En la parada de Cea Bermúdez tomó asiento a mi lado un hombre al que le faltaba una pierna. La izquierda, para más señas. Detrás de él se acopló su mujer:
- ¿Nos llevas a Vallecas? - me dijo ella cerrando su puerta.
Al iniciar la marcha no pude evitar mirar de reojo el espacio vacío de aquella pierna mutilada. El pliegue de su pernera, recortada y remangada, se encontraba a escasos centímetros de mi palanca de cambios. ¿Será cierto eso que dicen de los miembros fantasma? ¿Seguirá sintiendo aquel hombre su no-pierna?
Corroído por la duda aproveché un cambio de marcha, de segunda a tercera, para tocarle con el meñique (como sin querer) el pliegue fantasma de su pantalón. Para mi sorpresa el hombre dio un respingo, giró su mirada hacia mi mano y me lanzó una sonrisa pícara. Detrás, su mujer continuaba atenta a los movimientos de la calle, lejos del alcance de mi mano y más lejos aún de la reacción de su marido.
La situación me pareció de lo más excitante, así que, llevado por una curiosidad sin límite, comencé a acariciarle su pierna imaginaria que yo también sentí real.
Heteronota:No me gustan los hombres, pero en mi defensa diré que aquella tampoco era la pierna de un hombre, ni siquiera era una pierna, ni nada.
Llevado por la inercia del momento continué pellizcándole el muslo fantasma hasta que el usuario, en un arranque de efusiva fricción, soltó un gemido:
- Ahhh...
En esto, su mujer reacciono:
- Evaristo, ¿qué ha pasado?
- Un calambre, Puri. Un calambre - soltó enrojecido.
Y ahí lo dejamos.
Al llegar a su destino, con el taxímetro marcando 10,70€, mi satisfecho copiloto le dijo a su mujer:
- Dale 15.
- ¿No te parece excesivo?
- Dale 15, he dicho.
La mujer, resignada, me tendió un billete de 10 y otro de 5. Al cogerlos de su mano, sin embargo, sentí esos billetes menos reales que la pierna irreal de Evaristo.
No puedo parar de leer mientras me muevo. No puedo evitar transformarlo todo en palabras. Los usuarios de mi taxi tienen letras tatuadas en sus rostros. No los miro; los leo. Mi espejo retrovisor es un eBook analógico.
Alzo la vista al cielo y aparecen mensajes subtitulados entre el horizonte y las nubes. Escribo un sms, con la palabra CIELO, al 5575: "¿Subes o bajo?", y al rato aparece mi mensaje sobreimpresionado, con fondo azul. Y ahora, la "o" final de mi mensaje está siendo violada por una avioneta sin motor. Y me cago en la estela del intrusismo literario.
Imagina que todos tuviéramos una palabra tatuada en la frente. Imagina una palabra que fuera sólo tuya, irrepetible, que te persiguiera hasta el fin de tus días. Una palabra cuya lectura te definiera, o dijera todo cuanto necesitaras demostrarle al mundo sobre ti y a simple vista.
Como ya ni el Orfidal ni los atajos me hacían nada, en un arranque de desesperación ansiolítica, aparqué mi taxi frente a la Catedral de la Almudena (en zona de estacionamiento regulado) y ahí que entré.
Tomé asiento en la última fila (para no mezclar feligreses con feligrosos) y, con las manos entrelazadas, me dispuse a rezar lo primero que me vino a la cabeza:
- Oh, Dios mío, líbrame del pecado del atasco, del mal del Agente de Movilidad, que los usuarios impuros no mancillen mi casta y pura tapicería y, ya que estamos, dame fuerzas para llegar a fin de mes y líbrame de la hipoteca, Amén.
Esperé unos segundos, por si tardaba en llegarle el mensaje (recibe muchos), pero Dios no me contestó.
- ¿Has escuchado todo lo que te he dicho, o te lo repito? - volví a decirle. Pero nada.
Así que me acerqué a lo que supuse sería el Servicio de Atención al Cliente (una cabina, como la de los Sex-Shop, pero de madera) y ahí un tipo con alzacuellos, al otro lado del mostrador enrejado, me dijo.
