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¿Qué buscan las mujeres?

FOTO: Pixabay

Tal vez buscaras ser retórico al preguntar, desde el asiento trasero de mi taxi, qué buscan las mujeres, pero el trayecto era corto y el tráfico infernal. Así que opté por callarme y contestar por aquí. Espero que de algún modo te llegue, aunque me conformo con que llegue a todo aquel que se formule esa misma pregunta.

La pregunta es un error en sí misma: quien la plantea sin duda cree que todas las mujeres son iguales, lo cual es simplón y rematadamente falso. Es falso, incluso, cuando tu único objetivo es tener sexo con ella y lo que surja. Ni siquiera hay dos mujeres iguales en lo referente al cortejo. Hay talleres de seducción y todos, sin excepción, son zafios (si yo fuera mujer me sentiría profundamente ofendida por esto). Te enseñan seducir a las mujeres como un cazador enseña a abatir corzos. Es más: si a través de esas técnicas consiguieras seducir a alguna, esa mujer no valdrá la pena en absoluto.

Nunca hay que hablar de las mujeres en plural. Deberías plantearte la pregunta de otro modo: ¿Qué busca Laura? ¿Qué busca Maite? ¿Qué busca Sara? ¿Qué busca Eva? Y en las tres habrá un matiz completamente opuesto. Laura busca a un hombre canalla pero con su punto tierno, brutote en las formas pero sensible y detallista en el fondo. Un hombre que se lo curre con ella, capaz de humillarse en el cortejo pero, una vez afianzado, se muestre celoso y posesivo. Maite busca acorralar a un hombre en apariencia seguro de sí mismo aunque de intelecto frágil, con fisuras, potencialmente acomplejado. Sara sin embargo busca el equilibrio perfecto, un hombre exactamente igual que ella y por lo tanto previsible, sin sobresaltos. Prefiere lo aburrido y seguro a cualquier altibajo. Eva, por el contrario, no busca a nadie, así que ni lo intentes. Está plenamente centrada en su oposición a fiscal del Estado y es feliz así. Luego está Magda, que busca a cualquier desconocido que sin apenas mediar palabra la empotre en los lavabos de un tugurio. O Nuria, del Opus y virgen hasta el matrimonio. O Carmen, de tendencia depresiva que busca hombres problemáticos que motiven afianzar sus problemas. O Vanesa, que busca hombres con dinero para sacarles hasta el último euro. O Tania, que no sabe qué busca porque anda perdida y el mismo perfil de hombre podría enamorarla o serle indiferente según el día.

Y luego están los hombres que prefieren moldearse a cualquier perfil de mujer en lugar de buscar a la mujer que encaje en su perfil. Normalmente son hombres abocados al fracaso, aquellos que suelen preguntarse qué es lo que buscan las mujeres.

Y luego estamos aquellos que, en lugar de buscar, encontramos.

