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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Mapas de navegación aérea

Cosas que pasan en los rincones. De madrugada, alguien comenzó a contar historias de azar y de ciudades:

un hombre de barba escueta recordó un despiste policial en París que le llevó a la gendarmería y a una cena de lujo pagada por el Estado para cubrir el error: el camarero que le sirvió tenía su mismo apellido y ni una sola coincidencia familiar;

una pareja, él y ella, siguió con Nueva York, un invierno de mucha nieve y el azar de recibir visitas inesperadas en la barra de un bar solitario: gente a la que no ves en la vida, la encuentras una noche de perros americana;

una mujer vestida como quince años antes de sí misma exhibió detalles precisos de Roma y el Trastévere, sus cuestas empinadas bajadas a toda velocidad mientras la perseguía un grupo de tiffosi: la salvó de lo incomprensible un niñato al que había ahuecado la almohada hacía doce horas;

un hombre demasiado gordo para respirar con ritmo sacó del cuarto de baño una camiseta hecha en Barcelona y comprada en un mercado al aire libre en Ciudad del Cabo: el vendedor y el obeso se conocían de cuando coincidieron en el servicio militar conduciendo ambulancias treinta años antes.

Durante cuarenta minutos llenos de kilómetros las historias se cruzaron y aparecieron otras: Chicago, Bruselas, La Habana, Saigón, Praga, El Cairo. Todos eran viajeros de uniforme, todos empleados de líneas aéreas, todos maestros en pasillos de hotel, estancias fulgurantes y paseos de media jornada para matar el tiempo, tantas veces repetidos que se habían convertido en expertos en geografía, esquinas ciudadanas, decoración funcional de interiores y casualidades que podían repetirse en cualquier parte del mundo.

Desde un rincón , una mujer hasta entonces callada y escondida en el humo de sus cigarrillos, se hizo un hueco cuando las historias de los otros ya no podían estirarse más. No era un azar propio. El viaje, sí: Sao Paulo; y no era laboral, al menos no con uniforme.

Había ido a Brasil a recoger papeles legales para la esposa de un compañero de trabajo: una mezcla de amor y de política, alguien casado para una residencia con una mujer que no podía volver a su país. Ella se había ofrecido a hacer el trámite. Una tarde de tormenta incomprensible, en un cruce que quería ordenar un semáforo tuerto e impotente, se acercó un niño a mendigar a la ventanilla de su taxi: estoy secuestrado, dijo, llévame contigo.

Algo, un impulso invencible, le hizo abrir la puerta y rescatar al niño perseguido al rebufo por el resto de los pedigüeños y por algún tipo mas alto que amenazaba con un teléfono móvil o una pistola en una mano. Luego, cientos de papeles, una embajada exprimida en sus funciones y un segundo billete de avión para el regreso.

Cuando, de madrugada, entregó los papeles a la pareja que esperaba en el aeropuerto, la mujer y el niño rescatado cruzaron una mirada y un chispazo de reconocimiento: eran madre e hijo, los mismos ojos, la misma memoria recobrada.

Imposible habérselo inventado.

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