La vida íntima de la ropa interior

15 abril 2014

FOTO: Ms. Phoenix

FOTO: Ms. Phoenix

Me asombra esa innata cualidad en las mujeres de controlar los límites de su ropa interior a pesar de la postura de sus cuerpos por ingrávida que sea. Pueden agacharse o inclinarse con la blusa semiabierta y en todo momento serán conscientes si el borde del sostén o de sus bragas quedó a la vista; y tal vez jueguen con eso para mantenernos expectantes ante el más mínimo descuido que jamás será casual, sino deliciosamente estudiado, lo cual las convierte en seres dominantes y a nosotros en babosos alienados o en eternos niños chicos. Conocen sus cuerpos de memoria, la flexibilidad del pantalón, cualquier perspectiva plausible de la abertura de sus blusas o de las rajas de sus faldas, y actúan siempre en consecuencia aunque nadie mire. O qué ropa interior no hace marca o no se nota con tal o cual vestido, o los tirantes del sostén cruzados o arqueados en función de la estela de la tela de su espalda. Y a veces, cuando dejan los tirantes a la vista o semiocultos aunque no del todo, tampoco es por descuido: ayudan a ampliar las pistas de la imaginación, a tirar del hilo subconsciente de esos tirantes y a visualizar la secuencia del resto. Los tirantes a la vista son flechas invisibles que invitan a tener en cuenta unos pechos cuya realidad, en caso de ocultarlos, pasaría más desapercibida.

Y volviendo a esas marcas a la vista, sorprende que un pantalón ceñido o unos leggins intuyan la goma de unas bragas a media cacha, dividiendo el culo en otro par de celdas y por tanto invitando también a imaginar la estructura y dimensión exacta de su ropa interior, que suele coincidir con perfiles totalmente ajenos al mercado de los ojos de los hombres. El resto procuran evitar que se marque o se intuya nada, tal vez por pudor o por mostrar la ropa lo más desnuda posible, sin evidenciar qué puede haber detrás o buscando enseñarlo sólo en los momentos más íntimos y con quien la chica desee. Se sabe que la ropa interior es la antesala del placer carnal, el telón de la función más aclamada, y ellas son conscientes del poder que ejercen: se conocen, pero nos conocen a nosotros más aún, y por eso estamos vendidos, perdidos. Y nos gusta estar perdimos. Queremos perdernos (yo en el espejo retrovisor de mi taxi). Así jamás se extinguirá la especie.

La distorsión del recuerdo y la distancia

14 abril 2014

Foto: Wikipedia

Foto: Wikipedia

Pasaron tres meses sin verse. A ella le surgió un trabajo lejos, en Brasil, y a pesar de la distancia, se prometieron Skypes diarios, o bien escribirse o mandarse mensajes con el fin de mantener la chispa intacta y las promesas: retomarían su historia al regreso, aunque antes de aquel viaje apenas llevaran tres semanas, cinco días y ocho horas de flechazo (las más intensas de sus vidas; pero demasiado poco tiempo al fin y al cabo) y todavía se encontraran en esa fase de conocerse y querer indagar más y más y más en la vida del otro. Aún no “se sabían” de memoria cuando ella tuvo que marcharse a Brasil y, tal vez por eso, su contacto a distancia acabó derivando en la idealización del otro.

Durante esas tres semanas habían tenido sexo en un total de cuatro ocasiones, pero el paso del tiempo y la distancia consiguió moldear en la memoria esos recuerdos, mejorándolos incluso. Él visualizaba una y otra vez aquellas escasas imágenes de cama modificando la sensación real, borrando sin querer ciertos matices y amplificando otros. Del mismo modo, hablar con ella vía Skype se acabó convirtiendo en rutina, distorsionando el recuerdo real del cara a cara: el olor y el calor de sus tres dimensiones, el tacto, el aliento o los besos al alcance de la mano ya dejaron de considerarse necesarios. Al final se acostumbraron a tenerse lejos pero cerca, sí, y esperaban ansiosos su reencuentro. Pero aún no sabían que ya nada sería igual.

