Cronovinilo: Los Abuelos de la Nada en el Ópera (1985)

Es difícil encontrar un disco en directo que tenga más contenidos histórico y estilístico que uno grabado en estudio, que su permanencia en la historia de la música popular esté más allá que el de resultar una sucesión de hits tocados y registrados con mayor o menor pericia y calidad con el objetivo, normalmente, de obtener unas buenas regalías para la compañía y la banda, muchas veces en horas bajas compositivas o al borde de una separación. Pero este disco, esta grabación de Los Abuelos de la Nada en el Teatro Ópera de Buenos Aires en 1985 guarda en su interior suficiente anecdotario, calidad y emoción como para ser parte del selecto club del Cronovinilo.

Los Abuelos de la Nada fueron una banda muy especial en el rock argentino y a mediados de los ochenta aglutinaban un porcentaje muy grande del talento de la escena musical porteña. Su líder, Miguel Abuelo, había sido un padre fundador del rock argentino desde las épocas de la Cueva. Había convivido con Spinetta, con la gente de Manal, con Nebbia y Tanguito. Grabó un único sencillo con la primera encarnación de la banda, en 1968 “Diana Divaga / Tema en Flú sobre el Planeta” y al año siguiente, en un recopilatorio de uno de los primeros sellos independientes argentinos Mandioca, un tema, La estación.

“Después de aquello Miguel Abuelo se marchó a Europa y pasó temporadas en España, entre Ibiza y Barcelona, al final de la década de los setenta. Con la Dictadura argentina a punto de declarar la guerra a la Inglaterra de Margaret Thatcher por unas islas perdidas en mitad del Atlántico, Miguel decide volver a Buenos Aires.”

Convencido por el jovencísimo Cachorro López, recluta unos cuantos músicos para la segunda encarnación de los Abuelos de la Nada. En la escena porteña arrasaba la nueva ola, el funk blanco y el reggae y él se rodeó de los mejores y, encima, les dio espacio para destacar: Cachorro se va a encargar del bajo -años más tarde se convertiría en uno de los productores más demandados de América Latina, seguro que tienen algún cedé en su casa producido por él, no tiene que ser alternativo ni raro, solo busquen, háganme caso-, un taxista que en sus ratos libres le daba a la percusión, Polo Corbella estaría al cargo de la batería analógica y de los geométricos y robóticos pads ochenteros. Polo acabaría tocando también con los Twists, uno de los grupos más interesantes de que aparecerían en los años siguientes, participando en la grabación de su primer LP, La dicha en movimiento donde compartiría alineación con el saxofonista Daniel Melingo.

Melingo, uno de los grandes del rock argentino, tocaba también el clarinete y componía con una habilidad inusual para alguien tan joven. La historia de Melingo le acabaría llevando a fundar los Twist con Pipo Cipollati, a tocar con Charly García en la presentación de Clics Modernos y a montar la primera banda que mezclaba músicas del mundo y electrónica en la España de los noventa compartiendo mánager con Héroes del Silencio y Alaska en su proyecto Lions in love. Hoy es uno de los renovadores más importantes del tango. Melingo compuso uno de los primeros éxitos de esa encarnación de los Abuelos de la Nada, el clásico Chamalán, incluido en su segundo LP, Vasos y besos editado en 1983.


Pero nos falta la parte más melódica de la agrupación: en la guitarra eléctrica, Miguel Abuelo convocó primero a un veterano compinche de los tiempos de las pizzas en la Avenida Rivadavia con Jujuy: Gustavo Bazterrica. Gustavo había sido el guitarra solista de la segunda banda de Charly García, La máquina de hacer pájaros, con los que transitó los setenta, pero después de grabar los tres primeros discos de estudio de Los Abuelos de la Nada abandona la formación y en directo del Ópera es sustituido por Gringui Herrera. Herrera, por cierto, había aportado una composición sin ser miembro de la banda en el primer disco, Los abuelos de la nada de 1982, el tema se llamaba Tristeza de la ciudad y es de una belleza escalofriante, mezclando lo jamaicano con el misterio del barrio del Once.