Quedan 3 meses y 21 días para el fin del mundo

Pudiera ser que montara en mi taxi una mujer con la cara recién lavada, y que en pleno trayecto le diera por sacar sus bártulos de molar del bolso y que ahí mismo, entre baches y giros y atascos, comenzara a maquillarse. Pudiera ser que por culpa de un frenazo brusco se le cayeran una cajita con polvos de maquillaje sobre el asiento, y que en su intento por sacudir la tapicería con la mano, los polvos quedaran aún más incrustados. Pudiera ser que al marcharse avergonzada y disponerme yo a frotar con fruición el asiento, me percatara del curioso dibujo que habrían formado los polvos sobre el lienzo de la tapicería: una suerte de rostro angelical con sus ojitos, su nariz difuminada y su halo a escasa distancia de la cabeza. Pudiera ser que le hiciera una foto al dibujo y lo colgara en mi muro de Facebook bajo el título “Mirad lo que ha aparecido de repente en el asiento de mi taxi” y que al instante, para mi sorpresa, la mancha en cuestión se convirtiera en un viral con miles de Megusta y centenares de comentarios. Pudiera ser que, entre esos cientos de comentarios, hubiera grupos religiosos tratando de contactar conmigo, instándome a verificar in situ la imagen en cuestión. Pudiera ser que, dado que me aburro como un mono, accediera a quedar con ellos y que un grupo de expertos de la Universidad de Massachusetts sometieran al asiento a un test infrarrojo y analizaran también una muestra del pigmento en cuestión. Pudiera ser que al final concluyeran que la imagen corresponde a San Andrés y los polvos, a un material desconocido por el hombre (que no por la mujer). Pudiera ser que, a partir de entonces, miles de devotos religiosos peregrinaran en dirección a mi taxi, haciendo largas colas para rezarle al asiento y regalarme ofrendas y donativos. Pudiera ser que, a raíz esto, se creara una nueva religión llamada “Simpulsianos del Último Día” (a raíz de mi perfil en Twitter: @simpulso) y que miles de devotos quedaran a merced de mis palabras. Pudiera ser que el mensaje analizado del ordenador de abordo de mi taxi “Quedan 3 meses y 21 días para su próxima revisión” fuera interpretado como una señal correspondiente a la fecha exacta del fin del mundo, y por lo tanto sólo se salvarían aquellos simpulsianos que en dicho día se encontraran dentro de un taxi. Pudiera ser que miles de simpulsianos repartidos por todo el mundo acabaran comprando todas las licencias de taxi de su ciudad con la intención de asegurarse un asiento el día del juicio final. Pudiera ser que los taxis del mundo entero acabaran en manos de simpulsianos que aprovecharían, a su vez, para convertir en sus creencias a todos y cada uno de los clientes que usaran taxis. Pudiera ser que al llegar el día del juicio final yo me encontrara en paradero desconocido, gastándome la pasta acumulada.

¿Te parece absurdo lo que cuento? Exacto.  La diferencia entre secta y religión está en su número de adeptos.

La vida de esa chica

FOTO: Wikipedia

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Me interesa la vida de esa chica que viaja ahora en el asiento trasero de mi taxi. Me interesa lo que esconde (huelga decir que todos, sin excepción, escondemos algo). La observo fija y disimuladamente a través del espejo. Mírala. Tiene ojos de “quiero llegar a casa para ver los dos últimos capítulos de Juego de Tronos”. Tiene ojos de “debería llamar a papá por su cumpleaños, aunque después de la bronca que tuvimos será mejor mandarle un Whatsapp”. Tiene ojos de “hoy no me apetece cocinar. Pediré una pizza mediana con alcaparras y anchoas”. Tiene ojos de querer darse una ducha caliente después de cenar la pizza con Nestea y un yogur de piña (con trozos de piña), ojos de secarse el pelo mientras sigue dándole vueltas a lo de Mario. “Ya van tres semanas sin hablar de él”, me dicen sus ojos, aunque también tiene ojos de seguir cotilleando a escondidas el Facebook de Mario, y también, ya de paso, el Facebook de la tal Victoria F. S., la rubia esa con cara de caballo que comenta cada puta foto que Mario cuelga. Que si “vaya brazos gastas, Mario”, que si “habría que llamarte arMario”, que si “¿lo tendrás todo igual?”. Menuda zorra, la tal Victoria: ahí le exploten las tetas (que seguro que son de silicona). Tiene ojos de “si consigo reconciliarme con Mario se va a enterar de lo que vale un peine. Lo primero que pienso preguntarle es por la tal Victoria. Le diré: Mírame a los ojos y dime que no te has tirado a la zorra esa. Y él pondrá carita de cordero degollado, porque se machaca en el gimnasio, cierto, pero luego sabe poner cara de no haber roto un plato en su puñetera vida”. Tiene ojos de estar a punto de alzar los ojos y decirme “Páreme ahí mismo. ¿Qué le debo?”.

Y aunque no habláramos nada en todo el trayecto y al final, en verdad, me dijera “Deténgase en ese portal. ¿Tiene cambio de 50?” el resto, lo que decían sus ojos, lo acerté todo. Estoy seguro.

