La puta cabeza

25 abril 2014

FOTO: Loco Steve

FOTO: Loco Steve

Son rostros superpuestos. Lo que veo a diario en mi taxi son eso, capas de rostros que me traen recuerdos (algunos difíciles de ubicar y algunos dolorosos, lo cual demuestra que sigo arrastrando un pasado no resuelto, o briznas de pasajes mal limados en ese colador disfuncional que es la memoria). Todo surge como un chispazo: entra alguien, cualquiera, en mi taxi y siempre encuentro rasgos en él o en ella que me resultan vagamente familiar, como si ese rostro o parte de ese rostro lo hubiera visto antes. Y entonces navego por mi archivo y surgen nombres, o simplemente caras veladas por el paso del tiempo, cuyas conexiones no consigo resolver: ¿Me crucé con ese tipo en algún bar, o tal vez compartimos cola en Hacienda, o es hijo o nieto de algún profesor mío, o el padre de alguna exnovia, o el cabrón que tropezó conmigo y me tiró el helado en el Parque de Atracciones aquel fatídico 23 de junio de 1986? ¿Acaso hay escena más triste que un niño con la bola de su helado caída a sus pies, y el niño mire estoico de reojo al padre, esperando su reproche o buscando más que nunca su consuelo? ¿Cómo resolver un trauma así? ¿Busco venganza? ¿Es mi taxi una excusa para buscar al hombre que me tiró el helado y devolverle (con intereses) mi cuota de tristeza? ¿Muerto el causante se acabó el trauma?

Pero luego está el amor. Supongo que el amor es el barniz de los dolores. Siempre habrá en mí, como en cualquiera, una lucha entre opuestos. Luces y sombras alternándose ad infinitum, ya sabes. La puta cabeza. Nadie puede controlar su puta cabeza.

La madre de mi amigo imaginario

23 abril 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

Ayer por la tarde montó en mi taxi una mujer joven, no más de veinticinco años, enfundada en un vestido de premamá pero sin vientre de embarazada debajo. El vestido parecía totalmente deshinchado, con los pliegues sobrantes de la tela colgando por delante del cinturón, y al sentarse en mi taxi (o más bien reclinarse) no aprecié bulto alguno, sino un vientre completamente plano.

Sin embargo, al tomar asiento, la chica se puso el cinturón de seguridad del mismo modo que lo hacen las embarazadas (enfundándose sólo la parte diagonal del cinturón y la inferior, la que se ajusta al bajo vientre, pisada debajo del culo). Por otra parte noté que la chica trataba de evitar conscientemente apoyar sus manos sobre su vientre. Las mantuvo en todo momento a ambos lados de la cintura, con las palmas sobre el asiento: una pose nada natural, o más bien forzada. A tenor de todo esto pensé que podría tratarse de un embarazo ya no psicológico, sino fantasma: que ella realmente creyera que en su vientre se fraguaba algo y actuara en consecuencia. Aquello no me resultó tan raro teniendo en cuenta que todos, de chavales, hemos tenido nuestro amigo imaginario (y ese amigo, digo yo, tendrá una madre). En mi caso, mi amigo imaginario se llamaba Fran, y aprobé 3º, 4º y 5º de EGB gracias a sus susurros (hasta que Fran, de improvisto, se marchó a vivir a Praga y yo, por lo tanto, empecé a suspender). De hecho, ahora que lo pienso, aquella usuaria de mi taxi tenía los mismos ojos azules que Fran. Podría ser su madre imaginaria, aunque a destiempo (lo cual tampoco es de extrañar: en el mundo de la imaginación, el tiempo transcurre a distinto orden).

Ahora sólo me pregunto qué habría pasado si hubiera surgido el amor entre esa mujer y yo, y acabáramos los dos buscando un hijo real, y ella se quedara embarazada de verdad. Sin duda daría a luz a aquel amigo imaginario de mi infancia (versión palpable). Y, por supuesto, lo llamaríamos Fran, y en esta ocasión te juro que haría todo lo posible por evitar que se marchara a Praga.

