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Donde hoy vive Retiario

Tras algún tiempo de vagar en los bosques, el autor de Retiario vive ahora refugiado en Perogrullo, donde estará encantado de recibir a quien quiera visitarle para seguir charlando sobre ciencia, tecnología y (a veces) dibujos animados.

Pausa

Retiario detiene momentáneamente su publicación hasta después de las vacaciones veraniegas. Un saludo a los lectores, cuya paciencia, atención e interés ha mantenido vivo este proyecto.

Transparencia

Durante la Guerra Fría, el epítome de la paranoia, uno de los factores que más contribuyó a que no se calentara fue paradójicamente el espionaje; la capacidad que tenían tanto la URSS como los EEUU de comprobar con datos propios cuáles eran las intenciones y acciones del adversario. Los vuelos a gran altura d aviones espía, y sobre todo las imágenes de satélite sirvieron para evitar malentendidos entre las superpotencias, y para que éstas comprobaran que lo que la otra decía era o no cierto. Porque el mejor refuerzo posible para la confianza mutua es la capacidad de comprobar. Hoy esa capacidad está también a disposición del público en general, y los gobiernos menos saludables están descubriendo el potencial de la transparencia. Imágenes comerciales de satélite están sirviendo a organizaciones de derechos humanos como Human Right Watch para documentar y denunciar atrocidades contra la legislación internacional que ocurren dentro, muy dentro de fronteras; realizadas por gobiernos que confían en la oscuridad para ocultar sus crímenes, y que hace años hubiera podido salirse con la suya. Pero ya no: ahora la transparencia es para todos.

Contra Educación para la ‘piratería’

Hay gente que mira un vaso mediado de agua, y lo ve medio lleno; otros lo ven medio vacío. Y también hay una tercera clase de personas: los que opinan que no sólo está medio vacío, sino que es un verdadero escándalo; que la sociedad debería hacer algo, que el gobierno tiene que llenar hasta el borde el vaso, a ser posible de buen vino, a costa del contribuyente, y que ya de paso quiere, exige un vaso más grande. A esta última subespecie pertenece José María Irisarri, presidente de la productora Vértice 360°, que ocupa una página en El País con las múltiples razones por las cuales la ‘piratería’ es mala, mala, mala y un verdadero escándalo; y enumera además las numerosas y urgentes medidas que la sociedad tiene que tomar para erradicar esta lacra. Ya.

Ante todo, el señor Irisarri exige educación; educación y mano firme, por más que tales medidas puedan resultar ‘impopulares’ (como reconoce, con delicadeza). Educación, para que la chavalería reconozca que ‘bajarse’ una película de Internet está muy mal, y es muy feo, y es lo mismo que robar un disco (aunque no lo es), y sobre todo que puede dar con tus huesos en la cárcel (porque la letra, con sangre entra). Educación para que comprendan que ellos, los clientes, sólo pueden utilizar los productos que se les venden cuando y de la manera que el vendedor les permita, y los infractores serán severamente castigados, y las consecuencias no importan. Porque de lo contrario la gran industria de los contenidos se irá a la porra, y todos saldremos gravemente perjudicados de ello. De momento, y como aperitivo, a quien se descarga películas se les llama ‘chorizos’, a pesar de que varias sentencias judiciales han negado el carácter de delito a quien utiliza redes de intercambio de ficheros. Parece que el primero que necesitaría alguna educación en los aspectos jurídicos de esa denostada ‘piratería’ es el propio Sr. Irisarri.