Síndrome de Esto(es el)colmo

Cuando te atracan por la calle, cuando te roban el bolso o la cartera o el móvil al descuido, en la puta cara, a plena luz del día, y el caco en cuestión sale corriendo y no le persigues por miedo, o por falta de reflejos y tu sola reacción es quedarte plantado, absorto, aflora en ti una rabia desmedida; un deseo de venganza y de justicia y de impotencia difícilmente comparable a nada. Te asusta pensar qué harías con el ladrón si lo tuvieras delante, qué clase de castigo le impondrías capaz de saciar toda tu furia. Pensarlo y sentirlo es perfectamente loable. A todos nos afecta que nos roben en la cara, que no lleguemos a recuperar lo robado, y encima, que el caco siga campando a sus anchas.

Llamadme imbécil, pero apenas percibo diferencia entre un ladrón de este tipo y quien afana mi pasta de las arcas públicas con total impunidad. Me refiero al político corrupto inflando presupuestos para morder su parte, o al que trinca de la saca de las ayudas a los parados, o a los más de ochenta consejeros gastando pasta a mansalva a través de una caja rescatada con mis impuestos. Me parece repugnante que uno de esos consejeros (ex capo de la patronal y acusado de pagar en negro a sus empleados, para más señas), se pasee por las teles y las radios hoy y ayer y antes de ayer con el rostro compungido, haciéndose la víctima, y los medios en cuestión le agradezcan, para mayor bochorno, su trato afable y desparpajo en sus respuestas evasivas.

–Usó su tarjeta black en una farmacia.

–No lo recuerdo. Supongo que me dolía la cabeza.

–¿Dos pagos de 116 y de 124 euros en un mismo día para… aspirinas?

Y no pasa nada. Acaba una entrevista tras otra y todos los periodistas, sin excepción, le agradecen haber dado la cara en lugar de partírsela ahí mismo, en riguroso directo. ¿Te imaginas a ti mismo entrevistando al caco que se llevó tu cartera y que después le des la mano y las gracias por su presencia? Aquí sí. En España es posible. Aquí es normal que un ladrón de lo público nos orine en prime time y acabemos, en fin, normalizando el poder diurético de las lluvias doradas.

El espejo del alma

FOTO: Adrian Serghie

FOTO: Adrian Serghie

Somos más de siete mil millones los hombres y mujeres que habitamos en esto que llaman planeta tierra y, a pesar del mareante dato, si viajaras a Pekín y entre un tumulto de miles de estudiantes exigiendo democracia te encontraras, qué sé yo, con tu vecino del cuarto derecha de tu piso en Aluche, le reconocerías de inmediato, al instante, sin género de dudas, e incluso le verías cambiado, con dos kilos de más y el pelo más corto.

Hay algo asombroso que nos hace ser únicos entre millones y millones de rostros; algo que va más allá de una nariz chata, o de unos ojos azules, o de unas cejas más o menos pobladas o arqueadas. Tal vez la experiencia moldee en cierto modo los matices de esos rostros convirtiéndolos en únicos: ¿cuántas veces hemos reído a lo largo de la vida?, ¿en qué medida hemos amado? ¿toleramos el dolor? ¿tendemos a exagerar nuestra ansiedad? Eso, indudablemente, queda. De algún modo u otro queda grabado en los rasgos, aseverando o suavizando las comisuras, o las líneas de los ojos, o las olas que navegan por frente. Dicen que la cara es el espejo del alma y no hay dos almas iguales, ni dos formas iguales de entender el mismo alma, o el mismo espejo. Por tanto, estamos obligados a sentirnos únicos, irrepetibles e irremplazables.

Quiero decir que nadie puede evitarse. Por suerte o por desgracia nadie puede evitar no tener igual o pasar de puntillas por este mundo. Y aunque no lo quieras, has nacido para hacer historia.

Escribir borracho

“¿Escribes borracho? ¿He estado leyendo durante años a un borracho? Sinceramente, me has decepcionado. Que sepas que acabas de perder un lector” me dijo un (ex)lector nada más reconocerme en la terraza de un bar, dándole yo a la tecla del portátil, con cuatro o cinco cadáveres de tercios de cerveza custodiando mi mesa (a modo de frontera con el mundo). Me dejó realmente sorprendido, la verdad. Entendería que cualquiera pudiera echarme en cara manejar mi taxi borracho, o conducir un camión de siete ejes borracho, o un avión, ¿pero acaso es conducta peligrosa andar a la caza de la musa disparando cervezas? ¿puede contagiarse el alcohol a través de la palabra escrita? (Ojalá, pensarían algunos).

