Mitos y leyendas del gran empresario

15 septiembre 2014

Soy trabajador autónomo, titular de una licencia de taxi en Madrid y escritor remunerado. A estas alturas de la crisis, y a pesar de la recuperación económica que nos vende el Gobierno, sigo viéndome obligado a trabajar no menos de catorce horas diarias que apenas me dan para cubrir gastos (pagué un riñón por la licencia; háganse cargo). Con la lógica intención de reducir mi jornada de catorce a ocho horas diarias y dedicarle más tiempo a la escritura, podría plantearme contratar a un conductor asalariado para mi taxi, pero pagarle según dicta el convenio de transportes (poco más de 800 al mes, incluyendo nocturnidad, peligrosidad, y festivos) me parece cifra indigna, y tampoco podría permitirme ofrecerle mucho más. De modo que he descartado la opción de contratar a nadie. Prefiero seguir currando mis catorce horas alternando el taxi y la escritura antes que contribuir a la precariedad más absoluta de un tercero. A cualquier trabajador habría que pagarle un sueldo justo (800 al mes es indecente), y si no eres capaz de cumplir con eso, si no te puedes permitir pagar lo que merece, será mejor no hacerlo. Así de simple.

Digo esto porque me sigue sorprendiendo el servilismo que muestran ciertos líderes de opinión, así como políticos de primer nivel, respecto a esos grandes empresarios “generadores de riqueza y empleo” y “exportadores de la marca España”. Aclaremos, pues, unos cuantos conceptos: Primero, no hay un solo gran empresario que contrate por simple altruismo y bondad. Quien contrata sólo pretende aumentar su volumen de negocio y, por tanto, obtener más beneficios. Cada uno de esos miles de trabajadores que componen cualquier gran empresa generan, individual y colectivamente, más beneficio que el gasto que ellos mismos representan a la empresa. De modo que no es un acto de generosidad “crear empleo”. Es más: ni siquiera debería hablarse de  “creación de empleo” por parte del empresario, sino más bien de un acuerdo mutuo enfocado a generar beneficios a cambio de productividad. Conviene recordar que el empresario jamás obtendría tales cifras de resultados sin el sacrificio necesario de cada uno de esos trabajadores.

Segundo, eso de “generadores de riqueza” es relativo. ¿Para quién? ¿Cómo se explica entonces que empresas con beneficios despidan o reduzcan el sueldo a sus empleados? ¿Por qué la OCDE ha llegado a reconocer que la bajada de sueldos a los de abajo sólo ha servido para aumentar los beneficios de los de arriba y no para aumentar la contratación? ¿Cómo se explican reformas laborales emprendidas al dictado de esos grandes empresarios enfocadas en exclusiva a precarizar al trabajador al tiempo que “blindan” la figura del inversor? ¿Cómo es posible que el inversor, cuyo único mérito consiste en jugarse el dinero que le sobra a golpe de tecla (nadie en su sano juicio invertiría el pan de sus hijos), sea mimado muy por encima de quienes realmente producen?  ¿Cómo un gobierno puede permitirse cambiar la ley para mermar las condiciones de los trabajadores sólo para que aumenten los beneficios del inversor?

Tercero, ¿debemos dar las gracias a ese gran empresario? Yo creo que no. Más bien deberíamos reprocharles que, por culpa de su ambición desmedida (y su dudosa empatía hacia sus propios trabajadores), han llegado a tal nivel de “poder en la sombra”, que ahora son ellos quienes imponen las normas, convirtiendo en legal la evasión de impuestos, la precariedad laboral, el machismo o las prácticas tercermundistas (por ejemplo, “diversificando” su negocio en Bangladesh).

Y cuarto, ¿puede ser considerada una virtud trabajar sin descanso? ¿Acaso trabajar de sol a sol es meritorio de algo? Yo, como dije antes, trabajo catorce horas diarias, y no me siento especialmente orgulloso de ello. Si me dieran a elegir, prefiero dedicarle menos tiempo al trabajo y más al aprendizaje, a la lectura (o ensanchamiento del alma), a la escritura y,  por supuesto, al cuidado de mi hija. Eso sí que sería una virtud: ser el dueño de tu tiempo y no un esclavo enfermo del sistema.

