Estoy a dieta: ¿lácteos enteros o desnatados?

18 abril 2014

Leche y cerealesDurante mucho, mucho tiempo el consejo dirigido a aquellas personas que querían perder unos kilos de más o que “estaban a dieta” era claro: evitar, en la medida de lo posible, todo aquello que contuviera más grasa. En el caso de los lácteos, habiendo la opción, el consejo se traducía en una medida clara: consuma lácteos desnatados antes que aquellos “enteros”. Y yo, no voy a escurrir el bulto a estas alturas, mi formación “reglada” incluía estos consejos y era de los que defendía este tipo de medidas. Y lo sigo haciendo, pero ahora, con matices o si se prefiere, con reservas.

No es cuestión, en mi caso, de “nadar y guardar la ropa”; no. Tampoco se trata de hacer, otra vez, un discurso de lo absurdo del concepto “hacer dieta” tal y como está asumido en buena parte de la población general; tampoco. Mi opinión es conocida y bastante convencida a este respecto. Se trata más bien de, precisamente, poner sobre la mesa otro argumento más para desterrar ese erróneo concepto que es el “hacer dieta”, entre el imaginario colectivo cuando este se empeña en perder una serie de kilos.

El caso, no pretendo irme por las ramas, es que de un cierto corto periodo de tiempo a esta parte se está cuestionando la idoneidad de ése consejo, el cambiar lácteos enteros por desnatados, cuando se pretende bien adelgazar, bien mantener un peso adecuado. Si echamos un vistazo a los últimos estudios epidemiológicos, la realidad observada (nunca mejor dicho) apunta que entre el grupo de personas que consumen lácteos desnatados hay mayores tasas de sobrepeso y obesidad que entre aquellos que consumen lácteos enteros… ¿sorprendido? Déjame que te ponga en antecedentes.

En primer lugar te recomiendo que hagas una lectura comprensiva de la entrada La maleta de Asimov, o por qué lo que ayer era bueno hoy es malo (y viceversa). Con ella en mente, permite que te muestre alguna de las conclusiones de los estudios al respecto del uso de los lácteos en cuanto a su contenido en grasa y su relación con el peso de los consumidores. En este estudio, High dairy fat intake related to less central obesity: a male cohort study with 12 years’ follow-up  (Un alto consumo de grasa láctea se relaciona con una menor obesidad central: estudio de 12 años de seguimiento sobre varones) se pone de relieve en sus conclusiones algo que ya se deja entrever en el título: Una alta ingesta de grasa proveniente de los lácteos se asoció con un menor riesgo de obesidad central, al tiempo que una baja ingesta de grasas de origen lácteo se asoció con un mayor riesgo de obesidad central.

Más aun, en una vuelta de tuerca a este “sorprendente” dato, este otro estudio, un metaanálisis, The relationship between high-fat dairy consumption and obesity, cardiovascular, and metabolic disease (La relación entre el alto consumo de grasa láctea y la obesidad y las enfermedades cardiovasculares y metabólicas) concluye que:

La evidencia observacional no apoya aquella hipótesis que afirma que la grasa láctea o que los lácteos con alto contenido graso contribuyan al aumento de la obesidad o al del riesgo cardiometabólico. [Sin embargo, esta evidencia] sugiere que el consumo de lácteos con alto contenido graso dentro de los patrones dietéticos típicos se asocia de forma inversa con el riesgo de obesidad. Aunque estos hallazgos no han ser tomados de forma concluyente, pueden proporcionar un [interesante] punto de partida para futuras investigaciones sobre el impacto de la grasa láctea y la relación de elementos alimentarios de origen bovino, en especial el la grasa láctea, sobre la salud.

Dicho esto, creo que merece la pena contextualizar esta información:

  • La percepción de que las grasas, todas, “son malas” es una cuestión errónea que aun persiste (y lo que te rondaré… morena) de forma importante entre la población general.
  • Entre este “conocimiento” poco actualizado no se hace una mayor distinción entre el tipo y origen de esas grasas. Sin embargo, está claro que los distintos tipos de ácidos grasos tienen diferente efecto más allá de su origen y de que sean saturadas o insaturadas.
  • De este modo, buena parte de la población (general y profesional) se ha preocupado de no incluir en la dieta “tantas” grasas y ha dado la espalda al peso de otros elementos en la dieta, entre ellos y de forma principal los alimentos ricos en hidratos de carbono simples.
  • Así pues, poner en práctica acciones de estigmatización de las grasas sin prestar mayor atención a otros elementos dietéticos, por ejemplo, reemplazando grasas por una importante cantidad de esos hidratos de carbono no ayuda nada a la solución del problema. Es decir, tenemos un problema de similares consecuencias que el anterior pero con distinto origen. Sé que me entiendes, ¿qué te parece una merienda de café con leche (desnatada) con sacarina y una megatostada con mermelada? Es solo un ejemplo, pero creo que me comprendes.
  • Es posible, insisto, posible habida cuenta del carácter observacional de los estudios mencionados, que aquellas personas sobre las que se ha constatado un mayor uso de lácteos desnatados lo hagan así en base a su circunstancia previa de sobrepeso u obesidad. Es decir, los toman porque (errónea o acertadamente) quieren revertir esa situación, más que al contrario, es decir, que la toma de lácteos desnatados les haya conducido a padecer sobrepeso u obesidad.
  • Por último, y esto es parte del debate que queda abierto en base a los últimos datos observados, es posible que la grasa de los lácteos enteros contenga algún elemento que bien de forma general o a partir de un mecanismo desconocido, influya en el aumento de la saciedad de las personas que los consumen. De este modo, es posible y por tanto habrá de ser investigado, como bien se apunta en el metaanálisis mencionado, que algo en la grasa láctea influya para que las personas que los incorporan terminen ingresando menos calorías.

En conclusión

Leche nevera

A la espera de resultados más concluyentes, si se persigue una reducción del peso corporal creo que cualquier reducción del aporte calórico dentro de un marco dietético general bien planificado será bien recibida. Siempre y cuando esa reducción no implique el dejar de incluir elementos indispensables para el correcto mantenimiento de la salud. Hasta la fecha, ese elemento indispensable, o cuando menos benefactor, dentro de las grasas de los lácteos no se ha puesto en evidencia.

