El peligroso síndrome de “voy a ir al gimnasio” aplicado a los animales de compañía

Hace no mucho hablaba con una amiga, porque un familiar suyo iba a comprar un cachorro de una raza que requiere mucha dedicación y conocimiento, un pastor belga malinois. Ella le había advertido de lo exigentes que son estos perros, con la duda de que fuera capaz de mantener el compromiso en el tiempo.

Espero sinceramente que, de seguir adelante con la compra del cachorro, no sea uno de esos casos del síndrome de “voy a ir al gimnasio” aplicado a los animales de compañía, que no solo a los perros.

Pasa mucho, demasiado, yo lo he visto con frecuencia. Una persona compra o adopta un animal, el que sea, con la ilusión por las nubes. El propósito es firme: aprenderá cómo educarle, le paseará y jugará con él a diario, no flaqueará, por supuesto que es consciente de que es un compromiso a largo plazo.

Y esa persona es sincera en sus intenciones y manifestaciones. Cree lo que dice. Pero luego la ilusión inicial se opaca; pasado cierto tiempo la novedad pasa y las obligaciones pesan. Puede ser que surjan retos para los que no se estaba preparado o simplemente el día a día y la cotidianidad de la responsabilidad haga desaparecer el brillo inicial.

Lo que pasa con esos animales es variado. Los hay que permanecen al lado de esa persona pero largo tiempo ignorados, no del todo bien atendidos. Los hay que acaban en otro hogar con mejor o peor suerte. Los hay que son maltratados, abandonados.

Estamos en una época del año que invita especialmente a estas incorporaciones más entusiastas que reflexionadas. Al regalo o autoregalo de la compañía de un animal.

Por favor, meditad bien lo que haréis. Sed prudentes. Valorad cuidadosamente los pros y los contras. Da igual que sea un perro, un gato, un conejo o un hámster, estamos hablando de seres vivos.

No incurráis peligroso síndrome de “voy a ir al gimnasio” aplicado a los animales de compañía.

Chuli tiene ocho años y busca un hogar. Desde Perrigatos sin fronteras cuentan su historia:

Los seis primeros lo usaron para la caza y los dos últimos lo utilizaron para procrear. En todo ese tiempo su vida transcurrió en un pequeño chenil, toda su vida en soledad, confinado en un espacio de unos cinco metros cuadrados. Las únicas veces que salía era cuando lo montaban en el remolque-jaula para llevarlo al monte a cazar. Tras recoger las piezas otra vez al remolque y al chenil, a esperar en su cubículo otra miserable oportunidad para sentir de refilón unos instantes de libertad.

La jubilación de toda actividad cinegética supuso para Chuli que durante dos años ya ni siquiera pudiera salir en la temporada de caza al campo. El hecho de haber sido bueno para la caza le tuvo dos años enclaustrado para ser usado como semental.

Los perros son animales gregarios. Por ello es importante que puedan vivir con otros animales tanto en su etapa como cachorros como en su etapa adulta. Necesitan socializar y sentir el contacto de otro congénere. Y a Chuli lo dejaron ahí encerrado, sólo, sin compañía, sin ningún tipo de calor.

La primera vez que vi a Chuli, vi a un ser derrotado y triste. Sus ojos no tenían vida. Se había cansado de luchar para salir de esa cárcel. Seguramente no entendía como ese humano, a quien siempre le dio toda su energía, lo había tratado así. Y en ese momento le prometimos que nunca más caminaría sólo y que le encontraríamos una familia.


Actualmente Chuli vive en una residencia con otros perros. Allí ha iniciado su proceso de socialización. Su carácter es tímido y tranquilo, es un perro que intenta pasar desapercibido.

Ahora Chuli se merece subir un peldaño la escalera y conocer a unos humanos de verdad, aquellos que sí hacen gala a la palabra humanidad. Demostrémosle que los ‘dos patas’ no somos todos iguales. Se merece tener un hogar, una familia. ¿Quieres darle tú la oportunidad que nunca tuvo?.

Contacto: 627 915 231 perrigatossinfronteras@gmail.com

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