Solo tú conoces la verdad

03 febrero 2012

Era un padre normal, una madre normal y dos hermanos, ella normal también. Sin embargo el chico, de unos 12 años (dos o tres menos que ella), observaba en silencio mis manos manejando el taxi, ajeno a la charla que mantenían los otros. Su madre, de vez en cuando, le intentaba hacer partícipe de la conversación: “mira lo que dice tu hermana, Javier”, pero él sólo asentía sonriendo, con ese gesto de “me importa un huevo; lo mío es volar”.  

Sin duda Javier era de los que preferían inventarse cómo funciona un coche, o por qué no se caen los edificios, o por qué no se hunden los barcos, antes de conocer el verdadero mecanismo de las cosas. La verdad siempre es más aburrida, carece de magia (tus teorías funcionan bien en tu cabeza, tienen su lógica, Javier. La verdad te haría ser como ellos: no les escuches cuando intenten explicarte algo. No les escuches o romperán tu mundo).

(Y esa mezcla de ficción y realidad hará de ti un hombre extraordinario. Eres sensible a las cosas: también lo serás al amor. Tu universo carece de vicios porque es hermético. Sólo se corrompe cuando es compartido o comprendido. Procura que nadie entienda cómo has conseguido pintar ese cuadro o componer esa canción. Procura cantar sin dar clases de canto, o escribir poemas sin haber leído un solo verso de Neruda. Serás un artista, ya lo eres).

Cuando llegamos a su destino el padre me pidió un recibo con el importe del trayecto. Se fueron bajando todos, Javier era el último.

- Coge tú el recibo, Javier. – le pidió su padre.

En esto, aproveché ese instante a solas con Javier y, una vez rellenado, escribí en el anverso del recibo:

“No les escuches. Sólo tú conoces la verdad.”

Se lo tendí señalando mi nota. 

Javier lo leyó, me sonrió y, por supuesto, se bajó del taxi sin decir nada.

Acabemos con el capitalismo o el capitalismo acabará con nosotros

02 febrero 2012

A lo largo de mi vida taxial he conocido a no pocos taxistas realmente obsesionados por el dinero. Taxistas que en tiempos de bonanza económica trabajaban hasta 24 horas seguidas sólo porque, después de haber pagado su vivienda habitual y su casita en el pueblo, ansiaban comprarse un chalet en la playa, y luego una moto de campo, y luego un reloj de oro. Tal era su estúpida obsesión, que apenas conseguido su objetivo ya tenían otro objetivo en mente más ambicioso y más caro que el anterior, para el cual necesitaban seguir matándose a trabajar. (El término ”matarse” no es casual. Ya he conocido tres casos de taxistas “ambiciosos” que han muerto en carretera por quedarse dormidos al volante.)

Ahora, con la actual crisis económica, como el trabajo (aun con todas las horas del mundo) ya no da para pagar tal suma de hipotecas o caprichos, muchos de esos taxistas están desahuciados o de baja por depresión.

Digo esto no por criticar al gremio de los taxistas (por fortuna no todos son  iguales, y gilipollas los hay en todas partes), sino como ejemplo cercano de los vicios del capitalismo. Cuando un trabajo te permite la posibilidad de ganar más o menos dinero en función del número de horas que le prestes, siempre habrá gilipollas que se inventen ilimitados objetivos traducidos, por otra parte, en una eterna y profunda frustración: no existe un tope para el que sólo ansía dinero.

El problema llega cuando esa ambición ciega que ha creado, precisamente, el capitalismo, también afecta y repercute en sus víctimas, en los que no sólo ansiamos dinero y aspiramos a otras cosas (me conformo con lo que tengo, os lo aseguro, pero que no me lo quiten). Porque aparte de todo el dinero que ya tienen esos gilipollas (y no me refiero a esos pobres gilipollas taxistas, que a fin de cuentas no hacen mal a nadie, sino a los grandes e insaciables capos de la banca y las finanzas) también querrán nuestro dinero, quitarnos nuestro dinero por escaso que sea. Y si nadie pone coto a esa ceguera, si nadie frena esa obsesión insaciable por el dinero (¿alguien puede explicarme para qué coño quiere Carlos Slim 74.000 millones de dólares?) el mundo será cada vez más profundamente desigual y, sobre todo, cada vez más peligroso. 

