Mi ahora ex-amigo Omar quiso compensarme ciertos favores regalándome una de esas manoplas exfoliantes, de esparto, para el baño.
- Esta puta manopla es una auténtica genocida para las células muertas, tío. Si te frotas la piel con ella mientras te duchas toda esa mierda cutánea se irá directa al sumidero. Prueba y me cuentas... - me dijo.
- Mmmm... ¿gracias?
Esa misma noche, como todas las noches de domingo, me preparé un relajante baño de espuma con velitas, copa de vino, jazz y mi pato de goma Made in Hong Kong flotando a mi vera. Y de esta guisa, con las palabras de Omar rondándome la cabeza (¿células muertas?, ¿tenemos células muertas en la piel?) decidí hacer uso de la dichosa manopla, enfundándomela y frotándome, tal y como me dijo, todo el cuerpo desde la punta de los pies hasta la calva (proceso harto cansado y doloroso, por cierto).
El caso es que, cuando quité el tapón del desagüe y me deshice de la espuma a golpe de ducha comprobé con estupor que toda la piel de mi cuerpo (exceptuando, por suerte, la zona genital) había desaparecido. No sé qué hice mal: si todas las células de mi piel estaban muertas, o si me cuesta medir mis fuerzas en lo que al frote se refiere. El problema no era ese, sino qué pensaba hacer ahora, más desnudo que cualquier portada de Interviú, sin piel.
- ¿Qué dirán los usuarios de mi taxi cuando me vean así? El cuerpo puedo cubrirlo pero... ¿la cabeza y las manos...? - pensé.
Deprimido como sólo saben deprimirse los exfoliados me metí en la cama (tenía frío; más frío que nunca. Imagínate...) y apagué la luz. Tiritando, me abracé a mí mismo y por primera vez en mi vida no me reconocí; no reconocí mi propio tacto en mi mismo cuerpo, como si en esa cama hubiera ahora dos personas en una. Y en medio de aquella confusión mitad mental mitad táctil me excité sobremanera, y conmigo también se excitó mi zona no exfoliada (cuyas células ahora parecían más vivas que nunca), y una cosa llevó a la otra y...
A menudo no pocos lectores se siguen planteando la autenticidad de lo que escribo, si todas esas anécdotas que suceden en mi taxi y expongo aquí son reales al cien por cien, al cincuenta por cien o por el contrario me las invento de cabo a rabo.
Algunos, incluso, me han llegado a preguntar si realmente soy taxista o sólo un redactor de 20minutos que se ha creado un personaje ad hoc. Alegan que me han buscado por las calles de Madrid, que han buscado un taxi con un rapao al volante y el distintivo nilibreniocupado rotulado en el maletero y nunca lo han encontrado (tarea, por otra parte, harto difícil si tenemos en cuenta que por Madrid circulan a diario más de 15.000 taxis).
A tal punto llega su insistencia que hasta yo mismo me he llegado a plantear si realmente existo, si soy taxista o si los usuarios que montan en mi taxi son reales o simples hologramas (dudas que, a día de hoy, sigo trabajando con mi psiquiatra).
Supongo que los blogs, o las columnas derivadas de los blogs, invitan a eso: a no creerte nada o a creer lo justo.
Sin embargo creo que, antes de cuestionar la autenticidad del contenido de cualquier blog personal, deberíamos preguntarnos:
¿Qué es un blog?
¿Para qué sirve? o bien, ¿qué buscamos cuando entramos en un blog?
¿Nos interesan más los blogs (personales, se entiende) basados en hechos reales que los de personajes o historias inventados?
Cuando esperas una llamada telefónica importante, esa que te hará hipertenso, entrecortado y bobo, esa que llevas esperando tantos días, con sus noches, cuando la esperas, como digo, todo lo demás te importa tres cojones. Conduces con un ojo en la pantalla del móvil mientras piensas: no parezcas nervioso, no metas la pata, hazte el sorprendido, incluso el distante. Y sabes que te va a llamar, claro, te dijo que llamaría hoy, esta misma tarde, pero la tarde es larga y cruel; demasiado indeterminada. ¿A partir de qué hora será por la tarde para ella? ¿las 4?, ¿las 5?, ¿las 7 y 13?