Llevé al chico al aeropuerto y me pidió que le esperara para volver con ella a la ciudad. Pero al montar los dos juntos en mi taxi,  al fin, después de tres meses sin verse, se notaban torpes el uno hacia el otro, forzados, bloqueados tal vez por el shock de chocar la realidad con sus ficciones. Se habían distorsionado tanto (cada cual según su fantasía a partir de un punto de referencia ya lejano), que ahora los percibí decepcionados. Desinflados. Derrotados ante la certeza de tener que amoldarse, de nuevo, a la piel sin pixelar del otro. Una piel más insípida de la que recordaban.

Patentar el Sol

13 abril 2014

FOTO: Jorge París para 20minutos

FOTO: Jorge París para 20minutos

Tras más de siete años de intenso trabajo, el 12 de abril de 1955 el investigador Jonas Salk presentó la primera vacuna efectiva contra la poliomielitis. Cuando se hizo pública la noticia del éxito de la vacuna y le preguntaron en una entrevista televisiva por la autoría de la patente, Salk respondió: “No hay patente. ¿Se puede patentar el sol?”. Su descubrimiento, aparte de salvar millones de vidas, no le reportó beneficio económico alguno.

En contraposición a esto, una conocida pareja de cantantes sevillanos llevan más de veinte años cobrando ingentes cantidades de dinero en concepto de derechos de autor por una canción cuya letra dice así: “Dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosas buenas. Dale tu cuerpo alegría Macarena. Ey, Macarena, aaah”.

Sin ánimo de comparar a Salk con Los Del Río, no es difícil imaginar que el mundo cojea de la pierna equivocada. No conozco a nadie que se haya curado de ninguna enfermedad escuchando La Macarena en bucle, y sin embargo parece que admiramos más el éxito económico individual de una idea que cualquier intento por mejorar nuestro entorno. 

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Nota: Blog publicado bajo licencia Creative Commons.

¿Leer a Proust o ir de putas?

10 abril 2014

FOTO: Ryan M.

FOTO: Ryan M.

Todo es superficie hasta que sube en mi taxi un hombre de aspecto normal, el típico que puedes encontrarte en la cola del Caprabo, y hablando con él, pasando de un tema a otro, me confiesa que una vez estuvo clínicamente muerto, varios días en coma; y todo por culpa de un golpe fortuito con el marco de una ventana. Simplemente abrió la ventana, calculó mal su fuerza y el ángulo, y se acabó golpeando con tal violencia que sufrió un derrame cerebral. Fíjate qué estupidez. Por culpa de un golpe casual abriendo una ventana. Sin embargo ahora incluso bromeaba con el tema: “Se podría decir que me quedé colgado abriendo Windows. Ahora soy más de Mac”. Pero luego dijo algo que me dejó asombrado: “¿Miedo a la muerte? ¡Al contrario! Desde aquel incidente la vida para mí se ha vuelto mucho más abstracta: absurda, diría yo. Date cuenta que cualquiera, en cualquier momento, puede morir de la forma más imbécil que te puedas imaginar. Y ahí no importa tu clase social ni tus proyectos: no depende de nada en absoluto. Ni siquiera de la religiosidad de cada uno. Quién no conoce a beatos de misa diaria que acaban muriendo de cáncer de páncreas, o son atropellados por un autobús y quedan lisiados de por vida pero siguen dando gracias a dios por mear sangre en una bolsa. Somos absurdos, nos mentimos aunque la evidencia nos abofetee en la cara una mil veces. (…). Que le jodan al miedo, amigo. Ahora me ha dado por leer a Proust, pero mañana tal vez me de por escalar el Himalaya o por irme de putas y engancharme a la heroína. No sé qué haré mañana, ni me importa”.

Acabé, por supuesto, tomando unas copas con él. Y aprendí lecciones que jamás entendería un Ingeniero de Caminos y Montes. Y entre tanto, no sé por qué, me acordé de ti. Y de repente te quise con la intensidad de un anestesista cocainómano. Y al despedirme de aquel hombre cogí mi taxi y me planté en doble fila en tu balcón. Y puse Creep a todo volumen. Tu canción. Eran las tres de la mañana y yo estaba borracho y feliz y crecido. Y entonces se encendió la luz de tu balcón y se asomó tu marido. Y su pijama parecía el uniforme de un preso. Y encima planchado. El típico subnormal que plancha los pijamas, pensé. Y me gritó que bajara la música y yo le grité que bajara él. “¿Para qué?”, me dijo.