Adicto

22 abril 2014

Peine del Viento (FUENTE: Wikipedia)

Peine del Viento (FUENTE: Wikipedia)

Busco emocionarme. Busco emocionarme igual que un crónico necesita morfina. Me emocionan los recuerdos que elijo, un buen puñado de libros, fragmentos de canciones, escenas de pelis o incluso un cabello rubio tuyo en el sumidero de la ducha. Me emociona el concepto “Unidad del dolor”, el concepto “Voz rota”, la palabra “Ausencia”, o cuando alguien de los míos consigue desmontar al enemigo. O el abrazo del que no suele darlos, o que esa novia que me hizo tanto tanto daño viva ahora rodeada de gatos, coleccione tarrinas vacías de Häagen-Dazs y pague por inscribirse en una web de contactos: el equilibrio cósmico me emociona porque ayuda a sentirme a salvo. Y las heroicidades sin ánimo de lucro. Y los usuarios de mi taxi que insisten en ofrecerme caramelos de menta cuando toso, y las miradas de algunas camareras, y pasar una y mil veces por el escaparate de aquella pastelería de la calle Atocha para admirar la belleza de una de sus dependientas, la del pelo rizado y labios de Lladró. Y ciertos leggins también.  Me dan la vida.

Y el color verde del campo verde. Y el olor de la lluvia empapada en musgo. Y el olor en las gasolineras. Y el olor de la lejía desinfectante. Y el olor del agua oxigenada en el momento exacto de cauterizar las heridas. Y salir de la consulta del psiquiatra en manga corta. Y echarte de menos y saber que estás en casa, esperándome, o tocando la guitarra, o subiendo vídeos a YouTube. Y llorar sin argumentos, sólo por desfogar el SPAM del alma. Y escribir exactamente lo que estoy pensando, o mejorarlo, o avanzar. Me emociona eso. Creer que avanzo aunque yo esté quieto y en realidad sea el viento el que produzca en mí esa sensación de velocidad. Repito: Creer.

Creer en ces intercaladas es crecer. Y quiero creer que crezco.

Los hijos que tal vez tengo

21 abril 2014

Imagen del FILM Being John Malcovich

Cartel promocional del film Being John Malcovich

Hoy me ha dado por pensar que cualquier chico o chica de hasta diecisiete años de edad podría ser hijo mío. Uno nunca sabe qué fue de aquellas mujeres que frecuentaron mi cama, o si falló la prevención y decidieron tenerlo a mis espaldas y criarlo sin padre aunque con mis mismos genes, y ahora se encuentren caminando por las calles que yo frecuento o tal vez, incluso, hayan montado en mi taxi alguna vez. De hecho, esta misma tarde subió un chico con su abuela que se parecía a mí (no la abuela, el chico: la misma nariz, los mismos ojos hundidos, e incluso el mismo gesto ensimismado). Me asusté tanto que al bajarse de mi taxi aparqué de tapadillo y me colé en su portal para buscar por los buzones algún nombre que pudiera resultarme familiar. No encontré coincidencias sospechosas, aunque también es cierto que no recuerdo los nombres de todas esas chicas, ni mucho menos sus apellidos (incluso pudiera no acordarme de sus rostros si me cruzara con ellas: algunos de esos encuentros se produjeron tras profusas ingestas de alcohol y derivados). Pero ahí queda la duda y quedará por siempre, supongo.

Imagina por un momento que aquel chaval es mío o medio mío. Imagina que, en un momento dado, le da por preguntarse por su padre e indaga hasta que al final me encuentra. He oído hablar de un programa en Tele5 que se ocupa de esos temas; de hecho, ahora que recuerdo, hace un par de años  me llamaron de esa misma cadena para hacerme partícipe de una “sorpresa” que no llegaron a desvelarme. Por aquel entonces rondaba este blog un nutrido grupo de locas del coño obsesionadas con el personaje que parasito así que, pensando que podría tratarse de alguna de ellas, pudo más el miedo que la curiosidad y decliné su oferta. Ahora, sin embargo, me asalta la duda. ¿Y si era un hijo oculto intentando contactar conmigo? ¿Hice bien en no acudir? Ay Dios…

La mitad de un beso

20 abril 2014

FOTO: Wikipedia

FOTO: Wikipedia

Se encontraron en el asiento trasero de mi taxi. Él venía del dentista, y a ella le hacía gracia besar su boca medio dormida por la anestesia. Así que le besó y le dijo luego: Besarte es como besar a un medio muerto. A él, sin embargo, le resultaba raro no sentir nada con la mitad de su boca, aunque no llegó a decir a qué mitad se refería: si a su mitad dormida, o a la despierta.

