Era un padre normal, una madre normal y dos hermanos, ella normal también. Sin embargo el chico, de unos 12 años (dos o tres menos que ella), observaba en silencio mis manos manejando el taxi, ajeno a la charla que mantenían los otros. Su madre, de vez en cuando, le intentaba hacer partícipe de la conversación: “mira lo que dice tu hermana, Javier”, pero él sólo asentía sonriendo, con ese gesto de “me importa un huevo; lo mío es volar”.
Sin duda Javier era de los que preferían inventarse cómo funciona un coche, o por qué no se caen los edificios, o por qué no se hunden los barcos, antes de conocer el verdadero mecanismo de las cosas. La verdad siempre es más aburrida, carece de magia (tus teorías funcionan bien en tu cabeza, tienen su lógica, Javier. La verdad te haría ser como ellos: no les escuches cuando intenten explicarte algo. No les escuches o romperán tu mundo).
(Y esa mezcla de ficción y realidad hará de ti un hombre extraordinario. Eres sensible a las cosas: también lo serás al amor. Tu universo carece de vicios porque es hermético. Sólo se corrompe cuando es compartido o comprendido. Procura que nadie entienda cómo has conseguido pintar ese cuadro o componer esa canción. Procura cantar sin dar clases de canto, o escribir poemas sin haber leído un solo verso de Neruda. Serás un artista, ya lo eres).
Cuando llegamos a su destino el padre me pidió un recibo con el importe del trayecto. Se fueron bajando todos, Javier era el último.
- Coge tú el recibo, Javier. – le pidió su padre.
En esto, aproveché ese instante a solas con Javier y, una vez rellenado, escribí en el anverso del recibo:
“No les escuches. Sólo tú conoces la verdad.”
Se lo tendí señalando mi nota.
Javier lo leyó, me sonrió y, por supuesto, se bajó del taxi sin decir nada.









Comentarios recientes