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Claro que las mujeres son idiotasAl fin y al cabo Dios las creó a imagen y semejanza de los hombres George Elliot

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Soy un poco cotilla

Ya me he apuntado al gimnasio, era uno de mis propósitos para este año. Hace ya casi un mes que voy a la piscina y estoy encantada. Sobre todo por el monitor que tienen unas encantadoras abuelitas que están aprendiendo a nadar. Está buenísimo.

A pesar de todo, intento ir a mi rollo. Me pongo en el carril número 4, cerca de la escuela de sirenas jubiladas, que se colocan del 1 al 3, y de su monitor, por supuesto.

Hoy, mientras descansaba mirando al mar (es lo mejor de esta piscina, las vistas) he escuchado la conversación de dos amigas que tenía en los carriles del otro lado.

“Me siento utilizada por los hombres”, decía la del gorro de colores, que arrastraba las eses. Al parecer es relaciones públicas de algo y, por lo que explicaba, los últimos rollos que ha tenido han sido gracias a eso.

El problema, según decía, es que cree que los ¡cinco! tíos que se acuestan con ella (o ella con ellos) lo hacen para entrar gratis en ese sitio en el que trabaja.

En ese punto, he decidido reincorporarme al nado y he hecho unas cuantas piscinas más, siempre ojo avizor por si las colegas se volvían a detener y seguían con su charla.

Y así han hecho, y yo he descansado otra vez. La amiga de la leona sexual que se siente utilizada le ha hablado claro. “¿No crees que estás exagerando? No creo que nadie se tire a alguien que no le gusta para no pagar 20 euros“, le ha dicho.

“Es más, creo que tu les utilizas más a ellos que ellos a ti. Con la excusa de que les pones en la lista de entrada, te los trajinas”, ha añadido.

He estado a punto de dar un salto a lo Gemma Mengual y empezar a aplaudir las salidas de una y de otra. Pero no. He hecho tres piscinas más y me he ido a la ducha, envidiando la gran memoria de la chica del gorro de colores, capaz de acordarse de los nombres de todos sus amantes.

¿Fernando Esteso o David Beckham?

“¿Qué tipo de hombre prefieres, Fernando Esteso o David Beckham?”. La pregunta me ha dejado pasmada. Me la ha planteado esta mañana, y a bocajarro, un amigo al que admiro. Desde mi punto de vista, siempre ha sabido qué queremos las mujeres.

Me he quedado tan alucinada que he tomado la vía fácil: saber los motivos de su pregunta. Según me ha contado mientras mojaba una magdalena en un café con leche, últimamente ha alimentado aún más su “metrosexualidad” (él siempre ha sido muy coqueto), y se depila el cuerpo (todo, todo, todo) con una crema masculina de la que no recuerdo el nombre.

Aunque dice que cuando se aplica el producto le escuece un poco –sobre todo en los genitales-, mi amigo asegura que el sufrimiento merece la pena.

Disfruta de la sensación de no tener ni un solo pelo. Y, al parecer, a sus amantes ocasionales también les gusta (o al menos no se han quejado hasta la fecha). “Me encanta acariciarme el pecho, las piernas… y estar suave”, me ha argumentado.

Hasta aquí, todo correcto. Pero hay más, no tan correcto. En sus tres últimas conquistas cree que no ha conseguido “rendir lo suficiente” en la cama.

Pedro, ése es el nombre de mi amigo, asocia este problema a la crema depilatoria. Dice que le pasa desde que la utiliza. Ha leído la composición del potingue y contiene bromuro, producto que dicen se usaba en la mili para evitar que, en los largos y solitarios meses de destino, los soldados tuvieran erecciones ¿indeseadas?

¿Por qué no pruebas con la cera, caliente, templada o fría; o con cuchilla?”, le he dicho. Pero no. Ha anulado el primer método por miedo al dolor (sobre todo en la zona genital, claro) y el segundo porque “el pelo sale con más potencia y rasca”.

La verdad es que nunca me había planteado si prefiero que los hombres sean peludos o no. Lo que es cierto es que me gusta que sean naturales, tal cual.

No vamos a negar que Beckham está muy bueno, y que si me lo encontrara en un callejón oscuro no le haría un feo. Pero creo que sólo sería para un ratito. Desde mi punto es demasiado delicado. Estoy segura que es de esos que no come por no cagar.

A mi me gusta que me hagan reír. Reírme y reírnos. Además, qué leches, donde hay pelo hay alegría. Y el hombre y el oso, cuanto más peludos, más hermosos. ¿O no?

El poder de las cremas

A ciertas edades va bien cuidarse, por eso me he hecho una limpieza de cutis. ¡En mala hora decidí darme el gustazo!

Feliz he ido al centro de estética esperando a que la eficaz esteticista, Vanesa, una chica de veintipocos años me toquetee.

Me ha enjabonado la cara, me la ha limpiado, me ha embadurnado de cremas, me ha masajeado las sienes, los mofletes, la barbilla… ¡Una gozada!

Todo iba bien hasta que me recomendó una crema hidratante. “Uy, tienes la piel opaca, gris. Por el tabaco, la falta de descanso, el estrés, la edad…”, me suelta Vanesa.

Pongo cara de póquer. ¡Será jodía la tía! Pero lo peor está por llegar: “Carlota, yo en tu lugar me compraría también un contorno de ojos, que ya empiezas a tener algunas patitas de gallo”, añade la descarada.

Me gasto los 70 euros de rigor en potingues, más los 40 de la limpieza de cutis: 110 euros en total. Todo sea por mi piel opaca y gris.

Seguiré el “tratamiento” (ella lo llama así) a rajatabla, a ver si mi piel adquiere el brillo y color del arco iris. Pero el mes que viene ésta no me ve el pelo, iré a otro centro de estética.

La Vane es una envidiosa además de una descarada. Sabe que a mis 30 estoy fantástica.

De hecho, una estudiante en prácticas del trabajo me ha dicho que aparento 25. Ella sí que sabe.

¡Ah! Buenas fiestas a tod@s.