La España amnésica

21 septiembre 2014

Castigo Corpus Meum

Castigo Corpus Meum

Se puede domesticar la rabia al igual que un avión puede volar en modo piloto automático. Sólo hacen falta dosis de tiempo y no caer por el camino. Lees una noticia que te indigna, pero al rato lees otra aún más indignante que suple o anula la anterior y así día tras día, noticia tras noticia, hasta que olvidas cuál era realmente tu umbral del dolor. Un padrastro duele menos que un golpe en la espinilla, pero ambos duelen menos que un hachazo por la espalda. Y a medida que nos vamos magullando, no sólo olvidamos aquel primer padrastro, sino que llegamos, incluso, a echarlo de menos.

Es la amnesia selectiva que sufre este país. Un partido político te da una serie de puntapiés en la pierna izquierda, pero luego viene otro que te arrea guantazo tras guantazo en plena cara, y es en estos momentos cuando echamos de menos las patadas. Y luego, el heredero de esos golpes, sale por la tele en pleno prime time marujil prometiendo abolir el maltrato. Pero el maltrato animal, y a excepción de si el que maltrata es José Tomás y en lugar de lanzas, usa espada y “mucho arte”.

Y el público, sediento de contradicciones asumibles, aplaude enfervorecido.

¿Qué harías si encontraras 3000 euros?

18 septiembre 2014

Esta mañana publiqué en mi cuenta de Twitter el siguiente tuit:

 

Huelga decir que no me ocurrió tal cosa. Ni subió en mi taxi ningún marroquí, ni mucho menos olvidó un sobre con 3.000 euros. La foto tampoco era mía, sino de un amigo taxista (yo jamás llevaría zapatillas tan horteras). Mi intención al escribirlo fue otra mucho más científica: conocer el nivel de moralidad (y de guasa) en la comunidad tuitera y, más concretamente, hacer media de los prejuicios raciales que pululan por la red (escribir “marroquí” fue sólo un gancho para que el racista picara el anzuelo).

Las reacciones no se hicieron esperar. Al poco de publicarlo, el tuit corrió como la pólvora: más de cien respuestas, más de cincuenta RTs, y unos cuantos mensajes directos y llamadas de distintos medios preguntándome qué pensaba hacer con el sobre para ser los primeros en publicar la noticia (invita, cuanto menos, a la reflexión, que un taxista devolviendo un dinero que no es suyo siga siendo noticia: ¿crisis del periodismo o es que la moralina “vende”?).

Entre las respuestas hubo de todo.

Tuiteros responsables:

 

Prudentes:

Cachondos (la inmensa mayoría):

Y efectivamente, racistas:

Pregunta simpulso: ¿Creéis que Twitter es un fiel reflejo de la sociedad?

Otros mundos interiores

17 septiembre 2014

FOTO: Raúl Hernández González

FOTO: Raúl Hernández González

Mujer de unos  55 años ahora mismo en el asiento trasero de mi taxi. Si me concentro y la miro fijamente a través del espejo retrovisor tal vez pueda atravesar su cráneo hasta meterme de lleno en sus pensamienTomás, valiente golfo. Chulear así a mi Claudia… Mira que lo sabía, que yo para estas cosas tengo un ojo que no veas. Si ya le vi venir desde el minuto uno, fíjate lo que te digo, aquel día que vino a comer a casa, con ese gesto de chulito y esa forma de sentarse en la mesa… Y ya cuando Cosme le acercó el cesto de pan y cogió dos trozos, ¡no uno: dos!, ahí me dije “Uy uy uy. Este chico no me está gustando nada para mi hija”. Y mira que se lo dije a la niña por activa y por pasiva: “Claudia, piénsatelo bien, que tú de tan buena a veces pareces tonta”, pero nada. Yo no sé qué mosca le habrá picado con ese chico, ¡si no es ni guapo, y con esas pintas zarapastrosas! Pero nada. Se le puso entre ceja y ceja y ahora claro, de aquellos barros vienen estos lodos. Primero le mete en su casa, ella trabajando de sol a sol y él ahí, en el paro y sin buscar trabajo, tocándose el mondongo todo el día. Y luego, para más desgracia, ¡zas!, va y me la deja preñada. Qué disgusto, dios mío de mi vida. Con lo responsable que ha sido siempre mi Claudia. ¿Y ahora, qué? Pues una cosa te digo: si piensa que voy a quedarme con los brazos cruzados, lo lleva claro. Porque este mamarracho es capaz de endosarme al bebé para que yo se lo cuide mientras ella trabaja y así pueda seguir tocándose los cataplines todo el día. Y si Cosme tuviera lo que hay que tener le podría en su sitio, pero pobrecito mío. Si apenas se puede mover con la ciática y encima sigue yendo al banco a trabajar, sin cogerse la baja ni nada, ahí aguantando y aguantando a ver si con suerte consigue prejubilarse antes de que le dé un patatús. Yo no sé qué va a pasar a partir de febrero, cuando nazca el pobre niño. O la niña. Yo prefiero niño, la verdad. Aunque como salga como el pánfilo de su padre, estamos todos apañados. Ay mi Claudia, cabecita loca… ¿pero cóm

