Estampas del valle de Rolando Hinojosa-Smith.

Explotar a los cuarenta años de su edición, así hacemos las cosas en mi familia, viviendo la vida en el tianguis, arqueólogos de la literatura fronteriza, del corrido y de la jota, folklore y mezcolanza. Estampas del valle de Rolando Hinojosa-Smith. Gracias a Xordica aparece por primera vez en las estanterías españolas esta obra magna de la literatura en español, del castellano fronterizo, fragmentario, de arena y caliza, de durazno y maíz. Aprovechamos que esto es Motel Margot y siempre hay música y alcohol de graduación variable para elaborar una mixtape de bandas en la línea discontinua que une/separa México y Estados Unidos.

Escuchar la mixtape fronteriza Estampasdelvalle

El autor avisa de la necesidad de notas y preliminares para abonar el terreno: la primera parte del libro, Estampas del valle, que da título al volumen, que muestra una galería de instantes, capturas de personajes, polaroids de árboles genealógicos anclados en la tierra, una tierra que mezcla lo conocido con lo ajeno, lo propio con lo migrante. En Otra vez la muerte la narrativa adquiere tono de telegrama y Al pozo con Bruno Cano utiliza el monólogo exterior, como si fuera el pueblo, la gente, la que escribiera la historia. Los personajes, como un río subterráneo, buscan con sus raíces enrevesadas la capa freática de los motes familiares, los recuerdos de antiguas deudas y un futuro que nunca es como se promete. Un lector español encuentra la conexión universal del que disfruta tomando la fresca en el porche de una casa en una noche de estío, porque en la frontera también se sacan las sillas bajo la luna en los pueblos. Aztecas o gringos, castellanos o aragoneses, les dicen.

La sociedad como un personaje más, de mil miembros y voces, del Valle del Río Grande en Texas al encuentro del Manubles y el Jalón, todos contemplan el movimiento rítmico de las salamanquesas mientras buscan el exorcismo del muerto reciente, del muerto lejano, en la mesa redonda, en las voces del barrio”.

Complejo ramal de grafos con vértices engarzados entre uniones familiares, rencillas del pasado y antiguas moradas. Don Manuel Guzmán, la Tía Panchita, la Güera Fira…todo tiene algo de Miguel Delibes pasado de polvo, del Cela menos experimental y más revoltoso, del maestro Rodrigo Fresán desenmarañando la estirpe maldita de la familia de Martín Mantra. La novela de personajes, una novela donde la historia ya está escrita y la traen en el corazón sus protagonistas.

La segunda parte del libro Por esas cosas que pasan funciona casi como novela corta independiente y es nutritiva como un guiso de carne y hortaliza en puchero. Como una especie de A sangre fría chicana pasada por el Manuel Puig más oscuro, el relato de un crimen, de una reyerta tras “frotarse unas cervezas” se construye a través de Don Manuel Guzmán (El Sheriff), oficial del District Attorney, una especie de demiurgo que entre caritativo y judicial, hace de enlace entre la oficialidad norteamericana y la humildad social del emigrante. Hinojosa emplea las declaraciones en inglés, la noticia de prensa del Klail City Entreprise News, descolocando al lector, introduciéndole en el sofoco lingüístico y emocional de los protagonistas de una novela corta en mitad del texto, una obra teatral sin más acción que el recuerdo. Volvemos al monólogo exterior usando entrevistas que reciclan el habla popular en un dialecto que acompleja al español medio por la mutación del idioma y nuestra escasez de matices. Esa potencia carpetovetónica que los maestros castellanos de los cincuenta llenaban con su miel y su picadura los grandes libros del siglo, se recupera, alterada en un espanglish puntual mezclado con castellano purísimo (“Zonzeando” , “Echando madres”, “Bato”) alcanzado un momento cumbre con la recuperación de la expresión “me caía peseta”, con el convite maravilloso que supone.

¿Qué sabías tú de México, menso? El Chavo del Ocho, el canal de búsqueda de juguetes de Madhunter Channel, los héroes enmascarados que, sordos y alejados, no se inmutan frente a tres lustros de condena. Nadie reclama nada, es una voz inaudible en mitad del desierto.