Soy de carácter compulsivo (mi nick @simpulso no es más que una broma interna para reírme de mi auténtica naturaleza). Escribo compulsivamente como un puto loco suicida. Y cuando escribo, no soy consciente de lo que hago en derredor. Fumo sin freno, y bebo y pido más cerveza sin darme cuenta. Sé que la literatura me está matando, pero en mi defensa diré que también me da la vida. Me da más vida de la que me quita, quiero decir. Prefiero matarme escribiendo que morir lentamente y en blanco. Bien es cierto que últimamente sólo bebo y fumo demasiado cuando escribo, pero escribo mucho, cada día más. Desconozco si bebo con la excusa de escribir o si escribo con la excusa de beber. En cualquier caso, lo que más le importa al cínico lector es, precisamente, el resultado. Lo que lee. Lo que en el fondo le llega dentro. Si se le parte el alma, o si se ríe, o se emociona, o se le enciende una luz en algún lugar recóndito del coco.

Sí, dije cínico lector. El buen lector ha de serlo. Y también egoísta. Y cruel en sus críticas. Si un escritor no te gusta, si no te transmite nada después del primer párrafo, o en una novela después de las diez primeras páginas, tira ese libro. Mándalo a la mierda. Sin compasión. Sin sentimiento de culpa. Nadie debería pedirle perdón a un escritor por no gustarte lo que escribe, por mucho que diga haber sudado cada palabra, o haberse documentado durante años. Ese escritor no vale para ti. No pasa nada. A mí Bucay me parece un cretino, o Allende una petarda anclada en la fase anal. No hizo falta más que leer un par de libros suyos para darme cuenta. Les falta alma, como a cualquier impostor literario que se vende en Carrefour junto a los discos de Melendi. La literatura, tal y como yo la entiendo, no es eso. A mí me importa una mierda que Miller escribiera hasta arriba de alcohol, o que Foster Wallace necesitara kilos de barbitúricos para esquivar sus depresiones y ponerse a escribir. Los dos fueron auténticos genios de la literatura. Y las drogas o el alcohol no les convirtieron en genios. O dicho de otro modo: por muchas drogas que consuma, por ejemplo, la mojabragas de Cincuenta Sombras de Grey, jamás llegará a arrancarle al lector los párpados de la cordura al nivel de Marías (Javier), o al nivel de Bolaño.

Yo no sé si soy un buen o un mal escritor. Sólo sé que me importa un carajo: seguiría escribiendo aunque no me leyera nadie (al igual que tú deberías dejar de leerme si no te llego).

Y sí, dicho sea de paso estoy borracho. ¿Algún problema?

Si quieres saber el secreto de la felicidad, no leas esto

FOTO: Remex

FOTO: Remex

Con el paso de los daños he aprendido a distinguir al usuario feliz de mi taxi respecto a los demás mortales. Y he concluido que el hombre o la mujer feliz lo es, principalmente, por haber sobrepasado la esencia de su propia mismidad. Quiero decir que ha conseguido asumir su carcasa, sus virtudes, sus defectos, y se presenta en bruto, sin trabas, sin complejos, y una vez rebasada la barrera de lo físico y de lo psíquico se dedican, simplemente, a disfrutar del día a día. Lo más curioso del asunto es que, por norma general, suelen mostrarse más felices aquellos de aspecto físico no especialmente agraciado: a veces gorditos, a veces tirando a feos, pero más seguros de sí mismos, sin embargo, que el mayor de los Adonis, lo cual, dicho sea de paso, les vuelve extrañamente atractivos, o al menos emiten un áurea atractiva y, por tanto, atraen. Se nota en su mirada, se nota en el tono de su voz, incluso en su lenguaje gestual desenfadado. En el extremo opuesto, como digo, se encuentran todos esos guapos y guapas de revista que toman asiento en mi taxi como auténticos palos erguidos y le dan más importancia al qué dirán que a su propio lenguaje interior. Viven atrapados en la opinión del otro respecto a ellos mismos, y esto les vuelve inseguros y, por tanto, no tan felices como esos otros. Ni siquiera ríen igual: parecen risas ensayadas para agradar, risas aprendidas.