Por eso urge un cambio de modelo. Y como quienes controlan el actual modelo son, precisamente, esos mismos gilipollas, habrá que ahogarlos con su propia soga, acorralarlos cortando el cable que les nutre. #yonopago

Entregar tu cuerpo

01 febrero 2012

Algo falla o no entiendo. Dos chicas de apenas 18 años, ojos y labios maquillados sin mesura, amplios escotes, faldas muy cortas y taconazos tan rojos como la cola de Satán, se preguntaban si habría llegado el momento de ”entregar su cuerpo” a sus respectivos y amadísimos novios (el entrecomillado no es casual. Así lo dijeron: “entregar mi cuerpo”, primero una y después lo repitió la otra. Me quedé muerto). Ese modo de concebir el sexo como un regalo hacia el varón, o su propia virginidad como un precinto de garantía (a romper sólo en caso de amor eterno), me sonó tan anacrónico en los tiempos que corren (del verbo correrse) como incompatible con aquel look tan sumamente estudiado: ambas sabían de sobra cómo vender su potencial sensualidad (quien realza adrede sus tetas o lleva una falda que parece un cinturón conoce el efecto visual que provoca en los hombres, y no precisamente desde un punto de vista místico). Además, aquel contraste sonaba contradictorio: parecían querer exportar una imagen no por el placer de disfrutar, también ellas, del efecto provocado, sino a modo de reclamo a cambio de sacrificio, de confianza ciega, de abandono a su suerte, de fiel y sumisa entrega.

Aquellas chicas, en fin, se debatían entre dos mundos. Por una parte, el de la más rancia y machista tradición católica. Aquella que enseñaba a la mujer a “entregarse” a los deseos del hombre. La tradición del miedo y el pecado, la misma que anuló a tantas mujeres la simple posibilidad de disfrutar con el sexo, o de follar por puro divertimento. ¿Cuántas abuelas abnegadas consideran repugnante el sexo oral, o aún no saben lo que es un orgasmo?

¿Y cuántos abuelos? Muchos menos, sin duda.

Por otra parte el bombardeo de sexo implícito en televisión, en las revistas, los paneles o internet. Las modas ceñidas, modelos sin pizca de ropa o el porno al alcance de todos. Es inevitable, aunque no quieras, encontrar connotaciones sexuales en cualquier parte y a cualquier hora. El sexo se ha desinhibido, se ha normalizado. Ya ni siquiera es posible censurarlo o demonizarlo a golpe de Biblia.

Aunque en ciertos casos, aquí el ejemplo, esa machista e hipócrita tradición basada en el miedo, deje posos que impidan el normal funcionamiento y disfrute del más básico instinto humano.

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Nota: Las dos féminas en cuestión me pidieron parar el taxi a las puertas de una discoteca. A pie de acera estaban esperando sus respectivos (y aniñados) novios. Al salir ellas del taxi, los dos se dieron un codazo cómplice y alzaron las cejas como muestra de aprobación y orgullo por semejantes modelazos. En efecto, aquellos dos chicos desprendían amor por cada poro de su acné. Pero semen también.  

Las rosas o el dinero

31 enero 2012

Ahogado por el paro, Edwin decidió sacar adelante a su familia vendiendo rosas y llaveros con luces por los bares de copas del centro. Cada noche, antes de salir a trabajar, su esposa Ana Lucía le ayudaba a colocarse en la cabeza una ridícula diadema con dos enormes estrellas luminosas unidas por sendos muelles. Luego le daba un beso mitad amor, mitad suerte, y se asomaba orgullosa a la ventana hasta verle partir con las rosas y la ristra de llaveros calle abajo.

Edwin sabía que tenía que vender, al menos, siete rosas y cinco llaveros por noche para cubrir gastos. Para ello era importante sonreír a todo el mundo (en especial a los borrachos bromistas), ser amable con los porteros de los bares que le dejaban pasar, no insistir ni incomodar a nadie y, sobre todo, esquivar a la policía.

Tenía por costumbre ofrecer las rosas a las parejas y los llaveros a los borrachos. La respuesta más común era ignorarle, o decirle que no con la cabeza, o tomar los llaveros para reírse (de los llaveros y de Edwin también) y luego devolverlos, o incluso a veces intentar robárselos sin que él se diera cuenta. Pero algunos, los menos, le daban un par de euros por una rosa (para quedar bien con su chica) o por un llavero (sólo por continuar la broma). Las ventas de Edwin (y el portal que limpiaba Ana Lucía) apenas les daba para sobrevivir. Y el futuro tampoco pintaba nada bien: cada vez había más competencia y los bares, con la crisis, estaban más vacíos que nunca.

