Archivo de septiembre, 2020

Conocer más pero para entender mejor y que dure

Disponer de datos en tiempo real, o casi, es una de las grandes conquistas del hiperconectado mundo global del siglo XXI. Acudimos a ellos tanto para asomarnos a la previsión del tiempo de cada día como para reconocer si el mundo va bien o mal en algunas cuestiones. Hoy mismo, bastantes personas entramos en Internet para estar al tanto de cómo va la pandemia en distintos países, para así avanzar cómo puede evolucionar. Sin embargo el despiste no nos abandone pues las cifras se vuelven mareantes.

Hiperconectados como estamos, recibimos llamadas diversas sobre cualquier cosa, nos interese o no. Mensajes de todo suerte fluyen a borbotones en décimas de segundo en nuestro “mundo enredado”. Muchos contienen cifras. A veces nos alegran, en otras ocasiones nos enfadamos con ellas; ni de lo uno ni de lo otro son responsables los números. Nos llegan de no se sabe dónde y por qué camino. Son infinidad; por eso nos preguntamos cómo cabe tanto en la nube, que debe ser en el fondo un lugar físico. Suponemos que habrá mucha gente detrás alimentando el caudal de datos y noticias, dirigiendo la calidad de los mensajes. A pesar de todo, hay sitios que merece la pena visitar el portal Woldometer, por ejemplo. Trae instantáneamente hasta nuestro terminal en tiempo real datos sobre población mundial, gobierno y economía, sociedad y medios, evolución del medioambiente, alimentos, agua, energía y salud. Estos sitios, esas cifras, a veces nos aclaran ideas perdidas.

En este momento confuso en el que nos toca vivir, hay gente que se encuentra pegada a determinados sitios de la Red y otra que pasa totalmente de todos, que identifica Internet con una caja de truenos: ruido y energías de las que poco se puede aprender. Por nuestra parte, en las entradas de este blog pretendemos citar solamente páginas de entidades serias, identificadas con un organismo o centro de estudios universitario o científico, que cuentan con cierto prestigio internacional y de coherencia demostrada; también grupos de acción conocidos y respetados. Incluso sobre estos sitios hay gente que piensa directamente que los datos que aportan no son reales, que las intenciones de los emisores es tenernos entretenidos, acobardados o confundidos. Allá cada cual, pues dar consejos universales no es sencillo. Por cierto, en el momento de redactar este artículo nos salen en Google 90.700.000 entradas sobre ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). ¿A ver cómo alguien que quiere informarse gestiona todo esto?

(GTRES)

Pero volvamos al sentido global de nuestro blog. Hace apenas unos años se apuntaba una fecha magnífica: un 2030 plagado de buenas intenciones en forma de ODS. Desde siempre, quién sabe la razón, los años que marcan las décadas exactas, propios o colectivos, tienen un significado especial. Las organizaciones internacionales organizan así sus calendarios, que según expresan son también los de la sociedad global. Para evaluar cómo van sus proyectos elaboran millones de cifras, algunas de las cuales permanecen en abierto. Nos encontramos en el año 2020, toca revisar lo que queda para 2030. La ciudadanía que escucha el latir global no entiende bien lo que hacen o dicen esas organizaciones o países; será porque allí se manejan unos datos, se conocen unos informes, que a nosotros se nos escapan. Sin duda habrá bastante gente que quiera saber más para entender mejor. Quizás sea cierto que hay que estudiar mucho para saber un poco, como planteaba Montesquieu, a quien también se atribuye aquello de que la verdad en un tiempo es error en otro.