El proceso de perder peso (y después mantenerlo) no debería ser observado nunca como la suma de una serie de medidas excepcionales y transitorias, es decir, nunca como un paréntesis en nuestra vida (tal y como relata la compañera dietista-nutricionista Anabel Fernández -@Anabel_Ferser- en este enlace). No vale cambiar cosas que hacíamos mal por otras que estén igualmente mal hechas y…

En el terreno de los lácteos, con sinceridad, no creo, ni de lejos, que la cuestión de que sean enteros o desnatados sea la madre del cordero. Ni la clave en la que hacer descansar el éxito o fracaso de esos loables propósitos adelgazantes.

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Notas: quiero agradecer a Mª del Mar Navarro (@marnavarro94), una alumna aplicada de 2º curso del Grado de Enfermería de la Universidad San Jorge, el saber “pincharme” para hacer esta entrada.

Al mismo tiempo, si estás con ganas de leer un poco más al respecto de estas cuestiones creo que te podría resultar interesante echar un vistazo a la opinión de Walter Willett, o a la recopilación que sobre este tema hace Luís Jiménez (@centinel5051) en su blog.

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Imagen: Ambro vía freedigitalphotos.net

La Fundación Genes y Gentes entrevista al nutricionista de la general

17 abril 2014

Para los muchos que me imagino no conocéis, la Fundación Genes y Gentes, es una entidad sin ánimo de lucro cuyo principal objetivo es invertir con coherencia y trabajar con profesionalidad, fiabilidad, transparencia e  independencia en la mejora de la calidad de vida de la población general y de aquellos colectivos que por sus circunstancias particulares merecen y necesitan estar especialmente protegidos.

Su filosofía general reside en la adecuada gestión del conocimiento y proponer actividades centradas principalmente en: proyectos de investigación, programas terapéuticos y de protección social, sociosanitarios y medioambientales, acciones de difusión, formación y sensibilización. Para ello colabora con empresas en el área de su responsabilidad social y desarrolla junto a ellas campañas en los medios de comunicación. La Fundación Genes y Gentes está declarada de interés social por parte del Gobierno de Aragón, cuenta con más de 15 años de trabajo, iniciativa y experiencia en Aragón.

Y porqué te cuento todo esto pensarás, pues por que esta Fundación dentro de esas campañas y acciones decidió no hace mucho hacerme una entrevista en la que, de modo general, se diera una respuesta, al menos una opinión, la mía, acerca de muchas de aquellas cuestiones de interés general relacionadas con el qué, cuánto y cómo comemos. Se tratan diversos temas: el papel de la industria, la educación, los comedores escolares, las intolerancias alimentarias, la famosa dieta mediterránea, la genética, el peso, el valor de la alimentación en la salud, los actores implicados… muy en resumen, muchos de los temas que suelen ser abordados en este blog. La entrvista se ha titulado: “Comer sano y disfrutar: claves para acertar

En palabras de los propios responsables de la Fundación,

Este vídeo realizado por la periodista y Patrona de la Fundación, Sagrario Saiz, es una muestra más del interés de Genes y Gentes, en la mejora de la calidad de vida de las personas, en la difusión del conocimiento de manera responsable y en la colaboración con expertos formados y preparados en sus diferentes proyectos. Asimismo Instituciones Públicas, particulares y empresas, confían en sus diferentes líneas de trabajo. Esta vídeo/entrevista cuenta con el aval y patrocinio de la Dirección General de Consumo del Gobierno de Aragón.

Además puedes ver el vídeo en la propia web de la Fundación siguiendo este enlace.

La Fundación apuesta desde sus inicios por las nuevas tecnologías y las nuevas formas de comunicación y por lo tanto destina presupuesto, esfuerzo y recursos a su página web www.fundaciongenesygentes.es, que contabiliza miles de accesos. Si estáis interesados, podéis contactar con ellos a partir de este enlace.

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Nota: Papá, mamá… a pesar de tener en cuenta vuestros consejos, no me sale muy bien eso de “no estar tan serio”. Seguiré intentándolo cuando tenga ocasión. Besos!

 

La mala alimentación entre los niños españoles es patente y las soluciones claras

16 abril 2014

Niños comerLo he venido contando en infinidad de ocasiones, pero eso no quita para volver a recordarlo, máxime cuando nuevos datos vuelven a ratificar lo que ya sabíamos: nuestros niños ingresan más calorías que las que necesitan; entre ellos, la mayor parte por no decir la práctica totalidad estadísticamente hablando, no alcanzan las recomendaciones diarias de vitamina D; un 64% no llegan a esas recomendaciones de hierro y un 40% no alcanzan las de ácido fólico. Datos extraídos del  Proyecto Europeo Nutrimenthe, tal y como se hacía eco hace unos días este medio. Datos que ya se pusieron de manifiesto en otros estudios observacionales como este llevado a cabo en el marco de la Unión Europea, en el que además de los antedichos nutrientes se ponía de manifiesto una posible deficiencia en la ingesta de ácidos grasos de la familia omega tres y yodo.

Buenas soluciones vs malas soluciones

A tenor de los anteriores datos no me extrañaría que te entraran los miedos y que antes de terminar de leer este post ya estuvieras camino de la farmacia más cercana para proveerte de unos buenos y completos suplementos vitamínico-minerales que les rescaten a tus hijos de esas posibles deficiencias. Espera, no te precipites, hay una solución mejor. Y desde luego tampoco pasa por hacer acopio de alimentos ultraenriquecidos tal y como puse de manifiesto en la entrada Las mal llamadas “leches de crecimiento”: innecesarias y caras”; cualquiera de esas (malas) soluciones no harían otra cosa que incidir en la práctica del poco recomendable nutricionismo, mientras, además y probablemente nuestros hijos sigan comiendo más proteínas de las aconsejadas, más grasas saturadas y más azúcares, que son otras de las características de su alimentación y que se han puesto de manifiesto en el mencionado Proyecto Nutrimenthe.

No, la solución no consiste en poner malos parches a una prenda, la de su alimentación, que en general tiene más agujeros que un tapete de ganchillo. La solución pasa por “cambiar de prenda” y usar una más acorde a sus necesidades. Como digo, la solución no pasa por recurrir al aporte “artificial” de estos nutrientes al estilo del ejemplo que puse en el post Sucedió en una farmacia.

