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¿Casado y hundido?

Cierto es que, una vez casado con quien se supone ya es la mujer de tu vida, observas a las demás mujeres en tono institucional, como un ciempiés observa un contenedor de vidrio. El resto de las mujeres ya no emiten ese áurea seductora ni tú te esmeras en hacerte el seductor, sino que son, simplemente, la usuaria de tu taxi, la policía municipal que te multa, la que pasea un bulldog por el parque o la bedel de tu delegación de Hacienda. Cuando te fijas en la blusa casualmente abierta de la cajera del supermercado, no sólo evitas colar tus ojos en esa porción extra de escote, sino que ahora te da por pensar que debería remendar el botón de marras en cuanto llegue a casa.

Si estás casado y lo que cuento te parece triste, tal vez deberías replantearte tu estado. Vivo rodeado de hombres casados, salidos como perras en celo, de esos que piropean a mujeres por la calle, o se quejan de sus propias mujeres, o insisten en mandarme vía Whatsapp vídeos y fotos de mujeres desnudas. Yo a cambio les reenvío fotos de mi mujer (vestida), como dando a entender que la propia y real está mucho más buena que cualquiera de esas suyas del todo inalcanzables. No responden, por supuesto, por decoro, y porque saben que tengo razón.

Mis lectores más antiguos sabrán que yo, tiempo antes de casarme, renegaba por completo del matrimonio. Huelga decir que, a pesar de lo que pueda parecer, no he cambiado de postura. Me acabé casando por los mismos motivos que antes me llevaban a esquivar el compromiso. Siempre quise ser libre. Y con ella lo soy. Y en mi extensa trayectoria he conocido, ni por tanto conoceré, mujer más bella y completa que aquella que ha querido compartir conmigo el resto de sus días (con mis noches). En caso contrario, ¿realmente crees que yo, don nilibreniocupado, me habría acabado casando?

El artista que vivía de borrar sus obras

FUENTE: Wikipedia

FUENTE: Wikipedia

El chico malo a medias pintaba graffitis en fachadas de comercios por las noches y después se ofrecía a limpiarlos por un módico precio. Vivía, en fin, de borrar sus propias obras. Se presentaba en las tiendas como “Limpiador profesional de fachadas con productos no abrasivos”, acordaba un precio con el dependiente (entre 30 y 40 euros, según el tamaño del graffiti a limpiar) y fin de la historia. Los comercios solían acceder a sus servicios de limpieza urgente, ya que el chico malo a medias procuraba graffitear escaparates y ventanas, lo cual dañaba la imagen del comercio en cuestión. Sin embargo, y aquí lo curioso de esta historia, el chico se esmeraba muy mucho en crear graffitis de calidad. A pesar de ser consciente de lo poco que durarían expuestos, no podía evitar pintar auténticas obras de arte. Tampoco hacía fotos de sus obras para evitar dejar pruebas, pero una vez finalizadas, no podía más que sentirse realmente orgulloso de sus obras. Obras efímeras, qué duda cabe, pero arte al fin y al cabo.

El chico malo a medias tomó mi taxi en las puertas de una comisaría. La noche anterior le cazaron graffiteando el escaparate de una heladería y acabó durmiendo en el calabozo. Pero estaba medianamente contento: al menos no habían descubierto su negocio encubierto. Al contarme su historia, le pregunté asombrado por qué se esmeraba tanto en dibujar unos graffitis que apenas durarían unas horas.

–Arte es el acto de crear– me dijo. –Lo demás no importa.

Defecto Podemos

Ayer mismo, un votante confeso del Partido Popular me confesó en mi taxi que el único camino cívico a la situación “que se nos viene encima” habría de pasar irreversiblemente por un pacto PP-PSOE, ante lo cual no pude más que responderle:

—¡Caramba! ¿Qué fue entonces de aquel PSOE corrupto que nos llevó a la ruina y hundió España?— dije tirando del argumentario Popular del último lustro.

—Ya, pero es que los de Podemos son peores.

—¿Peores que qué?

—Al menos el PSOE demostró ser fiel a la Constitución.

—¿A qué artículos exactamente? ¿Al Artículo 47 que dice que todo español tiene derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada? ¿Al 128 que dice que toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad estará subordinada al interés general? ¿O al 135 que se cargaron de un plumazo presionados por los grandes inversores?

—Podemos quiere controlar los medios de comunicación, igual que en Venezuela.

—Veamos… ¿quién dirige actualmente la agencia EFE? José Antonio Vera, exdirector de La Razón. ¿Quién dirige los informativos de TVE? Álvarez Gundín, exsubdirector de La Razón. ¿Quién dirige TVE? Sánchez Domínguez, excolumnista de La Razón. Todos ellos, en fin, nombrados sin consenso por el Partido Popular.