Y ahí le di la razón.

¿Para qué?

Y entonces me marché a leer a Proust. O de putas, no recuerdo.

La canción exacta (en el momento preciso)

09 abril 2014

FOTO: Cuyabracadabra

FOTO: Cuyabracadabra

Existe una canción exacta para cada escalón del alma. Y si consigues encontrarla y escucharla en ese preciso instante, si consigues coordinar la sensación que habita en ti con el sonido, no es difícil entrar en bucle doblemente suave y te regodees o retroalimentes o multipliques tu carga de sensibilidad y consigas aislarte del mundo o notarte a kilómetros, flotando ingrávido. Yo en mi taxi llevo centenares de canciones recopiladas en cds y en pinchos USB y a veces sufro buscando esa canción exacta e incluso aparco el taxi para tomarme mi tiempo en encontrarla, insertarla y reproducirla a un volumen óptimo (no todas merecen el mismo volumen). Ahora bien, cuando al fin me sumerjo en ella, los clientes que buscan taxi a pie de acera se convierten en estatuas y paso de largo embebido en mi momento burbuja total. A veces las canciones son rarezas difíciles de encontrar pero no caben otras en ese preciso instante (ya que algunas sensaciones también son rarezas): Wrong (pero el Remix de Everything but the girl Vs. Stardust: 9,06 minutos) en las mañanas de sol velado y ánimo calmo, Personal Jesus (Sie Medway-Smith Remix) para domar mi ansiedad esquizoide o sacarle partido artístico, Love will tear us apart (pero con la voz de Dave Gahan en aquel directo del 5/06/2011 en el Nokia Theater de Los Ángeles), o New Years Day de U2 (pero del live Slane Castle, no otro) para esa mezcla de melancolía y luz al final del túnel, o Mi Coco de Iván Ferreiro (pero el del directo Confesiones de un Artista de Mierda) para esos momentos de extroversión rabiosa (suelo cantarla, de hecho, a pleno pulmón en mi mismo taxi). Tienen que ser esas versiones exactas, no otras, porque en ellas hallaste un matiz que en su día funcionó a modo de bálsamo. Como cuando un psiquiatra da con el fármaco perfecto y la dosis para el mal que te identifica.

Y a veces es posible no encontrar la canción adecuada para ese preciso estado de ánimo, lo cual no quiere decir que no exista, sino más bien que tu cultura musical no es tan extensa como pensabas. Y es frustrante. Mucho. Y entonces buscas como un yonki: salteas canciones al azar expectante por encontrar tu dosis pura y descartar el placebo, el SPAM auditivo o metadona o como quieras llamarlo. Recuerdo, por ejemplo, cuando encontré en el momento exacto Somebody That I Used To Know, o Are You Gonna Be My Girl?, o Some Girls are Bigger Than Others. No hay nada como ese momento. Repito: Absolutamente nada.

¡Independencia!

08 abril 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

¡La Constitución es intocable! dice el mismo que modificó la Constitución sin el consenso ciudadano. ¡Hay que cumplir la ley! dice el mismo que cobró comisiones en B de constructoras a cambio de adjudicaciones a dedazo (no lo digo yo, lo dice UN JUEZ). ¡Si el pueblo quiere hablar, lo hará según los cauces democráticos!, es decir, cada cuatro años. Es decir, atraídos por campañas financiadas irregularmente. Es decir, atraídos por programas electorales falsos amplificados por campañas financiadas irregularmente. Escuchando ayer a Rajoy y a Rubalcaba en el Congreso acerca de la consulta soberanista catalana, a mí también me entraron unas ganas enormes de independizarme, pero no en dirección a Cataluña. Artur Mas es de su misma calaña: escándalos de corrupción por doquier, tajos indiscriminados a la sanidad (más brutos, incluso, que en el resto del Estado) y una prensa y una policía autonómica igualmente subyugada a tapar y defender sus intereses. Y de Duran i Lleida, el mismo que vive en una suite del Hotel Palace (cinco estrellas), el mismo que dijo que dimitiría si se demostraba la financiación ilegal de su partido y al final se demostró y, por supuesto, sigue atornillado a su cargo, pues qué les voy a contar. En cualquier caso, tanto CiU, como UCD, como PP, como PSOE (a tenor de sus últimos bandazos), son de derechas. Y a mí, la derecha en general, me produce urticaria. Y si es democristiana, aparte de la alergia, se me hincha la glotis.