Más al contrario el posible camino hacia el deseable cambio consiste en que reviséis en casa qué es lo que coméis todos, recuerda que un niño no come lo que no tiene, y solo come lo que tiene porque tú lo pones a su disposición.

Estamos donde estamos porque, probablemente, la alimentación de nuestros niños está cuajada de alimentos superfluos y es deficitaria en alimentos… básicos, normales, de esos que yo llamo mudos, sin alegaciones sobre la salud. Estaríamos hablando de lácteos básicos, frutas, verduras, hortalizas, frutas, pescados, carne, huevos, etcétera.

Tomar pastilla

Ya que he tocado el tema de los pescaditos, alimentos que constituyen una importante fuente de ácidos grasos omega tres, quizá te interese saber que antes de incluir en la dieta de tus hijos ese tipo de suplementos que tan torticeramente de moda se están poniendo, que incluyáis más pescado en vuestra dieta. Tal y como le oí decir el otro día a Aitor Sánchez (@MiDietaCojea), antes que dar este tipo de suplementos (que aportan la ridícula cantidad de 250mg de omega tres) igual compensa que te pasees de vez en cuando con tus hijos por una lonja de pescado… si van con la boca abierta es posible que metan para dentro más omega tres que la que aportan estos suplementos en una de sus pastillas. Sí lo sé es una exageración, pero es una exageración graciosa. Pero igual te interesa saber que con una simple ración de sardinas o de salmón, o de atún, o de caballa o de otros pescados similares, estarás incorporando de 10 a 30 veces más omega tres que con los comprimidos de marras.

Un dato y una puntualización

Y por último, un bonito dato para que tengas en consideración y una puntualización. El dato hace referencia a que los padres, con no poca frecuencia, suele subestimar el peso de sus hijos o, peor aun, que estando “gordicos”, “rellenitos” o “majos” (es decir, con un sobrepeso u obesidad clínicos en toda regla) piensan que están mejor que si estuvieran en su peso. El problema es que el estatus de “estar en el peso” es observado no pocas veces en el caso de los niños como un signo de debilidad, y en esas circunstancias se les considera más dentro del estatus de “delgados” que en el de “normales”. A este respecto te recomiendo que le eches un vistazo a este post de Julio Basulto (@JulioBasulto_DN), ¿Considera normal que su hijo esté “fornido” o “rellenito”? Se equivoca.

La puntualización hace referencia a las recomendaciones de una pediatra que se incluyen en la mencionada noticia. En mi opinión, Cristina Campoy, tras haber hecho una defensa bastante buena sobre los elementos que deberían estar presentes en la dieta de esos niños, vuelve la vista a los padres como responsables (perfecto) diciendo que estos han de mantenerse firmes (¿cómo en un cuartel?) para inculcarles buenos hábitos. Y ahí, la cosa, para mí, desentona un poco. Lo de firmes me ha traído a la memoria el relato corto de Carlos González “La carga de la brigada nutricional” (incluido en su libro “Mi niño no me come”) y el adoctrinamiento con el que a veces se persigue que nuestros hijos coman mejor. Y lo de inculcar, pues lo de siempre… por muy buena (o mala ya no lo sé) prensa que tenga este término, significa lo que significa: “Apretar con fuerza algo contra otra cosa” y otras definiciones poco amables. Supongo que esta pediatra lo habrá hecho con su mejor intención, en cualquier caso considero necesario hacer estas matizaciones.

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Imagen: stockimages y imagerymajestic vía freedigitalphotos.net

Nutrición-área 51: Proyecto Ceres, controla las calorías de tu comida con el móvil

15 abril 2014

Móviles

Sí, lo sé, la cantidad de aplicaciones para móviles que ofrecen datos sobre los valores calóricos y nutricionales de los distintos alimentos es casi infinita. No obstante, en este kilocalórico universo de las app’s se está poniendo toda la carne en el asador para que los usuarios tengan una información más de primera mano, más personalizada que aquella proveniente de las rígidas tablas de composición de alimentos (o al menos eso pretenden sus creadores y a buen seguro que así se lo harán creer a los consumidores)

Se trata del denominado de momento como Proyecto Ceres, una aplicación para móviles que te dice la cantidad de calorías de tú comida a partir de una foto. El sistema, sobre el papel, es sencillo. Supón que estás ante un plato de arroz con tomate y quieres saber cuántas calorías tiene… pues nada, foto al canto, consulta a la app y respuesta que te crío.

La verdad es que me resulta bastante difícil de comprender cómo mientras la mayor parte de los profesionales implicados en esto del adelgazamiento, o mejor dicho, del mantenimiento de un peso saludable se esfuerzan en recalcar la idea de la escasa validez de contar calorías…los intereses poblacionales / comerciales discurren por la acera de enfrente.

Además, ¿en base a qué demonios de datos crees tú que la aplicación te va a devolver el dato de las calorías de “tu” plato? Pues en base a los datos confinados y prestablecidos en las ya conocidas y manidas bases de datos. Esas que son tan fiables.

Al parecer, los promotores de esta herramienta que son a su vez los creadores (SRI International) de la app SIRI para Apple, están poniendo el acento en que la aplicación reconozca el plato en sí y en determinar su volumen o cantidad de forma más o menos exacta. Es decir, el mayor problema al que se enfrentan los desarrolladores es el de reconocimiento de imágenes para que tal y como dice uno de ellos, si un ser humano es capaz de reconocer una comida determinada, también lo pueda hacer igualmente esta aplicación. Eso es lo que pensarán ellos que puede hacerse, pero un servidor lo duda.

CocidomontañesY lo dudo porque una cosa más o menos sencilla es que este tipo de programas te reconozca el mencionado plato de arroz con tomate, y otra muy distinta es que ante un plato, por ejemplo, de cocido montañés la aplicación sepa aclararse y darte un dato medianamente sensato antes de echarse a llorar directamente o de que le entre un ataque de ansiedad. O imagínate que le preguntas a tu CERES en cuestión sobre las calorías que le has hecho a una caja de bombones variados, ¿crees que la aplicación va a saber si son bombones rellenos de praliné, de almendras, de frutas o de licor? Yo creo que no.

