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Un microrrelato por día y cada uno de 150 palabras. Ni una más, ni una menos.

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Despedida de las 150 diarias

Finalmente, así como gusto —como ya muchos han notado— de asesinar de vez en cuando a los personajes de mis historias, hoy cierro este espacio en 20minutos.es. Debido a que las prioridades son otras, necesito darle un punto final a este experimento basado en escribir un microrrelato de 150 palabras por día.

El objetivo personal que comenzó en el año 2009 y se proponía pulir la perseverancia y la consistencia a la hora de escribir, ya ha logrado su objetivo y por si fuera poco, lo hizo con más de 700 microrrelatos y con un promedio de 100.000 lectores mensuales. Y es por supuesto a los lectores de 20minutos.es a quienes tengo que agradecerles los números. Mi más sincero abrazo para todos ustedes.

Por último y para ir cerrando la despedida, también agradezco al equipo editorial del diario por haber confiado en mi trabajo.

Sin más, me despido de las 150 diarias y nos vemos, de ahora en adelante, en un nuevo espacio al que he bautizado como «si se me antoja». El nuevo blog, bastante improvisado, está armado a las apuradas y por el momento estoy tratando de migrar el contenido. Aún así, ya está presentable para recibir visitas.

Mientras tanto, aparte del archivo 150xdía, ya colgué un poco de material para que puedan ir probando la nueva mercadería. Subí un microrrelato de un candidato a intendente, un relato breve de dos hermanos emprendiendo un viaje y la primera parte de un cura que sabe cómo explotar su negocio.

Espero que disfruten el nuevo contenido, y nuevamente muchísimas gracias a todos por haber seguido diariamente este proyecto.

Intento de robo

Al verme en mi casa, el ladrón me partió un palo de golf en la cabeza. Instantáneamente me salió un chichón pero al no poder derribarme, comenzó a perseguirme hasta que entré a mi habitación. Cerré la puerta y me tragué la llave. Todavía no entiendo cómo el muy astuto apareció mágicamente en el cuarto. Mis ojos se desorbitaron de la sorpresa y desesperado del susto salí corriendo y traspasé la puerta dejando mi silueta en ella. Se inició nuevamente la persecución hasta que comencé a correr alrededor de una columna y después de varias vueltas, me aparté hacia un costado. El ladrón quedó persiguiéndose a sí mismo y yo aproveché para ir hasta la cocina y escoger un arma. Al regresar, mientras el ladrón continuaba dando vueltas alrededor de la columna, la encajé un sartenazo en la cara; en la base de la sartén aún está marcado su rostro.

Como hermanos

Al abrir los ojos no recordaba nada y me dolía demasiado la cabeza. La intensa luz de los fluorescentes que tenía a un par de metros de mi rostro me hizo arrugar los párpados hasta que mis ojos se acostumbraron a la fuerte luz artificial. La sala en la que estaba era inmensa, completamente blanca y repleta de personas acostadas tal como yo lo estaba. Fui el primero en despertar. Al sentarme en la precaria cama pude ver que todos los sujetos que descansaban sobre los incómodos colchones tenían una extraña similitud conmigo. Todos los hombres, absolutamente todos eran exactamente idénticos a mí y no se diferenciaban en el más mínimo detalle. Todos vestían un uniforme camuflado igual al yo llevaba puesto. Todos estaban pelados y depilados como yo. Todos éramos la misma persona. Todos teníamos el mismo armamento. Todos empezaron a despertarse. Todos compartíamos las mismas ansias de matar.

Cargo de conciencia

El hombre llegó a su casa a mitad de la tarde, un horario nunca frecuentado puesto que siempre trabajaba hasta entrada la noche en la oficina. Dejó el saco y la maleta en el sofá de entrada e hizo el menor ruido posible para darle una sorpresa a su esposa. Al no encontrarla en la planta baja comenzó a subir las escaleras y a mitad de los escalones sintió algunos gemidos que provenían del cuarto. Cuando entró a la habitación matrimonial vio a su mujer teniendo relaciones sexuales con otro hombre. El amante comenzó a temblar del susto mientras el hombre los miraba fijamente a los dos, sin emitir palabras ni movimientos. La esposa pensó que su marido estaba a punto de tener un ataque de nervios cuando en realidad, el hombre se sentía profundamente aliviado ya que ahora podía olvidarse del cargo de conciencia. Ahora, las culpas eran mutuas.