Olvidé aquella anécdota (sucedió hace meses) hasta el día de la muerte de Gabriel García Márquez (Gabo para mis adentros). Desde entonces he comenzado a sufrir la misma extraña sensación de aquel chico en mi taxi, aunque en lugar de con los labios, escribiendo. Ahora, cada vez que me planto delante de un teclado, noto medio cuerpo anestesiado, como si intentara besar las palabras y no sintiera más que la mitad de ellas, o la mitad de mis dedos sumando letras.

Ahora que perdí por siempre a mi padre literario, sólo me apetece imaginar que soy taxista en las calles de Macondo. Y que todos mis clientes son Melquiades.

La vida íntima de la ropa interior

15 abril 2014

FOTO: Ms. Phoenix

FOTO: Ms. Phoenix

Me asombra esa innata cualidad en las mujeres de controlar los límites de su ropa interior a pesar de la postura de sus cuerpos por ingrávida que sea. Pueden agacharse o inclinarse con la blusa semiabierta y en todo momento serán conscientes si el borde del sostén o de sus bragas quedó a la vista; y tal vez jueguen con eso para mantenernos expectantes ante el más mínimo descuido que jamás será casual, sino deliciosamente estudiado, lo cual las convierte en seres dominantes y a nosotros en babosos alienados o en eternos niños chicos. Conocen sus cuerpos de memoria, la flexibilidad del pantalón, cualquier perspectiva plausible de la abertura de sus blusas o de las rajas de sus faldas, y actúan siempre en consecuencia aunque nadie mire. O qué ropa interior no hace marca o no se nota con tal o cual vestido, o los tirantes del sostén cruzados o arqueados en función de la estela de la tela de su espalda. Y a veces, cuando dejan los tirantes a la vista o semiocultos aunque no del todo, tampoco es por descuido: ayudan a ampliar las pistas de la imaginación, a tirar del hilo subconsciente de esos tirantes y a visualizar la secuencia del resto. Los tirantes a la vista son flechas invisibles que invitan a tener en cuenta unos pechos cuya realidad, en caso de ocultarlos, pasaría más desapercibida.

Y volviendo a esas marcas a la vista, sorprende que un pantalón ceñido o unos leggins intuyan la goma de unas bragas a media cacha, dividiendo el culo en otro par de celdas y por tanto invitando también a imaginar la estructura y dimensión exacta de su ropa interior, que suele coincidir con perfiles totalmente ajenos al mercado de los ojos de los hombres. El resto procuran evitar que se marque o se intuya nada, tal vez por pudor o por mostrar la ropa lo más desnuda posible, sin evidenciar qué puede haber detrás o buscando enseñarlo sólo en los momentos más íntimos y con quien la chica desee. Se sabe que la ropa interior es la antesala del placer carnal, el telón de la función más aclamada, y ellas son conscientes del poder que ejercen: se conocen, pero nos conocen a nosotros más aún, y por eso estamos vendidos, perdidos. Y nos gusta estar perdimos. Queremos perdernos (yo en el espejo retrovisor de mi taxi). Así jamás se extinguirá la especie.

La distorsión del recuerdo y la distancia

14 abril 2014

Foto: Wikipedia

Foto: Wikipedia

Pasaron tres meses sin verse. A ella le surgió un trabajo lejos, en Brasil, y a pesar de la distancia, se prometieron Skypes diarios, o bien escribirse o mandarse mensajes con el fin de mantener la chispa intacta y las promesas: retomarían su historia al regreso, aunque antes de aquel viaje apenas llevaran tres semanas, cinco días y ocho horas de flechazo (las más intensas de sus vidas; pero demasiado poco tiempo al fin y al cabo) y todavía se encontraran en esa fase de conocerse y querer indagar más y más y más en la vida del otro. Aún no “se sabían” de memoria cuando ella tuvo que marcharse a Brasil y, tal vez por eso, su contacto a distancia acabó derivando en la idealización del otro.