El aspecto más surrealista del artículo no es la exigencia de nuevas leyes (parece que con las actuales la ‘piratería’ no es ilegal), o de una aplicación draconiana (aunque sea impopular) o de un lavado de cerebro masivo (Educación para la ‘piratería’). Tampoco su reconocimiento explícito de que su industria no proporciona alternativas, pues anuncia su desarrollo (15 años después de que la Web exista). No; lo más surrealista de todo es que en su empeño de criminalizar lo que no es un crimen y de exigir privilegios educativos, el señor Irisarri considera que el vaso está vacío. Cuando según sus propios datos, el vaso rebosa. ¿Por qué necesita salvación legal una industria que tiene 50.000 clientes tan deseosos de contemplar sus productos que se han tomado la molestia de obtenerlos pese a todas las barreras? Según el Sr. Irisarri, ése es el número de personas que accedieron a Rambo IV antes de su estreno (yo tampoco lo entiendo). Si tienen ese género de dedicación en su clientela, si tanta gente está dispuesta a saltar tantos obstáculos para acceder a su producto, ¿por qué necesitan privilegios? Sobre todo cuando las leyes y la acción estatal que solicitan convertirán en criminales… precisamente a éstos, los más dedicados de sus clientes. ¿Esto es ‘piratería’ por nuestra parte, o torpeza por la suya?

Ustedes no necesitan nuevas leyes, ni programas nacionales de educación. Ustedes tienen un serio problema, que es que su modelo de negocio no les genera ingresos por todos esos clientes. Pero eso no es un problema legal, ni nacional, ni educativo: ni problema nuestro. Se trata de un problema industrial, de un problema que tienen ustedes; de que su torpeza les impide aprovechar esta bonanza. Disponen de productos atractivos y de clientes que desean (¡mucho!) acceder a esos productos. Tienen la marca, la potencia industrial, el reconocimiento. Lo único que necesitan hacer es ajustar su modelo de negocio a las realidades de la Red. Dennos baratos o gratis los productos que anhelamos consumir, busquen cómo cobrárselos a otros, y fórrense. Pero no pretendan obligarnos a todos a aprobar un nuevo cursillo sólo porque ustedes son incapaces de reconvertirse. El fin del pago por copia no es el Fin del Mundo: la radio, las televisiones generalistas y los diarios gratuitos demuestran que es posible regalar un producto a sus consumidores finales y ganar dinero; incluso grandes cantidades de dinero. Búsquense ustedes la vida para generar ingresos y al resto de la sociedad déjennos en paz con sus insultos y sus draconianas legislaciones. Están ustedes dispuestos a reajustar el bienestar económico y educativo de toda una nación simplemente para ahorrarse un ajuste en su sistema de negocio, ¿y los piratas somos nosotros? ¿Quién necesita de verdad una Educación para la ‘piratería’?

¿Fomenta Google la estupidez?

Se ha convertido en una herramienta imprescindible para utilizar Internet; es una empresa gigantesca con ingentes ingresos (uno de sus fundadores tiene para pagarse un viaje al espacio) cuyas decisiones influyen de modo determinante en el futuro del conocimiento; su nombre se ha convertido en verbo, y es utilizado para las más increíbles funciones. Y ahora Google recibe premios de comunicación, así que la pregunta que se hacen algunos es más que relevante: ¿y si el buscador por antonomasia nos está haciendo literalmente más estúpidos? ¿Y si su influencia en la mente humana es negativa? ¿Y si los hábitos que crea en nosotros, las modificaciones que genera en nuestras mentes, nos hacen menos listos, menos capaces de pensar a largo plazo, menos inteligentes?

La discusión es tan antigua como los bisontes de Altamira, o el nacimiento de la escritura cuneiforme; arreció en la Era Antigua y en la Edad Media, y enfrenta a dos modelos diferentes de en qué consiste la inteligencia. Para unos inteligencia es disponer en la cabeza de los datos que se precisan cuando se precisan; desde este punto de vista el almacenamiento de información en bruto, la memoria, es vital para las funciones que entendemos como inteligencia. Sus partidarios abogan por la enseñanza que potencia la capacidad de retención, y en diversas épocas han deplorado invenciones como la escritura o la imprenta, que iban a degradar la inteligencia humana al permitir o fomentar el almacenamiento externo de información; para los abogados de la memoria la escritura era una tragedia, ya que al acabar con la necesidad de memorizar largos textos acabó con la tradición del bardo, disminuyendo la necesidad de la rima y cambiando la creación para siempre. La Odisea, el libro, es para estos defensores de la memoria una traición a la más antigua arte humana: la del contador de historias. La imprenta, al aumentar el número de los libros, no hizo más que rematar la tradición oral, y con ella, la inteligencia. Para los memoricistas, la mente murió con la escritura, y Google es el demonio hecho realidad.