Las mentiras piadosas

«Sí, te entiendo», le dice, pero en realidad no, no la entiende. Piensa que se está enojando demasiado y sin necesidad. Aún así, decir la verdad no es estratégico. Seguir discutiendo durante horas, incluso días, no está dentro de sus planes y por lo tanto, miente. Le dice que la comprende, que fue un error, que ella tiene razón, que lo disculpe, que la ama más que a su propia vida. Y en eso no miente. La mima, la besa, la abraza y todo se soluciona sin ninguna traba. «Es la forma más sencilla», piensa, y la repite siempre que necesita escapar de una discusión. Se declara culpable aunque no lo sea, pide disculpas aunque no sean sinceras, es amable sin sentir que tenga la necesidad de serlo. Pero últimamente su estrategia ha dejado de funcionar. Nunca había reparado en las consecuencias de la inmensa cantidad de pequeñas culpas acumuladas.

Las Maratones

Nos levantamos a trabajar como todos los días. Tarea cotidiana; tarea de todos los días. Y para ahorrar, viajamos en bicicleta. Así lo hacemos durante largos años, generando un buen margen para pagar alquileres, comprar ropa, alimentarnos, financiar alguna que otra salida a un restaurante, ir al cine, adquirir tecnología, comprarnos algunos libros usados y demás cositas que no nos representan un gran gasto. Pero cierto día nos subimos a la bicicleta y a las pocas pedaleadas comenzamos a sentir el peso de la cotidianidad, de las responsabilidades, de la rutina. El pedal se pone cada vez más pesado hasta que es imposible avanzar y no nos queda más remedio que girar el fiel vehículo, volver a casa y llamar al trabajo para decir que nos sentimos enfermos. En ese preciso momento, nos damos cuenta que la postura del cansado no solo la carga el cansado, sino también el aburrido.

Cesar el Raudostrense

En algún momento de la historia del que no se tiene registro, existieron dos pueblos. Raudo era un pequeño poblado donde sus habitantes nacían con hermosas voces para el canto, y en el siguiente pueblo llamado Ostra, todos los ciudadanos tenían un gran talento innato para la pintura. Pero lo extraño era que aunque geográficamente no estaban demasiado alejados, en ninguno de ellos se había engendrado el talento que en el otro se producía, hasta que nació Cesar: el primer niño concebido a mitad de camino entre Raudo y Ostra. Cesar nació con una increíble facultad para hacer sonar sus cuerdas vocales y además, con un talento creativo insuperable para la pintura que a temprana edad, lo convirtieron en el pintor y cantante más alabado de su época. Muchos aseguran que Cesar, el Raudostrense, lograba que los atardeceres se prolongasen durante horas, posando para sus cuadros y apreciando sus cantos.

Serie Comentarios Microrrelatados

Los más asiduos lectores de 150xdía continúan inspirándose en los microrrelatos del blog para escribir sus propias historias, con sus propios escenarios, con sus propios personajes, con sus propios desenlaces. Sean bienvenidos a la Serie «Comentarios Microrrelatados» del mes de junio, donde se recopilan las más destacadas historias desarrolladas por los lectores de las 150 diarias.

Comentario publicado en la entrada «Desenmascarando sueños».
Mis sueños suelen ir por otros caminos. Mucha gente, no nos conocemos, hay malentendidos, acabo entre los brazos, y a veces entre las piernas, de alguien que cada cinco minutos cambia de rostro, de sexo, de raza, de intenciones y me dejo llevar sabiendo que soy yo la que lleva las riendas.

Autora: Carla.