—¿Es aquí?

—¿Perdón? Ay sí, sí, hijo. Justo ese portal. Disculpe, ¿eh? Estaba a mis cosas. ¿Qué le debo?

—Siete con ochenta y cinco.

—Tome. Quédese con el cambio. Gracias por llevarme, ¿eh?

—A usted. Y suerte con lo de su hija Claudia.

—¿Cómo dice?

—Nada, nada.

Buscarle un hueco a la soledad

16 septiembre 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

No sé tú, pero yo realmente necesito ciertas dosis de soledad que lubriquen las bisagras de mi puerta al exterior, esa que abro y cierro según la ansiedad que me provoca el mundo a veces. Y no siempre es fácil encontrar el hueco exacto donde cobijarte o refugiarte, como cuando metes la cabeza en la bañera y de repente todo el sonido es velado y tus blandos huesos juegan a morirse un rato. No siempre es fácil darle la espalda a la vida en derredor, y menos aún en esta esquizo etapa 2.0 con sus grupos de Whatsapp, con su Twitter, con su Facebook bipeando a cada rato y aun silenciándolo no te ves capaz de apartarte del todo, como si hubiéramos adquirido cierta responsabilidad hacia nuestros contactos las veinticuatro horas del día.

Y el taxi tampoco ayuda cuando circulas buscando intimidad y de repente te levanta la mano un tipo grueso con ganas de hablarte de fútbol, o del tiempo, o de la Juani que le espera en casa, o de su herpes genital made in Club Lola´s y asientes con la cabeza mientras aprietas la palanca de cambios como si fuera la culata de una 9mm. Normalmente las ansias de soledad te inundan en el lugar y el momento menos oportunos, y ganas dan, a veces, de mandar tus quehaceres al carajo, aunque en el fondo la sensación de alerta, tal vez tu instinto de supervivencia, predomine sobre todo lo demás.

Y tampoco vivo solo, aunque es una suerte llegar a tal punto de conexión con tu pareja que estar con ella también compute como estar solo porque ya somos uno y los silencios compartidos no se suman: se diluyen. Sí, he dicho esto. Yo. El nilibreniocupado, el nicontigonisinti. Ya sólo disfruto de mis paréntesis cuando estoy con ella. Los dos solos. Es mi espejo cóncavo. Mi estancia vacacional.

Mitos y leyendas del gran empresario

15 septiembre 2014

Soy trabajador autónomo, titular de una licencia de taxi en Madrid y escritor remunerado. A estas alturas de la crisis, y a pesar de la recuperación económica que nos vende el Gobierno, sigo viéndome obligado a trabajar no menos de catorce horas diarias que apenas me dan para cubrir gastos (pagué un riñón por la licencia; háganse cargo). Con la lógica intención de reducir mi jornada de catorce a ocho horas diarias y dedicarle más tiempo a la escritura, podría plantearme contratar a un conductor asalariado para mi taxi, pero pagarle según dicta el convenio de transportes (poco más de 800 al mes, incluyendo nocturnidad, peligrosidad, y festivos) me parece cifra indigna, y tampoco podría permitirme ofrecerle mucho más. De modo que he descartado la opción de contratar a nadie. Prefiero seguir currando mis catorce horas alternando el taxi y la escritura antes que contribuir a la precariedad más absoluta de un tercero. A cualquier trabajador habría que pagarle un sueldo justo (800 al mes es indecente), y si no eres capaz de cumplir con eso, si no te puedes permitir pagar lo que merece, será mejor no hacerlo. Así de simple.