Y si llevo el taxímetro apagado es por no interrumpir su llamada: Ahora no puedo hablar, llevo el taxi ocupado. Las llamadas más importantes siempre se producen en el momento menos oportuno, cuando ya no la esperas o justo cuando dejas de pensar en ella, en la llamada y en ella. Aun así continúo conduciendo; las esperas son siempre más largas cuando estás parado, y en movimiento disimulas mejor la angustia, ¿verdad?, ¿verdad?, ¿eh? Y el tiempo ahora es mucho más relativo que nunca, los segundos son horas y los minutos, vidas enteras. Trato de pensar en otra cosa pero siempre me viene lo mismo, la misma reproducción de mis palabras y ese tono de voz tantas veces ensayado para cuando llame y yo descuelgue después de tres o cuatro timbrazos, no más pero tampoco menos: ¿Sí?... ¡hola!... ¿qué tal todo?, ¡cuánto tiempo!...
Y sigue sin llamar, y ya llevo cuatro vueltas completas a Madrid, y estamos entre la tarde y la noche, franja en la que paso de la seguridad total a la incertidumbre, de esperar su llamada a pensar "puede que ya no llame", y a medida que pasan los segundos, y sobre todo los minutos, me voy preparando para lo peor. Y lo peor no es que no llame, sino el por qué no ha llamado, su motivo para no querer llamarme o, peor aún, haberse olvidado de llamarme, haberse olvidado de mí.
Entonces ¿qué debería de hacer ahora? Encender el taxímetro no, por si se digna a llamar cuando la tarde ya es noche. Irme a casa tampoco; me comería las paredes. ¿Meterme en un bar, quizás? ¿emborracharme? ¿cagarme en su puta madre como terapia del engaño para no perder la poca cordura que me queda?
En la calle Sevilla un taxista que no era yo tocó su claxon para llamar mi atención. Bajé la ventanilla, él la suya, y me gritó:
- ¿La Plaza de Santa Ana, por favor?
- Al final de esa calle, a unos 300 metros - le dije señalando al frente.
Era obvio que su cliente, de aspecto alemán, tampoco supiera indicarle por dónde quedaba su propio destino, aunque Santa Ana sea una plaza bastante, muy conocida por los madrileños.
Aquel taxista era colombiano (lo deduje por su acento y sus rasgos).
Lejos de indignarme por su aparente falta de profesionalidad me quedé pensando en su gesto, en la expresión que adoptó su cara al formularme esa pregunta: ¿La Plaza de Santa Ana, por favor? Aquel era un gesto de miedo, de temor a mi posible reacción, era el gesto de quien se siente desubicado, perdido, nuevo, no sólo en ese taxi, su taxi que en realidad no es suyo aunque él lo trabaje durante doce, catorce horas diarias, ni en esa ciudad, la que ahora es su ciudad, Madrid, su ciudad postiza por circunstancias de la vida, de su vida, de una vida que él no eligió, ni su madre, ni nadie. Nadie elige dónde nacer aunque sí dónde no quiere estar, dónde no puede estar o dónde le gustaría estar. Y lucha por ello porque el ser humano es así: Cuando tiene hambre hace lo que sea por comer, aunque para ello tenga que salir de un país, su país, hecho mierda por culpa de lo que sea, eso da igual ahora, no es el tema porque no es su culpa.
Imagínate ahora en su situación, pero al revés. Emigrando de una España hecha mierda, sin presente ni futuro, a una Colombia que, según dicen, tiene presente y posibilidad de futuro. Imagina tu primer día de trabajo al volante de un taxi por las calles de Bogotá. Imagina que, aun con esas, los colombianos no te quieren ahí.
Se me jodió el taxi circulando ocupado por una carretera secundaria entre Pacuellos y Algete, y como la literatura no entiende de pistones ni de humos negros saliendo por los bordes del capó, nada más echarme al arcén llamé directamente a la grúa:
- Bien... tardaré unos 20minutos - me dijo el gruista o gruero.
