Claro que las mujeres son idiotasAl fin y al cabo Dios las creó a imagen y semejanza de los hombres George Elliot

Archivo de diciembre, 2007

Vuelvo a vivir con mi madre

Tengo mucho miedo. Vuelvo a vivir con mi madre después de tres años de absoluta independencia.

Va a ser temporal, espero, pero va a resultar muy difícil, al menos para mí.

Ella está feliz… ¡Felicísima! Me sugiere actividades para que las hagamos juntas.

“Iremos aquí, iremos allí…”, me dice. Yo estoy encantada de hacer cosas con ella pero… ¿Tantas? ¿Es estrictamente necesario? Y me surgen las dudas.

No tendré independencia, tendré que volver a dar explicaciones de por qué salgo o por qué no lo hago, no podré hacer lo que me venga en gana, ni invitar a mis amigas a cenar para hablar de lo humano y lo divino (hombres y sexo, vaya, también de nuestros miedos y nuestras alegrías).

Y si algún sábado me apetece quedarme en casa, tranquilamente, me preguntará si estoy enfadada, ni podré tomarme una copa de vino porque sí, para ella el vino es para las grandes ocasiones.

Me reprochará que me fume un par de cigarros mientras escribo el siguiente post. Y que ponga mi canción favorita a toda leche mientras me desgañito cantándola.

¿Y si algún día ligo? ¿Tendré que volver a follar en el asiento de atrás del coche? Lo dicho, tengo mucho miedo. Ya os iré contando…

La crisis… De Navidad

Las crisis de pareja dan mucho juego. Todos nos creemos con derecho a opinar acerca de los problemas de otros y damos soluciones sin pensar, dando por sentado que tenemos razón.

En mi caso, la “mala racha”, como dice mi señora madre, que están pasando unos amigos de la familia ha capitalizado las conversaciones de los saraos navideños. Para preservar su intimidad, y con todo mi respeto, me referiré a la pareja como teniente O’Neil (ella) y soldadito de plomo (él).

Según explicó la madre de la teniente O’Neil, están mal desde el verano. Me sorprendió. Hace 20 años que son pareja y de puertas hacia fuera han tenido una buena relación, aunque creo que ella es posesiva y mandona y él, un auténtico calzonazos.

Al conocer la noticia de la crisis, todo el mundo empezó a opinar. Que si ella es una sargento, que si él es mandao de su mujer… “El problema es que las parejas de hoy en día ya no tienen paciencia”, dijo uno de mis tíos, que ronda los 70. ¡Con la iglesia hemos topado! ¡La santa paciencia es la que yo tengo al escuchar semejantes barbaridades!

Es decir, que si uno de los dos miembros de la pareja ha dejado de querer al otro, si alguien es infiel (y es cazado en el acto), si no se soportan, si llevan vidas incompatibles… Uno de los dos, da igual quien, tiene que hacer de tripas corazón y aguantarse.

Supongo que la cara que yo pondría sería un poema, porque mi señora madre me dio una patada que casi me gangrena la pierna derecha. Menos mal que me sonó el móvil. ¡Salvados por la campana!

Era la teniente O’Neil, sollozando: “Lo sabes, ¿no? Él (el soldadito) y yo estamos fatal. Creo que me pone los cuernos, aunque lo niega”.

Le pregunté si el sufrido soldado de plomo le había dado motivos para pensar eso. “Está raro, ya no es el hombre que yo conocí”, me explicó compungida.

¿Hombre? ¡Si se conocieron cuando tenían 17 años y ahora acaban de cumplir 37! ¡Pues menos mal que no son como entonces! En la vida tenemos que evolucionar, ¿no?

Andaba yo absorta en estos pensamientos cuando la teniente O’Neil, en tono más confidente si era posible, me dejó ir el motivo por el que según ella su soldadito le es infiel: “Se rasura el vello del pubis. Antes no lo hacía nunca”.

Toma, toma, toma razón de peso donde los haya para pensar que tu pareja te es infiel. Así que, para estar a la altura de la conversación, decidí poner un tono peliculero. “Querida, si vas a basar tu acusación en esa prueba, lo llevas crudo ¿No crees que igual habéis caído en la rutina o que os habéis dejado de querer?”, le dije.

Se mosqueó. “Carlota, tu vives en la parra”, me espetó. Probablemente viviré en otro mundo, pero no creo que sólo eso sea un motivo para pensar que tu pareja te es infiel. ¿O sí? ¿Qué le digo a la teniente cuando la vea para fin de año?