Así pues, esta tecnología me convence nada, o muy poco, al menos de momento y tal y como están las cosas. Y eso contando con que funcione a las mil maravillas, en plan rollo ciencia ficción. Si no me crees tienes este relato futurista que escribí hace unos años al respecto de la utilidad de contar calorías por muy bien contadas que estén. El relato se llama Mesura, tiene tres capítulos y confío en que te guste. En él, expreso en forma de alegoría lo ridículo-inútil-absurdo de pasarse el día contando calorías… o de que te las cuenten por ti, tal y como sucede en el relato con los robots de compañía dietéticamente correctos.

Por cierto, ya que estamos con nombres así, un poco crípticos, he de reconocer que lo que más me gusta de esta aplicación es su nombre, CERES, (en la mitología romana diosa de la agricultura, las cosechas y la fecundidad) y el rollo este de hacer coincidir elementos remotamente antiguos con aquellos más tecnológicos y punteros.

Keep calm and stop counting calories

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Imagen: KROMKRATHOG vía freedigitalphotos.net y Uhanu vía Wikimedia Commons

Etiquetado nutricional para el olvido: Café mágico o cuando las partes suman más que el todo

14 abril 2014

Adelanto desde ya que es posible que un servidor esté equivocado, por lo tanto os ruego que os toméis esta entrada más como una consulta pública, para conocer vuestras opiniones y posibles soluciones, que como la constatación de un imposible que, en principio, es lo que a mí me parece (y su implícita falta de profesionalidad)

En principio el problema es fácil de entender, otra cosa es que tenga una explicación lógica. En todos, absolutamente todos, de los cafés comercializados a partir de la marca de distribuidor (café de barca “blanca”) de una conocida empresa de distribución de alimentos española aparece lo que para mí no es otra cosa que un sinsentido, un imposible: en su correspondiente tabla de “información nutricional” cuando se citan las kcal del producto y se enumeran las correspondientes cantidades de proteínas, hidratos de carbono, grasas y demás resulta que, al hacer el desglose de las grasas, la suma de las distintas fracciones (la cantidad de los distintos ácidos grasos que caracterizan esa cantidad de grasa total dada) es mayor que el propio total… y no por poco precisamente.

Café Hacendoso

 

Lo puedes ver en las fotos de dos presentaciones distintas del distribuidor, uno de café molido y otro de café en grano. Tomando como ejemplo el caso de la foto de la derecha, nos dice que del total de las grasas 0,16g contenidas en 100mL de bebida obtenida con ese café hay saturadas 0,77g; monoinsaturadas 0,20g; y polinsaturadas 0,82g. Más o menos te viene a decir que:

0,16 = 0,77 + 0,20 + 0,82 (¿?)

No estando muy conforme con esta suma lo primero que hice fue contrastar si mi método de cuantificar (el normal) era el mismo que el que utilizaba este distribuidor en otros de sus productos de “marca blanca”. Para ello cogí un paquete de galletas del mismo distribuidor y contrasté su “tabla de información nutricional” y que hallé… pues lo que sigue:

 Galletas Hacendoso

Que en 100g de esas galletas dicha tabla declaraba que contenían 16,6g de grasas totales, de las cuales saturadas eran 8,3g; monoinsaturadas 6,7 y polinsaturadas 1,7

En el caso de las galletas sí que 16,6 = 8,3 + 6,7 + 1,7 (aprox)

Es decir lo normal, lo esperable.

Entonces es cuando llamé al servicio de atención al cliente del conocido distribuidor (que tiene fama de atender muy bien). En él una telefonista solícita tomó nota de mi duda y me respondió que en menos de una semana recibiría una llamada del mencionado servicio de atención al cliente. Como así fue. Me llamaron y una empleada, menos amable y más seca que la primera, me dio dos explicaciones… bueno en realidad dos excusas. La primera que según sus datos el etiquetado del café cumplía punto por punto la normativa (será la normativa pero no la lógica) y segundo que, en el caso de estar mal (cosa que en ningún caso admitió) la responsabilidad es de los laboratorios a los que mandan sus productos para obtener los correspondientes datos bromatológicos expresados en la tabla. Agradecido, que no convencido, le pedí si por favor me podría dar esa misma respuesta por escrito, para lo que le aporté mi correo electrónico. Me contestó “que haría lo posible”. Bien, pues no debe de haberle sido posible porque ya ha pasado un tiempo más que prudencial y el correo no ha llegado.

En fin, querido lector, si sabes o se te ocurre alguna explicación para justificar el diferente proceder a la hora de contabilizar las grasas en el café y en las galletas de este distribuidor, no me importaría nada que la compartieras en los comentarios. Gracias.

Antes de despedirme… en el caso del dato relativo a los hidratos de carbono a pesar de ser “lógico” no aporta ninguna información, más bien, la que aporta es absurda. En la misma etiqueta comentada afirma que 100mL de su café aportan 1,81g de hidratos de carbono y que de ellos son azúcares menos de 2,5g… nos ha fastidiado.

Nota: Esta inexplicable etiqueta (entre otras) llegó a mi conocimiento como fruto de un trabajo en grupo de los alumnos de 2º de Enfermería en la asignatura de Nutrición y Dietética Humana de la Universidad San Jorge (¡Gracias!)

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Café verde para adelgazar: tan improbable como los perros de ese color

11 abril 2014

Café verde Biocol

Olvídate del rosa, de Édith Piaf o de Louis Armstrong… es con el color verde cuando lo vemos todo mucho mejor. De pequeño, las evaluaciones que recibías del colegio llegaban en forma de colores y el verde significaba lo mejor, el “10”; un semáforo en verde es una puerta abierta, un continúe por favor, un adelante, algo positivo; el tema ecológico se relaciona con lo verde, la pureza, la naturaleza… Así pues, verde = buen rollo; y cafés y tés verdes pues para qué te voy a contar (del té ya me encargaré en otro post)

¿Qué es el café verde?

