Archivo de marzo, 2021

Letristas de la Orquesta Mondragón (Parte II): la broma asesina

El 26 de enero de 1988 comienza a emitirse en la primera cadena de TVE el programa Viaje con nosotros que aparecerá en pantalla hasta el 31 de diciembre. El día de fin de año de 1988 los espectadores de televisión española contemplaron uno de los programas más delirantes de nuestra historia. Javier Gurruchaga y su corte de freaks -que incluía, por supuesto, a Popotxo, pero también a Hervé Villechaize, que había sido uno de los villanos de James Bond en El hombre de la pistola de oro y que poseía un intrigante parecido por el, por entonces, perenne presidente del Gobierno de España, Felipe González- con él mismo travestido en un diálogo que deja las matrimoniadas como un recopilatorio de cintas de casete de carretera, había viajado con sus letristas de cabecera, con su admirada Sara Montiel, con un Camilo José Cela que dejaba a James Belushi como un monaguillo o el mismísimo Elton John. El título de aquel monográfico fue La última cena y mientras España se preparaba para las uvas, ventosidades y provocación de cabaret subterráneo desfilaba por la pantalla. Entonces fue un escándalo, hoy podría haber llevado a Gurruchaga a la cárcel.

Después de aquella aventura televisiva Gurruchaba, para bien o para mal, estaba bajo todos los focos de los medios de comunicación españoles. Y tocaba grabar un disco. Y lo grabó. En 1989 aparece Una sonrisa por favor. Su portada era un homenaje a La broma asesina , la novela gráfica escrita por el mítico guionista Alan Moore con los personajes del universo de superhéroes de la editorial DC, en concreto Batman. La portada sustituía la imagen del Jóker, el archienemigo del hombre murciélago, por Gurruchaga.

La broma asesina es considerada una de las obras cumbres del tebeo de los años ochenta y, en realidad, de toda la historia del cómic pero lo más impactante es que la primera edición de la misma había sido en marzo de 1988 y en España la editorial Zinco había puesto en los kioskos españoles su versión traducida solo unos pocos meses después. Una sonrisa por favor repite alguno de los defectos clásicos de los discos de la Orquesta Mondragón, como es la elección de un insulso y verbenero single de adelanto, I wanna dance que eclipsa la profundidad del resto de los temas: Raymond Carver, Dashiell Hammett o Martin Scorsese conviven entre los surcos del LP. Entre los letristas vuelve el trío Fernando Gonzalez De Canales-Javier Gurruchaga-Luis Alberto De Cuenca que entregan una miniatura de amor de verano en A pleno sol muy en la onda de los poemas incluidos en libros como La caja de plata de De Cuenca, la ansiedad de la dama rica en decadencia de Dónde estás o la melancólica y nocturna Una sonrisa por favor, sentida interpretación de un Javier Gurruchaga al que uno puede imaginar caminando por Madrid tratando de reconciliarse con un presente disfuncional.

Joaquín Sabina está sobresaliente esta vez, su lucidez de final de los ochenta -semejante a la que mostrará diez años más tarde con el final de la década de los noventa-, le permite entregar temas que se ajustan como un guante a la impetuosa interpretación de Gurruchaga como en Tic/Tac o Igual que el sueño y la sed –donde volvemos al mito del vampiro, presente en toda la discografía de la Orquesta Mondragón-y, sobre todo, con Lolita, interpretación cargada de lascivia y dobles intenciones basada en el clásico de Nabokov, un tema que podría perfectamente haberse incluido en el repertorio del cantautor jienense pero que exige unas dotes de perversión interpretativa solamente al alcance de un camaleón como Gurruchaga.

El resto de los temas, los firmados por Moncho Alpuente, Sube al taxi que se introduce en el imaginario de las malas calles neoyorquinas o Solo, prima hermana de la desesperación del que no encuentra su lugar en su propia ciudad, encajan perfectamente con los escritos por Vicente Molina Foix Sácame esta noche o el periodista Ángel Sánchez Harguindey, Engáñame.

Aunque el disco es magnífico el éxito comercial decae ligeramente y Javier Gurruchaga decide parar la Orquesta Mondragón y publicar su primer y, hasta ahora, único disco en solitario. Música para camaleones con título tomado de Truman Capote y editado por CBS en 1990 es una rareza en su carrera pero una de las obras más complejas de su trayectoria. ‘ Música para camaleones es un disco donde el cine está más presente que nunca en la temática de las letras, donde Gurruchaga canta a los Beatles revisando Drive my car junto a Ana Belén y reivindica a los Doors y a Jim Morrison con una acertadísima adaptación al español del Roadhouse blues firmada por Moncho Alpuente como El Blues del Motel.

Mientras faltaban unos años para que Pearl Jam abriera con ese tema sus conciertos o Billy Idol ahogara sus penas en cuartuchos de motel soñando con escribir la oración americana definitiva, Gurruchaga ya abría latas de cerveza para desayunar o, al menos, eso cantaba. El disco se abre con Hoy soñé, un recorrido por la época dorada de Hollywood, el del lamé, las listas negras, los peluquines y los grandes estudios, firman Joaquín Sabina y Gloria Varona, la hermana del guitarrista Pancho Varona. Un rock potente de electricidad desaforada que deja claro el contenido del disco y su amplia paleta en lo referente al continente. El fraseo más intenso de Gurruchaga y su voz sobresaliente se eleva con Tiburones de la noche, con texto del Angel Sánchez Harguindey que introduce algunas metáforas que funcionan en el contexto del amor de pago, tema que se retoma en Lucy, una manera de jugar contra la noche que firma Gloria Varona en solitario. Si la letra no desentonaría en el más vulgar de los discos de Sabina, lo cierto es que la parte musical funciona en el ambiente de Cotton Club que sobrevuela como humo de camel sin filtro todo el disco. Lo mismo sucede con Dame tu fuego, apoyado en coros soul, metales y una cita al estándar Stormy weather y más mujeres fatales, amores pagados y revólveres sacados de malas novelas de Philip Marlowe, aquí se nota la presencia de Luis Alberto de Cuenca, que vuelve a la Mondragón por la puerta grande junto con Gonzáles Canales.

Maravillosa, otra de las grandes letras es Una cita a las diez con las obsesiones de Luis Alberto De Cuenca pasadas por el tamiz de Gurruchaga. Una de sus mejores colaboraciones que no se incluye en todas las versiones del disco. En aquella época tenías el vinilo, el cedé y el casete y cada una podía contener un número limito de temas. Ganaré con palabras de Vicente Molina Foix es un rock plano con letra esquelética y un buen estribillo que, a veces es, con lo que uno tiene que conformarse. Después de la versión del blues del motel el disco comienza a coger fuerza con un tema de Sabina con música de Javier Vargas, Noches de tormenta, donde el gusto por el blues de guitarra y letrista funciona de manera exquisita en la garganta de Gurruchaga. Es uno de los mejores textos de Sabina, que no se conforma con acomodar palabra y melodía y saca de la saca de los versos buenos algunos para la ocasión.

