Claro que las mujeres son idiotasAl fin y al cabo Dios las creó a imagen y semejanza de los hombres George Elliot

Archivo de julio, 2008

Por fin he visto ‘Sexo en NY’

Por fin he visto la película de Sexo en Nueva York.

He tardado bastante porque con mis amigas nos queríamos esperar a que la dieran en el tradicional cine de verano en la playa de nuestro pueblo.

Fuimos hace un par de días. Y, a pesar de las críticas negativas y de las voces que me habían dicho que era ñoña, me ha gustado.

Sí, es cierto, es muy previsible. ¿Y? ¿Acaso muchos de los capítulos, e incluso el final de la serie no lo eran?

Hay escenas que me parecieron divertidísimas, como la del sushi, la boda de Carrie y su vestido de novia o los problemas gástricos de Charlotte. Pero, sin duda, lo mejor son los modelazos.

Por lo demás, fue como una maratón de la serie original. Como si, de golpe y porrazo, te zamparas cinco capítulos.

Además, ¿quién es capaz de irse a dormir con un laaaaaaaaargo collar de perlas? ¿Quién tiene las santas narices de ir por su casa con unas zapatillas que tienen un tacón de 20 centímetros? ¿Quién puede presentarse el día de su boda con un pavo real en la cabeza?

Carrie Bradshaw. Sólo ella.

Por cierto, el danés me ha llamado. Pero eso, es otra historia…

¿Señora o señorita?


– ¿Qué le pongo, señora o señorita?

– Señora.

– ¡Ah! ¿Está casada? ¡Con lo joven que parece!

– No. Estoy soltera, y sin compromiso.

– Entonces es señorita.

– No, soy señora. No necesito un hombre a mi lado para ser una señora.

Esta conversación la tuve ayer mientras arreglaba unos papeles. Me mosqueó. ¿Por qué aún se mantienen ciertas costumbres tan arcaicas?

Me han metido mano en el gimnasio

Como cada mañana que me apetece, hoy he ido a nadar un rato a la piscina del gimnasio en el que estoy apuntada desde hace unos meses.

Me he puesto el bañador, he salido a la piscina, he hecho unos largos y, cuando he considerado, he regresado al vestuario, camino de las duchas.

Allí, me he encontrado con las mismas mujeres de siempre: mayores, jóvenes y alguna que otra adolescente que, como están de vacaciones, matan su tiempo libre tonteando con uno de los salvavidas que hay y que está como un panecillo recién horneado.

Hasta aquí, todo normal. Pero en la ducha me ha pasado algo que nunca me había sucedido: una chica de unos 35 o 36 años, con la que alguna vez he intercambiado palabras de cortesía, me ha tocado el culo.

El hecho ha sido ridículo. Ha ido así: Ambas en bolas. Yo, enjabonándome el pelo. Ella me pregunta qué tal va el mes de julio. Yo le respondo que bien. Y, cuando menos me lo esperaba, pas-pas. Me ha dado dos cachetes en el trasero.

Me he puesto roja, amarilla, azul… Me he apartado un poco y he seguido enjabonándome el pelo. Al salir de la ducha se lo he comentado a una señora mayor encantadora que está aprendiendo a nadar. Me ha dicho que no soy la única a quien le ha sucedido.

La verdad es que, a pesar del azoramiento inicial, no le voy a dar más importancia al hecho en sí.

Pero mi problema es el siguiente: a partir de ahora, ¿qué hago cuándo la vea en la piscina? Siempre que voy está…

Más cerquita de Dinamarca

Un nuevo acercamiento. Ha sido esta mañana, con el danés que cada miércoles alegra el día (y la vista) a las mujeres del edificio en el que trabajo.

En un intento de hacerme la encontradiza (sé que llega hacia mediodía) he bajado a las 12.03 horas a fumar un cigarro.

Había unas cinco o seis mujeres más, completamente peripuestas. Y ha llegado él. Alto, atractivo, fantástico. Con una camisa blanca de manga larga y unos pantalones verde militar.

Ya en la puerta, me ha sonreído. “Fumando, ¿eh?”, me ha dicho. “Sí, un poco”, le he respondido. Y me ha preguntado: ¿Me vuelves a dar fuego? Rauda y veloz he desenfundado el mechero, que tenía oculto en un bolsillo del vaquero.

Hemos estado hablando, ante las miradas de mis compañeras de espera. Que si hacía fresquito para ser julio, que si hace ya dos años que vivía en Barcelona, que le gustaba la ciudad pero que los barceloneses éramos un poco cerrados…

Vamos, nada importante. Cuando he acabado mi cigarro él ha tirado el suyo, que estaba a medias. “Subo contigo”, me ha dicho. Y hemos ido juntos en el ascensor.

En la breve ascensión, me ha pedido mi móvil. Yo me he puesto roja como un tomate. Me lo ha hecho notar que, al momento, él, muy educado, me ha dicho algo así como “si no te parece un atrevimiento, claro”.

Me he reído y se lo he dado. Ha dicho que me llamará un día para ir a tomar algo. Esta semana no pienso separarme del teléfono ni un segundo. El tío está cañón.

Vaya brazos tiene Rafa Nadal

Por favor, cómo está Rafa Nadal. Ya sea así:

así:

o así:

Ayer, con mi pandilla, vimos parte de la larga final de Wimbledon en nuestra oficina, el bar de nuestro pueblo que nos ha visto crecer.

Y entre las chicas, el comentario era el mismo: “Este chico no es humano”. Incluso entre algunas que hace un tiempo no le veían ningún tipo de atractivo porque, según decían, el chaval es demasiado joven.

Pero vaya corpazo tiene. Yo me dejaría abrazar y me perdería gustosamente en ese torso. Y me da igual la edad que tenga…

Por no hablar de sus brazos que, todas, analizamos minuciosamente hasta que uno de nuestros amigos nos cortó el rollo.

“Pues claro que tiene unos brazos musculosos y desarrollados. Es normal, trabaja con ellos”, nos dijo.

“Ya, pero es que los suyos…”, le replicamos.

“Tonterías. ¿Os habéis planteado cómo tienen la herramienta los actores de pelis porno?”, nos dijo mientras se iba a la barra.

Nos dejó a todas boquiabiertas. Qué mala es la envidia…