Llegado a este punto de la vida, reconozco que siento más envidia por el gordito feliz que por los Hércules de la dieta y el gimnasio. Estos últimos no tienen ningún mérito más allá de llevar estrictas conductas en lo referente al físico. Y con éstos también me refiero al que ejercita en demasía el intelecto, aquel que busca respuestas a todo y no suele hallarlas, lo cual les vuelve incompletos y frustrados en infinito bucle.

No quiero decir que el secreto de la felicidad esté en comer como si no hubiera un mañana, o en no leer ni el prospecto del champú, o en el término medio o el manido mens sana in corpore sano. Me refiero a otra cosa que no he llegado a alcanzar, ni a saber cómo alcanzarla. Conformarse con lo puesto no es tarea fácil, no se aprende en el blog de un taxista, ni en un maldito libro de autoayuda. Fijaos en los niños, no sé. Después de la infancia, todo es susceptible de torcerse.

Lo que sé de la distancia

FOTO: Spring Dew

FOTO: Spring Dew

Luchas incansablemente contra ti mismo, Vicente, y cuando pierdes, acabas en el bar, y si ganas en ganas, lo celebras con Mercedes, tu mujer (película y manta en el sofá, ella acurrucada en tu regazo). Mercedes sabe de tu buen fondo, aunque en los días más turbios llora ese Vicente de antes, responsable, detallista y cariñoso, aquel que llegó a enamorarla y os unió por siempre, quizás, en la salud y en la enfermedad, en el ir tirando de antes y en la pobreza de ahora. Mercedes sólo llora bajo la ducha por ser el único espacio capaz de disimular las lágrimas si entraras de repente para afeitarte, o entrara vuestra hija a lavarse los dientes; sólo hay un baño, así que a veces Mercedes toma duchas largas, y llora a sus anchas evitando, eso sí, hacer ruido. A veces para de llorar justo al tiempo que cierra la llave de la ducha, como si sus conductos lacrimales se hubieran unido a los grifos del agua y consiguiera manejar el torrente de tristeza a golpe de giro de muñeca. Ojalá fuera siempre tan fácil como abrir y cerrar un grifo, piensa a veces.

Perdiste el trabajo, Vicente, pero también las ganas de seguir buscando. ¿Quién querría contratarte a tus cincuenta y cinco mal cumplidos y esa cara de derrota, y esa voz titubeante? Sabes que el alcohol no es la solución sino la causa de muchos problemas, pero calma las heridas cuando duelen demasiado, pero las hace más grandes, pero las calma, pero las hace más grandes. Al menos te queda el consuelo de saber que Mercedes está ahí, aunque llegues borracho mientras ella finge que duerme de espaldas, y tú te acuestes, despacio, a su lado, y le des un beso etílico en el cuello y susurres sin aliento: “buenas noches” y también le des la espalda aunque hubieras preferido darte la espalda a ti mismo. No debiste entrar en aquel bar después de tu enésima entrevista de trabajo. No debiste gastar tus siete últimos euros en aquel taxi de vuelta a casa.

Y no puedes dormir, pero duermes con ganas de no despertar jamás, pero despiertas mañana. Son las ocho y cinco y tu cama está vacía. Suena la ducha. Será Mercedes.

Los límites del humor (versión beta)

Chica conoce a chico en Twitter. Intercambian menciones (respuestas simpáticas a tuits ocurrentes). Llegan los DMs. Más DMs. Deciden agregarse en Facebook. Chica ojea las fotos del chico (le resulta interesante). Chico pincha en el álbum “Verano 2013 Ibiza con amigas” de la chica (se centra en su figura en bikini y en el piercing de su ombligo). Empiezan a chatearse. La primera noche, cuarenta minutos. La segunda, hora y media. La tercera, deciden quedar. Ella es de Madrid, él de Fuenlabrada. Ella vive con sus padres. Él vive solo, en el piso que en su día compró con su exnovia. Para mayor comodidad de ella, acuerdan quedar en el Mercado de San Miguel de Madrid. Él se acerca en coche y lo mete en el parking de la Plaza Mayor. Ella acude en Metro. Al verse a las nueve treinta en la puerta del mercado, se reconocen enseguida. Deciden tomarse unas cañas y picar algo en los puestos del mercado. El encuentro cara a cara parece funcionar. Las cervezas ayudan.

