Y sin embargo, te quiero

02 septiembre 2014

El que viajaba en mi taxi era uno de esos hombres cuarentones que saben llevar camisa sin corbata con natural elegancia. Llevaba una caja de latón sobre las piernas que percutía, nervioso, con los dedos, a un ritmo distinto al de la música. Parecía ensimismado aunque con ganas de arrancarse a hablar. Y al final, se arrancó:

“Supongo que se estará preguntando qué demonios hace un tío maduro como yo con esta ridícula caja infantil entre las manos. No, no es mía. La llevo para dársela a su dueña. Verá: hace mes y medio compré un piso justo en el portal donde usted me ha recogido, una auténtica ganga que el banco me vendió directamente, ya sabe, de su bolsa de pisos embargados. Pues bien, a los pocos días de instalarme, recibí una carta en el buzón sin sello ni nada. Estaba escrita por la anterior inquilina del inmueble, una tal Paula Tuero, y remitida ‘Al nuevo propietario del 3ºC’. En la carta me contaba el proceso de su embargo. En resumen: compró el piso, se quedó en el paro, y dejó de pagar la hipoteca hasta que un juez la echó de su casa. Ahora vive de nuevo con sus padres, pero en aquella mudanza forzada, olvidó rescatar una caja de latón con sus recuerdos de toda una vida que había escondido tras la rejilla del aire acondicionado del salón. En la carta me pedía, por favor, recuperar la caja a través de mí. Incluía un número de teléfono, así que la llamé. Hemos quedado hoy, a las siete en punto, en la terraza de un bar de Malasaña. El caso es que al leer aquella carta y encontrar la caja en el lugar indicado, no pude evitar abrirla y ojear su contenido. Había cartas de antiguos amores y fotos de Paula desde su infancia hasta su última etapa en la que ahora es mi casa. Sé que hice mal, pero leí todas las cartas, y a través de ellas he ido componiendo una especie de mapa de su propia vida. Le parecerá una locura, pero reconstruyendo su historia foto a foto, carta a carta, he acabado por sentirme extrañamente atraído hacia ella. Hasta el punto de querer que algún día, tal vez, vuelva conmigo a mi casa, que es la suya”.

Taxis, hombres y viceversa

01 septiembre 2014

FOTO: Wikimedia

FOTO: Wikimedia

Aquel usuario de mi taxi no era excesivamente guapo (labios de besugo, ojos como faros de un Mini Cooper, pelo lamido a izquierdas) pero hacía lo posible por potenciar su potencial. Primero, se notaba musculado, depilado hasta donde alcancé a ver, bronceado, e hidratado. Segundo, vestía a la última moda choni/cool (pantalones ceñidos y remangados verde pistacho, Nikes nuevecitas, camiseta blanca de pico y americana azul eléctrico, gafas de sol Feat. Pitbull y diamantes CR7 en ambos lóbulos). Tercero, se esforzaba en hablarme sosegado y educado, aunque se notaba que las buenas formas no eran su fuerte: “¿Podría usté llevarme a la calle Infantas, por favó?”, pero al instante me demostró un lenguaje menos forzado, como si el BMW Serie 6 que pasó a nuestro lado descorchara de un golpe sus bajos instintos:

—¡Buá qué coche, chaval! Y mira qué llantazas calza. Yo acabaré pillándome uno, ¿que no? Me lo estoy currando un huevo.

—¿Ahorrando? —pregunté intrigado.

—Qué va. Estoy sin curro y aún vivo con mis viejos, pero me lo estoy currando muy en serio para entrar a saco en Mujeres, Hombres y Viceversa: mucho gimnasio, mucha dieta, cremitas para tener la piel chachi, buena ropa, subo selfis al tuiter para ganar fologuers, ya sabes…

—Pero la ropa, las cremas, el gimnasio… debe costarte un dineral.

—Por ahora me están ayudando mis viejos. Ojo: que no son ricos ni nada ¿eh? Son mazo humildes y tal. Vivimos en un piso cutre ahí donde me has cogido, en Aluche, pero les he prometido que pienso devolvérselo todo y comprarles una casa nueva cuando triunfe en la tele.

—Te veo convencido.

—Lo estoy, nano.

Lo de “nano”, tratándose de un tipo de Aluche, me dejó roto, descompuesto, en blanco, sin nada más que decir. Y el opositor a tronista aprovechó el silencio para hacerse una tanda de selfies desde el asiento trasero de mi taxi.

Mientras tanto, un tal José María Eirín-López, a la sazón investigador en biología evolutiva (cuyo estudio para encontrar sustitutos naturales a los antibióticos fue destacado por la revista Nature como uno de los mayores logros de 2008) ha tenido que emigrar a EEUU por la falta de ayudas aquí, en nuestra peculiar España.