—No es lo mismo y, en cualquier caso, si gana Podemos será la hecatombe.

—¿Podría concretar un poco más?

—Yo tengo muchos más años que usted. Sé de lo que hablo. Estos quieren arrasar el país. ¡Mire el Pablo Iglesias ese! ¡Mire qué pintas se gasta!

—Acabáramos. Las pintas de Pablo Iglesias. Haber empezado por ahí.

–Seguro que acaban robando, como todos.

–Presunción de culpabilidad en diferido. Otro argumento de peso, qué duda cabe.

–Cuando le quiten su propia casa, ya lo lamentará.

–¿Se refiere a los bancos?

–No, no. Podemos. Dicen que van a expropiar todas las segundas viviendas.

–¿Pero cuándo y dónde han dicho eso?

–Lo escuché el otro día en 13TV.

–¿Emitieron declaraciones de Pablo Iglesias diciendo eso?

–No, no. Lo dijo un contertulio.

–Mire, déjelo.

–Se nota que es usted de Podemos, ¿eh?

–Yo no soy de nadie, caballero. Cuando ultimen su programa electoral lo leeré, y si me convence, tendrán mi voto. Pero, con independencia de algo tan lógico como es votar unas ideas u otras, no es ni medio normal el linchamiento al que están siendo sometidos. He escuchado auténticas barbaridades sobre ellos que luego han resultado ser falsas, o se han potenciado con la peor de las intenciones. Y esto sólo denota la baja calidad democrática que aún arrastra el país.

Yo (contigo dentro)

Fotograma del film The Apartment

Fotograma del film The Apartment

Algunas pocas veces, cuando los astros conjugan tu nombre y suena la canción precisa y se disipan las nubes tormentosas del recuerdo y no hace frío y el calor es placentero (de placenta), noto un ascensor recorriéndome la espina dorsal de abajo arriba, un ascensor manejado por Shirley MacLaine y yo también dentro, sonriente, ascendiendo los dos hacia mi nuca. Es raro sentirme dentro de mí y en blanco y negro, viajando del coxis al cerebro con la ascensorista más guapa del edificio de mi cuerpo, y en cierto modo siento claustrofobia de mí mismo, pero todo está limpio y la lluvia de fuera me importa bien poco (nadie se mojará en mi nombre).

Subimos al ático. Hay fiesta en el hemisferio izquierdo de mi cabeza. Shirley entra en mi despacho, tomamos un coctail, charlamos de lo nuestro. Luego ella saca un espejo roto y todo se desgrana. Decido salir de mí pero conmigo dentro. Y resulta que por fuera conduzco un taxi, y el espejo retrovisor parece intacto, y a mi espalda viaja esa misma MacLaine disfrazada de señora obesa y con ojeras con mucha prisa por llegar a su hospital. Es forense, me dice. No entiendo su prisa.

Y entre estos dos precisos mundos me debato. El de dentro a veces placentero, y el de fuera que me invento a veces. Ya dejé de preguntarme quién soy, qué soy. Ahora sólo busco sensaciones. Sólo busco ese ascensor de dentro que me lleve al piso que ella quiera.

Desenterrar el amor

FOTO: Buried alive

FOTO: Buried alive

Pasaron once años separados, sin saber nada del otro: once. En ese intervalo los dos se casaron con terceros, llegando a enterrar casi al completo aquel tórrido romance, sin duda el más intenso de sus vidas. Ella tenía un hijo, el mismo que ahora viajaba a su lado, en mi taxi, de camino al dentista. Pero al girar por Ayala dirección Velázquez, de súbito pegó un respingo.

–¡Pare!– me dijo.

Era él, caminando distraído calle abajo. Ella bajó su ventanilla y gritó ¡Carlos! Él se giró hacia el taxi y, al ver y reconocer a Laura, se quedó petrificado. Se acercó tímido al taxi, observó al niño. Laura, qué sorpresa, dijo entonces. Y os juro que los ojos de los dos echaron chispas. No sabían qué decirse, pero fue uno de esos silencios con subtítulos. Finalmente él le tendió una tarjeta:

–En fin, llámame– le dijo a ella.

Y nos marchamos.

Y ella, en secreto, le acabará llamando. Y esa llamada, después de once años, acabará por romper en mil pedazos sus dos universos. Así de imprevisible y cruel es el amor a veces.