Luego llamé al taxi de Manu para pedirle que viniera a recoger a mi cliente:
- Bien... llegaré en lo que tarde en llegar.
Mi cliente apenas se inmutó. Cuando le dije que vendría otro compañero a buscarle salió del taxi, tomó asiento en una piedra, y comenzó a hacerse un porro.
- El destino - soltó mientras quemaba su china.
- ¿Cómo dice?
- El destino ha querido que nos detuviéramos precisamente aquí, en el abismo de la nada para fumarnos un petardo y charlar de nuestras cosas.
- El destino, no. Yo creo que ha sido el alternador, o los inyectores...
Encendió el porro y, tras una de esas caladas que te doblan las pestañas, soltó:
- Imagine que en lugar de romperse el motor, se rompen los frenos, y nos pegamos una hostia contra un árbol. Que en el accidente usted muere por aplastamiento de tórax y yo resulto gravemente herido, con la cara desfigurada tras impactar contra el cristal delantero.
- ¿Por no llevar el cinturón?
- Sí. Por no llevar el cinturón - me dijo pasándome el porro (le di un par de caladas, para no hacerle el feo, pero sin tragarme el humo, claro).
- Prosiga - le dije antes de comenzar a toser (se me debió de meter algo de humo, sin querer, en los pulmones).
- Sabrá usted que ya se están realizando con éxito implantes de cara...
- Entonces, tras el accidente, usted se implantaría una cara nueva, ¿no?
- Sí. La suya.
- ¿Perdón? - le dije tosiendo de nuevo.
- Si usted muriera en ese hipotético accidente me implantaría su cara.
- ¿Está tratando de tirarme (extrañamente) los tejos?
- En absoluto, amigo. Me implantaría su cara para llevarle siempre conmigo, como muestra de gratitud por haberse muerto usted, y no yo. Para saldar mi deuda con el destino, vaya.
En esto llegó Manu. Aparcó su taxi delante del mío, salió con cuidado, se acercó a nosotros y, mirando a mi cliente a la cara, le dijo:
- Yo a usted le conozco.
- Es posible. Muchos me conocen. Fui actor de reparto en los ochenta. Mi nombre es Claudio. Encantado.
- Claro, claro... yo a usted le he doblado alguna vez - dijo Manu engolando la voz.
- Manu, antes de ser taxista, trabajaba en cine como actor de doblaje - puntualicé yo.
- ¡Genial! - soltó el usuario dándole otra calada a su porro. - Ahora que lo dice... su voz me suena. Su voz fue la mía en tres o cuatro pelis...
Llegó la grúa y le pedí al gruista o gruero que llevara mi taxi al taller que le anoté en el parte.
- ¿No viene usted conmigo? - me preguntó, extrañado, el gruista o gruero.
- No, no. Yo me quedo con ellos. Esto no me lo pierdo por nada del mundo.
Nos fuimos los tres, en el taxi de Manu, a Algete. En lugar de dejarle en su destino nos paramos en un bar a tomarnos unas cañas y así continuar con el delirio. Todo era muy raro: Manu hablando con la voz de Claudio, Claudio escuchando su propia voz doblada por Manu y yo, mientras, imaginándome cómo le quedaría a Claudio el implante de mi propia cara.
Varias horas después sigo sin recordar la dirección que le apunté al gruista o gruero.
La chica de la foto apareció caminando en mi campo de visión (parada de taxis de la calle Goya esquina Serrano), se detuvo, miró su reloj y tomó asiento.
Habrá quedado con alguien, pensé desde mi taxi.
Una y otra vez miraba a ambos lados de la calle, con nerviosismo. Se ponía en pie, daba tres o cuatro pasos a la derecha, otros tres o cuatro a la izquierda y de nuevo volvía a sentarse.