Lo excepcional de esta historia es que las rosas que no conseguía vender cada noche, las dejaba en la cama para Ana Lucía. Cuando llegaba a casa, Edwin rodeaba de rosas su cuerpo dormido antes de acostarse a su lado. Ella, al despertar cada mañana, sabía lo bien o mal que había trabajado su marido en función del número de rosas que encontrara alrededor. Si al despertar no había ni una sola rosa en la cama, se alegraba por la buena noche de Edwin. Sin embargo, cuando amanecía con la cama llena de rosas, se sentía feliz.

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Nota: Ahora llevo en el salpicadero de mi taxi una de sus rosas. Son dos euros más para Edwin, pero una rosa menos para Ana Lucía.

Todos locos

30 enero 2012

Esa anciana que sale del súper con un bote de lejía y lo sostiene en su regazo como si fuera el hijo que nunca pudo tener. Ese mecánico que guarda en el bolsillo un ojo del peluche de su infancia. Ese consejero delegado con cortes en las muñecas. Esa soltera que borda sus iniciales en cada trapo de cocina. Ese adolescente adicto a los agujeros.

Ese asesino en serie que dona ropa a la iglesia. Ese jefe de estudios masturbándose en los vestuarios. Ese funcionario que persigue a las palomas. Ese cura con bragas de encaje. Ese dentista pirómano. Esa madre que esconde en la despensa una caja de galletas con recortes de esquelas. Ese psiquiatra de baja por depresión. Esa vecina que no habla con nadie. Esa actriz porno enamorada en secreto del becario que sujeta la pértiga. Ese asesor matrimonial divorciado. 

Ese usuario que monta en mi taxi y finge mantener una conversación telefónica en un túnel sin cobertura. Ese taxista que duerme, cada noche, abrazado a su pato de goma Made in Hong Kong.

Ese cualquiera, ese tú mismo.

Nota: Si sabes de alguien completamente cuerdo, tal vez no lo conozcas demasiado.

Me cago en Megaupload y en el despecho

27 enero 2012

Se hacía llamar Rebeca. Tomó mi taxi en Manuel Becerra y en seguida comenzamos a hablar de temas cada vez más sugerentes: el tráfico, el paro, la corrupción, su novio y, por último, el amor. Rebeca quería a su novio, pero desde que vivían juntos me confesó que se aburría como una mona. A su novio no le gustaba salir, demasiado casero. Ella, sin embargo, era más de buscar sensaciones, de quedar con gente y vivir más allá del zapping y el sofá.

- Más aún desde que cerraron Megaupload - añadió.

Poco antes de llegar a su destino me dijo que, en realidad, no tenía ningún plan a la vista, que haría tiempo por ahí para no llegar tan pronto a casa. Yo sugerí que me acompañara en mi taxi, que se pasara al asiento delantero y continuáramos con la charla mientras dábamos vueltas por Madrid. 

A Rebeca le gustó mi plan. Me pagó su trayecto y luego se sentó delante, a mi lado. Le hablé de este blog, así como de mis proyectos literarios.

- ¡Ahora caigo! Tú eres el taxista ese que salió en Buenafuente, ¿verdad?

Luego me propuso escribir sobre ella en mi blog. Yo le propuse a ella tomar una copa para pensarlo. Los dos aceptamos.

Cinco copas después, tal vez víctimas del alcohol, nos besamos. Luego acabamos en mi casa. En un principio pensé que Rebeca era la típica mujer que necesitaba una vida al margen de su rutina, sentirse deseada a través de otros hombres. De hecho, durante el sexo, se mostró de lo más desinhibida: tuvo más orgasmos que yo.

Pero hoy, al despertarme, ya no estaba.

Tampoco encontré mi guitarra Yamaha (con su funda), ni mi ordenador portátil, ni mi cartera, ni los más de 400€ que guardaba en la mesilla. 

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Nota: Escribo esto desde un locutorio. Ya cancelé las tarjetas. También denuncié la tal Rebeca (si ese es su verdadero nombre). Sólo decir que si Megaupload siguiera en activo, tal vez Rebeca se hubiera quedado en su puta casa con su puto novio.