En esta entrada nos vamos a referir a un sitio especial: SDGs Today. The Global Hub for Real-Time SDG Data. Más o menos se puede traducir como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) al día. Sabemos que en cuestiones de vida social no solamente importan las cifras sino lo que esconden detrás o traen con ellas. Pero conocer y entender datos ayuda a las organizaciones internacionales, a los Gobiernos de los países, a las entidades y fundaciones de todo tipo, a valorar el estado de la cuestión en general; en este caso de los 17 ODS en particular. Así es posible encaminar políticas, siempre y cuando la situación lo permita y el interés lo impulse. Esos números deberían poner al descubierto el camino que queda por recorrer a quienes tienen algún poder; darles claves para saber si lo hacen más o menos bien. La web citada expone de diversas formas el cumplimiento de los ODS por todo el mundo, con sus fortalezas y debilidades, con sus ilusiones y decepciones. Hay que subrayar que lo que allí se dice no es una foto fija, y esa es una de sus virtudes. Capta el devenir de las esperanzas para quien permanezca un rato revisando sus gráficos, cuadros de datos o secciones.

Con las cifras de la Web también viajan personas. Aunque anónimas, viven en unos entornos determinados, más o menos favorables a cambios positivos en el bienestar de quienes allí habitan. En  el reloj mundial de la pobreza, se puede ver qué países progresan hacia la mejora del ODS 1 y cuáles van en regresión. Si entramos en una fecha concreta, por allí transita gente que ha escapado de la pobreza en ese día o que se ha visto atrapada en la malla. La web facilita filtros demográficos y está preparando la separación rural/urbano. Se puede hacer una selección por continentes. También se incluyen otros muchos asuntos para entender los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Se puede explorar el desarrollo de cada país, incluso acompaña un GIS para generar mapas.

La ciudadanía ha de ser consciente del lugar que ocupa con respecto a cada uno de los ODS. Primero para conocer de forma duradera y tomar comprometido impulso, pero también para lanzar sus demandas a los gobernantes, agradeciendo sus logros y señalando las carencias. Por eso, desde este blog seguiremos insistiendo en que lo mejor para todos es que utilicemos los datos para ayudarnos a alcanzar juntos La Cima 2030.

Una buena información, bien seleccionada, es algo parecido a esos geles que se toman los corredores en las grandes rondas ciclistas cuando se lanzan hacia la cima de los puertos de montaña.

Los ríos de la vida, y viceversa

Desde tiempos inmemoriales se han asociado los ríos a la vida, tanto en lo que se refiere a los aspectos materiales –los bienes y recursos que procuran- como a su acción sanadora o afectiva en lo emocional. Valgan como ejemplo las crecidas vivificantes del suelo que periódicamente aportaba el Nilo. Ahora limitadas por la faraónica presa de Asuan que cumple 50 años y la nueva ‘Presa del Renacimiento’ de 145 metros de alto y 1.800 de longitud en Etiopía que se encuentra en proceso de llenado con las aguas del Nilo Azul, y que tanto está tensando las relaciones entre este país con sus vecinos Egipto y Sudán. Qué decir del peregrinaje sanador que millones de hindúes llevan a cabo en las aguas del Ganges –práctica muy cuestionable en términos de salud pues las aguas portan demasiados contaminantes-. Sea por lo que fuere, los ríos han sido y serán una parte fundamental de la vida colectiva para lo placentero y también para lo más complicado; nos referimos a esas prácticas que han esquilmado sus caudales, invadido sus cauces y deteriorado enormemente la calidad de sus aguas.

Visto lo cual, como la historia enseña si se escudriña lo mal o bien hecho, se entienden las iniciativas que persiguen la recuperación de la calidad del agua que los ríos portan. Hay que conocer y apoyar esos ejercicios de imaginación positiva para su correcta gestión, para que sus caudales recuperen su papel ecológico y sean respetados sus cauces. Es urgente actuar; habida cuenta de los años que se lleva de abandono en darle al río un protagonismo para sí mismo, por su intrínseca relevancia como conjunto de relaciones y por la biodiversidad que sostiene. Valga como ejemplo el Ciref (Centro Ibérico de Restauración Fluvial) centrado en la península Ibérica o el ECRR (European Centre for River Restoration), su equivalente europeo en forma de alianza.