- Ave María Purísima. Tiene que decir Ave María Pusísima.
- Pues eso.
- Sin pecado concebido. Cuéntame, hijo.
- Acabo de intentar mantener una conversación con Dios, pero no me lo coge. Pensé que sería un problema de cobertura, ¿usted cree que sentándome más cerca...?
- Dios está dentro de todos nosotros, hijo mío.
- Pues yo pensé que había que venir aquí para hablar con Él. Que las Iglesias eran como... routers o algo así.
- ¿Y qué tratabas de decirle a Dios Nuestro Señor?
- Con todos mis respetos, Padre: ¿Le coozco de algo?
- Soy su Padre, hijo mío.
- Sí, claro. Pues mire, quiero poner una reclamación.
- ¿Cómo dice?
- Tienen libros de reclamaciones, ¿no? Pues, eso, como el servicio no funciona, me gustaría poner una reclamación.
- Esto no es El Corte Inglés, hijo mío.
- Les pago una pasta, qué menos que funcione el servicio, ¿no cree?
El hombre, con muy buenas palabras (todo hay que decirlo) me invitó a salir. Ya en la puerta le dije que iría al Defensor del Consumidor.
Y al coger mi taxi, no había taxi. Se lo había llevado la grúa. Al parecer no lo había aparcado en zona de estacionamiento regulado, sino en una plaza para minusválidos.
- ¿Me llevas al concierto de... esos? - me dijo el usuario señalando en dirección al equipo de música de mi taxi. En aquellos momentos sonaba "Light", una exquisita cara B del Sounds of the Universe de Depeche Mode (que, efectivamente, tocaba esa misma noche en el Palacio de los Deportes de Madrid).
Me sorprendió que aquel joven, de apenas 20 años, reconociera de inmediato tal rareza musical (sólo editada para "coleccionistas"). Por eso le pregunté:
- ¿Conoces este tema?
- ¡Claro! Viene en la "caja" de su último disco. Lo tengo TODO. Soy superfan.
- ¿A qué te refieres con TODO?
Aparte de su discografía completa, singles, recopilatorios y conciertos en DVD, el usuario me aseguró tener nosecuantas camisetas, chalecos, posters, banderas, pins y hasta tazas de café con el logo del grupo. Incluso consiguió por eBay a precio de infarto, una toalla sudada que el cantante Dave Gaham lanzó al público en un concierto de Estocolmo. Ahora, de hecho, llevaba una D y una M dibujadas a ambos lados de su cara, camiseta estampada con pins y bandera ad hoc atada al cuello.
Aun compartiendo los gustos musicales de aquel usuario, no entendí (ni entenderé nunca) que su "fanatismo" rompiera los límites de lo estrictamente musical. Aparte de lo dicho, se conocía al dedillo la vida (privada) y milagros de cada uno de sus miembros, así como sus gustos, aficiones, anécdotas o curiosidades que, de no ser "famosos", le importarían un carajo.
Pero este mismo "no lo entiendo", ya que estamos, podría aplicarlo también a ciertas afirmaciones más que arraigadas en nuestro refranero Pop: "Si conocieras en persona a Sabina, te dejarían de gustar sus canciones", o "Bunbury es un gilipollas...", o "Manolo García, aparte de ser un excelente letrista, es una bellísima persona".
Y yo me pregunto: ¿Qué carajo nos importa la vida privada nuestros idolatrados músicos? ¿por qué tendemos a mezclar, indisolublemente, su vida con su obra?
Nota post-concierto (o post-coito): Genial, como siempre, Depeche Mode. Aunque tampoco entienda (ni entenderé nunca) que cierto público se preocupe más de grabarlos con sus putas cámaras que de disfrutar del concierto sin más. Para eso, mejor que se queden en casa y esperen a que salga el DVD, ¿no?