El dúo de compositores continúa con otra gran canción: Marylin es un guiño en forma de vodevil a la tortuosa Walking on the wild side de Lou Reed con trasfondo castizo. Arthur Miller y un Guardia Civil en una combinación que solo el jienense es capaz de introducir en un tema sin provocar sonrojo. La trilogía que sustenta el disco se cierra con No llores más, una típica exaltación de la soledad urbana que, si no hubiéramos escuchado ya miles de veces en las obras anteriores de la Mondragón podría acabar emocionando. Las palabras, en este caso, las aporta Moncho Alpuente.

En la versión casete, que es la que tenía yo originalmente, no se incluía Te puedo hacer feliz, también de Alpuente, muy floja. Una cita a las diez de Gloria Varona, que se incorpora a la nómina habitual de letristas de Gurruchaga no termina de estar acertada con Si tú eres el mejor, un texto plano que podría funcionar en directo pero que no es más que una anécdota dentro del alto nivel general del disco. Varona cierra el disco con El Halcón Maltés, un club con nombre de novela Dashiell Hammett pero que tiene algunas sonrojantes rimas en consonante.

Un disco, Música para camaleones, que busca distanciarse de la excesiva popularidad mediática de Gurruchaga y dotar a su obra de un poso más intelectual pero que se queda a medio camino a pesar de tener una producción impecable y un equipo de compositores de primer nivel. Pero, cuánto se extraña en el final de los ochenta una mayor presencia de la pluma de Luis Alberto de Cuenca. Eduardo Haro-Ibars, que había fallecido en agosto de 1988, manteniendo una relación con la música rock, sobre todo con los Gabinete Caligari, que utilizaron el título de un poema suyo, Pecados más dulces que un zapato de raso y el de su libro de poemas Pérdidas blancas como inspiración para sendos temas de la banda de liderada por Jaime Urrutia. Luis Antonio de Villena, que también ha dejado de escribir para la Mondragón, inmortaliza a Eduardo en varias de sus novelas: está presente en Madrid ha muerto y Malditos y se mantiene apartado del rock hasta que el músico argentino Andy Chango le pide ayuda en la adaptación de los textos del trompetista, ingeniero y patafísico Boris Vian para el disco del mismo título de 2008, en el que también colaboró Javier Krahe.


El último disco antes del primer gran parón musical de la Orquesta Mondragón se edita en 1992 y lleva por título El huevo de Colón. El Gurruchaga más bufón en el año olímpico, en el aniversario del descubrimiento de América, caracterizado como un Cristóbal Colón desubicado en un LP en el que las letras son todas de Joaquín Sabina, que como hemos comentado antes se encuentra en su primer pico de creatividad absoluta y es capaz de componer maravillas como y entregar una serie de textos muy notables. Es el mismo año de edición de uno de sus mejores discos, Física y química y todavía le da tiempo para firmar todos los textos del LP de la Mondragón, aunque la sensación de estar ante un compendio de metáforas de segunda e ideas repetidas nos deja una sensación de colección de descartes. Los dos temas con los que se abren sendas caras del vinilo son mediocres, A mil por hora y Money, money, rock eléctrico de garrafón, mejora con París Boulevard, con la obsesión con la Nouvelle Vague, Truffaut, Godard y el existencialismo de salón que es una constante en el cantautor medio español (busquen en la obra de Luis Eduardo Aute o Joan Manuel Serrat temas semejantes) y en la Hora del rock and roll tira de tópicos pero por alguna razón funciona a pesar esas guitarras eléctricas de música de ascensor que ejecuta Jaime Stinus -y que valdrían para los Rebeldes o Miguel Ríos por igual-, la temática la repetirá con mayor acierto poético Joaquín Sabina en varios temas de Yo, mí, me, contigo. Nos saltamos la habitual bufonada-single-excusa, El huevo de colón, que encima aparece dos veces, la segunda en un reprise que cierra el vinilo. Después del dueto de Música para camaleones con Ana Belén en la versión del Drive me car de los Beatles, repiten con Ángel, demostrando que la cantante madrileña cuando quiere puede sonar sensual -sobre todo si no comparte micrófono con su marido- en un tema que se acerca al morbo de Lolita pero con mucha más contención.

Seguimos con canciones primas hermanas con Rosita (házmelo), canciones sobre la prostitución como si fuera algo divertido y canallita, el divertido Sabina de la época políticamente incorrecto. Entonces, ¿qué se salva de este LP? Poca cosa, muy por debajo de Música para camaleones, suena repetitivo, forzado y edulcorado. Quizá recuperar otra de las grandes obsesiones de Gurruchaga, el asesino serial que se esconde tras el rostro del vecino perfecto, en este caso Johny, un descuartizador de 47 personas en la Inglaterra de la última época de la Thatcher -en Champú rojo de Bon Voyage ya se había recreado otra serie de asesinatos, también en Brighton, como los de Johny, esta vez en el verano de 1965 y a cargo de las hermanas Davidson, famosas peluqueras de la localidad- y sobre todo el mejor tema del LP, Dos amigos y una mujer, un bolero perfecto, trágico y efectivo, donde escuchamos por primera vez a Antonio Banderas -antes del tequila blanco y el mariachi- en la voz solista, con un gusto que empasta perfectamente con la de Gurruchaga. Un tema muy poco conocido pero que recomiendo su escucha.

Con el mismo título del disco y aprovechando el año olímpico, la Expo de Sevilla y el quinto centenario, Gurruchaga presentará en la Telecinco de las Mamma-Chico y de Jesús Gil en el Jacuzzi un programa de variedades, su último gran proyecto televisivo y en el que lo único destacable es una aparición de Christina Rosenvinge promocionando su primer disco con los Subterráneos, Que me parta un rayo.