Según la Federación Española del Café, el café verde es el fruto del cafeto que no habiendo terminado de madurar carece de mucílago y tiene la pulpa color verde. Sin embargo, según a quién se le consulte, las respuestas pueden ser diferentes y variadas. Por ejemplo, para algunos el café verde es cualquier grano de café que no haya sido tostado; para otros es lo que se conoce como “café pergamino” es decir, el fruto del cafeto (endospermo) envuelto en su liviano endocarpio, etcétera. Desconozco si en el mundo particular de los gili-complementos dietéticos por “café verde” se entenderá otra cosa. De todas formas, los supuestos beneficios adelgazantes del llamado popularmente como “café verde” se hacen descansar muy a menudo en una familia de compuestos en particular, los ácidos clorogénicos. Así, no son pocos los fabricantes que han obtenido y registrado sus propias fórmulas de estos ácidos extraídos del café y lo han postulado como una sustancia con potentes efectos adelgazantes.  Y cuentan con sus estudios científicos y todo en los que, ¡oh sorpresa-quién nos lo iba a decir! los resultados son espectaculares. Con esos resultados y como no cabría de otro modo, se realizan fabulosas promesas en su venta y promoción. Tienes un ejemplo de lo que te cuento en el Svetol®

¿Pero adelgaza o no el café verde?

Las posibles respuestas serias son tres, escoge la que quieras:

  • No;
  • Muy poquito;
  • No se sabe.

Aun no ha habido un estudio serio que haya sido capaz de poner de relieve este efecto de una forma clara, incontrovertida. Y entonces ¿quién dice que el café verde es adelgazante? Pues los de siempre en cada caso, solo los que lo comercializan, distribuyen o fabrican, es decir, todas aquellas personas empeñadas en timar a todos aquellos a los que los ojos les hacen chiribitas cuando oyen hablar de un remedio fácil, un atajo, que les acerque por unos pocos euros (o no tan pocos) una solución esquiva. Solo hablan maravillas de él quienes quieren engañar a los que se dejan engañar. Y de ambos grupos de personas, tristemente, hay un nutrido grupo.

¿Tienes alguna prueba de lo que dices?

Pues sí. Por un lado están los “prestigiosos estudios científicos” en los que el café verde o su extracto sale victorioso y, por el otro (y esta es la parte importante, más que nada porque debiera ser la definitiva) están los dictámenes de la EFSA al respecto de su utilidad, y qué lo que sí y qué no se puede decir sobre sus propiedades a la hora de venderlo. De los primeros, tienes este ejemplo de aquí o este otro en los que el uso del café verde sale “victorioso”. Sin embargo, en un estudio de revisión y metaanálisis (aparentemente libre de conflictos) con el fin de verificar las pruebas que se le atribuyen al extracto de café verde para perder peso: The Use of Green Coffee Extract as a Weight Loss Supplement: A Systematic Review and Meta-Analysis of Randomised Clinical Trials, se concluye que:

Los ensayos clínicos aleatorizados realizados hasta la fecha parecen indicar que la ingesta de la extracto de café verde puede promover la pérdida de peso. Sin embargo, existen varias advertencias. La magnitud de su efecto es escasa y su relevancia clínica incierta. Son precisos más ensayos rigurosos con mayor duración para evaluar la eficacia y seguridad de este extracto de café verde como un suplemento de pérdida de peso.

Efsa green coffee

 

En lo que respecta a la opinión de la Autoridad Europea de Seguridad (EFSA), a esta se le han consultado al menos en un par de ocasiones el papel del extracto de café verde en la pérdida de peso. En una de ellas el solicitante retiró la consulta (withdrawn) antes de que el panel de expertos respondiera (dicho de otra forma, se echaron para atrás). En la otra consulta el panel se terminó pronunciando y dijo que nones:

No esté establecida una relación causa y efecto entre el consumo de ácido clorogénico y el mantenimiento o el facilitar alcanzar un peso saludable.

La situación actual

Café verde cápsulasAlgo se me debe de escapar del actual marco de venta de todos estos productos dietéticos. Me explico. El otro día, haciendo tiempo, pasé cerca de media hora en los pasillos de “herbodietética” de unos conocidos grandes almacenes. La experiencia fue rara, como esa desagradable sensación de que el vacío te llama cuando te asomas a un precipicio insondable… ¿Pero qué pasa… qué es lo que se me escapa? ¿Por qué si hay un posicionamiento de la EFSA al respecto existen todos estos productos que mienten más que hablan? Y no me refiero al café verde solo, sino a toda la caterva de productos milagro, de ridiculeces, sobre los que la EFSA ha emitido ya una opinión. Por lo que yo sé, si la EFSA dice que algo no está probado, incluso si no se ha manifestado en sentido alguno sobre su efecto… está prohibido anunciarlo con ese efecto no probado. Entonces, ¿Qué pasa con el café verde, el guaraná, la cetona de frambuesa, el pimiento, el extracto de judía, el vinagre de manzana, y la biblia en verso que se publicitan y venden sin el menor pudor como eficaces contra los kilos de mas?

¿Acaso me estoy confundiendo a la hora de hacer una lectura de las circunstancias y por alguna razón que se me escapa, al final, todos estos productos pueden venderse con esas alegaciones? ¿Puede por favor algún lector agradecido, la OCU, FACUA, CEUCCU… o la mismísima AECOSAN sacarme de mi error?

¿No debería de estar esto más controlado?

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Nota: con esta entrada doy mi respuesta a la duda vía TW de una buena compañera, Beatriz Magallón (@bea_magallon). Además quiero agradecer la colaboración de una buena amiga y también compañera Raquel Bernácer (@aliment_ARTE)

“Grasas vegetales” como ingrediente… tenéis los días contados (¡por fin!)