La relatividad de lo importante

Pienso en ese abuelo que camina despacio, veintitrés minutos desde su casa a la megasuperficie comercial, atravesando un parque, bordeando un cementerio. En el supermercado de la megasuperficie comercial recorre unos pasillos sabidos de memoria, toma lo que vino a buscar comprobando bien el precio, y espera paciente en la cola hasta llegarle su turno, saluda a la cajera, le entrega el pack de cuatro yogures naturales (la oferta del día), paga a la cajera con monedas, lo lleva justo,  hasta los céntimos, y sale después caminando con sus yogures en la mano, y en el paso de cebra freno mi taxi al verle dispuesto a cruzar, pero en esto él mueve su brazo, como tratando de decirme que no, que pase yo mejor, que no me detenga y circule; él no tiene prisa y además le gusta ser cívico con los coches, ayudar en la medida de lo posible. Es un gesto tonto, apenas imperceptible ese de dejar pasar a un coche aunque él tenga preferencia, pero insisto en que no tiene prisa y prefiere no molestar y a la par serle útil a alguien, que alguien le acabe levantando el brazo en señal de agradecimiento: gracias, buen hombre, por dejarme pasar (le di a entender levantando yo también el brazo) . Y me atrevería a decir que se siente orgulloso de ello, que se siente bien consigo mismo, y al pasar mi taxi, si no vienen más coches a los que hacerles lo mismo (pasen, pasen) continuará caminando, cruzando despacio el parque, bordeando el cementerio, con apenas un pack de yogures naturales en la mano, satisfecho por algo que tal vez al resto le pase desapercibido. Y esta noche, después de una cena liviana, abrirá el yogur de la victoria y guardará la tapa con +2 puntos en el sobre de las tapas canjeables.

La extraña pareja

FOTO: William

FOTO: William

Braulio, nombre ficticio, quedaba con su amante en un hostal del centro cada jueves por la tarde, que era el día en el que Paula, su mujer, tenía pilates y café posterior con sus amigas. Sin embargo Braulio no alcanzaba a disfrutar plenamente de su amante: cada vez que se acostaban no podía evitar pensar en Paula, su mujer. Del mismo modo, y en una suerte de bucle imposible, cuando hacía el amor con Paula, no podía evitar pensar en su amante. Las dos mujeres, en fin, esposa y amante, le notaban ausente, pero Braulio no podía prescindir de ninguna, ya que en ambas encontraba un extraño equilibrio indivisible. Lo que Braulio no sabía era que Paula, su mujer, después de esas clases de pilates de los jueves, no quedaba en realidad con sus amigas, sino que alargaba las clases con el monitor de pilates en el apartamento de éste. Paula hacía el amor con aquel hombre cada jueves por la tarde, después de las clases, y sin embargo, ella también pensaba en Braulio. Pensaba en su marido aunque de un modo distinto: lo suyo era simple venganza. Paula sabía casi desde el principio que Braulio tenía una amante. Pero en lugar de reprochárselo, optó por investigar a la amante en cuestión. No tardó en comprobar que la amante de Braulio, a su vez, estaba casada con un monitor de pilates. El resto os lo podéis imaginar.

A pesar de todo, extrañamente, se quieren. Paula y Braulio se quieren. O al menos no tienen intención de separarse. Lo sé porque Paula se dejó olvidado el iPad en mi taxi, y no pude evitar ojear sus notas en forma de diario. Luego devolví el iPad en el local de pilates del que la vi salir justo antes de tomar mi taxi. Llamé a la puerta y entregué el iPad al monitor. Como a él también le dé por leer el diario, arderá Troya.

El cielo ahora mismo

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

El cielo ahora mismo es la habitación de un fumador soltero. Se deshace el gotelé y los coches no parecen disfrutar de los charcos: tocan el claxon, que es la forma fácil de gritar sin sentirte culpable. En esto se abre el semáforo, pero hay un autobús atravesado justo delante de mi taxi. Un chaval de pie en el interior del autobús me observa con ojos de preso en el vientre de Moby Dick. Se encoje de hombros, dibuja una estrella en el vaho del cristal. Sin duda llega tarde, aunque no parezca importarle demasiado. Giro el volante de mi taxi, intento cruzar aprovechando un hueco entre la barbilla del autobús y el coxis de una furgoneta de paquetería urgente. El conductor del autobús parece un muñeco de playmobil. La misma expresión simpática y sin embargo ausente. Acelero en cualquier caso. Sigue lloviendo. A ambos lados, paraguas. Hay un hombre en la boca del metro vendiendo paraguas. Curiosamente, es el único en la calle que no lleva paraguas. El que vende paraguas lleva un abrigo con capucha. Me fijo también en una pareja compartiendo un paraguas. Él sujeta el pomo. Ella se sujeta al brazo de él. Tal vez si ella le soltara, el chico saldría volando como Mary Poppins. Tal vez sea ella quien le mantiene a él con los pies en el suelo. También hay un hombre sentado en la acera con la mano erguida, pidiendo limosna. A su lado, un cartel en blanco, sin mensaje. Quizás el mensaje se encuentre escrito en el dorso y se confundiera al colocarlo. O quizás el mensaje sea ese: nada.