Comentario publicado en la entrada «Desenmascarando sueños».
Cuando no era una cosa era otra, pero la situación se estaba poniendo fea.
Todo comenzó con lo que comienza todo. Un día se sueñan cosas felices, o eso creemos, hasta que dejan de serlo y comienzan las pesadillas. ¿Qué culpa tengo yo de que cosas cotidianas me terminen afectando?
La consecuencia de todo esto fue que mis pesadillas comenzaron a tomar cuerpo a cualquier hora, tanto dormido como despierto, por tanto tomé la determinación de acudir a un experto. Al oír mis historias, quedó tan involucrado en mis problemas, que decidió aventurarse a mandar una expedición directamente a mi cerebro. Necesitaba recoger de primera mano todos los restos y muestras posibles a fin de dejar limpios mis sueños de todo tipo de malestar.
Ya en el primer viaje le costó llegar, pero según se iban haciendo rutinarias las expediciones, mi confianza y sus ansiolíticos lograron mi descanso con rotundidad.

Autor: Enmascarado.

Comentario publicado en la entrada «La ancianidad temprana».
No es la adversidad fortuita,
la que sin advertencia llega.
La que de improviso azota,
la que con ojos vendado,
va dejando en el camino
aquel, que se la ha tropezando,
que sin méritos ni desméritos,
tiene que cargar con su yugo.
Al que desde muy pequeñitos
tiene que trabajar ya duro
para ganarse el sustento.
El trabajo en la niñez
a nadie convierte en adulto,
ya que el niño que trabaja
sigue siendo solo un niño,
al que convierten en esclavo,
sin dejar de ser niño.
Al que roban la niñez,
sin darle nada de nada a cambio.
Ya que la poca comida
es para que continúe con vida,
y que a la mañana siguiente,
pueda seguir trabajando.
Que poco importa la escuela,
ni la formación escolar,
mucho menos la académica
y de la universitarios
de esa ya mejor ni hablar.
¿De cuántos millones uno,
prospera en estas condiciones?
¿Si de la mediocridad el salir,
es cosa arto difícil?
De la miseria es bien sabido
que el salir, es imposible.
En estas penosas condiciones
de niño se llaga a viejo,
unos antes otros luego.
Y cuando a viejo se llega,
aunque solo con diez años,
las espaldas que se encorvan,
se llenan de arrugas la piel,
entonces ya todo pesa tanto,
que un lápiz entre los dedos
cuesta mucho el sostener.

Autor: Al Sur de Gomaranto.

Comentario publicado en la entrada «La novela de la tarde».
Nunca me ha parecido más oportuno ese disparar la manguera a la jeta de alguien como cuando mi hijo lo hizo.
Después de 20 días en la incubadora que se pasó, con visitas de todo la parentela, cierto que a su ladito, en la número 8 estaba su hermana, que vino a casa 10 días después. Pero mi suegro nunca se dignó ir ver a sus nietos recién nacidos ¡Qué va!, el Don Rodrigo en la horca (como le llamaba mi madre) estaba por encima de ello. Cuando le dieron el alta a mi nene, con 2 kg 800 grms, vinimos a casa de mis suegros y tumbamos al niño en el sofá, mi suegra, que dicho sea de paso no dejó de ir a ver a sus nietos, le quitó el pañal, mi suegro, después de 20 días todo altivo el capullo, se acerca, se agacha y…… Olé mi nene, le dio con todo el chorro en su cara dura de impresentable. Me reí como se suele decir a “mandíbula batiente”, y le dije “chúpate esa, tu nieto te ha calado” (yo tenía 22 recién cumplidos), lo sigo recordando y haciéndolo recordar por su significado.

Autora: Marisa.

Comentario publicado en la entrada «Desde la terraza».
Me lancé al vacío y planeé con los brazos abiertos, evitando antenas y enormes anuncios de bebidas que invadían los tejados. La sensación era de un inmenso placer, con el viento en la cara y la ingravidez. Pero entonces me di cuenta de que los pájaros volaban a mi alrededor y parecían molestos por mi presencia. Yo les hablé como a hermanos, pero ellos graznaron, piaron y gritaron que no me querían allí en el aire, porque era un humano y no debía volar. Amenazado por la presencia de muchos pájaros que me expulsaban de sus dominios, aterricé en una plaza con buena visibilidad. Allí me esperaba una multitud de humanos, semejantes a mí, pero de los que no podían volar. Me señalaron con el dedo y me miraron como a un monstruo. Lo cierto es que ni yo mismo sabía lo que era. No era un gran pájaro ni tampoco un humano. No sabía qué hacer ni a donde ir, y en mi angustia desperté, cubierto de sudor. A mi lado, en pie y observándome estaban mi psiquiatra y una enfermera, diciéndome algo así como que había sufrido un episodio de delirios, no entendí muy bien la terminología. Me alegré de no hallarme en aquella plaza, rechazado por pájaros y humanos y les sonreí.
– Doctor, he decidido que ya no quiero volar más. He elegido ser humano.¿Puede cortarme las alas, por favor?.- Le dije, y ellos me sonrieron.

