BLOGS

Mis ojos no son de este cuerpo

FOTO: Bas Leenders

FOTO: Bas Leenders

Suena extraño tener ante tus ojos y al alcance de la mano y el deseo a una mujer preciosa y borracha y consciente en intenciones, recostada en cama ajena a espaldas de la fiesta y de la música de fuera, quitándose ella misma su camisa con cierta prisa calma, dejando al descubierto un sostén cuya seda perfila la erección de sus pezones, bajando después sus mismas manos al primer botón de sus vaqueros, y luego al siguiente y luego a un tercero, y yo mientras en pie, frente a esa cama, a escasos alientos de los bordes de su cuerpo, mirando y admirando y sin embargo no dejándome arrastrar por el contacto. Yo antes de aquello no hice nada; sólo observar en el salón cómo bailaba. Ella fue quien se acercó, tomó mi mano y me arrastró sin resistencia hasta esta cama. No llegué a saber su nombre, ni el timbre de su voz. Sólo sé que era preciosa, como tantas otras, y que quiso desnudarse solamente para mí con previsión de contacto; y de usar el condón que sacó de su bolsillo. Pero no hubo más. No busqué más que mirar –si es pecado tener ojos y orientarlos–. Ni siquiera pensé en mi mujer; no hizo falta. Cuando quieres de veras a alguien, no necesitas forzarte a pensar en ella como un talismán o un resorte contra el arrepentimiento. Simplemente está aquí dentro, infiltrada en tus huesos, lo cual anula en modo natural cualquier otro deseo, y la lujuria se convierte en un embudo cuya boca chica es ella y nada más que ella.

Ahora bien, mis ojos, sólo mis ojos son míos. Más libres que Cuba, sin embargo.

Desastre

He implosionado en cierto modo y ahora me encuentro sentado en el suelo de una casa cuyo dueño no conozco, con música chill out y gente charlando y bebiendo y fumando cosas raras. No recuerdo bien cómo he llegado hasta aquí, ni dónde he dejado mi taxi o si vine en mi taxi o tal vez andando o en nave nodriza. Sólo sé que acabo de encontrar un MacBook Air en el cuarto de baño de esta casa, escondido detrás de un muro de rollos de papel higiénico y he decidido llevármelo al salón y escribir con él no sólo por actualizar el blog, sino para ordenarme un poco. La parte mala es que tengo esposa y una hija reciente esperándome en casa. Supongo que mi mujer ahora se estará preguntando qué cojones ando haciendo, dónde estoy y por qué llevo unas horas (tal vez un día) sin dar señales de vida. Mi hija, por suerte, aún no se entera de nada.

Al otro lado de la habitación, justo en frente de mí, hay una pareja besándose. Ella está en el suelo, apoyada en la pared, y él sentado a horcajadas sobre ella. La chica me observa mientras besa al chico. Me observa teclear mientras besa a otro. Yo sólo escribo: no hago nada malo más que escribir, estoy pensando. Solamente implosioné por un rato, no sé. Son muchas cosas. Demasiadas sensaciones nuevas que no he sido capaz de gestionar en su justo momento. Colapso, supongo. Me vino grande la vida, supongo. Compré el traje de mi nueva vida sin saberme mi talla y ni probármelo siquiera. Llegué a la tienda de las vidas nuevas y dije: ¡ese! Y ahora resulta que me queda grande. El traje, digo. Y el caso es que no encuentro el ticket de compra. Pero ya lo encontraré (si es que no me lo he fumado todavía). O mejor: iré a un sastre. Sí, eso. Pasearé orgulloso con mi mujer, y mi hija, y mi traje de sastre.

Sólo espero que mi mujer lea esto antes de que yo llegue a casa. Cuando sea que llegue.

La historia de mi vida

De pequeño no hablaba. Simplemente no tenía nada importante que decir. Pasé una infancia plena y feliz sin apenas articular palabra, pero a los doce o trece años, mis padres, alarmados por mi voto de silencio, decidieron ponerme en manos de una prestigiosa terapeuta. Yo seguía sin tener nada importante que decir —y menos aún a una perfecta desconocida—, así que en aquellas primeras sesiones permanecíamos sentados el uno en frente del otro, mirándonos a los ojos, en silencio, durante cuarenta y cinco eternos minutos, y así un día tras otro, y tras otro, y tras otro. Al segundo mes en blanco, la terapeuta optó por cambiar de estrategia. Sacó un block de folios en blanco y una caja de lápices de colores a estrenar y me pidió que dibujara lo primero que me viniese a la cabeza. Pensé que sería una buena forma de matar el tiempo, de modo que dibujé un superman cayendo en una piscina de ácido, dibujé una mosca absorbida por un enorme agujero negro, dibujé una princesa con cara de sapo sentada en una nube, o dibujé un piano sin teclas sobre un charco de notas musicales. Años más tarde, analizando con ella aquellos dibujos, comprendí que el arte es el arma más letal que existe, capaz de desnudar los secretos más ocultos.