Luego sacó un libro grueso (American Psycho, de Bret Easton Ellis) y lo abrió por la mitad, simulando leer pero sin leer nada (imposible concentrarse si alza la vista cada dos segundos). Por alguna razón quería que su cita la encontrara leyendo. Quería dar esa impresión, la de mujer leída, sin prejuicios (American Psycho describe con crudeza las hazañas del psicópata Patrick Bateman), con vida interior, paciente con las citas pero celosa de su tiempo. Así, cuando su acompañante llegara más tarde de lo previsto y se disculpara por el retraso, ella podría decir:
- No pasa nada. Estaba entretenida, leyendo.
Sin duda esa cita era importante para ella. Nadie se toma tantas molestias cuando conoces de sobra a la persona que esperas, o cuando no hay intención especial, ni deseos, ni expectativas.
Diez minutos después sonó su teléfono. Miró la pantalla y descolgó. Apenas dijo nada; tan sólo asintió con gesto de resignación, tocándose el pelo, mirando a ambos lados, aún nerviosa, y poco más. Un par de frases después colgó el teléfono, metió el libro en su bolso y se cruzó de brazos. Quien fuera había llamado para cancelar su cita. La chica de la foto parecía triste.
Entonces se me ocurrió algo. Tomé mi móvil y busqué el suyo a través del Bluetooth. En el rastreo me aparecieron tres usuarios: COCO, SEBAS y ROSANAA. Pinché en ROSANAA y al segundo sonó un pitido en su móvil. Al mirar su pantalla arqueó las cejas, echó un vistazo, extrañada, a su alrededor (me hice el loco), y pese a no saber quién estaba tratando de establecer contacto con ella pulsó "Aceptar".
Me llegó su confirmación y escribí: "PASA DE EL Y VENTE CONMIGO"
Al leer mi mensaje volvió a mirar a su alrededor. Seguía sin saber quién se lo había enviado. Por eso me contestó:
"QUIEN ERES?"
Y escribí:
"SOY PATRICK BATEMAN, DESDE TU BOLSO"
Cuando leyó esto último debió de asustarse, o algo, porque salió corriendo.
- Lléveme lejos, por favor. A cualquier hostal fuera de la ciudad. A Segovia, a Toledo, donde usted quiera -. Accioné el taxímetro y nos pusimos en marcha, en silencio.
Era una mujer joven, aunque no demasiado. Ojos rojos, como recién llorados, cara lavada, jersey de cisne, abrigo grueso, pantalón vaquero, zapatillas de deporte y un bolso grande pero no lo suficiente para considerarlo equipaje.
En el kilómetro 23 comenzó a llorar (o retomó el llanto), como Natalie Portman en aquella peli:
Pensé que podría tratarse de un desengaño amoroso (habría pillado a su marido en la cama con otra, o con otro). Siempre que una mujer joven y guapa huye y llora en el asiento trasero de mi taxi pienso lo mismo, que el detonante ha sido el amor, o la falta de amor. Como si nada más pudiera provocarle el llanto a una mujer joven y guapa (¿?).
En fin, que llegamos a Segovia y a las puertas de un hostal cualquiera, mientras me pagaba la carrera, se confesó: Era novicia y había perdido la fe. Huía del convento y de Dios.
En efecto, aquella mujer acababa de sufrir una decepción amorosa. Pero me quedé sin saber quién había sido el causante de aquella ruptura. ¿Fue ella, o su jefe?
Hoy me apetece estar solo. Sólo hoy. Sólo solo. Apagar la puta Blackberry, sacar mi taxi y dar vueltas por Madrid con el cartel de OCUPADO. No estoy triste ni alegre, no es eso. Sólo me apetece estar solo.
En el asiento trasero de mi taxi llevo a Lourdes atada con su correspondiente cinturón de seguridad. Lourdes es una muñeca hinchable que hace tiempo me regaló una novia para decirme sin palabras que me dejaba. Tras unos meses escondida en el armario del bricolaje (he de reconocer que al principio su presencia me aterraba) decidí hincharla con nitrógeno (por recomendación de un buen amigo) y la customicé. Ahora lleva un bigote pintado con Edding, una corona del Burguer King en la cabeza (sujeta con celo a la nuca; estuve a punto de usar chinchetas, pero supe reaccionar a tiempo), una camiseta con el logo "Yo no soy Sánchez Dragó", una tira de velcro pegada a su pubis y sendas madreñas (zuecos de madera típicos de Asturias) en los pies.
