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La noche en que mis padres fueron atracadores en Montana

Por María J. Mateomariajesus_mateo
Ya era de noche y estábamos sentados en los asientos traseros del Chevrolet Bel Air familiar que mi padre había aparcado junto a la puerta de aquel restaurante de carretera. Había estrellas en el cielo que se cubría sobre nosotros, sobre mi hermano y sobre mí, y sobre ese cubículo en el que me faltaba la respiración. Me sudaban las manos, y eso que no era la primera vez que vivía aquello.

fordIntentaba encontrar el oxígeno que no me alcanzaba cuando mi hermano puso en su boca justo lo que llevábamos tanto tiempo pensando y que no nos atrevíamos a decir: “¿Por qué no nos vamos? ¿Es que no estás cansada de esta mierda?”.
Fue entonces cuando observé los ojos, ya viejos, de aquel adolescente que temblaba a mi lado. Y cuando reparé en la palidez de su piel, ya mustia, y pensé al fin en la posibilidad real de tomar el volante y de dejarlos tirados. De escapar de aquella miseria y abandonar para siempre nuestra condición de cómplices del nuevo atraco que iban a protagonizar mis padres. Esos seres, me dije, a los que maldecía y a los que en realidad nunca elegí.

Todo mi cuerpo ardía cuando desperté y comprendí lo ocurrido. Me había quedado dormida leyendo Canadá (Anagrama), la última novela del siempre magistral Richard Ford, y la escena que acababa de soñar bien podía intercalarse entre las descritas por el autor americano.

Su prosa, áspera, desnuda, soberbia… estaba calándome tanto, llegándome tan adentro, que había atrapado a mi subconsciente, donde sigo viajando estos días junto a Dell Parsons, el protagonista de esta historia en la que el creador de la Trilogía de Frank Bascombe vuelve a demostrar que es un autor esencial. Próximo firme candidato al Nobel, decía un amigo mío hace poco, y responsable de un paisaje por el que camino estos días, incluso en duermevela. Ford… culpable de una obsesión que, confío, siga siendo fuente de inspiración, despierta o no.

 

 

Tolstói, Nabokov o Borges fueron olvidados por la Academia Sueca pero… ¿realmente importó?

Por María J. Mateomariajesus_mateo
Me ha dado por pensar en los ausentes. En los que nunca fueron reconocidos, ni siquiera favoritos, en Suecia y he entonado mi propio ‘Laissez faire et laissez passer’. León Tolstói, Virginia Woolf, Edith Wharton, Vladimir Nabokov o Jorge Luis Borges están entre los nunca fueron coronados con el Nobel y, sin embargo, qué poco importó. Qué poco dio que no les alcanzara el laurel para que llegaran hasta hoy como lo que son: autores cruciales, gigantes con obras que nos siguen alumbrando… clásicos que mantenemos para prevenir la caída, que dijo la propia Woolf.
sg

Yo he preferido no hacer demasiadas apuestas. En primer lugar, porque no me gustan y, en segundo, porque de poco sirven al final. Luego pasa como en la vida. Después de todo, ocurre lo último que pensábamos y volvemos a recordar la cadencia (lógica) del mundo. Su despreocupado y solitario caminar —”le monde va de lui même”— por más que lo retemos e intentemos —concediéndonos una importancia que no nos corresponde— arriesgar.

He disfrutado mucho con la literatura de Murakami pero la verdad es que no me llega a enamorar. Lejos está, en mi opinión, de la astucia narrativa de Philip Roth o de mi favorito particular, Milan Kundera… pero, ¿qué más da?

Hay estos días tres libros sobre mi escritorio y no sé por cuál empezar: Canadá, de Richard Ford; Operación dulce, de Ian McEwan; y La infancia de Jesús, J. M. Coetzee. De los tres autores, solo este último ha sido reconocido de momento con el Nobel y, será casualidad, pero creo que la lectura de su libro irá en último lugar. Porque puede que, después de todo, sí me importen los premios y que refuercen mi debilidad por los ausentes o por quienes se sientan en la penúltima fila. No falla: son siempre mucho más interesantes y tienen muchas más cosas que contar que los que se sitúan en primeras (o últimas) posiciones.