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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

Somos mafiosos

Pocas veces un concepto ha valido para explicar tantas cosas.

El principio mafia exige absoluta solidaridad y devoción e incluso disposición al sacrificio por el propio grupo, combinada con un total desprecio y falta de consideración hacia los otros grupos. El principio mafia, aplicado a la raza, conduce al racismo; aplicado a la nación, conduce al nacionalismo; aplicado a la especie, al especieísmo. El antropocentrismo moral es el especieísmo de la especie humana, que combina los nobles sentimientos hacia nuestros congéneres con una abyecta falta de respeto y consideración moral hacia las otras criaturas.

Me gustaría estar hoy en Barcelona donde se empeñan en pensar sobre el presente y las transformaciones científicas, tecnológicas, artísticas, sociales y espirituales de ahora mismo para aprender con los cinco sentidos humanos de Jesús Mosterín y Peter Singer hablando de bioética, moral y comportamiento.
La absoluta solidaridad con el grupo, la devoción y la disposición al sacrificio por los propios y el desprecio por los otros, lo he visto aplicado en empresas, equipos de fútbol, fans musicales, editoriales, productoras de cine y de televisión, periódicos, comunidades de vecinos, parroquias, pandillas adolescentes y, claro, la familia. Como poco.

Si nos descuidamos, todos somos mafiosos. Acabados los grandes sistemas de pensamiento, al parecer quedan conceptos que todavía pueden explicarnos de manera universal.

¿Contra la mafia?: terapia para aceptar al otro y un poco de ácido sobre uno mismo. En Vanity Fair, David Chase, creador de Los Soprano, (se anuncian los episodios finales) da lecciones sobre silencio, tiempo y ritmo para contar mejor a las familias que rezan unidas y perderle el miedo a esos relatos. Y Annie Leibovitz retrata diez temporadas de un drama televisivo que acabará en los museos y que maneja, al parecer, el concepto clave para explicar la humanidad.



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