Digo esto porque me sigue sorprendiendo el servilismo que muestran ciertos líderes de opinión, así como políticos de primer nivel, respecto a esos grandes empresarios “generadores de riqueza y empleo” y “exportadores de la marca España”. Aclaremos, pues, unos cuantos conceptos: Primero, no hay un solo gran empresario que contrate por simple altruismo y bondad. Quien contrata sólo pretende aumentar su volumen de negocio y, por tanto, obtener más beneficios. Cada uno de esos miles de trabajadores que componen cualquier gran empresa generan, individual y colectivamente, más beneficio que el gasto que ellos mismos representan a la empresa. De modo que no es un acto de generosidad “crear empleo”. Es más: ni siquiera debería hablarse de  “creación de empleo” por parte del empresario, sino más bien de un acuerdo mutuo enfocado a generar beneficios a cambio de productividad. Conviene recordar que el empresario jamás obtendría tales cifras de resultados sin el sacrificio necesario de cada uno de esos trabajadores.

Segundo, eso de “generadores de riqueza” es relativo. ¿Para quién? ¿Cómo se explica entonces que empresas con beneficios despidan o reduzcan el sueldo a sus empleados? ¿Por qué la OCDE ha llegado a reconocer que la bajada de sueldos a los de abajo sólo ha servido para aumentar los beneficios de los de arriba y no para aumentar la contratación? ¿Cómo se explican reformas laborales emprendidas al dictado de esos grandes empresarios enfocadas en exclusiva a precarizar al trabajador al tiempo que “blindan” la figura del inversor? ¿Cómo es posible que el inversor, cuyo único mérito consiste en jugarse el dinero que le sobra a golpe de tecla (nadie en su sano juicio invertiría el pan de sus hijos), sea mimado muy por encima de quienes realmente producen?  ¿Cómo un gobierno puede permitirse cambiar la ley para mermar las condiciones de los trabajadores sólo para que aumenten los beneficios del inversor?

Tercero, ¿debemos dar las gracias a ese gran empresario? Yo creo que no. Más bien deberíamos reprocharles que, por culpa de su ambición desmedida (y su dudosa empatía hacia sus propios trabajadores), han llegado a tal nivel de “poder en la sombra”, que ahora son ellos quienes imponen las normas, convirtiendo en legal la evasión de impuestos, la precariedad laboral, el machismo o las prácticas tercermundistas (por ejemplo, “diversificando” su negocio en Bangladesh).

Y cuarto, ¿puede ser considerada una virtud trabajar sin descanso? ¿Acaso trabajar de sol a sol es meritorio de algo? Yo, como dije antes, trabajo catorce horas diarias, y no me siento especialmente orgulloso de ello. Si me dieran a elegir, prefiero dedicarle menos tiempo al trabajo y más al aprendizaje, a la lectura (o ensanchamiento del alma), a la escritura y,  por supuesto, al cuidado de mi hija. Eso sí que sería una virtud: ser el dueño de tu tiempo y no un esclavo enfermo del sistema.

El muro

14 septiembre 2014

FOTO: Jose Mesa

FOTO: Jose Mesa

Dando vueltas por dentro y por fuera de mi taxi, con los ojos como platos hambrientos, me detuve en una frase escrita en un muro de la calle Farmacia que llamó mi atención. Decía: “Carmen, te echaré de menos”, pero faltaban datos ahí. ¿Quién era Carmen? ¿Qué sucedió entre ellos? ¿Acaso estaba muerta?

De modo que saqué de la guantera mi rotulador de punta gorda, salí del taxi, escribí debajo: “¿Quién es Carmen? ¿Falleció? En tal caso, lo siento de veras” y con estas me marché.

Al rato volví a pasar por el mismo muro. Para mi sorpresa, alguien había escrito justo debajo de mis preguntas: “Qué va. Era mi novia y me dejó por otro”. Seguía sin parecerme suficiente, así que volví a escribir en la pared: “¿Por qué crees que lo hizo?”. Regresé a los diez minutos y entonces me encontré con una cola de gente escribiendo en la pared. Cada uno contestaba la pregunta anterior, metiéndose en la piel del aludido, o de la tal Carmen, según el caso. Y cuando ya estábamos a punto de desentrañar la fórmula exacta del amor, el porqué de los fracasos sentimentales, llegó la policía y nos multó a todos.