La tercera parte, Vida y milagros, vuelve de alguna manera al tono inicial, pero dándole un impulso a la acción: “En el valle, como en todas partes, el frío y la muerte suelen venir a deshora” Con una cita así se abre, demoledora, la tercera parte del libro. De nuevo esa acumulación genealógica que se dispara como una primitiva ametralladora en los escarceos fronterizos. Revolución y desorden. Una parte de realismo mágico, otra de endogámico discurso bíblico y paganismo latinoamericano. Religiones mixtecas donde se mezcla el beisbol, las vírgenes, la verdura y la sed, mucha sed, sed de pobreza, sed de alcohol, sed de desorden turbio. Las tradiciones y los ritos siempre cubiertos de sexo, trazas incestuosas con altísima graduación pleno de nombres añejos. Las operaciones de los gringos, la enfermedad, las vidas que tienen menos valor que una moneda y un poco más que un trozo de hielo para la heladera. En Viola volvemos al movimiento de la especie, como un río exiguo de historia subterránea, de relaciones objeto, de humanidad básica, tribalismo religioso y prostibularia. El fornicio entre el presbiteriano y la viuda alegre, de alcurnia, viajes y méritos.

“La revolución y los hombres libres “Y platicar de esto y de aquello cada vez puliendo, mejorando las historias mientras la memoria (esa novia infiel) les echa zancadillas de vez en cuando”. Las fronteras no entienden de tierra y las tierras no entienden de países”.

En Los Revolucionarios hay sitio para los padres y abuelos, hijos y nietos, colonia y metrópoli. USA, México, la Albión y Texas (o Tejas) y Las vidas de Don Manuel fueron en español. El devenir cotidiano en Un domingo en Khail con un partido de béisbol, la mezcla de términos, la pelota, el calor y el polvo, la pelota que rebota y el polvo que se levanta oculta el sol por completo. Y uno no sabe si es mejor sentirse cegado y fresco que ver el abrasador futuro que le espera. Como la historia de Los Leguizamón llena de tierras ligadas a las familias, casamientos y lindes que son más fuertes que el amor, que la ocupación: “Defendiéndome a puro pulso contra la bolillada que vino al Valle con la Biblia en la mano y el garrote en la otra”. Y esa historia trágica que como todas las historias trágicas tiene que terminar en corrido: Beto Castañeda, ganador del concurso al mejor empacador de fruta y que, tras un accidente, alguien compone letra, música e imprime la melodía para que se grabe. Alguien, ese alguien, es ese personaje que son todos, también el lector que imprime sus recuerdos en las palabras que lee. Brillante el anecdotario de Los coyotes, el tocomocho del inocente analfabeto, el pobre al que timan unos dólares para “engrasar la maquinaria” unos tipos que arreglados en el vestir y bellas con sus tacones, asaltan a cualquiera que deambula con un sobre con sello oficial por la corte del condado. El miedo a la ley en un país arisco. La pirámide alimentaria no tiene piedad. El depredador siempre está dispuesto.

Un libro, Estampas del valle que es destilado de tiempo y sociedad, del gafe que transmite su mala suerte como una enfermedad, personajes que cobran en especia (cerdos, duraznos o cervezas), porque la vida no vale nada, porque si te apellidas Van Meers puedes moler a balazos a cualquiera, porque también mandaban a Chuan Ortega a morir a las playas de Francia sin saber muy bien qué país defendían o quién era el malo en esa libertad que no sale en el diccionario, pícaros que fuman en el recess y se manejan con la resbaladera, la Tía Panchita que vuelve a aparecer, árabes que son racistas, el racista que sufre el racismo, el chino, el que hace “gárgaras de cagada”, los que se ponen algodones con alcohol en la nariz para escapar de la muerte, restriegan monedas en el rostro, boca y oídos, de un muerto, para que el cobre aleje la mala suerte, como si Caronte se exiliara cerca de Río Grande, porque, creo que ya lo he dicho, aquí, en la frontera, la vida no vale nada.

“Estampas del valle” de Rolando Hinojosa-Smith lo edita Xordica Editorial.

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