Aprendí mucho con aquella terapeuta. Sin embargo y a pesar de lo que pueda parecer, no conseguí hablar gracias a ella, sino gracias a una chica de mi clase que me gustaba muchísimo. Fue entonces cuando descubrí el auténtico poder de la palabra. Recuerdo que el último día de clase, justo antes de empezar las vacaciones de verano, me acerqué a la chica en cuestión y pronuncié las primeras tres palabras de mi vida: “¿Quieres salir conmigo?”. La chica, Patricia se llamaba, se quedó al principio absorta por escucharme hablar por vez primera después de tantos años. Luego se acercó, me dio un beso lento en la mejilla, y se marchó.  No volví a verla nunca más, pero aquel primer contacto me ayudó a intentar desenvolverme mejor con todas esas chicas que llegaron después. Y hasta hoy, que soy taxista, y aunque normalmente hablo de espaldas al cliente, al menos he conseguido convencer con la palabra a la que hoy es mi mujer, mitad mía y madre de esa otra mitad que es mi hija.

Estúpidos hombres blancos

(EFE/Seven News TV Channel)

(EFE/Seven News TV Channel)

Reina el pánico en un café de Sídney —la vida de decenas de rehenes penden del criterio loco de un presunto yihadista armado hasta los dientes— y paralelamente a esto, un puñado de oportunistas 2.0 se aproximan al lugar con la sola intención de hacerse selfies y colgarlos en la red. Un cristal separa el terror de la guasa: los unos, con las manos en la nuca presas del pánico y los otros, mientras tanto, al otro lado del escaparate, poniendo morritos en pose sexy delante del ojo de su smartphone. Es la rara distancia abisal del nuevo siglo, la estrecha línea que separa la ficción tecnológica del realismo en alta definición. Las sensaciones han mutado en píxeles sedados por el colapso de miles de frames por segundo. Cierto es que todos hemos visto y criticado alguna vez la crueldad medieval que se gasta el ala irracional del islamismo; pero acá, en la cultura occidental supuestamente culta y abierta, cuesta pensar que seamos mejores.

Un primer mundo capaz de llorar con la ficción de un anuncio de lotería de Navidad mientras se muestra indiferente ante las más crueles imágenes del telediario. Un primer mundo que frena su coche para observar mejor el accidente múltiple que acaba de producirse, y sin embargo sin tiempo para pensar en la frugalidad de la vida, o que el próximo puré de cadáver podrías ser tú. Un primer mundo de vuelta de todo que busca adrede vídeos de de gatitos para demostrarse que es posible gestionar cada dosis de ternura y por tanto no creernos monstruos deshumanizados. Aunque lo somos. Poco a poco la cultura del consumo masivo nos está devorando el juicio como un virus letal, silencioso, invisible. Pero sobre todo, irreversible. Como ejemplo, lo de Uber, que ante la creciente demanda por acercarse a ver in situ el secuestro de Sídney, es decir, al olor del negocio de la sangre, aprovecharon para cuadruplicar sus tarifas.

Las otras chicas

Fotograma de Closer

Fotograma de Closer

Reina un silencio calmo en el asiento trasero de mi taxi. Tu novia está con su móvil, y tú observando la calle. Te fijas en una chica que espera en un paso de cebra. Detengo el taxi, la chica cruza delante de nosotros, y sigues su rastro sólo con los ojos, sin mover el cuello, tal vez por evitar que tu novia se percate. Objetivamente esa chica es un par de puntos más guapa que tu novia, estás pensando. Piel más tersa, rasgos más suaves. No la conoces, pero algo hay en ella que te atrae, hasta el punto de no poder evitar girar la cabeza en el último momento, justo cuando la chica desaparece del tope lateral de tus ojos. Ahí tu novia alza la vista del móvil y te pilla observando a la chica. Suelta un “¿Te gusta?”, y tú dices que no, claro. No cabe otra respuesta. Pero no puedes evitar sonrojarte porque sí, qué demonios, claro que te gusta. Y si pudieras, saldrías del taxi en su busca. Pero no puedes. ¿Por qué no puedes?, te preguntas. ¿Por qué no puedes?