Cancún

31 agosto 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

Cuando el amor no es suficiente garantía, compramos frigoríficos a plazos. Nos dejamos llevar por el reclamo —¡¡¡Pague en doce meses sin intereses!!!— ,  lo cual resulta falso, o al menos inexacto: oculta el “interés” de seguir juntos durante el resto de las cuotas. De modo que firmar un pago aplazado se acaba convirtiendo en otra forma de ampliar la temporalidad de las parejas. El compromiso ahora se llama frigorífico,  y cada vez que lo usen y saquen un brik de leche, o las sobras del pollo de ayer, o coloquen media docena de huevos, ese preciso golpe de aire frío conservará también sus ganas de seguir juntos.

Y ese amor No Frost perdurará porque es tangible, no como otros…

Me refiero, por ejemplo, a los viajes aplazados. Me refiero a disfrutar de quince días en un Todo Incluido en Cancún y pagarlo a posteriori, a seis o doce meses (siempre en número par). Ahí no hay puerta fría que abrir, sólo recuerdos. Por eso el marco sobre la tele con una foto de los dos en el resort, tumbados y morenos, tomando daiquiris. Esa foto os dará motivos para seguir pagando. Aunque viajéis ahora en silencio en mi taxi, hastiados el uno del otro, en el trayecto del aeropuerto a casa.

Morir un rato

31 julio 2014

FOTO: LinaMon

FOTO: LinaMon

No está mal, de vez en cuando, morir un rato, huir de uno mismo, vivir otras vidas. Dicen que las vacaciones sirven para descansar, pero yo no puedo ni quiero descansar, o al menos mi cabeza es incapaz de hacerlo. Y no, no lo digo con orgullo: es un lastre, más bien un virus, como algo que supura y necesita drenarse. La cura, en este caso, consiste en no parar de escribir. O escribo o se me hincha la cabeza (hipertensión intracraneal, se llama), o escribo o me explotarán las venas, o escribo o moriré de verdad. Prefiero tomarlo como un tratamiento crónico y acostumbrarme a ello, como el diabético, o mejor: como un yonki solitario.

Durante todo el mes de agosto cerraré este blog para no hacer otra cosa que escribir. Llevo una novela dentro y necesito soltarla a borbotones, sin interrupción por parte de nada ni de nadie, sin excusas, sin mi taxi, sin téléfono, encerrado a cal y canto en mi casita de Dénia con vistas al mar. Y no, no lo digo con pena: son mis vacaciones. Necesito vivir esa vida novelada que me está consumiendo, viajar a través del flipante poder de la imaginación. Y sobre todo, que mi hija nazca en noviembre con un libro bajo el brazo.

Así que adiós. Hasta luego. Iré contando, tal vez, el proceso creativo a través de mi cuenta en Twitter o en el Facebook de este blog. Lo demás, cualquier otro intento de contacto con el mundo, me importará un carajo.

Nos vemos en septiembre, familia. Deseadme ganas.

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Nota a pie de tumba: Si te aburres este Agosto o echaras de menos tu rutina nilibreniocupada, te invito a que releas los 1.707 posts de este blog (aquí el archivo) y linkees tus posts favoritos en el espacio de comentarios.

Carta de ruptura estándar

30 julio 2014

FOTO: @simpulso

FOTO: @simpulso

Ayer subió en mi taxi una histórica lectora de este blog. En realidad no tenía intención de coger un taxi, pero al salir del trabajo, andando en dirección al autobús de vuelta a casa, se fijó en el rótulo ‘nilibreniocupado’ del maletero de mi taxi y decidió montarse y hacer el trayecto conmigo. El caso es que hablando de todo un poco llegó a confesarme que estaba atravesando un mal momento con su novio, hasta el punto de haber tomado la firme decisión de romper cuanto antes con él. El caso es que no se atrevía a hacerlo en persona: se sentía indefensa a su lado, o más bien anulada, y sabía que haciéndolo cara a cara acabaría reculando y cediendo a su terreno. Había intentado escribirle una carta, pero que no conseguía dar con el punto y la rabia exacta que merecía. Por eso me pidió la echara una mano. Que escribiera yo una carta en su nombre a partir de los detalles que después, cervezas mediante, me acabó contando. Quiero decir que al final accedí a su petición. Accedí a cambio de que me dejara publicar la carta en este blog. “Hazlo”, me dijo, “total, sé que Javi no lee blogs ni nada más allá de revistas de coches; el Marca, a lo sumo”.

Por tanto, aquí la carta:

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Basta, Javi, basta, se acabó.