Autora: Metamorfosis.

Comentario publicado en la entrada «Después del Bip».
Cuando me enterraron nadie sabía que tenía un teléfono móvil en el bolsillo. Debí decírselo a Patricia, porque ahora estará muy asustada y no se cree que la llame desde el otro mundo, ella ignora eso de que me podía haber muerto letárgicamente, lo mejor que puedo hacer antes de que me quedes sin batería es que llame al teléfono de emergencias y les cuente mi problema. Debo darme prisa pues ya llevo al menos tres días sin comer y lo malo es que no recuerdo el número de emergencias.

Autor: Antonio Larrosa.

Comentario publicado en la entrada «La repentina ausencia».
Inmediatamente, el extraño suceso, alertó a entomólogos, biólogos, ecologistas, que comenzaron a buscar las causas, a estudiar posibles cambios en el suelo, el aire, el agua, ascensos o descensos en la temperatura, contaminantes, superpoblación de depredadores… Los resultados sorprendieron a algunos, aunque muchos ya lo sospechaban, la gente, se había quedado sin sangre en las venas…

Autora: Penélope G.

«La tienda del alfarero» Por Víctor Lorenzo

No recuerdo cuándo comencé a leer «Realidades para Lelos», pero ese detalle carece de importancia comparado al «por qué». De todas las virtudes que Víctor tiene como microrrelatista, la que más disfruto es su indudable capacidad de síntesis a la hora del desenlace de sus historias.

Su atractivo estilo se nota claramente en «Hipotecas» y «Cumpleaños», dos microrrelatos que me quedaron grabados y que suelo recomendar como ejemplos de un excelente uso del género.

En esta segunda entrega de la serie «Inspiraciones Ajenas», un espacio creado para disfrutar de escritores y blogueros que leo desde hace tiempo, Víctor Lorenzo Cinca nos escribe en 150 palabras.

La tienda del alfarero
Mientras curioseo las muchas piezas fabricadas en serie -made in China- el viejo y tembloroso alfarero me cuenta que sus hijos no quieren seguir con el oficio, prefieren comprar a mayoristas y no ensuciarse las manos. Cojo una pequeña figura de terracota, antropomórfica, y le soplo el polvo de encima. El alfarero, emocionado, me explica que es la última pieza que pudo modelar. Y la única que conserva, tras setenta años frente al torno. Todo lo demás, lo vendió. Pero de esa pieza jamás pudo desprenderse. Me dice el precio, una fortuna, y la figura me resbala de las manos. La recojo del suelo y afortunadamente sigue intacta. Se la muestro al alfarero, para tranquilizarlo, y veo cómo una grieta va avanzando, poco a poco, por su frente. Le pago la pieza, sin regatear, y mientras me marcho se escucha en el interior un crujir de loza, unos cascotes desplomándose.

Las últimas lágrimas

Estoy por largarme a llorar. A unos minutos de mi muerte y voy a desperdiciarlos llorando. En vez de reír por todo lo que he reído o festejar por todo lo festejado, estoy por malgastar mis últimos minutos llorando. No me lo puedo permitir. Tengo que enfrentarme a este momento como siempre dije que iba a enfrentarlo: con una sonrisa y con la frente en alto. La muerte es inevitable, siempre lo he sabido; por qué llorar entonces. Por qué llorar si ni siquiera recuerdo la última vez que he llorado. Viví la vida tal como quise, me di los gustos que quise y procuré no herir ni perjudicar a nadie. Por qué lamentarme, entonces. Por qué largar el llanto y pedir misericordia si no tengo nada por lo que arrepentirme. Si voy a morir, voy a morir orgulloso de mi vida y mis decisiones. Llorando, pero llorando de felicidad.