Durante esas tres semanas habían tenido sexo en un total de cuatro ocasiones, pero el paso del tiempo y la distancia consiguió moldear en la memoria esos recuerdos, mejorándolos incluso. Él visualizaba una y otra vez aquellas escasas imágenes de cama modificando la sensación real, borrando sin querer ciertos matices y amplificando otros. Del mismo modo, hablar con ella vía Skype se acabó convirtiendo en rutina, distorsionando el recuerdo real del cara a cara: el olor y el calor de sus tres dimensiones, el tacto, el aliento o los besos al alcance de la mano ya dejaron de considerarse necesarios. Al final se acostumbraron a tenerse lejos pero cerca, sí, y esperaban ansiosos su reencuentro. Pero aún no sabían que ya nada sería igual.

Llevé al chico al aeropuerto y me pidió que le esperara para volver con ella a la ciudad. Pero al montar los dos juntos en mi taxi,  al fin, después de tres meses sin verse, se notaban torpes el uno hacia el otro, forzados, bloqueados tal vez por el shock de chocar la realidad con sus ficciones. Se habían distorsionado tanto (cada cual según su fantasía a partir de un punto de referencia ya lejano), que ahora los percibí decepcionados. Desinflados. Derrotados ante la certeza de tener que amoldarse, de nuevo, a la piel sin pixelar del otro. Una piel más insípida de la que recordaban.

Patentar el Sol

13 abril 2014

FOTO: Jorge París para 20minutos

FOTO: Jorge París para 20minutos

Tras más de siete años de intenso trabajo, el 12 de abril de 1955 el investigador Jonas Salk presentó la primera vacuna efectiva contra la poliomielitis. Cuando se hizo pública la noticia del éxito de la vacuna y le preguntaron en una entrevista televisiva por la autoría de la patente, Salk respondió: “No hay patente. ¿Se puede patentar el sol?”. Su descubrimiento, aparte de salvar millones de vidas, no le reportó beneficio económico alguno.

En contraposición a esto, una conocida pareja de cantantes sevillanos llevan más de veinte años cobrando ingentes cantidades de dinero en concepto de derechos de autor por una canción cuya letra dice así: “Dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosas buenas. Dale tu cuerpo alegría Macarena. Ey, Macarena, aaah”.

Sin ánimo de comparar a Salk con Los Del Río, no es difícil imaginar que el mundo cojea de la pierna equivocada. No conozco a nadie que se haya curado de ninguna enfermedad escuchando La Macarena en bucle, y sin embargo parece que admiramos más el éxito económico individual de una idea que cualquier intento por mejorar nuestro entorno. 

………………………………………………………………………….

Nota: Blog publicado bajo licencia Creative Commons.

¿Leer a Proust o ir de putas?

10 abril 2014

FOTO: Ryan M.

FOTO: Ryan M.

Todo es superficie hasta que sube en mi taxi un hombre de aspecto normal, el típico que puedes encontrarte en la cola del Caprabo, y hablando con él, pasando de un tema a otro, me confiesa que una vez estuvo clínicamente muerto, varios días en coma; y todo por culpa de un golpe fortuito con el marco de una ventana. Simplemente abrió la ventana, calculó mal su fuerza y el ángulo, y se acabó golpeando con tal violencia que sufrió un derrame cerebral. Fíjate qué estupidez. Por culpa de un golpe casual abriendo una ventana. Sin embargo ahora incluso bromeaba con el tema: “Se podría decir que me quedé colgado abriendo Windows. Ahora soy más de Mac”. Pero luego dijo algo que me dejó asombrado: “¿Miedo a la muerte? ¡Al contrario! Desde aquel incidente la vida para mí se ha vuelto mucho más abstracta: absurda, diría yo. Date cuenta que cualquiera, en cualquier momento, puede morir de la forma más imbécil que te puedas imaginar. Y ahí no importa tu clase social ni tus proyectos: no depende de nada en absoluto. Ni siquiera de la religiosidad de cada uno. Quién no conoce a beatos de misa diaria que acaban muriendo de cáncer de páncreas, o son atropellados por un autobús y quedan lisiados de por vida pero siguen dando gracias a dios por mear sangre en una bolsa. Somos absurdos, nos mentimos aunque la evidencia nos abofetee en la cara una mil veces. (…). Que le jodan al miedo, amigo. Ahora me ha dado por leer a Proust, pero mañana tal vez me de por escalar el Himalaya o por irme de putas y engancharme a la heroína. No sé qué haré mañana, ni me importa”.