Después de Música para camaleones, ambicioso proyecto solista con aroma a jazz e intelectualidad clásica, pero con poco éxito comercial y el poco recorrido del Huevo de Colón, a pesar de tener tras de sí a la enorme maquinaria comercial de Don Lucena Management, la oficina del entonces todopoderoso Joaquín Sabina, Gurruchaga echa el freno musical a la Orquesta Mondragón para dedicarse a otros proyectos más relacionados con la interpretación. En 1993 estrena la obra Golfos de Roma junto con Gabino Diego y con dirección de Mario Gas y Las obras completas de William Shakespeare (abreviadas) con Guillermo Montesinos y Josu Ormaetxe en el año 1997. Esta última tuve oportunidad de verla en el Teatro Principal de Zaragoza, en una de esas butacas baratas con “visibilidad reducida” en el gallinero, pero fue la única vez en la que he podido escuchar a Javier Gurruchaga en directo, interpretando entre medio de los textos distintos números musicales, como una versión maravillosa del Stand by me que ya había llevado de repertorio en el directo Rock and roll Circus. En 1991 había realizado una de sus mejores interpretaciones como el Conde-Duque de Olivares en En el rey pasmado y había sido parte del despropósito Supernova estrenado en el año 1992 con Marta Sánchez de protagonista. Mucho mejor parado sale en sus papeles en Tirano Banderas, inspirada en la obra de Ramón María del Valle-Inclán, de 1993 o en Siempre hay un camino a la derecha de 1997.


En 1995 vuelve con la Orquesta Mondragón grabando su segundo disco en directo, un básico de la época, Memorias de una vaca, un disco que nos presenta a un Javier Gurruchaga hinchado y ligeramente desorientado en su propuesta, quizá afectado por su implicación -de la que fue completamente absuelto en los tribunales tres años más tarde- en el “Caso Arny”. En Memorias de una vaca el repertorio sorprende a sus seguidores: seis temas de su primer LP, Muñeca hinchable, incluyendo el que da título, Ponte la peluca, El hotel azula y El hombre de los caramelos, tres temas de John Lennon&Beatles en versiones muy mejorables, You know my name, Give a peace a chance y un muy olvidable dueto, sí, otra vez, con Ana Belén de Imagine. Lo mejor una contundente versión del Blues del Motel de The Doors, recuperar la versión de Adiós, adiós junto a Joaquín Sabina de los tiempos del directo de 1986 junto a Viceversa y el amago de versión que hace con Andrés Calamaro de Corazón de Neón. Las canciones nuevas van firmadas en su mayoría por Moncho Alpuente, Control inspirada en 1984 de George Orwell, Condon club y Akelarre una especie de simpatía por el diablo que se queda en tierra de nadie con la colaboración de Kepa Junquera. Para mejorar la cosa Víctor Manuel escribe la edulcorada ‘Dime una mentira’. Si uno se quiere reír por lo menos puede echar mano de Memorias de una vaca que, a pesar de tomar un título de un libro de Bernardo Atxaga y ser el autor vasco el encargado de la letra, es una especie de biografía de Sara Montiel como si la diva fuera una vaca. Sí, una vaca. Hay otra letra de Atxaga, Ni hooligan, escrita en euskera, la primera vez que Gurruchaga canta en vascuence. Un disco flojo pero que recupera temas que tienen más de quince años y nos recuerda los buenos tiempos junto a Haro-Ibars.


Después del básico, que es el primer disco con BMG Ariola y el último con una multinacional -La Orquesta Mondragón estuvo con EMI desde el principio para grabar El huevo de Colón con DRO-, tendrán que pasar cinco años y en el 2000 se cierra la historia original de la Orquesta Mondragón con un último LP, Tómatelo Con Calma. Durante esos cinco años la Orquesta Mondragón prácticamente no ha girado por España y Gurruchaga ha permanecido fuera de los focos, dedicándose sobre todo al teatro. El disco cuenta con la incorporación a la nómina de letristas de un aragonés, Gonzalo de la Figuera, que, a través del productor Gonzalo Lasheras, aporta su experiencia como autor de textos de bandas como Especialistas, Fernando Illán o los Rosillos.

Gonzalo de la Figuera, con sus modos tropicales y cargados de sensualidad, aporta un tema de corte clásico, como es la historia de Jekyll Y Hyde (El Hombre De Las Mil Caras) y la cálida Los sueños viven, una delicada ensoñación que mezcla la inocencia de la infancia, el recuerdo maternal, un momento bellísimo con un gusto exquisito acompañados de coros y metales. A medias con Gonzalo debuta en Se acabó la gasolina Manolo Tena, líder de Alarma y solista consagrado en los noventa. El tema es puro Mondragón, tanto por el planteamiento del saxo y ese regusto a rock clásico cincuentero mezclado con Nelson Riddle y los coros de la imprescindible Michelle McCain. El compositor pacense se encarga, en su debut como letrista, del grueso de los textos originales: Chocolate Y Ron y No me acuerdo con su ritmo de maracas y su sabor a La Habana de Batista, las melancólicas Notre dame y Los domingos siempre llueve. Aparte de Gonzalo y Manolo Tena, debutan como letristas Andrés Calamaro y con letra y música, Pancho Varona en Palabras‘ habitual compinche, junto a Antonio García de Diego, de Joaquín Sabina.

Moncho Alpuente está bastante inspirado en la adaptación de Get Ready de Smokey Robinson y hay otras dos versiones, una tropical revisión del Light my fire de The Doors, llevando a José Feliciano todavía más al territorio de Xavier Cugat y un clásico hecho por cientos de artistas, Alabama Song de Weill-Brecht, que también habían hecho The Doors o David Bowies. Podríamos considerar como versión el tema Es mentira que había grabado Joaquín Sabina en su disco Yo, mí, me, contigo pero aquí hay un guiño claro al cantante original con el que iba a ser registrado: en el disco de Sabina es Charly García, el mito argentino, quien hace el dueto, pero en el videoclip de la canción Javier Gurruchaga aparece como actor, vestido de pirata. Quizá el planteamiento inicial era que fuera el donostiarra el que hiciera las voces en el disco de Sabina -aquel disco, lo recordarán los fans del cantautor de Úbeda, está repleto de duetos y colaboraciones-, pero al ponerse toda una estrella como Charly y tener la perspectiva de las giras por América tan presentes, les resultó más interesante la voz del líder de Seru Girán. Aquel disco nos pilló por sorpresa a todos los seguidores de la Orquesta Mondragón, recuerdo alquilarlo en una tienda de discos de la Plaza de San Francisco de Zaragoza y grabarlo en una primitiva grabadora de audio, que era algo carísimo y escucharlo bastante, sobre todo por las versiones -la de Light my fire de los Doors me acompañó en mis sesiones como pinchadiscos durante años-y la presencia de un aragonés, de un personaje de nuestra escena al que admiraba y respetaba como letrista y crítico musical como era Gonzalo de la Figuera.

¿El final de la Orquesta Mondragón? Ni mucho menos. Gurruchaga ha seguido sacando discos que mezclan versiones de Elvis Presley y The Beatles con regrabaciones de sus éxitos junto a cantantes de la escena española y latinoamericana e incluso ha dedicado un tema a Donald Trump, pero su época clásica, sus dos décadas de gloria terminan con este último disco. Mientras tanto siguen los directos, Gurruchaga es muy activo en redes como Facebook y a un servidor siempre le queda el deseo último de poder verlo en directo, con la electricidad, los metales y el repertorio más salvaje y enfermo posible. Pasión y poesía, Mondragón siempre.

