Nunca había visto subir a mi taxi mujer de belleza tan pura. Ella tampoco: era ciega. Tal vez por eso su belleza reluciera más aún. La suya era, a fin de cuentas, una belleza libre, una belleza sin el vicio inevitable del espejo, sin las pistas del espejo, o el escrutinio del espejo. No era consciente de sus gestos más favorecidos, ni del carmín más adecuado, o de cómo articular los labios y que resulten sexys, y sin embargo todo en ella conjugaba de un modo salvaje y melodioso a su vez. Sus labios eran un tango aun sin haber aprendido a bailarlos, y arqueaba las cejas como mueve el pincel un pintor impresionista.
Y en casos como este no importa que te digan mil veces lo guapa que eres si no te puedes ver con tus propios ojos, ni comparar con las demás bellezas. No eres consciente y en cierto modo pierdes la importancia del aspecto físico aunque el tacto haga las veces del ojo pero mienta también: hay caras suaves pero feas a la vista; o rasgos bien definidos (que facilitan la imaginación) pero feos en conjunto.
Hablé con ella sólo por ver atentamente cómo movía sus labios. Incluso fingí detener el taxi en un semáforo (en realidad me eché a un lado del arcén) y me acerqué por entre el hueco de los asientos, casi cara a cara y a escasos centímetros, conteniendo el aliento por si notaba mi cercanía, evitando acercarme más por si notaba el calor de mi piel. Y así me mantuve un buen rato hasta que ella me dijo:
-Tarda mucho el semáforo, ¿no?
Y entonces comprendí que, de los cinco sentidos, la vista es el más dado a detener el tiempo.







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