La salud de los ríos había empeorado de forma acelerada en las últimas décadas. Esto movió a determinados organismos a pasar a la acción. Pongamos por ejemplo la Unión Europea que consciente del problema puso en marcha en el año 2000 su Directiva Marco del Agua (DMA) a cuyo desarrollo se le puede aplicar aquello que encabezada el titular del informe European waters. Assessment of status and presures 2018 que decía que las aguas europeas (continentales, marinas y subterráneas) están cada vez más limpias pero se enfrentan a graves desafíos como la contaminación, estructuras como las presas y la extracción excesiva. Ya entonces se alertaba de que la gran mayoría de las masas de agua europeas no cumplían el objetivo mínimo de “buen estado” definido por  la Unión Europea. Una parte de ellas todavía mantienen un papel de colectores de aguas residuales con los evidentes riesgos que esta dejadez comporta.

El Miño, a su paso por la provincia de Pontevedra. (GTRES)

El cuarto domingo de septiembre, este año el día 27, aparece en algunos calendarios como el Día Mundial de los Ríos (World Rivers Day). Ligado con esta efemérides se celebra algo así como un Rally for Rivers relacionado con la salvación de un río de la India con prácticas agroforestales, en este caso con una marca de espiritualidad notable. Pero también la fundación que lo promueve alerta de lo que llama “ríos moribundos” de la India, país donde la dimensión de todo sobrepasa nuestra comparativa y conocimiento. Merece la pena darse una vuelta por lo que de allí se cuenta para captar otras dimensiones que se nos escapan en Europa.

En otros lugares se marca el 14 de marzo como el día para llamar la atención sobre la necesaria defensa de los ríos. Que la fecha sea una u otra es lo de menos. Va bien recordar ciertas cosas varias veces, incluso la salud de las aguas continentales debería estar en la permanente agenda política y social, tal como pretende la DMA antes mencionada. El conocimiento de la aventura reparadora de la India nos sirve como excusa para mirar hacia ellos. Nos viene al recuerdo aquello que poemaba Dulce Mª Loynaz:

Los juegos de agua brillan a la luz de la luna
como si fueran largos collares de diamantes.
Los juegos de agua ríen en la sombra… Y se enlazan
y cruzan y cintilan dibujando radiantes
garabatos de estrellas…
Pero no irá muy lejos…
Esta es agua sonámbula
que baila y que camina por el filo de un sueño,
transida de horizontes en fuga, de paisajes
que no existen…Soplada por un grifo pequeño.

El filo de un sueño de los naturalistas es recuperar la calidad del agua de los ríos y mares.

De todos es conocido que los ecosistemas terrestres ligados a las masas de agua tienen numerosas funciones: filtrar, diluir y almacenar agua dulce, evitar las inundaciones, mantener cierto equilibrio microclimático, proporcionar estándares de calidad a los potenciales consumidores y salvaguardar la biodiversidad, etc. No cabe duda de que muchas personas apostarían por proteger estos beneficios con una perspectiva amplia, mediante la integración de políticas sobre adaptación al cambio climático y biodiversidad con actuaciones sectoriales, acciones económicas con otras intenciones colectivas, pensando siempre en una duradera alianza sistémica entre sociedad y territorio.

Hablando de la vida del río y viceversa debemos acudir al poema de Ángel González Muñiz Por aquí pasa un río:

Por aquí tus pisadas
fueron embelleciendo las arenas,
aclarando sus aguas,
puliendo los guijarros, perdonando
a las embelesadas
azucenas…

No vas tú por el río:
es el río que anda
detrás de ti, buscando en ti
el reflejo, mirándose en tu espalda.
Si vas deprisa, el río se apresura.
Si vas despacio, el agua se remansa.

Un placer escucharlo en la voz del autor y con la música de Pedro Guerra.