Miguel Abuelo era un auténtico imán en el escenario, con su alma de poeta, era la voz solista en la mayor parte de los temas, como el bellísimo Himno de mi corazón o la escalofriante ‘ o Lunes por la madrugada además de uno de sus éxitos más conocidos, la delirante No te enamores nunca de aquel marinero bengalí pero también compartía el micrófono con su jovencísimo tecladista, Andrés Calamaro que había aporta Sin gamulán y Así es el calor en los discos de estudio de la banda. Cuando no cantaba, Miguel tocaba todo tipo de percusión, hacía coros o simplemente bailaba. Su presencia resultaba hipnótica.

“Aquella noche en el Ópera era el final de un ciclo. Miguel se había enfrentado con Charly García, productor del primer álbum de la banda, por haber pedido a varios de los miembros de la agrupación, Calamaro, Melingo, etc… ser su banda soporte para las presentaciones en vivo de sus discos solistas”.

Y es que, si bien los abuelos es un proyecto ecléctico y lleno de poesía, con un espíritu libre y participativo, la cierto es que los sucesivos discos de Charly García a comienzo de los ochenta eran obras maestras de la música pop contemporánea y Charly, para poder tocarlos en directo, necesitaba a los mejores. Abuelo, Miguel, les había puesto entre la espada y la pared a los reclamados por García y, tristemente para él, todos se habían inclinado por el genio del bigote bicolor. La banda se deshacía y el disco en directo iba a ser un punto y seguido para Miguel y un punto y final para la mayor parte del resto de los Abuelos. El último para el núcleo duro de Los Abuelos de la Nada.

Pero la magia del disco, además de recoger algunos de los temas más originales de la historia del rock en castellano y de ser una selección de éxitos en vivo seleccionados de entre los tres discos de estudio previos iba a encontrar su lugar en el panteón musical, en el corazón de Buenos Aires para siempre gracias a dos canciones absolutas: el estreno de Costumbres argentinas y, por supuesto, el hit Mil horas.

Aunque el tema se había publicado como single extraído en su versión de estudio del LP Vasos y besos sería la versión en vivo la que lo llevaría directamente al Olimpo. Incluyendo, a lo largo de la historia, versiones en cuarteto de cumbia -quizá lo máximo a lo que puede aspirar un tema de rock-, rapeadas o con regusto electrónico. Incluso uno puede encontrar un libro y un documental dedicado, exclusivamente, a investigar qué hay detrás de la historia y la composición de Mil horas.

En el directo en el Ópera se puede encontrar la poesía de Lunes en la madrugada o la interpretación de un ángel llamado Miguel Abuelo y su Himno de mi corazón, hay ritmos disolutos como No te enamores nunca de aquel marinero bengalí o Sintonía americana pero sobre todo en él uno puede encontrar la magia del primer Andrés Calamaro solista, antes de su marcha a España para montar los Rodríguez.

“Por cierto, si algún lector quiere adentrarse o recuperar algo de esa etapa le recomiendo “Nadie sale vivo de aquí”, donde se mezclan la imaginería literaria de Rodrigo Fresán con la guitarra de Ariel Rot y la paranoia de la hiperinflación antes del Plan Austral, cuando se fundían los discos de vinilo, con la galleta interior incluida, para fabricar los nuevos. Era Vietman con Alfonsín todavía presente.”

Los Abuelos aún grabarían un disco más en estudio al año siguiente con una nueva camada de músicos que acompañaban a Miguel Abuelo, pero la salud del compositor se iba deteriorando.

“Miguel Abuelo, como Federico Moura de Virus, había contraído el SIDA en algún momento del comienzo de la década de los ochenta y moriría en marzo de 1988. Un año antes el líder de SUMO, el italiano Luca Prodan había fallecido por las consecuencias del abuso de la ginebra y los opiáceos. El final de la inocencia de los ochenta había llegado sin avisar. “

Como recuerdo, este directo, que agrupa alrededor de un espíritu libre a un puñado de genios en sus primeras aventuras sobre un escenario, y con una atrevida fusión musical que heredaba la lírica fundacional del rock de los sesenta con los primeros escarceos con las que luego serían llamadas músicas del mundo. Humor y amor. Eso eran Los abuelos de la nada.

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