El muro

14 septiembre 2014

FOTO: Jose Mesa

FOTO: Jose Mesa

Dando vueltas por dentro y por fuera de mi taxi, con los ojos como platos hambrientos, me detuve en una frase escrita en un muro de la calle Farmacia que llamó mi atención. Decía: “Carmen, te echaré de menos”, pero faltaban datos ahí. ¿Quién era Carmen? ¿Qué sucedió entre ellos? ¿Acaso estaba muerta?

De modo que saqué de la guantera mi rotulador de punta gorda, salí del taxi, escribí debajo: “¿Quién es Carmen? ¿Falleció? En tal caso, lo siento de veras” y con estas me marché.

Al rato volví a pasar por el mismo muro. Para mi sorpresa, alguien había escrito justo debajo de mis preguntas: “Qué va. Era mi novia y me dejó por otro”. Seguía sin parecerme suficiente, así que volví a escribir en la pared: “¿Por qué crees que lo hizo?”. Regresé a los diez minutos y entonces me encontré con una cola de gente escribiendo en la pared. Cada uno contestaba la pregunta anterior, metiéndose en la piel del aludido, o de la tal Carmen, según el caso. Y cuando ya estábamos a punto de desentrañar la fórmula exacta del amor, el porqué de los fracasos sentimentales, llegó la policía y nos multó a todos.

Mala saña

11 septiembre 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

Esa gente que camina con aires de suficiencia, decididos, mirada al frente, silbando, manos en los bolsillos (o al aire y rígidos pero ondulantes), pasos rápidos y acompasados, como extrayendo el ritmo de las aceras, ¿a dónde coño van? Quiero decir, ¿son realmente conscientes de su destino final más allá de aquel destino inmediato? ¿acaso alguien les estará esperando en algún lugar? Y en tal caso, ¿qué buscará ese alguien de ellos?

Pensando en esto me decidí a seguir a un tipo al azar con mi taxi, a prudencial distancia, circulando despacio por una calle estrecha y adoquinada de Malasaña, y al doblar la esquina le vi meterse en una lavandería autoservicio, y también le vi asomarse al tambor de una lavadora y abrir la puerta y sacar la ropa limpia. Tuve que dar otra vuelta a la manzana porque había un coche detrás, pitando nervioso, y al volver a frenar en ese mismo punto, justo me lo encontré abandonando la lavandería con un saco de ropa bajo el hombro, y volví a seguirle esta vez hasta una floristería a media manzana de allí, y al rato salió con una rosa envuelta en celofán en una mano y el saco de ropa en la otra, y dos manzanas después metió la llave en un portal y desapareció, lo cual me frustró bastante. ¿Por qué la gente te invita sin querer a hacer público su modo de vida y sus costumbres cuando camina por la calle, y sin embargo el misterio se trunca cuando accede a su morada?

Metí el taxi en el parking de Barceló y volví andando a ese portal con la intención de llamar a todos los telefonillos en busca de aquel tipo. Llamé al primer botón y dije: “Disculpa, ¿eres el que acaba de entrar con una rosa y una bolsa de ropa?”. Me dijo que no, y llamé al segundo. No contestó nadie. Llamé al tercero y una mujer volvió a decirme que no. Llamé al cuarto, al quinto, y al sexto intento la voz de hombre me dijo: “Un momento”. Y esperé.

—¿Quién es? —me preguntó otra voz de hombre.

—Disculpa, ¿eres el que acaba de entrar con una rosa y una bolsa de ropa limpia de la lavandería?

—El mismo, ¿por?

—¿Qué haces?

—¿Perdón?

—¿Qué estás haciendo ahora?

—Ver la tele y fumarme un porro, ¿por?

—No, por nada. Curiosidad. ¿Para quién era la rosa?

—Para mi novio. ¿Quién eres, tío?

—Muy buena pregunta.

—No, en serio. ¿Quién coño eres?

Y entonces, rompí a llorar.

No todos los muertos son iguales

10 septiembre 2014

FOTO: BrittanyMyers13

FOTO: BrittanyMyers13

Hay muertos bien muertos. Muertos cuyas decisiones y ambiciones causaron tanto dolor, que apenas merecen caer en el olvido de los vivos. Huelga decir que nunca he deseado la muerte de nadie, ni mucho menos matar. Pero al menos permitidme no sentir punzadas por la muerte de algunos. Mis lágrimas, al igual que las tuyas, son un bien escaso y sólo se derraman por y para quien merece recibirlas: los que hicieron de mi mundo un lugar más confortable, los que grabaron gratos recuerdos en mi memoria, los que ayudaron a construir la historia de mi vida, los que motivaron con su ausencia un vacío difícil de restaurar. Sufrí la muerte de García Márquez más que la de muchos conocidos lamentables, quiero decir.