A todo esto, se me olvidaba. En el asiento trasero de mi taxi viaja una conocida parlamentaria del Congreso que nos representa a todos. No diré su nombre, no diré sus siglas. Sólo diré que en los veinte minutos que duró el trayecto, apenas levantó la vista de su teléfono móvil. Se mostró totalmente ajena a todo lo que os cuento. No observó el atasco, ni los paraguas, ni al vendedor de paraguas, ni a aquella pareja ingrávida, ni al mendigo. Por no fijarse, ni siquiera se fijó en la lluvia.

Terapia de grupo

Magda llevaba años acumulando gotas, rebasando el vaso, reforzando el borde del vaso para contener más gotas, ahuecando sus manos para las gotas sobrantes, fregando las gotas que caían al suelo. Hora y media para ir al trabajo, ocho horas y media de curro con un descanso para comerse un mísero tupper que cocinaba la noche anterior, otra hora y media de vuelta, bañar a los niños, ayudar al mayor con los deberes, darles la cena, limpiar la casa, cruzarse con Juanma, su marido, vigilante de seguridad en el turno de noche, pagar el alquiler, la luz, el agua, el gas, dos teléfonos, la guardería del pequeño y el comedor del mayor, las letras de la lavadora, las cinco últimas cuotas de un crédito al consumo que tuvieron que pedir para pagar a Hacienda y arreglar el coche… La pillé de vuelta a casa, saliendo del metro para tomar el autobús interurbano que perdió por segundos. El próximo salía en media hora, y no le daba tiempo a bañar a los niños (hoy Juanma doblaba turno), de modo que tomó mi taxi.

—Buenas noches. A Parla, por favor. ¿Cuánto me costará, más o menos?

Metí el destino en el navegador, calculé los kilómetros y dije:

—Unos 20 euros.

—¿Admites tarjeta?

—Sí.

Y allá que fuimos. En el trayecto me contó cada gota de su vaso, desbordándose ella y salpicándome a mí. Y tanto nos ahogamos que al tomar el desvío, dirección Parla, paré un momento en el arcén, detuve el taxímetro, bajé del taxi, abrí su puerta y dije:

—Sal.

—¿Cómo dices?

—Sal conmigo. Terapia de grupo.

Corrí unos metros por el descampado aledaño y comencé a gritar:

—¡¡AAAAHHHHH!!

Ella sonrió desde el taxi y corrió hacia mí.

—¡¡AAAAHHHHH!!

—Suéltate —dije.

—¡¡ESTOY HASTA EL MISMÍSIMO MOÑO DE MI JEFE, Y DE CHUPARME TRES HORAS DE VIAJE PARA IR A UN TRABAJO DE MIERDA, Y DE LA SUBIDA DEL RECIBO DE LA LUZ, MENUDA PANDA DE MANGANTES, Y DE NO PARAR NI UN MALDITO SEGUNDO DESDE QUE ME LEVANTO HASTA QUE ME ACUESTO!

—¡Sigue, sigue!

—¡¡Y QUE A VICTOR NO LE GUSTEN LAS LENTEJAS, Y QUE JUANMA SE ADUEÑE DEL MANDO CUANDO HAY FUTBOL, Y QUE EL RETRETE GOTEE Y EL CASERO PASE DE ARREGLARLO, Y QUE HACE CINCO AÑOS QUE NO TENEMOS VACACIONES!!

—¡Vas muy bien!

—¡¡Y NI ME ACUERDO LA ÚLTIMA VEZ QUE JUANMA ME HIZO UN CUNNILING

—VALE, vale. Esto…  Hace frío, ¿eh? Vámonos, anda.

Decadencia

FUENTE: fotolibre.org

FUENTE: fotolibre.org

Con bastante frecuencia y no siempre de noche, me veo obligado a brear con usuarios de mi taxi drogados de verdad, de esos que ya no son capaces de ocultarlo e incluso reconocen haber perdido el control anoche, o la noche anterior a la última noche, y ahí siguen dos días después, desbarrando, sin frenos, mientras el cuerpo y el bolsillo aguanten. Leo en sus ojos cierta lucha horrible contra sí mismos, dando tumbos en la cuerda floja y sin red de la cordura, lanzando su reloj por la ventana, matando a palos a sus ángeles y a sus demonios, sin saber quién es cual o tal vez sean demonios disfrazados de ángeles o viceversa. Saben que el bajón final se acerca y sin embargo, no dudan en mostrarse decididos a quemar hasta el último cartucho, como si no hubiera vida después de esa última raya lamiendo el papel, o del límite final de su tarjeta.

No conozco situación más decadente y tal vez muchos jóvenes, si vivieran semejante espectáculo en el hermético entorno de un taxi, si tuvieran que conducir un taxi mientras un hombre hastiado y perdido viaja justo detrás de su cuello, comprenderían el efecto real que producen las drogas.