¡Qué cinco años no es nada!, cantan los Objetivos de Desarrollo Sostenible

Carlos Gardel entonaba en su tango aquello de que 20 años no era nada. Una parte de su mensaje nos sirve como excusa para lo que queremos expresar aquí: es un soplo la vida, que se puede vivir con la mente aferrada a una idea para volver sobre ella aunque en ocasiones sea un simple recuerdo. En verdad, el tiempo pasa rápido si solamente nos fijamos en las fechas. A menudo escuchamos aquello de parece que fue ayer. En condiciones normales, el recorrido entre el ayer y el hoy, si se consigue llenarlo de satisfacciones y progresos, engalana al tiempo indeterminado. A él hay que volver en busca del recuerdo. Los logros propios o de los seres queridos congratulan mucho, incluso si el silencio se emplea para observar lo sucedido a lo largo de un periodo acotado. También reconfortan las mejoras sociales; de ellas vamos a hablar aquí. Imaginemos que se va hacia un estado general del mundo que considera que es necesaria una acción global para rescatar del olvido a la gente o países que quedaron atrás, son vulnerables o sufren en demasía. De vez en cuando es conveniente recordarlo pues el olvido destruye las ilusiones, como dice la canción.

El calendario mundial compone sus hojas con una concatenación de sucesos más o menos trágicos, así como episodios principales o secundarios. Algunos asustan por adversos o inesperados, ante los cuales no estamos preparados; valga la actual pandemia que nos ha traído la covid-19. El almanaque mundial también recoge determinados hitos -no solo los días internacionales o mundiales dedicados a una buena causa- que no se pueden olvidar. Así sucede con aquel 25 de septiembre de 2015 en el que 193 líderes mundiales se comprometieron con los 17 Objetivos Globales de Desarrollo Sostenible (ODS). Casi nadie que nos lea ignora este asunto, complejo, universal y trascendente. De entre todas las ilusiones puestas en valor en ese proyecto podíamos destacar, por citar algunas de las más urgentes en resolver o que afectan especialmente a muchas personas: la erradicación de la pobreza extrema, la lucha contra la desigualdad y la injusticia, y la ralentización del cambio climático. Los ODS conformaron hace cinco años -parece no son nada como cantaría Gardel- un conjunto de objetivos, metas e indicadores globales. Los países miembros de Naciones Unidas se comprometían a buscarlos con ahínco, a partir de enero de 2016,  para enmarcar sus políticas globales y parciales en los próximos 15 años.

Los 17 ODS proyectados en la sede de la ONU en Nueva York en 2015. (ONU/Cia Pak/Archivo)

Cabe preguntarse, ha pasado suficiente tiempo ya, cómo ha ido todo desde entonces. Hay que revisar si lo transcurrido ha servido para escalar peldaños en los logros de una parte o de todos ellos, en unos lugares más que en otros; en qué manera han mejorado la vida global, cotidiana, de los países o de las personas. Para hacerse una idea proponemos acceder a la Web de la ONU que aborda esta cuestión. En varias entradas de nuestro blog ya hemos llamado la atención sobre las diversas formas en las que se conjuga sustainable con development, o desarrollo con sostenible como decimos en España, o desarrollo con sustentable como lo llaman por América Latina. Se trata, en síntesis de hacer la vida más odsiana, que más o menos quiere decir pensar en el presente para preparar el futuro, compartido con mucha gente y con el planeta. No resulta fácil organizar todo esto. La historia pasada junto con las pretensiones y avatares actuales de los países y la gente son muy diversas. Por eso, nos gusta cómo ha titulado el gobierno francés su proyecto: ODDysée vers 2030, por aquello de que los franceses titulan a los ODS como Objectifs dévelopement durable. En verdad, caminar hacia los ODS es una odisea o muchas juntas.

Para ver si cinco años no son nada hemos acudido al Informe sobre los progresos en el cumplimiento de los ODS (The Sustainable Development Goals Report 2020, en inglés) elaborado por la ONU. En la Web se anotan en español unas cuantas conclusiones y se pueden afinar resultados. En cada uno de los 17 ODS se alude a las repercusiones de la carga pandémica, que ha supuesto un duro golpe a las ilusiones manifestadas hace cinco años. A escala global las cosas no han ido muy bien. Quienes quieran estar al día de todo lo que sucede en el progreso de cada uno de estos ámbitos, para sí mismos o para encontrar argumentos que compartir con personas próximas, puede visitar SGDs Today. Allí se accede a datos en tiempo real, por semanas o años, por países, por temáticas, etc.