10 abril 2014

No me digas que no estás harto de la indefensión que te genera el leer en una lista de ingredientes eso de “grasas o aceites vegetales” sin mayores explicaciones… ¿Grasas vegetales… de qué? ¿es que acaso el fabricante no sabe que tipo de grasas en concreto ha empleado para su producto? Claro que lo sabe; lo que ocurre es que no quiere decírtelas. Bendita industria. Alimentos típicos en los que esto sucede bastante a menudo son los snacks dulces y salados, la bollería, la galletería, los platos preparados… y demás alimentos gloriosos cuya mayor parte los puedes encontrar en la cúspide de la pirámide alimentaria (y encima, no te lo pierdas, ir de guays con esa ubicación)

Grasa vegetal

El caso es que te guste o no esta terminología es en la actualidad legal. Por tanto, veamos las posibles razones para que un fabricante recurra a este subterfugio (de momento). Son típicamente dos:

Que sepa que aquello que está poniendo dentro del alimento no es una opción especialmente saludable, y que sepa además que la percepción que se tiene de ese ingrediente por parte del “consumidor medio” no es especialmente buena. Es decir, el fabricante sabe que es algo poco saludable frente a otras opciones (normalmente más caras) y también sabe que tú lo sabes. En ese caso oculta esa información y cubre el trámite de mencionarlo con una definición genérica del ingrediente en cuestión: grasas o aceites vegetales. Este es el típico ejemplo de todos aquellos productos que supuestamente incorporarían aceites y grasas con un perfil lipídico menos saludable: ácidos grasos saturados (lo típico de aceite de coco y palma) o ácidos grasos trans procedentes de la hidrogenación de los aceites vegetales. Como tienen mala prensa y no quiere retratarse, pues va y te engaña. Sí, te engaña, por que en este caso la ocultación de información se hace con todo conocimiento y sabiendo que lo que incluye el alimento es a priori peor que el uso de otras opciones (que no usa porque, supongo, le salen más caras)

Canola_Oil_bottle

2ª Que el aceite que está colocando en su producto sea aceite de colza. Seamos sensatos: el aceite de colza es un aceite perfectamente válido para su consumo y que tiene unas interesantes propiedades nutricionales (que no de palatabilidad). Es el aceite vegetal con más ácidos grasos poliinsaturados en su composición, con más omega tres y más vitamina E de entre los aceites de uso común. De uso común allende nuestras fronteras, porque en España sigue siendo imposible encontrar ni una sola botella de aceite de colza en los lineales de nuestros supermercados, pero sin embargo es un aceite que se adquiere con absoluta normalidad en otros países europeos. Antes de que te lances a la yugular, te ruego no malinterpretes mi mensaje. No digo que el aceite de colza sea mejor que el de oliva; que el de girasol o que el de pepitilla… de uva; lo que digo es que desde el punto de vista de la salud, su consumo no solo no tiene por qué reportar mayores perjuicios sino que además tiene interesantes propiedades nutricionales. Unas propiedades al parecer imposibles de orear en nuestro entorno a causa de los desafortunados acontecimientos relacionados con el “síndrome del aceite tóxico” de los años 80 y sus luctuosas secuelas; y por supuesto, me imagino, por la presión que en la actualidad hacen los productores de aceite de oliva en el sector, que parece que tiene a todos cogidos por las pelotas (y si no mira a ver qué sentido tiene la ley anti-aceiteras para la hostelería de aplicación solo para un producto: el aceite de oliva)

Sea como fuere, el caso es que al parecer la industria alimentaria considera que la población sigue demasiado afectada por aquel “síndrome del aceite tóxico” y no se la juega ante la posibilidad de contar que lo ha puesto en su alimento, no sea que no lo compres… en fin.

Así pues, hay dos posibles hechos cuando nos enfrentamos ante una etiqueta que luce entre sus ingredientes “aceites o grasas vegetales”

1º El aceite que han puesto NO es de oliva ni de girasol… y la razón es clara, si los llevaran el fabricante no tendría mayor inconveniente en contártelo y con ello ponerse una medalla.

Lo que han puesto es, o aceite de coco o palma; o grasas hidrogenadas con una alta proporción de ácidos grasos trans; o aceite de colza… o, lo más probable, una mezcla de todos ellos. He de recalcar que si el “aceite o grasa vegetal” fuera colza no habría mayor problema cara a la salud… si los consumidores supiéramos lo que se supone que se tiene que saber de este aceite y que sabe cualquier ciudadano de la UE. Menos los españoles, claro.

El ocultar se va a acabar

Pero este tipo de prácticas tiene sus días contados, afortunadamente. Y va a ser gracias a la entrada en funcionamiento el próximo 13 de diciembre del Reglamento Europeo 1169/2011 Sobre la información alimentaria facilitada al consumidor. Tal y como os comenté en esta entrada, este Reglamento viene con muchas sorpresitas tanto para el sector de la hostelería como para el de la industria alimentaria. En concreto en lo que se refiere a la declaración de ingredientes este texto de su anexo VII lo deja muy claro:

Los aceites refinados de origen vegetal [si bien] podrán agruparse en la lista de ingredientes con la designación “aceites vegetales”, [deberán ir] seguida inmediatamente de una lista de indicaciones del origen específico vegetal, y podrán ir seguidos de la indicación “en proporción variable”. Si se agrupan, los aceites vegetales se incluirán en la lista de ingredientes, de conformidad con el artículo 18, apartado 1, en función del peso total de los aceites vegetales presentes.

Que ganas tengo de que esta práctica de ocultar información, más fea que pegar a un padre,  llegue a su fin. En cualquier caso determinadas empresas de la industria ya están maniobrando para ver como puede seguir metiéndosela doblada al consumidor, cumpliendo la normativa, eso sí, pero aportándole una información… digamos que poco útil para sus intereses: a mis oídos (y a mis ojos) ha llegado la información que una importante multinacional del sector está haciendo “sus pruebas” con aquellos productos suyos que llevan aceite de colza (como si fuera malo), así está trabajando en dos líneas. Por un lado la de tratar de sustituir ese aceite con otro y, por el otro lado la de poner en algunas de las lista de ingredientes “aceite de nabina”… una terminología para referirse al aceite de colza que aquí en España no distingue casi nadie. Otra vez la fea estrategia de jugar al escondite con el consumidor.

Aceite de colza

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Imagen: Whitebox vía Wikimedia Commons

El aspartamo era seguro y sigue siéndolo con un amplio margen

09 abril 2014

Aspartamo

La leyenda -negra- de los aditivos en general, de los edulcorantes en concreto y del aspartamo más en particular se remonta hasta sus orígenes y, como apunto, es de todo menos brillante. Pero resulta que esa falta de lustre se debe en buena medida a la rumorología y no, como debiera ser para considerarla como cierta, al conocimiento científico que sobre estas sustancias se tiene.