Pregúntate, pues, si tus acciones merecen el desprecio de alguien. Pregúntate si habrá quien se alegre de tu muerte. Pregúntate si el odio provocado mereció la pena. En caso afirmativo, tu paso fugaz por el mundo habrá sido un auténtico fracaso.  Y todo el dinero cosechado no te absolverá de nada. No hay muertos VIP, no hay cadáveres de oro. La nada no entiende de eso. No así el recuerdo de los vivos cuando mueres, capaz de revivir tu nombre.

Lucas

09 septiembre 2014

FOTO: THX0477

FOTO: THX0477

No es difícil de entender lo mucho que se volcaron Maite y Carlos con su hijo Lucas habida cuenta del calvario y el deseo que sufrieron al tenerlo. Después de mil pruebas, después de inseminaciones y decepciones varias, les costó cinco años conseguir que Maite, al fin, se quedara embarazada. De hecho, a punto estuvieron de tirar la toalla y plantearse tramitar una adopción, cuando de repente y de forma natural, sucedió el milagro.

El parto fue normal, pero pocos días después los médicos confirmaron a Maite y a Carlos un diagnóstico que habría de cambiar sus vidas para siempre: Lucas había nacido sordomudo. La noticia al principio fue un shock para ellos, pero una vez asumida, decidieron estudiar a fondo el lenguaje de signos y todo lo referente a ese mundo nuevo tan para ellos, de cara a normalizar al máximo la situación de su hijo. Y como no querían que Lucas se sintiera desplazado, con el tiempo empezaron también a hablar con las manos entre los dos, y a ver la tele siempre con subtítulos, y a ir los tres a espectáculos adaptados. Pasaron los años y Maite y Carlos, de tanto volcarse a las necesidades de su hijo, ahora apenas hablaban nada más que con las manos. También se deshicieron del aparato de música y de sus discos por no desmerecerle, hasta el punto de crear un hogar totalmente enfocado al silencio.

Esta tarde tomaron mi taxi los tres. Lucas, sentado en medio de los dos, ahora es un niño guapísimo de seis o siete años. Maite me indicó un destino de viva voz, pero me lo dijo con acento extraño, como si después de tantos años volcada en cuerpo y alma al silencio, hubiera olvidado cómo se pronuncian las palabras. Y en el trayecto, hablaron Maite y Carlos con las manos y Lucas, mientras tanto, se mostraba ajeno a ellos, como si no le interesara, en este caso, la charla mantenida por sus padres (exactamente igual que cualquier otro niño al uso). Luego Carlos me dijo, “¿Qué le debo”?, con la misma dificultad en el habla que ella.

De modo, concluyo, que es posible olvidar el sonido de las palabras por amor a un hijo.

 

Besar con brackets

08 septiembre 2014

FOTO: Steven Depolo

FOTO: Steven Depolo

Los brackets son la esencia misma de la belleza corrupta. Mira esa boca. Perfecta. Labios insomnes. Comisuras que parecen guiones de diálogo al principio y al final de cada frase, y esos hoyuelos cuando sonríe, como paréntesis contenedores de tiempo (y fuera de ellos, la nada). Enfoqué el espejo retrovisor hacia su boca huyendo del cruce de miradas (soy un hombre casado) y de repente, las calles se evaporaron y yo, como taxista, hice un master en volúmenes perfectos contenidos en continentes lejanos y exóticos. Ella, por si las moscas, mantuvo la boca cerrada, pero ese preciso y precioso hermetismo pronunciaba aun más sus labios abultados por los brackets, como quien guarda un tesoro bajo la almohada y la almohada se desboca. Qué bella palabra: desboca.

Pensaba en esto por no hablar de teenagerismo que imprimen unos brackets a los veintitantos, sumados a unas pecas que son el gotelé del alma niña. Pensaba en esto por no hablar del papel que representa su lengua inaccesible y presa del pánico en esa cárcel de dientes díscolos que sueñan otra vida recta y ordenada. Besar una boca mullida con brackets es plantarle cara a la ansiedad, abrir la mandíbula suave y testar el metal, y sentirte migrante en la frontera de Melilla, y el paraíso artificial al otro lado, eléctrico instante.