Mala saña

11 septiembre 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

Esa gente que camina con aires de suficiencia, decididos, mirada al frente, silbando, manos en los bolsillos (o al aire y rígidos pero ondulantes), pasos rápidos y acompasados, como extrayendo el ritmo de las aceras, ¿a dónde coño van? Quiero decir, ¿son realmente conscientes de su destino final más allá de aquel destino inmediato? ¿acaso alguien les estará esperando en algún lugar? Y en tal caso, ¿qué buscará ese alguien de ellos?

Pensando en esto me decidí a seguir a un tipo al azar con mi taxi, a prudencial distancia, circulando despacio por una calle estrecha y adoquinada de Malasaña, y al doblar la esquina le vi meterse en una lavandería autoservicio, y también le vi asomarse al tambor de una lavadora y abrir la puerta y sacar la ropa limpia. Tuve que dar otra vuelta a la manzana porque había un coche detrás, pitando nervioso, y al volver a frenar en ese mismo punto, justo me lo encontré abandonando la lavandería con un saco de ropa bajo el hombro, y volví a seguirle esta vez hasta una floristería a media manzana de allí, y al rato salió con una rosa envuelta en celofán en una mano y el saco de ropa en la otra, y dos manzanas después metió la llave en un portal y desapareció, lo cual me frustró bastante. ¿Por qué la gente te invita sin querer a hacer público su modo de vida y sus costumbres cuando camina por la calle, y sin embargo el misterio se trunca cuando accede a su morada?

Metí el taxi en el parking de Barceló y volví andando a ese portal con la intención de llamar a todos los telefonillos en busca de aquel tipo. Llamé al primer botón y dije: “Disculpa, ¿eres el que acaba de entrar con una rosa y una bolsa de ropa?”. Me dijo que no, y llamé al segundo. No contestó nadie. Llamé al tercero y una mujer volvió a decirme que no. Llamé al cuarto, al quinto, y al sexto intento la voz de hombre me dijo: “Un momento”. Y esperé.

—¿Quién es? —me preguntó otra voz de hombre.

—Disculpa, ¿eres el que acaba de entrar con una rosa y una bolsa de ropa limpia de la lavandería?

—El mismo, ¿por?

—¿Qué haces?

—¿Perdón?

—¿Qué estás haciendo ahora?

—Ver la tele y fumarme un porro, ¿por?

—No, por nada. Curiosidad. ¿Para quién era la rosa?

—Para mi novio. ¿Quién eres, tío?

—Muy buena pregunta.

—No, en serio. ¿Quién coño eres?

Y entonces, rompí a llorar.

No todos los muertos son iguales

10 septiembre 2014

FOTO: BrittanyMyers13

FOTO: BrittanyMyers13

Hay muertos bien muertos. Muertos cuyas decisiones y ambiciones causaron tanto dolor, que apenas merecen caer en el olvido de los vivos. Huelga decir que nunca he deseado la muerte de nadie, ni mucho menos matar. Pero al menos permitidme no sentir punzadas por la muerte de algunos. Mis lágrimas, al igual que las tuyas, son un bien escaso y sólo se derraman por y para quien merece recibirlas: los que hicieron de mi mundo un lugar más confortable, los que grabaron gratos recuerdos en mi memoria, los que ayudaron a construir la historia de mi vida, los que motivaron con su ausencia un vacío difícil de restaurar. Sufrí la muerte de García Márquez más que la de muchos conocidos lamentables, quiero decir.

Pregúntate, pues, si tus acciones merecen el desprecio de alguien. Pregúntate si habrá quien se alegre de tu muerte. Pregúntate si el odio provocado mereció la pena. En caso afirmativo, tu paso fugaz por el mundo habrá sido un auténtico fracaso.  Y todo el dinero cosechado no te absolverá de nada. No hay muertos VIP, no hay cadáveres de oro. La nada no entiende de eso. No así el recuerdo de los vivos cuando mueres, capaz de revivir tu nombre.

