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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Un jefe desobediente

Cumple cincuenta años y decide hacer lo que de la gana. Como siempre. Ponerse a prueba. Y saltarse los límites. Como siempre. Me gusta que Lars Von Triers sea el primero que rompa sus propias reglas en sus películas. Que se ría de sus propias apuestas. Y me gustan las reglas, las dificultades, los límites: tiene razón, la cuestión no son los obstáculos, las condiciones, sean cinco o cincuenta, sino lo que haces para superarlas, y cuantas más dificultades tengan los personajes y las acciones, más cosecha: ahí está el relato, la cara oculta de la luna. Como en El jefe de todo esto.

Ahora se ha inventado un programa de ordenador que le elige los planos de las películas con un algoritmo, con una suerte de casualidad. Decidido el punto de vista más adecuado técnicamente, el ordenador aplicado a la cámara propone arbitrariamente otros parecidos, en todo caso distintos. Se trata de que la representación que se está desarrollando delante de la cámara y, por lo tanto delante del espectador, sea de algún modo imprevisible. Y viva. Se trata de que el jefe, el que decide la puesta en escena, sea un juguete. Resultado: algunas tomaduras de pelo con la continuidad, algunos planos por debajo de la nariz de los actores, algún quicio de puerta y, en general, imágenes con palpitaciones improbables y aparentemente documentales, falsamente frescas, veraces; y mucha, mucha inteligencia para contar una historia cínica y en absoluto inocente ni de juguete.

Aquí, lo importante es la comedia y como construirla y darle una vuelta, y luego otra y otra más y una final con monólogo incluido. Y en esta comedia adulta lo importante son las palabras y la mentira: una catarata de diálogos inteligentes y mordaces que hubieran podido filmar Preston Sturges o Howard Hawks. Pero, ¿cómo montar una comedia de palabras como las de entonces. ahora, después de cien mil y una comedias? El artilugio aleatorio es un pretexto para poner en cuestión precisamente la última palabra, y con él Lars Von Triers se ríe del poder y la sumisión laboral, habla de la falsedad y la comedia y de los personajes reales o inventados y de cómo darles vida, y de paso, se mofa de los actores, del teatro, del cine bien entendido, de las reglas de interpretación y de de sus propios mecanismos de puesta en escena: los únicos momentos en los que en El jefe de todo esto no se está sometido al Automavisión, son sus propias intervenciones. Hechas además, desde fuera del relato para reordenar el invento y hablar directamente con los espectadores sobre este juego en la que un grupo de oficinistas acepta la existencia de un jefe atroz e inalcanzable, un malo interpretado por un actor contratado para fingirlo, sólo para no preguntarse, realmente, por qué hacen las cosas, por qué siguen obedeciendo. Y a quién.

Al final, un último e inefable monólogo de El deshollinador de la ciudad sin chimeneas, lo aclara todo y deja sin palabras.

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