Al salir de casa le das siete vueltas de llave a tu puerta blindada. Bajas por las escaleras mientras te colocas los auriculares del iPod en sendas orejas. Antes de salir a la calle ya le has dado al play. Te pones las gafas de sol para protegerte de la luz y te subes la cremallera del abrigo para protegerte del frío.
Bajas las escaleras del metro, coges el 20minutos de todas las mañanas y, ya en un vagón lleno a reventar de chicos y chicas burbujas como tú, ojeas el diario por encima mientras sigues escuchando a través de los cascos una selección de tus canciones favoritas.
En tu estación de destino caminas con las manos en los bolsillos del pantalón y, al llegar a la oficina, te quitas los cascos, las gafas de sol y el abrigo, lanzas sobre la mesa el 20minutos y enciendes el ordenador. Nada más sentarte suspiras aliviado: Un día más has vuelto a conseguir aislarte del mundo que te rodea. Las gafas, los cascos y el abrigo han vuelto cumplir su función de burbuja para no ver, escuchar o sentir lo que sucede a tu alrededor. Necesitas aislarte del clima, de la luz, del sonido y de la gente de tu ciudad porque crees que, si algún día llegaras a abrir tu precinto, te volverías completamente loco.
Nota aislante: Cada día veo por la calle a miles y miles de hombres y mujeres burbuja. Los veo a través de los cristales de mi taxi burbuja. Por eso no puedo ni debo criticar su postura.
Y de postre, el vídeo-homenaje cumpleañero que me ha "regalao" mi buena amiga Chica-T en representación de esa peazo plataforma taxial que es el Free of Cope Taxi Club (Sherpa, Gusy, Manu, Saturnino, Helión-TaX, Santi el Montador y, por supuesto, Chica-T en el papel de princesita de la República). Todos ellos taxistas y, sin embargo, amigos.
Mil millones gracias por el detalle. No hay taxímetro que os lo pague:
Ahora he comenzado a echarla de menos. Ahora, de repente y a lo bruto. Ahora mi cama es más grande que el prepucio de Dios. Ahora sólo pienso en el contorno Da Vinci de sus tetas. Ahora me duelen sus tetas. Sus ojos ya no ven lo que ven mis ojos que ven los suyos cerrados y en paperview. Su piel está fía. Su piel son las pistas del aeropuerto de Moscú, y yo una puta avioneta dando vueltas como un gilipollas, sin autorización de la torre de su lengua para aterrizar, ni combustible en mis pelotas, ni pelotas para chocarme entre sus piernas.
Ahora que estoy solo, que me siento libre, no sé qué coño hacer con mi soledad, ni con mi libertad. Y si me voy de putas, en cuanto paro mi taxi delante de una, bajo la ventanilla y pregunto:
- ¿Has visto a Beatriz?
- No. Pero te puedo hacer olvidarla.
- ¿Estás pensando en matarme?
y vuelvo a subir la ventanilla y me largo y luego paro en la cuneta y me masturbo entre los árboles de la Casa de Campo, ante la atenta mirada de un par de ardillas mojunas y me corro sobre el musgo y crecen flores cuyas raíces no son raíces, sino Beatrices naciendo a la inversa.
Y no regreso a casa porque sus paredes malparidas me recuerda a su ausencia, y trato de dormir en el asiento trasero de mi taxi, ante la atenta mirada de unas ardillas mojunas que juegan al poker con mis sentimientos y gana la del full de estambull sin saber que yo guardo un quinto as en la manga de mi orgullo:
¿Si el autor de un blog, en sus posts, escribe lo que le sale de los huevos, no debería aceptar o censurar también la opinión del lector que salga de los huevos?
¿Qué derechos tiene el lector de un blog sobre su autor?
¿Puede algún lector exigirle al autor la devolución del importe que ha "pagado" por cada post de no gustarle u ofenderle su lectura?
¿El mal uso de la libertad de expresión fortalece en argumentos a los dictadores?