—¿Qué te debo? —me dijo al final.

—No te entiendo.

—La carrera. El taxímetro. Vivo aquí. ¿Es lo que marca?

—Sí, supongo. Perdona. Estaba en otras cosas.

Y ella sonrió, tapándose la boca con la mano.

—No te tapes, por favor. No te tapes —dije yo.

Entonces ella apartó su mano. Fue solo un segundo y luego se marchó, pero aquel sencillo gesto de apartarse la mano de su boca fue el desnudo más sensual de la historia de los taxis con historia.

Cuando sólo eres azar

07 septiembre 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

También hay gente adicta al azar, gente que necesita engancharse a un orden aleatorio en el que rebozar su pasado mal resuelto. La adicción al juego es el pan rallado de la croqueta que algunos tienen en la cabeza. El alcohol y las drogas, además, adhieren el pan a la croqueta, generando cierta falsa sensación de consistencia. A menudo descubro al adicto en mi taxi porque insiste en dar la impresión de control sobre sí mismo. Te indica un destino fingiendo normalidad, buscando hacerte partícipe del devenir de su suerte: lléveme al bingo, a ver qué tal se da la cosa. Y te dan buenas propinas como muestra de desapego al dinero, pero también para ganarse tus bendiciones.

No conozco a un solo adicto al juego que gane más de lo perdido y lo saben: nadie es idiota en lo referente al dinero, pero encuentran en el juego una pulsión superior. Cuando juegan no se escuchan: son sus vacaciones de sí mismos. Sin embargo, la adicción al juego no es inherente al ser humano. Va por países y España, por supuesto, lidera el ranking.

Idiotas por fuera, complejos por dentro

04 septiembre 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

“El libro de mantenimiento te dice que cambies el aceite cada 30.000 kilómetros, pero yo lo cambio cada 15.000, junto con el filtro del aceite, porque la vida del motor depende del aceite, y cuanto menos impurezas tenga, mejor. El aceite de un coche es como la sangre para nuestro corazón. Ojo, que no soy maricón ni nada raro, ¿eh? Sólo era un ejemplo” me dice un tipo recostado en el asiento trasero de mi taxi que huele a porro y a whisky nacional, alguien que acaba de fumarse una china que viajó mil quinientos kilómetros metida el en culo de un marroquí y ahora inunda sus pulmones y, por ende, también su sangre. Me asombra esa gente que cuida más de su coche que de sí mismos, esos que lo lavan a mano por dentro y por fuera en El Elefante Azul cada sábado después de comer, moviendo el cepillo a un ritmo endiablado para apurar el euro y sudando y oliendo a tigre de circo abandonado. Esos que limpian las llantas radio a radio y tienen sarro en los dientes. Esos que conducen super serios, y hablan de caballos de potencia como el psicólogo habla de cociente intelectual, y me preguntan cuál es el par/motor de mi taxi como si yo tuviera puta idea de qué significa eso. “¿Qué aceite usa el tuyo, 15w30?”, me pregunta el porrero. Y estoy apunto de decir “Creo que aceite de girasol”, pero evito el drama y le digo que sí, que el 15w30 es el mejor para mi taxi. Y que una vez se me jodió la culata y tuve que cambiarla por otra modificada, porque me suena haber escuchado esa frase en el Discovery Max. Los usuarios siempre suponen que el taxista entiende de coches. Y de fútbol. No hay guiri que tome asiento a mi lado y no me pregunte cuál es mi equipo, si el Real Madrid o el Atlético de Madrid, como si no tuviera más que esas dos opciones.

Pues no, no tengo puta idea de coches ni mucho menos de fútbol, pero escribo sobre aquellos que me preguntan de coches y de fútbol. Nunca digo que escribo, por supuesto. Es mucho más divertido fingir que soy como ellos. Así de simples por dentro y sin embargo complejos. Estoy seguro de que lo son. Sin duda el porrero, ahondando en su historia, da para novela.