El poder de las cremas

A ciertas edades va bien cuidarse, por eso me he hecho una limpieza de cutis. ¡En mala hora decidí darme el gustazo!

Feliz he ido al centro de estética esperando a que la eficaz esteticista, Vanesa, una chica de veintipocos años me toquetee.

Me ha enjabonado la cara, me la ha limpiado, me ha embadurnado de cremas, me ha masajeado las sienes, los mofletes, la barbilla… ¡Una gozada!

Todo iba bien hasta que me recomendó una crema hidratante. “Uy, tienes la piel opaca, gris. Por el tabaco, la falta de descanso, el estrés, la edad…”, me suelta Vanesa.

Pongo cara de póquer. ¡Será jodía la tía! Pero lo peor está por llegar: “Carlota, yo en tu lugar me compraría también un contorno de ojos, que ya empiezas a tener algunas patitas de gallo”, añade la descarada.

Me gasto los 70 euros de rigor en potingues, más los 40 de la limpieza de cutis: 110 euros en total. Todo sea por mi piel opaca y gris.

Seguiré el “tratamiento” (ella lo llama así) a rajatabla, a ver si mi piel adquiere el brillo y color del arco iris. Pero el mes que viene ésta no me ve el pelo, iré a otro centro de estética.

La Vane es una envidiosa además de una descarada. Sabe que a mis 30 estoy fantástica.

De hecho, una estudiante en prácticas del trabajo me ha dicho que aparento 25. Ella sí que sabe.

¡Ah! Buenas fiestas a tod@s.

¿Por qué no tienes novio?

Temo la Navidad. En las típicas cenas familiares, mi tío Juan siempre me hace la misma pregunta: “Carlota, ¿por qué no tienes novio?”.

Y yo, la única soltera de la familia, sonrío y le respondo lo mismo: “Pregúntaselo a ellos”.

A los 30 te sientes tan bien haciendo lo que te da la gana, sin rendir cuantas a nadie, que es complicado encontrar a alguien que te llene. Además, el panorama es (aparentemente) desolador…

Primero están los gays, cuyo único problema, porque la mayoría son perfectos, es que no les gustan las mujeres.

Luego está el mercado de segunda mano: los recién separados que retoman la soltería como quinceañeros. Salen de marcha hasta las mil, buscan un polvo rápido y al día siguiente, si te he visto no me acuerdo. Van bien en épocas de hambruna sexual.

También encontramos los que les pesa la relación anterior. Pueden tener mochila (hijos) o no, van muy rápido y quieren presentarte a sus niños, a sus padres… pero lo cierto que es nunca llegarás a ser como la maldita ex. De estos, mejor huir, que las comparaciones nunca fueron buenas.

Por no hablar de los solteros vocacionales, aquéllos cuya frase de cabecera a la hora de acabar la relación estrictamente sexual que mantienen contigo es “tu te mereces algo mejor”. ¿Algo mejor? ¡Pero si yo te he escogido a ti! ¡Yo creo que tú eres lo mejor! Para estos, no tengo palabras. ¡Parásitos!

Y los casados, que te quieren en secreto y te juran y perjuran que dejarán a su mujer. Mejor ni verlos, al final acabas siendo la otra. Vaya, que son unos vendemotos.

En fin, va a ser verdad aquello que leí en la puerta de un baño de la facultad: “Tu príncipe azul sólo reside en tus sueños más verdes”.

Se masturba en el trabajo (Parte 2)

“¿Pero dónde te tocas? ¿En el lavabo?”, le pregunta María.

Paula insiste: “¿No tienes miedo a que alguien te vea?

Nuria, la más moderna del grupo, añade: “Yo oí a un tío cascándosela en mi oficina, pero de ahí a hacerlo yo… Va un trecho”.

Y Sonia, muy correcta y orgullosa, como casi siempre, nos suelta: “No. Lo hago en mi despacho, y espero a las 10 de la mañana“.

Argumenta, riéndose, que “es el momento idóneo: los jefes aún no han llegado, la secretaria sale a desayunar y la recepcionista está haciendo recados. Así nadie me puede ver”.

Es lista y precavida, la niña. Y parece feliz. También creo que es muy morbosa. ¿Y si hay cámaras?

Lo cierto, según me explicó después, más relajada, es que no practica sexo con su marido.

Sólo lo hacen cuatro veces al mes, los sábados . “Entre semana estamos cansados. Que si trabajar, poner la lavadora, hacer la compra, la comida y la cena, barrer, fregar, poner el lavaplatos… Es agotador”, dice.