Ya apunté en su día en esta entrada ¿Qué tienen en común las manzanas y el aspartamo (aditivo E-951)? el posible origen de tanta mala fama en torno del aspartamo. A pesar de ello y desde entonces tampoco han faltado las lecturas fatalistas y conspiranoicas con respecto a su uso en alimentos diversos, muy frecuentemente en las bebidas edulcoradas (etiquetadas habitual y torticeramente como refrescos).

Para dar una vuelta de tuerca más a este edulcorado tema la EFSA, hace unos pocos meses, volvió a revisar la ingesta diaria aceptable (IDA) del aspartamo considerando para ello los últimos estudios que arrojaban más luz sobre los posibles riesgos derivados de su consumo. Pues bien, la conclusión bien y extensamente justificada no puede ser más clara: su uso normal es seguro.

Con el fin de aplacar las dudas de aquellas personas más escépticas debería ser suficiente el considerar que el aspartamo es en realidad un dipéptido formado por la unión de dos aminoácidos naturales y habitualmente presentes en muchísimos alimentos, la fenilalanina y el ácido aspártico. En su degradación metabólica se obtienen ambos aminoácidos por separado y una parte de metanol.

Sea como fuere, ni la propia sustancia en estudio, el aspartamo, ni sus tres metabolitos fruto de su degradación han mostrado en los estudios un mayor problema dentro de un consumo normal y en condiciones también normales de los usuarios. Por lo tanto el panel de expertos de la EFSA ha concluido que no hay motivo de preocupación con respecto a la seguridad de las estimaciones actuales de exposición a esta sustancia. Por tanto la Ingesta Diaria Aceptable (IDA) para este edulcorante era y sigue siendo de 40 mg de aspartamo por  kg de peso corporal y día.

Las condiciones “normales” se refieren a que estos valores no son aplicables a personas con fenilcetonuria (una rara, y grave, enfermedad metabólica que se suele detectar en neonatos mediante la conocida como prueba del talón) y, al mismo tiempo a que habría que hacer auténticas burradas en el consumo de este edulcorante (del orden de más 4 litros de bebida con el máximo de aspartamo permitido -600 mg/L- al día durante todos los días de una vida en el caso de un adulto de 60 kg de peso) para empezar a entrar dentro de esta IDA… y además tener en cuenta que esta IDA es al mismo tiempo calculada con unos amplísimos márgenes de seguridad.

Así pues, en mi opinión, creo que está claro que conviene relajar el tono de esos habituales mensajes fatalistas al respecto del estricto uso del aspartamo.

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Programas para la calibración de dietas: más o menos como las escopetas de feria

08 abril 2014

Manzana nutritional factsTal y como puse de relieve en esta entrada las tablas de composición de alimentos aportan una serie de datos orientativos acerca del contenido nutricional de los diversos alimentos tanto en macronutrientes (hidratos de carbono, proteínas y grasas) como en micronutrientes (vitaminas y minerales) además de en otras sustancias de habitual interés presentes en los alimentos: fibra, colesterol, fitonutrientes varios, etcétera.

Así, a partir de las distintas tablas (hay bastantes) se elaboran programas de calibración de dietas que, en cierta medida, son empleados por no pocos profesionales de la nutrición y dietética en su labor cotidiana (no es ni ha sido nunca mi caso particular, todo hay que decirlo).

El tema en cuestión es que es posible que en su día fuera demasiado generoso cuando califiqué la información de estas tablas (y por extensión a los programas que las utilizan) como “orientativa”. Y lo digo así porque a pesar de ser un secreto a voces (el que haya no pocas diferencias en los datos aportados para una misma variable en las diversas tablas) un reciente estudio ha puesto de manifiesto y cuantificado esas diferencias entre muchas de las tablas y programas más utilizados en nuestro entorno. Hacía falta.

Con el título de Herramientas para la calibración de menús y cálculo de la composición nutricional de los alimentos; validez y variabilidad dos compañeros dietistas-nutricionistas Ismael San Mauro y Bárbara Hernández han realizado un estudio de varias de esas tablas y programas de uso habitual en España (Alimentador, DIAL, EasyDiet, la Red BEDCA, CESNID, Mataix, 2003 y Moreiras O., 2013) encontrando diferencias más allá de lo deseable.

Puedes consultar el estudio en el enlace anterior sin perder de vista que, a modo de conclusión, los autores ponen de manifiesto que:

Resulta coherente cuestionarse la rigurosidad y validez científica del uso de estas herramientas tan habituales para los profesionales de la nutrición […] demostrando una importante variabilidad, y por tanto su debilidad en la elección de su uso. Debido a la relevancia que éstas adquieren […] creemos fundamental la elaboración de consensos para el desarrollo de estas herramientas; así como una mayor transparencia metodológica (técnicas empleadas, número de muestreos por alimento, origen de las muestras, etc), con el fin de generar datos más objetivos y transferibles para la comunidad científica y población general.

Demoledora conclusión que se basa en los datos obtenidos; entre ellos, el haber constatado que: 1º muchos de los nutrientes no se pudieron comparar por la falta de datos en algunas de las tablas/programas en evaluación y; 2º que el rango de los datos comparables obtenidos para cada nutriente difiere entre un 8% y un 84%, siendo mayor en micronutrientes que en macronutrientes o energía.

A título personal no puedo sino coincidir en la recomendación general de los autores que hacen un llamamiento a la creación de consensos para la elaboración de este tipo de herramientas, en especial al conocer que muchos estudios epidemiológicos al respecto del cumplimiento o no de una determinada población de las respectivas ingestas dietéticas de referencia para los diversos nutrientes en su dieta utilizan estas tablas y programas como referencia, no habiendo un mayor consenso a la hora de utilizar una u otra.

Además, no resulta muy práctico el desconocimiento que se tiene sobre la procedencia de los datos en estas tablas/programas, o la escasa utilidad que tiene el acceder a datos de distinta procedencia (difícilmente comparables) en una determinada tabla/programa, tal y como sucede, por ejemplo, con los datos de la Red BEDCA.

Por último, una reflexión ajena al estudio, pero derivada del mismo… ¿de dónde proceden los datos de la información nutricional presentes en la mayor parte de los alimentos que adquirimos?: ¿Son datos obtenidos de una tabla en concreto? Si es así, ¿de cuál?; ¿es uniforme ese criterio en todos los alimentos/fabricantes?; ¿acaso cada fabricante (cosa que dudo) realiza sus propios análisis bromatológicos? Si es así ¿utilizan el mismo tipo de analítica?