Pero hay otra forma de concebir la inteligencia, no como la capacidad de almacenar datos, sino como la posibilidad de relacionarlos entre sí. Esta visión privilegia las conducciones sobre los depósitos; la conexión de información dispersa sobre su almacenamiento. Utilizando los libros como palanca, la inteligencia conectiva cambia el énfasis y considera más importante las relaciones que el acopio, la conectividad que la memoria. Desde este punto de vista los libros, los ordenadores u otros almacenes extracraneales de información que seamos capaces de inventar en el futuro no limitan la inteligencia, sino que la liberan al eliminar la necesidad de gastar neuronas en el simple acopio de datos. Los conectivistas (entre los que estaban los creadores conceptuales y físicos de Internet) piensan que estas invenciones nos hacen más, no menos, inteligentes, y que Google es una etapa más en la evolución de las herramientas que nos permitirán alcanzar niveles nunca soñados de conocimiento, gracias a la liberación del espacio reservado a la memoria para hacerlo disponible a la conexión. Ya que, en última instancia, comprender algo no es recordarlo, sino relacionarlo con todo lo demás. La inteligencia es conexión, y el estallido exponencial que se ha producido en nuestro pasado desde la invención de la escritura y la imprenta así lo demuestran. Google no es una amenaza a la inteligencia: es la semilla de una mente mejor.

Profesores, alumnos, e Internet

Los profesores están preocupados ante la plaga de descarado plagio en trabajos y ejercicios por parte de sus alumnos. Los jóvenes, versados en el uso de la Red, utilizan los (abundantes) recursos a su disposición para ahorrarse al máximo el trabajo de hacer los deberes, y los profesores (mucho menos hábiles en el uso de la Red) son incapaces de detectarlo. Aunque esto no es más que un aviso de lo que vendrá. Porque el problema no es ya el desequilibrio patente entre las habilidades internautas de unos y otros, sino que el modelo mismo de educación entra en crisis con la llegada de Internet. Las clases magistrales, con un maestro omnisciente impartiendo doctrina y un alumno respetuoso recibiéndola, nacieron cuando la imprenta no existía. Lo que se enseña hoy y cómo se enseña debe transformarse radicalmente para adaptarse a la existencia de Internet: un depósito que contiene virtualmente todos los datos. Los parches, como educar a los profesores en el uso de la Red, no bastarán: hace falta repensar el modelo educativo. A estas alturas del milenio poner deberes que se puedan copiar es un atraso.

Un hazmerreír europeo

Es curioso: la misma Europa que considera sacrosantas las libertades económicas y es un adalid del liberalismo comercial se siente preocupada, frustrada y cariacontecida cuando de la libertad que hablamos es la de expresión. Una empresa debe ser libre para vender sus productos a todo lo ancho y lo largo de la Unión, pero si se trata de que una persona escriba lo que desee para que lo lea quien quiera, entonces surgen problemas. Y problemas en abundancia tal que hay que resolverlos por la vía legislativa, aunque semejante empeño sea absurdo, patético y fútil. Exceso de información (¿respecto a qué? ¿quién mide cuánta información es demasiada?), ausencia de ética periodística (¿es obligatoria en gente que no es periodista?) y preocupación por la privacidad (¿para lo cual quieren crear un censo?) tienen preocupadísima a la Eurocámara, que está dispuesta a hacer algo. Como lo único que sabe hacer son normas, reglas, leyes y obligaciones, pues en ello está. Y para proteger a los ciudadanos de los ciudadanos que escriben, ya se habla de censos voluntarios, de regulaciones no obligatorias, de identificadores digitales… exactamente del tipo de creaciones burocráticas que se eliminan, cuando de lo que se trata es de comerciar en Europa. Parece que hay miedo a la libertad, o al menos a ciertas libertades; todas las que no tengan que ver con el euro.