Cuando el suelo se mueve

26 enero 2012

Imagina que desconfías del suelo. Imagina que pierdes la fe en la consistencia del asfalto y no te atreves siquiera a salir a la calle por miedo a tropezar y caer, ni a circular con tu taxi por si se hundiera de repente. Imagina qué sensación.

Y ahora, lee esto:

No hicieron creer que el Poder Judicial era la base misma de nuestro Estado de Derecho, el suelo firme donde asentar los pilares que sustentan la Democracia. Nos hicieron creer que todos somos iguales ante la Ley y para ello establecieron, o así nos lo hicieron creer, la separación del Poder Ejecutivo, independiente del Poder Legislativo, e independiente a su vez del Poder Judicial. Nosotros, ciudadanos de a pié, nos vimos en la obligación de creer en su palabra porque se hace díficil caminar sobre un suelo de tablas rotas: imagina una España que se tambalea, o dormir en una habitación cuyo techo podría desprenderse en cualquier momento. Si no hay justicia social, todo lo demás se hunde.

Pero mientras comenzamos a caminar con paso firme, nos fueron llegando noticias en forma de temblores. El suelo tiembla cuando El Supremo absuelve a ’Los Albertos’ al considerar prescrito un delito de estafa por el caso Urbanor, o cuando el gobierno en funciones del PSOE indulta a Alfredo Saenz, número 2 del Banco Santander, librándose in extremis de un delito de acusación falsa, o cuando si ocultas 2.000 millones en Suiza y te apellidas Botín no pasa absolutamente nada, o cuando tres niñatos esconden un cadáver no es motivo de cárcel, o cuando el único imputado por los crímenes de la dictadura franquista acaba siendo el mismo Juez que investiga la causa, o cuando la esposa de un imputado por varios delitos, cuya firma figura en los poderes de las empresas implicadas, es hija de nuestro no elegido Rey, no es siquiera llamada a declarar, o cuando el elegantísimo Camps hace negocios con una trama corrupta a costa del dinero de los valencianos y sin embargo es declarado no culpable, o cuando en un mismo delito tu defensa y sentencia dependan del dinero que tengas para pagarte un “buen” abogado. Ahí, después de la enésima evidencia (sobre todo después de esta última), comienzas a dejar de creer en el mismo suelo que sustenta los cimientos de la democracia.

Así que ahora sólo me queda preguntar a esos “padres de la Democracia” que me pidieron confianza: Si ya no me fío ni del suelo que piso, si ya he perdido la confianza y las ganas de caminar, ¿qué me queda?

Tres horas

25 enero 2012

Es esa mezcla. La tensión de una ambulancia sonando a lo lejos. Restos de carteles de Lou Reed en la pared de un comercio (se alquila o traspasa). Barrenderos que fuman en silencio. Mi taxi libre detrás de un furgón policial. La luz de enero. Dos chavales compartiendo un iPod. El precinto de un condón en el suelo. De esa suma de imágenes surge una idea, llámalo flash. El grueso de un relato literario. 

Cosme, 27 años, sobrepeso. Una mujer de mediana edad sentada a su lado en la última fila del autobús. La mujer lleva un número de teléfono anotado a boli en el dorso de su mano. Cosme se fija con disimulo y lo memoriza. La curiosidad de Cosme y un cúmulo de casualidades conforman el resto de la historia. Lo estoy viendo, secuencias nítidas como en Full HD. Apenas dará para un relato corto de tres, cuatro páginas, pero tengo que escribirlo ya, ahora, o perderá la frescura que merece.

El parking más cercano está en la calle Augusto Figueroa. Aparco allí mi taxi, agarro el portátil y me dirijo a una cafetería cualquiera. Aunque me tiente el alcohol, pido un café solo y tomo asiento en una mesa junto a la ventana. Enciendo el portátil, apago la BlackBerry y comienzo a escribir. El primer borrador es una trascripción literal de la historia que tengo en la cabeza, de principio a fin. Esto me ocupa unos 30 minutos. Durante ese intervalo no existe nada más. Sólo Cosme, la piel de Cosme, lo que ven sus ojos. El mundo desde la perspectiva de una promesa del ajedrez de 120 kg. sentado en un autobús dirección Quevedo. Luego reviso lo escrito, le voy dando forma. Ahí me relajo. Pido otro café y miro fugazmente a través de la ventana. Dos hombres besándose al otro lado de la calle me dan la idea de otro giro argumental, un final impactante, de esos que dejan seco al lector. Me vengo arriba. Sonrío. Me dispongo a escribir la corrección. Lo releo y al instante reparo en un fallo en el punto de vista. Tal vez debiera matar al narrador omniescente y volver a escribirlo todo en primera persona. Me vengo abajo.