Letristas de la Orquesta Mondragón (Parte I): de novísimos y marginales

Aparece Mondragón, aunque solamente sea por el internado en su frenopático, en la vida de Leopoldo María Panero. La Orquesta Mondragón cuenta con la que sin duda es la mejor selección de letristas de la historia del pop español. Novísimos y marginales, rockeros y fumadores, antólogos y especialistas, periodistas y cinematógrafos. Todos juntos para que la potente voz de Javier Gurruchaga y su histriónica banda soltaran sencillos de fiestas de pueblo y joyas escondidas que reflejan la oscuridad de nuestra historia.

El primer LP de la Orquesta Mondragón es Muñeca Hinchable. Editado en 1979, es un LP lleno de arrebatos y alacranes, de dulzura que impregna los algodones, de amores detallados y prohibidos. Javier Gurruchaga confía a Eduardo Haro-Ibars todos los textos. Haro-Ibars era conocido por su libro Gay Rock editado en 1974 por la editorial Júcar, un ensayo primerizo que recorría la obra de David Bowie, Lou Reed y demás bandas del glam rock de comienzo de los setenta. Eduardo Haro tenía ya publicado el poemario Pérdidas blancas -que inspiraría una canción de Gabinete Caligari, en cuya primera formación, así como en la de Parálisis Permanente, colaboraría su hermano Alberto Haro-Ibars-. Muñeca hinchable tiene una portada absolutamente pop y las canciones tienen una primera lectura circense con el tema de apertura Pasen y vean para desembocar rápidamente en el submundo del hachís y otras drogas más duras: Porros de fresa y limón o la adaptación de Satin Doll, El hombre de los caramelos. El Hotel azul es un tema swinger con la lascivia en el fraseo de Gurruchaga que había ensayado previamente en Muñeca hinchable -guiño evidente a Tamaño natural la película de Luis García-Berlanga que se había estrenado en 1973-, una letra que introduce descripciones que van mucho más allá del erotismo de serie S del postfranquismo. Muñeca Hinchable es la primera piedra de toque de la Orquesta Mondragón, con una estructura que se repetirá en sus siguientes trabajos: un tema que engancha, en este caso Ponte peluca, de una inocencia abrumadora y una serie de canciones escondidas en lo más profundo de los surcos plenas de perversión y tóxicos. Esta primera época de la Orquesta Mondragón está basada en una efectiva teatralidad, unas grandes dosis de surrealismo y sobre todo mucho exceso: en directo había enanos desfilando y haciendo piruetas, muñecas hinchables en busca de amables, tragasables, obesos… arte bastardo y bufo que sería censurado, prohibido, detenido…

Solamente un año más tarde EMI publica el segundo larga duración de la Orquesta Mondragón, Bon Voyage. En la portada Javier Gurruchaga aparece vestido como un piloto de una línea área imaginaria y en la contraportada un montaje fotográfico con varios aviones estrellados. En este segundo LP la aportación de Eduardo Haro-Ibars es menor, con La Bella y la bestia y Bon Voyage como únicos textos con su firma. La primera es un rock en la onda Jean Genie, que comienza con el mito vampírico para continuar con estética de ciencia-ficción, terreno este donde, a principios de los ochenta, se estaba desarrollando la obra de Haro-Ibars. El segundo tema es un olvidable texto sobre un accidente automovilístico que como Fórmula 1, firmado por el trío Luis Alberto de Cuenca/García de Canales y Javier Gurruchaba no aporta nada al sustento del disco.

Este triunvirato se va a convertir en uno de los más exitosos de la historia de nuestro pop y no deja de ser una combinación exótica: un joven poeta aficionado a los clásicos, Luis Alberto de Cuenca, que forma parta de lo que lo que se consideró la segunda promoción de los Novísimos -y que algunos años después sería Secretario de Estado y director de la Biblioteca nacional-; un artista plástico y cineasta como García de Canales y Javier Gurruchaba que aportaba las líneas melódicas en un spanglish chapurreado para que los poetas añadieran sus versos. Famosos y exitosos porque es en Bon Voyage donde se incluye por primera vez Caperucita Feroz y Viaje con nosotros. La primera tema de repertorio de verbena hasta el día de hoy y, según el mismo Luis Alberto de Cuenca ha contado en alguna ocasión, gracias a sus regalías pudo ir sobreviviendo hasta alcanzar su estatus de poeta del canon. La otra, Viaje con nosotros, con su ritmo verbenero, sirvió incluso como nombre para uno de los proyectos televisivos posteriores de Javier Gurruchaga.

Pero, de nuevo, lo mejor de los discos de la Orquesta Mondragón está escondido al final de los cortes del vinilo: Mis gafas es como un relato de Poe postmoderno, trepidante y misterioso, Champú rojo un alegato sórdido que nos acerca al imaginario de John Waters, donde el asesinato como lugar común aparece por primera -pero no última- vez en la temática de la Orquesta Mondragón. El tema Bubble, bubble es la primera obra maestra del trío. La música del guitarra Josemari Insausti y del mismo Gurruchaga con un inquietante arreglo de saxo, que domina todo el tema. Necrofilia, Sinatra de lejos cantando Blue Moon y un verso que algún buen lector de Luis Alberto de Cuenca puede localizar entre sus poemas: “La herida me latía en el hombro como un corazón”. Más prescindibles resultan Soy especial, No quiero verte con su ritmo tropical o incluso Tú eres la noche, la única que firma únicamente Luis Alberto de Cuenca y que abusa de un romanticismo de pastiche falto de maldad que le hace perder mucho peso a pesar de la inconmensurable interpretación de Gurruchaga, con sus capacidades vocales en lo que podemos denominar “estadio Dean Martin”. A partir de este segundo disco Haro-Ibars se distancia de la banda y la influencia del culturalismo, el amor por la mitología, la pintura y el arte clásico de Luis Alberto de Cuenca comienzan a estar mucho más presentes en las temáticas, sobre todo en la parte más relacionada con la cultura popular: el cine negro, el cómic, la cultura de masas en una fabulación perversa.

En el año 1982 aparece la banda sonora de Bésame tonta, compuesta e interpretada íntegramente por la Orquesta Mondragón. Aunque se puede considerar un disco menor dentro de la trayectoria de la banda, incluye uno de sus éxitos, Garras humanas; un tema inspirado en la película The Unknown de Tod Browning -estrenada en España como Garras Humanas -y que es una enrevesada historia de amor entre un lanzador de cuchillos sin brazos y la hija del dueño del circo donde actúa. Ella, interpretada por Joan Crawford sufre una extraña fobia a ser tocada y por eso se niega a entregarse al amor del clásico forzudo, mientras que Lon Chaney, que solamente es un impostor que oculta sus extremidades para crear una mayor expectación entre el público, se aprovecha en un antecedente del “pagafantas” contemporáneo para acercarse a la Crawford. La película que, en su ambientación parece ser un antecedente de la más conocida Freaks -o La parada de los monstruos-, acaba en una tragedia que queda perfectamente reflejada en el disco.