Pues menos mal, y eso sólo llevan tres años casados. Lo que yo creo que le parece agotador es hacerlo con su marido.

Si se le pusiera delante el médico de Anatomía de Grey otro gallo cantaría…

Se masturba en el trabajo (Parte 1)

Sonia es casi perfecta. Economista, trabaja en una prestigiosa empresa. Es rubia, ojos verdes, está (in)felizmente casada…

Su voz es tan dulce que insulta cuando dice lo que dice, sentencias tan reales como crueles. Y con su imagen de Virgen María desmonta a cualquiera.

Es una de mis mejores amigas. Ayer cenamos todas, las cinco, en nuestro restaurante japonés favorito.

Todo transcurría tranquilo hasta que entre sushis, niguiris y makis lo soltó: “Me hago pajas en mi despacho”.

Me la imaginé dándole al manubrio. Se me atragantó el wasabi y la soja. Los palillos casi se me doblan del susto.

No puede ser. Ella es como los padres, que nunca follan. “Sonia, tú no te haces pajas, tú te tocas”, le dijo María.

Sonia clavó sus ojos verdes en todas y cada una de nosotras, se atusó el pelo, se puso más tiesa que un palo e insistió: “Ni dedetes, ni tocarme. Me hago pajas en mi despacho mientras miro vídeos del médico guaperas de Anatomia de Grey en el youtube. Ya os pasaré los enlaces”. Nos reímos.

Allí empezó una acalorada, y nunca mejor dicho, ronda de preguntas.

Fiebre del sábado noche

Lo peor de cumplir 30 años y salir de marcha no es que no encuentres ningún sitio de tu gusto.

Ni tampoco que empieces a emplear frases del tipo “esta canción es de nuestra época”.

Ni que te encuentres en los bares de copas a ex compañeros del colegio que reaparecen más alocados que nunca tras separarse de su pareja.

Lo más duro de cumplir 30 y salir de marcha es la resaca.

No sé por qué motivo, de los 20 a los 30 el cuerpo va perdiendo la capacidad de recuperación. Pero tú ni te enteras, y te sientes tan estupenda… ¡Mejor que cuando tenías 20!

Y decides salir, tomarte unos copazos y hacer movimientos espasmódicos como la niña de El exorcista por la pista de baile o imitar a los protagonistas de Dirty Dancing.

Pero claro, no piensas en el día después, en el duro domingo, cuando te despiertas convertida en un vegetal.

En un domingo posterior a una noche de marcha, el paseo más largo que das es de la cama al sofá, y del sofá al baño. Y vas a la cocina a duras penas.

Evitas reflejarte en los espejos pero, claro, como no eres un vampiro no puedes evitarlo, y te ves y te asustas. Y maldices la hora en la que decidiste salir y cuando, a las tres y media de la madrugada, pediste el penúltimo whisky.

Por no hablar del lunes, que te sigue costando arrancar y organizar la semana, y trabajar, y hacer la compra…

El sábado me pegué la gran juerga. Hoy es martes y aún tengo resaca.

Mi primera cana

Mírala. No puede ser. Ahí está. Firme, lisa, dura, orgullosa, larga y… Blanca. Blanca como la nieve… O más.

¿Cómo puedo tener una cana? Soy una vieja. ¡Dios, tengo una cana! Y no podría salir en otro sitio, no. En la sien izquierda, con alevosía… Ahí, para que se vea bien.

Me vuelvo a mirar en el espejo, a ver si todo es una ilusión óptica. Nada. Es la cruda realidad.

Llamo a mis amigas. “Soy objeto de la mayor injusticia de la semana. Me ha salido una cana”, les digo. Y se ríen de mí. “Tíñetela, mujer”, me responden. Seguro que ellas tienen y me lo han escondido. Fijo.

Quedo con mi madre y se lo suelto. “Mamá, mira. Tengo una cana”, pongo voz trágica y cara de pena, con las madres va bien hacerse la víctima.

Pero no puede ser más cruel: “Joder. ¡Y qué gorda! Bueno, hija, es que ya vas teniendo una edad…”.

Toma bofetada sin mano, que son las que más duelen. Y me la da mi madre, mi señora madre. La misma que a mis 30 añazos me sigue llamando popoletas, cuqui, cuchi, fuffyfuffy y demás horteradas varias.

Va a ser verdad. Me hago mayor, ¡y me da vértigo!

Pero si soy una niña aún… No tengo hijos, no tengo hipoteca, no tengo nada de nada… Voy a llamar a mi peluquera. Le diré que me tiña, que tengo una crisis y que…

Quiero cambiar de imagen.