima oscila entre seco y húmedo cada 20.000 años– ha cambiado lo testifican pinturas rupestres, como las encontradas en Tassili n’Ajjer que reproducen floras y faunas (elefantes y jirafas) de ambientes mucho más húmedos que el actual. Sea como fuere, lo dejamos aquí y nos centramos en el pasado reciente para entender el presente y adivinar, ¡qué difícil es predecir!, el futuro.

El problema conocido, y no por eso atendido, es el de siempre: el cambio climático. Pero como ahora somos muchos y vivimos de otra forma ya no es solamente un impulsor de desplazamientos más o menos forzados, sino un cogenerador de una emergencia global; además su dimensión se extiende. La gente huye de situaciones extremas. Hay quien discute sobre si esos migrantes merecen ser llamados desplazados –voluntarios o involuntarios pero muchas veces dentro de su país- o no, con todo que comporta esta figura en el contexto humanitario. No es baladí la catalogación como se expresa en el portal Migraciones climáticas. Pues en este fenómeno tan complejo no solo actúan causas climáticas sino otras como conflictos armados, acaparamientos de tierras, desigualdades, falta de derechos, etc. Llegan a una ciudad concreta o país determinado, que dispone de ayudas o no, según y cómo y para quién. Vendría bien conocer qué parte de incidencia tienen unos u otros factores anteriormente señalados en esas “caravanas de migrantes” como la que se formó hace un año en América –desde Panamá a México especialmente- con destino Estados Unidos o la que fluye de manera continuada desde África –Etiopía, Somalia, Sudán, entre otros- y Asia –Afganistán, Siria, etc.- hacia la Unión Europea. En cualquier caso, seguro que quienes llegan serán demandantes de ayuda.

(OIM)

Pero no debemos olvidar que no siempre las migraciones suponen salir del país. A veces, la falta de sustentos para la vida en las zonas rurales, bastantes ligadas a alteraciones meteorológicas y climáticas, empujan movimientos de población considerables hacia las ciudades grandes, lo cual ocasiona tremendas repercusiones sociales y de habitabilidad. El hecho es que cada vez más personas migran/se ven desplazadas por cuestiones ambientales. La urgente necesidad de abandonar el hogar propio la demuestra una y otra vez el IDMC (Internal Displacement Monitoring Center, por sus siglas en inglés) con datos. Según la última cifra que proporciona en su Web supone solo en 2019 50,8 millones. Dado que el IDMC proporciona detallada información por países, miren el suyo o alguno que les interese de forma especial; los datos vienen separados por conflictos y violencia o por desastres.

Las cifras actuales asustan, se miren por dónde se miren. Copiamos textualmente lo que dice el 20 de octubre de 2020 el Portal de Datos Mundiales sobre la Migración: en 2019, casi 2.000 desastres desencadenaron 24,9 millones de nuevos desplazamientos en 140 países y territorios; esta es la cifra más alta registrada desde 2012 y el triple del número de desplazamientos causados por conflictos y violencia. De ellos, 18,8 millones de personas fueron nuevos desplazados en su propio territorio -135 países se vieron afectados en mayor o menor medida- en el contexto de desastres repentinos. La mayoría de los desplazamientos debidos a desastres se debieron a tormentas tropicales y lluvias monzónicas en el Asia meridional y el Asia oriental y el Pacífico. De todos ellos, 17 millones se concentraron en La India (5 millones), Filipinas (4,1 millones), Bangladesh (4,1 millones) y China (4 millones).

Con todo, hay que subrayar que no solo los episodios repentinos meteorológicos son generadores de estos movimientos sociales. Los procesos de evolución lenta, como las sequías o la subida del nivel del mar, también están influyendo cada vez más en la movilidad de las personas en todo el mundo. Se necesitarían datos más fiables, parece que los que existen no están elaborados con los mismos criterios en los distintos países. Sin embargo hay una cosa clara: si se produce una subida generalizada del nivel de mar, más o menos importante en 30 años, muchas zonas costeras sufrirán efectos físicos y los consiguientes desplazamientos de personas. No solo hablamos de esas pequeñas islas del Pacífico, sino de las zonas costeras de todo el mundo, incluidas muchas de Europa y la península Ibérica. Miremos hacia Cádiz, Mar Menor, el Nervión en muchos kilómetros hasta Bilbao, todo el Coto de Doñana con poblaciones limítrofes, zonas de Levante, etc. Después de todo lo dicho, quienes deseen tener una visión completa deben acudir a diversas fuentes, como puede ser ACNUR, que merece un apoyo más contundente por parte de gobiernos y particulares. Por cierto, nuevos tiempos exigen políticas diferentes. ¡Cuántas veces se dice y cae en baldío! Si la cosa sigue como ahora los desplazamientos o migraciones climáticas no los para ni un “milagro papal”.

Vista aérea del Mar Menor (AYTO DE CARTAGENA)

Otro papa, el actual Francisco hace una lectura bastante diferente de los migrantes/desplazados por cuestiones climáticas; se supone que León el Grande no estaría muy preocupado por esas contingencias. Claro que no se pueden comparar los hunos con la gente que en estos momentos busca simplemente vivir, disfrutar de un derecho humano que por ahora se le niega. El papa Francisco publicó hace unos 5 años Laudato sí, sobre el cuidado de la casa común, en donde apuesta por detener el deterioro ambiental y más cosas susceptibles de consideración y debate reflexivo; por supuesto que no se olvida del cambio climático y de los deterioros en la vida de los afectados. No me imagino cómo pintarían Rafael o Delauny a ambos papas en ese menester de enfrentar el problema actual de los desplazados.

Tras la lectura del artículo alguien se preguntará de qué manera puede colaborar en reducir las cifras, si eso es posible. Cabe proponer la revisión de acciones sencillas como las que cada día llevamos a cabo y tienen incidencia en el cambio climático global. Seguro que de todas podemos reducir un poco, o mucho, su impacto ambiental. A partir de ahí, invitar a que muchas personas hagan lo mismo.