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Un microrrelato por día y cada uno de 150 palabras. Ni una más, ni una menos.

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Clímax

Sus orgasmos tenían, sin lugar a dudas, un rasgo muy marcado de su personalidad. De carácter sumiso, callada y vergonzosa, al llegar al orgasmo, Francisca inclinaba la cabeza hacia abajo, cerraba los ojos y sonreía con dulzura. Sonreía como si estuviese en un sueño. Sonreía como quien añora. Se relajaba sobre mi cuerpo y se dejaba llevar, moviéndose pausadamente como el trigal en la brisa. Luego se recostaba a mi derecha, usaba mi brazo como almohada y se acurrucaba. Yo la abrazaba todavía agitado, deseando que me diga lo mucho que me amaba, lo mucho que disfrutaba revolcarse sobre mis sábanas, lo mucho que me extrañaba cuando no estaba conmigo. Y esperando, entregado a su maquiavélico silencio, me quedaba dormido y soñaba con ella. Al despertar, Francisca siempre estaba a mi lado y en la misma posición. Cuidadosamente, sin que ella se despertara, yo volvía a guardarla en su caja.

Desnudándome en su presencia

Me saqué la camisa y la tiré a un costado. Luego me saqué el reloj —un molesto objeto que nunca me acostumbré a tener en la muñeca— y el anillo de compromiso. Noté, en ese instante, que había ganado su atención y me dibujaba una sonrisa, pero yo preferí subir la apuesta. Me despegué el bigote de un tirón, lo arrojé al suelo y luego me arranqué la peluca dejando expuesta mi calvicie. Estaba completamente convencido de que tenía que decirle la verdad, y continué desnudándome delante de ella. Me saqué los zapatos, desabroché mi cinto y me bajé los pantalones como tantas veces lo había hecho en su presencia, pero esta vez la finalidad era otra. «No soy quien te dije que era», le confesé apenado y ella se marchó asustada, segundos antes de que yo bajara la cremallera de mi espalda y me mostrara tan verde como soy.

Un suicidio cultural

Trabajaban en encontrar algo nuevo, con más garra; tan comercial como sea posible. Buscaban propuestas arriesgadas, que salieran de lo cotidiano, que incitaran al debate moral y que al mismo tiempo fuesen populares y masivas. Se les ocurrió, a las pocas horas, exhibir el día a día de 12 convictos condenados a cadena perpetua, encerrados en una casa de lujo, compitiendo por la libertad. Al público le encantó la idea. Miles de condenados a cadena perpetua de todas las cárceles del país fueron entrevistados. De esos miles quedaron 100, luego 50, luego 12. Fueron 5 hombres y 7 mujeres los seleccionados. El reality no tardó en tener el rating más alto gracias al fuerte vocabulario de los participantes y a sus amenazantes actitudes. «Un suicidio cultural», lo titularon algunos medios sensacionalistas que se mostraban en contra de la idea de ofrecerle al pueblo, lo que al pueblo le gusta consumir.

Lo que un hombre puede soportar

Sorprende la facilidad con la que algunas personas pueden ser felices con unas perlas colgadas en el cuello o con unos gramos de oro sobre la muñeca. Pero más sorprendente aún es lo infelices que pueden ser intentando alcanzar esa extraña forma de felicidad. Siento una especie de vergüenza cuando pienso en lo que un hombre puede soportar por dinero, ya que a decir verdad, mentiría si digo que la amo. Es más, ni siquiera puedo decir que me gusta, que me siento cómodo con ella, que me hace reír. Y si tuviera que sincerarme, debería asegurarles que la desprecio con toda mi alma. Me enferma su forma de actuar y su voz, aguda como una pava silbadora, me causa náuseas. Pero es sorprendente, como les decía, lo que un hombre puede soportar por dinero. Desde que me casé, nunca pensé que ser feliz podía costarme tantos años de infelicidad.

Carne para retorcer

El dial ya no encuentra ninguna estación de radio que pueda entretenerlo, los cigarrillos se han terminado unos cuantos kilómetros atrás y el auto se desplaza lentamente hacia el carril contrario. El conductor despierta con los bocinazos de un camión que viene de frente, las luces de los focos lo encandilan y su instinto le hace pegar el volantazo. Ya es tarde. Su cuerpo sale disparado por el parabrisas, atraviesa la cabina del camión, traspasa el acoplado junto con la carga de ganado y cae desparramado en la carretera, a varios metros del accidente. Está intacto; no siente ningún dolor ni tiene ninguna raspadura pero al mirarse el brazo, nota que está transparentado. Todo su cuerpo se ve translúcido y borroso, con un extraño color blancuzco. Piensa que es un sueño y al intentar pellizcarse para despertar, se da cuenta de que ya no le queda más carne para retorcer.