Con ella a mis espaldas doy vueltas por Madrid, con el cartel de OCUPADO y el taxímetro encendido, marcando un precio en progresivo ascenso que nadie me abonará.
Y a través del espejo compruebo que Lourdes sigue ahí, mirando a la calle con cara de asombro.
- ¡Oooohhh! - siento que me dice en su lenguaje hinchable.
¿Por qué lo siento? ¿por qué estoy notando el hilo de su voz sorda en la nuca?
Me detengo en un descampado allende Pozuelo. Abro su puerta. Ahora lo entiendo: Ha sido el palillo. Le puse un palillo en la boca para que su aspecto fuera más rudo y ese palillo está acabando con el aire que hasta ahora defendía su integridad.
Abrazo a Lourdes. Le practico el boca a boca, pero mi lengua me pierde y se pierde en la suya, y me excito y la abrazo con fuerza pero entonces el cuerpo angelical de Lourdes comienza a perder volumen más y más rápido, y su creciente dieta me incita a hacer el amor con la desesperación de un Ñu y me resulta difícil, cada vez más difícil, ni te imaginas la impotencia que siento, y pienso en ir a una tienda de bicicletas para comprar parches, pero ya no sería lo mismo, se perdería la magia del momento. ¿Entiendes lo que quiero decir?
La SGAE dice que "podrían meterse con los taxistas" por escuchar la radio en un vehículo de servicio público (donde viajan clientes provistos de orejas) sin pagar su correspondiente canon. Según la SGAE todos los taxistas estamos "fuera de la ley". Aun si sólo sintonizásemos emisoras no musicales (noticias, deportes, etc.) también tendríamos que abonar el canon ya que, según la SGAE, estos programas incluyen música (el cha, cha, chán inicial de los servicios informativos, por ejemplo).
¿Que no te lo crees? Pincha y flipa (a partir del minuto 3:10):
Como es mejor prevenir que curar, antes de que la SGAE llame a las puertas de mi taxi (o de cualquier otro) propongo las siguientes alternativas:
1.- Repartir tapones entre nuestros usuarios.
2.- Llegar a un acuerdo con la COPE para que sólo emita música y rezos Copyleft.
3.- Tararear canciones inventadas.
4.- Repartir retratos robot de Teddy Bautista y la Ministra González-Sindergüenza a todo el gremio para que, cuando cualquiera de los dos suba a un taxi, el taxista les cobre un suplemento proporcional al volumen diametral de su escroto.
En la parada de Fuencarral esquina Hernán Cortés caben dos taxis separados por un árbol raquítico de hojas arqueadas como manos de maricona loca. A ambos lados, tiendas de moda, graffitis y carteles superpuestos (mientras escribo esto un hindú con cresta roja y ojos perfilados está mojando su escoba en un cubo de cola que ahora esparce encima de otro cartel y pega el suyo: Fiesta Sado: ¿Te atreves?)
Gente caminando. No hay dos iguales: Oso calvo, barba, bomber, barriga y botas militares, adolescente de flequillo verde asimétrico y brackets, gafapasta con unos vaqueros ceñidos cuya cintura le llega por las rodillas y bambas Victoria blancas, sin cordones, en sus pies de peso pluma, turista sueco agitando un zumo de pera, siniestrilla pintada de pánico balanceando su bolso con forma de ataúd mientras camina, dos viejitos portando sendas bolsas de mandarinas, lesbiana de provincias con capucha y cable de iPod en la boca, negro cachas que se mueve como un chicle, ultrafashion exfoliado de peinado Juan Por Dios, aro en la nariz, orejas dilatadas y gorro de lana, Marlene Dietrich (con los mismos años que tendría ahora si viviera) consumida, arrugada y sin embrago ideal, un Bull Terrier tirando de su dueño, dos transexuales mirándolo todo con los ojos en la lengua, un niño marroquí de siete años feliz con su camiseta del Barça y en esto abre la puerta trasera de mi taxi un señor muy serio con bigote y me dice
Yo también tengo la fea costumbre de escribirme notas en el dorso de la mano, palabras "clave" que me sirven de recordatorio urgente o importante, o números de teléfono que trascribo al dictado, en mi misma piel, cuando no encuentro un papel donde anotarlos. Luego, cuando el mensaje ya ha cumplido su función, yo también suelo borrarlo con el dedo mojado en saliva.