Además de ese gran éxito el resto de las canciones se adaptan a la idea de la banda sonora de una película de los ochenta -con todos sus defectos y virtudes-, Las palmeras, Tunisia, Hay un lugar, El pirata o El príncipe encantado juegan con referentes cinéfilos claros, de evasión hacia lo que te ofrece la pantalla. El jugueteo más sórdido con una historia infantil como es Los tres cerditos es parte del imaginario de Gurruchaga al que tan bien se ajustan las letras de Luis Alberto de Cuenca. Doctor Doc fue el otro single extraído del disco, un guiño a los científicos locos que tan bien funcionaban en la serie B y una versión, un estándar clásico del jazz vocal, como es Just a Gigolo, que es amolda, como no podía ser de otra manera, a la garganta dotada -y más en aquellos primeros años-, de Javier Gurruchaga. El disco contiene dos joyas maravillosas: Estoy harto de ti, muñeca, tanto en la parte musical como en la lírica, con un estribillo perfecto, sacado de la parte más macarra de Luis Alberto de Cuenca y con estrofas que anticipan la decadencia de la década de los ochenta: estadios llenos, televisiones saturadas, cintas de vídeo donde uno encuentra el amor, las mismas canciones una y otra vez. Una verdadera cumbre en la trayectoria de la Mondragón. El otro gran tema es Es Solo Cine, Pero Me Gusta, un homenaje a la historia del cine clásico con el que se cierra la película y se abre el LP con guiño a los Rolling Stones incluido. La película que sirve de excusa el disco -pues así termina siendo si lo analizamos con cierta distancia- está dirigida por el tercer letrista, Fernando González Canales e interpretada por Javier Gurruchaga junto a su inseparable Popotxo con guión de Rafael Azcona. Se puede localizar fácilmente por internet, aunque su banda sonora es mucho más interesante.


El ritmo en la producción de canciones de la Orquesta Mondragón en los primeros ochenta es extenuante pero la creatividad y la capacidad compositiva no decae. El espectáculo es continuo, la presencia de Javier Gurruchaga en la televisión es muy habitual y en 1984 Es la guerra editado por EMI se convierte en el cuarto disco de estudio (tercero si no consideramos como tal la banda sonora anterior) de la banda donostiarra. Los letristas del disco suponen una mezcolanza de los habituales en la banda, Eduardo Haro-Ibars aporta el texto de tres temas, incluyendo el da título y abre el LP. Firman también letras el trío Canales-Gurrucha-De Cuenca, destacando Feliz Navidad, una canción donde el apartado más sardónico de Gurruchaga se hace presente ante una melodía trepidante que recuerda al Tino Casal más glam, como uno de los enanos que, totalmente enfarlopados, utilizará para describir las bajezas morales de una sociedad en una próxima Nochevieja. Enterrado vivo en Navidad, es parte de las obsesiones habituales: vampirismo, claustrofobia y revisión subversiva de los esquemas sociales para uno de los pocos temas que se salvan de este disco muy irregular.

Hay que señalar el debut de la pluma de Luis Antonio de Villena, poeta y crítico, que por primera vez se asoma a las lindes del rock and roll. Villena, fan declarado del Lou Reed más teatral y aficionado a contemplar el lado más salvaje de la vida, es un intelectual de alcurnia, compañero de Luis Alberto de Cuenca en los Marianistas de Madrid por un lado y habitual de los drugstores madrileños en compañía de Leopoldo María Panero y, por supuesto, Haro-Ibars. Luis Antonio de Villena había recopilado su obra completa en Visor el año anterior con el título de Poesía 1970-1982, incluyendo su aclamado y reconocido Huir del invierno que había sido premio de la crítica en 1981 y editaría ese mismo año 84 un canto al deseo con el título de La muerte únicamente. Suyo es el texto de Mírame, es mi final, una balada edulcorada que la interpretación de Gurruchaba la emparenta con la decadente actriz que protagoniza Antartida starst here de John Cale. Lo malo, como en muchos casos de la época, los solos mal entendidos y los metales cargantes de Luis Cobos, todavía en la producción de los discos de la Mondragón. También aporta Qué más da, un tema que se acerca a la música disco pastiche con una poco habitual voz grave en la interpretación de Gurruchaga para una historia de travestismo con coros femeninos y el tema con el que se cierra el disco, El último adiós, con tonos napolitanos y aires a lo Renato Carosone. Destacar la versión de Rita, un tema de José Luis Lanzagorta, que acompañaría años después a Rafael Berrio en la aventura de Amor a traición y colaboraría con la Buena Vida.

Eduardo Haro Ibars y Lirio (Alberto García Alix)

En 1984 aparece Cumpleaños feliz, uno de los discos más flojos de los ochenta. Tan solo los temas que abren el disco El diablo dijo no, que es una actualización del mito de Fausto y el cierre con Cumpleaños feliz, como una celebración lúbrica y pagana están a la altura de los esperado para el mito de la Orquesta Mondragón. Las letras son del trío Canales-Gurruchaga-De Cuenca y se nota en la festiva Lola, Lola, habitual en sus directos y en algunos temas más maliciosos como Solo era una fiesta o Voyeur que sí que nos recuerdan la estética lírica de Luis Alberto de Cuenca.


Después de cuatro discos en poco más de un lustro y una serie de giras que, si bien todavía no son masivas, sí que tienen tras de sí a un buen número de seguidores atraídos por el teatral espectáculo de Javier Gurruchaga y la capacidad como instrumentistas de su banda soporte en la que ya destacan las guitarras de Ray Gómez y los teclados de Esteban Coll y un habitual de Serrat y el jazz barcelonés como es el mítico Josep Mas Portet, alias Kitflus. Toca pues, como es habitual en el libro básico de estilo del rock, un disco en directo. Un doble LP con título manido, Rock & Roll Circus -los Rolling Stones le habían puesto ese nombre a un película-concierto de 1968 que permaneció inédita hasta bien entrados los 90 por expreso deseo de Mick Jagger, pero eso es otra historia y otra habitación del Motel-, emparentado con la estética de Andy Warhol a través de la portada en colores ácidos donde Gurruchaga, como es habitual, es, junto a Popotxo, el centro de todo. El repertorio se nutre de temas de Cumpleaños Feliz (El diablo dijo noLola, Lola), Es la guerra (Feliz Navidad, Es la guerra), Bon Voyage (Caperucita feroz, Viaje con nosotros, Mis gafas , Bon Voyage y Bubble Bubble), Bésame tonta (Garras humanas, que acabaría convirtiéndose en un extraño hit a través del videoclip que aparecería en la Bola de Cristal, donde Gurruchaga tenía su propia sección, La cuarta parte en ese año 1985) y tres únicos temas de Muñeca hinchable prácticamente encadenados en el repertorio: El hotel azul y El hombre de los caramelos y una acelerada versión de Ponte la peluca.