Cada vez son más los usuarios que, sin querer (o no), tratan de evitar cualquier conato de contacto físico con el taxista. El simulacro de roce sólo se produce en el mismo momento de abonarte la carrera, cuando el usuario acerca su mano y te tiende el billete o las monedas de marras, o cuando les devuelves el cambio. En ese mismo instante, como digo, el usuario emplea una especie de estrategia antitacto tratando de dar sin tocar, de tenderte un billete sin siquiera rozar tu palma con las yemas de sus dedos, o viceversa.
Pensé que este rechazo podría no ser más que miedo al contagio de enfermedades infecciosas (ahora que la Gripe A compite en Prime Time con Belén Esteban). Por eso, en una suerte de Experimental Taxi Club al uso, he decidido conducir hoy, durante todo el día, con guantes de látex.
¿Resultado? El miedo a tocarme, en lugar de erradicarse, se acrecentó. Al llegar el momento de pagarme los usuarios, como escamados por mis guantes de látex, me tendían sus billetes o monedas lanzándolos a la palma de mi mano en lugar de posarlos, como de costumbre, sobre ella.
Conclusión: La asepsia da más miedo que el miedo mismo al contagio.
Ahora bien, descartado el miedo al contagio, ¿por qué otro motivo evitaremos hasta el más mínimo contacto físico?
Nota epidérmica: Los franceses, aparte de volcarnos los camiones, tienen por costumbre darle la mano al taxista antes de apearse. ¿Será que la conducta del toqueteo va ligada a las costumbres culturales de cada país?
Me ha vuelto a pasar. Ayer llevé en mi taxi a una mujer que, desde la primera frase, encajó conmigo a la perfección. Fue una de esas conversaciones triviales sin fondo pero con forma: En sus matices deduje que ambos teníamos el mismo sentido del humor, la misma visión del mundo, las mismas preocupaciones y los mismos deseos. A lo largo de aquellos veinte minutos de trayecto fuimos dos auténticas gotas de agua verbales, el reflejo del espejo del otro, la partida en tablas. Fue un flechazo puramente humano; ni siquiera me fijé en su físico, en su edad o en su condición de mujer. Esta vez no. En ella no encontré sensualidad ni belleza, sino feeling.
Cuando llegamos a su destino, al pagarme, no pude evitar sentir la tristeza del taxista interrumptus. Me bloqueé, fui lento de reflejos y la dejé marchar sin saber retenerla, o prolongar aquel trayecto con un café, o con mi número de teléfono escrito en el anverso del recibo que me pidió para justificar el gasto. Quizá no lo hice por no querer que lo interpretara como una insinuación por mi parte, por querer ligar sin más. No era eso. Sólo quería continuar hablando con ella:
¿Cómo hacerlo sin caer en esa doble interpretación?
El caso es que perdí mi oportunidad de continuar con ese feeling. Perdí a otra de esas personas tan afines que sólo se cruzan una vez cada mucho.
Y no hace falta que me lo digas tú: Sí. Soy gilipollas.
Encerrado en un atasco de tres pares de Gallardones me dio por seguir con la mirada los pasos de un anciano que caminaba despacito por la acera. El anciano, pese a su paso lento y pausado, consiguió llegar al siguiente cruce mucho antes que mi taxi (aun parado en el mismo puto punto). Luego, le perdí de vista.
Media hora (o tres Orfidales) más tarde, cuando al fin conseguí llegar a la Plaza de Colón insano y salvo, me encontré a ese mismo anciano ahí sentado, apoyado en su bastón, observando tan tranquilo el transcurso de las obras.
Al ver aquella cruda moraleja, roto de ira, arranqué el taxímetro del salpicadero y me lo até a un zapato empalmando sus cables a mis cordones. Luego salí del taxi y, con el cartel de LIBRE en la boca y la capilla luminosa pegada con velcro sobre la calva, comencé a caminar.
Apenas unos pasos después me alzó el brazo un ejecutivo de corbata, maletín y mucha prisa. Me detuve a su lado y, subiéndose a mi chepa, me dijo:
- A Cibeles. Rapidito, por favor. Que llego tarde.
Accioné el taxímetro con pie contrario, volteé mi cartel de la boca en posición de OCUPADO, retiré su corbata de mi campo de visión (cual flequillo, tras mi oreja) y allá que fuimos.