Asumir que soy gilipollas me salvó la vida

Lo siento, pero no tengo problemas. Y los únicos problemas que he tenido a lo largo de mi vida, que han sido muchos aunque todos reversibles, me los he buscado yo. Vale que nunca he caído enfermo (se dice que los Autónomos y los chinos somos inmunes a todo excepto a la muerte). Vale que las mujeres me han tratado mejor de lo que merezco. Vale que ahora tengo una esposa perfecta, una hija preciosa, y que nunca me ha faltado curro y dinero para ir tirando. Sin pretensiones, eso sí (los millonarios o los que ansían serlo, a parte de insatisfechos crónicos, me parecen, en general, una panda de cretinos). Por eso reconozco que no soy objetivo cuando escucho a usuarios de mi taxi soltarme sus dramas. Algunos, bien es cierto, parece que han tenido muy mala suerte en la vida (enfermedades o accidentes imprevistos, desempleo, parejas que les salieron rana), y en esos casos no me meto: sólo escucho y ofrezco mi hombro. Pero otros, en fin, parece que han nacido al calor del fango y les “pone”, en cierto modo, meterse en líos. Quiero decir que si te gastas tu subsidio de desempleo en el bingo, es normal que tengas problemas. O si tienes la mano floja y a la mínima te lías a hostias, es normal que acabes acumulando juicios y sentencias en tu contra. O si no eres capaz de controlarte cuando bebes, es normal que la acabes liando. O si tiendes a la depresión o a la ansiedad y no te tratas (hay pastillas mágicas, os lo aseguro) es normal que se agrave tu problema y por ende, acabes arrastrando a todo tu entorno. Acción-reacción, se llama. Efecto dominó, se llama.

Lo curioso es que nadie parece reconocer su parte de culpa. Raro es el caso de algún usuario de mi taxi que me acabe confesando que en verdad la cagó él solito, sin ayuda de terceros. Siempre es culpa de la empresa, de su pareja, de su casero, de Hacienda, de un poli cabrón o del portero del bar de marras. Y así es difícil dejar atrás los problemas y no agravarlos cual bola de nieve pendiente abajo. Imposible, diría yo.

Yo escapé de mis problemas reconociendo que soy gilipollas. No hay nada de malo en ello. Es más, asumir que soy gilipollas me salvó la vida. Así que piénsalo. Tal vez tú también lo seas.

Vivir en un perpetuo ensimismamiento

FOTO: Gabriel Flores Romero

FOTO: Gabriel Flores Romero

Estoy en el semáforo que une Serrano y Juan Bravo, justo donde comienza una hilera de luces de navidad con forma de escobas torcidas —o tal vez racimos de penes escuálidos— cuando de repente me percato de la usuaria que llevo detrás de mí, ocupando la franja derecha de mi espejo retrovisor, y no recuerdo bien en qué momento y lugar subió en mi taxi —y lo que es peor: no recuerdo qué destino me dijo—, pero finjo sabelo y al abrirse el semáforo acelero y continúo calle abajo. Me sucede cada vez con más frecuencia: tal es a veces mi grado de ensimismamiento que olvido que soy taxista y, o bien me paso de largo clientes, o bien me paso de largo destinos, o les llevo sin querer al destino al que me apetecería ir a mí. Lo más normal es que se enfaden, aunque cierto es que en sólo una ocasión una chica se dejó llevar después de percatarse de que pasábamos de largo su destino. Acabé llevándola a Lavapiés, a las puertas de un café-librería.

—¿Por qué me has traído aquí? —me preguntó la chica una vez detuve el taxímetro.

—Joder, perdona. Se me fue la pinza –dije pecatándome del fallo.

—¿Y ahora?

—¿Un café?

—Ni hablar. Yo soy más de cerveza.

Acabamos entrando en la librería y para enmendar mi culpa le regalé mi libro. En realidad lo robé de un estante y se lo metí en el bolso sin que el dueño se diera cuenta. Me daba tanta vergüenza comprar mi propio libro que al final se me ocurrió robarlo. Desde aquel momento dejé de tener una opinión formada y firme de la piratería.

¿De qué estaba hablando? Ah, sí. La usuaria. La de ahora. ¿A dónde irá? A veces adivino el destino según el lenguaje gestual del usuario. Veamos: Piernas juntas pero no cruzadas, sendas manos agarrando el cierre de su bolso, mirada altiva, orejas con perlitas, maquillaje sencillo, leves briznas de perfume caro, abrigo fino con solapas. Tiene pinta de ir a El Corte Inglés.

De modo que detengo el taxi a las puertas del El Corte Inglés de Serrano. Aprieto los dientes.

La mujer abre su bolso y me tiende un billete de 10€.

Et voilà!