Yo me independizaría de todos estos bien a gusto. Y del tufillo a franquismo que aún colea. Y de la Casa Real, por descontado. Y de las puertas giratorias, y del cinismo, y de Merkel, y de la dictadura financiera en general. Me quedaría, eso sí, con la buena gente. Con todos esos que salen a la calle a reivindicar sus derechos. Con esos que curran como héroes para sacar a sus familias adelante. Con esos que intentan llevar una vida digna, honesta, y sin pretensiones, y no les duele pagar impuestos por el bien común. Creo firmemente, estoy seguro, que son mayoría. Me independizaría con ellos adonde hiciera falta. Es más: me comprometería a llevarlos en mi taxi, de cuatro en cuatro y sin taxímetro, al país que elijamos por consenso. Aunque fuera un país inventado, o casi mejor…

¿Te apuntas?

La soledad, a veces…

07 abril 2014

FOTO: Tom Godber

FOTO: Tom Godber

He visto hombres solos disfrutando de su soledad los domingos por la mañana, con el periódico bajo el brazo o nada más que las manos en los bolsillos, como manejando ocultos en el interior del pantalón los mandos de su propia vida. Huelen a limpio y no buscan nada o tal vez estar consigo mismos ordenando sus ideas o pensando en nada, sin sobresaltos. Caminar bajo el sol o sentarse a leer en un parque o ver pasar gente o tomarse un café a sorbos cortos, espaciados, sin prisa, porque en esos instantes no hay nada más agradable que simplemente eso. Estar con uno mismo. Olvidarse del bullicio y la burocracia. Nada más.

O simplemente caminan. Necesitan gente pero no mezclarse. Caminan sin destino definido y tal vez entren por azar en una librería a hojear sin pretensiones y encuentren un libro del que oyeron hablar hace tiempo y decidan comprarlo. Leer, en cierto modo, es otra buena forma de conectar con uno mismo a través de otro que no está presente. Los libros son voces nuevas dentro de una misma voz en la cabeza. Y tal vez salgan de la librería y miren el reloj: llegó la hora de comer con su familia. Y por las prisas tomen un taxi de vuelta a casa, y la cara del taxista les resulte familiar y en esto adviertan que la foto de la solapa del libro que recién compraron coincida, precisamente, con el taxista. Y desde el asiento trasero de mi taxi me pregunten: “Perdone, ¿es usted Daniel Díaz?” y yo asienta con la cabeza y el hombre solitario saque mi libro de una bolsa y sin embargo me mire con ojos extraños y yo en cierto modo entienda su extrañeza. Sin querer violé la soledad del libro para cuando él lo lea. De hecho, un autor jamás debería conocer a esos lectores con ganas de soledad.

Diosas de la tele

06 abril 2014

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Si tecleas en Google el nombre de cualquier actriz, modelo o presentadora de televisión de excelsa belleza, lo primero que aparece en los criterios de búsqueda es la palabra novio, o marido; lo cual quiere decir que la consulta más común es saber si la dama en cuestión tiene pareja y, en tal caso, de quién se trata. No podemos evitar compararnos con “el tipo que me ha robado a la chica de mis sueños” y pensamos: ¿qué tiene él que no tenga yo aparte de un cuerpazo, una mansión los Hamptons y talento a raudales? Aun así insistimos en sacarle defectos aunque en apariencia no los tenga: “Seguro que no la hace feliz”, o “Tiene pinta de roncar como una morsa”.