Al final, tras la lectura reposada de algunos indicadores, nos da la impresión de que hemos estado parados. Pero hay que volver, no sabemos si con la frente marchita que cantaba Gardel, y que recordó Joaquín Sabina por otros motivos. Figuran muy definidos los retos a los que nos enfrentamos y las distancias a las que nos encontramos de conseguir cada uno de ellos. Nos quedan diez años por delante para avanzar, por más que no se logre completar la Agenda 2030 como nos hubiere gustado.

En la agenda tenemos hojas en blanco o con apenas un leve apunte, también contiene más de un descuidado borrón. ¿Nos dejará rellenarla la pandemia o acaparará todas las páginas, y recursos? Hemos de mantener al menos las ilusiones; a partir de ahí algo conseguiremos. Para al final cantar que diez años sí son algo.

El sinuoso camino del derecho humano a la educación de calidad

Apena decir esto sobre uno de los argumentos de vida en común. El derecho a la educación constituye una luz que debe iluminar la convivencia en el mundo, la progresión de las personas en la consecución de sus logros vitales. Aparece ya en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948; dice en su artículo 26 que toda persona tiene derecho a una educación. Esta tendrá por objeto “el pleno desarrollo de la personalidad y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos”. Pero este ideal común no obligaba al cumplimiento por parte de los estados. En 1959 se firmaba la Declaración Universal de los Derechos del Niño en la que los 78 estados que entonces formaban la ONU adquirían nuevos compromisos como la educación universal y gratuita. Unos años más tarde, 1966 y 1976, se rubricaron pactos mundiales en los que se añadía la obligación de los estados firmantes de hacer realidad esa educación en sus territorios.

Se han cumplido 30 años desde que en septiembre de 1990 comenzó su andadura la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN), encomienda asumida por la mayor parte de los países del mundo; todavía falta EE UU por ratificarla. Los niños y las niñas, los adolescentes hasta los 18 años, se convertían en sujetos y titulares de derecho, no solo eran objeto de derechos como antes. Así se detallaba profusamente en sus 54 artículos. En el 28 y 29 amplían el ámbito de protección del derecho a la educación atendiendo al principio del interés superior del niño. Allí se delimitan con claridad las obligaciones de los estados para, entre otras, implantar la enseñanza primaria obligatoria y gratuita; desarrollar la educación secundaria, general y profesional; fomentar la asistencia regular a las escuelas y reducir las tasas de deserción escolar. Además, esa educación debería ayudar a desarrollar la personalidad y las capacidades de los escolares, a descubrir la necesidad de respetar los derechos humanos, las libertades fundamentales y el medioambiente. En fin, preparar a niños y niñas, y adolescentes, para asumir una vida responsable en una sociedad libre.

Posteriormente, la Declaración del Milenio en el año 2000 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) –núm. 4- en 2015, en el seno de la ONU, han incidido en el derecho humano a la educación. Han sido muchas las organizaciones internacionales, las iniciativas de los gobiernos y entidades sociales que hicieron suya esta idea. Deberíamos suponer que el objetivo de lograr este derecho estaría conseguido. Pues no. La vuelta a las clases en muchos países es un buen momento para recordar el punto donde nos encontramos y los retos pendientes. Unesco alertaba en marzo de que 1.300 millones de niños y jóvenes se habían visto privados de la educación reglada por el cierre de las escuelas en 139 países debido a la covid-19. La respuesta mundial a esta situación ha tenido más sombras que luces. El 4 de septiembre pasado, unos días antes de que los ministros de finanzas acudan a la ONU a una reunión con el Secretario General para abordar la financiación de la educación por la pandemia, el Blog de la Educación Mundial de la Unesco, que hace el seguimiento de la educación mundial, alertaba de que “hay que actuar ahora para reducir el impacto de la covid-19 en el costo de la educación del ODS 4.” Pocas personas estarían en desacuerdo con lo que este ODS formula: garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos.