Primero al paso, luego al trote y después, en un alarde de profesionalidad (e inercia) al galope.
Huelga decir que llegamos mucho antes que cualquier otro taxi con ruedas. Y me pagó lo que marcaba el zapato, con propina.
Llegamos a San Lorenzo de El Escorial y, nada más bajarse los clientes, en lugar de regresar a Madrid por el mismo camino, tomé la A-6 en dirección contraria.
- Mi cara B necesita huir - pensó mi cara A.
- Correcto - pensó mi cara B.
- En media hora echan mi serie favorita. Me gustaría verla en casa - pensó mi cara A.
- Pues haberla grabao - pensó mi cara B.
Pasé el túnel de Guadarrama y, al alcanzar el peaje, pagó mi cara A.
- Eres un calzonazos. Siempre pagas - pensó mi cara B.
- Bienes gananciales, listillo - contestó mi cara A.
- Pedante - sentenció mi cara B.
Media hora después de Segovia mi cara B decidió tomar el siguiente desvío.
- ¿Dónde estamos? - pensó mi cara A.
- Calla, coño - pensó mi cara B.
Tras dos o tres kilómetros, con el cielo color tinta de calamar, adentré mi taxi por un camino de tierra. Puse las largas: Había árboles a ambos lados, trillones de estrellas con su luna de puntero en el salvapantallas del cielo, y apenas nada más.
En un punto indefinido frené a un lado de la cuneta. Sin que mi cara A supiera por qué, me bajé del taxi, caminé cinco pasos y comencé a escarbar en la arena con las manos. Hacía frío.
Escarbé hasta encontrarme con la tapa de una caja metálica de Cola-Cao. Despejé el terreno, saqué la caja y la abrí.
Dentro había un walkman con una cinta dentro y funcionando. El autorreverse parecía atascado; la cinta saltaba constantemente de un sentido al otro.
Presioné el STOP y, de súbito, dejé de oír voces dentro de mi cabeza. Luego regresé a Madrid siendo nadie, pero más tranquilo que la hostia.
Jacinto, el taxista, tras más de treinta años llevando una misma vida con su mismo taxi, su misma mujer y sus mismos hijos, frenó en seco en plena calle Alcalá y al bajar la ventanilla los vientos del Sur le soplaron al oído, por primera vez en su vida, la siguiente pregunta:
- ¿Soy feliz?
De inmediato, esos mismo vientos del Sur le dieron una respuesta inesperada:
- No.
Aquel NO le rebotó en la cabeza con un eco insoportable. Pero lejos de acallarlo con su mismo taxi, su misma mujer y sus mismos hijos, decidió continuar hurgando en la llaga (nunca abierta hasta antes de bajar la ventanilla), y volvió a preguntarse:
- ¿Estos últimos treinta años me han hecho feliz?
Entonces rompió a llorar. Su cabeza era ahora un trailer de su historia con Paz en cuyos fotogramas sólo encontró escenas cargadas de un dolor anestesiado por la inercia: Se casó muy joven y, desde entonces, sólo se dejó llevar. Llegó el primer hijo, la segunda y el tercero; compraron una casa más grande, la licencia de taxi y contrataron una Multipropiedad para asegurarse las vacaciones durante el resto de su vida.
Eso fue lo único que pudo ver en aquel trailer. Nada más. De ahí el dolor.
Amor, lo que se dice AMOR, no hubo excepto el de sus hijos (siempre supo que Paz, en realidad, no le trataba como merecía, ni le hacía nunca sentirse grande).
Tampoco se había planteado antes si esa era realmente la vida que quería llevar.
Jacinto volvió a subir la ventanilla. Agarró temblando su teléfono móvil y, tras inspirar bien fuerte aires del Norte, marcó el número de la Multipropiedad.
Soy taxista, o taxidermista (según la piel del viajante). Escritor a tiempo parcial y lector insaciable de espejos a jornada completa. Licenciado en Espejología del Profundismo por la Universidad Asfáltica de Madrid (UAM). Bufón y escaparatista de almas...