Cuando doy por concluida la primera versión del relato ya han pasado tres horas. Tres horas de orgasmos mezclados con bajadas al infierno, como el delirio de un politoxicómano. Adrenalina y frustración en grandes dosis. Lo que haga después con esta historia carece por completo de importancia. Ahora no importa eso. Lo realmente importante es que he conseguido olvidarme de todo.

He conseguido olvidarme de mí. He conseguido olvidarme de ti.

Esa sensual geometría imaginaria

24 enero 2012

Conduces tu taxi detrás de una moto. Sigues de cerca a esa moto porque en ella viaja todo lo que entiendes por sensual: una larga melena rubia, un rostro abierto a la imaginación (lleva casco), espalda cóncava y apenas dos centímetros de carne a la intemperie, espontánea por la postura. Esos dos centímetros incluyen el filo de un tanga color infarto: es la base invertida de un triángulo equilátero cuya máxima tensión lo vuelve isósceles. Sensual es intuir que ese tanga desafía todas las leyes de la trigonometría. Todos sus vértices se prolongan convirtiéndose en líneas, y la línea del vértice inferior viola sin querer ese infinito bucle de la misma vida, y se transforma de nuevo en otro triángulo algo más grande, al otro lado de su cuerpo, debajo de un ombligo que también juegas a imaginar hasta con piercing. No existe ecuación que lo demuestre, apenas puedes ver una mínima parte de aquel complejo entramado, pero sabes que es así, y esa geometría imaginaria te vuelve loco.

Sensual es el triunfo del descuido por encima del pudor. Esa pista extra que te ayuda a tirar del hilo, esa nueva pieza a encajar en el puzzle que poco a poco vas formando en tu cabeza. Y cada nueva pieza (tal vez la tira del sostén en un descuido, o la franja de sus ojos si levantara la visera del casco, o un nuevo tatuaje en un tobillo) es celebrada por todo lo alto, como un niño que consigue el cromo más difícil del álbum.

Pero la más compleja sensualidad radica en saber frenar a tiempo, en no querer ver más de lo necesario por miedo a la decepción. ¿Y si sus pechos no fueran tal cual imaginaste? ¿Y si al bajar de la moto y perder la tensión de esa postura su trasero dejara de ser tan perfecto? ¿Y si se quita el casco y con él desaparece esa belleza que pensaste a juego con su pelo y con su cuerpo? Por eso cuando ella al fin se echa a un lado con la moto y sube a la acera como fin de su trayecto, decides no seguir sus pasos. Es mejor acelerar tu taxi y quedarte con esa imagen nítida que siempre será más bella que la real. Repito: SIEMPRE.

Uno a uno (o amar desde la trinchera)

23 enero 2012

Anoche se libró una feroz batalla en el asiento trasero de mi taxi. Viajaba Castellana abajo con una pareja de usuarios quietecitos y en silencio cuando, de repente, mediante un rápido e inesperado movimiento, ella se acercó a su contrincante, lo acorraló sujetando su cara con ambas manos, y le besó en la boca. Él, por su parte, empleó la típica estrategia bélica de dejarse besar: se hizo la víctima cerrando los ojos y alzando las manos en señal de derrota.

Tres calles después, la atacante comenzó a dar muestras de confianza apartando lentamente sus manos de la cara de él. Pero entonces se vio sorprendida por el contraataque del besado: echándose hacia ella, suave pero decidido, convirtió a la besante en su rehén. Empate a uno.

Ella, recién sorprendida, simuló la misma estrategia victimista hasta que volvió a tomar la iniciativa. Y en esa lucha siguieron hasta acabar el trayecto.

Parecía, en fin, que los dos tenían más que asumida su doble condición de verdugo y preso: no sabían besarse de igual a igual, asumiendo fuerzas, nivelando deseos, compartiendo sus labios a un mismo nivel. Y tal vez aquel método les funcionara a la perfección. Tal vez éste fuera, precisamente, el secreto de su éxito como pareja:

Asumir que son distintos y, sin embargo, complementarios.