Bajando por la Cuesta de San Vicente me acordé de algo. Tenía la intención de presentarme a un concurso de relatos y el plazo de entrega concluía en tres días. Aún no había comenzado a escribirlo, pero ya tenía la trama en la cabeza (se me había ocurrido ese mismo sábado mientras llevaba en mi taxi a una pareja de sordomudos que comenzaron a discutir en silencio y a través de sus manos hasta acabar, justo antes de llegar a su destino, reconciliándose con los labios). Incluso ya tenía pensado el título: Se llamaría "TE QUIERO", pero había pensado escribirlo en Braille, con un punzón (sólo el título, claro).
Así que, en el primer semáforo, escribí "TE QUIERO" en el dorso de mi mano para acordarme del relato y ponerme a ello en cuanto llegara a casa. En esto, la usuaria de mi espalda (veintipocos años, ojos risueños, cabello rizado, piel de leche), víctima de la curiosidad, alzó su cabeza con disimulo para intentar leer lo que acababa de escribirme en la mano, pero justo en ese instante cruzamos las miradas y entonces desistió, avergonzada.
Y así nos mantuvimos, en incómodo silencio, durante el resto del trayecto.
Llegamos a su destino con el taxímetro marcando 9,55€.
- Cóbrate 10 - me dijo tendiéndome un billete de 20.
Y al devolver el cambio con mi mano zurda (me lié y olvidé que era la escrita) ella consiguió al fin leer ese "TE QUIERO", y al instante sonrojó y me miró por un segundo y abrió su puerta temblando, sin dejar de mirarme, y se bajó del taxi y se quedó parada, apoyada en una farola. Y así se quedó durante un rato. Me lo dijo el espejo retrovisor mientras me alejaba.
Con el Euro la historia de cada billete o de cada moneda cobra unas dimensiones muy superiores a las de la antigua peseta; a saber por cuántas manos habrá pasado, por cuántos países habrá viajado o qué objetos o servicios se habrán adquirido a su costa.
Un ejemplo: El billete de veinte euros que ahora tengo entre mis manos (que me acaba de entregar un turista alemán por llevarle en mi taxi del aeropuerto a un hotel del extrarradio) también habrá llegado con él desde Alemania y habrá pasado por muchas otras manos antes de caer en las suyas. Y esas otras manos lo habrán usado, a su vez, para pagarse el almuerzo, o para comprar un balón de fútbol, o para contribuir al cepillo de la Iglesia, o como propina en un burdel, o para adquirir medicinas, o simplemente para enrollarlo y esnifar con él una coca comprada con otros billetes (o hermanos bastardos). Si supiera, en fin, la historia de ese billete de veinte euros, ya tendría trama de sobra para escribir una gran variedad de novelas de éxito. Novelas policíacas, de misterio, eróticas, de terror...
Nota: En la esquina superior derecha de aquel billete procedente de Alemania he dibujado una "@". Lo usé para comprar "Invisible", de Paul Auster, en una pequeña librería de Chueca. Si por algún casual ese mismo billete cayera en tus manos cuéntame dónde y qué has hecho con él; en qué lo has empleado. Y así sucesivamente...
Soy taxista, o taxidermista (según la piel del viajante). Escritor a tiempo parcial y lector insaciable de espejos a jornada completa. Licenciado en Espejología del Profundismo por la Universidad Asfáltica de Madrid (UAM). Bufón y escaparatista de almas...