O si estuviera soltera o sin pareja reconocida, fantaseamos con la posibilidad de ser un firme candidato, y nos hacemos taxistas por si algún día el azar la montara en nuestro taxi (que es la única posibilidad real de acercarnos a ella). Y si al final se monta y en el trayecto no nos hace ni puñetero caso, pensamos que es más seca y más tonta de lo que imaginábamos. Y así, al menos, el ego no se resiente.

Cuando el asombro es un bostezo disfrazado

03 abril 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

Vivir en modo macro implica normalizarlo todo. Es una costra en el iris del alma forjada a base de alquitrán, dióxido de carbono, espuma de cerveza y ruido. Pasan cinco ambulancias, tres camiones de bomberos, y ocho furgones antidisturbios y el usuario de mi taxi (de un pueblo de Cáceres) me pregunta:

-¿Qué habrá pasado?

-Madrid -le contesto.

Me refiero al número de estímulos por segundo que es capaz de discernir un hombre. Olores, anuncios, sonidos, puntos de referencia, sensaciones, rostros que evocan recuerdos, luces, lluvia, sombras, túneles, horarios. Estar atento al taxímetro, al trayecto, al usuario, a la radio, al tráfico, al móvil, al ruidito que hace el taxi cuando freno, al plazo límite de esa multa pendiente, al dolor en las cervicales, al hambre, al sueño, al frío (vuelvo a regular la calefacción), otra vez a la radio (cambio de emisora), a las preguntas del usuario (“¿Volverá a llover mañana?, ¿Sabe de algún parque de bolas para niños por la zona de Chueca?) y los baches, y el relato que tengo pendiente escribir esta noche, la trama, detalles del personaje: un disléxico adicto a la levadura. Curva de mi estado de ánimo en un intervalo de tres minutos: Normal +3, normal -1, normal +2.

Normalizar. Reducir el daño a su mínima expresión. Buscar la anestesia, la mente en blanco. Pero dentro del blanco está el blanco nuclear, el blanco roto, el blanco mate, el blanco brillante, el blanco luminoso, el blanco frío, el blanco perla, el blanco tiza, el blanco semen…

Cruzamos Gran Vía. A la altura de Callao veo un coche blanco obstruyendo el carril BUS/TAXI y una loca discutiendo con dos agentes de Movilidad. En esto la loca se mete en el coche, acelera y se da la fuga arrollando a una de las motos. Un par de horas después escucho por la radio que la prófuga en cuestión era Esperanza Aguirre. El caso es que tampoco me sorprende. Ya apenas nada me sorprende.

Ansiedad

02 abril 2014

Ansiedad es verte bailar o dormir o mover la boca, o notar que tu boca se aproxima lenta a mía y me vuelvo bizco y consigues sin tocarme arritmias severas, y consigues que no piense en hospitales sino en querer morirme por un rato. Ansiedad es oler tu vientre tumbado e imaginar imperios suaves que giren en torno a tu ombligo y querer dormir ahí, empadronarme ahí, hipotecarme a cien años ahí (y que el euribor y la tasa equivalente de tu vientre me importen un carajo), plantar ahí mi bandera del color de la memoria y congelar ese momento y no pensar en otra cosa aunque la sombra de tus pechos vuele baja, a centímetros de mi sien, a segundos luz del deseo urgente.

Ansiedad es imaginarte a mi antojo y se me antoje imaginar tus pómulos rosados, tu risa, tu lengua perfecta, tus uñas, tus corvas, tus curvas, tu cuerpo sentado en mi taxi, a mi lado o detrás, mejor detrás, y yo llevándote y tú observando mis ojos a través del espejo, mis labios, mis ganas, y acercarte a mí y decirme al oído tequiero con la misma voz con la que firman los notarios, y que el mundo se derrumbe a nuestro paso como si fuéramos los últimos en pisar el mundo, el taxi-escoba del mundo o después de nosotros ya nada tuviera sentido. Ansiedad es poder hacer contigo lo que quiera en mi imaginación y aun así no hacer nada, sólo mirarte y sentir hambre. Ansiedad es lanzar contigo orfidales a las palomas.

Pero ansiedad, sobre todo, es haber escrito esto.