Ya no quiero ni puedo ni debo seguir con esto. Han sido dos años de mentiras, tú en tu mundo y yo agarrándome a ese mundo como una simple turista o peor: como una garrapata. Eres tan hermético y tan jodidamente egoísta que ahora incluso dudo de que llegaras a quererme de verdad, o al menos la décima parte de lo que yo te quise. Sí, hablo en pasado: te quise. Porque al fin he conseguido darle la vuelta a tu espejo y proyectar ese amor hacia mí misma. Al fin he conseguido verme como soy, como era antes de ti, y no como he intentado ser contigo: una madre y un cuerpo en exclusiva. Ahora sé que valgo más de lo que tú podrías pagar en siete vidas. Al principio, tonta de mí, pensaba que esa luz al final del túnel donde me metiste era la salida, la esperanza de que al fin cambiarías, pero no. La luz eran los focos de tu puto Seat León, que has mimado y querido más que a nada en este mundo. ¿Recuerdas el verano pasado que nos quedamos sin ir a Roquetas porque te fundiste el sueldo en unas llantas nuevas (a tu imagen y semejanza: de perfil bajo)? Pues no te preocupes, Javi. No seré yo quien se interponga entre vosotros. A partir de ahora, podrás follarte a tu León siempre que quieras.

Me dí cuenta tarde, ya lo ves, pero al menos mi ceguera tiene cura: la receta es perderte de vista. Así que chao, hasta nunca. Ah, y no me pases a buscar esta tarde para ir al concierto de Placebo. Pagué yo las entradas y tú no existes, así que iré con mi amiga Claudia.

Cariño, te lo puedo explicar…

29 julio 2014

Resulta que ayer por la tarde me pagó una mujer la carrera del taxi con su tarjeta de crédito y al teclear yo el importe en el datáfono debí de confundirme, ya que acabé cobrando 4,50€ en lugar de los 45,00€ de la carrera (sí, fue una carrera larga: a Parla, nada menos). Caí en la cuenta demasiado tarde y claro, cuarenta euros son cuarenta euros, así que llamé al banco para preguntar cómo podría reclamar a la mujer la diferencia. Los del banco me dijeron que el cargo en cuestión correspondía a una VISA Corporativa, y me dieron un número de teléfono de la empresa a la cual pertenecía. Llamé a ese número, descolgó un tipo con voz de cazallero, le conté lo sucedido y me dijo que, por motivos de confidencialidad, no podía darme el contacto de la chica y tampoco pagarme la empresa como tal, ya que era un tema entre ella y yo. El caso es que insistí tantísimo, que al final el tipo me dio una solución.

La empresa a la cual había llamado resultó ser un emporio de webs porno. El tipo, muy amable, me pidió que describiera a la usuaria (“cabello oscuro y liso con flequillo sesentero, calavera tatuada en el hombro izquierdo, enormes pechos”) y al instante me dijo que, indudablemente, se trataba de Chonchi Glamour, una de sus “chicas webcam”. Finalmente me aconsejó que accediera a la web y contratara un videochat con ella para hablar directamente de lo sucedido y llegar entre los dos a un acuerdo. De hecho, como acto de buena voluntad por su parte, me acabó regalando un pase Premium para acceder a la web sin coste alguno.

Así que nada más llegar a casa entré en la web porno, busqué y pinché en el videochat en directo de la tal Chonchi Glamour, me dispuse a hablar con ella, y cuando ya estábamos a punto de llegar a un acuerdo, entraste tú en el cuarto y te pusiste hecha una furia. Si me viste sin pantalones, amor, era sólo porque hacía un calor del carajo. Y el kleenex que encontraste a mi lado fue lo primero que encontré a mano: pensaba usarlo para anotar el número de la VISA de la chica y cobrar al fin esos cuarenta euros que, dicho sea de paso, ayudarían bastante a sostener nuestra precaria economía familiar. Amor.

Sólo espero que leas esto en casa de tu hermana, ya que has decidido no atender a mis llamadas ni a los Whatsapps.

Vuelve, pichurri. Te echo de menos.

Viejóvenes

28 julio 2014

FOTOGRAMA del FILM American Beauty

FOTOGRAMA del FILM American Beauty

Y qué decir de los hombres ya maduros que viajan en mi taxi y observan con ojos de no querer, como con culpa, a esas chicas de dieciocho o veinte años que pasean sus encantos por la calle, procurando admirar de reojo y sin poder evitarlo, so pena de ser tildados de babosos viejos verdes o peor: de patetismo irreversible. Hay un debate interno en esas miradas que lanzan: “Dios santo, si podría ser mi hija” aunque consuele saber que no es ilegal desearlas: son mayores de edad, a la postre. Pero en casos como estos evitan lanzarme comentarios y hacerme partícipe: “Mira qué pedazo de tía ahí, a tu derecha” como hacen con otras mujeres más acordes a sus años. Les da vergüenza admitir su pulsión por las más jóvenes. Y es curioso que aunque el hombre en cuestión envejezca y su mujer, por tanto, envejezca a la par, continúe manteniendo intactas sus preferencias ancladas a un pasado exacto: cuando ellos eran igualmente jóvenes y era lo propio alternar con esas chicas jóvenes. No son todos, por supuesto, y tampoco los critico; pero ha de ser ingrato en estos casos constatar que sus cuerpos languidecen mientras siguen deseando esas pieles tersas y esos pechos firmes aunque aún sin experiencia. No valoran, por tanto, la experiencia. O prefieren lo nuevo a la experiencia.