Después de cuatro o cinco cañas con sus pinchos, deciden pasarse al gintonic en un local más apartado. Y al segundo gintonic, se besan. Y al cuarto gintonic, pasadas ya las tres de la madrugada, el chico propone a la chica dormir en su casa. En Fuenlabrada.

—Venga, vale. ¿Cómo iremos?

—En mi coche. Lo tengo ahí mismo, en el parking.

—Ni hablar. Bebiste demasiado.

—Tranquila. Yo controlo.

—En serio. No insistas. Olvídalo.

Al final el chico, por no dejar su coche toda la noche en el parking, decide marcharse solo a casa. Por el camino, le paran en un control de la A-42, y cuadruplica la tasa de alcoholemia permitida. Le quitan en carnet, se lleva el coche una grúa, y el chico queda a la espera de vérselas con un juez.

La chica, por el contrario, toma un taxi de camino a casa. Mi taxi, para ser exactos. Tal vez movida por el alcohol, se arranca a hablar conmigo sin parar. Me cuenta toda su historia con aquel chico: que la cosa, en un principio pintaba bien, pero que al final la cagó comportándose como un niñato por culpa de lo del coche. Llegamos a su casa, se marcha, y en esto se deja olvidado el móvil en mi taxi. Caigo en la cuenta poco después de arrancar, cuando me sorprende un pitido en el asiento trasero del taxi. Me giro y encuentro su iPhone. El pitido corresponde a un Whatsapp del chico. Lo abro y leo: “Menudo putadón, tía. Acaban de trincarme en un control de alcoholemia. Multaza con juicio, sin puntos, y encima se llevan el coche (emoticono triste)”.

No puedo evitar hacerme pasar por ella y le contesto: “Te jodes, por niñato. Si hubiéramos pillado un taxi, ahora me tendrías en tu cama (emoticono de berenjena, emoticono de boca abierta)”.

Al instante llama la chica a su mismo móvil. Contesto: “Sí, sí. Aquí lo tengo. Doy la vuelta y regreso a tu portal en dos minutos”. Me acerco de nuevo a su casa y le entrego el móvil. La chica me da mil gracias y se marcha. No sé qué pensará cuando vea el mensaje que envié en su nombre. Tal vez se lo tome con humor, tal vez justo lo contrario. Me pueden las formas, lo sé. Y lo siento.

Nota: En mi defensa diré que me reí bastante.

Gobiernos daltónicos

Colors

El virus del consumismo también produce fiebre en la cordura. Compramos ideas a la carta que piensan por ti, argumentan por ti y trabajan sin descanso para tu comodidad. Y Si no te gusta la realidad, te construyen otra. ¿Crees que exagero?: dile a un daltónico que la sangre es roja y te dirá que mientes. Y además, moverá su maquinaria mediática para hacerte creer que el daltónico eres tú y que la sangre es verde, o que el verde es lo que tú entendías por rojo, y acabarás dudando de tus mismos ojos, de tu misma sangre.

Nos gobiernan maestros del marketing capaces de vender una mala gestión como un éxito torpedeado por una enfermera daltónica. Y para demostrar el potencial de nuestros medios técnicos, emiten en la tele pública imágenes del hospital Charité de Berlín, Alemania. Tal vez luego rectifiquen, o susurren perdón, pero Charo y Antonio, al ver esas imágenes en el sofá de su casa en Vallecas, pensaron: “¡Qué nivel!” y se acostaron maldiciendo a los daltónicos.

Y de tanto confundir los colores, habrá quien acabe sáltandose semáforos en rojo pensando que es verde. Y habrá accidentes. Muchos más accidentes.