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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Cosecha negra

Puede que últimamente nadie lea De ratones y hombres o La perla, o incluso Los hechos del rey Arturo; puede que un premio Nobel de 1962 haya pasado a un olvido de desierto. Pero John Steinbeck merece, al menos, una cita:

“Boileau dijo que sólo los reyes, los dioses y los héroes eran personajes adecuados para la literatura. Un escritor sólo puede escribir sobre aquello que admira. Y los reyes de hoy en día no son interesantes, los dioses se han ido de vacaciones y los únicos héroes que nos quedan son los científicos y los pobres”

De hace setenta años o de ahora mismo. El drama, la emoción, el movimiento, es el futuro y la supervivencia. Lo demás es maerkting. En fin, como Steinbeck tenía mirada de periodista y le interesaba el mundo en que vivía y los pobres héroes que lo habitaban escribió en 1936 siete reportajes en The San Francisco News para contar las miserias de los emigrantes del medio oeste estadounidense que tuvieron que viajar a California para intentar sobrevivir en plena Depresión. Recibidos con desprecio, pagados con sueldos de miseria, aún mas bajos que los de los braceros latinos que fueron expulsados para hacer hueco a los nuevos parias, esos emigrantes que huían del polvo tormentoso de Oklahoma, encontraron la palabra precisa, sobria y siempre bella de Steinbeck para pasar al mundo de la literatura y de la decencia.

Esos reportajes fueron el sustrato de Las uvas de la ira, la novela con el que ganó el Premio Pulitzer en 1940. El libro también es el fondo sobre el Nunally Johnson escribió el guión para que John Ford hiciera una película para la historia.

Todo eso está ahora al alcance de la mano, de una hora de lectura. Un pequeño y delicado volumen, Los vagabundos de la cosecha, primorosamente editado y rescatado por Libros de Asteroide, con un magnífico prólogo de Eduardo Jordá que abarca historia, técnicas literarias y reflexiones sobre lo que necesitamos que nos cuenten, y las fotografías de Dorothea Lange que encuadraron en blanco y negro aquella época. Y aquel Tom Joad que inventó Steinbeck, que encarnó Henry Fonda, que cantó Woody Guthrie, que volvió a cantar Bruce Springsteen y que ahora seguramente llega con otro nombre a las costas de Canarias o a las alambradas de Melilla.

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