Sin embargo los expertos dicen que el mayor potencial sexual de las mujeres se encuentra entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco años, y puestos a elegir, llega un punto en que la experiencia se valora aún más que el mismo cuerpo. La sensibilidad que adquieren las pieles, por ejemplo. La magnitud del orgasmo. Conocerse de memoria, saber qué gusta y potenciarlo. Cuestión de prioridades, ¿tú qué opinas?

Born to be guay

27 julio 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

En mi infancia, los coches de choque me sirvieron para distinguir entre dos clases de niños: los que buscaban chocarse, y los que esquivaban los golpes. Entre los primeros había auténticos suicidas capaces de dañarse con tal de golpear al contrario, buscando el choque frontal sin estrategia alguna, ya que otros, al menos, buscaban encerrar al contrario para minimizar su daño (lo cual les hacía igual de crueles aunque bastante más listos).

Yo, por supuesto, era de los pocos que evitaban chocar y ser chocados. No entendía qué podía haber de divertido en golpear a nadie. Me ceñía simplemente al placer de conducir a mi aire: born to be guay; vive y deja vivir.

Con los años, ya ves, me hice taxista, y el que chocaba de frente ahora es portero de discoteca, y el que empleaba la estrategia de encerrar al contrario ahora trabaja encorbatado en uno de esos bancos que en su día colocaron Preferentes.

Así que a los hechos me remito: si quieres saber qué será de tus hijos en un futuro, llévalos a los coches de choque y observa atentamente cómo se comportan.

Mi hija

24 julio 2014

FOTO: Meagan

FOTO: Meagan

Mientras escribo esto mi hija, de -4 meses de vida (entendiendo vida como etapa comprendida entre el primer y el último aliento), se está formando plácida en el vientre de su madre. Bueno, en realidad ya está formada. Ya tiene párpados, uñas, riñones, coxis, barbilla, latidos, e incluso llora aunque sus lágrimas se mezclen con el líquido amniótico y no encuentre más juguete a mano que el cordón umbilical. Ya está formada y ahora simplemente crece a la velocidad de las plantas. Está AHÍ, al otro lado, aunque no pueda verla sin mediación de un ecógrafo. De hecho, mi mujer y yo acabamos de ver a nuestra hija en 3D, y todo apunta a que ha heredado la belleza sideral de su madre. Es realmente asombroso observar en pantalla sus bracitos en pose tierna y despreocupada, o escuchar el latido real en tiempo real, o saber que todo va según procede. Aún cuesta creer en ese proceso inicial del hombre y la mujer y el amor y el líquido y el óvulo y la genética y el resto. Es tremendo, si lo piensas. Imposible asimilar por mucho que hayas leído, o te hartes de ver en bucle  documentales de La2.

Por eso y por tantos otros motivos, cada día que pasa admiro y envidio más a las mujeres. A menudo observo absorto el vientre de mi esposa y poso mi mano, mi oreja, y no consigo salir de mi asombro. También suelo hablar con mi hija a través del ombligo. Le cuento historias fantásticas de taxis mientras su madre duerme porque sé que me está escuchando. Hay un vínculo especial entre los dos, estoy seguro. Una unión imposible de explicar con palabras. Y aunque aún no haya nacido (diecisiete semanas faltan: ciento diecinueve días: dos mil ochocientas cincuenta y seis horas), ya estoy en condiciones de decir que quiero a mi mujer y a mi hija como a nada en el mundo. Sólo por eso estoy seguro de que seré un buen padre. Y también, que sufriré muchísimo. Y que seré el hombre más feliz de la tierra.

Palabras

23 julio 2014

FOTO: @simpulso

FOTO: @simpulso

La barba crece a una velocidad de la hostia y pienso en ti: lo ocupas todo. Pienso en ti como un ente, como un puente incontinente presente entre lo ausente y lo aparente (contente, Daniel…) si miente, simiente, semilla, la milla de distancia entre tu mente (nuevamente enfrente) y yo entretanto entretenido, tenido en cuenta, tu nido en venta, temido en Cuenca y aledaños con el paso, con el peso de los años y los daños y los paños tendidos al portento viento y por tanto miro y viro el taxi y maximizo mi enfermizo cobertizo que hizo esquizo el baño del maño que llevo dentro.

Y me adhiero a ti.

Adherir. Ad herir. Herir. Pegarse al cuerpo. Pegar. Herir. Ir.

Insisto: La barba crece a una velocidad de la hostia.