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José Ángel Esteban. Señales de los rincones de la cultura. Y, por supuesto, hechos reales.

¿Se puede revisar el traumatismo bulbar?

Tenía todos los ingredientes para una buena película: una conspiración, una aventura clandestina, un misterio… y la ejecución de dos inocentes. Un productor listo había comprado los derechos de un libro en el que Carlos Fonseca contaba la historia de Francisco Granado y Joaquín Delgado, dos anarquistas ejecutados en la Cárcel de Carabanchel de Madrid, por un atentado que no habían cometido.

A las cinco y pocos minutos de la madrugada el forense escribió traumatismo bulbar después de que el garrote vil apresara hasta quebrarlo el cuello de Francisco Granado. Unos minutos después su compañero Joaquín Delgado pasó por el mismo trago. El uno dio un respingo, al otro los verdugos tardaron en atarle al aparato. Dos verdugos, el uno amarraba, el otro daba el viaje. Era el 17 de agosto de 1963. Un verano de mucho calor. Manuel Fraga era ministro de información y turismo. Empezaban a llegar los turistas. Franco pescaba a bordo del Azor.

Quince días antes los dos anarquistas habían sido detenidos acusados de las bombas que estallaron ese mes en la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, y que provocaron una veintena de heridos leves y dos más graves, María del Carmen Anguita Abril e Isabel Peña Muñoz. El detonador se había adelantado, la sangre no estaba prevista. Pero salpicó. Y el Gobierno de Franco necesitaba respuestas urgentes, contundentes, en un momento en el que la resistencia a la dictadura política se acentuaba: un año antes las huelgas de habían agitado Asturias y nacían Comisiones Obreras: hacía falta limpieza para celebrar los XXV años de su paz. Así que, conveniente torturados y juzgados, sin pruebas, sin abogados, en 48 horas, Delgado y Granados fueron condenados a muerte y ejecutados antes de que nadie preguntara demasiado, antes de que nadie pudiera jugar a cuéntame como pasó.

Trabajamos mucho hasta encontrar la manera de contar la aventura de Francisco Granado que, enfermo de leucemia, había decidido aprovechar sus últimos meses de vida para trabajar con el movimiento libertario y preparar un atentado contra Franco. A eso había venido a Madrid desde su exilio familiar francés. Nos interesaban esos meses de regalo para una vida que se acababa, una aventura final, un sentido. Una historia. Para todo eso Granado tenía que rescatar una maleta de explosivos y esperar un contacto que no llegó. Quién si apareció para llevarlo de vuelta a Francia fue Joaquin Delgado con el encargo de liquidar el atentado y recoger a su compañero.

No les dio tiempo. Otra pareja de anarquistas preparaba otra acción, menor, una rabieta. Las bombas de la Puerta del Sol fueron sin embargo escandalosas y provocaron una reacción policial inmediata. No sabían quien las había puesto pero tenían controlados, tal vez por una delación, tal vez por una infiltración, a otros dos anarquistas pendientes de una maleta y a punto de escapar a Francia. Esos cargarían con la culpa. Más historia, más misterio, más dudas para los dos ejecutados.

Todo eso se contaba en el libro de Fonseca y todo se ordenaba además, en un fantástico documental de Laia Gomà y Xàvier Montany que habían conseguido testimonios directos y, sobre todo, la confirmación de que fueron Sergio Hernández y Antonio Martín­ los que colocaron los explosivos en la Puerta del Sol. Ellos confesaron un delito por el que treinta años antes habían ejecutado a dos compañeros.

El documental se emitió en España de manera casi clandestina (fuera ganó premios); el libro, más que bueno, no corrió mejor suerte, difundido sobre todo, entre los iniciados (hoy hay que buscarlo en librerías de viejo). Nuestra película se quedó en el guión. Pero se había abierto una grieta de memoria y también de justicia. En 1999 el Tribunal Supremo denegó un recurso contra la sentencia de muerte amparando la legalidad franquista. Lo había hecho ya o lo haría con el caso Grimau, con Puig Antich y hace menos de una semana con el caso Joan Peiró, también anarquista y ministro de las República. Pero en el 2004 el Tribunal Constitucional revisó la decisión sobre Granado y Delgado y obliga al Supremo a que acepte las pruebas nuevas, los testimonios de los otros culpables. Hoy martes 12 de diciembre el Pleno de la Sala V de lo Militar del Tribunal Supremo decide si aprueba o no la revisión de aquel juicio, de aquellos dos traumatismos bulbares.

Era una buena historia, desde luego, para una película. Todavía puede ser una excelente historia -o una terrible- para la justicia.

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Hay otra grieta, otro personaje: su historia ha quedado diluída, vedada, oculta. La de una mujer detenida junto a Francisco Granado. La conoció en aquellos días a la espera de su destino en Madrid. Nada supo de él, ni de su misión, ni de su mundo. Nada de anarquismo, nada de resistencia, de lucha o atentados. Era alguien con el que pasear, con el que ir la piscina, al que escuchar historias fascinantes de Francia, de más allá, con el que romper la terrible monotonía de alcanfor del año sesenta y tres en Madrid, barrio de Usera. Una coartada, tal vez, una posibilidad. La detuvieron, la torturaron y entonces se enteró de que el hombre al que había conocido en las última semanas era un anarquista con una misión, y al que iban a condenar a muerte. Ella pasó años en la cárcel. Y luego su pista se perdió. Sólo una nota a pie de página.

Era la protagonista de nuestra película.



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