El derecho universal a la educación soporta todavía enormes carencias: muchas en los países de IDH bajo o medio pero también bastantes en algunos sectores de los de ingresos medios y altos. Parece que la compleja vuelta a las aulas –en muchos sitios están a mitad de curso- va a verse muy limitada en algunos países, pues los sistemas alternativos todavía van a dejar fuera a más de 400 millones de escolares, según las últimas estimaciones de Unesco. Mientras las escuelas no reciban la atención especial que merecen, no será efectivo el derecho que niños, niñas y adolescentes tienen escrito en tantos lugares, y ha sido ratificado por los gobiernos de casi todo el mundo. Se dice una y otra vez que la educación es un argumento de vida en todas las sociedades. El pedagogo Francesco Tonucci se atreve a afirmar, así lo manifestó en una reciente entrevista concedida a Rtve, que en la consecución de ese derecho nos encontramos en una situación de ilegalidad.

Pasados unos meses de este incierto comienzo de curso, deberemos llevar a cabo un análisis crítico de la vuelta a los centros escolares. Sin duda, habrá resultados diferentes en las distintas Comunidades Autónomas de España. Si se busca de una manera objetiva se encontrarán fortalezas y debilidades, se verá dónde se han limitado las amenazas y se han reducido las debilidades. Habrá que saber responder a contingencias varias que surgirán seguro; estar preparados para dar una respuesta rápida, de calidad y atendiendo a las distintas vulnerabilidades. Los Gobiernos deben conseguir involucrar a todos los sectores implicados en la consecución de este derecho humano, mantener una interlocución permanente entre ellos; además de ser generosos en la dotación de recursos. En Europa se conocerá qué países lo habían organizado mejor, previendo la mayor parte de las contingencias. Habrá que aprender de aquellos que se han visto menos afectados por los contratiempos –algunas noticias avanzan que serán Dinamarca, Alemania y otros nórdicos-.

En el resto del mundo, se verán casos exitosos y fracasos flagrantes. Al final, la educación es vida, hubiera afirmado John Dewey hoy mismo. La más favorable existencia de todos necesita una educación de calidad como una parte principal pues permite el acceso y disfrute a otros derechos humanos. Como tal, los Gobiernos han de considerarla una prioridad, ahora mismo y siempre. Los dineros dedicados a la educación son una inversión con altas rentabilidades éticas, sociales y económicas; la mejor pues beneficia a la sociedad al completo. Si hacen dejación de este deber, o cometen serios despistes en la búsqueda del derecho humano que es la educación universal, de calidad y gratuita, no merecen tener la responsabilidad que la sociedad les hemos entregado.

Toma de temperatura a la entrada a un colegio. (Álex Oltra/EP)

Perseguir el tiempo es una aventura quebradiza

Acabó agosto. Comenzamos septiembre con una impresión rara, como si el tiempo se hubiese detenido. Sin duda por la atmósfera pandémica. En estos meses hemos comprobado que los marcadores sociales del mundo llevan su particular ritmo, porque en esto de las desgracias la sincronía nunca existe: las cifras y evoluciones de la pandemia en los distintos países y comunidades autónomas así lo dicen. El tiempo como metáfora mutó hacia lo excesivamente inabarcable y ahí lo tenemos. Tanto que el presente vino a destiempo, pues cortó de golpe ilusiones y progresos remontados o imaginados un par de meses antes. Recuerdos que estaban grabados en la memoria -allá donde esté ubicada- emergen con asiduidad.

Quien más quien menos desearía dejar atrás pronto este año bisiesto, pues se hizo esquivo y se convirtió en incertidumbre alargada. La medida de los días, hasta el agrupamiento en meses, se diluyó en los calendarios. Ahora debemos calcularla, qué intención tan atrevida, en forma de emociones, propias o ajenas, siempre condicionadas por agobios más o menos intensos, por incógnitas traídas por los mensajes circulantes. Sin embargo, paradoja donde las haya, el periodo pasado nos ha traído más tiempo para mirar en nosotros mismos.