En cuanto a temas ajenos, tres versiones, dos muy cercanas al universo beatleamaníco por el que Javier Gurruchaga comienza a mostrar una devoción que le va a llevar a abandonar el lado más tóxico del rock por las melodías de cortes sesentero: primero Stand by me, original de Ben E. King, conocido en España por la revisión de Celentano bajo el título de Pregueró y al que John Lennon le había insuflado una nueva fama a través de la versión aparecida en su LP de versiones de 1975, Rock and roll en el que recuperaba los clásicos de la época dorada de los cincuenta sobre los que había construido su imaginario musical. Un detalle interesante es que al año siguiente, en 1986, se estrenaría la película Stand by me inspirada en uno de los pocos relatos de no terror de Stephen King y que en España se conocería como Cuenta conmigo. El otro tema es más evidente, una visita a la época del álbum blanco con la interpretación del festivo Back In The U.S.S.R. El tercer tema es una delirante interpretación de un tema de la última época de la Velvet Underground, Rock and roll del álbum Loaded, el último en el que participó Lou Reed, compositor del texto y la música. La Mondragón llevaba haciéndolo en directo desde 1983, con Gurruchaga caracterizado como una especie de María Antonieta rodeada de enanos, una Vivian Leigh pasada de barbitúricos. El comienzo, con un frase ralentizado y delirante, te lleva a lo más profundo del pantano de la enfermedad mental, después entra el saxo y la protagonista del tema, Jenny se vuelve loca con la música que escucha en la radio, desde lo más profundo de las catacumbas donde Nueva York se une con San Sebastián, Gurruchaga se eleva como un lúcido mesías del exceso.

Lo más curioso de este doble directo, con su introducción instrumental y sus diecinueve temas, es que estrenan tres canciones que no han sido grabadas hasta ese momento en estudio, tres temas, alguno de ellos sobresalientes y, además, estrenando letristas. El primero es Vicente Molina Foix, el único que, en sentido estricto, había aparecido en la antología Nueve novísimos de José María Castellet, editada por primera vez en 1970, que escribe los textos de Rufián -una historia de doble personalidad, entre el trabajo aburrido y el crápula que espera la llegada de la noche para entregarse a la literatura y soñando con los dioses de la poesía- y Verano Peligroso. Esta última es una de las grandes maravillas del repertorio de la Mondragón, con Javier Vargas encargándose junto a Javier Gurruchaga de la música, casi con un ritmo jamaicano, Molina-Foix inventa en menos de tres minutos una historia contada mil veces, la rubia despampanante que no se casó contigo por amor, la mujer de Óscar Wilde, aburrida y abandonada que acaba aliada con un marinero fornido para quitarse del medio al gran lastre de su vida. Vicente Molina Foix forma parte del coqueluche de los Novísimos. Cuando apareció la antología de Castellet no había publicado nada y ese mismo año aparece Los espías del realista. El segundo letrista que aporta por primera vez un texto es Moncho Alpuente, hombre pop renacentista, líder de la seminal humorada Desde Santurce a Bilbao Blues Band y de uno de los más alternativos proyectos musicales de la Movida Madrileña, Alpuente y los Kwai que entregaron canciones como Adiós muñeca o Carolina querida que incluso traspasaría nuestras fronteras y sería grabada por la banda de nueva ola argentina Virus. Alpuente fue columnista, presentador de televisión, actor ocasional y, sobre todo, fuador. Alpuente escribe Es mi vida, una canción que no pasa de lo mediocre. A pesar de esa regular primera incursión, Alpuente acompañará durante los años siguientes a Gurruchaga como colaborador habitual. De este estupendo doble directo destacan las versiones de Garras humanas, Feliz Navidad, Mis gafas y Bubble, Bubble, que mejoran, en muchos casos, los arreglos ochenteros que lastraban sus versiones de estudio.


Tras el directo hay un parón de un par de años antes de que la banda vuelva a entrar en el estudio para grabar Ellos las prefieren gordas. Comienza la época de autoparodia de Javier Gurruchaga que durará hasta su desaparición de los medios más masivos por el “caso Arny”. La Orquesta Mondragón empieza a deslizarse hacia el lado de la broma sin gracia mientras mantiene un nivel notable en las canciones que no son bufonadas de sus discos. Este, ya digo, es el primer ejemplo: Una portada estúpida, con una mujer obesa parodiando a Marilyn Monroe y una contraportada en blanco y negro donde la banda se muestra como son, un combo desafiante de excelentes músicos donde el soul, la música negra y el rock de guitarras son el sustento básico para sus canciones. Del mismo modo se puede distinguir en el listado de los temas: el olvidable que da título al disco -que será carne de verbena durante años-, Rambo, el debut como letrista del periodista de El País, Ángel Sánchez Harguindey, un especialista en Rafael Azcona, referente claro de la Mondragón, que aporta Montaña rusa, con música del teclista Esteban Coll, Cantando bajo la nieve -con texto de Fuster-Mendo, los Suburbano y que aparecía en la banda sonora de La vida alegre de Fernando Colomo, donde Javier Gurruchaga tiene un pequeño papel- o las aportaciones de Haro-Ibars, ‘La viuda alegre’ y la adaptación al español de Mi Delilah popularizada en la voz del “tigre de Gales”, Tom Jones. Por otro lado, la sobresaliente aportación de Vicente Molina Foix en los inéditos del directo, en esta ocasión no pasa de mediocre con Despierta y ponte a soñar. Y es que todo lo eclipsa Corazón de Neón, con letra de Joaquín Sabina, en su primera aparición como autor para la Orquesta Mondragón, se descubre como una de las descripciones de la ciudad como ente más acertada de la postmodernidad.

Corazón de neón es EL TEMA que abre una faceta mucho más urbana en la obra de Javier Gurruchaga. Los otros dos temas que firma Sabina, el que hemos comentado anteriormente, Rambo o los más interesantes Olvídate de mí y Esta noche es tu oportunidad, no dejan de sonar a lo que son en realidad, descartes de un Sabina que en 1987 comenzaba su etapa de mayor éxito con la edición de Hotel, dulce hotel.

