En 1988 ya hubo una plaga de topillos
La plaga de topillos no es nueva. Hace casi 19 años hubo otra tan grave como ésta. Yo lo conté en un reportaje en la revista Cambio 16 en octubre de 1988. El texto es muy largo, pero creo que tiene interés porque ya entonces los científicos no se ponían de acuerdo sobre los porqués del fenómeno, la Junta de Castilla y León estaba tan despistada como ahora y los agricultores estaban convencidos de que los bichos habían nacido en un laboratorio y habían sido lanzados desde helicópteros por el Icona como comida para las rapaces (hace unos días oí lo mismo en un bar de Burgos). Esto es literalmente lo que publiqué entonces.
Malditos roedoresUna plaga de topillos, inquilinos hasta ahora del monte, ha bajado a los pueblos y comienza a asolar los campos de Castilla y León
Todas las mañanas, desde hace tres meses, los agricultores de la cuenca del Duero están sacando de las trampas de agua, en las que han caído durante la noche, cientos de miles de cadáveres de un tipo de roedor poco conocido hasta ahora. Es el único remedio contra una plaga que ha invadido los campos de la meseta norte sin que las autoridades de la Junta de Castilla y León den explicaciones sobre su origen ni sepan a ciencia cierta cómo pueden erradicarla.
Cuando Benedicto Celador contó en el bar de Tordillos (Salamanca) que un ratón extraño se estaba comiendo uno por uno todos los cultivos del soto del río Margañán, sus vecinos pensaron que se había vuelto definitivamente loco y que su inveterada costumbre por probar cultivos nuevos no podía traer más que plagas y epidemias.
Eso ocurrió a comienzos del verano. Ahora, con el otoño deshojando los árboles del soto, los 730 vecinos del pueblo saben que el bicho se llama topillo campesino (Microtus arvalis), que los gatos del pueblo han abandonado las casas y pasado a vivir al campo, que los galgos de caza no siguen a las liebres sino a los roedores y que Benedicto y sus cultivos no tienen nada que ver con el fenómeno.
Los invasores son muy voraces y comen de todo. Les gusta la remolacha, la patata, el maíz, la cebada, el trigo, el girasol, las uvas, los tomates, los pepinillos… A Benedicto le han comido campos de coliflor, de perejil, de zanahoria, de apio. A otro vecino del pueblo, Antonio Martín, 26 años, segundo teniente de alcalde, le devoraron en pocas horas un joven árbol de melocotón que acababa de plantar junto al motor de riego de un sondeo de agua.
Y son, también, extremadamente prolíficos. Tanto, que en algunos de los nidos se han encontrado a una sola madre con distintas camadas. La una, con recién nacidos a los que aún no les había nacido el pelo. La otra, con adolescentes de mediano tamaño que todavía mamaban. Las hembras son fértiles a los tres meses de vida y tienen entre dos y siete camadas por año. En cada camada hay 5 ó 6 crías.
Hay más señas personales del más perseguido roedor del Duero. Orden, roedor. Familia, arvicólidos. Género, Microtus. Especie, arvalis. Subespecie, asturianus. Peso de los ejemplares adultos, entre 15,9 y 44 gramos. Longitud, entre siete y doce centímetros de cabeza más cuerpo y entre tres y cinco de cola. Pelo de color pardo rojizo en el lomo y de un blanco grisáceo en la zona ventral. Las orejas, pequeñas y pegadas al cuerpo. El morro, achatado.
Todo lo sabían ya los biólogos hace muchos años. Lo que ahora se preguntan es por qué ha cambiado de hábitat, a qué se debe su impresionante explosión demográfica y por qué ha bajado de los montes, donde era casi una reliquia biológica, y ha decidido colonizar todos los valles de la cuenca del Duero y comerse cuanto encuentra a su paso.
Los científicos están perplejos. Y los campesinos, a quien nadie da una información convincente sobre el fenómeno, hablan en las era y en los pajares, en las oscuras tabernas y bajo los recogidos soportales de las plazas, de helicópteros que dejaban caer cajas de vidrio con parejas muy prolíficas, de que todo es cosa de Icona, que quería facilitar alimentos a las aves rapaces y se le fue la mano al soltar presas para ellas, de que el extraño animal no es más que un ratón con el que algún laboratorio ha ensayado vacunas contra el SIDA.
En otoño de 1983, el biólogo Juan Delibes, hijo del escritor, comprobó que el topillo campesino había salido de sus tradicionales territorios en los pastizales húmedos de las laderas de las montañas y comenzado a reproducirse de forma rapidísima en distintos puntos de la meseta del Duero. La especie, muy abundante en las zonas húmedas centroeuropeas, donde se ha calculado que cuando se ceba en un cultivo puede llegar a tener hasta 5.000 individuos por hectárea, sólo había aparecido anteriormente en España en las faldas de algunas cordilleras.