Casi hay unanimidad al desear el futuro como un conjunto de metas: recuperación económica, social, sanitaria, educativa y, por qué no decirlo, ética. Dicen por ahí que lo recuperaremos seguro, bien sea en forma de V asimétrica o con la traza de una U, cual valle glaciar. Cada una de las metas se difumina, esperando a la vacuna protectora. Decir que estará dentro de un año parece poco a muchos, demasiado a casi todos los que no sabemos calcular las maniobras investigadoras y experimentales. El tiempo de los otros –científicos, estrategas políticos, OMS, etc.- no es el nuestro. No hay quien se aclare con las cifras, que cualquiera desearía fuesen menguantes de una vez. Ha sido un tiempo raro para muchas personas, como hibernado en verano. A este paso la vida particular se acercará a la atemporalidad. De hecho, habíamos pensado rediseñar el nombre de nuestro blog, Cima 2030 y cambiarle las decenas y unidades; pero no, lo dejamos así para recordar de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Necesitamos tiempos mejores, o al menos más ligeros y menos frágiles. Lo queremos para volver un poco al pasado, para asegurar mucho más el futuro. Nos conformamos con lo que fue presente, aunque sucediera en el pasado reciente. Esperanza unos días, desánimo otros; así transcurren las semanas. Recuperar lo de hace unos meses casi se ha convertido en un sueño, en particular para los más débiles o vulnerables, aquellos que portan escasos escudos frente a la pandemia.

Será porque les cuesta relacionar tiempo y espacio. Apelan al olvido de aquella primavera, pero ese quiere ser selectivo y no siempre lo consiguen; lo recurrente en forma de noticias lo impide. Una y otra vez resuenan los porqués, los cuándo será y los cómos. Apetece aletargarse y despertar en el segundo trimestre de 2021 y contemplar un panorama despejado de lo más virulento.

Frente a esos, los más jóvenes persiguen recuperar a toda prisa su tiempo perdido. No están habituados a aceptar que las incertidumbres puedan marcar sus vidas, tampoco les preocupa la magnitud con la que se miden las expansiones de unos y otros. Entender lo que nos está pasando les llevará tiempo. Algunos desistirán de hacerlo y se dejarán llevar por la corriente, que ni siquiera es una ni está delimitada. Ni siquiera ahora que se van incorporando a los damnificados por la covid-19. Como se ve, cada tramo de edad, los distintos grupos sociales, miden a su manera el tiempo pandémico.

(GTRES)

Malos momentos para la gobernanza, casi siempre malentendida. Fallan las previsiones. Además nunca se reparten de forma equitativa las mejoras prometidas, ni llegan a tiempo o este se quiebra. Resulta difícil recomponer con fragmentos. Seguro que la respuesta estará planificada, pero al final del día o la semana, a quienes manejan la vida colectiva les ha faltado tiempo para hacer la tarea a satisfacción de todos. Queremos creer que tendrán completa su agenda, que se dedicarán a las cosas importantes, pero el tiempo son instantes entre los cuales hay algún movimiento, aseguraba Aristóteles. No nos pasa por la cabeza que hayan entrado en el horror vacui, ni que tengan inseguridades. No sabemos cómo se las arreglan para pensar cuando cualquier cosa que hagan persigue a otras que la superan en velocidad, pero el caso es que en España el tiempo pandémico es vertiginoso; algo no se ha hecho bien por parte de unos y otros: fallaron demasiadas sincronizaciones, cundió el tiempo perdido y no esclareció el panorama, misión que le asignaba Tales de Mileto. Esperemos que de ahora en adelante se puedan adoptar medidas eficaces –urgentes en el caso de dotaciones sanitarias y organizativas-, siempre expuestas a la variabilidad casi instantánea pero que no sean fragmentadas.

A pesar de todos los pesares, debemos imaginar que vendrán tiempos mejores. Para ello necesitamos armonizar nuestros relojes/calendarios, mejor dicho, congeniar deseos y realidades, de unos y otros. Solo de esta forma encontraremos las prioridades –no siempre sencillas- con las que ocuparemos nuestro auténtico tiempo. Debemos mantener la vista puesta en el año 2030, momento para el cual se han formulado tantos objetivos de mejora colectiva.