Acabé, por supuesto, tomando unas copas con él. Y aprendí lecciones que jamás entendería un Ingeniero de Caminos y Montes. Y entre tanto, no sé por qué, me acordé de ti. Y de repente te quise con la intensidad de un anestesista cocainómano. Y al despedirme de aquel hombre cogí mi taxi y me planté en doble fila en tu balcón. Y puse Creep a todo volumen. Tu canción. Eran las tres de la mañana y yo estaba borracho y feliz y crecido. Y entonces se encendió la luz de tu balcón y se asomó tu marido. Y su pijama parecía el uniforme de un preso. Y encima planchado. El típico subnormal que plancha los pijamas, pensé. Y me gritó que bajara la música y yo le grité que bajara él. “¿Para qué?”, me dijo.

Y ahí le di la razón.

¿Para qué?

Y entonces me marché a leer a Proust. O de putas, no recuerdo.

La canción exacta (en el momento preciso)

09 abril 2014

FOTO: Cuyabracadabra

FOTO: Cuyabracadabra

Existe una canción exacta para cada escalón del alma. Y si consigues encontrarla y escucharla en ese preciso instante, si consigues coordinar la sensación que habita en ti con el sonido, no es difícil entrar en bucle doblemente suave y te regodees o retroalimentes o multipliques tu carga de sensibilidad y consigas aislarte del mundo o notarte a kilómetros, flotando ingrávido. Yo en mi taxi llevo centenares de canciones recopiladas en cds y en pinchos USB y a veces sufro buscando esa canción exacta e incluso aparco el taxi para tomarme mi tiempo en encontrarla, insertarla y reproducirla a un volumen óptimo (no todas merecen el mismo volumen). Ahora bien, cuando al fin me sumerjo en ella, los clientes que buscan taxi a pie de acera se convierten en estatuas y paso de largo embebido en mi momento burbuja total. A veces las canciones son rarezas difíciles de encontrar pero no caben otras en ese preciso instante (ya que algunas sensaciones también son rarezas): Wrong (pero el Remix de Everything but the girl Vs. Stardust: 9,06 minutos) en las mañanas de sol velado y ánimo calmo, Personal Jesus (Sie Medway-Smith Remix) para domar mi ansiedad esquizoide o sacarle partido artístico, Love will tear us apart (pero con la voz de Dave Gahan en aquel directo del 5/06/2011 en el Nokia Theater de Los Ángeles), o New Years Day de U2 (pero del live Slane Castle, no otro) para esa mezcla de melancolía y luz al final del túnel, o Mi Coco de Iván Ferreiro (pero el del directo Confesiones de un Artista de Mierda) para esos momentos de extroversión rabiosa (suelo cantarla, de hecho, a pleno pulmón en mi mismo taxi). Tienen que ser esas versiones exactas, no otras, porque en ellas hallaste un matiz que en su día funcionó a modo de bálsamo. Como cuando un psiquiatra da con el fármaco perfecto y la dosis para el mal que te identifica.

Y a veces es posible no encontrar la canción adecuada para ese preciso estado de ánimo, lo cual no quiere decir que no exista, sino más bien que tu cultura musical no es tan extensa como pensabas. Y es frustrante. Mucho. Y entonces buscas como un yonki: salteas canciones al azar expectante por encontrar tu dosis pura y descartar el placebo, el SPAM auditivo o metadona o como quieras llamarlo. Recuerdo, por ejemplo, cuando encontré en el momento exacto Somebody That I Used To Know, o Are You Gonna Be My Girl?, o Some Girls are Bigger Than Others. No hay nada como ese momento. Repito: Absolutamente nada.