Con este disco hacemos una parada en el camino de la Mondragón. Dejamos las puertas del Motel Margot abiertas hasta la próxima semana donde repasaremos los excesos del final de los ochenta, el momento álgido de popularidad musical y televisiva de Gurruchaga y su desaparición mediática en los noventa.

Tangana & Calamaro: aguas peligrosas


¿Quién me hubiera dicho a mí que me iba a encontrar de madrugada analizando el nuevo disco de C. Tangana? ¿Quién me hubiera avisado de que la imagen superaría a la ficción sonora y que habría que visionar dos videoclips como si fueran capítulos de una serie virtual para entender un concepto en el que Tangana no aporta más que escenario y créditos y donde lo que más impresiona es ver fumar a San Jorge Drexler un pitillo con la gracia de un Zitarrosa postmoderno? No sé si el viaje merecerá la pena, pero a veces el Motel tiene que abrirse a la actualidad y uno que vive de huevos de pascua (‘easter eggs’ dicen los que no vieron una referencia al ‘Todopoderoso’ en el penúltimo capítulo de Wandavision), guiños y casualidades. ¿Quién es C. Tangana? ¿Importa? No se puede despreciar al que organiza la fiesta o te esconderá el whisky bueno.


Hasta hace 48 horas -sí, esto ya empieza a parecer una película noventera con aire a Tarantino-, era un tipo que había compuesto un hit subterráneo que se llamaba igual que una canción maravillosa de los Sencillos, Mala mujer. Luego no negaremos que ser novio de Rosalía (que, por cierto, se hizo famosa con un tema que tenía nombre de grupo aragonés de los noventa, Malamente, búsquenlo por internet, sonaban de maravilla) pudo dar empaque a popularidad. La fama ha vuelto solo unos días después de publicar un disco lleno de featuring (volviendo a lo anterior, colaboraciones y duetos, como se ha dicho siempre, pero en trap y en las músicas urbanas el spanglish funciona mejor -aprovecho esta entrada para volver a lanzar una petición al cada vez más escaso número de críticos musicales con conocimientos, gusto y sapiencia para que me expliquen qué es una mixtape-). La canción es un “ripio’s blues”, con rima en consonante, con rima sonrojante.

¿Es Andrés Calamaro un personaje o el personaje es Andrés Calamaro? Cuando en mitad del videoclip protagonizado por Jorge Drexler llega en coche recorriendo ese Madrid fantasmal de avenidas iluminadas por el recuerdo de los muertos hasta una especie de mercado de abasto uno duda si haría más genial al personaje que hubiera elegido él mismo ese abrigo de piel sintético que le coloca en el Olimpo de una especie de revival de Blackexplotation, una especie de Shaft de Avellaneda, parapetado tras las gafas de sol y más escaso de pelo de lo que uno esperaría. Recorren pescaderías y otros puestos cerrados hasta llegar a un bar que es todo un reservado. Aquí uno recuerda aquella frase de Andrés, cuando presentando la biografía de los Rodríguez, Sol y sombra, de Kike Turrón y Kike Babas, hablaba de una inspiración fundamental en los compactos de Anagrama y, en general, de toda aquella literatura norteamericana que alimentó a jóvenes y menos jóvenes cuando el siglo perdía su virtud. Es sencillo pensar en Charles Bukowsky, pero más que en el original sería Chuck Palahniuk o en la Broma infinita de David Foster Wallace. Todos apilados, succionando las primeras dosis de oxicodona con receta.


Andrés Calamaro besa a la mujer que hace de dueña del garito y ella le susurra al oído que hacía mucho que no le veía en horario de poeta. Pícaro en la sonrisa, Calamaro avanza y besa, pero sin sangre, a los otros dos protagonistas, Tangana y Drexler. Recuerden, queridos invitados al Motel, que seguimos en el videoclip de Drexler, aturdidos todavía por el ripio’s blues con el que nos han castigado unos minutos antes. Andrés lleva una camisa elegante, una barriga que ya no se puede considerar incipiente, pero la dignidad del faso se ha perdido y dice sí a un whisky en vaso bajo sin hielo. ¿Llevas unas letras? Llevo unas letras, llevo un poco de todo, como siempre. No es leyenda, repito, es pura picaresca. No parecer impostado, es Umbral y es Pipo Cipollati, es Moris y José Luis Garci. ¿De qué habla? De una faria por fumar o un gramo de coca. Las letras van manuscritas.


El final del primer vídeo termina con Calamaro amagando rapear un fragmento de Jugo de tomate frío de los Manal. La parte de “O elegiste ser un tipo capo/Siempre serio y que da temor” funciona perfectamente bajo lacerante movimiento manual de Calamaro imitando a un Ice Cube con sobrepeso -siendo esto último una evidencia en cualquiera de los sentidos que busques-. La canción la escribió Javier Martínez y se publicó en 1970, en los albores de lo que luego se llamaría ‘rock nacional’ argentino. En aquella época Charly García iba en dúo folk a lo Simon & Garfunkel de disquera en disquera con Nito Mestre al lado, pelo largo lacio y con una sobriedad manifiestamente mejorable. Aún vivía Tanguito, que escribiría la primera frase de La balsa con Lito Nebbia mientras buscaba Pervitin para inyectarse. Muy groso que le hicieran un biopic noventero a un tipo que se pinchaba la anfetamina de los nazis. Suben los dos, Calamaro y Tangana, en el ascensor y Calamaro canta Jugo de tomate frío y, evidentemente, Tangana no se la sabe.

Un corte breve, lo que cuesta cambiar el carrete de película y engancharlo al proyector y volvemos a la misma toma, el mismo encuadre. Pero todo está más calmado. Calamaro y Tangana suben. Aún pueden subir más. Ya es el momento de Andrés. Pero ambos envidian la elegancia de Drexler. Jorge, le llaman. Calamaro pide un Oscar para él y Tangana le dice que ya se lo han dado. ¿Ya se lo han dado? Replica Andrés. Se encoge de hombros. “Vamos a tomar un poco el aire, relajarnos”. Todo bien, hasta la guitarra eléctrica limpia de Drexler… ¿Y la canción? Paremos un segundo, o dos. En la época del Salmón, Calamaro grababa en cintas TDK de 60 minutos demos y maquetas en un estudio portátil de ocho pistas. Muchos de los que pasaron por allí a llevar sustancias y repuestos fungibles están muertos y sus espíritus se quedaron atrapados en aquellos temas. Eran aguas peligrosas. En aquella época Calamaro se creía que era Marlon Brando en Apocalipsis Now, improvisaba el papel de su vida con el gusto de los tocados por una varita. La del Mago Merlín. Uno de aquellos temas -que luego cantaría con Loquillo en un bonus track de Cuero español, un LP de retales de los Trogloditas-, hacía rimar al mago Merlín con el Muro de Berlín y a Sammy Davis con Angela Davis. Andrés Calamaro en aquella época de Deep Cambo ya era capaz de expulsar de su cuerpo una media de siete temas diarios. El tema que le hace cantar Tangana quedaría entre el quinto y el sexto de un día cualquiera. Calamaro mandaba a sus acólitos por todos los bazares chinos de la zona buscando cintas TDK de 60 minutos y con el celofán transparente veía elevarse un aroma de opio fresco, como recién salido de las levaduras que florecían en la oscuridad de los dedos de los pies del Diego.