Lo que sé del hastío

03 septiembre 2014

FOTO: Wikipedia

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A sus veintipocos ya se veía aburrida de todo, pero no un aburrimiento momentáneo, sino instalado en su corteza, infiltrado en sus huesos como un virus letal e irreversible. Miraba la calle desde mi taxi con ojos hastiados, sin pararse en nada y en nadie capaz de llamar su atención, como si la vida en derredor fuera un remake forzado y emitido en bucle: los mismos modernos con barba de Instagram, las mismas bicis del telediario, los mismos zapatos de los anuncios, los mismos carteles de conciertos que en la radio, o el mismo cielo hortera del salvapantallas. Busqué otra música capaz de revivirla, algo más rítmico y subí el volumen, pero estaba negada también al sonido y a las letras profundas de esas que hacen pensar. Entre medias, la chica recibía whatsapps que leía con cara de poker, resoplando incuso, y al instante volvía a encestar el móvil en el bolso, como si tampoco le dijeran nada digno, o nadie hubiera al otro lado digno de ella.

Es un mal, supuse, de estos tiempos. Sobredosis de estímulos convertidos en colapso. Tanta tele en HD que al final la realidad no es para tanto, o se confunde hasta el punto de creer haberlo visto todo, sin excepción. ¿En qué se convierte el sexo cuando antes del descorche ya has visto mil y una escenas explícitas, primeros planos en banda ancha, o incluso perversiones de toda clase y condición? Perdió la virginidad visual demasiado pronto, y no hubo tiempo para la fantasía. Hay tanto donde elegir y tan a mano que al final te saturas, como un niño encerrado en una tienda de golosinas, ansioso al principio aunque empachado al instante. Y supongo, quizás, que el clima social tampoco ayuda. Mal futuro, paro juvenil, precariedad, sistema educativo corrompido y sus estrellas, esos Justin Bieber, esas Miley Cyrus que pasaron del Disney a lamer martillos en pelotas, o del celibato a coleccionar problemas con la policía.

Yo digo, apaga el wifi un rato cada día. Yo digo, lee a Cortázar. Yo digo, busca gente interesante de verdad, más culta o más vivida que tú. Yo digo, pasión por algo, lo que sea, y humildad. Yo digo, sólo dos palabras: pasión y humildad.

Y sin embargo, te quiero

02 septiembre 2014

El que viajaba en mi taxi era uno de esos hombres cuarentones que saben llevar camisa sin corbata con natural elegancia. Llevaba una caja de latón sobre las piernas que percutía, nervioso, con los dedos, a un ritmo distinto al de la música. Parecía ensimismado aunque con ganas de arrancarse a hablar. Y al final, se arrancó:

“Supongo que se estará preguntando qué demonios hace un tío maduro como yo con esta ridícula caja infantil entre las manos. No, no es mía. La llevo para dársela a su dueña. Verá: hace mes y medio compré un piso justo en el portal donde usted me ha recogido, una auténtica ganga que el banco me vendió directamente, ya sabe, de su bolsa de pisos embargados. Pues bien, a los pocos días de instalarme, recibí una carta en el buzón sin sello ni nada. Estaba escrita por la anterior inquilina del inmueble, una tal Paula Tuero, y remitida ‘Al nuevo propietario del 3ºC’. En la carta me contaba el proceso de su embargo. En resumen: compró el piso, se quedó en el paro, y dejó de pagar la hipoteca hasta que un juez la echó de su casa. Ahora vive de nuevo con sus padres, pero en aquella mudanza forzada, olvidó rescatar una caja de latón con sus recuerdos de toda una vida que había escondido tras la rejilla del aire acondicionado del salón. En la carta me pedía, por favor, recuperar la caja a través de mí. Incluía un número de teléfono, así que la llamé. Hemos quedado hoy, a las siete en punto, en la terraza de un bar de Malasaña. El caso es que al leer aquella carta y encontrar la caja en el lugar indicado, no pude evitar abrirla y ojear su contenido. Había cartas de antiguos amores y fotos de Paula desde su infancia hasta su última etapa en la que ahora es mi casa. Sé que hice mal, pero leí todas las cartas, y a través de ellas he ido componiendo una especie de mapa de su propia vida. Le parecerá una locura, pero reconstruyendo su historia foto a foto, carta a carta, he acabado por sentirme extrañamente atraído hacia ella. Hasta el punto de querer que algún día, tal vez, vuelva conmigo a mi casa, que es la suya”.