En 1973, el biólogo José Rey había muestreado toda España y encontrado el topillo campesino solamente en dos zonas. Una primera que abarca toda la vertiente sur de la cordillera cantábrica, desde Galicia al Ebro, y una segunda que iba por el Sistema Ibérico y las sierras de Albarracín y Javalambre. Apenas dos años más tarde, otro muestreo realizado por José Ayarzagüena encontraba topillos en tierras llanas cercanas a aquellas cordilleras. Un tercer trabajo de campo, realizado en 1980, los hallaba ya en la provincia de Valladolid, muy lejos de las cordilleras y demasiado cerca de los cauces medios de los ríos.
PRESENCIA ESCASA. En 1983 ya no hubo duda: el Microtus arvalis aparecía en muchas riberas de los ríos, aunque su presencia era aún escasa. ¿Eran más completos los muestreos más recientes y habían encontrado topillos en lugares donde les habían pasado inadvertidos a los colegas que antes estudiaran la especie o era el propio Microtus arvalis quien se había desplazado de sus seculares territorios y colonizado toda la meseta?
Juan Delibes lo tiene claro. Su hermano Miguel había estudiado a finales de los años setenta en Santa María del Campo (Burgos) varios cientos de egagrópilas –pelotas de pelo, uñas y huesos que las rapaces vomitan después de ingerir sus presas- y no había encontrado ni un solo resto de Microtus arvalis.
“Muy pocos años después, en 1983, yo hice estudios en la misma zona y me encontré muchos ejemplares en los cultivos de regadío y bastantes en los secanos y eriales”, afirma Juan. “El fenómeno es insólito. Soy el primer sorprendido de que hayan bajado de los montes. Una de las razones pudiera ser el incremento de las zonas de regadío en las tradicionales áreas cerealísticas de la meseta. Pero esa hipótesis no es suficiente para explicar la plaga. Parece claro que han emigrado a través de las riberas de los ríos y que han encontrado un hábitat casi ideal en las alfalfas, un cultivo en el que la tierra no se ara ni se remueve durante seis o siete años”.
Delibes sacó algunas conclusiones de sus trabajos de 1983. “Estudié las características de su nuevo hábitat, donde el topillo se ha encontrado con más alimento y un clima menos riguroso, y pronostiqué que la especie experimentaría una fuerte explosión demográfica cuatro años después”. El biólogo pidió entonces una pequeña subvención de 200.000 pesetas a la Junta de Castilla y León para estudiar con detenimiento el fenómeno y encontrar la manera de evitar la plaga.
Le negaron los dineros. Ahora, las autoridades políticas castellano-leonesas han anunciado públicamente que esperarán la extinción natural de los animales. El servicio de plagas de la Consejería ha encomendado la suerte de los cultivos a las veleidades de los meteoros. “Esperemos que el invierno venga frío, porque si viene suave sería la releche, hablando en plata”, comentaba expresivo a CAMBIO 16 el jefe de la Sección de Agricultura de Salamanca, José Sanz. “Están tan extendidos que no podemos tratar la plaga de ninguna otra manera. Poner cebos envenenados o tratar las huras con gases sería matar las pulgas a cañonazos”.
¿Y qué ocurriría si el invierno viniera suave?. “No lo sé. En este momento no tenemos preparado ningún plan de urgencia”, reconoce el jefe de Agricultura de la Junta, Dionisio Rincón, quien además admite que su departamento no ha hecho ningún estudio global de las zonas afectadas. “No es el principal problema de la Consejería”, concluye. Su segundo en el servicio, José Miguel González, no es menos contundente: "Nadie recuerda una plaga como ésta, pero no hay que asustarse. Los agricultores son unos alarmistas. Los topillos no se van a llevar la cosecha por delante.”
TRAMPAS CASERAS. Los agricultores se indignan. “Todos los años nos cobran un dinero para plagas en las contribución rústica y luego resulta que no saben cómo combatir a estos roedores”, se queja Vicente Ciudad, el alcalde de Tordillos. A falta de medidas oficiales, sus convecinos han recurrido a medios caseros. En los basureros del pueblo no quedan estos días botes ni latas. Benedicto y muchos que como él tiene cultivos de huerta en el soto los utilizan como trampas para los topillos. “Los llenamos de agua y los ponemos al lado de las huras. Cada noche caen tres o cuatro en cada bote.”
La práctica se ha generado en los campos de media comunidad autónoma. Las riberas del Arlanza y del Duero y los páramos de Villafruela y Torresandino en Burgos; los valles del Esgueva y del Cea y la zona de regadío de Olmedo en Valladolid; la comarca del Cerrato y las cercanías de Osorno en Palencia; el valle del Tera en Zamora; los alrededores de Cuéllar y Mozoncillo y el valle del Pirón en Segovia; los alrededores de San Esteban de Guzmán en Soria; y el campo charro, las dehesas de Ciudad Rodrigo y las cercanías de Peñaranda de Bracamonte en Salamanca. Ésa es la geografía del desastre, el territorio donde miles y miles de botes, latas, calderos, palanganas y ollas esperan el resbalón y la caída de los Microtus arvalis.
