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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Adolescencias

Desde dos andenes diferentes, y los dos originales, El camino de los ingleses y Brick se cruzan con adolescentes a punto de dejar de serlo: un asesinato, un amor que cambia de dirección, unos adultos despistados o inexistentes y un mundo propio con sus propias reglas. ¿De qué van, pues, las historias? De deseo, destino y confusión; de sexo, futuro y violencia; de apuestas, esperanzas y batallas; y del viaje, claro, de la angustia del tránsito y del dolor y la libertad que eso provoca. De la muerte como certeza, ahí tan cerca.

En el centro de nuestras vidas hubo un verano. Un poeta que no escribió ningún verso, una piscina desde cuyo trampolín saltaba un enano con ojos de terciopelo y un hombre al que una noche se llevaron las nubes. Los días cayeron sobre nosotros como árboles cansados.

Desde la poesía que le propone Antonio Soler, el novelista que le fascinó con su historia y que se atreve a ordenar el guión, Antonio Banderas dirige una extensa colección de imágenes en las que no da respiro a su apuesta. No hay plano inocente, no hay freno, todo lo que puede hacer lo hace y en el exceso retórico — de ángulos, de música, de tramas- puede que se hunda, es cierto, pero también es verdad que su propuesta encuentra rimas distintas a esos esquemas mil veces contados. Y ese riesgo es el que le salva.

Otra retórica diferente es la de Rian Johnson, el director de Brick que, con poco más de 350.000 euros, encaja a la perfección como máscaras en un molde una historia adolescente en el mundo del cine y la literatura negra. Aquí hay zapatillas deportivas y diálogos de hielo; clases, pasillos y taquillas de instituto y juegos de poder con mujeres fatales y mafiosos, deseos ocultos, trampas, venganzas, un autoridad con corbata y una investigación en vaqueros y cazadora en lugar de sombrero, humo y gabardina: como si Muerte entre las flores , aquel pastiche deslumbrante de los hermanos Cohen, tuviera un hermano pequeño en el bachillerato, puede que la historia del cadáver en el instituto y sus posibles asesinos chirríe a veces por las hormas y por la voluntad indie, es cierto, pero también es verdad que su esquema transmite perfectamente el desasosiego y el misterio de empezar a crecer definitivamente con la verdad a cuestas.

Banderas de ida y Johson de vuelta, tan alejados, se sintieron fascinados por los libros cuando hicieron sus películas. El americano de Málaga porque encontró en la novela de Soler sus propios recuerdos, la elegía de su adolescencia; el americano de California porque gracias a los Cohen, entre otros, descubrió a Hammett y Chandler, por ejemplo. Qué suerte. En una vuelta de tuerca ya lo pregonaba Fernando Savater hace bien poco: si les dicen que lo audiovisual es enemigo de la lectura, no hagan caso, a través del oído y de las imágenes se puede llegar a descubrir la literatura. Y después el mundo.

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