En la parte de arriba del edificio se adivina Madrid. Pero Andrés quiere hablar de Hong-Kong y uno piensa en películas de artes marciales malas, en el Elvis pata negra de los setenta, intercambiando armas de fuego con el presidente Nixon como quien cambia a Ruggeri por José Luis Brown camino del cielo. Calamaro está en modo “señora mayor, suélteme del brazo” mientras le cuenta a Tangana que cuando publicaron Mil horas todo el mundo se volvió loco en la Argentina, su nombre en neón dorado en la avenida Corrientes, las minas succionando los restos de una noche como súcubos mientras él soñaba con el rizado pelo de Andy Cherniavsky. Mil horas cantada por Marcela Ferrari, Mil horas en cumbia, Mil hora’ en una cabina del Regimiento de Infantería Paracaidista 14, en Córdoba, en la Pascua de 1987. Madrid es una ciudad zombi, escribe el bisnieto de Dámaso Alonso, se ha quitado la mascarilla FPP2 y fuma mientras le sobran dedos de todas las manos en el conteo. Entre 1989 y 1990 Calamaro aterriza en Madrid y lo recoge Ariel Rot, con el que había grabado varios discos solistas en la Argentina. Ariel compondrá y grabará una década más tarde un tema para su disco Cenizas en el aire que se llamará Geishas en Madrid.


“Aquello fue peor que Puerto Hurraco”. El 26 de agosto de 1990 se produjo la matanza de Puerto Hurraco. Calamaro llevaba unos pocos meses en Madrid, yo cumpliría 12 años al día siguiente y habíamos pasado el verano recorriendo Castilla en el Peugeot 405 de mi padre. Habíamos estado en Nava de la Asunción, de donde era Jaime Gil de Biedma. Hacía calor aquel verano. La final del Mundial se había repetido y nadie entiende el porqué de que no tirara Lothar Matthaus el penalti para Alemania y se lo dejara a Andreas Brehme. Brehme vino a jugar después a Zaragoza porque su mujer era aragonesa. Decir que vino a jugar quizá es demasiado. Simplemente vino. Carlos Saura hizo una película sobre Puerto Hurraco con guion de Ray Loriga. Hacía mucho calor aquel verano. Alfonso Arús imitaba a las hermanas Ángela y Luciana Izquierdo en su programa Al ataque y nadie se escandalizaba. Utilizaban extractos de las declaraciones para mofarse del retraso o de la locura de aquella gente y encima nos reíamos y nos seguimos riendo porque no sabíamos que estaba mal, que era pecado. Reitero, en 2021 es más violento ver a San Jorge Drexler fumándose un pitillo – que le está sabiendo a gloria- que volver a escuchar a Andrés Calamaro hacer apología de la cocaína en un tema. Escuchen la letra: “Peinábamos perico con navaja/ en el salpicadero de tu coche”. En el año 1999 Calamaro cantaba en Clonazepan y circo: “Pastillas la última esperanza negra. Podés pedirle pastillas a tu suegra”. Diazepan para los dolores, tramadol para seguir sonriendo, lormetazepam para intentar dormir sin dolores. No pruebo una gota de alcohol desde antes del COVID. Películas de mafiosos de los noventa, Joe Pesci es igual al Joe Pesci de la peli anterior y con una cuchilla afilada obtenían finas láminas de ajo para la salsa de la pasta. “Que parezca un accidente”.


Calamaro juró la Constitución española y dijo que los que atacaban al Rey eran unos impresentables. Calamaro va a los toros con Jaime Urrutia y a veces solo, con un faria entre los dientes, Calamaro no es de VOX. Calamaro está más cerca de Fabio MacNamara que de la dentadura postiza nueva que le ha pagado Palito Ortega a Charly García. En el minuto 2 y segundo 11 Tangana pone los ojos en blanco y levanta los puños, no es Northern Soul es verbena de Nando Dixcontrol. Tres bellezas en vestido corto de una pieza y Andrés agarrándose los genitales como el Cid Campeador, Tangana no podría ser palmero de Peret, pero Calamaro podría lanzarse por Sevillanas en la Feria de Abril de una línea temporal alternativa en la que el traspaso de Finidi al Sevilla había terminado con la fusión nuclear entre Lopera y González Caldas y un único equipo llamado Atlético Nervión dominaba con mano dura los terrenos de juego de toda Europa. Calamaro bailando el robot e imitando a la gallina Caponata, con un ángel en la frente y unas alas bajo la americana.


El final del vídeo, con Andrés subido a la tarima tocando la batería, nos devuelve a Laura Ramos, aquella cronista del Buenos Aires canalla de la época posterior a la dictadura, cuando todo era sushi, champán y merca y la paridad del peso y el dólar hacía que fuera más barato comprar zapatos de piel -de cuero vacuno, piénselo un momento-, en Brasil que en Argentina. Era la época entre Fabiana y Cecilia, con Fito Páez escribiendo el Amor después del amor y el ojo avizor de Andrés grabando Nadie sale vivo de aquí antes de marchar a España. Laura cuenta que Andrés subía a zapar con el Fabián ‘El Zorrito’ Von Quintero -que había sido el cuarto Soda y tecladista de Charly García cuando Charly estuvo a punto de conquistar Nueva York- al bajo y muchos días subía Claudio Gabis y tocaban ‘Popotitos’.


Después de todo esto, ¿qué nos queda? Dientes que se caen, un poco de fernet con coca cola zero, buscar en IMDB a las protagonistas femeninas de los vídeos, comprar una caja de ritmos o un pad o lo que demonios amague con tocar Tangana sobre la mesa de billar y esperar que se nos ocurra una buena rima consonante. Aquel poema que acababa diciendo: “Tan bello como escuchar a Man Ray cantando Señal que te he perdido”, aquellos dos vídeoclips encadenados. La imagen es todo y Andrés Calamaro un personaje en la búsqueda de un autor a su nivel para que narre lo que todavía le queda por vivir.


En agradecimientos Javier de Sola, Enrique Cebrián, Pablo Ferrer, Juan Luis Saldaña y David Giménez (que lleva poemas en los bolsillos, así son las cosas, es el cambio de estaciones).