La primera palabra

Estaba a punto de fritar unos huevos para tirarlos sobre los bifes y prepararme los famosos «bifes a caballo» a los que soy adicto, cuando al partir la cáscara para arrojar el delicioso contenido a la sartén, en vez de clara y yema encontré un ave con características bastante extrañas, entre ellas, el don innato del habla. Por si fuera poco, no solo fue raro que me hablara, sino también que pudiera hablar a tan temprana edad y además, que pronunciara la palabra «papá» sin haberla escuchado antes. Obviamente mi reacción no fue de lo más pensada y del susto arrojé hacia arriba a Diego —como lo llamo ahora— que por suerte cayó al costado de la sartén donde estaba el aceite hirviendo. Desde aquel día, si bien estoy seguro de que Diego es mi mascota, no puedo evitar pensar en el primer sonido que pareció emitir desde su pico.

Al costado del riachuelo

El escritor se imagina bajo la sombra de un árbol abundante en hojas, apoyando la espalda sobre un añoso cuerpo de madera, leyendo un buen libro. A unos pocos metros pasa el riachuelo y el tranquilo arrullo del agua golpeando sobre las rocas es el sonido que más destaca. A su costado, una copa transpirada con un fresco sauvignon blanc descansa sobre el césped. El verano se siente en la piel y se huele en el aire. Tiene su libreta de anotaciones apoyada sobre su pierna y en medio de la lectura es invadido por una reflexión. Deja el libro a un costado y se dispone a anotarla: «estoy haciendo lo que quiero hacer y lo que es mejor, lo estoy haciendo donde quiero», escribe a puño y letra, pero recuerda luego que tanto la frase como la ambientación son producto de aquella fantasía privada, casi erótica de su imaginación.

Personaje desanimado

Tengo dos hijos, una esposo que me ama y una mascota. Voy al banco a pagar los impuestos como lo hacen todos y hago zapping en la televisión, como lo hacen todos. Lineal; así es mi vida. No soy más que un personaje en una hoja. Hago las cosas de la casa, lavo la ropa, baldeo los pisos, cocino la cena y el almuerzo, lustro los muebles, lavo los platos, plancho, tiendo las camas. Llevo adelante una vida monótona y aburrida, rutinaria y carente de aventuras solo porque aquel que la redacta ya no tiene ideas. Soy un simple personaje, uno más del montón y por más que intente, siempre voy a ser incapaz de tomar una dedición por mi misma, de narrar mi propio destino. Daría cualquier cosa por poder pararme al final de la oración, con los pies sobre el punto final, y saltar fuera de esta historia.

Apretón de manos

Se pueden aprender muchas cosas de una persona cuando se lo saluda con la mano, y por eso mismo es que utiliza su saludo de acuerdo a cómo necesita que lo vean. Él es capaz de disfrazar u ocultar su personalidad con un estudiado apretón de manos. Un saludo firme habla de confianza en sí mismo, y si afloja un poco la presión que ejerce su mano, se convierte en una persona de confianza. Pero ciertas veces es necesario mostrarse con un carácter más bien inocente y moldeable y, en esos casos, relaja su mano completamente y ayuda el saludo con los ojos, bajando un poco la mirada. Así es como saluda a sus enemigos. «Otra forma de brindar confianza», piensa. Su mano, floja, deja ver cierto grado de temor y debilidad. Luego, con su contrincante confiado, da el zarpazo. Sus manos se convierten en tenazas. Sus dedos en tentáculos.

Objeto de descarga

Yo la quería con locura, pero ya no podía vivir junto a ella. No voy a negar que pasé buenos momentos, mas cuando comenzó a tener ese tipo de actitudes caprichosas, me vi obligado a tomar una decisión. Su carácter comenzó a ser pésimo; cada vez se enojaba con más frecuencia y yo, por estar siempre a mano, era el primero con el que se descargaba. Sin ir más lejos, me falta un ojo desde que no le permitieron ir a una fiesta por no haber terminado las tareas. Me sostuvo con fuerza desde mi brazo y comenzó a golpearme contra el suelo para descargar su bronca. Aquel día también descosió mi axila. Aguanté un tiempo hasta que decidí marcharme. Hace varios meses que escapé de casa y ahora la vida es más tranquila. No me molesta ser un vagabundo, principalmente porque ya estaba acostumbrado a dormir en el suelo.