Son preguntas que me vienen a la cabeza y cuya probable respuesta no me deja otra sensación de que esa información nutricional en los alimentos es muy… pero que muy orientativa.

Así pues, si estás pensando en hacerte con alguna de estas tablas/programas, bien sean de pago o de libre acceso, ten en cuenta la utilidad que les vas dar. Máxime cuando no se conoce una referencia, un gold standard, con el que poderlas comparar.

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Imagen: Stuart Miles vía freedigitalphotos.net

 

¿Cuántas calorías se gastan en las relaciones sexuales?

07 abril 2014

couple having sexEl tema se presta a bromas, lo sé, es lógico… que si “la dieta del cucurucho” o que si la del “pollo y pan” son buenas para adelgazar; seguro que algún comentarista avispado se anima a explicar el fundamento (humorístico) de este tipo de planteamientos adelgazantes dentro de los comentarios.

Pero la cuestión en sí misma no es tontería o, mejor dicho, no es una cuestión que aunque sea claramente recreativa deba pasarse por alto. De hecho, un rumor más o menos extendido afirma que en cada contacto sexual “medio” se gastan entre 100 y 300 kcal… pero va y resulta que este es un dato sobre el que no se conocían, hasta la fecha, fuentes documentadas fiables. ¿Estará en lo cierto esta perla del conocimiento popular? Así pues, hay quien, recientemente, se lo ha tomado en serio y se ha propuesto estudiar el gasto energético derivado de la actividad sexual. Y lo ha hecho en las condiciones más normales posibles. Me explico. Hasta la fecha, la mayor parte de los estudios sobre los cambios fisiológicos acontecidos durante las relaciones sexuales se han llevado a cabo en condiciones de laboratorio (supongo que para regocijo de los investigadores) y, en ellos las variables más frecuentemente observadas eran los cambios en la frecuencia cardiaca, el consumo de oxígeno, la tensión arterial, y poco más. Estudios realizados hace ya unos cuantos años, como digo en condiciones de laboratorio, con un instrumental relativamente aparatoso que, salvo para algún fetichista extravagante, resultaba poco facilitador sexualmente hablando.

En contraposición a esta metodología, este estudio, Energy expenditure during sexual activity in young healthy couples (Gasto energético de la actividad sexual en parejas jóvenes y sanas) ha valorado, más que los cambios fisiológicos, las calorías invertidas en cada… en cada contacto amoroso. Y lo ha hecho respetando la intimidad de los sujetos en estudio mientras estos se dedicaban a lo suyo en sus propias casas y mediante la utilización de acelerómetros (una tecnología que hasta hace unos pocos años no estaba disponible). Además, y no poco importante, los investigadores compararon mediante cuestionario las sensaciones post… post actividad sexual de los sujetos en estudio con las de ellos mismos tras una sesión de media hora de trote suave en un tapiz rodante (diferencias en la sensación del gasto invertido en una y otra actividad, satisfacción tras la realización de uno y otro gasto, etcétera.)

Las conclusiones del estudio

Pues bien, el gasto calórico medio de esos encuentros sexuales quedó cifrado en ¿nada más y nada menos… tan solo…? 85 kcal. pero con diferencias significativas entre varones y mujeres, los primeros, al menos en este estudio se esforzaban más y por lo tanto gastaban más. Nada como para tirarse de los pelos, pero ellos gastaron más que ellas: 101 kcal. frente a 69.

Tapiz rodante

Otra de las conclusiones, afortunadamente, fue que la mayor parte de los participantes del estudio encontraron más gratificante la realización de ejercicio mediante la práctica sexual que mediante el trote en el tapiz rodante. De hecho ninguno de los participantes (21 hombres y 21 mujeres) encontró la carrera continua en el tapiz más gratificante que la práctica de sexo. Ahora bien, uno de ellos y dos de ellas afirmaron que las experiencias sexuales fueron tan gratificantes como la obtenida en el tapiz rodante.

Hay dos datos que me parecen muy interesantes a la hora de valorar el gasto energético y de comparar sexo vs actividad física como tal. Por un lado, tener en cuenta que el tiempo dedicado a una y otra actividad son, en el estudio bastante comparables. Me refiero a que la duración media de los encuentros sexuales fue de 24,7 minutos (desde los prolegómenos y hasta el orgasmo de al menos uno de ellos) y; por el otro, el gasto calórico  medio de esa actividad física de 30 minutos en el tapiz rodante…  245 kcal.

Así pues, si estás ante la disyuntiva de qué actividad física hacer a la hora de adelgazar, que si echar una carrerita o echar… lo otro, y solo dispones de media hora… no hay duda alguna de qué actividad te va a resultar más eficaz; ahora bien, tampoco parece haber muchas dudas sobre cuál te va a resultar más placentera. En cualquier caso, mi sugerencia es que consideres que no son actividades excluyentes, y que tengas en cuenta que si bien en una es obligado la participación de otra persona, ambos también saldréis beneficiados de practicar la otra actividad en pareja.

Os vuelvo a dejar en este enlace la posibilidad de echarle un ojo a este interesante estudio para que paséis un rato destripando sus resultados y conclusiones. Unos resultados que han sido obtenidos con esa duración media  de cada encuentro sexual (unos 25 minutos), algo con lo que no coinciden otros estudios que cifran la duración de los encuentros amorosos en tan solo 6 minutos, tal y como se puso de relieve en esta entrada del muy recomendable blog “Comer o no comer“.

Antes de despedirme, déjame que te sugiera que vosotros mismos podéis, si queréis, calcular el gasto energético invertido en vuestros encuentros sexuales (y compararlo con la práctica deportiva) de forma muy sencilla. Basta con tener un pulsómetro que mida vuestro gasto calórico. Ahora bien, habréis de saber que los datos en este caso no derivarán del uso de un acelerómetro (como en el estudio mencionado) sino de vuestra frecuencia cardiaca (recuerda personalizar tus parámetros –sexo, edad, peso, talla- en el pulsómetro antes de empezar).

Ala, tenéis los comentarios a vuestra disposición para compartir, si queréis, vuestras experencias…

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Imagen: imagerymajestic y photostock vía freedigitalphotos.net