Su parte de la noche: creadoras argentinas

Es octubre, lo sé porque desde Zaragoza me llegan correos electrónicos contándome cómo están siendo las fiestas del Pilar. Recorro las librerías de la calle Corrientes en Buenos Aires. Es el año 2002 y el Corralito está muy presente, la época de los presidentes saliendo por la azotea de la Casa Rosada en helicóptero. En un quiosco, en la portada de una revista creo ver al Dioni y se lo comentó a una amiga que me acompaña. Resulta ser Néstor Kirchner, que suena como uno de los posibles candidatos a la presidencia de la Argentina. Compro boletos para ver a Adriana Varela, que hace varias noches seguidas en Luna Park y cuando el dueño de la disquería me ve mirando las cubetas me ofrece un cedé sin tapa ni carátula; es de color rosa. Rosario Bléfari me dice, lo mejor que tenemos en el ander de acá. Sí, la conozco, le digo, es la cantante de Suárez. Él me deja por imposible. Un listillo diríamos en España.

A la Bléfari la conozco porque a su banda Suárez la publicó en España el incansable director de Zona de Obras, el gran Rubén Scaramuzzino. La discográfica se llamaba Plan B y también editó el primer disco solista de Gustavo Cerati tras la separación de Soda Stéreo, Bocanada, pero eso sería abrir otra habitación del Motel. Rosario también cantaría unos años después El rey ha muerto, un tema de mi amigo Sergio Algora en un tributo al Niño Gusano.

Me llevo un disco de Celeste Carballo y en una de las librerías de segunda mano encuentro Buenos Aires me mata, el libro de Laura Ramos, la mejor cronista de la movida porteña. Laura fue la primera que vio juntos a Rodrigo Fresán y Andrés Calamaro en un coche camino del Prix D’ami para ver el debut como banda de los gemelos Bang-Bang después de que hubieran abandonada su carrera en la lucha libre. Laura Ramos me descubrió que no hay nada más bello que escuchar a Hilda Lizarazu de Man Ray cantar Señal que te he perdido. Aquellas historias aparecían en el suplemento del diario Clarín y eran los noventa en Buenos Aires.

Los ochenta también los dejó por escrito en Corazones en llamas junto a Cynthia Lejbowicz. En la portada salen Cerati, Charly García, Fito Páez y Fabiana Cantilo. Fabiana había empezado tocando con los Twist y era una Cleopatra pop que además se incorporó como uno más a la banda de acompañamiento de Charly García y esa banda, en aquella época, iba muy fuerte. Fabiana, la Fabi, tocaba Roxanne con una guitarra española mejor que Sting. Por aquellas páginas aparecían las Viuda e Hijas de Roque Enroll, una banda de rock en la que estaba María Gabriel Epumer. María Gabriel tocaba la guitarra y cantaba. Luego también se hizo parte de la banda de Charly García. Ese mismo verano de 2002 la pude ver tocar con el maestro en un club pequeño, el Roxy. María Gabriela lo acompañó sin inmutarse, agarrando la viola como un báculo o un martillo, según el tono que tocara.  No era la primera vez que la había visto en un escenario, en agosto de 2001 en un evento que se llamó Fémina Rock estuvo en el festival Pirineos Sur en Sallent de Gállego, en el Pirineo oscense. Recuerdo que Jose Lapuente me coló en el backstage para conocer a Andrea Echeverri, la cantante de Aterciopelados, que compartía cartel con ella, Amaral y Julieta Venegas. María Gabriela falleció súbitamente en junio de 2003 de un paro cardiorrespiratorio dejando varios discos solistas, el más bello en mi opinión, Perfume. En los años siguientes, ya en España, conozco a una amiga de María Gabriela Epumer, la bajista Laura Gómez Palma, con la que había montado la banda Las chicas, y que se ha establecido en nuestro país para tocar como músico de acompañamiento de distintos solistas. En aquella época está tocando con Loquillo y Jose Lapuente, el mismo que me había colado en el concierto de Pirineos Sur, me propone para presentar un maravilloso libro de poemas de Laura, Desde el agua. Laura tiene alma de gaucho y manos de seda a pesar de tener los dedos curtidos de contrabajo y riendas.