Cuatro de la tarde de un ventoso miércoles de octubre en Olmedo (Valladolid). Julio González Caviedas recoge las patatas de un finca de siete hectáreas a unos centenares de metros del pueblo, en la carretera de Íscar. “Primero los vimos en las cebadas y los trigos, al comienzo del verano. En agosto, cuando se segaron los campos, se nos fueron metiendo en todo el regadío. Yo rodeé los lindes de esta finca de botes y latas y eché triguillo envenenado entre los surcos. ¡Menos mal! Algunas mañanas hemos llegado a sacar 300 animales muertos. Aún así, ahora siguen saliendo muchos bichos cuando sacamos la patata. Pasa el tractor con la máquina y salen corriendo entre los surcos. A otros sitios hemos llegado tarde.”
Julio es hermano del alcalde del pueblo, José González Caviedes, un hombre de Alianza Popular que también ocupa el cargo de delegado territorial de la Junta en Valladolid. En el Ayuntamiento están preocupados. A mediados del verano, coincidiendo con la siega de las mieses, los topillos no sólo se metieron en los cultivos de regadío sino que además invadieron algunos territorios del centro del pueblo: el cementerio, la piscina municipal y los jardines urbanos.
Desde aquellos días, los niños de Olmedo se entretienen inundando de agua las huras que agujerean el césped de la avenida Lope de Vega y esperando con palos y piedras la huida rapidísima de los topillos. Más tarde, al atardecer, los muchos supervivientes de las inundaciones asustan con sus carretas a las parejas que pasean junto a los setos.
El césped de la piscina nunca fue tan esponjoso. “Pensábamos echar veneno, pero el que encontramos eran unas pastillas parecidas a caramelos y nos preocupaba que los niños se los llevasen a la boca”, cuenta el concejal Luis Peña.
LA COMIDILLA . En el cementerio, Fausto Vallejo Andrés, el enterrador, ha contado en su lucha con los topillos que inundaban los panteones con la ayuda interesada de una cigüeña blanca que desde hace ocho años vive entre las cruces, incapaz de volar tras caerse muy joven de la torre de Santa María. La cigüeña, que desde entonces se alimentaba de los restos de carne que Fausto le traían a diario del matadero y de alguna lagartija despistada, se ha encontrado así con una más variada dieta y ha recuperado parte de sus hábitos de animal cazador.
La abundancia de topillos ha hecho engordar a muchos otros predadores. Más torpe en sus movimientos que el ratón de campo y que otros roedores, el Microtus arvalis es bocado exquisito para el ratonero común, la lechuza, el zorro y la comadreja. La nómina de enemigos del topillo campesino se completa con la víbora hocicuda, la culebra de escalera, el aguilucho cenizo, el cernícalo, las lechuzas común y campestre, el cárabo, el buho chico, el autillo, el mochuelo común, la gineta y el turón. Los biólogos, sin embargo, no se atreven aún a afirmar que la abundancia de presas vaya a provocar un gran incremento en las poblaciones de sus predadores.
En el bar de Tordillos, al atardecer, un coro de labradores habla de la plaga.
-Son bichos muy ignorantes. Les echas una miaja de grano y los matas a palos.
-Ignorantes y todo, pero ya han pasado la sierra -cuenta un camionero-. En Cáceres han empezado a verse muchos. Yo tengo unos marranos que no probaban el pienso. Se lo comían todo los bichos éstos. Eché veneno y maté 62 en una semana.
-Lo peor es eso, que se acercan, que se están metiendo ya en los almacenes y en las paneras. A la hermana de Bene le han comido cinco calabacines que tenía en el sotechado.
-Acabarán metiéndose en las casas. ¿Dónde si no van a ir cuando arrecie el frío y no quede más en las huertas?
La última migración ya ha comenzado. Lo saben desde hace unos días los habitantes de Villaescusa (Burgos). “Cuando se quemaron los rastrojos se vinieron a las huertas”, cuenta una vecina, Satur Guijarro. “Después se metieron a las bodegas donde tenemos las patatas. Y ahora ya están en todas las casas. Se deja una la puerta abierta y se los encuentra corriendo por el portal.”
Son muy voraces y muy prolíficos y cuando se les ataca se defienden. Algunos vecinos de los pueblos afectados ya han probado su mordedura. Es una destellada nerviosa y limpia, una dentellada que entra y sale en la carne con gran rapidez y apenas deja herida. Sólo sangre. Una dentellada a la que, de momento, no se reconocen efectos infecciosos.
Arsenio Escolar
Cambio 16. 31 de octubre de 1988