La propuesta es ignorante, porque desconoce la situación real de la Red; arrogante, porque atribuye a las instituciones europeas el derecho a regular comportamientos individuales, sospechosa, porque defiende (casualmente) intereses de empresas estrechamente asociadas con los políticos (los medios de comunicación). Y sobre todo es colosalmente estúpida, porque la Unión carece de cualquier método efectivo de hacerla cumplir. ¿Qué ocurrirá con los bloggers europeos que utilicen sistemas de publicación situados fuera de la Unión? ¿Quién tomará la decisión de si un post es ético o no? ¿A quién se expedirá ese ‘dni’ digital, y para qué será necesario? ¿Cuánto tiempo tardarán los bloggers europeos en largarse en masa a servidores australianos, estadounidenses o ucranianos? ¿Hasta dónde llegarán las quejas por el atraso digital europeo cuando esto ocurra? Sólo hay una cosa peor que sacar una ley estúpida, retrógrada y antiliberal; y es que además sea también imposible de hacer cumplir, de tal modo que convierta la misma idea de la legislación en un hazmerreír. Y eso es lo que es esta propuesta, aunque preocupante por sus tendencias autoritarias: un hazmerreír indigno de Europa.

Signo de Prohibido Prohibir de Helios Martínez Domínguez.

Cuando las cosas hablan (y muerden)

A veces un pequeño cambio tecnológico puede tener importantes e insospechadas ramificaciones sociales. Es lo que sin duda va a ocurrir con la inminente ‘Internet de las Cosas‘, el sistema resultante de que todos los objetos tengan la capacidad de comunicarse entre sí a través de la Red, casi todos mediante conexiones inalámbricas. Cuando los electrodomésticos puedan hablar entre ellos o las etiquetas de la ropa enviar información al cajero de la tienda, pueden ocurrir fenómenos curiosos. Como por ejemplo que el robo se haga imposible, o mucho más complicado al menos. Porque ahora las cosas robadas se ‘chivan’.

Una indiscreta cámara digital en los EE UU ha denunciado a quien se la apropió de la manera más tonta. Equipada con una de las nuevas tarjetas de memoria con capacidad WiFi, la cámara iba en el bolso que una neoyorquina se olvidó en un restaurante mientas estaba de vacaciones en Florida. La tarjeta, diseñada para enviar de modo automático las fotos almacenadas en una red doméstica sin tener que usar cables, ignoraba su cambio de propietario, y los nuevos dueños ignoraban sus capacidades. La sorpresa se la llevó la propietaria original, cuando se encontró en su carpeta de fotografías con unas nítidas imágenes de las caras de quien había reciclado la cámara, que la habían usado para hacerse unas fotos de recuerdo. La tarjeta envió esas imágenes al buzón de su legítima dueña en la primera oportunidad: cuando encontró a su paso una red WiFi abierta. Los responsables, camareros del restaurante que habían decidido apandar el bolso en lugar de dar parte al encontrarlo, fueron despedidos, y la cámara que llamó a casa fue recuperada.