Como todo en la vida, un parpadeo, los años siguientes leo y escucho a las creadoras argentinas, hasta que por mediación de Mariano Gistaín me acerco a Mariana Enríquez. Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez es un laberinto de muerte y magia que abruma como el calor de las provincias de Misiones y Corrientes, que tiene algo de monstruo que tortura como los vuelos mortales del Proceso, que se sumerge en mate mezclado con ácido para los que habitan el Londres de finales de los sesenta. El fantasma de Bilardo, la masa seca de una factura que ha permanecido demasiado tiempo en el fondo de una alacena, Mar del Plata como un remanso frente al monstruo Buenos Aires. Nuestra es la noche no es una novela porteña, no hay tango ni Soda Stéreo, hay poesía y montoneros, hay culto a la carne como en David Cronenberg, en Clive Barker y en el Otromundo que se nos muestra inocente en los tebeos de Excalibur de los noventa. Y quizá Mariana no note nada de lo que acabo de nombrar porque este tipo de veneno se extiende sin preguntar y queda dentro, muy dentro. A veces uno encuentra libros que te atrapan con tanta fuerza que no sabes si quieres terminarlo o quedarte a vivir dentro para siempre. Sabes que pase lo que pase estás unido a él, que si lo dejas en la mesilla durante la noche te devorará y cuando vuelvas a la cama, después de saciar una sed impropia con un agua demasiado tibia, solo encontrarás una silueta que recuerda a tu propio cuerpo sobre el colchón.

En Nuestra es la noche hay un aroma inconfundible a la obra de la fotógrafa Sara Facio y su compañera Alicia D´Amico. Esa manera de captar el blanco y negro de la vida y atrapar las palabras. La edición Retratos y autorretratos contiene instantáneas de los grandes escritores latinoamericanos de los setenta, pero la foto que resulta más impactante es la de Silvia Ocampo, tapándose el rostro con la mano, después de un largo poema de versos manchados de la sangre que cae al folio tras morder un labio -sea propio o ajeno-, Demasiadas fotografías son culpables. El libro tiene tamaño de revista y es en blanco y negro. Está editado en 1973 por Ediciones de Crisis. Aún vivía Isabelita Perón cuando apareció. Reviso la Antología de relatos fantásticos argentinos en edición de Jaime Helios y encuentro un cuento de Silvia Ocampo, Fidelidad. Silvia muere en 1993. Ha pasado veinte años tapándose la cara. La otra autora que aparece es Liliana Heker y su historia, La llave es una odisea por la noche del barrio en Buenos Aires, cuando uno no sabe si los pocos colectivos que ve por la calle son los últimos de la ruta o los primeros del día siguiente.

Las creadoras argentinas son seductoras por naturaleza. Se imponen en una sociedad que sigue tirando hacia lo machista por su herencia italoespañola, pero cuando ellas están se nota. En su antología Buenos Aires Juan Forn selecciona a Tununa Mercado, Ana María Shua, Cecilia Absatz y Sylvia Iparraguirre. La primera edición es de 1992, yo tengo la edición en la clásica colección de compactos de Anagrama. Me gustan estas antologías, me gusta revisarlas pasadas dos o tres décadas. Hay aciertos y olvidos. Ya está la Muchacha punk de Fogwgil, y también César Aira, Piglia, Alan Pauls o Fresán.

En aquel verano del cono sur las cosas iban muy rápidas. Quería verlo todo: un concierto de Mariana Melero -a la que conocía por los créditos de los discos de Antonio Birabent-haciendo bossa-nova en Palermo o ver cómo se llevaba a escena La casa de Bernarda Alba en un teatro de Corrientes con una compañía de mujeres con acento porteño. En aquel verano iba a los multicines de los grandes shoppings del centro para ver películas yo solo. En la pantalla los labios perfectos de Dolores Fonzi en una película de arte y ensayo llamada Caja negra. La Fonzi había aparecido en  la primera película como director de Fito Páez, una cinta pesada y presuntuosa con guion de Alan Pauls-miren, unas habitaciones arriba- y eso la hacía parte del inconsciente colectivo.

Prendí la televisión y encontré una serie en Netflix que se llamaba Puerta 7. Allí estaba Dolores otra vez. Una mina dura, que aguanta el tirón de las barras bravas de un club inventado. Lleva mucho mejor la edad que yo. Si tuviera su número la llamaría. No, aunque tuviera su número no la llamaría. El pasado es mejor que siga durmiendo su sueño reparador. Tiene que estar preparado para cuando uno lo reclame en la vejez. Mientras tanto, sigamos soñando con ellas, el corazón de la Argentina, el alma de Buenos Aires.

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