La gran estafa: Comiendo piedras

Fotograma de 'La Historia Interminable'

Fotograma de ‘La Historia Interminable’

Es un hecho: Los de arriba siempre tenderán a recortar por abajo, apilando y pisoteando si es preciso a los de abajo para mantener su sensación de altura. Es una tendencia cuanto menos reprochable, si tenemos en cuenta que los que están arriba ascendieron, precisamente, gracias a los votos de los de abajo –cándidos ellos por creer que sus representantes, en fin, les representarían–. En primer lugar votaron un programa electoral que los de arriba incumplieron sistemáticamente, punto por punto, lo cual, en cualquier país demócrata –o al menos tal y como yo entiendo la democracia–, valdría para deslegitimarles y echarles del gobierno.

¿Crees que exagero? Imagina que decides comprar un teléfono porque el vendedor te ha dicho que tiene cámara, acceso a internet y pantalla de alta resolución y al llegar a casa y abrir la caja, te encuentras con que no hay teléfono, sino una piedra. Lo más lógico sería volver a la tienda y exigir la devolución del producto y tu dinero, ¿no crees? Sin embargo, en esta democracia adulterada, primero te venden una piedra creyendo que es un Samsung y luego, si te quejas, te acaban atizando con la piedra. O dicho de otro modo, te venden la separación de poderes y el respeto institucional a las decisiones judiciales, y cuando un juez supuestamente afín se encuentra a punto de sentenciar las prácticas corruptas que afectan al gobierno en bloque, se cargan al juez. Y ya van SEIS (la primera pedrada se la llevó Garzón, ¿recuerdan?).

Pero lo más inquietante son aquellos votantes que parecen agradecer la estafa, y siguen confiando en quienes les vendieron piedras en lugar de un proyecto de país, e incluso creen que la sangre de sus frentes brota por el bien de España.

 

Así en la tierra como en iCloud

El gordito gafapasta me hablaba de su iPhone, de su Ipad y de su MacBook como si fueran San Pedro, San Mateo y San Lucas gravitando en torno al todopoderoso iOS, cuya próxima actualización ansiaba al igual que un católico prepúber ansía su primera hostia. Cierto es que el ser humano, a lo largo de la historia, siempre ha necesitado creer en algo intangible, y habida cuenta del muchacho Appleliano levitando cual Santa Teresa en el asiento trasero de mi taxi, me dio por pensar que, tal vez, la deidad tradicional se acabara transformando en otra suerte de dios más tangible y cercano: del cielo de la biblia al iCloud. De los salmos al iTunes. De la cruz colgada al cuello al iWatch en la muñeca. Y además, ambos dioses persiguiendo un mismo fin: si te portas bien, irás al cielo Vs. Si te portas bien, tendrás tu Apple TV.

(Sinceramente suena mejor la segunda opción teniendo en cuenta que, para cumplir la primera, hay que morirse).

Al final del trayecto el gordito gafapasta insistió en pagarme vía Apple Pay.

–¿Vas a pagarme en manzanas? De acuerdo. Son 3/4 de kilo de reinetas.

Lo dije en broma, claro. Pero el tipo se ofendió muchísimo (otra coincidencia, pensé). Al final le tendí mi datáfono, pasó su móvil por encima de la pantalla y se marchó feliz, es decir: A tope de cobertura y con un 73% de batería.

Gran Vía esquina Space Oddity

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

El chico confuso sólo quería que le llevara en mi taxi sin rumbo y escuchar Space Oddity una y otra vez. Nada más montarse me tendió 20 euros, sus últimos 20 euros después de una noche rara (no exenta de alcohol y de miradas frágiles hacia la chica del otro lado de la barra), y me dijo: “Hace frío pero no el suficiente”, y me dijo: “¿Cuántas calles podrás enseñarme por 20 euros?”, y me dijo: “¿Qué estará pensando Bowie justo ahora?” y sí, yo tenía a mano música de Bowie, y sin mediar palabra puse uno de tantos cedés, y al llegar a Gran Vía esquina Space Oddity el chico confuso me pidió que volviera a ponerla desde el principio. No lo dijo así, sino que dijo: “Tócala otra vez, Sam”, y yo volví a ponerla hasta el final, y entonces él volvió a decirme: “Tócala otra vez, Sam”, y así otras cuatro o cinco veces. Eran las siete y media de la mañana y yo estaba recién levantado y él no quería acostarse, y en esa mezcla entre mi nuevo día y su vieja noche encontramos cierta conexión silenciosa que nos hizo sentirnos cómodos y absortos a la vez.

Y cuando esos 20 euros de taxímetro llegaron a su fin, me dijo:

–Ahora deshaz el camino hasta el principio y devuélveme mis 20 euros. Necesito conquistar a esa chica.

Y así lo hice aunque no del todo. Volví a dejarle en el mismo sitio, pero me quedé con sus 20 euros. Y os juro que me sentí sucio y rancio, rendido al sistema. Sé que en otras circunstancias de la vida, le habría devuelto el dinero.