Lucas

09 septiembre 2014

FOTO: THX0477

FOTO: THX0477

No es difícil de entender lo mucho que se volcaron Maite y Carlos con su hijo Lucas habida cuenta del calvario y el deseo que sufrieron al tenerlo. Después de mil pruebas, después de inseminaciones y decepciones varias, les costó cinco años conseguir que Maite, al fin, se quedara embarazada. De hecho, a punto estuvieron de tirar la toalla y plantearse tramitar una adopción, cuando de repente y de forma natural, sucedió el milagro.

El parto fue normal, pero pocos días después los médicos confirmaron a Maite y a Carlos un diagnóstico que habría de cambiar sus vidas para siempre: Lucas había nacido sordomudo. La noticia al principio fue un shock para ellos, pero una vez asumida, decidieron estudiar a fondo el lenguaje de signos y todo lo referente a ese mundo nuevo tan para ellos, de cara a normalizar al máximo la situación de su hijo. Y como no querían que Lucas se sintiera desplazado, con el tiempo empezaron también a hablar con las manos entre los dos, y a ver la tele siempre con subtítulos, y a ir los tres a espectáculos adaptados. Pasaron los años y Maite y Carlos, de tanto volcarse a las necesidades de su hijo, ahora apenas hablaban nada más que con las manos. También se deshicieron del aparato de música y de sus discos por no desmerecerle, hasta el punto de crear un hogar totalmente enfocado al silencio.

Esta tarde tomaron mi taxi los tres. Lucas, sentado en medio de los dos, ahora es un niño guapísimo de seis o siete años. Maite me indicó un destino de viva voz, pero me lo dijo con acento extraño, como si después de tantos años volcada en cuerpo y alma al silencio, hubiera olvidado cómo se pronuncian las palabras. Y en el trayecto, hablaron Maite y Carlos con las manos y Lucas, mientras tanto, se mostraba ajeno a ellos, como si no le interesara, en este caso, la charla mantenida por sus padres (exactamente igual que cualquier otro niño al uso). Luego Carlos me dijo, “¿Qué le debo”?, con la misma dificultad en el habla que ella.

De modo, concluyo, que es posible olvidar el sonido de las palabras por amor a un hijo.

 

Besar con brackets

08 septiembre 2014

FOTO: Steven Depolo

FOTO: Steven Depolo

Los brackets son la esencia misma de la belleza corrupta. Mira esa boca. Perfecta. Labios insomnes. Comisuras que parecen guiones de diálogo al principio y al final de cada frase, y esos hoyuelos cuando sonríe, como paréntesis contenedores de tiempo (y fuera de ellos, la nada). Enfoqué el espejo retrovisor hacia su boca huyendo del cruce de miradas (soy un hombre casado) y de repente, las calles se evaporaron y yo, como taxista, hice un master en volúmenes perfectos contenidos en continentes lejanos y exóticos. Ella, por si las moscas, mantuvo la boca cerrada, pero ese preciso y precioso hermetismo pronunciaba aun más sus labios abultados por los brackets, como quien guarda un tesoro bajo la almohada y la almohada se desboca. Qué bella palabra: desboca.

Pensaba en esto por no hablar de teenagerismo que imprimen unos brackets a los veintitantos, sumados a unas pecas que son el gotelé del alma niña. Pensaba en esto por no hablar del papel que representa su lengua inaccesible y presa del pánico en esa cárcel de dientes díscolos que sueñan otra vida recta y ordenada. Besar una boca mullida con brackets es plantarle cara a la ansiedad, abrir la mandíbula suave y testar el metal, y sentirte migrante en la frontera de Melilla, y el paraíso artificial al otro lado, eléctrico instante.

—¿Qué te debo? —me dijo al final.

—No te entiendo.

—La carrera. El taxímetro. Vivo aquí. ¿Es lo que marca?

—Sí, supongo. Perdona. Estaba en otras cosas.

Y ella sonrió, tapándose la boca con la mano.

—No te tapes, por favor. No te tapes —dije yo.

Entonces ella apartó su mano. Fue solo un segundo y luego se marchó, pero aquel sencillo gesto de apartarse la mano de su boca fue el desnudo más sensual de la historia de los taxis con historia.