Los ordenadores portátiles y otros cacharros de alta tecnología hace tiempo que pueden ser equipados con dispositivos antirrobo capaces de localizar a quien se les ocurra llevárselos sin permiso, lo cual permitió hace algún tiempo detener a un innovador ladrón de oficinas en los EE UU. Los automóviles equipados con ciertos sistemas de seguridad pueden radiar su localización en caso de robo, o incluso bloquearse dejando atrapado al ladrón en su interior. Y cada vez más aparatos están equipados con sistemas de comunicación, con lo que el aspirante a chorizo debe preguntarse seriamente si merece la pena el riesgo a la hora de echar mano a la propiedad ajena. La Internet de las Cosas puede acabar reduciendo significativamente el robo, una de las constantes de la historia humana. Porque cuando las cosas hablan, también pueden morder.

Pague más, reciba menos

El imperio de contenidos de entretenimiento Time Warner, que además de una gran empresa de televisión por cable también tiene una reducida presencia en el ámbito del periodismo, ha decidido innovar en el acceso a Internet. Para ello ha creado dos nuevas ofertas experimentales en un mercado que domina, en la ciudad de Beaumont, Texas, EE UU, donde será posible acceder desde hoy mismo a estos nuevos planes. Ambos comparten una característica, aunque difieren en precio y prestaciones: y es que ponen un tope al consumo de información en la conexión a la Red. El precio depende del tope específico; el más barato cobra 29,95 dólares (19,4 euros) mensuales por un acceso de 768 kbps y un máximo de transferencia de 5 Gb en ese tiempo. El más caro son 54,9 dólares (35,56 euros) al mes, por un acceso de 15 Mbps (envidiable) con un tope de 40 Gb/mes. Ambos planes se ofrecerán tan sólo a nuevos clientes. Lo dudoso es que Time Warner consiga alguno con esta absurda idea. ¿A quién se le ha ocurrido pensar que dar menos por más dinero es una estrategia comercial viable?

El caso de Time Warner es especialmente estulto, dado que dentro del conglomerado no sólo hay proveedores de acceso a contenidos, sino fabricantes de contenidos, que están por todos los medios intentando aumentar el consumo de sus producciones a través de la Red. Las telefónicas, y en la práctica una televisión por cable es una telefónica, están desesperadas, porque la competencia les impide aumentar precios, pero el crecimiento del uso de la Red es imparable y feroz. En especial hay un 5% de los usuarios que aprovechan al máximo la ‘barra libre’ que supone la tarifa plana, subiendo y bajando grandes ficheros y llenando las infraestructuras. Pero ése es el futuro, la dirección en la que se mueve Internet: cada vez más gente moviendo cada vez más información, lo cual es bueno para los lectores y también para los productores de contenidos, las cibertiendas y todo el complejo industrial de la era digital. Como por ejemplo, la mayor parte de Time Warner, que al intentar impedir este futuro no sólo rema contra corriente sino que se hace daño a sí misma. Afortunadamente para ellos, no es probable que sus peculiares ofertas tengan mucho éxito, porque la gente no es idiota. Porque de lo contrario, alguien podría querer copiar aquí la idea… y ya estamos bastante mal, gracias.

Algo en el agua

Más de 200 personas vestidas de colores predeterminados, entre profesores y alumnos de Stanford; un campo despejado, una tarde entera de sábado sacrificada y, sin duda, muchísimas horas de trabajo previo. Todo ello para rodar un vídeo de 10 minutos de duración (disponible en otoño) que resumirá 500 millones de años de la historia de nuestro planeta, incluyendo la formación y sucesiva destrucción de supercontinentes, impactos meteoríticos, el movimiento de las masas continentales y hasta las mayores erupciones volcánicas. Representado por gente vestida de los correspondientes colores alusivos; camisas blancas bajo chaquetas negras, por ejemplo, para el grupo antártico, con el fin de permitirles cambiar de color con las glaciaciones. Eso es vocación de divulgación científica, y lo demás tonterías. El empeño está inspirado en una legendaria pantomima de 1971 sobre síntesis de proteínas que se produjo en el mismo campus universitario; como bien deduce el blog de ciencia ficción Io9, algo raro debe haber en el agua del norte de California… ¿será posible comprarlo?